sábado, 10 de mayo de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 19



PAULA apoyó la mejilla en el pecho de Esteban y dejó que la música la envolviera, agradecida de poder disfrutar de esa proximidad sin preocuparse de que sus actos fueran malinterpretados.


Cuando rompió con Pedro, Esteban había visto esa separación como una oportunidad para profundizar en la relación que tenían. Se había quedado pasmado cuando ella le dijo que sólo lo veía como un amigo. Pero al final había apreciado la sinceridad mostrada por Paula. Y cuando la cita de él la había cancelado en el último minuto, la había llamado para pedirle que lo acompañara al baile del alcalde... como amigos.


Ella no había querido ir, pero había tomado la decisión de que una noche de fiesta le sentaría bien. Llevaba semanas atemorizada. Parte se debía a vivir con Verna. Su tía había llevado la casa de una forma específica durante muchos años y tener a Paula por allí perturbaba las pautas establecidas. Y parte era por su nuevo trabajo. Así como estaba a la altura del desafío y aprendía algo nuevo cada día, echaba de menos ser su propia jefa. Le gustaba la flexibilidad que había tenido siendo niñera y realizando pequeños trabajos de catering.


Pero casi todo su estado de ánimo triste podía estar directamente vinculado con Pedro Alfonso. La furia por el engaño había dejado paso a un profundo pesar.


Sabía que le gustaba. No tenía dudas de que la deseaba. Incluso en ese momento, cuando recogía a Emma, le sorprendía mirándola con un anhelo en sus ojos que la dejaba sin aliento. Sí, la deseaba. Lo que pasaba era que no la amaba.


Las lágrimas le nublaron momentáneamente la visión. Parpadeó rápidamente varios segundos hasta que pudo ver otra vez con claridad.


—Tanto bailar me está dando sed —dijo Esteban— ¿Qué te parece si bebemos un poco de champán y damos un paseo?


Habían llegado al borde de la pista de baile cuando Paula se detuvo en seco. Durante un momento se sintió mareada.


—Pedro —en la visión incluyó a la mujer que llevaba al brazo— Brenda. Qué sorpresa.


Las presentaciones fueron rápidas. Los ojos de Brenda se iluminaron de interés al oír el nombre de Esteban.


— Brenda también es abogada, Esteban —añadió Paula— Trabaja para Seim Anderson.


—Conozco a Jerry Seim desde que llegué a Chicago —indicó Esteban.


El comentario inició una conversación animada entre los dos abogados, dejando a Pedro y a Paula de espectadores.


Ella miró a Pedro con el corazón en un puño. Nunca había conocido a un hombre tan apuesto con esmoquin.


—¿Te apetecería bailar? —preguntó él con cortesía.


Paula no dijo ni «sí» ni «no», pero dejó que le tomara la mano y la condujera de vuelta a la pista. La fragancia familiar de su colonia le puso los sentidos en sobrecarga.


Pero cuando Pedro apoyó una mano en su cintura y la acercó, y con la otra comenzó a guiarla al ritmo de la música, Paula no estuvo preparada para esa intimidad.


—Estás preciosa —susurró él.


El rostro de Paula se acaloró. Cerró los ojos, tratando de concentrarse en la música, o en las conversaciones que los rodeaban, o en cualquier cosa menos en lo perfecto que era tener el cuerpo de él pegado al suyo.


—Eres la mujer más hermosa de la fiesta.


Mantuvo los ojos cerrados y se comportó como si no lo hubiera oído.


Pedro no podía creer que después de cuatro largas semanas, estuviera en sus brazos, el sitio que le correspondía.


—Te he echado de menos —comentó casi sin aliento.


En cuanto la tocó, no quiso otra cosa que llevarla a casa, tumbarse desnudo con ella y tocarla por todas partes. Comenzaría por los pechos...


—¿Brenda y tú os estáis viendo otra vez? —Paula ladeó la cabeza y lo miró.


Sus palabras surtieron el efecto de agua helada y el sueño se desvaneció.


—No. Me topé con ella unos minutos antes de verte a ti —carraspeó—.\ ¿Qué me dices de Esteban y tú?


Paula movió la cabeza.


—Sólo somos amigos.


Sintió una oleada de alivio. Al verlos juntos...


—¿Algo nuevo con Brenda?


La pregunta lo pilló por sorpresa.


—En realidad, no —repuso— A menos que cuentes que su gata ha tenido una carnada.


—¿Kellycat es mamá?


—Y al parecer los cachorros están listos para ser adoptados —no podía creer que estuviera manteniendo una conversación sobre gatos. Pero hablaría de ellos toda la noche si eso hacía que Paula permaneciera en sus brazos.


—Me encantaría verlos —la sonrisa de Paula se iluminó, pero al instante se apagó— Aunque pensándolo bien, será mejor que no.


—¿Por qué no? —la pegó más a él.


Bailar con ella era como estar en el cielo. No había espacio entre ambos, era imposible que pudieran estar más cerca... al menos no vestidos. La había echado tanto de menos...


—Querría llevarme uno a casa —repuso con melancolía.


—¿No solías tener un gato? —le preguntó, acariciándole despacio la piel de la espalda revelada por la «V» profunda del escote trasero.


Ella tembló y el cuerpo de él respondió de inmediato. Pero si pudo sentir su excitación, no dio muestras de ello.


—Sí —murmuró— Se llamaba Mittens, era blanco y negro y precioso. Mi padre me lo dio como regalo de un cumpleaños. Pero cuando me fui a vivir con mi tía, tuve que entregarlo en el refugio de animales. Estoy segura de que alguien agradable lo adoptó.


La conocía tan bien, que captó su dolor bajo el tono aséptico de sus palabras.


—Perderlo debió de ser duro.


Los ojos de Paula adquirieron una expresión lejana.


—Me prometí que cuando creciera y tuviera un lugar propio, tendría otro Scottish Fold, ésa era la raza de Mittens, pero nunca he vivido en un sitio donde se permitieran mascotas.


Demasiado tarde comprendió que le daría a Paula el cielo y la luna. Diablos, incluso le daría un gato.


Se detuvo, sobresaltado. Jamás había llegado a ese extremo por alguien que simplemente le gustara. Sólo por alguien a quien amara.


¿Tenía razón Brenda? ¿Se había dicho a sí mismo que no podía amar a nadie salvo a Mel porque tenía miedo?


No parecía posible. Después de todo, jamás había sido un hombre que tomara decisiones basadas en el miedo. Pero si no amaba a Paula, ¿por qué había sido tan desdichado sin ella? Había intentado convencerse a sí mismo y a Emma de que habían llegado a depender demasiado de ella.


Pero su sustituta se encargaba muy bien de todo lo relacionado con la casa, así que no podía ser eso. A quien echaba de menos era a Paula. Paula, quien convertía la casa en un hogar.


«Estoy enamorado de Paula».


Las palabras reverberaron por su cabeza y, sin lugar a dudas, supo que eran verdaderas. Con Mel, el amor lo había golpeado como un rayo. Con Paula, había llegado suavemente. Se había metido en su corazón sin que supiera lo que estaba sucediendo.


Sólo le quedaba poner a Paula al corriente de lo que sentía... y esperar que no fuera muy tarde.


—Emma —Paula abrió la puerta y llamó a la pequeña.


Había probado con el timbre, pero no se había presentado nadie. Era el domingo anterior a Navidad y Emma y ella iban a ir al centro comercial.


La casa estaba extrañamente silenciosa. El domingo era el día libre de Alfonso, de modo que no había esperado ver al ama de llaves y niñera. Pero sí había esperado que Pedro y Emma estuvieran en casa, y más después de haber confirmado con Pedro que pasaría a recogerla a las cinco de la tarde.


Se dijo que mantener una relación positiva era algo bueno. Era importante para Emma que estuvieran en términos cordiales. El miércoles por la noche había ido un poco más allá de lo cordial. Durante un momento en la pista, había sentido que Pedro podría tratar de besarla. Y lo que era peor, tenía la impresión de que se lo habría permitido.


Y le sorprendió que sacara el tema de su trabajo en Chez Gladines. Era la. primera vez que hablaba del tema con él y, mirando atrás en ese momento, estuvo segura de que lo había aburrido tremendamente.


Sentarse con él a una mesa después de bailar, una vez que se habían cerciorado de que Esteban y Brenda estaban enfrascados en una conversación sobre un caso legal, le había recordado todas las veces que habían charlado durante el desayuno, todas las discusiones que habían tenido durante la cena.


Se dijo que sería muy fácil verse arrastrada a la trampa de confundir el interés con el amor. Pero ya había cometido una vez ese error y no pensaba adentrarse de nuevo por ese camino.


—Emma —volvió a llamar, mirando la hora—. Tenemos que irnos. El centro comercial hoy cierra antes.





Siguió sin obtener respuesta.


Fue hacia el salón, donde a Emma le encantaba sentarse a leer. Pero sólo pudo llegar hasta el comedor antes de detenerse. Aunque aún no había comida en la mesa, la mesa se hallaba preparada, con velas incluidas. Y un centro de flores frescas.


El corazón comenzó a palpitarle deprisa.


No hacía falta ser un genio para deducir que Pedro tenía planeada una velada romántica para dos. O había vuelto con Brenda o había alguien nuevo en su vida. Se preguntó si lo había planeado adrede al saber que Emma estaría ausente casi toda la noche. Se dijo que no era asunto suyo.


—El asado está en el homo.


Se sobresaltó al oír la voz; se giró y vio a Pedro en el umbral.


—Huele maravillosamente —dijo Paula— El asado siempre ha sido uno de mis platos favoritos.


Era un comentario tonto y lo lamentó nada más escapar de sus labios. Después de todo, ¿qué importaba lo que a ella le gustara? No iba a ser quien lo comiera.


Sintió un nudo en la garganta.


—¿Emma está arriba? —preguntó.


—De hecho... —se metió las manos en los bolsillos y osciló sobre sus talones— ha habido un ligero cambio de planes. Emma va a pasar la noche en la casa de Rehn.


A Paula se le cayó el alma al piso.


—Esta noche te iba a comprar el regalo de Navidad. No puedo creer que lo olvidara.


—No lo olvidó —Pedro esbozó una sonrisa arrepentida— El único modo en que pude convencerla de ir a la casa de Rehn fue decirle que tenía planes para la noche.


Paula se puso rígida. No podía creer que le hubiera mentido a su hija para poder estar con su nueva acompañante.


—Eso no es justo, Pedro. No deberías fomentar su esperanza porque quieras pasar una velada con...


—Contigo —cortó, finalizando la frase— Quiero pasar la velada contigo. Tengo tanto que decirte.


Paula miró la mesa. Tenía escrita la palabra «seducción» por todas partes. Seguro que se sentía solo. Y probablemente la echaba de menos en su cama. Dios sabía que ella lo echaba de menos. Pero a pesar de lo mucho que le gustaría volver a compartir esa intimidad, la proximidad física ya no era suficiente.


—No creo que sea una buena idea —apretó el bolso— Además, ¿qué más se puede decir? Ya se ha dicho todo.


Pedro dio un paso al frente.


—Nunca te he dicho que te amo —musitó— Pero así es. Y mucho —notó que se le humedecían los ojos. Cuando ella sólo lo miró fijamente, apartó la vista y continuó— Sé que no he sido bueno contigo —movió la cabeza— He sido egoísta. Únicamente he pensado en mí.


—No es verdad —contradijo con voz entrecortada.


—Sí lo es. Al recordarlo, me avergüenzo de ello. Ojalá pudiera manifestarte lo mucho que lamento el modo en que te he tratado, como si sólo fueras una empleada.


—Pedro —comentó con firmeza— era tu empleada. Si alguien tuvo la culpa, fui yo por creer tontamente que era diferente, que podías amarme —apoyó la mano en su brazo— Fuiste bueno conmigo. Me hiciste sentir como parte de la familia. Pero, dicho eso, estuvo mal que me engañaras.


—Te amo —afirmó Pedro.


—No —movió la cabeza— Amas a Mel. Es la única mujer a la que alguna vez amarás.


—Te amo —repitió con énfasis.


—No —insistió Paula— Una y otra vez me insististe en que Mel era la única mujer a la que alguna vez amarías.


