Sólo se necesitaron catorce años… y una noche caliente.
Después de haber crecido con un padre inestable, Paula siempre
estuvo orgullosa de su vida organizada y bien planeada. Ahora está segura con
un buen trabajo y un novio impresionante. Y con Pedro, su mejor amigo
desde la secundaria.
Puede que Pedro sea inteligente, divertido y sexy, pero nunca ha sido algo más
que un amigo. Paula nunca arriesgaría su mundo estable y su relación más
íntima por convertir esa amistad en un romance. No importa que tan
irresistible lo esté empezando a encontrar, aún piensa en resistirse.
Pero todo cambia en sólo una noche.
jueves, 30 de abril de 2015
miércoles, 29 de abril de 2015
"UNA NOCHE EN LA TORMENTA DE HIELO" CAP 6 (Final)
Paula abrió la boca para responder, pero las palabras no salieron.
Después de un largo silencio, Gonzalo le preguntó:
—¿Sigues ahí, Paula?
Ella temblaba de emoción y confusión, y era evidente en su voz.
—Dime de qué carajo estás hablando.
Gonzalo se aclaró la garganta.
—Pedro nunca quiso dejarte en ese entonces. Estaba loco por ti. Todavía lo está.
Sólo que no tenía otra opción.
—No lo entiendo. ¿Por qué lo haría ...? —Su voz se desvaneció, secándose las
lágrimas de la cara y tratando de forzar al mundo a tener sentido de nuevo.
—Prometí que no te lo diría. Se lo prometí.
—Tienes que decirme. —Casi suplicó—. Tengo que saber.
Cuando todavía no respondía, ella estaba al borde de las lágrimas otra vez.
—Por favor, dime. Tienes que decirme. Este es mi corazón, Gonzalo. Es mi corazón.
Él dejó escapar un aliento espeso.
—Está bien. Bien. Fue el abuelo.
—¿Qué?
—El abuelo se enteró de lo tuyo con Pedro. Ese verano, quiero decir.
—Pero… —Ella cerró los ojos, tratando de pensar, incluso en la fuerza de su
emoción caótica—. Pero, ¿qué haría él …?
—¿Qué crees que hizo? Encontró a Pedro y le dijo que tenía que dejar de verte.
—Pero Pedro no le habría escuchado. No le importaba lo que pensaran. Si
realmente se preocupaba por mí…
—Es del abuelo de quien estamos hablando, ¿recuerdas? Y no era más que una
advertencia vacía o una amenaza en vano. Se aseguró de que Pedro supiera que si
no dejaba de verte, demandaría a Pedro por cargos de violación de menores.
—¿Qué? —Se ahogó.
—Ya me has oído. Tenías diecisiete años. Él tenía diecinueve años. Eso es
técnicamente ilegal en Virginia.
—Sin embargo, los tribunales nunca…
—¿En esta ciudad? ¿Si el abuelo presentaba cargos? Lo conoces mejor que eso.
Pedro podría haber ido a la cárcel por un año y le seguiría el resto de su vida. Y ni
siquiera era todo. ¿Sabes esos rumores sobre la mamá de Pedro? Bueno, el abuelo
amenazó a…
—Oh Dios —susurró Paula.
—Tal vez si él fuera el único amenazado, se hubiera arriesgado. Pero no esperes que
haga a su madre pasar por eso también, sólo para poder seguir saliendo…
—¡No, por supuesto que no! Pero no puedo creer que el abuelo haya hecho eso.
—Conoces al abuelo tanto como yo. Podía ser genial a veces, pero a veces no era
más que un bastardo. Te juro que lo hizo. Tú eras su princesa, y no quería que
Pedro se acercara a ti en ningún lugar.
Ella se quedó en silencio por un largo tiempo, tratando de procesar esta verdad, esta
explicación que reescribió la historia completa de su vida.
—¿Así que él... él no quería dejarme así?
—¿Quería? Escúchame, eso lo mató. Lo destrozó. Pero, ¿qué otra cosa podría haber
hecho?
—¿Por qué no me lo dijo? Lo hubiera entendido… realmente lo hubiera
entendido. Y no habría tenido que odiarlo todo este tiempo.
—Parte de los términos del abuelo era que nadie podía saber, especialmente tú.
—¿Cómo te enteraste?
—No iba a decirme tampoco. Fui allí para... bueno, para darle una paliza por cómo
te había tratado. —Gonzalo sonó tan torpe acerca de esta confesión como si hubiera
cometido un pecado culpable—. Debido a la forma en que actuaba, me di cuenta
de algo más debía de estar pasando, así que no me fui hasta que me lo dijo.
—¿Por qué no me lo dijiste? Durante todo este tiempo, has sabido lo que pensaba,
y no te has molestado en decirme…
—Te lo dije antes. Le prometí a Pedro que nunca te lo diría. No debería habértelo
dicho ahora.
—Sí, debías hacerlo. —Ella todavía estaba abrumada emocionalmente, confundida,
algo parecido a la esperanza había surgido en su interior alegrando su vida. — Pero
todavía no entiendo. He sido mayor de edad legalmente desde hace años,
podríamos haber tenido una relación y nadie nos podría detener. La madre de
Pedro está muerta, y el abuelo ha estado muerto más de un año. ¿Por qué no podía
habérmelo dicho el mismo, si todavía estaba interesado... interesado en...? —Su voz
se desvaneció.
—Es tu culpa, pequeña idiota. Montaste un buen espectáculo de que no te
importaba y él lo creyó.
El mundo entero pareció congelarse.
—¿Qué?
—Él lo creyó. Pensó que él no te importaba tanto, que no había sido grave para ti,
sobre todo después de que empezaste a salir con chicos todo el tiempo en último
año. Pensó que había estado bien en terminar las cosas con él.
—No estaba bien —gruñó ella—. Tenía... el corazón roto.
—Pero nunca le permitiste ver eso. Nunca me dejaste verlo tampoco, por cierto.
Sabía que te molestaba más de lo que decías, pero no sabía cuánto. ¿Qué se supone
que debíamos pensar?
Era demasiado. Demasiado, demasiado. No podía empezar a procesar.
—Me tengo que ir —dijo Gonzalo con voz diferente—. Mamá viene bajando.
Estaremos allí en un momento. Te sugiero que, si hay alguna manera de que
puedas solucionar este problema, lo intentes.
Colgó entonces, y Paula se sentó en el sofá, mirando fijamente el teléfono en su
mano en silencio.
Estaba tan aturdida que ni siquiera oyó un auto detenerse para estacionarse. Y
apenas proceso el sonido de la puerta abriéndose a un lado y alguien que se movía
por la cocina y en la sala de estar.
Ella parpadeó cuando vio a Pedro caminando hacia el sofá, intentó mirarlo,
decidida a cocer a fuego lento esta emoción sin nombre.
Se inclinó y tiró de ella a sus pies. Entonces le tomó la cara con las dos manos
callosas.
—Tengo algo que decirte, y vas a escucharme —dijo, casi con rudeza.
Ella parpadeó de nuevo, la emoción y algo más profundo crecía en su pecho como
una inundación. Abrió la boca.
—No —continuó él, como si las palabras de ella, no permitieran que las suyas
salieran de su garganta—. Vas a escucharme a mí en este momento. Lo que paso
anoche no fue casual. No era sólo físico. No me importa qué trataras de hacerme
creer, pero no fue así. Hay algo real entre nosotros. Siempre ha habido algo real. Sé
que lo estropeé cuando éramos adolescentes, pero no conoces toda la historia. No
lo puedo explicar, pero yo nunca quise dejar de verte que en aquel entonces. Nunca
quise no estar contigo. Lo que teníamos entonces era real, y lo que tenemos ahora
es real también. Y no me voy a rendir sólo porque estás tratando de escapar.
Ella jadeó hacia él, estúpidamente. Su mente, su corazón y su cuerpo eran todo un
torbellino de sentimientos.
—Debería haber dicho algo antes, pero creí que no te importaba ya. Pero después
de anoche... te importo, y no me vas a hacer creer lo contrario. Tal vez pretenda ser
totalmente autosuficiente, y tal vez pretendas ser invencible. Pero ninguna de esas
cosas es verdad. Te necesito, Paula. Y, es posible que no quieras admitirlo, pero
me necesitas también.
Algo en su ronca declaración, rompió el estupor en su mente. Jadeó.
—¿Me necesitas?
Él había estado agarrando sus hombros, como si ella pudiera tratar de escapar, pero
ahora movió sus manos llevándolas hasta su cara otra vez.
—Te necesito. Te quiero a ti. No estoy bien sin ti. He querido estar contigo la
mayor parte de mi vida, y eso nunca va a cambiar. ¿Puedes por favor por lo menos
considerar la posibilidad?
Ella abrió la boca una vez más, pero las palabras quedaron atrapadas en la garganta.
Su visión era borrosa por las lágrimas, trató de parpadear lejos, ya que quería seguir
viendo los hambrientos y tiernos ojos de Pedro.
—Puedes hablar ahora —murmuró, con una contracción irresistible de su boca—.
He dicho mi parte.
Una burbuja de felicidad explotó, y se lanzó contra su pecho.
—Yo también te necesito. También te quiero.
Con un gemido áspero, él la envolvió en sus brazos, abrazándola con tanta fuerza
que las costillas dolían.
—Oh, gracias a Dios. —Le oyó murmurar contra su cabello.
Sonreía cuando finalmente se alejó y su expresión de felicidad inundaba su corazón.
—He hablado con Gonzalo hace un momento. Él me lo dijo.
Paula bajó las cejas, a pesar de que la expresión de su cara era la misma que la de
ella.
—Te dijo, ¿qué?
—Me dijo lo que pasó. Sobre el abuelo. Y todo.
—No debería habértelo dicho. Me lo prometió.
—Lo obligué a que me lo dijera. —Ella extendió la mano para acariciar su
mandíbula erizada—. Necesitaba saber. Me rompiste el corazón. Necesitaba saber
por qué.
Las arrugas de su frente se hicieron más profundas.
—¿Te rompí el corazón?
—Por supuesto que lo hiciste. Yo estaba... estaba loca por ti, y pensé que me habías
tratado como basura. No podía perdonarte. No pude superarlo.
—No lo sabía. —La tomó en un abrazo con un sólo brazo, sujetándola contra su
pecho—. Lo siento mucho. No lo sabía. Me mató. Estaba destrozado, pero parecías
superarlo tan rápido. Así que me decía a mí mismo que era mejor así, ya que
obviamente tú no estabas seriamente conmigo.
—No lo superé rápidamente —admitió ella, con la boca ahogada por la camisa—.
No lo superé aun, no del todo.
—Te lo compensaré —prometió—. Sólo dame una oportunidad, y te mostraré lo
mucho que significas para mí, lo increíblemente preciosa que eres para mí.
—Siempre y cuando me des una oportunidad.
Se inclinó para besarla más profundo y ardientemente que incluso la noche
anterior. Ella respondió, tratando de mostrar a través de su entusiasmo, su
capacidad de respuesta lo mucho que sentía por él.
A pesar de que todavía estaba medio llorando, fue un beso muy bueno. Estaba a
punto de apoderarse de él cuando éste accidentalmente puso su peso en su tobillo.
Ella se estremeció y dio un pequeño grito a la sacudida de dolor. Tuvo que
agarrarse a la camisa de Pedro para mantener el equilibrio.
El beso se rompió, él extendió la mano para sostenerla.
—¿Estás bien?
—Sí. Bastante bien. —Estaba sonriendo. No se podía levantar.
—Yo también.
—Así que... ¿y ahora qué? —preguntó ella. La espiral de emociones estaba
finalmente estabilizándose, dejando tantas preguntas como respuestas.
—Creo que Gonzalo y tu mamá aparecerán pronto.
—Quiero decir con lo nuestro, idiota. —No había manera de que pudiera perder el
afecto suave de sus ojos.
Su rostro se suavizó también.
—Creo que tal vez deberíamos empezar con una cita. ¿Por casualidad no tienes la
noche del sábado libre?
Ella soltó una risita.
—Sí. Es probable que pueda arreglarlo. Pero, ¿por qué esperar tanto tiempo? ¿Por
qué no te unes a nosotros para la víspera de Navidad esta noche?
Sus ojos eran oscuros, ricos y fascinantes.
—Eso es una cosa de familia, ¿no?
—Siempre has sido casi de la familia, y te estoy invitando.
—Entonces acepto, pero todavía te voy a llevar a salir la noche del sábado.
Se estiró para besarlo, para distraerse un momento. A medida que se alejaba, ella
dijo:
—Dos citas en una semana. Mi vida social se está recuperando. Voy a tener que
reorganizar todos mis otros novios para hacer sitio para ti.
Ella estaba bromeando, y él evidentemente lo sabía. Levantó una mano para
acariciar su mejilla y suavemente limpió una lágrima de su piel con el pulgar.
—Será mejor que no me digas los nombres de los otros novios o sus autos y casas
serán de repente golpeados con una avalancha de accidentes inexplicables.
Se rió sin poder hacer nada.
—Lo entiendes, ¿verdad? —Pedro continuó, su expresión y el tono cada vez más
sobrio—. No voy a presionarte para que hagas algo a lo que no estés lista, pero yo
no sólo quiero salir contigo, no quiero que salgas con nadie más. Hablo en serio
sobre esto. Lo digo en serio por ti.
Ella extendió la mano para agarrar su cara como él lo había hecho.
—Lo digo en serio acerca de ti también. No quiero ver a nadie más que a ti.
—¿En serio? Yo estaba tratando de no asustarte por avanzar muy rápido. Sé que
sólo hemos tenido una noche.
Dio un bufido de protesta.
—¿Una noche? He estado loca por ti desde que tenía diez años de edad.
Él sonrió.
—Es bueno saberlo. Sé que vamos a tener que trabajar mucho, con nosotros
viviendo en diferentes partes del estado. Pero haré lo que tenga que hacer para que
funcione.
—Yo también.
—Sólo quiero que sepas, si deseas permanecer en Richmond, incluso estaría
dispuesto a mudarme. Sé que eso está en el futuro. No estoy tratando de asustarte.
Ella se echó a reír ante la idea de ser asustada por su sinceridad apasionada. Pensó
que podría derretirse en alegría pura.
—No estoy segura de que quiera vivir en Richmond el resto de mi vida, pero eso es
algo que podemos descubrir en el camino. Pero, en serio, Pedro, nada de lo que
digas me va a asustar.
Volvió la cabeza y le dio un beso en la palma. Fue la cosa más dulce.
—Así que si te digo Te amo...
—Yo diría que te amo también.
Ahogó un gemido de alegría, placer, alivio o agotamiento, y entonces él la atrajo
hacia otro beso.
Acaba de entrar en él cuando Paula oyó un girar de un auto en el largo camino de
entrada.
Ellos se separaron, casi con timidez, y estaban de pie juntos en la sala cuando la
madre de Paula entró.
—Ahí estas. ¿Estás bien, cariño? Has estado llorando. ¿Y qué le pasó a tu tobillo?
—Simplemente se torció —explicó Paula, volviendo en un abrazo a su madre y
un beso.
—Sufrió un Esguince —corrigió Pedro.
—Se torció. —Ella le dio una mirada irritada por su interferencia, pero se veía tan
adorablemente despeinado, con el pelo que sobresalía en todas las direcciones, y se
veía tan transformado con lo que sólo podría ser la felicidad, que no podía aferrarse
a su molestia durante más de un par de segundos.
Instintivamente, ella se acercó a poner la mano en su pecho queriendo tocarlo, para
saber que era de ella. Él la atrajo a su lado, deslizando un brazo alrededor de ella.
La madre de Paula no parecía ni remotamente sorprendida por su cercanía
repentina.
—Es bueno verte, querido, aunque te aconsejo que te afeites tan pronto como sea
posible. Y gracias por ayudar a Paula en la tormenta. —Ella llegó a darle un beso
en la mejilla—. Ahora que las cosas funcionaran entre ustedes, ¿crees que podrías
ser capaz de convencerla de que se mude de la casa?
—¡Mamá! —gimió Paula.
Gonzalo rió desde la puerta del salón.
Pedro se echó a reír también.
—Podemos hablar de ello. Le corresponderá a ella, pero voy a darle por lo menos
algunas opciones.
Paula le sonrió bobamente a Pedro.
—Bueno, nena —dijo su madre, volviendo su atención de nuevo a Paula—.
Hablé con Missy Roberson, ya sabes que ella es propietaria de la tienda de regalos
en la ciudad. Ese lugar es el caos. Nunca he visto tantos objetos de mal gusto e
inútiles reunidos en un solo lugar. Pero ella se va a mudar a Carolina del Norte
para vivir con su hija.
Paula frunció el ceño, tratando de mantenerse al día con los paseos de su madre,
que a menudo eran difíciles de seguir.
—De todos modos —continuó su madre—. Le sugerí a Missy que deberías tomar
las riendas del negocio. Podrías hacer flores como siempre has querido y
combinarla con la tienda de regalos. Puedes mostrar el arte local. Un montón de
gente viene en busca de antigüedades y gastronomía del país. Pedro podría vender
sus muebles y tú podrías…
—Mamá —interrumpió Paula—. No hay que dejarse llevar.
Su madre se inclinó para besarla en la mejilla.
—Está bien. Sólo piensa en ello. Ahora la ducha de Gonzalo no está justo a la altura,
por lo que necesito desesperadamente otra ducha y salir de esta ropa antes de
empezar a prepararme para esta noche. Tú necesitas sentarte y elevar el tobillo. —
Ella acarició el pecho de Pedro—. Pedro, querido, vendrás y te unirás a nosotros,
¿verdad?
—Estaré ahí.
Mientras su madre apresuradamente salía de la habitación, Gonzalo entraba desde el
final.
—Lo siento, hombre —dijo él, extendiendo la mano hacia Pedro—. Sé que
prometí no decir nada. Pero ella no dejaba de llorar, y no sólo en la medida en que
un hombre puede soportar.
—Gonzalo—exclamó Paula, por mucho que se hubiera dicho a su madre antes. Miró
a Pedro—. No estaba llorando.
Pedro se echó a reír.
—¿Ni siquiera un poco?
—Bueno, tal vez un poco. Pero no mientras hablaba con Gonzalo.
—No lloraste cuando accidentalmente quedaste encerrada en el armario y después
no podíamos conseguir que la puerta se abriera durante horas.
Paula se estremeció ante ese horrible recuerdo de cuando ella tenía nueve años de
edad.
Pedro se inclinó y le dijo al oído:
—Pensé que eras la chica más valiente que había conocido jamás. Ese podría haber
sido el día que me di cuenta de que no había otra chica para mí.
No había ningún otro hombre para Paula. Todo eso siempre había sido cierto. Y
ella todavía no abrazaba la idea en su mente alrededor del hecho de que Pedro era
realmente suyo.
Pero lo era. Lo sabía porque él se lo había dicho, y ella lo sabía porque podía ver la
verdad en sus ojos.
La historia de su vida había sido contada. La verdad arrojaba luz sobre todas las
sombras y fundía todo el hielo.
Y esto sólo había pasado en una noche.
FIN ♥
Después de un largo silencio, Gonzalo le preguntó:
—¿Sigues ahí, Paula?
Ella temblaba de emoción y confusión, y era evidente en su voz.
—Dime de qué carajo estás hablando.
Gonzalo se aclaró la garganta.
—Pedro nunca quiso dejarte en ese entonces. Estaba loco por ti. Todavía lo está.
Sólo que no tenía otra opción.
—No lo entiendo. ¿Por qué lo haría ...? —Su voz se desvaneció, secándose las
lágrimas de la cara y tratando de forzar al mundo a tener sentido de nuevo.
—Prometí que no te lo diría. Se lo prometí.
—Tienes que decirme. —Casi suplicó—. Tengo que saber.
Cuando todavía no respondía, ella estaba al borde de las lágrimas otra vez.
—Por favor, dime. Tienes que decirme. Este es mi corazón, Gonzalo. Es mi corazón.
Él dejó escapar un aliento espeso.
—Está bien. Bien. Fue el abuelo.
—¿Qué?
—El abuelo se enteró de lo tuyo con Pedro. Ese verano, quiero decir.
—Pero… —Ella cerró los ojos, tratando de pensar, incluso en la fuerza de su
emoción caótica—. Pero, ¿qué haría él …?
—¿Qué crees que hizo? Encontró a Pedro y le dijo que tenía que dejar de verte.
—Pero Pedro no le habría escuchado. No le importaba lo que pensaran. Si
realmente se preocupaba por mí…
—Es del abuelo de quien estamos hablando, ¿recuerdas? Y no era más que una
advertencia vacía o una amenaza en vano. Se aseguró de que Pedro supiera que si
no dejaba de verte, demandaría a Pedro por cargos de violación de menores.
—¿Qué? —Se ahogó.
—Ya me has oído. Tenías diecisiete años. Él tenía diecinueve años. Eso es
técnicamente ilegal en Virginia.
—Sin embargo, los tribunales nunca…
—¿En esta ciudad? ¿Si el abuelo presentaba cargos? Lo conoces mejor que eso.
Pedro podría haber ido a la cárcel por un año y le seguiría el resto de su vida. Y ni
siquiera era todo. ¿Sabes esos rumores sobre la mamá de Pedro? Bueno, el abuelo
amenazó a…
—Oh Dios —susurró Paula.
—Tal vez si él fuera el único amenazado, se hubiera arriesgado. Pero no esperes que
haga a su madre pasar por eso también, sólo para poder seguir saliendo…
—¡No, por supuesto que no! Pero no puedo creer que el abuelo haya hecho eso.
—Conoces al abuelo tanto como yo. Podía ser genial a veces, pero a veces no era
más que un bastardo. Te juro que lo hizo. Tú eras su princesa, y no quería que
Pedro se acercara a ti en ningún lugar.
Ella se quedó en silencio por un largo tiempo, tratando de procesar esta verdad, esta
explicación que reescribió la historia completa de su vida.
—¿Así que él... él no quería dejarme así?
—¿Quería? Escúchame, eso lo mató. Lo destrozó. Pero, ¿qué otra cosa podría haber
hecho?
—¿Por qué no me lo dijo? Lo hubiera entendido… realmente lo hubiera
entendido. Y no habría tenido que odiarlo todo este tiempo.
—Parte de los términos del abuelo era que nadie podía saber, especialmente tú.
—¿Cómo te enteraste?
—No iba a decirme tampoco. Fui allí para... bueno, para darle una paliza por cómo
te había tratado. —Gonzalo sonó tan torpe acerca de esta confesión como si hubiera
cometido un pecado culpable—. Debido a la forma en que actuaba, me di cuenta
de algo más debía de estar pasando, así que no me fui hasta que me lo dijo.
—¿Por qué no me lo dijiste? Durante todo este tiempo, has sabido lo que pensaba,
y no te has molestado en decirme…
—Te lo dije antes. Le prometí a Pedro que nunca te lo diría. No debería habértelo
dicho ahora.
—Sí, debías hacerlo. —Ella todavía estaba abrumada emocionalmente, confundida,
algo parecido a la esperanza había surgido en su interior alegrando su vida. — Pero
todavía no entiendo. He sido mayor de edad legalmente desde hace años,
podríamos haber tenido una relación y nadie nos podría detener. La madre de
Pedro está muerta, y el abuelo ha estado muerto más de un año. ¿Por qué no podía
habérmelo dicho el mismo, si todavía estaba interesado... interesado en...? —Su voz
se desvaneció.
—Es tu culpa, pequeña idiota. Montaste un buen espectáculo de que no te
importaba y él lo creyó.
El mundo entero pareció congelarse.
—¿Qué?
—Él lo creyó. Pensó que él no te importaba tanto, que no había sido grave para ti,
sobre todo después de que empezaste a salir con chicos todo el tiempo en último
año. Pensó que había estado bien en terminar las cosas con él.
—No estaba bien —gruñó ella—. Tenía... el corazón roto.
—Pero nunca le permitiste ver eso. Nunca me dejaste verlo tampoco, por cierto.
Sabía que te molestaba más de lo que decías, pero no sabía cuánto. ¿Qué se supone
que debíamos pensar?
Era demasiado. Demasiado, demasiado. No podía empezar a procesar.
—Me tengo que ir —dijo Gonzalo con voz diferente—. Mamá viene bajando.
Estaremos allí en un momento. Te sugiero que, si hay alguna manera de que
puedas solucionar este problema, lo intentes.
Colgó entonces, y Paula se sentó en el sofá, mirando fijamente el teléfono en su
mano en silencio.
Estaba tan aturdida que ni siquiera oyó un auto detenerse para estacionarse. Y
apenas proceso el sonido de la puerta abriéndose a un lado y alguien que se movía
por la cocina y en la sala de estar.
Ella parpadeó cuando vio a Pedro caminando hacia el sofá, intentó mirarlo,
decidida a cocer a fuego lento esta emoción sin nombre.
Se inclinó y tiró de ella a sus pies. Entonces le tomó la cara con las dos manos
callosas.
—Tengo algo que decirte, y vas a escucharme —dijo, casi con rudeza.
Ella parpadeó de nuevo, la emoción y algo más profundo crecía en su pecho como
una inundación. Abrió la boca.
—No —continuó él, como si las palabras de ella, no permitieran que las suyas
salieran de su garganta—. Vas a escucharme a mí en este momento. Lo que paso
anoche no fue casual. No era sólo físico. No me importa qué trataras de hacerme
creer, pero no fue así. Hay algo real entre nosotros. Siempre ha habido algo real. Sé
que lo estropeé cuando éramos adolescentes, pero no conoces toda la historia. No
lo puedo explicar, pero yo nunca quise dejar de verte que en aquel entonces. Nunca
quise no estar contigo. Lo que teníamos entonces era real, y lo que tenemos ahora
es real también. Y no me voy a rendir sólo porque estás tratando de escapar.