—Amé a Mel —reconoció—,pero también te amo a ti.


—Pedro—habló como si lo hiciera con un niño— Entiendo que necesites una madre para Emma y alguien que se ocupe de ti y de tu casa, pero mentir no es la respuesta.


Se volvió como para irse, pero la aferró por el brazo y la pegó a él.


—Fui un tonto —murmuró—Sé que te hice daño. Pero, escúchame, por favor. No negaré que amé a Mel. No lo negaré porque es imposible. Pero lo que no comprendía era que tenía miedo. Y no entendía nada del amor. Pensé que podría decidir mis sentimientos, a quién amar y a quién no, pero el amor no funciona así. Sucede por propia voluntad. No dejaba de repetirme que no podía amarte, que no te amaba, pero no era verdad.


Paula quería creerlo. Más que nada en el mundo quería creer sus palabras.


—¿Y qué pasa con mi carrera? —preguntó.


—Es otra cosa que lamento —confirmó él— Di por hecho que querrías ponerte a tener bebés. Ni siquiera te pregunté qué querías. Creo que me daba miedo que si tuvieras una carrera, nuestra vida hogareña pasaría a un lejano segundo lugar, como sucedió con Mel.


—Yo nunca dejaría que algo así pasara —aseveró Paula— Emma y tú siempre seríais una prioridad.


—Ahora lo sé. Y sé que podemos hacer que funcione —murmuró sobre su cabello— Sólo dame una segunda oportunidad. Te demostraré lo mucho que te amo.


—¿Cómo sé que no lo dices porque necesitas una madre para Emma, porque te da miedo que tus suegros se queden con ella si pasara algo?


Sintió remordimiento y pesar.


—He hablado con mi abogado y dijo que pueden litigar todo lo que quieran, pero que los tribunales respetarán mis deseos. También hablé con Mis suegros y les dejé bien claro que quiero que tú críes a Emma — sonrió con melancolía— Jamás representó un problema. Sólo pensé que podría serlo.


Paula frunció el ceño.


—¿Por qué no lo comprobaste antes?


—Sé que fue una estupidez. La única explicación que se me ha ocurrido es que me daba un motivo para casarme contigo sin tener que admitir ante mí mismo que te amaba —le acarició el pelo— No te pido que seas mi esposa porque necesite casarme contigo. Quiero casarme contigo. Porque te amo.


Cerró los ojos y dejó que la cabeza reposara en el pecho de él. Se preguntó si cometería un error en caso de decirle que sí.

—Miau.


Paula abrió los ojos. Se movió en los brazos de Pedro a tiempo de ver una cabecita peluda asomarse por el rincón.


—¿Qué es eso?


Pedro sonrió.


—Tu regalo de Navidad. Con todo mi amor —se agachó y recogió a un cachorrito negro y blanco—. Es un Scottish Fold. Mira cómo le caen las orejas. Y sus ojos son más redondos que ovalados.


A Paula se le derritió el corazón. Los ojos se le llenaron de lágrimas.


—A tí no te gustan los gatos.


—Pero a ti sí —dijo— Eso es lo que cuenta.


Le quitó al cachorrito de los brazos y lo pegó contra ella.


—Incluso tiene las patas blancas, igual que Mittens.


—Te haré feliz, Paula—afirmó Pedro— Sólo dame la oportunidad.


Paula se inclinó y dejó a la bolita de pelo en el suelo. Así como quería a su nuevo cachorro, amaba más a Pedro. Y en ese momento era él quien necesitaba su atención.


—Te amo Pedro—musitó en voz muy baja— y sé que tú me amas.


Él la abrazó.


—Gracias a Dios —su voz sonó ronca de emoción y de alivio. Volvió a besarla, en esa ocasión con tanta intensidad que a punto estuvieron de caer sobre la mesa. Y no dejó de hacerlo—¿Te casarás conmigo, Paula? ¿Serás mi esposa?


Ella se quedó pensativa.


—Miau.


Las diminutas garras se clavaron en el tobillo de Paula. Ésta gritó y se apartó de los brazos de Pedro.


—¿Lo ves? —le dijo— Hasta el gato cree que deberías darme una oportunidad —Paula rió— Te amo Paula —le tomó las manos y su expresión se tornó seria— Si te casas conmigo, dedicaré el resto de mi vida a hacerte feliz.


De eso Paula no tenía ninguna duda.


—Sí —afirmó moviendo la cabeza con énfasis.


Y cuando Pedro la acercó, murmurando palabras de amor, ella supo que el cuento de hadas con final feliz al fin era suyo.


Un hombre a quien amar.


Una niña a quien atesorar.


Un gato al que adiestrar.


Era todo lo que siempre había querido y más.


Pedro ya se hallaba abajo cuando Paula despertó a la mañana siguiente. Contempló el relumbrante diamante que tenía en la mano izquierda. Ese día sacarían la licencia de matrimonio. Al día siguiente se casarían.


Justo a tiempo para Navidad.


Serían el respectivo regalo de Navidad del otro.


Se duchó y se vistió con rapidez, henchida de felicidad. Acarició al cachorro pero no se demoró mucho. Quería estar abajo antes de que Emma llegara a casa, para que Pedro y ella pudieran contarle juntos la feliz noticia.


Se encontraba en el exterior de la cocina cuando oyó a Pedro y a Emma hablar. Se detuvo para escuchar con el corazón en un puño.


—¿Vino Paula anoche, papá?


—Sí.


—¿Os besasteis e hicisteis las paces?


La tos de Pedro sonó sospechosamente a una risa.


—Sí.


Paula se ruborizó al recordar lo exhaustivos que habían sido los besos y el proceso de hacer las paces.


—¿Vendrá Paula hoy?


La esperanza infantil en la voz de Emma le conmovió.


No pudo esperar ni un segundo más. Antes de que Pedro pudiera contestar, entró.


—Ya estoy aquí.


Emma soltó un grito y corrió a los brazos abiertos de Paula. Pasado un momento, levantó la cabeza y la miró ansiosa.


—¿Cuánto tiempo te vas a quedar?


Paula miró a Pedro, y en los ojos de él se reflejó la promesa de lo que había en su propio corazón. Le sonrió a la pequeña.


—Para siempre.

                                       Fin.     


Gracias por leer!! ♥♥♥



                                     

viernes, 9 de mayo de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 18



PEDRO miró alrededor del gran salón de baile del hotel Michigan Avenue, que había sido transformado en un país de las maravillas invernal. Por doquier se veía nieve falsa y esculturas de hielo, rosas rojas y blancas y las más tradicionales poinsetias. La risa de la multitud que celebraba la fiesta llenaba la atmósfera.


Con un suspiro resignado, tomó una copa de champán de la bandeja que portaba un camarero que pasó a su lado. Había planeado pasar la noche jugando con Emma a juegos de tablero, pero en el último instante, otro de los socios no había podido asistir a la gala del alcalde y Pedro se había visto obligado a sustituirlo.


Faltaba una semana para la Navidad y aún no había comprado ni un solo regalo ni montado el árbol. Siempre había sido su fiesta favorita, pero ese año le había costado hacer acopio de entusiasmo.


Esas fechas señaladas empezaban de maravilla.


Paula se había ido. Luego, sus suegros se habían marchado apenas veinticuatro horas después de llegar. Y para coronarlo, su madre y su padrastro habían decidido en el último instante pasar la Navidad en Texas con su tía.


Ese año sólo estarían Emma y él. No le molestaban las demás ausencias. Únicamente, el hecho de que por primera vez en tres años Paula no estaría a su lado. Hizo a un lado ese pensamiento perturbador.


En puntos discretos del salón, colgaban guirnaldas de muérdago. Sintió un toque en el hombro y con horror comprendió que se hallaba justo debajo de una.


Se volvió.


—Brenda. Qué sorpresa tan agradable.


Luciendo un ceñido vestido de color cobre, con un escote frontal casi tan bajo como el de la espalda, Brenda parecía más una corista sexy que una respetada abogada fiscal.


—Feliz Navidad, Pedro —apoyó las manos en sus hombros y le plantó un beso amigable en los labios. Dio un paso atrás y lo miró, como si esperara una reacción.


—Feliz Navidad —Pedro miró alrededor—. ¿Con quién has venido?


—Estoy sola —dijo con un suspiro—. La pobrecita Brenda no tiene una cita.


Juntó los labios en un mohín bonito.


—Si te hace sentir mejor, yo voy en el mismo bote —expuso Pedro—Este año tenía que venir Harry, pero se puso enfermo y me tocó sustituirlo en el último instante.


Ella apoyó una mano en su brazo.


— Me alegro tanto de haberme encontrado contigo...


Sonrió cálidamente y sonó tan complacida que Pedro descubrió que se relajaba por primera vez desde que había entrado en la sala. Se había sentido solo desde la partida de Paula y era agradable encontrar una cara amiga.


—¿Te apetece bailar? —preguntó en un impulso.


La sonrisa de Brenda se tornó más amplia.


—Pensé que nunca me lo pedirías.


—¿Sigues saliendo con Jake? —se había sentido tan furioso con éste, y consigo mismo, que apenas lo había visto en el último mes.


—Santo cielo, no —Brenda rió como si hubiera hecho una broma— Nunca hemos salido. Sólo fui a esa única fiesta con él. De hecho, he estado saliendo con otra persona. Pero acabamos de romper —se detuvo y lo miró con curiosidad—He oído que Paula se ha marchado.


—Sí —por fortuna habían llegado a la pista de baile, y en vez de seguir hablando, tomó a Brenda en brazos.


Al tenerla pegada, se dio cuenta de que su olor era tan delicioso como su aspecto. Dejó que la mano izquierda le acariciara la suave piel satinada de la espalda.


Esperó. Esperó sentir una sacudida de deseo, de experimentar el impulso de atraerla aún más. El deseo de besarla.


Pero... no sintió nada. Si fuera Paula, ya habría estado besándola y pensando en el modo de escabullirse de la fiesta para regresar a casa y llevarla a la cama.


—... podría interesarte.


Pedro alzó la vista y parpadeó—


—¿Interesarme?


—En un cachorrito —explicó Brenda con un deje de exasperación en la voz— Como te decía, Kellycat, mi gata, ha tenido una carnada de seis hace unas semanas y les estoy buscando buenos hogares.


—Un gato es lo último que quiero o necesito — dijo Pedro distraído. Se preguntó si Paula iría esa noche a casa con Esteban.


—Estaba pensando en Emma —dijo Brenda con cierta preocupación—. Perdió a su madre y ahora a Paula. Yo fui hija única y sé lo solitario que puede ser eso.


—Emma no está sola —afirmó Pedro con los dientes apretados, con la esperanza de que Brenda captara el mensaje y abandonara el tema—. Siempre ha tenido muchos amigos.


—Los amigos están bien, pero no pueden dormir contigo. Y todos necesitamos alguien a quien abrazar. A quien amar.


Pedro sintió el corazón en un puño al pensar en Paula. Había tenido a una gran amiga, alguien a quien abrazar, a quien...


—Tengo uno negro y blanco precioso —dijo Brenda—. Con unas marcas muy bonitas.


Pedro ya había tenido suficiente.


—No me gustan los gatos. No tendré ninguno en mi casa.


Pedro no supo si fue su tono de voz o el rechazo de los felinos lo que provocó la furia de Brenda.


—A Emma le encantan los gatos —alzó el mentón— Pero tú ni siquiera quieres pensarlo.


—Así es —suspiró aliviado. Al fin había logrado que lo entendiera— Nada de gatos.


—Porque tú lo dices.


—Sí, porque yo lo digo —se preguntó de dónde surgía esa beligerancia. Había salido meses con Brenda y jamás le había visto esa faceta.


—No has cambiado —aseveró ella.





—¿De qué diablos estás hablando?


—¿Quieres saber por qué no funcionamos?


Habían roto porque ella había querido una relación más seria. Él no. Pero decidió seguirle la corriente.


—De acuerdo, Brenda —concedió— Dímelo. ¿Por qué no funcionamos?


—Por tu terquedad —entrecerró los ojos azules— Estoy harta de los hombres que se quedan anclados en el pasado y se niegan a seguir adelante.


—Yo...


—Yo, yo, yo —espetó— ¿Qué? ¿Yo no puedo permitirme amarte porque sigo enamorado de mi esposa muerta?


—Brenda —dijo en voz baja de advertencia.


—Al menos sé sincero contigo mismo —la voz de ella temblaba de emoción— Te da miedo volver a amar, de volver a dejar que te hagan daño.


—No tienes ni idea de lo que es perder a un cónyuge.


—No, y tampoco tengo idea de lo que es divorciarse. Pero sé cuando alguien deja que el pasado le fastidie el futuro.


—¿Divorcio? —preguntó él, confuso.


—No te atañe —Brenda agitó una mano con desdén— Un chico con el que estaba saliendo pasó por un divorcio amargo. El problema es que aún deja que la traición de su ex esposa condicione la visión que tiene de todas las mujeres.


En ese momento lo entendió. A Brenda le había gustado el chico. Y una vez más, las cosas no habían funcionado para ella.


—Encontrarás a otro.


—¿Qué me dices de ti? —preguntó ella— ¿Encontrarás a una mujer que reemplace a Paula?


Se puso rígido. No quería hablar de Paula. No con Brenda. Ni con nadie.


—Tengo una niñera temporal.


—No hablo de eso —le dijo— Los dos estabais próximos. Y ahora ella se ha ido.


—Tiene un puesto a tiempo completo como chef de repostería en Chez Gladines. Tuvo que realizar una elección.


—Emma está en el colegio todo el día —expuso Brenda— Podríais haber encontrado una solución. Pero tú no estabas dispuesto a trabajar con ella porque contigo es todo o nada. Igual que con Emma y el gato. Apuesto a que aunque ella quisiera uno, ni lo tomarías en consideración. ¿Verdad?


—Crees que sabes mucho —su humor había alcanzado el punto de ruptura— Pero no veo que a ti te vaya tan bien en tu vida personal.


Las mejillas de Brenda se encendieron como si la hubieran abofeteado, pero su mirada se mantuvo firme y el mentón alzado.


—Al menos yo estoy abierta al amor. Y cuando encuentre al hombre adecuado, no voy a ser rígida e insistir en que todo se haga a mi manera. Buscaré modos en que funcione.


—Con esa actitud tan transigente, me sorprende que no sigas con tu amigo divorciado —dijo con tono levemente burlón.


—Hacen falta dos para que algo funcione Pedro — expuso Brenda— Kyle no estaba preparado o capacitado para superar su miedo. El problema es que para cuando lo esté, yo ya no estaré.


Pedro se movió incómodo de un pie a otro.


Brenda lo miró a los ojos.


—Sé que Paula realmente te importaba. Vi cómo estabais juntos. ¿Sabías que cuando salíamos tuve celos de ella?


Él frunció el ceño.


—¿De Paula?


—Sí, de Paula —reafirmó Brenda— Entre vosotros dos había una química, una proximidad, que iba más allá de la amistad. A veces me daba la impresión de que salía con un hombre casado.


Pedro sintió un nudo en la garganta. No supo qué decir. Había habido algo especial entre Paula y él. No podía negarlo.


—Ella te importa. Y, como amiga tuya, quiero que analices bien lo que estás perdiendo. ¿Y por qué? ¿Porque no eres capaz de soltar el pasado?


—Haces que suene tan fácil... —dijo él— Mel era mi esposa. La amé desde que éramos niños en el colegio. Ella...


—Está muerta, Pedro —cortó Brenda— Y querría que siguieras adelante con tu vida. Que te volvieras a enamorar.


—No sé si puedo...





—Creo que ya lo has hecho —expresó Brenda— Ahora sólo tienes que decidir qué vas a hacer al respecto.


GRACIAS POR LEER!!
QUEDA EL CAPITULO FINAL QUE INTENTARE SUBIRLO MAÑANA!! =)



"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 17



AUNQUE había logrado mantener !a compostura, por dentro Paula era una masa de nervios. No podía imaginarse yéndose de la casa que había sido su hogar durante tres años. No podía imaginarse dejando a Emma. Ni tampoco a Pedro. O al menos al Pedro que creía amar. Pero ya no podía quedarse. Endureció el corazón contra el dolor. Había respetado a Pedro. Había confiado en él. Lo que hacía que su traición fuera más difícil de soportar.



—Podemos solucionarlo —Pedro metió las manos en los bolsillos y se apoyó en los talones.



Paula suspiró.



—¿Cómo, Pedro? ¿Vas a obligarte a amarme?



—Temía que si me pasaba algo, los padres de Mel lucharan por la custodia de Emma —un deje de desesperación llenó su voz—. Ya sabes cómo son.



—Creía que me habías puesto en tu testamento como su tutora legal.



—Y lo hice —confirmó Pedro—. Pero la madre de Mel dejó claro que jamás dejará que una persona ajena a la familia criara a Emma.



—He de reconocértelo. Tu plan estuvo a punto de funcionar —se quitó el anillo y lo alargó—. Tómalo.



—No lo quiero —alzó el mentón—. Te lo di a ti.



Paula miró la hora en el reloj de pared de la cocina. Esteban aparecería en cualquier momento para recogerla. Pero no precipitaría la cosas por eso. Si creyera que el muro que había entre ellos se podía escalar hablando, se quedaría toda la noche.



Pero Pedro no la amaba. No había nada de qué hablar.



Dejó el anillo en la encimera y luego se volvió hacia él.



—Dejé la dirección de mi tía Verna, al igual que el nombre de la mujer que te mencioné, encima de mí cómoda. Puedes enviar mi último sueldo a la casa de Verna. Me quedaré con ella hasta que encuentre algo propio.



Antes de que las últimas palabras hubieran salido de su boca, Pedro estuvo a su lado, abrazándola. Durante un segundo, Paula no se movió, absorbiendo el calor de su cuerpo, sintiendo su fuerza.



—No quiero que te vayas —susurró sobre su cabello—. Eres mi mejor amiga. ¿No podemos crecer a partir de ahí?



Sonó una bocina, pero cuando ella trató de separarse, él no aflojó los brazos.



—Es demasiado tarde —le dijo en un susurro—. Sabes tan bien como yo que no podemos volver a como estábamos antes.



Pedro se quedó quieto, con el corazón latiéndole muy deprisa.



—¿Qué me dices de Emma?



Paula titubeó.



—Me gustaría seguir siendo parte de su vida — dijo, obviando lo que era mejor para su propia vida—. Nunca supo que las cosas se habían... vuelto más intensas entre tú y yo... así que no debería resultarle incómodo. Claro está, si a ti no te importa.



—Eso me gustaría —carraspeó—. Te va a echar de menos —aflojó el abrazo y Paula retrocedió.





—Lo sé — corroboró ella—. Pero seguir viviendo aquí jamás funcionaría.


La bocina sonó otra vez y Pedro soltó un juramento.


—¿Quién hace ese ruido?


—Esteban.


Pedro entrecerró los ojos.


—Yo lo llamé —Paula levantó el mentón—. Me va a llevar a la casa de mi tía.


—No hacía falta que lo llamaras —un músculo diminuto se le contrajo en la mandíbula—. Tienes el Saturn.


—Compraste ese coche para la niñera de Emma — señaló Paula —. Lo necesitarás para la mujer que ocupe mi lugar.


La miró a los ojos.


—Nadie ocupará jamás tu lugar.


Paula no se molestó en contestar. Quizá Pedro no quisiera contratar a otra niñera. Pero con sus compromisos laborales, él mismo no podría ocuparse de Emma. Haría lo que tuviera que hacer.


Igual que ella. Salir por la puerta.


Sentados ante el semáforo en la esquina de la casa de Pedro, Paula sintió la mirada de Esteban. No lo miró. Mantuvo la vista clavada al frente.


Sabía que era una grosería, pero no tenía ganas de hablar. Tenía las emociones demasiado a flor de piel.


Sabía que él sentía curiosidad, pero, por fortuna, era demasiado educado para preguntar. Por desgracia, que Pedro observara desde la puerta cómo cargaban las maletas en el coche había avivado su curiosidad hasta el punto de no retorno.


—¿Qué pasó? —Inquirió Esteban—. ¿Qué ha hecho que te marcharas?


Suspiró resignada y giró para mirarlo. Le debía alguna especie de explicación. Después de todo, acababa de regresar a la ciudad y lo había dejado todo para ir a recogerla.


—Tengo un trabajo nuevo —forzó una sonrisa e intentó mostrar algo de entusiasmo—. Chez Gladines me quiere a tiempo completo.


Una expresión sorprendida cruzó por la cara de Esteban y Paula supo que no era la respuesta que él había esperado. Sin embargo, se adaptó con rapidez y sonrió.


—Felicidades. Es una noticia fabulosa.


—Sí, supongo que lo es.


Él frunció el ceño desconcertado.


—No pareces muy animada al respecto.


—Es mucha responsabilidad —indicó Paula— Estaré a cargo de todos los postres, no sólo de las pastas.


Nunca antes había dudado de sí misma, pero la experiencia con Pedro la había dejado insegura.


—Harás un gran trabajo —como si pudiera leerle la mente, alargó el brazo y le apretó la mano— Sabía que sólo era cuestión de tiempo. Una vez probado tu talento, ¿cómo no van a querer más?


Sus generosas palabras fueron como un bálsamo para su espíritu herido. Esteban era tan buen chico. Tenía tanto que ofrecerle a una mujer... La vida sería más fácil si pudiera amarlo a él en vez de a Pedro.


—Eres el mejor —comentó—. ¿Alguna vez te lo han dicho?


—Todos los días —le dedicó un guiño antes de poner expresión de curiosidad—. ¿Cómo se tomó la noticia Pedro?


—No muy bien —era un eufemismo, pero no tenía ganas de explayarse.


—¿Te dio un ultimátum? —Sondeó Esteban—. ¿Es la causa por la que trasladas en plena noche?


Paula se encogió de hombros.


—Ya conoces a Pedro. Todo tiene que hacerse a su manera.


No era del todo verdad ni justo. Si Paula se sintiera generosa, corregiría la impresión equivocada. Pero en ese momento no se sentía amable ni generosa.


—Debió de ser duro darte cuenta de que tus sueños importaban tan poco —comentó Esteban—. Sé lo mucho que te gusta él.


Paula miró por la ventanilla. Esa noche se había visto obligada a encarar la verdad. A echar a un lado sus gafas de cristal de color rosa y ver a Pedro como era y no como ella deseaba que fuera.


Sintió una oleada de tristeza. La verdad era que Pedro no la amaba. Todo lo que había hecho, todo lo que había dicho, había sido un medio para alcanzar un fin.


El corazón se le endureció.


—Solía gustarme —dijo con contundencia. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo del asiento—. Ya no.


—Papi, ¿Paula va a venir a casa hoy?


La mano de Pedro se detuvo sobre la lata de judías verdes. El dolor lo aguijoneó y la soledad que se había afanado en contener regresó con toda su furia. Se volvió y vio que Emma lo miraba desde lo alto del carrito de la compra.


—No —mantuvo la ecuanimidad en la voz—. Hoy no.


Habían pasado cuatro largas semanas desde que Paula se fuera y la casa parecía vacía sin ella. Todos los días, Emma preguntaba si iba a ir a casa. Pasado un tiempo, su respuesta se había convertido en un habitual «hoy no».


La última vez que había pasado a buscar a la pequeña para llevarla al museo infantil, había tenido un aspecto maravilloso.





Aunque ante su ojo crítico la había visto más delgada y se preguntó si estaría comiendo de forma adecuada. Pero no había tenido tiempo de preguntarlo, porque se llevó a Paula sin darle la oportunidad de decir algo más que «hola» y «adiós».


—... y Esteban.


Parpadeó, con la lata de judías aún en la mano.


—¿Qué has dicho?


—Que después de dar una vuelta por el museo, Paula y Esteban me compraron un helado —explicó Emma.


Pedro dejó la lata en el carrito y contó hasta diez. Había aceptado que Paula pasara tiempo con Emma, pero eso no incluía a su novio.


—No sabía que Esteban había ido con vosotras al museo infantil.