Ella jadeó hacia él, estúpidamente. Su mente, su corazón y su cuerpo eran todo un
torbellino de sentimientos.
—Debería haber dicho algo antes, pero creí que no te importaba ya. Pero después
de anoche... te importo, y no me vas a hacer creer lo contrario. Tal vez pretenda ser
totalmente autosuficiente, y tal vez pretendas ser invencible. Pero ninguna de esas
cosas es verdad. Te necesito, Paula. Y, es posible que no quieras admitirlo, pero
me necesitas también.
Algo en su ronca declaración, rompió el estupor en su mente. Jadeó.
—¿Me necesitas?
Él había estado agarrando sus hombros, como si ella pudiera tratar de escapar, pero
ahora movió sus manos llevándolas hasta su cara otra vez.
—Te necesito. Te quiero a ti. No estoy bien sin ti. He querido estar contigo la
mayor parte de mi vida, y eso nunca va a cambiar. ¿Puedes por favor por lo menos
considerar la posibilidad?
Ella abrió la boca una vez más, pero las palabras quedaron atrapadas en la garganta.
Su visión era borrosa por las lágrimas, trató de parpadear lejos, ya que quería seguir
viendo los hambrientos y tiernos ojos de Pedro.
—Puedes hablar ahora —murmuró, con una contracción irresistible de su boca—.
He dicho mi parte.
Una burbuja de felicidad explotó, y se lanzó contra su pecho.
—Yo también te necesito. También te quiero.
Con un gemido áspero, él la envolvió en sus brazos, abrazándola con tanta fuerza
que las costillas dolían.
—Oh, gracias a Dios. —Le oyó murmurar contra su cabello.
Sonreía cuando finalmente se alejó y su expresión de felicidad inundaba su corazón.
—He hablado con Gonzalo hace un momento. Él me lo dijo.
Paula bajó las cejas, a pesar de que la expresión de su cara era la misma que la de
ella.
—Te dijo, ¿qué?
—Me dijo lo que pasó. Sobre el abuelo. Y todo.
—No debería habértelo dicho. Me lo prometió.
—Lo obligué a que me lo dijera. —Ella extendió la mano para acariciar su
mandíbula erizada—. Necesitaba saber. Me rompiste el corazón. Necesitaba saber
por qué.
Las arrugas de su frente se hicieron más profundas.
—¿Te rompí el corazón?
—Por supuesto que lo hiciste. Yo estaba... estaba loca por ti, y pensé que me habías
tratado como basura. No podía perdonarte. No pude superarlo.
—No lo sabía. —La tomó en un abrazo con un sólo brazo, sujetándola contra su
pecho—. Lo siento mucho. No lo sabía. Me mató. Estaba destrozado, pero parecías
superarlo tan rápido. Así que me decía a mí mismo que era mejor así, ya que
obviamente tú no estabas seriamente conmigo.
—No lo superé rápidamente —admitió ella, con la boca ahogada por la camisa—.
No lo superé aun, no del todo.
—Te lo compensaré —prometió—. Sólo dame una oportunidad, y te mostraré lo
mucho que significas para mí, lo increíblemente preciosa que eres para mí.
—Siempre y cuando me des una oportunidad.
Se inclinó para besarla más profundo y ardientemente que incluso la noche
anterior. Ella respondió, tratando de mostrar a través de su entusiasmo, su
capacidad de respuesta lo mucho que sentía por él.
A pesar de que todavía estaba medio llorando, fue un beso muy bueno. Estaba a
punto de apoderarse de él cuando éste accidentalmente puso su peso en su tobillo.
Ella se estremeció y dio un pequeño grito a la sacudida de dolor. Tuvo que
agarrarse a la camisa de Pedro para mantener el equilibrio.
El beso se rompió, él extendió la mano para sostenerla.
—¿Estás bien?
—Sí. Bastante bien. —Estaba sonriendo. No se podía levantar.
—Yo también.
—Así que... ¿y ahora qué? —preguntó ella. La espiral de emociones estaba
finalmente estabilizándose, dejando tantas preguntas como respuestas.
—Creo que Gonzalo y tu mamá aparecerán pronto.
—Quiero decir con lo nuestro, idiota. —No había manera de que pudiera perder el
afecto suave de sus ojos.
Su rostro se suavizó también.
—Creo que tal vez deberíamos empezar con una cita. ¿Por casualidad no tienes la
noche del sábado libre?
Ella soltó una risita.
—Sí. Es probable que pueda arreglarlo. Pero, ¿por qué esperar tanto tiempo? ¿Por
qué no te unes a nosotros para la víspera de Navidad esta noche?
Sus ojos eran oscuros, ricos y fascinantes.
—Eso es una cosa de familia, ¿no?
—Siempre has sido casi de la familia, y te estoy invitando.
—Entonces acepto, pero todavía te voy a llevar a salir la noche del sábado.
Se estiró para besarlo, para distraerse un momento. A medida que se alejaba, ella
dijo:
—Dos citas en una semana. Mi vida social se está recuperando. Voy a tener que
reorganizar todos mis otros novios para hacer sitio para ti.
Ella estaba bromeando, y él evidentemente lo sabía. Levantó una mano para
acariciar su mejilla y suavemente limpió una lágrima de su piel con el pulgar.
—Será mejor que no me digas los nombres de los otros novios o sus autos y casas
serán de repente golpeados con una avalancha de accidentes inexplicables.
Se rió sin poder hacer nada.
—Lo entiendes, ¿verdad? —Pedro continuó, su expresión y el tono cada vez más
sobrio—. No voy a presionarte para que hagas algo a lo que no estés lista, pero yo
no sólo quiero salir contigo, no quiero que salgas con nadie más. Hablo en serio
sobre esto. Lo digo en serio por ti.
Ella extendió la mano para agarrar su cara como él lo había hecho.
—Lo digo en serio acerca de ti también. No quiero ver a nadie más que a ti.
—¿En serio? Yo estaba tratando de no asustarte por avanzar muy rápido. Sé que
sólo hemos tenido una noche.
Dio un bufido de protesta.
—¿Una noche? He estado loca por ti desde que tenía diez años de edad.
Él sonrió.
—Es bueno saberlo. Sé que vamos a tener que trabajar mucho, con nosotros
viviendo en diferentes partes del estado. Pero haré lo que tenga que hacer para que
funcione.
—Yo también.
—Sólo quiero que sepas, si deseas permanecer en Richmond, incluso estaría
dispuesto a mudarme. Sé que eso está en el futuro. No estoy tratando de asustarte.
Ella se echó a reír ante la idea de ser asustada por su sinceridad apasionada. Pensó
que podría derretirse en alegría pura.
—No estoy segura de que quiera vivir en Richmond el resto de mi vida, pero eso es
algo que podemos descubrir en el camino. Pero, en serio, Pedro, nada de lo que
digas me va a asustar.
Volvió la cabeza y le dio un beso en la palma. Fue la cosa más dulce.
—Así que si te digo Te amo...
—Yo diría que te amo también.
Ahogó un gemido de alegría, placer, alivio o agotamiento, y entonces él la atrajo
hacia otro beso.
Acaba de entrar en él cuando Paula oyó un girar de un auto en el largo camino de
entrada.
Ellos se separaron, casi con timidez, y estaban de pie juntos en la sala cuando la
madre de Paula entró.
—Ahí estas. ¿Estás bien, cariño? Has estado llorando. ¿Y qué le pasó a tu tobillo?
—Simplemente se torció —explicó Paula, volviendo en un abrazo a su madre y
un beso.
—Sufrió un Esguince —corrigió Pedro.
—Se torció. —Ella le dio una mirada irritada por su interferencia, pero se veía tan
adorablemente despeinado, con el pelo que sobresalía en todas las direcciones, y se
veía tan transformado con lo que sólo podría ser la felicidad, que no podía aferrarse
a su molestia durante más de un par de segundos.
Instintivamente, ella se acercó a poner la mano en su pecho queriendo tocarlo, para
saber que era de ella. Él la atrajo a su lado, deslizando un brazo alrededor de ella.
La madre de Paula no parecía ni remotamente sorprendida por su cercanía
repentina.
—Es bueno verte, querido, aunque te aconsejo que te afeites tan pronto como sea
posible. Y gracias por ayudar a Paula en la tormenta. —Ella llegó a darle un beso
en la mejilla—. Ahora que las cosas funcionaran entre ustedes, ¿crees que podrías
ser capaz de convencerla de que se mude de la casa?
—¡Mamá! —gimió Paula.
Gonzalo rió desde la puerta del salón.
Pedro se echó a reír también.
—Podemos hablar de ello. Le corresponderá a ella, pero voy a darle por lo menos
algunas opciones.
Paula le sonrió bobamente a Pedro.
—Bueno, nena —dijo su madre, volviendo su atención de nuevo a Paula—.
Hablé con Missy Roberson, ya sabes que ella es propietaria de la tienda de regalos
en la ciudad. Ese lugar es el caos. Nunca he visto tantos objetos de mal gusto e
inútiles reunidos en un solo lugar. Pero ella se va a mudar a Carolina del Norte
para vivir con su hija.
Paula frunció el ceño, tratando de mantenerse al día con los paseos de su madre,
que a menudo eran difíciles de seguir.
—De todos modos —continuó su madre—. Le sugerí a Missy que deberías tomar
las riendas del negocio. Podrías hacer flores como siempre has querido y
combinarla con la tienda de regalos. Puedes mostrar el arte local. Un montón de
gente viene en busca de antigüedades y gastronomía del país. Pedro podría vender
sus muebles y tú podrías…
—Mamá —interrumpió Paula—. No hay que dejarse llevar.
Su madre se inclinó para besarla en la mejilla.
—Está bien. Sólo piensa en ello. Ahora la ducha de Gonzalo no está justo a la altura,
por lo que necesito desesperadamente otra ducha y salir de esta ropa antes de
empezar a prepararme para esta noche. Tú necesitas sentarte y elevar el tobillo. —
Ella acarició el pecho de Pedro—. Pedro, querido, vendrás y te unirás a nosotros,
¿verdad?
—Estaré ahí.
Mientras su madre apresuradamente salía de la habitación, Gonzalo entraba desde el
final.
—Lo siento, hombre —dijo él, extendiendo la mano hacia Pedro—. Sé que
prometí no decir nada. Pero ella no dejaba de llorar, y no sólo en la medida en que
un hombre puede soportar.
—Gonzalo—exclamó Paula, por mucho que se hubiera dicho a su madre antes. Miró
a Pedro—. No estaba llorando.
Pedro se echó a reír.
—¿Ni siquiera un poco?
—Bueno, tal vez un poco. Pero no mientras hablaba con Gonzalo.
—No lloraste cuando accidentalmente quedaste encerrada en el armario y después
no podíamos conseguir que la puerta se abriera durante horas.
Paula se estremeció ante ese horrible recuerdo de cuando ella tenía nueve años de
edad.
Pedro se inclinó y le dijo al oído:
—Pensé que eras la chica más valiente que había conocido jamás. Ese podría haber
sido el día que me di cuenta de que no había otra chica para mí.
No había ningún otro hombre para Paula. Todo eso siempre había sido cierto. Y
ella todavía no abrazaba la idea en su mente alrededor del hecho de que Pedro era
realmente suyo.
Pero lo era. Lo sabía porque él se lo había dicho, y ella lo sabía porque podía ver la
verdad en sus ojos.
La historia de su vida había sido contada. La verdad arrojaba luz sobre todas las
sombras y fundía todo el hielo.
Y esto sólo había pasado en una noche.
FIN ♥
martes, 28 de abril de 2015
"UNA NOCHE EN LA TORMENTA DE HIELO" CAP 5
Paula se despertó por un repentino coro de clics y pitidos.
La electricidad había regresado.
Pestañeó varias veces, intentando orientarse en la sala de estar, la cual estaba
iluminada por los rayos del sol saliente que atravesaban la ventana y por la lámpara
que había sido dejada en medio de la habitación.
Ella seguía en el sofá. Estaba acurrucada en la curva del cuerpo de Pedro. Su brazo
todavía la rodeaba.
A pesar de que su tobillo todavía le dolía, su mente estaba un poco borrosa y un
brazo había perdido la circulación por estar atrapado bajo su cuerpo, se sentía en
casa ahí. No quería moverse.
Sintió como Pedro se movía tras ella y sabía que también estaba despierto.
—Buenos días —dijo él, su voz espesa por el sueño. Él olfateó su cuello,
extrañamente íntimo—. ¿Cómo te sientes?
—Bien. —Ella se obligó a sacar el brazo y sentarse. Realmente necesitaba aclarar su
cabeza—. Mi tobillo todavía dolorido, pero estoy segura de que estará bien.
Ella sintió como la observaba mientras se estiraba y parpadeaba, eso la hizo sentir
nerviosa.
¿Qué demonios estaba pensando él? ¿Qué demonios estaba pensando ella? ¿Cómo
podía hacerse eso de nuevo?
Ya no tenía diecisiete, pero evidentemente era igual de estúpida con su corazón.
—Creo que deberíamos levantarnos —dijo ella al final, ya que alguien debía decir
algo—. Si eso ha calentado el camino como pronosticaron, entonces las carreteras
deben estar libres y mamá y Gonzalo deben venir saliendo.
Ella casi se ahogó con la idea de su madre y su hermano encontrándola así con
Pedro, sabiendo lo que había hecho la noche anterior.
Eso le dio el suficiente incentivo como para levantarse. Se tambaleó un poco, ya
que su tobillo estaba más débil de lo que había esperado.
Pedro se levantó inmediatamente, pero ella estaba estable de nuevo cuando él puso
su brazo alrededor para darle apoyo.
—Estoy bien. —Ella intentó no alejarse de su contacto en un instinto automático
defensivo—. Sólo me tomó un minuto hacer que mi tobillo sirviera.
—Deberías intentar permanecer quieta los próximos días.
Por un breve momento, tuvo una clara visión de su futuro con Pedro. Podía verse
rodeada por su discreta gentileza, su seca risa, su absoluto compromiso a cuidarla.
Incluso su desagradable carácter mandón.
Y quería eso. Lo quería desesperadamente.
Exactamente como lo había querido cuando tenía diecisiete.
Ella contuvo un tembloroso suspiro y se deslizó fuera de la protección de su brazo.
—Voy a ducharme. Puedes usar la ducha en el antiguo cuarto de Gonzalo, si quieres.
Cojeó hasta el pasillo, escondiendo su rostro detrás de su cabello cuanto pudo, así
él no podría contemplar su expresión.
Unos años atrás, su abuelo había instalado un nuevo calentador de agua sin tanque
para la casa, por lo que el agua estaba tibia casi al instante de abrir la ducha.
No empezó a llorar hasta que se metió en el chorro.
Mientras se restregaba a Pedro fuera de su cuerpo, sollozó tan silenciosamente
como pudo. Era exactamente como había sido antes. Una noche llena de pasión,
intimidad, incluso risas, seguida de Pedro siendo tan silencioso y considerado
como justo había sido en ese momento.
El día después de su primera vez con él ella había estado estática. No había sido
capaz de dejar de reírse y abrazarse a sí misma. Había soñado gran cantidad de
sueños tontos sobre una boda, una familia, una vida con Pedro.
No había sospechado siquiera por un segundo que él nunca la llamaría de nuevo,
que cuando ella fue a su casa, nerviosa y desconcertada, después de dos días sin
contactarlo, a pesar de varios intentos de llamarlo o escribirle, él no abriría la
puerta. Que cuando lo encontró en el concesionario de su abuelo pocos días
después mientras dejaba a Gonzalo, Pedro actuaría como si nunca la hubiese visto.
Su corazón no lo soportaría de nuevo.
Al menos ya no vivía en este pueblo. No tendría que verlo a donde fuera, escuchar
su nombre todos los días.
Podría escapar de vuelta a su pequeño apartamento y a una ciudad anónima que no
la conocía, que no le rompería el corazón.
Se había logrado controlar para cuando se secó el cabello y se vistió con jeans y un
suave abrigo. Todo lo que tenía que hacer era soportar una hora o más hasta que
Pedro se fuera, y ella estaría bien.
Bajó las escaleras y lo vio afuera, sacando su camioneta de la zanja. Probablemente
había rociado sal en el hielo para que el auto no se resbalara con los restos de hielo
mientras lo sacaba.
Lo observó regresar a la casa a través de la ventana, dejó su auto al final del camino
de entrada.
Él debía de haberse duchado antes de ponerse la ropa que había usado el día
anterior. Se veía fuerte, arrugado y apuesto, todavía necesitaba afeitarse. Sus ojos se
dirigían hacia el techo de la casa, ella supuso que estaría comprobando su
condición.
Lo escuchó entrar por la puerta lateral y un crujido en el cuartito de entrada,
probablemente quitándose el abrigo.
No se movió de su posición por la ventana panorámica. No se podía mover.
Lo sintió entrar en la habitación, pero ella no se volteó.
Ella sintió como la rodeaba con los brazos, el calor de su cuerpo presionado contra
el suyo.
—Hola —dijo él.
Se sintió tan bien. Su voz sonaba cálida, profunda, exactamente como ella la quería
escuchar.
Exactamente como sonaba cuando la había follado ocho años atrás y luego
abandonado.
—Entonces —continuó lentamente, inclinando su cabeza como si intentase ver su
rostro—. Anoche estuvo realmente bien.
—Sí. —Su voz era débil. No más que un susurro. Ella estaba temblando por dentro
sin poder contenerse, pero su cuerpo estaba congelado.
Cuando ella tenía doce, había insistido en ir a una excursión en la montaña con
Gonzalo y Pedro. Se había tropezado y tuvo que sostenerse para no caer, dañándose un
ligamento del hombro en el proceso. No les había dicho hasta que llegaron a casa,
haciéndola sufrir un dolor agonizante durante la hora que quedaba de excursión. Se
había negado a admitir que no era tan capaz como los chicos.
Había pasado toda su vida haciéndole creer a los demás que no era débil ni tonta.
Podría estar enamorada ahora, pero justo como la última vez, no dejaría que nadie
supiera. Al menos se aferraría a su orgullo.
Se obligó a sonreír y se dio la vuelta.
Los oscuros ojos de Pedro eran tan profundos y llenos. Parecían ofrecerle mucho.
Todo.
Como lo parecían ocho años atrás.
Antes que él pudiese decir algo, ella se estiró y le dio un ligero beso en el lado de su
boca.
—Fue genial. Somos realmente muy buenos en la cama juntos.
—Estoy de acuerdo. —Él intentó profundizar el beso.
Ella se alejó, sosteniendo su sonrisa, lo cual fue una de las cosas más difíciles que
nunca había hecho.
—Pero no pretendamos que significa algo más que sólo una noche.
Él había estado alcanzándola de nuevo, pero sus palabras lo detuvieron. Se congeló.
—¿Qué quieres decir?
Había algo extraño en su expresión, pero ella estaba intentando tanto mantener su
postura casual que no podía realmente notarlo.
—Bueno, fue divertido. Pero ninguno de nosotros se engañara pensando que fue
serio, así que no hay razón para pasar por las propuestas.
Él aún no se había movido.
— ¿Paula? Yo creí…
Ella se las ingenió para darle una de alguna forma convincente sonrisa, asustada de
que él supiera, de que de verdad supiera, que estaba totalmente loca por él.
—Esta vez fue mucho mejor que la anterior. Tal vez en otros ocho años podamos
hacerlo de nuevo. Pero estoy muy feliz con mi vida en Richmond, así que no te
preocupes de que esté por aquí pendiente de ti.
Pretendía que la última frase fuese una broma y pensó haber hecho un trabajo
decente con la cantidad de humor. Pero Pedro no se rió.
No dijo nada.
Los ojos de Paula estaban ardiendo. Tenía que terminar esta conversación, sacarlo
de la casa, pronto. Se giró para observar a través de la ventana.
—¿Cómo se ve el camino?
Él no respondió por lo que ella lo miró por sobre el hombro.
—¿Cómo se ve el camino? —repitió. Su voz sonó extraña en sus oídos, pero esperó
que él no lo notase.
—Bien —dijo finalmente—. Es manejable ahora.
—Bien. Eres bienvenido a irte entonces, cuando quieras. No tienes que quedarte
merodeando por mí. —Ya que su voz que quebró con la última palabra lo cubrió
con un tosido.
—Me quedaré hasta que lleguen Gonzalo y tu mamá.
Ella cojeó hacia el sofá y comenzó a recoger la manta y las sábanas para así poder
tirarlas en la lavadora, todavía se aferraba a su falsa sonrisa.
—No es necesario. Soy una chica grande, ¿recuerdas? Auto-suficiente.
La referencia a su conversación de la noche anterior era una tortura, ya que se había
sentido tan cercana a Pedro. Se sintió tan real. Pero lo dijo de todas maneras, como
una clase de auto-castigo.
Ella había sido la única estúpida, así que ahora tenía que pagar el precio.
—Muy bien. Si estás segura. —Su voz estaba un poco ronca, pero ella apenas lo
notó, estaba muy concentrada conteniendo los sollozos que apretaban su garganta.
—Estoy segura —logró decir—. Estoy segura que te veré por ahí. Espero que
tengas una feliz Navidad.
Él no contestó, pero ella se dijo que había cumplido su deber. Tomó la pila de
sábanas y mantas y las llevó a la lavandería.
Tenía que alejarse de él. Ahora.
Estaba en la lavandería cuando lo escuchó entras hablaba—. Cuídate.
Entonces se fue,ntrar en la cocina.
—Ten una feliz Navidad también —dijo, su voz un poco tapada ya que estaba
caminando mie pero ella esperó hasta que llegará a su camioneta y desapareciera
hacia la carretera antes de colapsar en el sofá.
Saltó como si hubiese sido punzada, mientras recordaba lo que habían hecho en el
sofá la noche anterior.
En lugar de eso se sentó en un sillón y lloró.
***
Quince minutos después su teléfono sonó. Estaba en la mesa de café, por lo que
tuvo que levantarse para alcanzarlo.
Revisó el identificador de llamada y vio que era su hermano. Se aclaró la garganta
antes de contestar.
—Hola Gonzalo.
—¿Qué demonios hiciste? —demandó, sin saludar ni advertir.
—¿Qué?
—¿Qué demonios le hiciste a Pedro?
—¿De qué estás hablando? —Ella había pensado que ya había terminado de llorar
por el momento, pero su mente todavía no estaba trabajando con claridad.
Pestañeó desconcertada con la totalmente irracional pregunta y su tono enfadado.
—¿Qué demonios pasó con Pedro anoche? Acabo de hablar con él.
Su corazón había estado latiendo con fuerza, y parecía estar en medio de su
garganta.
—¿Qué te dijo?
—No me dijo nada. Ni una sola cosa. Sólo que ya se había ido de la casa.
—Entonces, ¿por qué estás preguntando…?
—Algo pasó. Le hiciste algo. Él sonaba… sonaba roto.
La familiar impaciencia con el comportamiento irrazonable de su hermano chocó
con absoluta confusión.
—Yo no le hice nada, y no aprecio tu…
—No me importa un demonio lo que aprecies. ¿Cómo le pudiste hacer eso a él?
¿Es algún tipo de venganza? ¿Utilizarlo y tirarlo lejos? No creí que serías tan
desalmada.
Ella casi se ahogó. Nada de lo que su hermano decía tenía sentido.
—¿Desalmada? ¿Yo? Estás diciendo…
—Estoy diciendo que Pedro no se merece esto. No me importa lo que creas de él.
Él es la mejor persona del mundo. Y lo he tenido que ver pensar en ti por años. Por
años. Nunca ha sido capaz de superarte.
Ella escuchó las palabras y creyó entender su significado. Pero no se unían con
ninguna coherencia lógica. Cayó en el sofá ya que sus rodillas no estaban
sosteniéndola.
—No entiendo…—intentó responder.
—Es doloroso —continuó, sonando indignado y enfadado como nunca antes lo
había escuchado—. Es más que doloroso, verlo atento a cualquier detalle que
alguien dice de ti. Verlo cambiar conversaciones para enterarse sobre cómo te va. Es
doloroso, sabiendo que tú ni siquiera le das la hora.
Ella hizo un sonido ahogado.
—Y ahora vas y te acuestas con él o algo, y él nunca va a ser capaz de olvidarlo. Él
no se merece esto. No puedo creer que hayas ido y…
—¡Detente! —Ella se quebró por dentro, medio sollozando, medio gritándole—.
¡Alto! Nada de esto tiene sentido. No le hice nada, ahora o antes. Él me dejó a mí.
Yo lo amaba, y él me botó.
Su casi histérica respuesta pareció acabar la diatriba de Gonzalo como una aguja hace
estallar un globo. Él dejó escapar el aire fuertemente.
—Él no lo hizo —dijo Gonzalo, sonando más cansado que enojado ahora—. En
realidad no. Sólo que tú nunca supiste qué pasó.
La electricidad había regresado.
Pestañeó varias veces, intentando orientarse en la sala de estar, la cual estaba
iluminada por los rayos del sol saliente que atravesaban la ventana y por la lámpara
que había sido dejada en medio de la habitación.
Ella seguía en el sofá. Estaba acurrucada en la curva del cuerpo de Pedro. Su brazo
todavía la rodeaba.
A pesar de que su tobillo todavía le dolía, su mente estaba un poco borrosa y un
brazo había perdido la circulación por estar atrapado bajo su cuerpo, se sentía en
casa ahí. No quería moverse.
Sintió como Pedro se movía tras ella y sabía que también estaba despierto.
—Buenos días —dijo él, su voz espesa por el sueño. Él olfateó su cuello,
extrañamente íntimo—. ¿Cómo te sientes?
—Bien. —Ella se obligó a sacar el brazo y sentarse. Realmente necesitaba aclarar su
cabeza—. Mi tobillo todavía dolorido, pero estoy segura de que estará bien.
Ella sintió como la observaba mientras se estiraba y parpadeaba, eso la hizo sentir
nerviosa.