—No vino.


—¿Qué quieres decir con que no fue con vosotras? Creía que habías dicho que todos tomasteis helado.


—Después del museo, Paula y yo fuimos al centro comercial —a Emma se le iluminaron los ojos—— Me gusta el centro comercial. ¿Me llevarás allí algún día, papá?


—Claro. ¿O sea que os encontrasteis con Esteban en el centro comercial?


No sabía por qué insistía tanto en busca de los detalles. Después de todo, mientras Esteban no hubiera sido parte deliberada de la cita, no era asunto suyo.


—Estaba en la tienda con todas esas joyas tan bonitas —explicó Emma—. Comprando regalos de Navidad.


Consideró que ya había oído demasiado. Esteban había estado mirando joyas. Comprando regalos. Probablemente, eligiendo el regalo de Navidad para Paula.


Apretó la mandíbula.


—Esteban va a llevar a Paula a una fiesta el miércoles por la noche, así que no podrá venir a verme —la sonrisa de Emma se convirtió en un mohín—. No es justo. El miércoles por la noche es mí noche.


Poco después de que Paula se marchara, habían establecido unos días de visita. Se llevaba a Emma todos los miércoles por la noche y todos los domingos. Ésa sería la primera vez que cancelara una de sus visitas.


No muchas mujeres habrían sido tan diligentes. Casi todas las que él conocía anteponían sus carreras y sus diversas obligaciones sociales a los niños. Finalmente había llegado a comprender que Mel no había sido una excepción.


Había esperado que se calmara después del nacimiento de Emma, pero, de hecho, el ritmo no hizo más que aumentar. Quizá era bueno que Paula hubiera dado marcha atrás en el compromiso. Cuando le habló de trabajar a tiempo completo en Chez Gladines, había sentido como si le hubiera clavado un cuchillo en el corazón. Lo último que quería era quedar en un distante segundo lugar con respecto a su carrera profesional. Como le había sucedido con Mel.


No obstante, la echaba de menos. Marjory, la mujer que Paula había recomendado, mantenía la casa limpia y cuidaba bien de Emma. Pero sin Paula, la casa ya no parecía un hogar.


—Quiero ir a la fiesta con Paula y Esteban —dijo Emma—. ¿Puedo, papá? ¿Puedo?


pedro deseó poder concederle ese deseo a su hija. Le encantaría enviar a la pequeña como acompañante.


Pero sabía que Paula necesitaba continuar con su vida, igual que él. Metió una caja de cereales en el carrito y movió la cabeza.


—El único lugar al que iremos es a casa —anunció—. El abuelo y la abuela  vendrán esta noche y te traerán regalos.


Emma soltó un grito entusiasmado y Pedro sonrió. Al menos uno de ellos se alegraba con la visita.





Preparándose para esa noche, había ido a ver a su abogado y recibido toda la información que necesitaba, información que debería haber recabado tiempo atrás. Después de la cena, enviaría a Emma a su habitación a jugar. Luego mantendría una charla con sus suegros. Una conversación que había postergado demasiado.


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viernes, 2 de mayo de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 16



CUANDO Pedro regresó de su llamada y le dijo a Puala que Jake iba a ir a verlos, ella se quedó en silencio y solemne. Al regresar a pie, apenas dijo algo. Él se preguntó si estaba molesta porque no hubiera hablado mucho en presencia de Ángela. La verdad era que se sentía incómodo por la conversación previa que había mantenido con la mujer. Por no mencionar que no quería darle a Ángela la oportunidad de que sacara el tema de que ya no creía en una relación romántica.


O tal vez estaba molesta porque la había dejado para ir a hablar con Jake. Había parecido de buen humor hasta aquel momento.


Le tomó la mano y le sorprendió encontrar los dedos como hielo.


—No quería que pasáramos todo el rato con Ángela.


—Está bien —dijo sin mirarlo—. Es una mujer agradable.


Pedro experimentó una cierta inquietud. Algo no iba bien, pero no descubría qué podía ser.


—Jake no se quedará mucho —explicó. Había intentado decirle a su amigo que no era un buen día, pero como de costumbre, Jake no escuchó—. Tiene un problema con un proyecto en el que trabaja y supuestamente necesita una resolución inmediata.


—He estado pensando —mantuvo la vista clavada al frente— que tal vez sea mejor si no le contamos a nadie lo de nuestro compromiso. Por el momento.


—¿Por qué querríamos eso? —preguntó despacio. Una vez que Paula había aceptado casarse con él, no quería que cambiara de parecer,


Paula se encogió de hombros.


—Todo ha ido demasiado deprisa —sonó increíblemente cansada—. Podría ser bueno frenar un poco las cosas.


Las banderas rojas ondearon en el cerebro de Pedro. No quería darle demasiada importancia a lo que estaba diciendo. Pero entre su lenguaje corporal y sus palabras, tenía la clara impresión de que empezaba a dar marcha atrás.


—¿Es... —respiró hondo y se lanzó— porque no estás segura de que quieres casarte conmigo?


La miró de reojo y quedó sorprendido al descubrir que no se encontraba a su lado. Giró en redondo y la vio de pie en medio de la acera.


—Esto no tiene nada que ver conmigo —susurró—Es por ti.


—¿Conmigo? —el corazón le latió deprisa—. ¿Qué pasa conmigo?


—Ángela me comentó que cuando hablasteis, había recibido la impresión de que si te volvías a casar, sería por pragmatismo, no por amor —cruzó los brazos—. ¿Por eso te casas conmigo, Pedro? ¿Porque estoy ahí y soy apropiada?


Ya lo entendía.


La conocía lo bastante bien como para saber que las palabras de Ángela le habían hecho daño. Apretó la mandíbula. La próxima vez que viera a esa mujer, le dejaría bien claro lo que pensaba de su intromisión.


— Para tu información, fue Ángela quien sacó el tema de casarse por obtener compañía, no por amor —explicó—. Yo ya tengo amigos y compañeros. No necesito casarme para eso.


Paula lo estudió. Fuera lo que fuere lo que vio en sus ojos, le satisfizo, porque sonrió y no se opuso cuando él le tomó la mano.


Pero al ir a casa. Pedro no pudo evitar preguntarse si se había dado cuenta de que no le había respondido completamente a la pregunta.


Aún no le había dicho que la amaba.


Paula escuchaba la charla incesante de Emma a medías. Al presentarse Jake, se había ofrecido para ir a recoger a la pequeña. Había pensado en ir andando a la casa de los Martin, para ganar tiempo para pensar, pero se había levantado viento y la temperatura había bajado.


Así como los comentarios de Pedro al ir a casa habían mitigado en parte los temores que había sentido, no había querido contarle nada a la niña para no avivar sus esperanzas. Al menos hasta no tener la certeza absoluta de que Pedro se casaba por amor y no pragmatismo.


—¿Vas a leerme algo esta noche, Paula? —preguntó Emma.


Paula parpadeó y giró la cabeza.


—Claro que sí. ¿Hasta dónde llegaste anoche?


El jueves por la noche habían finalizado el primer libro de una serie infantil y Emma se había llevado el segundo a la casa de su amiga.


Por el rostro de la pequeña cruzó una expresión de decepción.


—La madre de Nina no tuvo tiempo.


Eso no sorprendió a Paula. Abigail Martin había sido una de las mejores amigas de Mel. Era una mujer que enfocaba su vida hacia su carrera profesional. Muy agradable, pero poco propicia para los niños.


—He de decir que ésa es una buena noticia —afirmó. Emma la miró desconcertada y ella le guiñó un ojo—. No tendré que ponerme al día con lo que me hubiera podido perder.


La risita que soltó Emma la hizo sonreír. El corazón se le inflamó de amor. Si Pedro y ella se casaban, no sólo sería la esposa de él, sería la madre de Emma. «La madrastra», se corrigió. Pero no se sentía así. No podría querer más a Emma ni aunque fuera de su propia sangre.


—Paula—Emma se movió en el asiento—. Puedes desbloquear la puerta? Rehn está en su porche y quiero saludarla.


Paula alzó la vista y, asombrada, se dio cuenta de que ya habían llegado. Rehn, la pequeña que vivía en la casa de al lado, se hallaba en el exterior ayudando a su madre con la decoración festiva. Frenó el coche y desbloqueó la puerta.


— Súbete la capucha —dijo sin opción a discusión—. Y te quiero en casa en cinco minutos. Eso te dará tiempo suficiente para saludarla. ¿Entendido?


Emma asintió, abrió la puerta y desapareció.


Paula saludó con la mano a Rehn y a su madre antes de entrar en el garaje. La madre de Rehn, Margaret, tenía una vida que le daba envidia. Y una carrera gratificante. Tres hijos hermosos. Y un marido cariñoso.


Sí, Margaret lo tenía todo. Igual que ella si se casaba con pedro.


Sacó el anillo del bolso y se lo puso. Había sido una tonta en dudar de Pedro. Su vida estaba en alza y por cómo se presentaban las cosas, sólo podía mejorar.


Pedro miró el reloj de pared y se preguntó cuándo iba a marcharse Jake. Paula y Emma regresarían en un momento y quería que su amigo ya no estuviera en casa.


Pero en vez de levantarse para irse, Jake se reclinó en el sofá como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.


—Bueno, ¿cómo está nuestra niñera favorita? ¿Vamos a escuchar campanas de boda pronto?


Pedro no quería discutir su compromiso con Jake, pero tampoco quería que se enterara por otro y sacara todas las conclusiones equivocadas.


—De hecho, sí —repuso tras una larga pausa—Anoche le pedí a Paula que se casara conmigo.


Paula se detuvo en el vestíbulo, justo ante el comedor. Había visto el coche de Jake y planeaba escabullirse arriba sin que la vieran, pero al oír su nombre, no pudo contenerse de escuchar. ¿Le diría a Jake que la amaba?


Contuvo el aliento.


—¿Aceptó? —quiso saber Jake.


—Sí.


Paula sonrió al oír la satisfacción en la voz de Pedro.


—Bien hecho, amigo —felicitó Jake—. No pensé que lo consiguieras.


Paula frunció el ceño. ¿Conseguirlo?


—Cuando dijiste que ibas a lograr que se enamorara de ti, no estaba seguro de que pudieras conseguirlo —continuó el otro—. Pero tú estabas decidido.


—Jake... — comenzó Pedro.


—Claro que te jugabas mucho en ello —afirmó Jake—. Tus suegros ya no van a tener ni una posibilidad de quedarse con Emma si te pasara algo. En especial si haces que Paula la adopte.


A Paula se le disparó el corazón. Las rodillas se le aflojaron. Apoyó una mano en la pared para estabilizarse. ¿La proposición había formado parte de un plan?


—No es por eso... —dijo pedro.


—Claro que no —interrumpió Jake con risa sardónica—. Como ya te he dicho, por el precio de un anillo y una licencia matrimonial, consigues una niñera, un ama de llaves y alguien que te caliente la cama. Me alegro de que al fin me escucharas. Dime, ¿qué tal es en la cama? ¿Buena?


Pedro murmuró algo que Paula no pudo oír. Pero no importaba. Había escuchado bastante. Contuvo un sollozo al recordar las palabras de Angela acerca de los motivos de Pedro para casarse.


La proposición de Pedro no había tenido nada que ver con el amor.


Sobrellevar el resto del día le requirió hasta el último gramo de fuerza. Si tan sólo fueran Pedro y ella, habría hecho la maleta, le habría tirado el anillo a la cara y habría salido de la casa sin mirar atrás. Pero por Emma, tuvo que fingir que no había escuchado la conversación de pedro con Jake.


Pegó una sonrisa en la cara, preparó la cena y soslayó los comentarios provocativos y las miradas coquetas de Pedro. Cuando llegó la hora de que Emma se fuera a la cama, le pidió a Pedro si podía acostar ella a la pequeña. Por la expresión complacida que le dedicó, supo que creía que había tomado la decisión de hablar del compromiso con su hija. No vio razón alguna para corregirlo.


Emma le suplicó que le leyera un capítulo extra, y en vez de uno, le leyó tres. Saboreó cada momento, sabiendo que sería la última vez que iba a tener esa intimidad con Emma.


Al leer, los ojos se le llenaron de lágrimas. Cuando Emma lo notó, Paula lo achacó a la historia. Al final, cero el libro. Ya no podía postergar lo inevitable.



—Emma —carraspeó y juntó las manos para evitar que temblaran. Hizo todo lo que pudo para transmitir algo de entusiasmo en la voz—. Hoy tengo una noticia fabulosa.


Emma alzó la cabeza. A pesar de lo tarde que era, tenía los ojos brillantes y curiosos.


—¿Sí?


— Mmmm —forzó una sonrisa—. El restaurante me ofreció un puesto a tiempo completo.


—Eso es bueno —dijo la niña—. ¿Verdad?


—Muy bueno —el nudo en la garganta le dificultaba hablar. Adelantó la mano para apartar el cabello sedoso de la niña de su cara—. Por desgracia, va a consumir mucho de mi tiempo.


— Yo te ayudaré —afirmó Emma—. Soy una buena ayudante.


—Desde luego que lo eres —aseguró.


«Maldito Pedro por su erróneo intento de proteger a la niña».


Respiró hondo. La situación no seguía el camino que ella había esperado. Probó otra táctica.


—¿Te acuerdas de mi tía Verna? — Emma asintió—. Tiene una casa nueva y quiere que viva con ella.


Emma frunció sus pequeñas cejas.


—Pero tú vives aquí.


En ese momento, Paula habría dado lo que fuera para que todo —volviera a ser como solía ser... cuando Pedro sólo era su jefe y no su amante, cuando la vida era simple y fácil.


—Lo sé. Pero mi tía me necesita —tomó la mano de Emma—. Pero estaré tanto por aquí, que no tendrás la oportunidad de echarme de menos.


Las lágrimas se asomaron a los ojos azules de Emma.


—No quiero que te vayas.


Paula tragó saliva.


—Nos veremos todo el tiempo, lo prometo.


—Te quiero —la voz de Emma tembló.


—Yo también te quiero, princesa —le secó las lágrimas con el dorso de la mano—Eso jamás cambiará.


—¿Lo prometes?


Tuvo que contener un sollozo propio al ver la confianza en los ojos de Emma.


—Lo prometo. Siempre estaré en tu corazón — afirmó—. Y tú siempre estarás en el mío.


Se inclinó, besó la frente de Emma y las lágrimas de ambas se mezclaron. Permaneció sentada en la cama mucho rato, acariciando el cabello de la pequeña


y murmurándole palabras de seguridad hasta que se quedó dormida.


Si hubiera un modo en que pudiera quedarse y retener su dignidad, lo haría por el bien de Emma. Pero ésta merecía un mejor modelo que el de una mujer que había dejado que un hombre la usara.


También ella merecía algo mejor. Razón por la que después de decirle a Pedro lo que pensaba de él y de su engaño, se marcharía de allí.


Pedro estaba en su sillón predilecto con los dedos cruzados detrás de la cabeza. Esperaba haber leído correctamente todas las señales y que Paula estuviera en ese momento arriba contándole a Emma lo del compromiso.


En las escaleras sonaron unas pisadas y el pulso de Pedro se aceleró. «Que empiece la celebración». Sabía que Paula no se acostaría con él, no estando Emma en la casa. Pero quizá pudiera robarle uno o dos besos...


La puerta del salón se abrió y Pedro se puso de pie con una sonrisa de bienvenida en los labios. Pero se desvaneció en cuanto vio las marcas que las lágrimas habían dejado en la cara de Paula. La expresión de ella dejaba bien claro que Emma no se había tomado muy bien la noticia.


—Lo aceptará —dijo, cruzando la habitación y sorprendiéndose cuando ella se apartó de sus brazos. Se dijo que debía de haber sido algo serio para que reaccionara de esa manera— Hablaré con ella.


—Creo que será lo mejor —dijo con voz fría y medida—. Pero primero tenemos que hablar tú y yo.


Pedro quiso tomarla en brazos y reafirmarla, decirle que todo saldría bien, pero la postura rígida y los brazos cruzados de ella aconsejaban otra cosa.


—Me voy —dijo paula— Conozco a una mujer mayor que estará encantada de ayudarte mientras encuentras a alguien permanente para Emma.


La mente de Pedro se afanó por encontrarle algún sentido a lo que ella decía.


—¿Irte? —frunció el ceño desconcertado—¿Quieres decir hasta después de la boda?


—No va a haber ninguna boda —afirmó impasible.


Era una locura. Emma adoraba a Paula. Fuera lo que fuere lo que hubiera dicho para atribularla, no podía sentirlo.


—¿Qué te ha dicho Emma?


—Esto no tiene nada que ver con ella —elevó la voz— Es sobre ti y el motivo por el que quieres asarte conmigo.


A Pedro se le heló la sangre.


Había escuchado su conversación con Jake. No podía haber otra explicación. Intentó recordar qué había dicho Jake, y la respuesta que él mismo le había dado, pero en ese momento las emociones en conflicto le bloqueaban el cerebro.


—Sé lo de los abuelos de Emma y tu miedo a que si te pasara algo pudieran conseguir su custodia —expuso cuando él guardó silencio.


—Ése no es el motivo por el que te pedí que te casaras conmigo —las palabras salieron de sus labios como con vida propia—. Reconozco que pudo haber hecho que empezara a pensar en el matrimonio, pero no es el motivo por el que te lo pedí —ella abrió la boca, pero luego la cerró, y la indecisión momentánea le dio esperanzas. Le señaló el sofá—. ¿Por qué no te sientas y hablamos?


Sin embargo, Paula ni siquiera miró en esa dirección.


—Sólo tengo una pregunta.


—Lo que sea —lo animó el constante diálogo. Si podía hacer que continuara hablando, sabía que podrían solucionar las cosas.


—¿Me amas, Pedro? —lo miró a los ojos—. No como amiga, sino como un hombre debería amar a la mujer con la que quiere casarse.


Pedro trató de convencerse de que podía decir que sí sin que fuera una mentira. Paula le importaba mucho y comparada con algunos de sus amigos, sus sentimientos iban más allá de lo que parecían sentir por las esposas con las que compartían la vida.


Abrió la boca pero Paula se adelantó.


—Como amaste a Melody.


«Maldición».


¿Por qué había tenido que sacar a Melody? Lo que había sentido por su esposa había sido algo que se daba una vez en la vida.


—Paula, yo... —alargó la mano, pero la dejó caer—. Sabes lo que sentía por Mel.


Paula esbozó una sonrisa leve y triste.


—Yo también quiero eso. Quiero a alguien que esté loco por mí. Alguien que no pueda vivir sin mí.


Los labios comenzaron a temblarle. Tragándose un sollozo, giró en redondo y corrió pasillo abajo.


—No te vayas. Por favor —fue tras ella con el corazón en un puño. El pánico aumentó cuando vio sus maletas en la cocina—. Podemos hacer que funcione.


—Podríamos —se volvió hacia él con los ojos llenos de dolor—. Pero no lo haremos. No pienso pasar mi vida ocupando el segundo lugar después de una mujer muerta.


—Tú no... —calló.


—Yo también tengo sueños —le dijo—. Cosas que son importantes para mí.


—¿De qué hablas?


—Del trabajo en Chez Gtadines —alzó el mentón—. ¿Me preguntaste siquiera una vez qué era lo que yo quería hacer, qué me parecía mejor a mí?


El tono de acusación le sorprendió. Su temperamento se encendió.


—Creía que lo que querías era casarte —el dolor se mezcló con su furia—. Creía que te gustaba cuidar de nuestro hogar y estar conmigo. Pero eres igual que Melody. No te conformas con ser esposa y madre. Siempre quieres más.


No pudo creer que esas palabras hubieran salido de sus labios. No podía creer que las pensara.


—Quiero más — Paula lo miró a los ojos—. Quiero tu amor. Quiero tu apoyo. No tengo ninguno— Por eso el compromiso se cancela.

QUEDAN 3 CAPITULOS!!


jueves, 1 de mayo de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 15



PAULA bebió un sorbo de vino y contempló su mano. La luz en el restaurante italiano quizá no fuera la mejor, pero la piedra seguía brillando. Alzó la vista y vio que Pedro la observaba con una sonrisa.


—Tienes unos ojos preciosos —comentó—. Se tornan luminosos al mirar el anillo.


Paula se ruborizó y no supo cómo responder. Probablemente, él pensaba que estaba siendo ridícula, quedando atontada por un diamante. Pero no era sólo el anillo, era el sentimiento que había detrás.


—No era mi intención avergonzarte —le tomó la mano por encima de la mesa—. Me hace feliz verte tan entusiasmada. Yo también lo estoy. Vamos a tener un gran matrimonio.


Claro que iban a tener un gran matrimonio. Con el amor como base...


Los pensamientos de Paula se paralizaron. Cuando hicieron el amor, cuando él se declaró, cuando volvieron a la cama para celebrarlo, ni una sola vez Pedro había dicho. «te amo». Lo sabía porque había estado esperando que sellara su unión con esas palabras. Sin embargo, ¿cómo podían haber conectado de manera tan profunda en la cama si el amor no se hallaba en la base de su relación?


—Un dólar por tus pensamientos —le acarició el dorso de la mano con el dedo pulgar.


Se sintió culpable. Se suponía que era una celebración. No podía estropearla pensando quién iba a pronunciar primero esas dos palabras.


—Dímelos —dijo Pedro.


—Pensaba en mi conversación con Philippe —entonces, había temido tener que elegir entre el trabajo o Pedro y Emma; en ese momento, le hacía feliz saber que podría tenerlo todo.


Pedro le soltó la mano y bebió un poco de vino.


—No le dediques ni un momento más. Él se lo pierde.


—No lo entiendes —no pudo esconder la nota de orgullo en su voz—. Philippe me ofreció un trabajo a tiempo completo. Mis postres han tenido un gran éxito y me ha pedido que me ocupe de todos los postres del restaurante.


—Vaya —se pasó una mano por el pelo y se reclinó en la silla, pareciendo más aturdido que complacido por la noticia—. No sé qué decir.


—¿Qué tal «felicidades»? —la decepción por su falta de entusiasmo hizo que la voz le saliera más severa de lo pretendido—. Philippe podría haberle ofrecido el puesto a otra docena de chefs.


—Lo siento. Felicidades —dijo con tono sincero de disculpa—. No me sorprende que te quieran. Eres una chef estupenda.


El corazón de Paula se inflamó con la alabanza y sintió que su irritación se desvanecía.


—Gracias, Pedro.


Él se llevó una pieza de ravioli a la boca.


—¿Qué te dijo cuando lo informaste de que no podrías aceptarlo?


Paula estuvo a punto de atragantarse. Bebió un poco de agua y se irguió, tomándose un momento para recobrarse antes de contestar.


—¿No quieres que lo acepte? —la decepción sonó clara en su voz.


—¿De verdad lo estás tomando en consideración?


Obvió la sorpresa y la incredulidad en su voz y asintió.


Los ojos de Pedro se volvieron reservados.


—Necesitas hacer lo que es mejor para ti.


—No —apoyó los brazos en la mesa—. Ya no se trata sólo de mí. Cuando te casas, la felicidad de la otra persona debería ser tan importante como la propia. Diste por hecho que no aceptaría el trabajo. Necesito saber cuáles son tus reservas.


Con expresión aún reservada, Pedro se limpió las comisuras de los labios con la servilleta de algodón.


—Llámame egoísta, pero me gusta tenerte cerca. Como Emma está en el colegio todo el día, sé que has tenido más tiempo libre. Pero cuando nos casemos, esperaba que pusiéramos manos a la obra para darle a Emma un par de hermanos...


Calló y Paula se dio cuenta de que debía de parecer tan sobresaltada como se sentía.


—A menos que no quieras hijos —prosiguió él—. Nunca lo hemos hablado, pero sé lo mucho que te gustan los niños. Di por hecho que querrías tener uno o dos hijos...


Paula sintió un nudo en la garganta. Pedro quería que tuviera su hijo. Se llevó la mano al vientre liso. Se preguntó cómo sería tenerlo dentro. No pudo imaginar nada más hermoso que un bebé se creara a partir del amor que compartían.