¿Qué demonios estaba pensando él? ¿Qué demonios estaba pensando ella? ¿Cómo
podía hacerse eso de nuevo?
Ya no tenía diecisiete, pero evidentemente era igual de estúpida con su corazón.
—Creo que deberíamos levantarnos —dijo ella al final, ya que alguien debía decir
algo—. Si eso ha calentado el camino como pronosticaron, entonces las carreteras
deben estar libres y mamá y Gonzalo deben venir saliendo.
Ella casi se ahogó con la idea de su madre y su hermano encontrándola así con
Pedro, sabiendo lo que había hecho la noche anterior.
Eso le dio el suficiente incentivo como para levantarse. Se tambaleó un poco, ya
que su tobillo estaba más débil de lo que había esperado.
Pedro se levantó inmediatamente, pero ella estaba estable de nuevo cuando él puso
su brazo alrededor para darle apoyo.
—Estoy bien. —Ella intentó no alejarse de su contacto en un instinto automático
defensivo—. Sólo me tomó un minuto hacer que mi tobillo sirviera.
—Deberías intentar permanecer quieta los próximos días.
Por un breve momento, tuvo una clara visión de su futuro con Pedro. Podía verse
rodeada por su discreta gentileza, su seca risa, su absoluto compromiso a cuidarla.
Incluso su desagradable carácter mandón.
Y quería eso. Lo quería desesperadamente.
Exactamente como lo había querido cuando tenía diecisiete.
Ella contuvo un tembloroso suspiro y se deslizó fuera de la protección de su brazo.
—Voy a ducharme. Puedes usar la ducha en el antiguo cuarto de Gonzalo, si quieres.
Cojeó hasta el pasillo, escondiendo su rostro detrás de su cabello cuanto pudo, así
él no podría contemplar su expresión.
Unos años atrás, su abuelo había instalado un nuevo calentador de agua sin tanque
para la casa, por lo que el agua estaba tibia casi al instante de abrir la ducha.
No empezó a llorar hasta que se metió en el chorro.
Mientras se restregaba a Pedro fuera de su cuerpo, sollozó tan silenciosamente
como pudo. Era exactamente como había sido antes. Una noche llena de pasión,
intimidad, incluso risas, seguida de Pedro siendo tan silencioso y considerado
como justo había sido en ese momento.
El día después de su primera vez con él ella había estado estática. No había sido
capaz de dejar de reírse y abrazarse a sí misma. Había soñado gran cantidad de
sueños tontos sobre una boda, una familia, una vida con Pedro.
No había sospechado siquiera por un segundo que él nunca la llamaría de nuevo,
que cuando ella fue a su casa, nerviosa y desconcertada, después de dos días sin
contactarlo, a pesar de varios intentos de llamarlo o escribirle, él no abriría la
puerta. Que cuando lo encontró en el concesionario de su abuelo pocos días
después mientras dejaba a Gonzalo, Pedro actuaría como si nunca la hubiese visto.
Su corazón no lo soportaría de nuevo.
Al menos ya no vivía en este pueblo. No tendría que verlo a donde fuera, escuchar
su nombre todos los días.
Podría escapar de vuelta a su pequeño apartamento y a una ciudad anónima que no
la conocía, que no le rompería el corazón.
Se había logrado controlar para cuando se secó el cabello y se vistió con jeans y un
suave abrigo. Todo lo que tenía que hacer era soportar una hora o más hasta que
Pedro se fuera, y ella estaría bien.
Bajó las escaleras y lo vio afuera, sacando su camioneta de la zanja. Probablemente
había rociado sal en el hielo para que el auto no se resbalara con los restos de hielo
mientras lo sacaba.
Lo observó regresar a la casa a través de la ventana, dejó su auto al final del camino
de entrada.
Él debía de haberse duchado antes de ponerse la ropa que había usado el día
anterior. Se veía fuerte, arrugado y apuesto, todavía necesitaba afeitarse. Sus ojos se
dirigían hacia el techo de la casa, ella supuso que estaría comprobando su
condición.
Lo escuchó entrar por la puerta lateral y un crujido en el cuartito de entrada,
probablemente quitándose el abrigo.
No se movió de su posición por la ventana panorámica. No se podía mover.
Lo sintió entrar en la habitación, pero ella no se volteó.
Ella sintió como la rodeaba con los brazos, el calor de su cuerpo presionado contra
el suyo.
—Hola —dijo él.
Se sintió tan bien. Su voz sonaba cálida, profunda, exactamente como ella la quería
escuchar.
Exactamente como sonaba cuando la había follado ocho años atrás y luego
abandonado.
—Entonces —continuó lentamente, inclinando su cabeza como si intentase ver su
rostro—. Anoche estuvo realmente bien.
—Sí. —Su voz era débil. No más que un susurro. Ella estaba temblando por dentro
sin poder contenerse, pero su cuerpo estaba congelado.
Cuando ella tenía doce, había insistido en ir a una excursión en la montaña con
Gonzalo y Pedro. Se había tropezado y tuvo que sostenerse para no caer, dañándose un
ligamento del hombro en el proceso. No les había dicho hasta que llegaron a casa,
haciéndola sufrir un dolor agonizante durante la hora que quedaba de excursión. Se
había negado a admitir que no era tan capaz como los chicos.
Había pasado toda su vida haciéndole creer a los demás que no era débil ni tonta.
Podría estar enamorada ahora, pero justo como la última vez, no dejaría que nadie
supiera. Al menos se aferraría a su orgullo.
Se obligó a sonreír y se dio la vuelta.
Los oscuros ojos de Pedro eran tan profundos y llenos. Parecían ofrecerle mucho.
Todo.
Como lo parecían ocho años atrás.
Antes que él pudiese decir algo, ella se estiró y le dio un ligero beso en el lado de su
boca.
—Fue genial. Somos realmente muy buenos en la cama juntos.
—Estoy de acuerdo. —Él intentó profundizar el beso.
Ella se alejó, sosteniendo su sonrisa, lo cual fue una de las cosas más difíciles que
nunca había hecho.
—Pero no pretendamos que significa algo más que sólo una noche.
Él había estado alcanzándola de nuevo, pero sus palabras lo detuvieron. Se congeló.
—¿Qué quieres decir?
Había algo extraño en su expresión, pero ella estaba intentando tanto mantener su
postura casual que no podía realmente notarlo.
—Bueno, fue divertido. Pero ninguno de nosotros se engañara pensando que fue
serio, así que no hay razón para pasar por las propuestas.
Él aún no se había movido.
— ¿Paula? Yo creí…
Ella se las ingenió para darle una de alguna forma convincente sonrisa, asustada de
que él supiera, de que de verdad supiera, que estaba totalmente loca por él.
—Esta vez fue mucho mejor que la anterior. Tal vez en otros ocho años podamos
hacerlo de nuevo. Pero estoy muy feliz con mi vida en Richmond, así que no te
preocupes de que esté por aquí pendiente de ti.
Pretendía que la última frase fuese una broma y pensó haber hecho un trabajo
decente con la cantidad de humor. Pero Pedro no se rió.
No dijo nada.
Los ojos de Paula estaban ardiendo. Tenía que terminar esta conversación, sacarlo
de la casa, pronto. Se giró para observar a través de la ventana.
—¿Cómo se ve el camino?
Él no respondió por lo que ella lo miró por sobre el hombro.
—¿Cómo se ve el camino? —repitió. Su voz sonó extraña en sus oídos, pero esperó
que él no lo notase.
—Bien —dijo finalmente—. Es manejable ahora.
—Bien. Eres bienvenido a irte entonces, cuando quieras. No tienes que quedarte
merodeando por mí. —Ya que su voz que quebró con la última palabra lo cubrió
con un tosido.
—Me quedaré hasta que lleguen Gonzalo y tu mamá.
Ella cojeó hacia el sofá y comenzó a recoger la manta y las sábanas para así poder
tirarlas en la lavadora, todavía se aferraba a su falsa sonrisa.
—No es necesario. Soy una chica grande, ¿recuerdas? Auto-suficiente.
La referencia a su conversación de la noche anterior era una tortura, ya que se había
sentido tan cercana a Pedro. Se sintió tan real. Pero lo dijo de todas maneras, como
una clase de auto-castigo.
Ella había sido la única estúpida, así que ahora tenía que pagar el precio.
—Muy bien. Si estás segura. —Su voz estaba un poco ronca, pero ella apenas lo
notó, estaba muy concentrada conteniendo los sollozos que apretaban su garganta.
—Estoy segura —logró decir—. Estoy segura que te veré por ahí. Espero que
tengas una feliz Navidad.
Él no contestó, pero ella se dijo que había cumplido su deber. Tomó la pila de
sábanas y mantas y las llevó a la lavandería.
Tenía que alejarse de él. Ahora.
Estaba en la lavandería cuando lo escuchó entras hablaba—. Cuídate.
Entonces se fue,ntrar en la cocina.
—Ten una feliz Navidad también —dijo, su voz un poco tapada ya que estaba
caminando mie pero ella esperó hasta que llegará a su camioneta y desapareciera
hacia la carretera antes de colapsar en el sofá.
Saltó como si hubiese sido punzada, mientras recordaba lo que habían hecho en el
sofá la noche anterior.
En lugar de eso se sentó en un sillón y lloró.
***
Quince minutos después su teléfono sonó. Estaba en la mesa de café, por lo que
tuvo que levantarse para alcanzarlo.
Revisó el identificador de llamada y vio que era su hermano. Se aclaró la garganta
antes de contestar.
—Hola Gonzalo.
—¿Qué demonios hiciste? —demandó, sin saludar ni advertir.
—¿Qué?
—¿Qué demonios le hiciste a Pedro?
—¿De qué estás hablando? —Ella había pensado que ya había terminado de llorar
por el momento, pero su mente todavía no estaba trabajando con claridad.
Pestañeó desconcertada con la totalmente irracional pregunta y su tono enfadado.
—¿Qué demonios pasó con Pedro anoche? Acabo de hablar con él.
Su corazón había estado latiendo con fuerza, y parecía estar en medio de su
garganta.
—¿Qué te dijo?
—No me dijo nada. Ni una sola cosa. Sólo que ya se había ido de la casa.
—Entonces, ¿por qué estás preguntando…?
—Algo pasó. Le hiciste algo. Él sonaba… sonaba roto.
La familiar impaciencia con el comportamiento irrazonable de su hermano chocó
con absoluta confusión.
—Yo no le hice nada, y no aprecio tu…
—No me importa un demonio lo que aprecies. ¿Cómo le pudiste hacer eso a él?
¿Es algún tipo de venganza? ¿Utilizarlo y tirarlo lejos? No creí que serías tan
desalmada.
Ella casi se ahogó. Nada de lo que su hermano decía tenía sentido.
—¿Desalmada? ¿Yo? Estás diciendo…
—Estoy diciendo que Pedro no se merece esto. No me importa lo que creas de él.
Él es la mejor persona del mundo. Y lo he tenido que ver pensar en ti por años. Por
años. Nunca ha sido capaz de superarte.
Ella escuchó las palabras y creyó entender su significado. Pero no se unían con
ninguna coherencia lógica. Cayó en el sofá ya que sus rodillas no estaban
sosteniéndola.
—No entiendo…—intentó responder.
—Es doloroso —continuó, sonando indignado y enfadado como nunca antes lo
había escuchado—. Es más que doloroso, verlo atento a cualquier detalle que
alguien dice de ti. Verlo cambiar conversaciones para enterarse sobre cómo te va. Es
doloroso, sabiendo que tú ni siquiera le das la hora.
Ella hizo un sonido ahogado.
—Y ahora vas y te acuestas con él o algo, y él nunca va a ser capaz de olvidarlo. Él
no se merece esto. No puedo creer que hayas ido y…
—¡Detente! —Ella se quebró por dentro, medio sollozando, medio gritándole—.
¡Alto! Nada de esto tiene sentido. No le hice nada, ahora o antes. Él me dejó a mí.
Yo lo amaba, y él me botó.
Su casi histérica respuesta pareció acabar la diatriba de Gonzalo como una aguja hace
estallar un globo. Él dejó escapar el aire fuertemente.
—Él no lo hizo —dijo Gonzalo, sonando más cansado que enojado ahora—. En
realidad no. Sólo que tú nunca supiste qué pasó.
viernes, 24 de abril de 2015
"UNA NOCHE EN LA TORMENTA DE HIELO" CAP 4
Paula todavía tenía puesta toda su ropa, pero no podía recordar haber
estado tan excitada alguna vez en su vida.
Lo había estado completamente cuando ella y Pedro tuvieron relaciones sexuales
por primera vez, respondiendo fácilmente a sus caricias y a sus besos, pero también
había sido muy inexperta y había estado nerviosa, las dos cosas la distrajeron un
poco del puro disfrute de sus respuestas físicas. Había tenido sexo desde entonces.
No con un gran número de hombres, ya que sólo había tenido relaciones sexuales
con hombres con los que salía seriamente. Sin embargo, había tenido un montón
de sexo decente. Incluso sexo realmente bueno.
Nunca se había sentido así, como si justo ahora no pudiera tener a Pedro, en
realidad suplicaría por él.
Él parecía sentir lo mismo, ya que su boca y sus manos se volvieron
inmediatamente más exigentes. Le encantaba lo fuerte que él era, lo mucho que
podía sentir la tensión en su esbelto cuerpo. Se retorció contra él, buscando la
estimulación donde pudiera.
Con un jadeo ronco, el rompió el beso y acercó ligeramente su cuerpo hacia el de
ella.
—Espera un segundo —dijo con voz ronca.
Ella hizo un sonido de impaciencia y se apretó contra su erección de nuevo.
—No quiero esperar un segundo.
El gimió casi sin poder hacer nada mientras ella se restregaba contra él.
—Yo tampoco. Pero necesitamos un condón, ¿no?
Ella maldijo en voz baja y se controló a si misma lo suficiente para poder relajar su
cuerpo y bajar la pierna con la que lo había rodeado a él.
—Sí. Sera lo mejor.
—No tengo ninguno conmigo ¿Hay en la casa?
Ella lo dudaba, ya que Gonzalo no vivía aquí, a menos que él hubiera escondido alguna
en una oscura esquina durante la escuela secundaria. A ella le gustan los tipos como
Pedro, que no llevan normalmente consigo condones, lo que parecía indicar que él
no tenía la costumbre de tener relaciones sexuales en un abrir y cerrar de ojos.
Además, su falta de preparación no importaba ya que ella lo tenía cubierto.
—Tengo uno en mi bolso. En el cuarto de la entrada.
Con su tobillo lastimado, y estando realmente excitada, no quería abandonar el
cómodo sofá junto al fuego, por lo que se sintió aliviada cuando Pedro se movió
con cuidado lejos de ella y se levantó.
Ella sin embargo se rió por lo bajo cuando vio que él se movía con rigidez.
Él le dirigió una mirada ofendida.
—Autosuficiente, ¿recuerdas? —bromeó—. Tienes que ir a buscar tu propio
condón, con erección o no.
Él se rió con voz entrecortada mientras desaparecía en la cocina, que conectaba con
el cuartito de la entrada, y seguía sonriendo cuando volvió unos segundos después.
Le entregó el bolso negro de diseñador, y encontró un paquete de cartón con
condones en el bolsillo lateral con cremallera.
—¿Siempre llevas condones encima? —preguntó.
Ella sintió que se estaba ruborizando, aunque estaba segura de que él no podía
darse cuenta porque ya estaba enrojecida por el fuego y la excitación.
—Una mujer siempre está preparada —dijo ella remilgadamente.
Ni una sola vez había usado un condón de los que llevaba encima, pero él no tenía
por qué saberlo.
—Una excelente filosofía.
Se inclinó para poner su bolso sobre la mesa antes de que cambiara su posición por
Pedro.
Él se sentó de nuevo en el sofá y tiró de ella a sus brazos una vez más, rodando
sobre su espalda para que él estuviera encima de ella otra vez.
—Maldita sea, Paula —dijo con voz ronca, sus labios apenas por encima de los de
ella—. Te deseo tanto.
Su tono de voz y sus palabras hacían que a ella le doliera el pecho. Su pulso estaba
revoloteando, trató de mantener las bromas, ya que se sentía mucho más segura que
con la intensidad que estaba creciendo.
—Ya lo sé. Tu pantalón no esconde mucho, ya sabes.
Él le estaba dando pequeños besos presionando su boca sobre sus labios, en la
comisura de sus labios y en las mejillas. Pero se rió de sus palabras, haciendo que su
aliento se deslizara contra su piel.
—Desafortunadamente, lo sé muy bien.
—Pero lo bueno es que no tiene sentido ocultar algo tan impresionante. —Ella
apretó su mano entre sus cuerpos para poder envolver su erección a través de la tela.
Él gruñó en respuesta.
Ella estaba tan contenta con su reacción, y la idea de tener un poder tan fuerte para
controlar al hombre, le apretó de nuevo y empezó a acariciarlo a través de sus
pantalones.
Él cerró los ojos, pero ella trató de notar lo que a él parecía gustarle más, lo que
provocaba que su respiración aumentara o que su cuerpo se sacudiera.
Finalmente, él abrió sus ojos.
—Está bien. No es que no esté agradecido por tu amabilidad, pero no más
amabilidad de ese tipo o voy a perder la erección.
Él se reajustó encima de ella, y ella se rió, luego sacó la sudadera de ella por encima
de su cabeza.
Él frunció el ceño al ver la camiseta de manga larga de lana que ella llevaba debajo.
—¿Estás lo suficiente caliente para mi…?
—Sí. Realmente no podría enfriarme más.
Ella le ayudó a sacarle su camisa y se rió con deleite ante la expresión ofendida de él
al ver que ella llevaba una camiseta de punto debajo.
—¿Cuántas camisetas te pones?
—Estaba helada —explicó. La risa hizo que se relajara e hizo que estuviera menos
consciente de la importancia de lo que estaba sucediendo. Sin embargo se quedó
sin aliento mientras que él le quitaba la última camiseta y se quedó mirando con
avidez hacia sus pechos desnudos.
—Eres tan hermosa. —Se inclinó para besarla, ahuecando un pecho en su áspera
mano. Su boca bajó por el cuello de ella y luego más abajo, hasta que tomó un
pezón en su boca.
Ella se arqueó mientras él lo acariciaba con su lengua, sensaciones tan intensas que
la sorprendieron a ella.
La acarició hasta que ella casi se retorcía, sus caderas moviéndose sin descanso,
tratando de buscar algún tipo de alivio para el pulso de deseo.
—Pedro—gritó—. Esto se está volviendo una tortura. —Tiró de sus hombros,
tratando de levantar su cabeza de sus pechos.
Él estaba sonriendo, casi de forma depredadora, cuando levantó la cabeza para
mirarla con pasión.
ella le sacó la lengua, como había hecho cuando tenía seis años y él y Gonzalo no la
dejaban jugar con ellos.
Los hombros de él se estremecían de la risa, pero se inclinó para besarla con fuerza.
—No deberías tentarme así —dijo sobre su boca—. Especialmente cuando estás
usando esas trenzas.
Ella dio un fuerte suspiro, rompió el beso y llevó su mano hacia una de las largas
trenzas.
—Mierda. Olvidé que llevaba estas cosas estúpidas.
Se quitó las gomas y empezó a desenrollar el cabello.
Pedro volvió a reír.
—No me importa…
—No voy a tener sexo con mi cabello con trenzas. —Se las arregló para deshacer las
trenzas, mientras Pedro aprovechaba el tiempo para quitarse la sudadera y una
camiseta.
La última vez que había visto su pecho desnudo tenía diecinueve años. Había sido
impresionante entonces, pero ahora era incluso mejor.
—Eres hermosa —dijo, mirándola con ojos dulce mientras ella se peinaba con los
dedos—. Con trenzas o sin ellas.
Ella se sentía un poco como si estuviera en ebullición, por lo que buscó
desesperadamente una respuesta ingeniosa. Cualquier tipo de respuesta que pudiera
distraerla de la mirada de sus ojos.
No podía pensar en nada.
Así que, cuando Pedro la besó de nuevo, deslizando su mano bajo la cinturilla de
sus pantalones de pijama, se sentía demasiado estúpida y boba.
Gimió en su boca cuando los dedos de él exploraron entre sus piernas. Él deslizó un
dedo y luego dos en su interior.
Se sentía tan bien que movía sus caderas contra su mano.
—¿Estas lista? —preguntó con voz ronca, dándole un par de suaves besos.
—Sí. —Se arqueó hacia arriba por el placer y la impaciencia mientras él acariciaba
su húmeda y caliente entrada—. Por favor.
Él alargó su mano para tomar el condón mientras ella se quitaba sus pantalones y
su ropa interior. Entonces le ayudó a él con la suya, llegando ansiosamente a su
erección cuando ésta fue liberada finalmente de la tela.
—Joder —susurró mientras ella lo acariciaba suavemente—. Me vas a matar.
—Definitivamente te voy a matar si no te das prisa.
Se puso el condón y se colocó entre las piernas de ella. La chimenea estaba
irradiando un calor intenso que ella sentía apasionadamente sobre su piel desnuda.
Para su sorpresa, cuando ella sintió el suave empuje en su entrada, Pedro se inclinó
para besarla de nuevo.
Ella respondió, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello, y luego arqueándose
instintivamente cuando sintió su dura longitud empezar a entrar en ella.
Él se reajustó un par de veces mientras se deslizaba dentro de ella. Ella lo estaba
sintiendo mucho, de forma tan profunda que no podía concentrarse en el beso, así
que volvió la cabeza hacia un lado con una sacudida y jadeó.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz sonaba tan apretada como ella se sentía.
—Sí. Está bien. Muy bien. —Movió sus caderas, sintiendo cada centímetro de su
penetración, y gemía de placer mientras sus terminaciones nerviosas se hacían
añicos con las sensaciones.
Cuando empezó a bombear sus caderas hacia él, le respondió comenzando a
empujar.
El juego previo de ellos había sido ligero y juguetón, por lo que ella se sorprendió
de que el sexo no estuviera siendo ninguna de esas cosas. Sus movimientos fueron
inicialmente estables y agradables. Se movieron juntos de esta forma, cayendo en
un ritmo recordado por mucho tiempo. Pedro dobló las piernas alrededor de sus
caderas para conseguir mayor ventaja, aunque estaba limitada debido al persistente
dolor de su tobillo.
Él se inclinó hacia abajo y le daba un beso de vez en cuando, como si no fuera
capaz de contenerse.
No podía recuperarse. Cada parte de ella estaba fuera de control. Su corazón se
aceleró salvajemente, sus pulmones jadeaban en busca de aire, con los ojos borrosos
de vez en cuando ya que no podía apartar la mirada de la caliente y hambrienta
mirada de Pedro.
Todo se sentía tan bien, tan correcto, tan placentero que no podía dejar de gemir y
susurrar sonidos tontos.
—Pedro—jadeó, se apoyó en el sofá con una sacudida de placer que la sorprendió.
Cayó dentro de un movimiento urgente y torpe y se agarró a la parte posterior de
sus hombros.
—Paula —gruñó en respuesta, su empuje se intensificó con el de ella. Luego
siguió jadeando en el tiempo con su ritmo, por lo que todo esto se hizo más
terriblemente mejor.
Ella se mordió el labio con fuerza al sentir como el orgasmo se intensificaba. Luego
dejó escapar el aliento, jadeó su nombre, su cuerpo estaba temblando sin poder
hacer nada con las ondas de placer intenso.
Él hizo un sonido ahogado y se mantuvo completamente inmóvil mientras trataba
de aguantar los temblores de su orgasmo.
La entrada de ella se apretó a él más fuerte, y finalmente lo liberó, su tensión se
relajó en una serie de golpes rápidos y torpes.
Ambos se derrumbaron juntos, sus cuerpos calientes, saciados y enredados en el
sofá. Ella todavía podía escuchar en su respiración su nombre, y quería oírlo decirlo
siempre de esa manera.
Cómo era preciosa. También que la necesitaba más que su aliento.
Los codos de él se flexionaron, y dejó caer suavemente su peso sobre el de ella,
enterrando su rostro en el hueco de su cuello por unos momentos.
Ella lo abrazó con fuerza, experimentando una oleada de ridículo orgullo por
haberle dado esto, y haberlo hecho sentir tanto.
Levantó la cabeza y miró hacia ella.
—¿Estas bien?
Ella asintió con la cabeza, la garganta le dolía de una forma extraña.
—Estuvo realmente bien.
—Bien no comienza a describirlo.
No había sido salvaje, sucio o creativo en particular, pero había sido más que eso,
mejor que eso. El mejor sexo de su vida.
Ella se movió incomoda bajo su peso, tratando de ignorar una cierta ansiedad en
aumento.
—Deberías tener cuidado con el condón.
Él se levantó de mala gana y salió de ella, teniendo cuidado con el condón. Luego
se fue a tirarlo a la basura y lavarse.
Tenía una sensación de frío otra vez, ahora que no estaba presionada contra el
cuerpo caliente de Pedro, se agachó para ponerse su pijama de nuevo. Estaba
pasando la camiseta por su cabeza cuando Pedro regresó.
No podía dejar de mirar lascivamente su cuerpo desnudo, su largo costado, sus
fuertes músculos y su plano abdomen. Él se puso sus pantalones de nuevo, pero no
su camiseta o su sudadera, añadió más leña al fuego, y volvió a sentarse en el sofá
junto a ella.
La tomó en sus brazos mientras ella los cubría a ambos con la manta.
Se acurrucó contra él. Por la mañana, iba a tener que lidiar con la realidad, pero no
podía soportar pensar en ello esa noche.
No cuando todo se sentía tan bien, tan correcto, tanto como en casa.
—Paula —murmuró, acariciando su pelo.
—Hmm. —Sus ojos estaban cerrados. El fuego era caliente y Pedro estaba caliente,
y ella estaba caliente otra vez también.
—Paula.
—Hmm.
No dijo nada más. Tal vez él había decidido que estaba casi dormida y que la
conversación era más o menos inútil.
Entonces ella se quedó dormida. Así que no habría oído si hubiera dicho otra cosa.
***
Paula se despertó unas horas más tarde, sintiéndose deliciosamente cálida y un
poco apretada.
Ella parpadeó, tratando de orientarse. La habitación estaba a oscuras excepto por la
luz del fuego, que se había apagado un poco.
Pedro debía haber pasado algo de tiempo mientras ella dormía para avivar el fuego
y añadir otro tronco, o se habría apagado mucho antes.
Ahora Pedro estaba a su lado en el sofá. O, más exactamente, estaba detrás de ella.
Estaba tumbada de lado, frente al fuego, y él le hacía mimos, sus brazos estaban
alrededor de ella, abrazándola contra él.
Ella se movió un poco y le oyó aclararse la garganta. Miró por encima del hombro
para ver que él tenía los ojos abiertos.
—Hola. —Ella no sabía que más decir.
Todavía estaba oscuro afuera, a pesar de que sonaba como si el hielo se hubiese
detenido. Aún quedaban unas pocas horas hasta el amanecer.
Ella no tenía que haber despertado en el mundo real todavía.
—Hola —respondió él, con alegría en su voz—. ¿Cómo está tu tobillo?
—Está bien. —Todavía le estaba doliendo, pero no tanto como antes. Se movió
para comprobarlo y descubrió que se podía mover un poco mejor.
Ella suspiró y se acurrucó de nuevo más cómodamente contra el calor de él. Al
hacerlo, sintió algo que golpeaba su trasero.
—Uh —dijo ella, mirando hacia atrás—. ¿Qué vas a hacer con eso?
—Nada por el momento.
Ella movió su culo contra su erección y sonrió cuando le oyó gemir en respuesta.
—¿Fue eso una invitación? —pregunto él con voz ronca.
—No realmente —admitió—. Estoy bastante cómoda. No estoy segura de querer
quitarme la ropa otra vez.
Era la verdad. Se sentía caliente y cómoda, y no muy entusiasmada con quitarse el
pijama.
Rodó sobre su espalda, girando sobre si misma hasta que estaba tumbada sobre él.
La ayudó a que bajara la cabeza para poder besarla.
—Estoy seguro de que podemos evitar quitarte el pijama si tenemos que hacerlo.
Ella se rió y le devolvió el beso, deslizando sus dedos por su grueso cabello.
Se besaron durante largo tiempo, sin prisa, de manera que excitó a Paula, aunque
sin la intensidad de excitación que había experimentado antes.
Su cuerpo zumbaba agradablemente pero no se sentía particularmente urgente o
necesitada.
Todavía no quería desnudarse de nuevo.
Ella le acariciaba la mejilla mientras se besaban, disfrutando del sonido chirriante y
la sensación de su barba contra su piel, cuando ella sintió que él estaba meciendo su
pelvis hacia arriba contra ella.
Estaba muy duro. Estaba mucho más ido que lo estaba ella.
El conocimiento de esto le dio a ella otro tipo de sensación.
Se sintió inspirada, se apartó de su boca y besó hacia abajo sobre su pecho desnudo.
Le gustaban sus esbeltos músculos y el ligero vello oscuro que tenía y la forma en
que su vientre plano se movía mientras sudaba.
Cuando llego a la tela, enganchó sus dedos alrededor de la cinturilla y tiró sus
pantalones hacia abajo, maniobrando cuidadosamente el obstáculo prominente de
su erección.
—Pensé que no querías quitarte la ropa —dijo, la misma sonrisa aun en su voz a
pesar de lo ronca que estaba.
—No estoy pensando en quitarme la ropa. —Tomó su erección con ambas manos.
En respuesta a la pregunta que se desarrolló en su rostro, ella se inclinó y lamió una
línea hacia su eje.
Él se sacudió, por la sorpresa o el placer, o por ambos.
—Paula—susurró, inclinándose hacia ella y enterrando sus dedos en su cabello
desordenado.
Ella sonrió, sintiéndose extrañamente contenta y posesiva. Entonces envolvió su
boca alrededor de su miembro ahuecando las mejillas.
Él ahogó un gemido, apretando sus manos en su cabello.
—Paula, no tienes porque…
Sus palabras se interrumpieron cuando ella volvió a succionar. Él soltó otro sonido
delicioso sin aliento.
Ella sabía que le estaba gustando. Sabía que su cuerpo estaba respondiendo a sus
intentos de agradarle. Una oleada de emoción y orgullo la abrumó.
Mantuvo la base de su erección en una mano y usó su boca tan hábilmente como
podía. No era muy experta en esta actividad, pero no era su primera vez. A juzgar
por sus respuestas, debía estar haciendo un trabajo bastante bueno.
Él había llegado hasta a sujetar el cojín del sofá con una mano, hincando sus dedos
en el tejido.
Con la otra mano, iba suavemente guiando el movimiento de la cabeza de ella, lo
que ayudaba a encontrar el ritmo que quería.
A medida que los músculos de sus muslos y su vientre se apretaban, él comenzó a
perder parte de su control. Sus caderas se sacudían para arriba hacia la boca de ella
en pequeños empujones, como si no pudiera mantenerse quieto. Como el
movimiento no la estaba empujando o exigiendo, él no estaba tratando de follar su
garganta, por lo que no se puso nerviosa.
A él le costaba decir su nombre, y a ella le encantaba como sonaba. Le encantó
como se hizo más espeso, y como se quedaba más sin aliento a medida que lo
llevaba hacia el clímax.
Ella cambió de posición su cuerpo y movió la mano que había estado utilizando
para agarrar el muslo hasta que pudo acariciar delicadamente sus testículos.
Él apretó el colchón con una mano y con la otra apretó su cabello.
Ella sabía que él estaba a punto de venirse. La sangre de ella corría por sus venas tan
salvajemente que causó un rugido en sus oídos.
Chupó con fuerza alrededor de su miembro y masajeó sus testículos un poco más
fuerte.
Él se vino con una exclamación ahogada y arqueó su espalda contra el sofá mientras
se dejaba ir.
Ella lo acarició y chupó a través de las ondas de liberación, y se limpió su boca con
una sonrisa cuando ella finalmente se enderezó.
El cuerpo de él se había vuelto completamente flácido, acostado en una postura
enrojecida y desgarbada, sobre la sabana de franela.
Nunca lo había visto así antes, y no podía creer que le había hecho eso a él.
Él encontró la energía para tirar de ella y ponerla encima de él, y ella se estiró y se
retorció contra su gran cuerpo.
—Gracias —dijo, acariciándole el pelo otra vez, como si no pudiera encontrar las
fuerzas para besarla.
—De nada. —Cuando se frotó contra él, se dio cuenta de que se había excitado
más de lo que se había dado cuenta, de nada más que darle placer de esa manera.
Todavía no estaba demasiado intenso, aunque, por lo menos no había arruinado su
satisfacción.
Después de unos minutos, ella sintió que su respiración había vuelto a la
normalidad, y una de las manos de él comenzó a acariciar su espalda y la parte
inferior.
Entonces tomó esto como una señal de que él se había recuperado de su orgasmo,
levantó la cabeza y sonrió hacia él.
—Ves. Yo no tenía que quitarme la ropa.
Él soltó una carcajada y apretó sus brazos alrededor de ella en un abrazo.
—¿Estas bien? —preguntó cuando aflojó sus brazos.
—Estoy bien.
—¿Estas segura? Porque estaría feliz…
—Te dije que no quería quitarme…
—¿De verdad crees que soy tan poco imaginativo que no puedo encontrar una
manera de satisfacerte sin quitarte la ropa? —Realmente sonaba vagamente
insultado.
—Bueno, no estoy segura… —interrumpió con una inhalación rápida cuando
sintió su mano por debajo, que entraba por su cinturilla y se deslizaba por entre sus
piernas.
Estaba mojada de nuevo, y él sería plenamente consciente de este hecho cuando
él…
—Oh dios mío —exclamó ella, aferrándose a sus hombros cuando empezó a
acariciarle con los dedos.
No pasó mucho tiempo para que su mano hábil la llevara hasta el orgasmo y ella se
quedara sin aliento y se sacudiera encima de él cuando el placer deliciosamente
contenido se liberó.
—Oh, eso estuvo bien —gimió ella mientras su peso se relajaba después—. Eres sin
duda muy útil.
Él se atragantó con su risa por la broma de ella de mal gusto y la levantó más arriba
para poder besarla.
No dejaba de besarla. Y cada beso se sentía como una caricia.
—Eres tan increíble, Paula —murmuró entre besos—. Tan dulce, tan hermosa,
tan generosa, tan valiente.
La emoción la abrumó, de forma más poderosa que su liberación física. Tenía
tantas ganas de oír esas palabras. Tantas ganas de creer en ellas.
Pero eran peligrosas. Incluso antes del amanecer, esto era peligroso.
Ella resopló en un intento de distraerse.
—¿Valiente? A pesar de tus impresionantes atributos, no me costó mucho a mí
hacerlo…
Él la hizo callar con otro beso, esta vez más largo, persistente e impresionante.
—Eres la persona más valiente que he conocido, Paula. Siempre lo has sido.
No entendía por qué pensaba eso. No sabía por qué él parecía creerlo.
No entendía nada de esto, y quería desesperadamente que esto no terminara.
Si pasaba más tiempo, sin embargo, nunca se recuperaría.
Tratando de encontrar un compromiso consigo misma, acabando con la parte
realmente peligrosa, pero no poniendo fin a la noche completamente, ese acomodó
en sus brazos, agachando la cabeza para que no pudiera darle un beso más.
—Está bien. Después del esfuerzo de valentía, estoy cansada de nuevo.
Él se agacho y tiró de la manta sobre ambos. Ella lo sintió besar su cabello, y él no
dijo nada más.
estado tan excitada alguna vez en su vida.
Lo había estado completamente cuando ella y Pedro tuvieron relaciones sexuales
por primera vez, respondiendo fácilmente a sus caricias y a sus besos, pero también
había sido muy inexperta y había estado nerviosa, las dos cosas la distrajeron un
poco del puro disfrute de sus respuestas físicas. Había tenido sexo desde entonces.
No con un gran número de hombres, ya que sólo había tenido relaciones sexuales
con hombres con los que salía seriamente. Sin embargo, había tenido un montón
de sexo decente. Incluso sexo realmente bueno.
Nunca se había sentido así, como si justo ahora no pudiera tener a Pedro, en
realidad suplicaría por él.
Él parecía sentir lo mismo, ya que su boca y sus manos se volvieron
inmediatamente más exigentes. Le encantaba lo fuerte que él era, lo mucho que
podía sentir la tensión en su esbelto cuerpo. Se retorció contra él, buscando la
estimulación donde pudiera.
Con un jadeo ronco, el rompió el beso y acercó ligeramente su cuerpo hacia el de
ella.
—Espera un segundo —dijo con voz ronca.
Ella hizo un sonido de impaciencia y se apretó contra su erección de nuevo.
—No quiero esperar un segundo.
El gimió casi sin poder hacer nada mientras ella se restregaba contra él.
—Yo tampoco. Pero necesitamos un condón, ¿no?
Ella maldijo en voz baja y se controló a si misma lo suficiente para poder relajar su
cuerpo y bajar la pierna con la que lo había rodeado a él.
—Sí. Sera lo mejor.
—No tengo ninguno conmigo ¿Hay en la casa?
Ella lo dudaba, ya que Gonzalo no vivía aquí, a menos que él hubiera escondido alguna
en una oscura esquina durante la escuela secundaria. A ella le gustan los tipos como
Pedro, que no llevan normalmente consigo condones, lo que parecía indicar que él
no tenía la costumbre de tener relaciones sexuales en un abrir y cerrar de ojos.
Además, su falta de preparación no importaba ya que ella lo tenía cubierto.
—Tengo uno en mi bolso. En el cuarto de la entrada.
Con su tobillo lastimado, y estando realmente excitada, no quería abandonar el
cómodo sofá junto al fuego, por lo que se sintió aliviada cuando Pedro se movió
con cuidado lejos de ella y se levantó.
Ella sin embargo se rió por lo bajo cuando vio que él se movía con rigidez.
Él le dirigió una mirada ofendida.
—Autosuficiente, ¿recuerdas? —bromeó—. Tienes que ir a buscar tu propio
condón, con erección o no.
Él se rió con voz entrecortada mientras desaparecía en la cocina, que conectaba con
el cuartito de la entrada, y seguía sonriendo cuando volvió unos segundos después.
Le entregó el bolso negro de diseñador, y encontró un paquete de cartón con
condones en el bolsillo lateral con cremallera.
—¿Siempre llevas condones encima? —preguntó.
Ella sintió que se estaba ruborizando, aunque estaba segura de que él no podía
darse cuenta porque ya estaba enrojecida por el fuego y la excitación.
—Una mujer siempre está preparada —dijo ella remilgadamente.
Ni una sola vez había usado un condón de los que llevaba encima, pero él no tenía
por qué saberlo.
—Una excelente filosofía.
Se inclinó para poner su bolso sobre la mesa antes de que cambiara su posición por
Pedro.
Él se sentó de nuevo en el sofá y tiró de ella a sus brazos una vez más, rodando
sobre su espalda para que él estuviera encima de ella otra vez.
—Maldita sea, Paula —dijo con voz ronca, sus labios apenas por encima de los de
ella—. Te deseo tanto.
Su tono de voz y sus palabras hacían que a ella le doliera el pecho. Su pulso estaba
revoloteando, trató de mantener las bromas, ya que se sentía mucho más segura que
con la intensidad que estaba creciendo.
—Ya lo sé. Tu pantalón no esconde mucho, ya sabes.
Él le estaba dando pequeños besos presionando su boca sobre sus labios, en la
comisura de sus labios y en las mejillas. Pero se rió de sus palabras, haciendo que su
aliento se deslizara contra su piel.
—Desafortunadamente, lo sé muy bien.
—Pero lo bueno es que no tiene sentido ocultar algo tan impresionante. —Ella
apretó su mano entre sus cuerpos para poder envolver su erección a través de la tela.
Él gruñó en respuesta.
Ella estaba tan contenta con su reacción, y la idea de tener un poder tan fuerte para
controlar al hombre, le apretó de nuevo y empezó a acariciarlo a través de sus
pantalones.
Él cerró los ojos, pero ella trató de notar lo que a él parecía gustarle más, lo que
provocaba que su respiración aumentara o que su cuerpo se sacudiera.
Finalmente, él abrió sus ojos.
—Está bien. No es que no esté agradecido por tu amabilidad, pero no más
amabilidad de ese tipo o voy a perder la erección.
Él se reajustó encima de ella, y ella se rió, luego sacó la sudadera de ella por encima
de su cabeza.
Él frunció el ceño al ver la camiseta de manga larga de lana que ella llevaba debajo.
—¿Estás lo suficiente caliente para mi…?
—Sí. Realmente no podría enfriarme más.
Ella le ayudó a sacarle su camisa y se rió con deleite ante la expresión ofendida de él
al ver que ella llevaba una camiseta de punto debajo.
—¿Cuántas camisetas te pones?
—Estaba helada —explicó. La risa hizo que se relajara e hizo que estuviera menos
consciente de la importancia de lo que estaba sucediendo. Sin embargo se quedó
sin aliento mientras que él le quitaba la última camiseta y se quedó mirando con
avidez hacia sus pechos desnudos.
—Eres tan hermosa. —Se inclinó para besarla, ahuecando un pecho en su áspera
mano. Su boca bajó por el cuello de ella y luego más abajo, hasta que tomó un
pezón en su boca.
Ella se arqueó mientras él lo acariciaba con su lengua, sensaciones tan intensas que
la sorprendieron a ella.
La acarició hasta que ella casi se retorcía, sus caderas moviéndose sin descanso,
tratando de buscar algún tipo de alivio para el pulso de deseo.
—Pedro—gritó—. Esto se está volviendo una tortura. —Tiró de sus hombros,
tratando de levantar su cabeza de sus pechos.
Él estaba sonriendo, casi de forma depredadora, cuando levantó la cabeza para
mirarla con pasión.
ella le sacó la lengua, como había hecho cuando tenía seis años y él y Gonzalo no la
dejaban jugar con ellos.
Los hombros de él se estremecían de la risa, pero se inclinó para besarla con fuerza.
—No deberías tentarme así —dijo sobre su boca—. Especialmente cuando estás
usando esas trenzas.
Ella dio un fuerte suspiro, rompió el beso y llevó su mano hacia una de las largas
trenzas.
—Mierda. Olvidé que llevaba estas cosas estúpidas.
Se quitó las gomas y empezó a desenrollar el cabello.
Pedro volvió a reír.
—No me importa…
—No voy a tener sexo con mi cabello con trenzas. —Se las arregló para deshacer las
trenzas, mientras Pedro aprovechaba el tiempo para quitarse la sudadera y una
camiseta.
La última vez que había visto su pecho desnudo tenía diecinueve años. Había sido
impresionante entonces, pero ahora era incluso mejor.
—Eres hermosa —dijo, mirándola con ojos dulce mientras ella se peinaba con los
dedos—. Con trenzas o sin ellas.
Ella se sentía un poco como si estuviera en ebullición, por lo que buscó
desesperadamente una respuesta ingeniosa. Cualquier tipo de respuesta que pudiera
distraerla de la mirada de sus ojos.
No podía pensar en nada.
Así que, cuando Pedro la besó de nuevo, deslizando su mano bajo la cinturilla de
sus pantalones de pijama, se sentía demasiado estúpida y boba.
Gimió en su boca cuando los dedos de él exploraron entre sus piernas. Él deslizó un
dedo y luego dos en su interior.
Se sentía tan bien que movía sus caderas contra su mano.
—¿Estas lista? —preguntó con voz ronca, dándole un par de suaves besos.
—Sí. —Se arqueó hacia arriba por el placer y la impaciencia mientras él acariciaba
su húmeda y caliente entrada—. Por favor.
Él alargó su mano para tomar el condón mientras ella se quitaba sus pantalones y
su ropa interior. Entonces le ayudó a él con la suya, llegando ansiosamente a su
erección cuando ésta fue liberada finalmente de la tela.
—Joder —susurró mientras ella lo acariciaba suavemente—. Me vas a matar.
—Definitivamente te voy a matar si no te das prisa.
Se puso el condón y se colocó entre las piernas de ella. La chimenea estaba
irradiando un calor intenso que ella sentía apasionadamente sobre su piel desnuda.
Para su sorpresa, cuando ella sintió el suave empuje en su entrada, Pedro se inclinó
para besarla de nuevo.
Ella respondió, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello, y luego arqueándose
instintivamente cuando sintió su dura longitud empezar a entrar en ella.
Él se reajustó un par de veces mientras se deslizaba dentro de ella. Ella lo estaba
sintiendo mucho, de forma tan profunda que no podía concentrarse en el beso, así
que volvió la cabeza hacia un lado con una sacudida y jadeó.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz sonaba tan apretada como ella se sentía.
—Sí. Está bien. Muy bien. —Movió sus caderas, sintiendo cada centímetro de su
penetración, y gemía de placer mientras sus terminaciones nerviosas se hacían
añicos con las sensaciones.
Cuando empezó a bombear sus caderas hacia él, le respondió comenzando a
empujar.
El juego previo de ellos había sido ligero y juguetón, por lo que ella se sorprendió
de que el sexo no estuviera siendo ninguna de esas cosas. Sus movimientos fueron
inicialmente estables y agradables. Se movieron juntos de esta forma, cayendo en
un ritmo recordado por mucho tiempo. Pedro dobló las piernas alrededor de sus
caderas para conseguir mayor ventaja, aunque estaba limitada debido al persistente
dolor de su tobillo.
Él se inclinó hacia abajo y le daba un beso de vez en cuando, como si no fuera
capaz de contenerse.
No podía recuperarse. Cada parte de ella estaba fuera de control. Su corazón se
aceleró salvajemente, sus pulmones jadeaban en busca de aire, con los ojos borrosos
de vez en cuando ya que no podía apartar la mirada de la caliente y hambrienta
mirada de Pedro.
Todo se sentía tan bien, tan correcto, tan placentero que no podía dejar de gemir y
susurrar sonidos tontos.
—Pedro—jadeó, se apoyó en el sofá con una sacudida de placer que la sorprendió.
Cayó dentro de un movimiento urgente y torpe y se agarró a la parte posterior de
sus hombros.
—Paula —gruñó en respuesta, su empuje se intensificó con el de ella. Luego
siguió jadeando en el tiempo con su ritmo, por lo que todo esto se hizo más
terriblemente mejor.
Ella se mordió el labio con fuerza al sentir como el orgasmo se intensificaba. Luego
dejó escapar el aliento, jadeó su nombre, su cuerpo estaba temblando sin poder
hacer nada con las ondas de placer intenso.
Él hizo un sonido ahogado y se mantuvo completamente inmóvil mientras trataba
de aguantar los temblores de su orgasmo.
La entrada de ella se apretó a él más fuerte, y finalmente lo liberó, su tensión se
relajó en una serie de golpes rápidos y torpes.
Ambos se derrumbaron juntos, sus cuerpos calientes, saciados y enredados en el
sofá. Ella todavía podía escuchar en su respiración su nombre, y quería oírlo decirlo
siempre de esa manera.
Cómo era preciosa. También que la necesitaba más que su aliento.
Los codos de él se flexionaron, y dejó caer suavemente su peso sobre el de ella,
enterrando su rostro en el hueco de su cuello por unos momentos.
Ella lo abrazó con fuerza, experimentando una oleada de ridículo orgullo por
haberle dado esto, y haberlo hecho sentir tanto.
Levantó la cabeza y miró hacia ella.
—¿Estas bien?
Ella asintió con la cabeza, la garganta le dolía de una forma extraña.
—Estuvo realmente bien.
—Bien no comienza a describirlo.
No había sido salvaje, sucio o creativo en particular, pero había sido más que eso,
mejor que eso. El mejor sexo de su vida.
Ella se movió incomoda bajo su peso, tratando de ignorar una cierta ansiedad en
aumento.
—Deberías tener cuidado con el condón.
Él se levantó de mala gana y salió de ella, teniendo cuidado con el condón. Luego
se fue a tirarlo a la basura y lavarse.
Tenía una sensación de frío otra vez, ahora que no estaba presionada contra el
cuerpo caliente de Pedro, se agachó para ponerse su pijama de nuevo. Estaba
pasando la camiseta por su cabeza cuando Pedro regresó.
No podía dejar de mirar lascivamente su cuerpo desnudo, su largo costado, sus
fuertes músculos y su plano abdomen. Él se puso sus pantalones de nuevo, pero no
su camiseta o su sudadera, añadió más leña al fuego, y volvió a sentarse en el sofá
junto a ella.
La tomó en sus brazos mientras ella los cubría a ambos con la manta.
Se acurrucó contra él. Por la mañana, iba a tener que lidiar con la realidad, pero no
podía soportar pensar en ello esa noche.
No cuando todo se sentía tan bien, tan correcto, tanto como en casa.
—Paula —murmuró, acariciando su pelo.
—Hmm. —Sus ojos estaban cerrados. El fuego era caliente y Pedro estaba caliente,
y ella estaba caliente otra vez también.
—Paula.
—Hmm.
No dijo nada más. Tal vez él había decidido que estaba casi dormida y que la
conversación era más o menos inútil.
Entonces ella se quedó dormida. Así que no habría oído si hubiera dicho otra cosa.
***
Paula se despertó unas horas más tarde, sintiéndose deliciosamente cálida y un
poco apretada.
Ella parpadeó, tratando de orientarse. La habitación estaba a oscuras excepto por la
luz del fuego, que se había apagado un poco.
Pedro debía haber pasado algo de tiempo mientras ella dormía para avivar el fuego
y añadir otro tronco, o se habría apagado mucho antes.
Ahora Pedro estaba a su lado en el sofá. O, más exactamente, estaba detrás de ella.
Estaba tumbada de lado, frente al fuego, y él le hacía mimos, sus brazos estaban
alrededor de ella, abrazándola contra él.
Ella se movió un poco y le oyó aclararse la garganta. Miró por encima del hombro
para ver que él tenía los ojos abiertos.
—Hola. —Ella no sabía que más decir.
Todavía estaba oscuro afuera, a pesar de que sonaba como si el hielo se hubiese
detenido. Aún quedaban unas pocas horas hasta el amanecer.
Ella no tenía que haber despertado en el mundo real todavía.
—Hola —respondió él, con alegría en su voz—. ¿Cómo está tu tobillo?
—Está bien. —Todavía le estaba doliendo, pero no tanto como antes. Se movió
para comprobarlo y descubrió que se podía mover un poco mejor.
Ella suspiró y se acurrucó de nuevo más cómodamente contra el calor de él. Al
hacerlo, sintió algo que golpeaba su trasero.
—Uh —dijo ella, mirando hacia atrás—. ¿Qué vas a hacer con eso?
—Nada por el momento.
Ella movió su culo contra su erección y sonrió cuando le oyó gemir en respuesta.
—¿Fue eso una invitación? —pregunto él con voz ronca.
—No realmente —admitió—. Estoy bastante cómoda. No estoy segura de querer
quitarme la ropa otra vez.
Era la verdad. Se sentía caliente y cómoda, y no muy entusiasmada con quitarse el
pijama.
Rodó sobre su espalda, girando sobre si misma hasta que estaba tumbada sobre él.
La ayudó a que bajara la cabeza para poder besarla.
—Estoy seguro de que podemos evitar quitarte el pijama si tenemos que hacerlo.
Ella se rió y le devolvió el beso, deslizando sus dedos por su grueso cabello.
Se besaron durante largo tiempo, sin prisa, de manera que excitó a Paula, aunque
sin la intensidad de excitación que había experimentado antes.