Realmente la amaba. Las lágrimas le llenaron los ojos.


—Eh —él le tomó la mano—. Si no quieres...


—Me encantaría tener un bebé —la voz le tembló de emoción—. De hecho, quiero un montón de bebés. Un batallón.


—Bien —dijo aliviado—. Tema zanjado.


En la bruma feliz que la envolvía, Paula tardó un segundo en comprender que no sólo había aceptado tener un bebé, sino también abandonar su carrera. Experimentó un aguijonazo momentáneo. Aunque se quedara embarazada de inmediato, pasaría casi un año hasta que el bebé llegara. Durante ese tiempo, podría adquirir una gran experiencia en Chez Gladines. Por no mencionar unos contactos que podrían ser inapreciables si elegía continuar con su propio negocio de catering.


—¿Quieres ir a casa y que hagamos un bebé esta noche?


La voz profunda de Pedro atravesó la niebla densa.


Aturdida, alzó la vista. El calor de su mirada le quemó la piel y le encendió las entrañas.


—Aún no estamos casados —dijo Paula.


Quedarse embarazada sería otro compromiso aún mayor. Aunque en ese momento, meterse en la cama y concebir un bebé era lo que quería hacer.


—No hay problema —dijo Pedro—. Podemos sacar la licencia mañana y casamos al día siguiente. A menos —añadió como una ocurrencia tardía—, que quieras una ceremonia grande.


Por el modo en que lo dijo, quedó claro que no sería lo que él preferiría. Mientras una parte de ella quería una boda grande con un vestido blanco de cola larga, la parte sensata le dijo que eso sería una tontería. Aparte de la tía Verna, no tenía familia y apenas un grupo de amigos.


—No —convino—. Pero sí quiero casarme en una iglesia y celebrar una pequeña recepción.


—Podemos conseguir la licencia esta semana — dijo él—. Y casarnos el fin de semana.


A Paula le dio vueltas la cabeza, incapaz de asimilar la idea de que a esa misma hora la semana siguiente, sería la esposa de Pedro.


A la mañana siguiente volvieron a hacer el amor, sabiendo que sería la última vez hasta después de la boda. Una vez que Emma regresara de la casa de la amiga, los dos se quedarían en sus respectivos dormitorios.


Después de vestirse, Paula iba a dirigirse hacia la puerta, pensando ya en lo que iba a preparar para comer, cuando Pedro le tomó la mano.


—No tan rápido —sonrió—. ¿Qué te parece si vamos a la pastelería? Podrías tomar una de esas magdalenas de chocolate que tanto te gustan y yo sentarme a admirar tu belleza bajo las luces fluorescentes.


Paula rió ante el absurdo cumplido.


—Sería como una cita —comentó con alegría.


La mano de él le coronó la mejilla y le dio un beso leve en los labios cálidos.


—Una cita con mi casi esposa.


Paula se sintió encantada. Usaba esa palabra como si le gustara el sonido tanto como a ella. Ese día empezarían a anunciarlo. Ella llamaría a la tía Verna. Pedro a su madre y a los padres de Mel. Entonces sería oficial.


Una vez en la calle, hacía una temperatura agradable y sobre su cara brillaba el sol. Hasta la brisa tenía cierta calidez.


Caminar por la calle tomados de la mano hizo que la embargara la felicidad. Tuvo ganas de silbar. Si hubiera tenido mejor voz, tal vez se habría animado a ponerse a cantar.


Impulsivamente, se—detuvo y se acercó a Pedro. Lo abrazó y le dio un beso prolongado en los labios.


—Vaya —dijo él con una amplia sonrisa—. ¿Y eso a qué se ha debido?


—A que me siento muy feliz —respondió Paula.


Pedro le acarició la mejilla con un dedo.


—Yo me siento igual.


Le tomó la mano y continuaron así calle abajo.


—¿Sabes lo que es una locura? —preguntó Paula después de que hubieran recorrido otra manzana—. Cuando la gente solía hablar de encontrar su alma gemela, siempre me parecía una idea sensiblera. Pero ahora lo entiendo. Es exactamente lo que yo siento por ti.


Pedro le apretó los dedos de la mano, pero no tuvo la oportunidad de hablar porque habían llegado a la pastelería y con galantería se adelantó para abrirle la puerta a la mujer que tenían delante.


La mujer, una morena escultural con destellos de gris en el cabello, giró la cabeza. En vez de cruzar la puerta, hizo una pausa y esbozó una amplia sonrisa.


—Vaya, Pedro Alfonso, qué sorpresa —le dedicó un guiño exagerado—. Nuestro segundo encuentro en dos días.


A su lado, Paula sintió que Pedro se ponía rígido, aunque la sonrisa que mostraba era cálida.


—Me alegro de verte otra vez.


Paula había conocido a casi todos los amigos de Pedro, pero esa mujer no le resultaba familiar en absoluto. Esperaba pacientemente junto a Pedro que éste realizara la presentación. Así como Pedro siempre mostraba unos excelentes modales, no realizó intento alguno de presentarla. De pronto Paula pensó que debía de haber olvidado el nombre de la mujer.


—Hola —saludó Paula con cordialidad, adelantando la mano—. Me llamo Paula Chaves.


—Lo siento —Pedro se recobró con presteza—. Paula, te presento a Angela Bartgate. Antigua vecina.


—Encantada de conocerte, Paula —le estrechó la mano con sonrisa abierta y amigable.


Una ráfaga de viento sopló el pelo de Paula sobre su cara. Cuando alzó la mano para apartárselo, Ángela se quedó boquiabierta.


—Qué anillo tan deslumbrante —comentó.


Paula alargó los dedos con gesto de orgullo. La piedra soltó destellos de color a la luz del sol.


—Perteneció a la abuela de Pedro.


—Es precioso. He de decir que es toda una sorpresa. Pedro y yo nos encontramos ayer por la mañana y no me dijo ni una palabra de que estaba prometido.


Paula rió.


—Porque aún no me lo había pedido.


—Pronto estaréis recién casados —los ojos de Angela se suavizaron—. Recuerdo cuando mi marido y yo nos casamos—Ángela comenzó a recordar y, de algún modo, los dos se encontraron sentados con ella.


Pedro parecía inusualmente silencioso. O quizá era porque Angela hacía preguntas y Paula las respondía. Aunque de vez en cuando aportaba un comentario o alguna anécdota. En un momento, miró la hora.


—Vamos a tener que irnos —dijo—. Le dije a Ted que pasaríamos a recoger a Emma.


Acababa de terminar cuando sonó su teléfono móvil. Lo sacó del bolsillo y miró la pantalla.


—Necesito aceptar la llamada —se puso de pie—. Si me disculpáis...


Se dirigió al extremo del local, donde había más mesas vacías y menos ruido. Los ojos de Paula no fueron los únicos en seguirlo. Descubrió que varias mujeres lo miraban. Las mujeres siempre notaban la presencia de Pedro.


«Pero me eligió a mí».


Aún no se lo creía. Podría haber tenido a cualquier mujer.


—Lo amas.


Controló sus pensamientos y alzó la vista, descubriendo que Ángela la observaba. Pensó en negarlo, pero decidió que sería ridículo. Pedro era su prometido. Se suponía que el amor formaba parte de la ecuación.


—Lo amo —reconoció—. Tardé un tiempo en comprenderlo, pero creo que lo amo desde hace tiempo.


Angela mostró una expresión pensativa.


—El también te ama.


—¿Qué te hace estar tan segura? —aunque el corazón le palpitaba con fuerza, logró soltar una risa ligera—. Aparte del anillo que llevo en el dedo, por supuesto.


—El modo en que te mira —respondió la otra—. Mi marido, Tom, solía mirarme así.


Paula sintió una cálida oleada de placer que acalló sus temores.


Angela movió la cabeza.


—Pero no puedo creer cómo me engañó.


—¿Tu marido?


—No, tu prometido. Ayer, cuando hablé con Pedro, me hizo creer que su siguiente matrimonio se basaría en el pragmatismo, no en el amor. Y he aquí que ahora aparece locamente enamorado y prometido.


Paula sintió un nudo en la garganta. «¿Pragmatismo?». ¿Acaso Pedro había estado fingiendo con Ángela? ¿O era lo que realmente sentía?


Angela tomó las dos manos de Paula.


—Soy muy feliz por vosotros dos.


Una sonrisa débil fue la única respuesta que pudo dar.


¿Muy feliz?

Así era como debería sentirse ella. Pero jamás se había sentido peor.


Ultimosss 4 capitulos!! 


domingo, 27 de abril de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 14



PAULA despertó antes del amanecer sin saber si podía moverse, menos aún levantarse de la cama.


El edredón estaba en el suelo. Tenía el vago recuerdo de que Pedro los había tapado con la sábana, que en ese momento estaba a sus pies.


Pero no tenía frío.


Posó la vista en el hombre que dormía profundamente a su lado. Se hallaba boca abajo, con un brazo sobre su cuerpo, la mano justo debajo del pecho desnudo, los dedos abiertos y relajados.


Pedro había sido un amante asombroso. Tierno y gentil un momento, lujurioso y exigente al siguiente. Sólo había estado con otros dos hombres, y con ambos había sido una participante pasiva.


«Pero no anoche». Semejante pérdida de control no era típica de ella. Era una mujer quieta. Reservada. Y según su último novio, de libido baja. No era el tipo
de mujer que dejara marcas de pasión en la espalda de un hombre.


Demoró la mirada sobre el rostro durmiente de Pedro. Parecía más joven en el sueño.


Pero así como necesitaba creer que él había sentido lo mismo que ella, sería una necedad proyectar demasiado en lo sucedido la noche anterior. Por el momento, el simple hecho de estar cerca tendría que bastar.


Se acurrucó contra él y dejó que sus párpados se cerraran.


Pedro contempló la forma durmiente de Paula. Aunque sería fácil atribuir lo sucedido entre ellos simplemente a un sexo estupendo, sabía que lo que habían compartido iba más allá de lo meramente físico.


Había habido una conexión entre ellos. Al tocarse, la confianza depositada en el otro no había conocido reservas ni incomodidades. Y a medida que las caricias se habían tornado más apresuradas, desesperadas, un caudal de emociones inesperadas había surgido en él.


Mirándola en ese momento, tan inocente, tan vulnerable, hizo que deseara acercarla y protegerla. Nadie podría cuidar de ella como él. Nadie sería tan bueno como él. Nadie.


Ya la había mantenido activa media noche y como se quedara en la cama mucho más rato, terminaría por despertarla para que pudieran hacer otra vez el amor. Nunca antes había experimentado a alguien como Paula. Y quena repetirlo. Una y otra vez. Pero se la veía tan apacible que no tuvo el ánimo de perturbarla. Con un último vistazo pesaroso a su bella durmiente, recogió su ropa del suelo y salió en silencio de la habitación.


Bajo el chorro caliente de la ducha, trató de darle algún sentido a sus emociones enmarañadas. Alzó el mentón y dejó que el agua le corriera por la cara. Ya no podía negarlo. Así como no quería llamar amor a lo que sentía, sabía que ella le importaba mucho. El sexo que habían compartido había hecho que comprendiera lo vacía y hueca que estaba su vida sin ella.


Había llegado el momento. Era hora de seguir adelante. De convertir a Paula en una parte permanente de su vida. De pedirle formalmente que se casara con él.


«Quiere tu amor», pinchó una vocecilla en su interior. «Paula merece estar con un hombre que la ame».


Desterró esa voz. Paula merecía estar con el hombre al que ella amara. Y todos los signos de la noche anterior apuntaban a él.


Antes de pedírselo, necesitaba un anillo. Pensó unos instantes.


El anillo de compromiso de su abuela.


Nunca había estado seguro del motivo por el que su abuela le había dejado el anillo a él.


Al prometerse, Melody ya había tenido un solitario engastado en reluciente platino, un anillo tan moderno como ella misma. El anillo de su abuela, con el intrincado trabajo de tallado, habría sido totalmente inapropiado para ella.


Pero no para Paula.


Paula era tradicional, y tanto sus joyas como su ropa reflejaban un tiempo más amable y gentil. Sonrió. El diamante llevaba seis años guardado en la caja fuerte del salón. Era hora de que viera la luz del día.