Su cuerpo zumbaba agradablemente pero no se sentía particularmente urgente o
necesitada.
Todavía no quería desnudarse de nuevo.
Ella le acariciaba la mejilla mientras se besaban, disfrutando del sonido chirriante y
la sensación de su barba contra su piel, cuando ella sintió que él estaba meciendo su
pelvis hacia arriba contra ella.
Estaba muy duro. Estaba mucho más ido que lo estaba ella.
El conocimiento de esto le dio a ella otro tipo de sensación.
Se sintió inspirada, se apartó de su boca y besó hacia abajo sobre su pecho desnudo.
Le gustaban sus esbeltos músculos y el ligero vello oscuro que tenía y la forma en
que su vientre plano se movía mientras sudaba.
Cuando llego a la tela, enganchó sus dedos alrededor de la cinturilla y tiró sus
pantalones hacia abajo, maniobrando cuidadosamente el obstáculo prominente de
su erección.
—Pensé que no querías quitarte la ropa —dijo, la misma sonrisa aun en su voz a
pesar de lo ronca que estaba.
—No estoy pensando en quitarme la ropa. —Tomó su erección con ambas manos.
En respuesta a la pregunta que se desarrolló en su rostro, ella se inclinó y lamió una
línea hacia su eje.
Él se sacudió, por la sorpresa o el placer, o por ambos.
—Paula—susurró, inclinándose hacia ella y enterrando sus dedos en su cabello
desordenado.
Ella sonrió, sintiéndose extrañamente contenta y posesiva. Entonces envolvió su
boca alrededor de su miembro ahuecando las mejillas.
Él ahogó un gemido, apretando sus manos en su cabello.
—Paula, no tienes porque…
Sus palabras se interrumpieron cuando ella volvió a succionar. Él soltó otro sonido
delicioso sin aliento.
Ella sabía que le estaba gustando. Sabía que su cuerpo estaba respondiendo a sus
intentos de agradarle. Una oleada de emoción y orgullo la abrumó.
Mantuvo la base de su erección en una mano y usó su boca tan hábilmente como
podía. No era muy experta en esta actividad, pero no era su primera vez. A juzgar
por sus respuestas, debía estar haciendo un trabajo bastante bueno.
Él había llegado hasta a sujetar el cojín del sofá con una mano, hincando sus dedos
en el tejido.
Con la otra mano, iba suavemente guiando el movimiento de la cabeza de ella, lo
que ayudaba a encontrar el ritmo que quería.
A medida que los músculos de sus muslos y su vientre se apretaban, él comenzó a
perder parte de su control. Sus caderas se sacudían para arriba hacia la boca de ella
en pequeños empujones, como si no pudiera mantenerse quieto. Como el
movimiento no la estaba empujando o exigiendo, él no estaba tratando de follar su
garganta, por lo que no se puso nerviosa.
A él le costaba decir su nombre, y a ella le encantaba como sonaba. Le encantó
como se hizo más espeso, y como se quedaba más sin aliento a medida que lo
llevaba hacia el clímax.
Ella cambió de posición su cuerpo y movió la mano que había estado utilizando
para agarrar el muslo hasta que pudo acariciar delicadamente sus testículos.
Él apretó el colchón con una mano y con la otra apretó su cabello.
Ella sabía que él estaba a punto de venirse. La sangre de ella corría por sus venas tan
salvajemente que causó un rugido en sus oídos.
Chupó con fuerza alrededor de su miembro y masajeó sus testículos un poco más
fuerte.
Él se vino con una exclamación ahogada y arqueó su espalda contra el sofá mientras
se dejaba ir.
Ella lo acarició y chupó a través de las ondas de liberación, y se limpió su boca con
una sonrisa cuando ella finalmente se enderezó.
El cuerpo de él se había vuelto completamente flácido, acostado en una postura
enrojecida y desgarbada, sobre la sabana de franela.
Nunca lo había visto así antes, y no podía creer que le había hecho eso a él.
Él encontró la energía para tirar de ella y ponerla encima de él, y ella se estiró y se
retorció contra su gran cuerpo.
—Gracias —dijo, acariciándole el pelo otra vez, como si no pudiera encontrar las
fuerzas para besarla.
—De nada. —Cuando se frotó contra él, se dio cuenta de que se había excitado
más de lo que se había dado cuenta, de nada más que darle placer de esa manera.
Todavía no estaba demasiado intenso, aunque, por lo menos no había arruinado su
satisfacción.
Después de unos minutos, ella sintió que su respiración había vuelto a la
normalidad, y una de las manos de él comenzó a acariciar su espalda y la parte
inferior.
Entonces tomó esto como una señal de que él se había recuperado de su orgasmo,
levantó la cabeza y sonrió hacia él.
—Ves. Yo no tenía que quitarme la ropa.
Él soltó una carcajada y apretó sus brazos alrededor de ella en un abrazo.
—¿Estas bien? —preguntó cuando aflojó sus brazos.
—Estoy bien.
—¿Estas segura? Porque estaría feliz…
—Te dije que no quería quitarme…
—¿De verdad crees que soy tan poco imaginativo que no puedo encontrar una
manera de satisfacerte sin quitarte la ropa? —Realmente sonaba vagamente
insultado.
—Bueno, no estoy segura… —interrumpió con una inhalación rápida cuando
sintió su mano por debajo, que entraba por su cinturilla y se deslizaba por entre sus
piernas.
Estaba mojada de nuevo, y él sería plenamente consciente de este hecho cuando
él…
—Oh dios mío —exclamó ella, aferrándose a sus hombros cuando empezó a
acariciarle con los dedos.
No pasó mucho tiempo para que su mano hábil la llevara hasta el orgasmo y ella se
quedara sin aliento y se sacudiera encima de él cuando el placer deliciosamente
contenido se liberó.
—Oh, eso estuvo bien —gimió ella mientras su peso se relajaba después—. Eres sin
duda muy útil.
Él se atragantó con su risa por la broma de ella de mal gusto y la levantó más arriba
para poder besarla.
No dejaba de besarla. Y cada beso se sentía como una caricia.
—Eres tan increíble, Paula —murmuró entre besos—. Tan dulce, tan hermosa,
tan generosa, tan valiente.
La emoción la abrumó, de forma más poderosa que su liberación física. Tenía
tantas ganas de oír esas palabras. Tantas ganas de creer en ellas.
Pero eran peligrosas. Incluso antes del amanecer, esto era peligroso.
Ella resopló en un intento de distraerse.
—¿Valiente? A pesar de tus impresionantes atributos, no me costó mucho a mí
hacerlo…
Él la hizo callar con otro beso, esta vez más largo, persistente e impresionante.
—Eres la persona más valiente que he conocido, Paula. Siempre lo has sido.
No entendía por qué pensaba eso. No sabía por qué él parecía creerlo.
No entendía nada de esto, y quería desesperadamente que esto no terminara.
Si pasaba más tiempo, sin embargo, nunca se recuperaría.
Tratando de encontrar un compromiso consigo misma, acabando con la parte
realmente peligrosa, pero no poniendo fin a la noche completamente, ese acomodó
en sus brazos, agachando la cabeza para que no pudiera darle un beso más.
—Está bien. Después del esfuerzo de valentía, estoy cansada de nuevo.
Él se agacho y tiró de la manta sobre ambos. Ella lo sintió besar su cabello, y él no
dijo nada más.
lunes, 20 de abril de 2015
"UNA NOCHE EN LA TORMENTA DE HIELO" CAP 3
Por sólo un momento, Pedro lucía como si le hubiera dado un golpe bajo.
Su expresión fue tan inexplicable y tan breve que Paula asumió que debió
haberlo imaginado. Todavía se sentía torpe y un poco enferma, sin
embargo, cuando dejó su dormitorio y cojeó hasta la cocina.
No podía creer que había sido lo suficientemente estúpida para besar a Pedro,
después de todo lo que había sucedido. Debía de ser algún tipo de masoquista en
secreto, sólo pidiendo más dolor.
Hizo su mejor esfuerzo para sacudirse el sentimiento. No había escapatoria, al
menos por esta noche, y de alguna manera tenía que hacerlo a través de las
próximas doce horas.
La hoguera que Pedro había construido en la chimenea de doble cara estaba
ardiendo amablemente, calentando tanto la cocina como la sala de estar. Se levantó
en frente de él durante un minuto, calentándose y escuchando el chisporroteo
acogedor del sonido.
—Creo que deberíamos encontrar algo para la cena —dijo Pedro, al entrar en la
cocina para reunirse con ella. Lucía perfectamente normal, tranquilo, de hecho en
control.
Paula deseaba desesperadamente que estuviera tan controlada como él estaba
siempre.
—Sí —acordó—. No puedo creer que ya sea tan tarde. La estufa debería trabajar ya
que hay gas. Sólo podemos encender los quemadores manualmente. Estoy segura
de que hay sopa conservada en la despensa.
Ambos fueron a investigar la grande y bien surtida despensa, y Paula entregó a
Pedro un par de latas costosas de carne y sopa de verduras.
—¿Puedes hacer que funcione? Nos preparé unos sándwiches también.
Lo siguió a la cocina con una barra de pan crujiente, y, mientras él trabajaba en los
quemadores, ella abrió el refrigerador.
La cocina de su madre estaba siempre abastecida de comida. Iba casi todos los días
al supermercado y nunca compraba nada barato o en oferta. Nunca había utilizado
un cupón en su vida. Así que el fiambre, queso y condimentos que Paula reunió
eran tan gourmet como era posible encontrar en el condado rural.
Fue sólo después de que Paula había comenzado a vivir por su propia cuenta que
entendió lo costoso que tales artículos podrían ser
—Está aún frío en el refrigerador —dijo, llevando su botín a la gran mesa de la
cocina. Estaba prácticamente sólo haciendo conversación—. Esperemos que la
energía regrese antes de que mi mamá pierda toda esta comida.
—Podríamos sólo moverla al exterior. —La voz de Pedro fue ligera y seca, y su
atención estaba centrada en revolver la olla de sopa.
Sintiendo la necesidad de un refuerzo extra, se acercó a la barra y se sirvió una copa
de una botella abierta de vino tinto.
—¿Quieres una cerveza? —preguntó por encima del hombro.
—Lo que sea que tengas allí está bien.
Le sirvió vino también y luego llevó las copas y la botella sobre la mesa.
Hizo sándwiches rápidamente. Ya que la sopa no estaba lo suficientemente caliente
aún, ella mató el tiempo comprobando en su teléfono inteligente el correo
electrónico y el pronóstico del tiempo.
—Dicen que se supone que va a parar alrededor de la medianoche y luego entrará
en calor en la mañana, así que con suerte no debería estar mal por mucho tiempo.
—Bien.
Se sentía incómoda y extrañamente tímida, y odiaba sentirse de esa manera, así que
se mantuvo examinando el correo electrónico y escribió mensajes de texto a un par
de amigos, mientras Pedro llevó la sopa a la mesa en dos grandes tazones.
—¿Está pasando algo? —él preguntó, señalando con la cabeza hacia su teléfono.
Ella sacudió la cabeza.
—Sólo mirando el correo electrónico del trabajo.
Colocó lejos el teléfono mientras comían. Su madre le había enseñado sus modales,
y acababa de ser simplemente grosera. Era una red de seguridad de todas formas, y
preferiría más ser lo suficientemente fuerte como para atravesar esta comida sin una
seguridad artificial.
—¿Cómo va tu trabajo? —preguntó antes de tomar un bocado de su sándwich.
Era una pregunta perfectamente inocua. El tipo de pregunta informal que
cualquiera siendo amable podría hacer. Ella y Pedro no eran informales, sin
embargo, y no eran inocuos tampoco.
No eran nada.
Se forzó por bajar el oleaje de resentimiento defensivo y obligarse a responder.
—Está bien.
—Tu mamá dijo que conseguiste otro ascenso este año.
Sí, lo obtuve. —Tomó lentamente un sorbo de vino, sobre todo por hacer una
pausa y reunir sus pensamientos. No había razón para que fuera un problema, pero
le molestaba que su madre hubiera estado hablando con Pedro acerca de su
trabajo—. Mi filosofía es siempre llegar a tiempo y hacer mi trabajo sin causar
problemas, si probablemente lo estás haciendo mejor que la mayoría de la gente y
ellos eventualmente te ascenderán.
—¿No crees que eres buena en lo que haces?
—Oh, seguro. Creo que hago un trabajo decente. Pero yo no soy un gurú del
marketing ni nada.
Sus ojos oscuros, casi negros en el resplandor de la luz del fuego, se centraron en
ella de verdad, sin mirar justo por delante de ella como lo había estado haciendo
desde que habían entrado a la cocina.
—¿Lo disfrutas?
—Seguro. Es como cualquier otro trabajo. A veces es bueno y a veces te vuelve
loco.
—Solías desear manejar una florería en la cuidad.
Bajó la cuchara que acababa de levantar a su boca y lo miró fijamente.
—¿Hablas en serio?
—¿No es eso lo querías hacer? Dijiste que querías estar rodeada de flores.
—¡Tenía doce años!
—Dijiste algo similar cuando eras mayor. —Se encogió de hombros—. Pensé que
era en serio.
Tragó saliva duro. No podía creer que Pedro recordará tal absurdo y fortuito
detalle y le molestaba demasiado.
—Los niños son serios acerca de un montón de cosas tontas. Esta comunidad
nunca podría apoyar una florería.
—Muchas personas mueren y se casan y tienen aniversarios en este condado y
quieren algo que flores de supermercados. Con tu experiencia en marketing, estoy
seguro de que podrías…
—¿Quisieras parar? —le interrumpió, sonando más aguda de lo que había
previsto—. Ya tengo un buen trabajo.
—¿Te gusta vivir en Richmond?
Levantó un hombro en un medio gesto de desdén.
—Seguro. Simplemente es algo a lo cual uno se termina acostumbrando.
—Todavía vienes mucho por aquí de visita. ¿Lo extrañas?
Sabía demasiado sobre su vida, y él estaba haciendo demasiadas preguntas. No era
asunto suyo si echaba de menos su ciudad natal, lo cual hacía, o si sería más feliz
haciendo algo diferente.
—¿Por qué soy la única que consigue ser interrogada? ¿Qué hay sobre ti? ¿No
querías hacer muebles cuando eras más joven?
Le preguntó en un tono que implicaba que era un recuerdo muy vago, pero sabía
muy bien que había sido su sueño desde años.
Él la miró sin levantar la voz.
—Hago muebles.
—Como extra, tal vez. Pero no puedes tener mucho tiempo extra con todos tus
negocios.
Sólo se encogió de hombros, como lo había hecho ella antes.
—¿Te gusta lo que haces?
—Soy bueno en eso, y la gente necesita un contratista confiable.
—Ya lo sé, pero no es lo que pregunté. ¿No preferirías sólo hacer carpintería?
Había terminado su sándwich, pero aun así miró hacia abajo a su plato vacío.
Finalmente, otra vez levantó sus ojos a ella.
—Todos crecemos.
Lo entendió. Lo entendió perfectamente. Había pasado por la misma experiencia.
En el mundo real, no siempre haces lo que te hace más feliz. Haces lo que debes
hacer. Te ajustas. Lo superas.
Había sostenido su mirada durante mucho tiempo, y sintió sus mejillas calentarse,
mientras miraba hacia abajo confundida y aturdida,
Terminó su sopa sin hablar.
Cuando habían lavado los platos, recogió una linterna y dijo:
—Supongo que encontraré algo para leer. O algo.
Pedro asintió.
—Voy a comprobar fuera y asegurarme de que todo está bien con la casa.
Estaba oscuro como boca de lobo afuera y sonaba horrible, pero no objetó. Era un
hombre maduro. Si él quería salir en este tiempo y ser idiota, para él estaba
permitido.
Fue al baño y entonces decidió que también podría prepararse para ir a la cama. Se
cambió a un par de apropiadas pijamas de lana, la más cálida que tenía, y colocó la
sudadera sobre ellas. Encontró un libro, se sirvió otra copa de vino tinto y
consiguió un paquete de hielo para su tobillo. Estaba tirada en el gran sofá delante
del fuego cuando Pedro volvió.
El hielo estaba desprendiéndose en pequeños chasquidos mientras se movía.
—¿Cómo está todo?
—Se ve bien. Han perdido algunas ramas, pero ninguna de los árboles. Y el techo
se sostiene bien.
—Bien.
Ya que había traído la botella y una copa vacía a la sala de estar, él se sirvió el
último trago de la botella.
Ella estaba tratando de entretenerse con su libro, pero no podía concentrarse y
dejar de mirar por encima de él, sus ojos lo buscaban.
Estaba tan deliciosamente masculino como siempre, la sombra de su barba era
incluso más oscura y su piel enrojecida ligeramente por el viento y frío. Pero
también parecía incómodo en sus botas y pantalones vaqueros.
—Puedes chequear en la antigua habitación de Gonzalo por algo para cambiarte por
esta noche, si lo deseas. Todavía tiene toneladas de sudaderas y esas cosas allá
arriba. Puedes encontrar algo que te quede. Podrías estar más cómodo.
Vaciló un poco. Luego asintió.
No estaba haciendo nada más que concentrarse en el libro cuando él regresó unos
diez minutos más tarde.
Llevaba un viejo par de pantalones de ejercicios negros, sólo ligeramente demasiado
cortos, y una sudadera gris que combinaba con la ropa que ella estaba usando,
también del equipo de fútbol americano de su escuela, pero con el logo de un año
diferente.
—No te rías —dijo, capturando su escrutinio—. No sabía que Gonzalo fuera tan
pequeño de estatura.
Ella se río, encontrando el pequeño tic en la comisura de su boca irresistible.
—No le digas o lastimarás sus pobres sentimientos.
Gonzalo no era particularmente bajo, era diez centímetros más alto que ella, pero él era
cinco centímetros más bajo que Pedro.
Pedro parecía diferente de lo normal. Más relajado. Menos reservado. Así como
sexy.
Le dio un giro doloroso en su estómago.
Él se sentó en un extremo del sofá y puso sus pies en su regazo. Cuando le dio una
mirada de cuestionamiento, sólo dijo:
—Deberías mantener el tobillo elevado.
Esto sonaba bastante razonable, y apenas podía alejarlo a una de las dos sillas de
respaldo, las cuales no eran muy cómodas para sentarse por mucho tiempo, o el
asiento de la ventana, que estaba mucho más lejos de la chimenea.
Él encontró un libro también, así que ambos leyeron un rato en la luz de la hoguera
y la linterna. Pedro de vez en cuando se levantaba para devolver la bolsa de hielo al
congelador, atender la hoguera, o conseguir otra bolsa de hielo para su tobillo.
Después de un par de horas, Paula tuvo que dejar su libro, ya que estaba
demasiado soñolienta para concentrarse en las palabras.
Estaba congelándose, a pesar del fuego. La temperatura debía estar bajando aún
más en la casa.
Se levantó para ir al baño y encontrar sábanas de franela y una manta gruesa.
Estaba en su camino cuando se apoyó en su tobillo malo nuevamente. Se fue abajo,
desgarrando su tobillo aún más en el proceso.
Maldijo y se mordió su labio tratando de sofocar los quejidos involuntarios de
dolor.
Le tomó un minuto recuperar el aliento y luego otro minuto para volver a ponerse
en pie. Estaba en medio de la sala, y no había nada excepto la pared para levantarse.
Estaba finalmente arriba y arrastrando los pies de nuevo a la sala de estar con los
brazos llenos de sabanas y mantas, sus dientes castañeando de frío y su tobillo
palpitando brutalmente, cuando Pedro apareció frente a ella.
Era la última persona que quería ver.
Con una mirada impaciente, él se movió rápidamente para poner un brazo a su
alrededor para apoyar parte de su peso.
También tomó las mantas de sus manos.
—¿Qué pasó?
—Nada. —Tenía frío, dolor y frustración, y ahora estaba avergonzada—. Sólo me
caí. Estoy bien.
—¿Por qué diablos no me llamaste para pedir ayuda? —exigió en tono
malhumorado como había sido esa tarde.
—Porque no necesitaba ayuda. —Apretó las palabras a través de una mandíbula
cerrada y lo miró resentida. Debería haber sabido que no podía permanecer sin ser
detestable durante mucho tiempo.
—Necesitabas mi ayuda. Ahora apenas puedes caminar y estás helada.
Trató desesperadamente de mantener sus dientes sin castañear, pero no podía
hacerlo.
—Nunca he visto a nadie tan terco como tú.
—¿Has mirado en un espejo? —replicó, con lo que ella pensaba que era una
impresionante agudeza.
—Si yo tuviera un esguince de tobillo, condenadamente bien dejaría que alguien
me ayudara.
—No lo harías. Te esconderías hasta mejorarte. No tienes derecho a reprocharme a
mí ser terca. ¿Recuerdas cuando tenías quince años? No le permitiste a la iglesia
ayudar a tu mamá cuando su sótano estaba inundado. Insististe en hacer todo tú
mismo. Construiste toda tu maldita casa por ti mismo, aunque Gonzalo trató de
ayudar casi todos los fines de semana. No has aceptado ningún regalo o gesto de
caridad en los últimos quince años. ¿Cómo te atreves a intentar decirme que soy
demasiado terca?
Estaba sintiéndose molesto y ruborizado mientras ella arremetió, pero al menos él
también estaba siendo proactivo. La había llevado de espaldas al sofá, le ayudó a
extender la sábana de franela en el sofá y la cubrió con una manta cuando se había
sentado y luego se estiró.
Ahora sólo caminaba fuera de la habitación, dejándola tan sorprendida que ella no
podía incluso sentirse enojada.
Nunca había sabido de alguien que se saliera tan groseramente en mitad de una
discusión.
Regresó casi inmediatamente con una bolsa de hielo fresca. Trató de ponerlo en su
tobillo, pero ella se sacudió lejos tan pronto como podía.
—Está demasiado fría. —Estaba acurrucada bajo la manta, tratando de quitar su
indefenso temblor. El fuego ayudaba, pero no lo suficientemente rápido.
—Lo necesitas —dijo suavemente—. O el tobillo se te hinchará aún más.
Sabía que él tenía razón, así que no discutió nada más, pero la bolsa de hielo hizo
que su cuerpo tuviera incluso más frío.
La miró fijamente por un largo rato, y ella no entendía la mirada en sus ojos. Luego
le hizo un gesto con su mano.
—¿Podrías recorrerte un poco?
Hizo lo que le dijo, aunque no tenía ni idea de por qué él lo estaba pidiendo.
Se dio cuenta muy pronto cuando se sentó en el sofá a su lado. Antes de que se
diera cuenta de lo que estaba pasando, él los había reorganizado a ambos por lo que
la tenía en sus brazos, apoyada contra su pecho.
Era un error. Estaba totalmente equivocado. Ella estaba tan fría, sin embargo, el
cuerpo de él era deliciosamente caliente. Realmente le gustaba cómo se sentía al ser
sostenida por él.
Se habían sentado así durante horas un verano, hablando, viendo la televisión, sólo
estando juntos.
Él estaba reorganizando la manta sobre ambos, y la tensión era tan palpable que
Paula pensó que podría ahogarse en ella. En un intento de romperla, suavemente,
dijo:
—Esto es sólo una forma disimulada de compartir mi manta, ya que eres
demasiado perezoso para conseguir la tuya.
Se río, suave y bajo. Amaba cómo sonaba y cómo se sentía.
—Culpable.
Se acurrucó contra él y pronto dejó temblar.
Ambos estaban mirando el fuego cuando Pedro volvió a la conversación anterior.
—Las cosas que tu llamas terquedad en mí no son realmente así. Es autosuficiencia.
Es importante para mí. Y es una cosa diferente.
—¿Por qué es tan importante ser autosuficiente? —Era una pregunta genuina, ya
que su anterior ira había desaparecido casi por completo.
Él no respondió.
Ella giró un poco su cuerpo para mirarlo. Su cara estaba apenas a unos cuantos
centímetros.
—¿Pedro?
—No sé —admitió, sonando incómodo y sin mirarla a los ojos—. Una manera de
demostrar mi valía, supongo.
—Demostrar lo que vales, ¿por qué?
Él no respondió directamente esta vez. En cambio, dijo en un tono diferente:
—Sabes cómo era para mi mamá. Este es un pueblo pequeño, y las personas son...
prejuiciosas.
—Las personas son prejuiciosas en las ciudades también. Simplemente no están en
tu cara bastante tiempo. —Ella exhaló—. Conozco gente que juzgó a tu mamá. Mi
abuelo lo hizo, y fue... terrible sobre ella. Pero no todo el mundo aquí lo hace. Y
nunca nadie te ha juzgado.
—¿No lo han hecho?
Su cuerpo se sentía más tenso de lo que había estado antes. Sabía que él estaba
sintiendo algo profundamente y su corazón sufría por él.
—¿Quién te juzga? Siempre has sido muy popular en la escuela, y todo el mundo
en el pueblo piensa que caminas sobre el agua ahora.
—Tuve un largo camino que escalar. —Las palabras eran suaves, sin inflexiones, no
amargas, sólo resignadas.
—Pedro —dijo, sintiéndose extrañamente urgente y emocional. Se giró por lo que
ella estaba frente a él, y también prácticamente acostada encima de él. Quería ver su
rostro, sin embargo—. ¿Quién te juzga? ¿De quiénes estás hablando? Nunca lo
hicimos. Mi mamá, Gonzalo o yo. Te juro que nunca lo hicimos.
—Sé que no. —Sus ojos eran de algún modo extraños, suaves y urgentes a la vez.
—Todos pensamos que eras... pensábamos que eras genial. —Su voz tembló al
final, ya que el tiempo pasado era tan aplastante.
Aún todavía pensaba que era genial, el mejor hombre que ella conocía aparte de
Gonzalo, no la había tratado tan desalmadamente hace ocho años.
Todavía no lo entendía. Simplemente no parecía encajar.
—Ya lo Sabía. No tienes ni idea de lo que significaba para mí. —Sus brazos estaban
todavía a su alrededor y uno de ellos la apretaba deliciosamente. La otra mano se
deslizó hacia abajo de su espina dorsal hasta que presionó contra la parte baja de su
espalda.
Parecía que se estaban abrazando, y Paula quería sentir aún más.
Su mente era una maraña aturdida, se las arregló para recuperar el hilo de su
conversación anterior.
—Así que si es tan importante para ti ser autosuficiente, ¿por qué llamas a mi
autosuficiencia terquedad? ¿Por qué no puedo ser autosuficiente también? —Su voz
estaba extrañamente ronca en las últimas palabras, y no fue porque quisiera llorar.
Levantó la mano que había estado acariciando su espalda y ahuecó su mejilla con él
en su lugar.
—Porque estoy aquí —murmuró—. Porque estoy aquí, y quiero ayudarte.
Sus labios se separaron inconscientemente en la ternura de las palabras, y tal vez él
lo tomó como una invitación.
Dirigió su cabeza hacia abajo, hasta que sus labios se encontraron. No era exigente
o intrusivo, sólo suave y casi necesitado.
No pudo evitar responder con sentimiento y la sensación hinchó dentro de ella con
el roce de sus labios.
Ella se movió lo suficiente para llevar una mano que pudiera acariciar su rostro,
amaba la textura de su barba contra el toque su palma.
Él profundizó el beso lentamente, deslizando su lengua a lo largo del contorno de
sus labios y deslizando una mano abajo para frotar la parte baja de la espalda y
luego bajar a la parte inferior.
Se movió con gusto, abriendo su boca para sentirlo más profundamente y frotando
sus pechos contra su pecho.
—Paula —dijo con voz ronca, cuando finalmente se apartó lejos, pero sólo para
presionar suaves besos en las comisuras de su boca—. Paula ¿cómo está tu tobillo?
La risa la golpeó tan de repente que se rió sin poder hacer nada contra su boca.
Sonrió en un último beso breve con sus brazos apretados alrededor de ella.
—A pesar de como sonó, no fue mi intención cambiar de tema. Sólo quería decir
que no quiero que hagas nada que te lastime el tobillo.
—Mi tobillo está muy involucrado en este proceso.
Con un resoplido de diversión, él los giró a ambos para que ella estuviera de
espaldas y él estuviera encima de ella.
—Bien. —Se inclinó hacia abajo en otro beso.
Paula se movió por debajo de él cuando su abrazo se intensificó, y, cuando había
liberado una de sus piernas, se envolvió alrededor de su cadera, necesitando sentir
su cuerpo duro contra el dolor delicioso entre sus piernas.
Le escuchó hacer un ruido áspero bajo en su garganta, y él se separó de su boca para
enterrar su cara en el hueco de su cuello.
—Paula —murmuró, pronunciando el pulso palpitante en su garganta—. Paula,
si vas a parar, por favor házmelo saber ahora.
Su cabeza giraba y su cuerpo palpitaba y Pedro era lo único en el mundo que ella
quería.
Sabía que estaba mal. Era una tontería. Lo haría todo mucho más difícil.
En el momento, no podía evitar la tentación.
Se ajustó hasta que encontró la protuberancia en su ingle y se frotó contra ella
descaradamente.
—No voy a detenerme.
Su expresión fue tan inexplicable y tan breve que Paula asumió que debió
haberlo imaginado. Todavía se sentía torpe y un poco enferma, sin
embargo, cuando dejó su dormitorio y cojeó hasta la cocina.
No podía creer que había sido lo suficientemente estúpida para besar a Pedro,
después de todo lo que había sucedido. Debía de ser algún tipo de masoquista en
secreto, sólo pidiendo más dolor.
Hizo su mejor esfuerzo para sacudirse el sentimiento. No había escapatoria, al
menos por esta noche, y de alguna manera tenía que hacerlo a través de las
próximas doce horas.
La hoguera que Pedro había construido en la chimenea de doble cara estaba
ardiendo amablemente, calentando tanto la cocina como la sala de estar. Se levantó
en frente de él durante un minuto, calentándose y escuchando el chisporroteo
acogedor del sonido.
—Creo que deberíamos encontrar algo para la cena —dijo Pedro, al entrar en la
cocina para reunirse con ella. Lucía perfectamente normal, tranquilo, de hecho en
control.
Paula deseaba desesperadamente que estuviera tan controlada como él estaba
siempre.
—Sí —acordó—. No puedo creer que ya sea tan tarde. La estufa debería trabajar ya
que hay gas. Sólo podemos encender los quemadores manualmente. Estoy segura
de que hay sopa conservada en la despensa.
Ambos fueron a investigar la grande y bien surtida despensa, y Paula entregó a
Pedro un par de latas costosas de carne y sopa de verduras.
—¿Puedes hacer que funcione? Nos preparé unos sándwiches también.
Lo siguió a la cocina con una barra de pan crujiente, y, mientras él trabajaba en los
quemadores, ella abrió el refrigerador.
La cocina de su madre estaba siempre abastecida de comida. Iba casi todos los días
al supermercado y nunca compraba nada barato o en oferta. Nunca había utilizado
un cupón en su vida. Así que el fiambre, queso y condimentos que Paula reunió
eran tan gourmet como era posible encontrar en el condado rural.
Fue sólo después de que Paula había comenzado a vivir por su propia cuenta que
entendió lo costoso que tales artículos podrían ser
—Está aún frío en el refrigerador —dijo, llevando su botín a la gran mesa de la
cocina. Estaba prácticamente sólo haciendo conversación—. Esperemos que la
energía regrese antes de que mi mamá pierda toda esta comida.
—Podríamos sólo moverla al exterior. —La voz de Pedro fue ligera y seca, y su
atención estaba centrada en revolver la olla de sopa.
Sintiendo la necesidad de un refuerzo extra, se acercó a la barra y se sirvió una copa
de una botella abierta de vino tinto.
—¿Quieres una cerveza? —preguntó por encima del hombro.
—Lo que sea que tengas allí está bien.
Le sirvió vino también y luego llevó las copas y la botella sobre la mesa.
Hizo sándwiches rápidamente. Ya que la sopa no estaba lo suficientemente caliente
aún, ella mató el tiempo comprobando en su teléfono inteligente el correo
electrónico y el pronóstico del tiempo.
—Dicen que se supone que va a parar alrededor de la medianoche y luego entrará
en calor en la mañana, así que con suerte no debería estar mal por mucho tiempo.
—Bien.
Se sentía incómoda y extrañamente tímida, y odiaba sentirse de esa manera, así que
se mantuvo examinando el correo electrónico y escribió mensajes de texto a un par
de amigos, mientras Pedro llevó la sopa a la mesa en dos grandes tazones.
—¿Está pasando algo? —él preguntó, señalando con la cabeza hacia su teléfono.
Ella sacudió la cabeza.
—Sólo mirando el correo electrónico del trabajo.
Colocó lejos el teléfono mientras comían. Su madre le había enseñado sus modales,
y acababa de ser simplemente grosera. Era una red de seguridad de todas formas, y
preferiría más ser lo suficientemente fuerte como para atravesar esta comida sin una
seguridad artificial.
—¿Cómo va tu trabajo? —preguntó antes de tomar un bocado de su sándwich.
Era una pregunta perfectamente inocua. El tipo de pregunta informal que
cualquiera siendo amable podría hacer. Ella y Pedro no eran informales, sin
embargo, y no eran inocuos tampoco.
No eran nada.
Se forzó por bajar el oleaje de resentimiento defensivo y obligarse a responder.
—Está bien.
—Tu mamá dijo que conseguiste otro ascenso este año.
Sí, lo obtuve. —Tomó lentamente un sorbo de vino, sobre todo por hacer una
pausa y reunir sus pensamientos. No había razón para que fuera un problema, pero
le molestaba que su madre hubiera estado hablando con Pedro acerca de su
trabajo—. Mi filosofía es siempre llegar a tiempo y hacer mi trabajo sin causar
problemas, si probablemente lo estás haciendo mejor que la mayoría de la gente y
ellos eventualmente te ascenderán.
—¿No crees que eres buena en lo que haces?
—Oh, seguro. Creo que hago un trabajo decente. Pero yo no soy un gurú del
marketing ni nada.
Sus ojos oscuros, casi negros en el resplandor de la luz del fuego, se centraron en
ella de verdad, sin mirar justo por delante de ella como lo había estado haciendo
desde que habían entrado a la cocina.
—¿Lo disfrutas?
—Seguro. Es como cualquier otro trabajo. A veces es bueno y a veces te vuelve
loco.
—Solías desear manejar una florería en la cuidad.
Bajó la cuchara que acababa de levantar a su boca y lo miró fijamente.
—¿Hablas en serio?
—¿No es eso lo querías hacer? Dijiste que querías estar rodeada de flores.
—¡Tenía doce años!
—Dijiste algo similar cuando eras mayor. —Se encogió de hombros—. Pensé que
era en serio.
Tragó saliva duro. No podía creer que Pedro recordará tal absurdo y fortuito
detalle y le molestaba demasiado.
—Los niños son serios acerca de un montón de cosas tontas. Esta comunidad
nunca podría apoyar una florería.
—Muchas personas mueren y se casan y tienen aniversarios en este condado y
quieren algo que flores de supermercados. Con tu experiencia en marketing, estoy
seguro de que podrías…
—¿Quisieras parar? —le interrumpió, sonando más aguda de lo que había
previsto—. Ya tengo un buen trabajo.
—¿Te gusta vivir en Richmond?
Levantó un hombro en un medio gesto de desdén.
—Seguro. Simplemente es algo a lo cual uno se termina acostumbrando.
—Todavía vienes mucho por aquí de visita. ¿Lo extrañas?
Sabía demasiado sobre su vida, y él estaba haciendo demasiadas preguntas. No era
asunto suyo si echaba de menos su ciudad natal, lo cual hacía, o si sería más feliz
haciendo algo diferente.
—¿Por qué soy la única que consigue ser interrogada? ¿Qué hay sobre ti? ¿No
querías hacer muebles cuando eras más joven?
Le preguntó en un tono que implicaba que era un recuerdo muy vago, pero sabía
muy bien que había sido su sueño desde años.
Él la miró sin levantar la voz.
—Hago muebles.
—Como extra, tal vez. Pero no puedes tener mucho tiempo extra con todos tus
negocios.
Sólo se encogió de hombros, como lo había hecho ella antes.
—¿Te gusta lo que haces?
—Soy bueno en eso, y la gente necesita un contratista confiable.
—Ya lo sé, pero no es lo que pregunté. ¿No preferirías sólo hacer carpintería?
Había terminado su sándwich, pero aun así miró hacia abajo a su plato vacío.
Finalmente, otra vez levantó sus ojos a ella.
—Todos crecemos.
Lo entendió. Lo entendió perfectamente. Había pasado por la misma experiencia.
En el mundo real, no siempre haces lo que te hace más feliz. Haces lo que debes
hacer. Te ajustas. Lo superas.
Había sostenido su mirada durante mucho tiempo, y sintió sus mejillas calentarse,
mientras miraba hacia abajo confundida y aturdida,
Terminó su sopa sin hablar.
Cuando habían lavado los platos, recogió una linterna y dijo:
—Supongo que encontraré algo para leer. O algo.
Pedro asintió.
—Voy a comprobar fuera y asegurarme de que todo está bien con la casa.
Estaba oscuro como boca de lobo afuera y sonaba horrible, pero no objetó. Era un
hombre maduro. Si él quería salir en este tiempo y ser idiota, para él estaba
permitido.
Fue al baño y entonces decidió que también podría prepararse para ir a la cama. Se
cambió a un par de apropiadas pijamas de lana, la más cálida que tenía, y colocó la
sudadera sobre ellas. Encontró un libro, se sirvió otra copa de vino tinto y
consiguió un paquete de hielo para su tobillo. Estaba tirada en el gran sofá delante
del fuego cuando Pedro volvió.
El hielo estaba desprendiéndose en pequeños chasquidos mientras se movía.
—¿Cómo está todo?
—Se ve bien. Han perdido algunas ramas, pero ninguna de los árboles. Y el techo
se sostiene bien.
—Bien.
Ya que había traído la botella y una copa vacía a la sala de estar, él se sirvió el
último trago de la botella.
Ella estaba tratando de entretenerse con su libro, pero no podía concentrarse y
dejar de mirar por encima de él, sus ojos lo buscaban.
Estaba tan deliciosamente masculino como siempre, la sombra de su barba era
incluso más oscura y su piel enrojecida ligeramente por el viento y frío. Pero
también parecía incómodo en sus botas y pantalones vaqueros.
—Puedes chequear en la antigua habitación de Gonzalo por algo para cambiarte por
esta noche, si lo deseas. Todavía tiene toneladas de sudaderas y esas cosas allá
arriba. Puedes encontrar algo que te quede. Podrías estar más cómodo.
Vaciló un poco. Luego asintió.
No estaba haciendo nada más que concentrarse en el libro cuando él regresó unos
diez minutos más tarde.
Llevaba un viejo par de pantalones de ejercicios negros, sólo ligeramente demasiado
cortos, y una sudadera gris que combinaba con la ropa que ella estaba usando,
también del equipo de fútbol americano de su escuela, pero con el logo de un año
diferente.
—No te rías —dijo, capturando su escrutinio—. No sabía que Gonzalo fuera tan
pequeño de estatura.
Ella se río, encontrando el pequeño tic en la comisura de su boca irresistible.
—No le digas o lastimarás sus pobres sentimientos.
Gonzalo no era particularmente bajo, era diez centímetros más alto que ella, pero él era
cinco centímetros más bajo que Pedro.
Pedro parecía diferente de lo normal. Más relajado. Menos reservado. Así como
sexy.
Le dio un giro doloroso en su estómago.
Él se sentó en un extremo del sofá y puso sus pies en su regazo. Cuando le dio una
mirada de cuestionamiento, sólo dijo:
—Deberías mantener el tobillo elevado.
Esto sonaba bastante razonable, y apenas podía alejarlo a una de las dos sillas de
respaldo, las cuales no eran muy cómodas para sentarse por mucho tiempo, o el
asiento de la ventana, que estaba mucho más lejos de la chimenea.
Él encontró un libro también, así que ambos leyeron un rato en la luz de la hoguera
y la linterna. Pedro de vez en cuando se levantaba para devolver la bolsa de hielo al
congelador, atender la hoguera, o conseguir otra bolsa de hielo para su tobillo.
Después de un par de horas, Paula tuvo que dejar su libro, ya que estaba
demasiado soñolienta para concentrarse en las palabras.
Estaba congelándose, a pesar del fuego. La temperatura debía estar bajando aún
más en la casa.
Se levantó para ir al baño y encontrar sábanas de franela y una manta gruesa.
Estaba en su camino cuando se apoyó en su tobillo malo nuevamente. Se fue abajo,
desgarrando su tobillo aún más en el proceso.
Maldijo y se mordió su labio tratando de sofocar los quejidos involuntarios de
dolor.
Le tomó un minuto recuperar el aliento y luego otro minuto para volver a ponerse
en pie. Estaba en medio de la sala, y no había nada excepto la pared para levantarse.
Estaba finalmente arriba y arrastrando los pies de nuevo a la sala de estar con los
brazos llenos de sabanas y mantas, sus dientes castañeando de frío y su tobillo
palpitando brutalmente, cuando Pedro apareció frente a ella.
Era la última persona que quería ver.
Con una mirada impaciente, él se movió rápidamente para poner un brazo a su
alrededor para apoyar parte de su peso.
También tomó las mantas de sus manos.
—¿Qué pasó?
—Nada. —Tenía frío, dolor y frustración, y ahora estaba avergonzada—. Sólo me
caí. Estoy bien.
—¿Por qué diablos no me llamaste para pedir ayuda? —exigió en tono
malhumorado como había sido esa tarde.
—Porque no necesitaba ayuda. —Apretó las palabras a través de una mandíbula
cerrada y lo miró resentida. Debería haber sabido que no podía permanecer sin ser
detestable durante mucho tiempo.
—Necesitabas mi ayuda. Ahora apenas puedes caminar y estás helada.
Trató desesperadamente de mantener sus dientes sin castañear, pero no podía
hacerlo.
—Nunca he visto a nadie tan terco como tú.
—¿Has mirado en un espejo? —replicó, con lo que ella pensaba que era una
impresionante agudeza.
—Si yo tuviera un esguince de tobillo, condenadamente bien dejaría que alguien
me ayudara.
—No lo harías. Te esconderías hasta mejorarte. No tienes derecho a reprocharme a
mí ser terca. ¿Recuerdas cuando tenías quince años? No le permitiste a la iglesia
ayudar a tu mamá cuando su sótano estaba inundado. Insististe en hacer todo tú
mismo. Construiste toda tu maldita casa por ti mismo, aunque Gonzalo trató de
ayudar casi todos los fines de semana. No has aceptado ningún regalo o gesto de
caridad en los últimos quince años. ¿Cómo te atreves a intentar decirme que soy
demasiado terca?
Estaba sintiéndose molesto y ruborizado mientras ella arremetió, pero al menos él
también estaba siendo proactivo. La había llevado de espaldas al sofá, le ayudó a
extender la sábana de franela en el sofá y la cubrió con una manta cuando se había
sentado y luego se estiró.
Ahora sólo caminaba fuera de la habitación, dejándola tan sorprendida que ella no
podía incluso sentirse enojada.
Nunca había sabido de alguien que se saliera tan groseramente en mitad de una
discusión.
Regresó casi inmediatamente con una bolsa de hielo fresca. Trató de ponerlo en su
tobillo, pero ella se sacudió lejos tan pronto como podía.
—Está demasiado fría. —Estaba acurrucada bajo la manta, tratando de quitar su
indefenso temblor. El fuego ayudaba, pero no lo suficientemente rápido.
—Lo necesitas —dijo suavemente—. O el tobillo se te hinchará aún más.
Sabía que él tenía razón, así que no discutió nada más, pero la bolsa de hielo hizo
que su cuerpo tuviera incluso más frío.
La miró fijamente por un largo rato, y ella no entendía la mirada en sus ojos. Luego
le hizo un gesto con su mano.
—¿Podrías recorrerte un poco?
Hizo lo que le dijo, aunque no tenía ni idea de por qué él lo estaba pidiendo.
Se dio cuenta muy pronto cuando se sentó en el sofá a su lado. Antes de que se
diera cuenta de lo que estaba pasando, él los había reorganizado a ambos por lo que
la tenía en sus brazos, apoyada contra su pecho.
Era un error. Estaba totalmente equivocado. Ella estaba tan fría, sin embargo, el
cuerpo de él era deliciosamente caliente. Realmente le gustaba cómo se sentía al ser
sostenida por él.
Se habían sentado así durante horas un verano, hablando, viendo la televisión, sólo
estando juntos.
Él estaba reorganizando la manta sobre ambos, y la tensión era tan palpable que
Paula pensó que podría ahogarse en ella. En un intento de romperla, suavemente,
dijo:
—Esto es sólo una forma disimulada de compartir mi manta, ya que eres
demasiado perezoso para conseguir la tuya.
Se río, suave y bajo. Amaba cómo sonaba y cómo se sentía.
—Culpable.
Se acurrucó contra él y pronto dejó temblar.
Ambos estaban mirando el fuego cuando Pedro volvió a la conversación anterior.
—Las cosas que tu llamas terquedad en mí no son realmente así. Es autosuficiencia.
Es importante para mí. Y es una cosa diferente.
—¿Por qué es tan importante ser autosuficiente? —Era una pregunta genuina, ya
que su anterior ira había desaparecido casi por completo.
Él no respondió.
Ella giró un poco su cuerpo para mirarlo. Su cara estaba apenas a unos cuantos
centímetros.
—¿Pedro?
—No sé —admitió, sonando incómodo y sin mirarla a los ojos—. Una manera de
demostrar mi valía, supongo.
—Demostrar lo que vales, ¿por qué?
Él no respondió directamente esta vez. En cambio, dijo en un tono diferente:
—Sabes cómo era para mi mamá. Este es un pueblo pequeño, y las personas son...
prejuiciosas.
—Las personas son prejuiciosas en las ciudades también. Simplemente no están en
tu cara bastante tiempo. —Ella exhaló—. Conozco gente que juzgó a tu mamá. Mi
abuelo lo hizo, y fue... terrible sobre ella. Pero no todo el mundo aquí lo hace. Y
nunca nadie te ha juzgado.
—¿No lo han hecho?
Su cuerpo se sentía más tenso de lo que había estado antes. Sabía que él estaba
sintiendo algo profundamente y su corazón sufría por él.
—¿Quién te juzga? Siempre has sido muy popular en la escuela, y todo el mundo
en el pueblo piensa que caminas sobre el agua ahora.
—Tuve un largo camino que escalar. —Las palabras eran suaves, sin inflexiones, no
amargas, sólo resignadas.
—Pedro —dijo, sintiéndose extrañamente urgente y emocional. Se giró por lo que
ella estaba frente a él, y también prácticamente acostada encima de él. Quería ver su
rostro, sin embargo—. ¿Quién te juzga? ¿De quiénes estás hablando? Nunca lo
hicimos. Mi mamá, Gonzalo o yo. Te juro que nunca lo hicimos.
—Sé que no. —Sus ojos eran de algún modo extraños, suaves y urgentes a la vez.
—Todos pensamos que eras... pensábamos que eras genial. —Su voz tembló al
final, ya que el tiempo pasado era tan aplastante.
Aún todavía pensaba que era genial, el mejor hombre que ella conocía aparte de
Gonzalo, no la había tratado tan desalmadamente hace ocho años.
Todavía no lo entendía. Simplemente no parecía encajar.
—Ya lo Sabía. No tienes ni idea de lo que significaba para mí. —Sus brazos estaban
todavía a su alrededor y uno de ellos la apretaba deliciosamente. La otra mano se
deslizó hacia abajo de su espina dorsal hasta que presionó contra la parte baja de su
espalda.
Parecía que se estaban abrazando, y Paula quería sentir aún más.
Su mente era una maraña aturdida, se las arregló para recuperar el hilo de su
conversación anterior.
—Así que si es tan importante para ti ser autosuficiente, ¿por qué llamas a mi
autosuficiencia terquedad? ¿Por qué no puedo ser autosuficiente también? —Su voz
estaba extrañamente ronca en las últimas palabras, y no fue porque quisiera llorar.
Levantó la mano que había estado acariciando su espalda y ahuecó su mejilla con él
en su lugar.
—Porque estoy aquí —murmuró—. Porque estoy aquí, y quiero ayudarte.
Sus labios se separaron inconscientemente en la ternura de las palabras, y tal vez él
lo tomó como una invitación.
Dirigió su cabeza hacia abajo, hasta que sus labios se encontraron. No era exigente
o intrusivo, sólo suave y casi necesitado.
No pudo evitar responder con sentimiento y la sensación hinchó dentro de ella con
el roce de sus labios.
Ella se movió lo suficiente para llevar una mano que pudiera acariciar su rostro,
amaba la textura de su barba contra el toque su palma.
Él profundizó el beso lentamente, deslizando su lengua a lo largo del contorno de
sus labios y deslizando una mano abajo para frotar la parte baja de la espalda y
luego bajar a la parte inferior.
Se movió con gusto, abriendo su boca para sentirlo más profundamente y frotando
sus pechos contra su pecho.
—Paula —dijo con voz ronca, cuando finalmente se apartó lejos, pero sólo para
presionar suaves besos en las comisuras de su boca—. Paula ¿cómo está tu tobillo?
La risa la golpeó tan de repente que se rió sin poder hacer nada contra su boca.
Sonrió en un último beso breve con sus brazos apretados alrededor de ella.
—A pesar de como sonó, no fue mi intención cambiar de tema. Sólo quería decir
que no quiero que hagas nada que te lastime el tobillo.
—Mi tobillo está muy involucrado en este proceso.
Con un resoplido de diversión, él los giró a ambos para que ella estuviera de
espaldas y él estuviera encima de ella.
—Bien. —Se inclinó hacia abajo en otro beso.
Paula se movió por debajo de él cuando su abrazo se intensificó, y, cuando había
liberado una de sus piernas, se envolvió alrededor de su cadera, necesitando sentir
su cuerpo duro contra el dolor delicioso entre sus piernas.
Le escuchó hacer un ruido áspero bajo en su garganta, y él se separó de su boca para
enterrar su cara en el hueco de su cuello.
—Paula —murmuró, pronunciando el pulso palpitante en su garganta—. Paula,
si vas a parar, por favor házmelo saber ahora.
Su cabeza giraba y su cuerpo palpitaba y Pedro era lo único en el mundo que ella
quería.
Sabía que estaba mal. Era una tontería. Lo haría todo mucho más difícil.
En el momento, no podía evitar la tentación.
Se ajustó hasta que encontró la protuberancia en su ingle y se frotó contra ella
descaradamente.
—No voy a detenerme.
sábado, 18 de abril de 2015
"UNA NOCHE EN LA TORMENTA DE HIELO" CAP 2
Lo siento, no podemos volver a casa —dijo su madre, su voz claramente
ansiosa en el otro extremo de la llamada telefónica—. ¿Vas a estar bien?
—Voy a estar bien mamá. —Mientras hablaba, Paula tiró de gruesos
calcetines morados, maniobrando con cuidado uno de ellos sobre el vendaje que
ella había envuelto en su tobillo—. No hay problema. Por supuesto, que Gonzalo y tú
no podrán llegar esta noche si el tiempo sigue estando tan malo.
—Al menos Pedro está ahí. Estaría muy nerviosa si estuvieras sola en esa casa
grande en la tormenta.
Paula rodó los ojos pero se las arregló para no decir nada grosero.