El sol entraba por las ventanas, calentando la cara de Paula. Se dio la vuelta y el brazo extendido sólo encontró una cama vacía. Abrió los ojos.


«No es posible que imaginara...».


Se sentó y el aire fresco le puso la piel desnuda de gallina. Tembló y se subió la sábana hasta la barbilla. Sonrió. No, lo sucedido la noche anterior no había sido un sueño.


La velada había sido una revelación. Siempre había respetado a Pedro. Siempre le había gustado. Pero la noche anterior se había dado cuenta de que lo amaba. Aunque sonaba bobalicón, y nunca lo había dicho en voz alta, al disfrutar del orgasmo al mismo tiempo, había sentido que al fin estaba completa.


—¿Paula?


Alzó la vista. El objeto de su afecto se hallaba en la puerta, la cara recién afeitada y el pelo aún húmedo de la ducha. También estaba... completamente vestido.


Sintió una oleada de decepción. Podía ser pleno día. Podían haber hecho el amor apenas unas horas atrás. Pero que el cíelo la ayudara, lo quería desnudo y de vuelta en la cama.


—Me preguntaba adonde habías ido.


—Había algo que necesitaba hacer —repuso con una ligera sonrisa. Clavó la vista en la sábana que en ese momento le cubría el pecho.


Los pezones de Paula se endurecieron. A medida que él demoraba la mirada, cada terminación nerviosa de su cuerpo comenzó a hormiguearle. Se sintió tentada a dejar que la sábana cayera para ver si podía inducirlo a quitarse la ropa.


—¿Te importa si me siento? —preguntó él con tono sexy.


—En absoluto —le hizo sitio y permitió que la sábana cayera levemente por su cuerpo.


La mirada de él no se apartó en ningún momento de su cara.


«Contrólate», se reprendió mentalmente Paula. «Anoche todo fue juegos y diversión. Hoy vuelve la normalidad».


—¿Has pensado en lo que quieres para comer? — se envolvió firmemente con la sábana—. Queda carne asada y...


Pedro le cerró los labios con un dedo.


—Luego nos ocuparemos de la comida —su mirada se tomó reflexiva—. He estado pensando en lo de anoche. No parecías tú misma.


A Paula se le heló la sangre. Como todo se centrara en sus gemidos altos, iba a taparse la cara con la almohada y no sacarla jamás para respirar. Nunca había sido demasiado demostrativa en el sexo. Pero no había podido evitarlo. Y menos con la habilidad sobrenatural de Pedro de encontrarle todos los puntos sensibles del cuerpo.


—Parecías distraída —añadió.


¿Distraída? Desde el instante en que la mano de él se había posado en su piel, había dispuesto de toda su atención. Su rostro debió de reflejar la sorpresa que la dominó, porque Pedro sonrió.


— Me refiero antes del masaje de espalda —aclaró—. Habías estado llorando.


Paula no quería recordar qué había tenido en la mente antes de perderse en el contacto de Pedro. Pero todo regresó con claridad. Los comentarios directos de la tía Verna. Y la llamada de teléfono.


Había estado entusiasmada y, al mismo tiempo, preocupada. Porque Pedro no se mostrara flexible y se viera obligada a realizar una elección que no quería hacer.


—Me había llamado Philippe, de Chez Gladines —dijo, luego calló. ¿Cuánto contarle? ¿Y era ése el momento más apropiado? Después de todo, no había tenido oportunidad de considerar la oferta y decidir qué era lo que ella quería hacer.


Evidentemente malinterpretando la incertidumbre en sus ojos, Pedro se inclinó y le tomó la mano.


—¿Malas noticias?


—Inesperadas —suspiró—. Desconcertantes.


—Han sido unos tontos en dejarte ir —cerró los dedos en tomo a los suyos—. Yo no voy a cometer el mismo error.


—Creo que no lo entiendes — comenzó Paula —. No me...


—Porque yo sé la joya que eres —continuó Pedro  como si ella no hubiera hablado—. Eres una mujer maravillosa. Inteligente. Divertida. Por no mencionar increíblemente sexy.


Cuando le pasó un dedo por el borde de la sábana, Paula se olvidó de Philippe. Cuando le tomó el mentón y le cubrió la boca con la suya, se olvidó de todo menos de él. Fue un beso delicado, dulce, pero Paula estaba con ganas de cosas picaras, atrevidas, no amables. Agarró la cabeza de pedro y profundizó el beso.


Él respondió de inmediato y ella se deleitó con el calor húmedo y la exploración lenta y penetrante de su lengua. Le devolvió el beso de la misma manera. Intenso y desinhibido.


Igual que la noche anterior, la habitación dio vueltas.


Un ronroneo de placer escapó de su garganta.


—No me canso de ti —susurró Pedro sobre su cabello cuando ella se apartó.


Paula le acarició la mejilla y le pasó el dedo pulgar por el labio inferior, con la mirada clavada en sus ojos.


—Yo siento lo mismo.


—Tienes que saber lo mucho que me importas — comentó con voz súbitamente ronca—. No hay nada que no hiciera por ti. 

A Paula se le desbocó el corazón. Al hablar, la voz sonó como si procediera de muy lejos.


—¿Qué estás diciendo, Pedro?


—La noche pasada me dio esperanza —expuso—. Esperanza de que yo te importara más que un simple amigo.


Paula notó la elección de palabras. «Importar», no «amar». Aunque debía reconocer que para los dos representaba un territorio virgen.


—Me importas, Pedro. Mucho —intentó no leer demasiado en las palabras de él—Sin duda sabes que no soy el tipo de mujer que se acuesta con un chico a menos... que me importe.


Una expresión de alivio cruzó por la cara de él.


—Esperaba que ese fuera el caso.


Se movió y llevó la mano al bolsillo. Al sacar un pequeño estuche de terciopelo y abrirlo, Paula se quedó boquiabierta.


Sin vacilar, Pedro se levantó de la cama y se apoyó en el suelo sobre una rodilla.


—Paula Chaves, ¿querrías hacerme el honor de ser mi esposa?


La habitación dio vueltas de forma vertiginosa. Durante un segundo, Paula se preguntó si se trataba de otra de sus vividas ensoñaciones.


Parpadeó una vez.


Pedro seguía allí.


Volvió a parpadear.


Pedro no se había movido.


El corazón le dio un vuelco al ver en los ojos de él esperanza mezclada con una sana dosis de incertidumbre.


Paula titubeó un momento, preguntándose qué había provocado esa inesperada proposición. A menos... que su reciente proximidad hubiera hecho que Pedro se diera cuenta de lo que el corazón de Paula sabía desde hacía mucho.


Clavó la vista en el diamante antiguo. El amor afloró desde lo más hondo de su corazón y salió de sus labios.


—Sí, oh, sí, me casaré contigo.


Pedro esbozó una sonrisa amplia y le puso el anillo en el dedo.


Encajaba a la perfección.


«Como si hubiera sido hecho para mí».


Decidió que era una señal de que Pedro y ella estaban hechos el uno para el otro.


No podía quitar la vista del anillo, su anillo. Le encantaba cómo centelleaba a la luz, cómo el trabajo de orfebrería le recordaba a una época pasada. Pero, por encima de todo, le encantaba y amaba al hombre que se lo había dado.


—Era de mi abuela —se apresuró a explicar, como inquieto por el escrutinio intenso al que ella lo sometía—. Si no te gusta...


—Me encanta —cerró la mano, protegiendo el anillo—. Lo querré para siempre.


«Te amaré para siempre».


La miró a los ojos.


—Lo dices en serio.


—Absolutamente.


—Se ve precioso en tu mano —afirmó él—.Tú te ves preciosa.


Paula contuvo el impulso de soltar una carcajada. No recordaba la última vez que había sido tan feliz.


—Es un día maravilloso.


—Tienes razón —le tomó la mano—. Estoy impaciente por contárselo a Emma.


—Será una adorable dama de honor.


En el rostro de Pedro apareció una expresión de sorpresa.


—¿Quieres una boda grande?


Paula titubeó. Como la mayoría de las mujeres, desde que era pequeña había dado por hecho que tendría una boda completa. Pero al captar las reservas en Pedro, quiso que se sintiera libre para exponer sus preferencias.


—No estoy segura —repuso—. Supongo que nunca lo pensé detenidamente.


—Grande o pequeña, depende de ti —se llevó su mano a los labios y le mordisqueó los dedos—. Siempre y cuando no requiera mucho tiempo organizaría. Tengo ganas de que seas mi esposa.


La inundó una abrumadora sensación de amor.


—Tengo ganas de que seas mi esposo.


Pedro sonrió.


—¿Quieres salir a celebrarlo?


—Me encantaría —repuso—. Pero no hace falta que salgamos. Llevó los dedos a los botones de su camisa—. Podemos hacerlo aquí mismo.


Ultimos 5 capitulos!


martes, 22 de abril de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 13



DESPUÉS de llevar a Emma hasta la casa de su amiga, se quedó a tomar una cerveza y admirar las obras que habían hecho en la casa. Cuando el partido de fútbol apareció en la pantalla grande, pareció una grosería no quedarse a tomar otra cerveza. Pero a medida que el sol comenzaba a ponerse, comprendió que era hora de regresar a casa. Ted lo invitó a cenar, pero tenía otros planes para la velada.


Al acercarse a casa, vio luz en la sala de estar y aceleró el paso. Se preguntó si Paula estaría interesada en salir esa noche. Quizá podrían ir al cine. Con Esteban aún fuera de la ciudad, no podría tener otros planes.


Apretó la mandíbula al pensar en el abogado arrogante, pero se recordó que se estaba ocupando de la situación. Cuando Esteban regresara, Paula sería su novia.


Abrió la puerta de atrás, esperando encontrar a Paula en la cocina. Pero estaba tan vacía como el comedor. Se encontraba en el pasillo cuando la oyó. El corazón se le paró.


Se apresuró en ir a la sala de estar. Ella alzó la vista cuando entró en la habitación y con rapidez se secó las lágrimas. Al ver la expresión de angustia en la cara de Paula, quiso besarla y desterrar lo que fuera que le atribulara. Pero incluso después de lo que habían compartido, tomarla en brazos parecía un gesto demasiado familiar. Se conformó con cruzar la sala y sentarse junto a ella en el sofá.


—Cuéntame qué sucede.


—No es nada —sonrió—. Tengo demasiadas cosas en la cabeza.


De no ser por el hecho de que ella rara vez lloraba, tal vez la hubiera creído. Trató de pensar en lo que podría haberle angustiado. Se encontraba de bueno humor al marcharse por la mañana. Entrecerró los ojos.


—Fuiste a ver a tu tía.


Bajó la vista a las manos antes de volver a alzarla.


—Sólo quiere lo mejor para mí —se llevó los dedos a las sienes—. Todo el mundo sólo quiere lo mejor para mí.


Pedro forzó un tono ligero.


—¿Y qué es?


—No importa —cerró los ojos y soltó un suspiro entrecortado. Luego se puso de pie—. Realmente me duele la cabeza. Me voy a la cama.


Pedro se incorporó, le pasó un brazo por los hombros y la guió hacia las escaleras.


—Métete en la cama y yo te llevaré un vaso de leche templada —Paula frunció la nariz—. ¿No te gusta la leche templada?


Ella negó con la cabeza e hizo un gesto de dolor por el movimiento.


—No mucho.


—De hecho, a mí tampoco —Pedro sonrió. La leche caliente había sido la cura de su madre para todos los males. Había sido lo primero que le había surgido en la cabeza—. ¿Qué te parece una aspirina? ¿Un Tylenol fuerte?


—Hay unos analgésicos en la encimera de la cocina —dijo—. Podría tomar un par más.


—Los subiré.


Paula se volvió hacia él y apoyó la mano en su mejilla; tenía los ojos suaves y luminosos.


—Gracias por ser tan amable conmigo.


La piel le hormigueó por el contacto y sintió la tentación de tomarle la mano y besársela. Pero se recordó que no se trataba de sus necesidades y deseos, sino de hacer que Paula se sintiera mejor.