—Es un chico tan querido. ¿Te conté que pasó todo un sábado ayudando al pobre
señor Foster a reconstruir el porche después de esa terrible tormenta este verano?
—Sí. Me lo contaste.
—Él siempre ha sido muy atento y generoso. No sé por qué a tu abuelo no le
gustaba.
—Sabes muy bien porqué al abuelo no le gustaba. Su madre no estaba casada y
trabajaba en un bar, y eso significaba que Pedro estaba por debajo de nosotros.
Había habido rumores sobre su madre, acerca de ella haciendo algo más que
trabajar en el bar, pero Paula había tratado de no escucharlos.
—No deberías hablar de esa forma de tu abuelo, especialmente ahora que está
muerto. Era tan bueno con nosotros.
—Amaba al abuelo también, y aprecio todo lo que hizo por nosotros. Pero era una
mente cerrada, un snob crítico, y no hay manera de evitarlo.
El padre de Paula había abandonado a su madre poco después de que ella y Gonzalo
nacieron. La mayor parte del tiempo, le guardó rencor por haber abandonado a su
familia. Ocasionalmente, sin embargo, entendió cuán difícil habría sido ser el yerno
de su abuelo, quien huyó de la vida de su hija, de la misma manera que huyó del
condado.
Paula se había arriesgado hasta el cansancio tratando de asegurarse que su interés
por Pedro cuando era adolescente estaba oculto de su abuelo, ya que él nunca lo
habría aprobado y ella nunca hubiera escuchado el final de eso.
Mientras se terminó, Pedro la había dejado antes de que su abuelo nunca se
enterara.
—Deseo que no dijeras esas cosas —murmuró su madre, claramente de acuerdo
con la evaluación de Paula pero prefiriendo no oírlo decir.
—Lo siento. El punto es que Pedro está aquí por si hay una emergencia, pero
estaría perfectamente bien por mi cuenta. Gonzalo y tú quédense a salvo y no traten de
salir esta noche. Todavía pasaremos Navidad juntos.
Paula dejó escapar un largo suspiro cuando terminó la llamada.
Su madre se sentía bastante mal. Ella no estaba a punto de dejarle saber cuan
horrible era para Paula pasar la noche aquí con Pedro en medio de una tormenta
de hielo.
Al menos la casa era grande. Seis dormitorios, cuatro baños y un inmenso sótano y
sala de familia. Su abuelo no había escatimado en gastos cuando se había restaurado
la casa de cien años de edad. Ella podría mantener distancia con Pedro hasta la
mañana.
Se levantó de la cama y se chequeó en el espejo de cuerpo entero.
Ella había tomado una ducha caliente para calentarse y sacar el hielo de su cabello,
y luego se había puesto pantalones de yoga y un suave suéter verde que hacía juego
con sus ojos y halagaba su figura. Estaba alisando su cabello cuando se dio cuenta
de lo que hacía.
Presumiendo. Asegurándose de que se veía bonita para cuando ella viera a Pedro
otra vez.
Disgustada consigo misma, se sacó el suéter por la cabeza y buscó en su armario
hasta encontrar una gastada y de gran tamaño, camiseta del equipo de fútbol
americano de su escuela donde solía estar Gonzalo.
Se puso la camiseta en su lugar. Estaba muy holgada en su pequeño cuerpo. No era
para nada halagador.
Mucho mejor.
Luego se fue al cuarto de baño y trenzó su cabello en dos largas trenzas. Usaba el
cabello de esa manera en su apartamento, ya que el estilo lo mantenía fuera de su
camino y no le hincaba en la parte posterior de su cabeza como una cola de caballo
lo hacía. Pero no tenía el hábito de usar coletas en público.
Las trenzas y una sudadera holgada la hacían parecer una niña, pero no le importó.
No quería que Pedro pensara por un momento que ella quería parecer bonita para
él. Y no quería confundirse de esa manera tampoco.
Su tobillo todavía le dolía, pero podía caminar mejor ahora que estaba envuelto.
Cojeó bajando las escaleras y encontró a Pedro en la cocina.
Se puso de pie en el umbral, mirándolo fijamente. Él se arrodilló en el suelo,
inclinándose en un ángulo extraño, trabajando en una de las bisagras del gabinete
con un destornillador, él había enloquecido con el multi herramienta que siempre
llevaba consigo.
—¿Qué estás haciendo? —exigió ella.
Él dio un tirón, evidentemente sorprendido por su presencia. En realidad se golpeó
la cabeza en la parte superior del armario mientras trataba de enderezarse.
—¿Qué te parece?
Ella no apreció su tono gruñón.
—Parece como si estuvieras haciendo algo para la puerta del gabinete de mi madre.
—Todas las bisagras están sueltas. Las estaba apretando.
—Has estado aquí menos de treinta minutos. ¿Por qué sentirías la necesidad de
meterte con bisagras de mi madre?
—¿Qué más tengo que hacer? Estaba haciendo café y me di cuenta que la puerta
del gabinete estaba a punto de caerse. Así que comprobé el resto y todas estaban
flojas.
Ella se acercó a la cafetera, la cual él había señalado a modo de evidencia de la
válidez de sus afirmaciones. Se sirvió una taza de café, ya que ya estaba hecho.
—No necesitamos tu ayuda con los gabinetes.
—Bueno, alguien tenía que arreglarlos, y no hay nadie. No sé por qué Gonzalo los
habría dejado tanto tiempo.
—Son los gabinetes de mi madre. No de Gonzalo.
—¿De verdad crees que tu madre va a ponerse en sus manos y rodillas así y apretar
los tornillos?
Ella no lo haría, obviamente. Su madre tenía mal las rodillas y no había hecho ni
una pieza de trabajo manual en su vida. El abuelo de Paula, probablemente no lo
habría permitido, aunque ella hubiera sentido la inclinación.
—¿Quieres parar? —Paula sintió un resentimiento irracional al ver a Pedro
trabajar en la cocina de su madre—. No tienes que hacer el trabajo en nuestra casa.
Él se encogió de hombros y la ignoró.
—Sólo me faltan dos.
Ella dio un bufido frustrado mientras vertía crema en su café. Trató de no mirar el
trabajo de Pedro. Inclinándose mientras él le daba una gran vista de sus músculos
definidos y un muy buen trasero a través del dril de sus pantalones.
Él era absolutamente exasperante. Y más aún porque estaba tan condenadamente
caliente.
—¿Cómo está tu tobillo? —Su voz fue ahogada porque su cabeza estaba
básicamente dentro de uno de los armarios inferiores, pero ella lo oyó bien.
—Está bien. Mi mamá dice que no pueden llegar aquí esta noche debido al mal
tiempo, así que ella y Gonzalo se están quedando en la ciudad.
—Yo podría haber dicho eso. —Ella respiró hondo para no hablarle bruscamente.
Se había prometido durante su ducha que iba a ser tan civilizada como pudiera,
pero ya estaba probando su paciencia.
—Estoy sorprendida, que con tus poderes omnipotentes de predicción, no pudieras
prever la tormenta y evitar quedar atrapado en las carreteras heladas hoy.
—Llegó más rápido de lo que se suponía.
Eso fue lo que Gonzalo le había dicho también.
—Bueno, te dejaré para que te diviertas con el destornillador. Voy a…
Se interrumpió cuando ruidos de clics y alarmas sonaron de diferentes partes de la
casa. Todas las luces se apagaron.
No estaba oscuro afuera todavía, así que ella todavía podía ver alrededor de la
habitación, pero sabía muy bien qué era aquello.
—Maldita sea.
—Me sorprende que la energía duró tanto como lo hizo con todo este hielo. —
Pedro cerró la puerta del gabinete anterior y se enderezó. Su expresión cambió
cuando sus ojos se posaron en ella por primera vez—. No he visto esa sudadera por
un largo tiempo.
Ella la había usado durante la escuela secundaria y la universidad, después de
robarla del armario de Gonzalo. Siempre había sido su favorita, a pesar de lo grande
que era en ella.
Empujó los puños hasta las muñecas conscientemente, incómoda ante la suavidad
de la boca de Pedro.
—¿Podemos tratar de centrarnos en lo esencial? Tenemos que cambiar al generador
o se va a poner muy frío aquí esta noche.
Él se puso de pie.
—¿Está tu panel en el sótano?
—Sí. Voy a ir a encenderlo.
Ella encontró una linterna y se dirigió hacia el interruptor de transferencia en el
sótano y estaba molesta porque Pedro venía con ella.
Cuando conectó al panel del generador, no pasó nada.
Pedro la miró, pasando por los cables y conexiones.
—Todo está bien conectado. Voy a tener que revisar la unidad exterior.
Pedro podía hacer todo tipo de reparaciones en el hogar. Carpintería, azulejos,
fontanería, electricidad, todo lo que se podía hacer con las herramientas y las
manos. Había construido su casa desde los cimientos, en su totalidad por él mismo.
Sabría cómo arreglar el generador, si era posible en esta situación.
—Está justo al lado de la cubierta, ¿no? —preguntó mientras iban al piso de arriba.
—Sí. Al lado de la manivela del aire acondicionado.
—Compresor —corrigió automáticamente, lo que la hizo fruncir el ceño.
Pedro se dirigió al cuarto de la entrada, y Paula siguió más despacio debido a su
tobillo. Cuando él se sacó su abrigo, ella comenzó a ponerse el suyo también.
—¿A dónde vas? —exigió él.
—A comprobar el generador. ¿Qué crees?
—No hay ninguna razón para que salgas también.
—Soy perfectamente capaz de…
—Es un trabajo de una sola persona, y tienes un esguince de tobillo y…
—Un tobillo torcido.
—Un esguince de tobillo y el pelo húmedo. Tus trenzas se congelarían y se
romperían.
Lo miró fijamente con incredulidad, hasta que vio la esquina de su boca retorcerse
ligeramente.
Él se estaba burlando de ella.
Ridículo, quiso sonreír en respuesta a la reprimida diversión en su expresión.
Afortunadamente, fue capaz de resistir el impulso.
—Yo no me arriesgaría —continuó, dando a una de sus trenzas un pequeño
golpe—. Sólo piensa cuánto tiempo le tomó a tu cabello crecer a esta longitud.
Le había tomado años, y la idea la hizo detenerse. Había oído historias de cabellos
congelados de mujeres cuando se humedecen y se quiebran. Sólo que no estaba
segura de sí eran leyendas urbanas o no.
—¿Alguien te ha dicho que eres un imbécil detestable? —rechinó de entre sus
dientes.
—Nadie más que tú. —Él abrió la puerta del patio, dejando entrar una ráfaga de
aire helado y aguanieve fuerte—. En serio,Paula. A menos que sepas cómo
arreglar un generador, no vas a ser capaz de ayudarme allí. Por favor, quédate
adentro.
—Bien. Como dijiste “por favor”.
Ella no tenía ningún deseo de volver a salir en el hielo, después de su viaje hacia el
camino de entrada. Pero todavía sentía como si debiera ir con Pedro, a pesar de
que no sería ningún bien, sólo para demostrar que era capaz de hacerlo.
Ella esperó en la puerta del patio y observó. No tenía una vista del generador, por
lo que no sabía lo que estaba haciendo allí. El tiempo estaba horrible, sin embargo,
y cuanto más tiempo estaba él fuera, más preocupada se sentía.
Después de unos minutos, ella recordó haber visto una bolsa de hielo derretida en
el cuartito de la entrada, y se dio cuenta de que debía poner un poco abajo en la
cubierta así Pedro no resbalaría y torcería su tobillo cuando regresara.
Tomó la bolsa y luego abrió la puerta corredera. La cubierta estaba resbaladiza
como una pista de hielo, pero muy cuidadosamente roció el hielo derretido,
agarrándose contra el viento y la nevisca.
Vio a Pedro acercándose en el patio. Su cabeza estaba agachada para proteger su
cara, así que no la vio hasta que se subió a la cubierta.
Ella estaba apresuradamente rociando el hielo derretido sobre los últimos metros
que él tendría que caminar.
—¡Vuelve adentro! —gritó mientras se acercaba a ella y comenzó a empujarla de
nuevo a la casa—. ¿Estás loca?
Él cerró la puerta y frotó el hielo de su cara.
—No hay razón para gritarme de esa forma. Estaba tratando de ayudar.
—No tienes ni siquiera un abrigo.
Era verdad, pero no hizo su grosería más aceptable. Decidiendo elevarse sobre él,
manteniendo sus modales, le preguntó con frialdad:
—¿Fuiste capaz de arreglar el generador?
—No. La batería está muerta. Gonzalo evidentemente no ha tratado de encender esa
cosa durante meses, lo que contradice el objetivo de siquiera tener un generador de
reserva.
—Tendríamos una batería de repuesto a la mano, ¿no crees? —No tenía ni idea, ya
que ella no había vivido en esta casa desde hace años.
—Probablemente no. Podemos buscar.
Caminaron perezosamente abajo al sótano, donde las provisiones estaban
guardadas, después de una breve discusión sobre si iría con él, pero no había
ninguna batería de repuesto para el generador.
—¿Qué estaba pensando Gonzalo? —murmuró Pedro mientras examinaba los estantes
por última vez—. Debería estar probando esa cosa cada mes, como mínimo. Yo
pruebo el mío cada semana.
—Estoy segura de que eres el modelo mismo del propietario de un generador, pero,
¿podrías dejar de quejarte de Gonzalo? No es el fin del mundo.
Ella estaba un poco molesta con Gonzalo, pero al menos tenía razón legítima para
estarlo. Él era su hermano.
Pedro no tenía derecho a quejarme.
—¿Y si hubieras estado aquí sola en esta tormenta sin calefacción y sin energía?
—Soy un adulto razonablemente inteligente. Me las hubiera arreglado.
—¿Y si tu madre estaba atrapada aquí sola? —Una especie de intenso
estremecimiento estaba irradiando de él, evidente en sus hombros tensos, los ojos
oscuros y la boca apretada. Era extrañamente fascinante. Extrañamente atractivo.
Y completamente irrazonable.
Paula abrió la boca para responder, pero luego la cerró. Su madre era básicamente
una adulta inteligente también, pero siempre había estado un poco desamparada.
A Paula no le gustó para nada la idea de que su madre se quedara atrapada en esta
casa grande y vieja sin energía.
Definitivamente hablaría con Gonzalo.
Pero no iba a animar a Pedro para ser cualquier agresivo y más desagradable de lo
que ya era, por lo que sólo recogió tantas linternas y faroles de batería como podía
llevar y empezó a subir las escaleras.
Deseaba que su tobillo no le doliera tanto para poder haber hecho un retiro más
digno.
—Deberías poner hielo en el tobillo —gritó Pedro tras ella.
Tomó todo su autocontrol para contener un fuerte y frustrado rugido de respuesta.
Miró en el salón para ver la cantidad de leña que estaba en el estante al lado de la
chimenea. Sólo un tronco.
Sabía a ciencia cierta que su madre había encargado una carga de leña cada
invierno, por lo que no habría ningún problema con eso al menos.
Volvió al cuarto de la entrada y se puso un abrigo diferente, uno grande y aislado
que pertenecía a su madre. No estaba ni cerca de elegante como el suyo rojo, pero
mucho más práctico. Luego se puso un par de guantes y abrió la puerta del garaje.
El gran estante para el suministro de leña estaba al otro lado del garaje, frente al
cobertizo de herramientas.
Se acercó a él, abrió la tapa de nylon, y tomó tres troncos, que era lo más que podía
llevar. Luego se dirigió de nuevo a la casa.
Casi había llegado a la puerta cuando Pedro apareció frente a ella, mirándola con
evidente fastidio.
—¿Por qué no esperaste y me dejaste hacer eso?
—¿Por qué habría de hacerlo? Soy perfectamente capaz de llevar a unos pocos
troncos.
Trató de quitárselos, pero ella se apartó de él, haciendo una mueca cuando se torció
el tobillo en el proceso.
—Maldita sea, Paula —murmuró.
Ella no respondió, llevando los troncos a la casa.
Él agarró un puñado por sí mismo y estaba llevándolos mientras ella fue por más.
Él no se opuso a nada más, lo cual estaba bien. El techo del garaje los mantenía
fuera del aguanieve, pero aun así era demasiado frío y ventoso para perder el
tiempo discutiendo.
Cuando habían traído suficiente para pasar la noche, Pedro cerró la puerta con
fuerza.
Dejó caer su abrigo de vuelta al suelo y parecía que iba a decir algo.
Ella habló antes de que él pudiera.
—No soy una niña o una inválida o una princesa mimada, y no me gusta ser
tratada como tal.
—No te estoy tratando como a cualquiera de esas cosas. Y, si no estuvieras tan
ridículamente decidida a actuar como invencible para que nadie piense que eres
una princesa mimada, no te negarías incluso a las ofertas más razonables de ayuda.
Ella se puso rígida con un destello de ira caliente.
—Acepto ayuda cuando la necesito y de la gente en quien confío. No necesito
ayuda de ti.
—Bueno, estás atrapada con mi ayuda, te guste o no.
—¿Cuál de estas palabras no entiendes? No necesito ninguna ayuda. Puedes
quedarte aquí, porque no puedes salir, pero eso no significa que tenga que
consentir que me presiones de esta forma en mis problemas y des órdenes a mí
alrededor. No estoy indefensa. Vivo por mi cuenta todo el tiempo. Y ni ahora, ni
nunca, necesitaré algo como un hombre grande y fuerte para venir a rescatarme.
Estaba tan furiosa que tembló con eso. Se las había arreglado para quitarse el
abrigo, así que lo colgó en la percha. Luego recogió el abrigo de Pedro y lo colgó
también.
Él se quedó mirándola, ella podía sentir que la miraba, mientras se deslizaba fuera
de las bota de nieve de su mamá y regresaba a la cocina.
Tan rápido como había subido, su ira mermó. De repente estaba agotada y
derrotada y ridículamente a punto de llorar.
Su tobillo le palpitaba. Su cabeza estaba empezando a doler. Se quedó varada en
esta casa grande con corrientes de aire. Se estaba haciendo más fría y más oscura
por momentos. Iba a tener que pensar en algo para la cena, y luego iba a tener que
dormir cerca de la chimenea, ya que sería el único lugar caliente en toda la casa.
No habría manera de escapar de Pedro.
A quien todavía quería. No importaba cuán profundamente sabía que nunca
debería quererlo de nuevo.
Ella fue a su dormitorio, ya que era la única intimidad que podía encontrar.
Se sentó en la cama y tiró de su pierna izquierda para inspeccionar el tobillo.
Dolía ahora peor que nunca.
Oyó un golpecito en la puerta.
—¿Qué quieres? —preguntó ella, más resignada que enojada.
—He venido con una ofrenda de paz.
No había paz que pudiera ofrecer que reparara la grieta entre ellos. Ambos estaban
atrapados aquí por la noche, sin embargo, y era absurdo para ellos para seguir
luchando.
—La puerta está abierta.
Abrió la puerta y entró, llevando una bolsa de gel congelada en una cubierta suave
azul que debía de haber encontrado en el congelador.
—¿Eso supone que es una ofrenda de paz? Se parece más a una orden encubierta.
—Esta no es la ofrenda de paz —respondió él, sentado en el borde de su cama y
tirando de su tobillo en su regazo.
Ella debería apartarse, pero no tenía la energía.
Él empezó a desenvolver la venda que ella había envuelto después de la ducha.
—Esta es una necesidad.
Ella hizo un gesto de impaciencia, pero ese fue el alcance de su respuesta. Cuando
él había desenvuelto la venda, suavemente dobló la bolsa de hielo alrededor de su
tobillo palpitante. Luego le entregó el ibuprofeno y una botella de agua que había
guardado en el bolsillo de su camisa.
Ella tomó las pastillas. Luego se echó hacia atrás y cerró los ojos.
—Gracias.
—Eso tampoco fue la ofrenda de paz.
Ella le dirigió una mirada silenciosa e inquisitiva.
—Lo siento —dijo él, sus ojos nunca dejaron su rostro—. Lo siento si yo fui
demasiado agresivo. Cuando me preocupo, tengo la mala costumbre de hacerme
cargo, pero no quise doblegarte.
Sonaba sincero. Pero entonces había sonado sincero cuando tenía diecinueve años y
le había dicho que ella era la chica más dulce y bonita que había conocido jamás.
Ella tomó una respiración que era sólo un poco inestable.
—Gracias. Lo siento si fui demasiado testaruda. Me pongo de esa forma cuando
soy doblegada.
La esquina de su boca se torció en esa forma irresistible que él tenía.
—Eso lo sé.
Ella debería estar enojada con él. Por muchas cosas. Pero él parecía como si
estuviera realmente tratando de ser amable, al menos para que pudieran pasar la
noche, y ella no tenía fuerzas para luchar más en este momento de todos modos.
Se dio cuenta de que su boca tambaleaba ligeramente, casi respondiendo a su
sonrisa.
Él movió su pie sobre la cama con cuidado y se levantó.
—Voy a hacer una hoguera en la chimenea. Debes mantener la bolsa de hielo sobre
el tobillo durante al menos diez minutos.
Ella arqueó las cejas.
—Sólo si quieres, por supuesto, pero estoy seguro de que eres lo suficientemente
inteligente como para saber que hay que hacer.
Ella resopló, medio divertida y medio indignada. No estaba segura de cual
sentimiento tenía el control.
Se quedó en la cama con la bolsa de hielo en el tobillo, sin embargo. Empezaba a
sentirse un poco mejor.
Empezó a sentirse helada, ya que el radiador en la habitación no estaba apagando el
frío, así que puso una manta de ganchillo sobre ella. Se hacía más oscuro en la
habitación, lo cual la hizo sentir somnolienta.
Antes de darse cuenta de lo que pasaba, ella en realidad se había quedado dormida.
No durmió mucho o muy profundamente porque se despertó cuando sintió que
algo cambió en su pie.
Pedro había venido de nuevo, tomó la bolsa de hielo de su tobillo, y lo estaba
envolviendo de nuevo.
Ella parpadeó aturdida, ligeramente desorientada.
Estaba aún más desorientada por la mirada extrañamente suave en sus ojos.
—Se está poniendo helado aquí —murmuró—. ¿Quieres venir a la sala de estar?
Tengo la hoguera yendo bien.
Ella asintió con la cabeza, ya que sin duda se estaba congelando, y se las arregló
para empujarse hacia arriba a una posición sentada.
Él se agachó para ayudarla a levantarse.
—No debes poner peso sobre el tobillo. Me gustaría cargarte, pero tengo la
sensación de que la generosa oferta sería rechazada.
—Definitivamente sería rechazada. —Ella se inclinó sobre él un poco, y no podía
dejar de gustarle cuan esbelto, sólido y cálido era su cuerpo, incluso a través de su
ropa.
—Tú te lo pierdes.
Su voz sonaba extraña, con más textura de la que normalmente tenía, así que ella
levantó la mirada para buscar su rostro.
Se congeló al ver la expresión de sus ojos. Sus labios se separaron, y ella no podía
apartar la mirada.
Lucía como calor, carcajadas, cariño, ternura, todo se mezclaba en sus ojos cuando
la miraba.
Ella lo quería. Lo necesitaba. Era lo que siempre había querido. Se estiró hacia él
sin ningún pensamiento consciente.
Él inclinó la cabeza hacia abajo. Entonces la estaba besando.
Y ella lo estaba besando de regreso.
Su brazo alrededor de su cintura apretada, presionándose más firmemente contra su
pecho. Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello mientras sus labios se
movieron contra los de ella, primero suavemente, cuidadosamente, como si él
estuviera aprendiendo sus respuestas.
El placer y la emoción rugieron en sus oídos mientras su cuerpo se ablandaba en
contra de él. Cuando ella sintió su coqueta lengua entre sus labios, se abrió para él
ansiosamente.
Su lengua acarició la cara inferior de cada labio y luego se enredó con la suya. Se
sentía tan bien que ella gemía suavemente y movió una mano para agarrar su cabeza
y mantenerla en su lugar.
Sus labios se separaron de los de ella brevemente, pero sólo para reajustar su cabeza.
—Paula. —Le oyó respirar—. Paula.
Ella gimió una respuesta cuando él profundizó el beso una vez más. Todo su
cuerpo palpitaba en respuesta y la excitación apretó dolorosamente entre sus
piernas.
Luego ella reajustó su peso y sintió una repentina sacudida de dolor en su tobillo.
Ella rompió el beso abruptamente con un sonido ahogado.
—¿Estás bien? —le preguntó, su abrazo inmediatamente convirtiéndose en apoyo
en vez de apasionado.
—Sí. Sólo mi tobillo. —Sus mejillas estaban rojas ya, pero se sonrojó aún más al
darse cuenta de lo que había estado haciendo.
Besando a Pedro Alfonso. Como si fuera cualquier otro hombre atractivo.
Como si no fuera el hombre que tan cruelmente le había roto el corazón.
Él debía pensar que ella era la presa más fácil en el mundo, enamorándose de él no
una, sino dos veces. El entendimiento dolió más de lo que había pensado que
podía, pero ella no iba a dejarle saberlo.
Podría ser una idiota, pero no era débil.
Cuando levantó la vista de nuevo, él parecía estar inclinándose hacia otro beso, esa
misma ternura caliente ardiendo en sus ojos.
Le puso una mano en el pecho para empujarlo lentamente.
—Espero que la disculpa fuera la ofrenda de paz y no el beso —dijo ella, satisfecha
de que su voz era ligera y poco ventosa, como si besarlo fuera una actividad
divertida, pero nada importante—. Porque el beso definitivamente no va a
funcionar.
ansiosa en el otro extremo de la llamada telefónica—. ¿Vas a estar bien?
—Voy a estar bien mamá. —Mientras hablaba, Paula tiró de gruesos
calcetines morados, maniobrando con cuidado uno de ellos sobre el vendaje que
ella había envuelto en su tobillo—. No hay problema. Por supuesto, que Gonzalo y tú
no podrán llegar esta noche si el tiempo sigue estando tan malo.
—Al menos Pedro está ahí. Estaría muy nerviosa si estuvieras sola en esa casa
grande en la tormenta.
Paula rodó los ojos pero se las arregló para no decir nada grosero.
—Es un chico tan querido. ¿Te conté que pasó todo un sábado ayudando al pobre
señor Foster a reconstruir el porche después de esa terrible tormenta este verano?
—Sí. Me lo contaste.
—Él siempre ha sido muy atento y generoso. No sé por qué a tu abuelo no le
gustaba.
—Sabes muy bien porqué al abuelo no le gustaba. Su madre no estaba casada y
trabajaba en un bar, y eso significaba que Pedro estaba por debajo de nosotros.
Había habido rumores sobre su madre, acerca de ella haciendo algo más que
trabajar en el bar, pero Paula había tratado de no escucharlos.
—No deberías hablar de esa forma de tu abuelo, especialmente ahora que está
muerto. Era tan bueno con nosotros.
—Amaba al abuelo también, y aprecio todo lo que hizo por nosotros. Pero era una
mente cerrada, un snob crítico, y no hay manera de evitarlo.
El padre de Paula había abandonado a su madre poco después de que ella y Gonzalo
nacieron. La mayor parte del tiempo, le guardó rencor por haber abandonado a su
familia. Ocasionalmente, sin embargo, entendió cuán difícil habría sido ser el yerno
de su abuelo, quien huyó de la vida de su hija, de la misma manera que huyó del
condado.
Paula se había arriesgado hasta el cansancio tratando de asegurarse que su interés
por Pedro cuando era adolescente estaba oculto de su abuelo, ya que él nunca lo
habría aprobado y ella nunca hubiera escuchado el final de eso.
Mientras se terminó, Pedro la había dejado antes de que su abuelo nunca se
enterara.
—Deseo que no dijeras esas cosas —murmuró su madre, claramente de acuerdo
con la evaluación de Paula pero prefiriendo no oírlo decir.
—Lo siento. El punto es que Pedro está aquí por si hay una emergencia, pero
estaría perfectamente bien por mi cuenta. Gonzalo y tú quédense a salvo y no traten de
salir esta noche. Todavía pasaremos Navidad juntos.
Paula dejó escapar un largo suspiro cuando terminó la llamada.
Su madre se sentía bastante mal. Ella no estaba a punto de dejarle saber cuan
horrible era para Paula pasar la noche aquí con Pedro en medio de una tormenta
de hielo.
Al menos la casa era grande. Seis dormitorios, cuatro baños y un inmenso sótano y
sala de familia. Su abuelo no había escatimado en gastos cuando se había restaurado
la casa de cien años de edad. Ella podría mantener distancia con Pedro hasta la
mañana.
Se levantó de la cama y se chequeó en el espejo de cuerpo entero.
Ella había tomado una ducha caliente para calentarse y sacar el hielo de su cabello,
y luego se había puesto pantalones de yoga y un suave suéter verde que hacía juego
con sus ojos y halagaba su figura. Estaba alisando su cabello cuando se dio cuenta
de lo que hacía.
Presumiendo. Asegurándose de que se veía bonita para cuando ella viera a Pedro
otra vez.
Disgustada consigo misma, se sacó el suéter por la cabeza y buscó en su armario
hasta encontrar una gastada y de gran tamaño, camiseta del equipo de fútbol
americano de su escuela donde solía estar Gonzalo.
Se puso la camiseta en su lugar. Estaba muy holgada en su pequeño cuerpo. No era
para nada halagador.
Mucho mejor.
Luego se fue al cuarto de baño y trenzó su cabello en dos largas trenzas. Usaba el
cabello de esa manera en su apartamento, ya que el estilo lo mantenía fuera de su
camino y no le hincaba en la parte posterior de su cabeza como una cola de caballo
lo hacía. Pero no tenía el hábito de usar coletas en público.
Las trenzas y una sudadera holgada la hacían parecer una niña, pero no le importó.
No quería que Pedro pensara por un momento que ella quería parecer bonita para
él. Y no quería confundirse de esa manera tampoco.
Su tobillo todavía le dolía, pero podía caminar mejor ahora que estaba envuelto.
Cojeó bajando las escaleras y encontró a Pedro en la cocina.
Se puso de pie en el umbral, mirándolo fijamente. Él se arrodilló en el suelo,
inclinándose en un ángulo extraño, trabajando en una de las bisagras del gabinete
con un destornillador, él había enloquecido con el multi herramienta que siempre
llevaba consigo.
—¿Qué estás haciendo? —exigió ella.
Él dio un tirón, evidentemente sorprendido por su presencia. En realidad se golpeó
la cabeza en la parte superior del armario mientras trataba de enderezarse.
—¿Qué te parece?
Ella no apreció su tono gruñón.
—Parece como si estuvieras haciendo algo para la puerta del gabinete de mi madre.
—Todas las bisagras están sueltas. Las estaba apretando.
—Has estado aquí menos de treinta minutos. ¿Por qué sentirías la necesidad de
meterte con bisagras de mi madre?
—¿Qué más tengo que hacer? Estaba haciendo café y me di cuenta que la puerta
del gabinete estaba a punto de caerse. Así que comprobé el resto y todas estaban
flojas.
Ella se acercó a la cafetera, la cual él había señalado a modo de evidencia de la
válidez de sus afirmaciones. Se sirvió una taza de café, ya que ya estaba hecho.
—No necesitamos tu ayuda con los gabinetes.
—Bueno, alguien tenía que arreglarlos, y no hay nadie. No sé por qué Gonzalo los
habría dejado tanto tiempo.
—Son los gabinetes de mi madre. No de Gonzalo.
—¿De verdad crees que tu madre va a ponerse en sus manos y rodillas así y apretar
los tornillos?
Ella no lo haría, obviamente. Su madre tenía mal las rodillas y no había hecho ni
una pieza de trabajo manual en su vida. El abuelo de Paula, probablemente no lo
habría permitido, aunque ella hubiera sentido la inclinación.
—¿Quieres parar? —Paula sintió un resentimiento irracional al ver a Pedro
trabajar en la cocina de su madre—. No tienes que hacer el trabajo en nuestra casa.
Él se encogió de hombros y la ignoró.
—Sólo me faltan dos.
Ella dio un bufido frustrado mientras vertía crema en su café. Trató de no mirar el
trabajo de Pedro. Inclinándose mientras él le daba una gran vista de sus músculos
definidos y un muy buen trasero a través del dril de sus pantalones.
Él era absolutamente exasperante. Y más aún porque estaba tan condenadamente
caliente.
—¿Cómo está tu tobillo? —Su voz fue ahogada porque su cabeza estaba
básicamente dentro de uno de los armarios inferiores, pero ella lo oyó bien.
—Está bien. Mi mamá dice que no pueden llegar aquí esta noche debido al mal
tiempo, así que ella y Gonzalo se están quedando en la ciudad.
—Yo podría haber dicho eso. —Ella respiró hondo para no hablarle bruscamente.
Se había prometido durante su ducha que iba a ser tan civilizada como pudiera,
pero ya estaba probando su paciencia.
—Estoy sorprendida, que con tus poderes omnipotentes de predicción, no pudieras
prever la tormenta y evitar quedar atrapado en las carreteras heladas hoy.
—Llegó más rápido de lo que se suponía.
Eso fue lo que Gonzalo le había dicho también.
—Bueno, te dejaré para que te diviertas con el destornillador. Voy a…
Se interrumpió cuando ruidos de clics y alarmas sonaron de diferentes partes de la
casa. Todas las luces se apagaron.
No estaba oscuro afuera todavía, así que ella todavía podía ver alrededor de la
habitación, pero sabía muy bien qué era aquello.
—Maldita sea.
—Me sorprende que la energía duró tanto como lo hizo con todo este hielo. —
Pedro cerró la puerta del gabinete anterior y se enderezó. Su expresión cambió
cuando sus ojos se posaron en ella por primera vez—. No he visto esa sudadera por
un largo tiempo.
Ella la había usado durante la escuela secundaria y la universidad, después de
robarla del armario de Gonzalo. Siempre había sido su favorita, a pesar de lo grande
que era en ella.
Empujó los puños hasta las muñecas conscientemente, incómoda ante la suavidad
de la boca de Pedro.
—¿Podemos tratar de centrarnos en lo esencial? Tenemos que cambiar al generador
o se va a poner muy frío aquí esta noche.
Él se puso de pie.
—¿Está tu panel en el sótano?
—Sí. Voy a ir a encenderlo.
Ella encontró una linterna y se dirigió hacia el interruptor de transferencia en el
sótano y estaba molesta porque Pedro venía con ella.
Cuando conectó al panel del generador, no pasó nada.
Pedro la miró, pasando por los cables y conexiones.
—Todo está bien conectado. Voy a tener que revisar la unidad exterior.
Pedro podía hacer todo tipo de reparaciones en el hogar. Carpintería, azulejos,
fontanería, electricidad, todo lo que se podía hacer con las herramientas y las
manos. Había construido su casa desde los cimientos, en su totalidad por él mismo.
Sabría cómo arreglar el generador, si era posible en esta situación.
—Está justo al lado de la cubierta, ¿no? —preguntó mientras iban al piso de arriba.
—Sí. Al lado de la manivela del aire acondicionado.
—Compresor —corrigió automáticamente, lo que la hizo fruncir el ceño.
Pedro se dirigió al cuarto de la entrada, y Paula siguió más despacio debido a su
tobillo. Cuando él se sacó su abrigo, ella comenzó a ponerse el suyo también.
—¿A dónde vas? —exigió él.
—A comprobar el generador. ¿Qué crees?
—No hay ninguna razón para que salgas también.
—Soy perfectamente capaz de…
—Es un trabajo de una sola persona, y tienes un esguince de tobillo y…
—Un tobillo torcido.
—Un esguince de tobillo y el pelo húmedo. Tus trenzas se congelarían y se
romperían.
Lo miró fijamente con incredulidad, hasta que vio la esquina de su boca retorcerse
ligeramente.
Él se estaba burlando de ella.
Ridículo, quiso sonreír en respuesta a la reprimida diversión en su expresión.
Afortunadamente, fue capaz de resistir el impulso.
—Yo no me arriesgaría —continuó, dando a una de sus trenzas un pequeño
golpe—. Sólo piensa cuánto tiempo le tomó a tu cabello crecer a esta longitud.
Le había tomado años, y la idea la hizo detenerse. Había oído historias de cabellos
congelados de mujeres cuando se humedecen y se quiebran. Sólo que no estaba
segura de sí eran leyendas urbanas o no.
—¿Alguien te ha dicho que eres un imbécil detestable? —rechinó de entre sus
dientes.
—Nadie más que tú. —Él abrió la puerta del patio, dejando entrar una ráfaga de
aire helado y aguanieve fuerte—. En serio,Paula. A menos que sepas cómo
arreglar un generador, no vas a ser capaz de ayudarme allí. Por favor, quédate
adentro.
—Bien. Como dijiste “por favor”.
Ella no tenía ningún deseo de volver a salir en el hielo, después de su viaje hacia el
camino de entrada. Pero todavía sentía como si debiera ir con Pedro, a pesar de
que no sería ningún bien, sólo para demostrar que era capaz de hacerlo.
Ella esperó en la puerta del patio y observó. No tenía una vista del generador, por
lo que no sabía lo que estaba haciendo allí. El tiempo estaba horrible, sin embargo,
y cuanto más tiempo estaba él fuera, más preocupada se sentía.
Después de unos minutos, ella recordó haber visto una bolsa de hielo derretida en
el cuartito de la entrada, y se dio cuenta de que debía poner un poco abajo en la
cubierta así Pedro no resbalaría y torcería su tobillo cuando regresara.
Tomó la bolsa y luego abrió la puerta corredera. La cubierta estaba resbaladiza
como una pista de hielo, pero muy cuidadosamente roció el hielo derretido,
agarrándose contra el viento y la nevisca.
Vio a Pedro acercándose en el patio. Su cabeza estaba agachada para proteger su
cara, así que no la vio hasta que se subió a la cubierta.
Ella estaba apresuradamente rociando el hielo derretido sobre los últimos metros
que él tendría que caminar.
—¡Vuelve adentro! —gritó mientras se acercaba a ella y comenzó a empujarla de
nuevo a la casa—. ¿Estás loca?
Él cerró la puerta y frotó el hielo de su cara.
—No hay razón para gritarme de esa forma. Estaba tratando de ayudar.
—No tienes ni siquiera un abrigo.
Era verdad, pero no hizo su grosería más aceptable. Decidiendo elevarse sobre él,
manteniendo sus modales, le preguntó con frialdad:
—¿Fuiste capaz de arreglar el generador?
—No. La batería está muerta. Gonzalo evidentemente no ha tratado de encender esa
cosa durante meses, lo que contradice el objetivo de siquiera tener un generador de
reserva.
—Tendríamos una batería de repuesto a la mano, ¿no crees? —No tenía ni idea, ya
que ella no había vivido en esta casa desde hace años.
—Probablemente no. Podemos buscar.
Caminaron perezosamente abajo al sótano, donde las provisiones estaban
guardadas, después de una breve discusión sobre si iría con él, pero no había
ninguna batería de repuesto para el generador.
—¿Qué estaba pensando Gonzalo? —murmuró Pedro mientras examinaba los estantes
por última vez—. Debería estar probando esa cosa cada mes, como mínimo. Yo
pruebo el mío cada semana.
—Estoy segura de que eres el modelo mismo del propietario de un generador, pero,
¿podrías dejar de quejarte de Gonzalo? No es el fin del mundo.
Ella estaba un poco molesta con Gonzalo, pero al menos tenía razón legítima para
estarlo. Él era su hermano.
Pedro no tenía derecho a quejarme.
—¿Y si hubieras estado aquí sola en esta tormenta sin calefacción y sin energía?
—Soy un adulto razonablemente inteligente. Me las hubiera arreglado.
—¿Y si tu madre estaba atrapada aquí sola? —Una especie de intenso
estremecimiento estaba irradiando de él, evidente en sus hombros tensos, los ojos
oscuros y la boca apretada. Era extrañamente fascinante. Extrañamente atractivo.
Y completamente irrazonable.
Paula abrió la boca para responder, pero luego la cerró. Su madre era básicamente
una adulta inteligente también, pero siempre había estado un poco desamparada.
A Paula no le gustó para nada la idea de que su madre se quedara atrapada en esta
casa grande y vieja sin energía.
Definitivamente hablaría con Gonzalo.
Pero no iba a animar a Pedro para ser cualquier agresivo y más desagradable de lo
que ya era, por lo que sólo recogió tantas linternas y faroles de batería como podía
llevar y empezó a subir las escaleras.
Deseaba que su tobillo no le doliera tanto para poder haber hecho un retiro más
digno.
—Deberías poner hielo en el tobillo —gritó Pedro tras ella.
Tomó todo su autocontrol para contener un fuerte y frustrado rugido de respuesta.
Miró en el salón para ver la cantidad de leña que estaba en el estante al lado de la
chimenea. Sólo un tronco.
Sabía a ciencia cierta que su madre había encargado una carga de leña cada
invierno, por lo que no habría ningún problema con eso al menos.
Volvió al cuarto de la entrada y se puso un abrigo diferente, uno grande y aislado
que pertenecía a su madre. No estaba ni cerca de elegante como el suyo rojo, pero
mucho más práctico. Luego se puso un par de guantes y abrió la puerta del garaje.
El gran estante para el suministro de leña estaba al otro lado del garaje, frente al
cobertizo de herramientas.
Se acercó a él, abrió la tapa de nylon, y tomó tres troncos, que era lo más que podía
llevar. Luego se dirigió de nuevo a la casa.
Casi había llegado a la puerta cuando Pedro apareció frente a ella, mirándola con
evidente fastidio.
—¿Por qué no esperaste y me dejaste hacer eso?
—¿Por qué habría de hacerlo? Soy perfectamente capaz de llevar a unos pocos
troncos.
Trató de quitárselos, pero ella se apartó de él, haciendo una mueca cuando se torció
el tobillo en el proceso.
—Maldita sea, Paula —murmuró.
Ella no respondió, llevando los troncos a la casa.
Él agarró un puñado por sí mismo y estaba llevándolos mientras ella fue por más.
Él no se opuso a nada más, lo cual estaba bien. El techo del garaje los mantenía
fuera del aguanieve, pero aun así era demasiado frío y ventoso para perder el
tiempo discutiendo.
Cuando habían traído suficiente para pasar la noche, Pedro cerró la puerta con
fuerza.
Dejó caer su abrigo de vuelta al suelo y parecía que iba a decir algo.
Ella habló antes de que él pudiera.
—No soy una niña o una inválida o una princesa mimada, y no me gusta ser
tratada como tal.
—No te estoy tratando como a cualquiera de esas cosas. Y, si no estuvieras tan
ridículamente decidida a actuar como invencible para que nadie piense que eres
una princesa mimada, no te negarías incluso a las ofertas más razonables de ayuda.
Ella se puso rígida con un destello de ira caliente.
—Acepto ayuda cuando la necesito y de la gente en quien confío. No necesito
ayuda de ti.
—Bueno, estás atrapada con mi ayuda, te guste o no.
—¿Cuál de estas palabras no entiendes? No necesito ninguna ayuda. Puedes
quedarte aquí, porque no puedes salir, pero eso no significa que tenga que
consentir que me presiones de esta forma en mis problemas y des órdenes a mí
alrededor. No estoy indefensa. Vivo por mi cuenta todo el tiempo. Y ni ahora, ni
nunca, necesitaré algo como un hombre grande y fuerte para venir a rescatarme.
Estaba tan furiosa que tembló con eso. Se las había arreglado para quitarse el
abrigo, así que lo colgó en la percha. Luego recogió el abrigo de Pedro y lo colgó
también.
Él se quedó mirándola, ella podía sentir que la miraba, mientras se deslizaba fuera
de las bota de nieve de su mamá y regresaba a la cocina.
Tan rápido como había subido, su ira mermó. De repente estaba agotada y
derrotada y ridículamente a punto de llorar.
Su tobillo le palpitaba. Su cabeza estaba empezando a doler. Se quedó varada en
esta casa grande con corrientes de aire. Se estaba haciendo más fría y más oscura
por momentos. Iba a tener que pensar en algo para la cena, y luego iba a tener que
dormir cerca de la chimenea, ya que sería el único lugar caliente en toda la casa.
No habría manera de escapar de Pedro.
A quien todavía quería. No importaba cuán profundamente sabía que nunca
debería quererlo de nuevo.
Ella fue a su dormitorio, ya que era la única intimidad que podía encontrar.
Se sentó en la cama y tiró de su pierna izquierda para inspeccionar el tobillo.
Dolía ahora peor que nunca.
Oyó un golpecito en la puerta.
—¿Qué quieres? —preguntó ella, más resignada que enojada.
—He venido con una ofrenda de paz.
No había paz que pudiera ofrecer que reparara la grieta entre ellos. Ambos estaban
atrapados aquí por la noche, sin embargo, y era absurdo para ellos para seguir
luchando.
—La puerta está abierta.
Abrió la puerta y entró, llevando una bolsa de gel congelada en una cubierta suave
azul que debía de haber encontrado en el congelador.
—¿Eso supone que es una ofrenda de paz? Se parece más a una orden encubierta.
—Esta no es la ofrenda de paz —respondió él, sentado en el borde de su cama y
tirando de su tobillo en su regazo.
Ella debería apartarse, pero no tenía la energía.
Él empezó a desenvolver la venda que ella había envuelto después de la ducha.
—Esta es una necesidad.
Ella hizo un gesto de impaciencia, pero ese fue el alcance de su respuesta. Cuando
él había desenvuelto la venda, suavemente dobló la bolsa de hielo alrededor de su
tobillo palpitante. Luego le entregó el ibuprofeno y una botella de agua que había
guardado en el bolsillo de su camisa.
Ella tomó las pastillas. Luego se echó hacia atrás y cerró los ojos.
—Gracias.
—Eso tampoco fue la ofrenda de paz.
Ella le dirigió una mirada silenciosa e inquisitiva.
—Lo siento —dijo él, sus ojos nunca dejaron su rostro—. Lo siento si yo fui
demasiado agresivo. Cuando me preocupo, tengo la mala costumbre de hacerme
cargo, pero no quise doblegarte.
Sonaba sincero. Pero entonces había sonado sincero cuando tenía diecinueve años y
le había dicho que ella era la chica más dulce y bonita que había conocido jamás.
Ella tomó una respiración que era sólo un poco inestable.
—Gracias. Lo siento si fui demasiado testaruda. Me pongo de esa forma cuando
soy doblegada.
La esquina de su boca se torció en esa forma irresistible que él tenía.
—Eso lo sé.
Ella debería estar enojada con él. Por muchas cosas. Pero él parecía como si
estuviera realmente tratando de ser amable, al menos para que pudieran pasar la
noche, y ella no tenía fuerzas para luchar más en este momento de todos modos.
Se dio cuenta de que su boca tambaleaba ligeramente, casi respondiendo a su
sonrisa.
Él movió su pie sobre la cama con cuidado y se levantó.
—Voy a hacer una hoguera en la chimenea. Debes mantener la bolsa de hielo sobre
el tobillo durante al menos diez minutos.
Ella arqueó las cejas.
—Sólo si quieres, por supuesto, pero estoy seguro de que eres lo suficientemente
inteligente como para saber que hay que hacer.
Ella resopló, medio divertida y medio indignada. No estaba segura de cual
sentimiento tenía el control.
Se quedó en la cama con la bolsa de hielo en el tobillo, sin embargo. Empezaba a
sentirse un poco mejor.
Empezó a sentirse helada, ya que el radiador en la habitación no estaba apagando el
frío, así que puso una manta de ganchillo sobre ella. Se hacía más oscuro en la
habitación, lo cual la hizo sentir somnolienta.
Antes de darse cuenta de lo que pasaba, ella en realidad se había quedado dormida.
No durmió mucho o muy profundamente porque se despertó cuando sintió que
algo cambió en su pie.
Pedro había venido de nuevo, tomó la bolsa de hielo de su tobillo, y lo estaba
envolviendo de nuevo.
Ella parpadeó aturdida, ligeramente desorientada.
Estaba aún más desorientada por la mirada extrañamente suave en sus ojos.
—Se está poniendo helado aquí —murmuró—. ¿Quieres venir a la sala de estar?
Tengo la hoguera yendo bien.
Ella asintió con la cabeza, ya que sin duda se estaba congelando, y se las arregló
para empujarse hacia arriba a una posición sentada.
Él se agachó para ayudarla a levantarse.
—No debes poner peso sobre el tobillo. Me gustaría cargarte, pero tengo la
sensación de que la generosa oferta sería rechazada.
—Definitivamente sería rechazada. —Ella se inclinó sobre él un poco, y no podía
dejar de gustarle cuan esbelto, sólido y cálido era su cuerpo, incluso a través de su
ropa.
—Tú te lo pierdes.
Su voz sonaba extraña, con más textura de la que normalmente tenía, así que ella
levantó la mirada para buscar su rostro.
Se congeló al ver la expresión de sus ojos. Sus labios se separaron, y ella no podía
apartar la mirada.
Lucía como calor, carcajadas, cariño, ternura, todo se mezclaba en sus ojos cuando
la miraba.
Ella lo quería. Lo necesitaba. Era lo que siempre había querido. Se estiró hacia él
sin ningún pensamiento consciente.
Él inclinó la cabeza hacia abajo. Entonces la estaba besando.
Y ella lo estaba besando de regreso.
Su brazo alrededor de su cintura apretada, presionándose más firmemente contra su
pecho. Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello mientras sus labios se
movieron contra los de ella, primero suavemente, cuidadosamente, como si él
estuviera aprendiendo sus respuestas.
El placer y la emoción rugieron en sus oídos mientras su cuerpo se ablandaba en
contra de él. Cuando ella sintió su coqueta lengua entre sus labios, se abrió para él
ansiosamente.
Su lengua acarició la cara inferior de cada labio y luego se enredó con la suya. Se
sentía tan bien que ella gemía suavemente y movió una mano para agarrar su cabeza
y mantenerla en su lugar.
Sus labios se separaron de los de ella brevemente, pero sólo para reajustar su cabeza.
—Paula. —Le oyó respirar—. Paula.
Ella gimió una respuesta cuando él profundizó el beso una vez más. Todo su
cuerpo palpitaba en respuesta y la excitación apretó dolorosamente entre sus
piernas.
Luego ella reajustó su peso y sintió una repentina sacudida de dolor en su tobillo.
Ella rompió el beso abruptamente con un sonido ahogado.
—¿Estás bien? —le preguntó, su abrazo inmediatamente convirtiéndose en apoyo
en vez de apasionado.
—Sí. Sólo mi tobillo. —Sus mejillas estaban rojas ya, pero se sonrojó aún más al
darse cuenta de lo que había estado haciendo.
Besando a Pedro Alfonso. Como si fuera cualquier otro hombre atractivo.
Como si no fuera el hombre que tan cruelmente le había roto el corazón.
Él debía pensar que ella era la presa más fácil en el mundo, enamorándose de él no
una, sino dos veces. El entendimiento dolió más de lo que había pensado que
podía, pero ella no iba a dejarle saberlo.
Podría ser una idiota, pero no era débil.
Cuando levantó la vista de nuevo, él parecía estar inclinándose hacia otro beso, esa
misma ternura caliente ardiendo en sus ojos.
Le puso una mano en el pecho para empujarlo lentamente.
—Espero que la disculpa fuera la ofrenda de paz y no el beso —dijo ella, satisfecha
de que su voz era ligera y poco ventosa, como si besarlo fuera una actividad
divertida, pero nada importante—. Porque el beso definitivamente no va a
funcionar.
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