—No te preocupes por nada —afirmó—. Ese dolor de cabeza se puede dar por desterrado.


Paula subió las escaleras con pies pesados como el plomo. Llorar había resucitado el dolor de cabeza. Al llegar a su habitación, fue directamente a la cama. Se quitó la bata y se metió entre las sábanas. Pero al tiempo que se decía que tenía que relajarse, su mente retornó al dilema que le obsesionaba.


Quería el trabajo pero también quería a Pedro y a Emma. Ya sabía lo que dirían la tía Verna y Esteban. Pero ellos no lo entendían. Pedro no era simplemente su jefe, era su amigo. Se preocupaba por ella. Y a ella le preocupaba él...


—Aquí tienes.


Alzó la vista y vio a Pedro de pie junto a la cama, con una bandeja en la mano. En vez de una caja de pildoras y un vaso de agua, había dos tazas de té y un plato con queso y galletitas.


Depositó la bandeja en la mesilla y le pasó las pastillas y el agua.


Paula se incorporó, se metió dos pildoras en la boca y las tragó con el agua. Aunque había tenido cuidado de moverse despacio, el martilleo en su cabeza explotó. Hizo una mueca de dolor y se llevó otra vez los dedos a las sienes.


Pedro se sentó en el borde de la cama.


—Deja que lo haga yo.


Se sentó tan cerca, que Paula pudo sentir el calor de su cuerpo.


—Está bien. Yo...


—Testaruda —cortó con una sonrisa. Le apartó los dedos y lentamente comenzó a masajearle las sienes.


Pasados unos minutos, el martilleo se mitigó. Parte del alivio se debía a las pildoras y al vino. Pero otra parte era decididamente por los dedos mágicos de Pedro.


—Es agradable —suspiró.


—Estás muy tensa —frunció el ceño—. Deja que pruebe a ver si puedo eliminar algo de la contractura.


Las manos se movieron a los hombros. Manipulando los músculos con sus dedos fuertes, trabajó en los nudos hasta que Paula suspiró con alivio.


Cuando los dedos se deslizaron por debajo de las finas tiras del top para concentrarse en los hombros, Paula recordó que estaba desnuda debajo de la prenda.


Tembló.


—¿Por qué no te echas? —dijo él—. Puedes taparte y entrar en calor mientras yo te masajeo el cuello.


—No tienes que hacerlo.


Pedro posó un dedo sobre sus labios, callándola.


—Como digas eso una vez más... voy a tener que...


«Besarte». Paula completó la frase para sus adentros antes de volverse rápidamente boca abajo. Se sintió levemente decepcionada cuando él la cubrió con la sábana.


—¿Tienes alguna loción? —preguntó Pedro.


—En el tocador.


Regresó en un segundo y, después de frotarse el líquido entre las manos, se puso a trabajar en sus hombros.


Ningún masaje que Paula hubiera experimentado con anterioridad le había afectado de esa manera. Los otros los habían administrado desconocidos, profesionales. No Pedro, que le desbocaba el corazón con sólo entrar en la habitación.


—Si quieres, también puedes frotarme la espalda —le dijo.


Las manos se quedaron quietas momentáneamente en su cuello y Paula no supo cuál de los dos estaba más sorprendido por el atrevimiento que acababa de mostrar.


—¿Quieres que lo haga por encima de la sábana? ¿O...? —comenzó él.


Paula se mordió el labio. ¿Se atrevía a manifestar su verdadera preferencia? Qué diablos.


—Si vas a utilizar la loción, tendrá que ser sobre la piel —mantuvo la voz átona, como si discutieran del menú en vez de que le metiera la mano por debajo del top.


—Piel, entonces —le bajó la sábana hasta la cintura y deslizó las manos por debajo de la prenda.


Paula contuvo un jadeo.


Las manos se movieron sobre su piel... subieron por los brazos, a lo ancho de los hombros, bajaron por la espalda. Fue la sensación más suave y tentadora que nunca había tenido, potenciada por el hecho de saber que era Pedro quien la tocaba con semejante delicadeza, semejante fuerza y firmeza.


Los pezones le hormiguearon y un anhelo de deseo hizo que se retorciera por dentro. Cada vez que los dedos bajaban por el costado de su cuerpo, pensaba que le encantaría que diera un rodeo hasta la parte delantera. Pero fue un perfecto caballero.


Pasados varios minutos, estaba lista para gritar de frustración.


Era amable.


Era solícito.


La estaba volviendo loca.


Quería más, pero no sabía si pedírselo sería inteligente. Después de todo, había muchas razones de peso para permanecer boca abajo fingiendo que sólo se trataba de un masaje de espalda.


Pero cuando Pedro se inclinó y le dio un beso en la nuca, tuvo suficiente. Sin brindarse la oportunidad de pensárselo dos veces, se dio la vuelta.


—Creo que necesito un masaje corporal completo con el fin de poder relajarme.


Fue una declaración osada, pero, para su gran alivio, no sintió que se le encendieran las mejillas. Pedro la miró a los ojos. Pudo ver sorpresa en ellos, pero también otra cosa. Una chispa de deseo ardiente que le reveló que ella no era la única que quería más.


El conocimiento la volvió todavía más atrevida. Forzó un tono provocativo.


—A menos que estés demasiado cansado. ¿O quizá te duele la cabeza?


Él le guiñó un ojo.


—Creo que dispongo del suficiente vigor para recorrer la distancia.


A Paula se le resecó a boca.


—¿Y qué me dices de tu dolor de cabeza? —añadió Pedro.


—¿Dolor de cabeza? —parpadeó y se dio cuenta de que las palpitaciones habían desaparecido—. Ya no existe.


—Estupendo —se inclinó y le rozó la boca con los labios.


Las sombras se habían ahondado y la lámpara de la mesilla los bañaba con una luz dorada, creando un mundo privado.


Pedro bajó los labios y al rato estuvo explorando la piel suave detrás de las orejas y el cuello, mientras con las manos le masajeaba los hombros y los brazos.


—¿Te gusta eso? —murmuró.


—Oh, sí —suspiró—. Pero ahora en vez de tener frío, tengo calor.


Los ojos de él se oscurecieron.


—Quiero que estés cómoda —enganchó las tiras del top con un dedo—. Menos ropa podría ayudar.


—¿Y qué me dices de ti? —se humedeció los labios—. ¿No tienes calor tú?


Pedro no respondió. Se sentó, se desabotonó la camisa con rapidez y se la quitó antes de dedicarle una mirada expectante.


Sin apartar la vista del torso musculoso, Paula se quitó el top por la cabeza y lo lanzó por el aire.


Durante largo rato, Pedro simplemente miró.


—Eres preciosa —musitó—. Podría estar mirándote toda la eternidad.


—Más —pidió, aunque no habría sabido exponer si quería que la tocara o que le dijera cosas bonitas.


Cada parte de su cuerpo anhelaba el contacto de Pedro, las caricias. Justo cuando pensaba que iba a desmayarse de tanta tensión, le coronó los pechos con las manos y deslizó los dedos pulgares por los pezones excitados.


Soltó un gemido hondo y, agarrándole el pelo, tiró de él. Pedro dio la impresión de saber instintivamente qué quería, ya que enterró la cara entre la suavidad plena de sus senos. Le mordisqueó la piel suave y siguió con lametones lentos, húmedos y lujuriosos.


Paula jadeó encantada y clavó los dedos en los músculos de la parte superior de sus brazos mientras arqueaba la espalda, suplicándole en silencio más.


Abriendo la boca, succionó con fuerza mientras no paraba de lamerle el pezón. Ella cerró los ojos y se entregó a las sensaciones que le torturaban el cuerpo. Se dijo que era eso lo que había anhelado. Lo que había soñado.


No podía estarse quieta. Alzó las caderas y con los dedos entre su pelo, lo animó mientras él continuaba. El mundo parecía distante, disuelto, y Paula sólo era consciente de ellos dos mientras Pedro le brindaba la intimidad que su cuerpo y su alma ansiaban.


Los dedos de él se cerraron sobre las braguitas, que terminaron en el suelo en cuestión de segundos.



Paula levantó la vista y el pulso se le disparó al ver el fuego azul en sus ojos. Ningún hombre la había mirado jamás con semejante apetito, deseo. Pero sin importar lo mucho que la anhelara, no podía aproximarse a lo mucho que ella lo anhelaba a él. Enganchó los dedos en tomo a la cintura de los pantalones de Pedro.


—Fuera —exigió.


No tuvo que pedírselo dos veces. Sus pantalones y calzoncillos aterrizaron en un montón a su espalda, y se plantó ante ella en toda su desnuda gloria.


Ella abrió mucho los ojos. La lengua humedeció unos labios súbitamente secos. Era tan grande... Anchos hombros. Manos amplias. Enorme...


—Paula.


Esa sola palabra, pronunciada con voz ronca, sonó levemente a pregunta.


Ella quiso contestar, decir su nombre, pero sólo pudo abrirle los brazos. Entonces, fue hacia ella, reclinándola sobre las almohadas, abriéndole más las piernas con el ancho de sus hombros. Cuando presionó la boca abierta sobre la piel sensible del interior del muslo, Paula estuvo a punto de volar de la cama. La visión de la cabeza oscura entre sus piernas, el roce de la lengua humedeciéndola, le provocó un gemido profundo.


—Hueles tan bien... —susurró y el aliento cálido potenció la caricia—. Como las flores.


La llenó de besos por toda la pierna, por el vientre, y luego se apartó, dejándola trémula de necesidad mientras sacaba un paquete de celofán de la cartera que guardaba en el bolsillo de los pantalones y se preparaba para ella.


Paula se quedó quieta cuando la erección la rozó. Por primera vez sintió un leve temor en la periferia de la excitación. Hacía tanto tiempo... Y él era tan... magnífico.


Pedro debió de percibir su titubeo, porque se detuvo.


—Si no estás segura...


«Es Pedro», se recordó, haciendo a un lado las dudas, «y confío en él». Le rodeó los hombros con los brazos y pasó las piernas sobre las suyas.


—Te deseo —se alzó y movió las caderas contra las suyas en un ritmo sensual tan antiguo como el propio tiempo.


Ese mismo deseo lanzó toda cautela por la borda cuando la necesidad, descarnada y salvaje, regresó para consumirlos a los dos. La urgencia se incrementó, creció y se encendió, y luego estalló con ferocidad dentro de ella, con el nombre de Pedro en sus labios mientras le arañaba la espalda y se fragmentaba. La mantuvo pegada a él con las manos en las caderas mientras las embestidas se tornaban más profundas, fuertes y rápidas. Gimiendo, tembló violentamente, una y otra vez.


Al quedarse quieto, Paula lo abrazó por el cuello. El peso de su cuerpo la pegó contra el colchón. Sonriendo, se hundió en la suavidad y lo arrastró con ella.


—Te estoy aplastando —dijo Pedro cuando pudo volver a pensar, cuando pudo respirar otra vez. El corazón aún le atronaba en la cabeza, los pulmones todavía lo quemaban.


—No —lo abrazó con más fuerza—. No te muevas.


No habría podido hacerlo ni aunque en ello le fuera la vida. Ninguna experiencia lo había dejado tan extenuado, tan débil. Le costó levantar la cabeza y mirarla.


Tenía la cara encendida. Mientras la observaba, una sola lágrima cayó libre, trazando un sendero plateado por su sien antes de desaparecer en la suavidad color caramelo de su cabello.


El corazón se le contrajo.


—¿Paula? —despacio, ella alzó las pestañas—. ¿Estás bien? —musitó—. ¿Te he hecho daño?


—Sí. No. Yo... —con mano insegura, le tocó la cara—. Gracias.


Le tomó la mano y la pegó contra su boca.


—El placer ha sido todo mío.


—Ha sido increíble —ella aún parecía aturdida.


—Si alguna vez necesitas un masaje de espalda... —no concluyó y le dedicó una sonrisa traviesa.


La risa de ella creó todo tipo de sensaciones interesantes, ninguna de las cuales tuvo algo que ver con el humor. Pedro gimió al comenzar a ponerse duro dentro de ella.


—Otra vez —susurró.


Temblando, con las manos plantadas en sus hombros, Paula le dio lo que los dos querían.