jueves, 27 de marzo de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 5



PAULA apagó el motor del coche y se reclinó en el asiento, demasiado cansada para bajar. El reloj en el salpicadero ponía las doce menos cuarto. Su hora habitual para acostarse eran las diez y media y al empezar a bostezar mientras hablaban de los méritos de emplear licor, había sabido que era hora de irse a casa.



Al ir hacia la puerta, Esteban la había acercado. Luego le había preguntado si consideraría pasar la noche con él. Lo demencial fue que, por un segundo, se había sentido tentada a hacerlo. Hacía tanto tiempo...



Pero al final había dicho que no, asustada por la expresión sería en los ojos de él y por sus propios sentimientos ambivalentes. Además, sólo había un hombre al que quisiera de esa manera y la estaba esperando en casa.



La puerta del garaje descendió con suavidad y, suspirando, bajó del coche y fue hacia la entrada lateral.



A diferencia del apartamento de Esteban, con su aparcamiento subterráneo, la casa de Pedro se había construido a comienzos del siglo xx, cuando imperaban los garajes separados para carruajes.



Pero no le importaba la breve caminata hasta la casa. La temperatura había bajado un poco y el frescor otoñal era un bálsamo bienvenido del calor del coche. Pudo sentir cómo empezaba a despertar.



Además, le encantaba el jardín exuberante con sus grandes árboles y la fragancia fresca de las flores y la hierba cortada. Se detuvo ante la casa y respiró hondo, gozando con la belleza que la rodeaba.



Se juró que cuando se comprara una casa tendría un patio bonito. Recordaba demasiado bien el diminuto apartamento que había compartido con su tía después de que la dejara allí su madre y jamás regresara. Había tenido que jugar fuera, en el cemento...



Hizo a un lado el recuerdo y decidió que era una noche demasiado bonita para estropearla con pensamientos del pasado. Debería irse directamente a la cama, pero la atrajo la idea de sentarse durante unos momentos en uno de los sillones de madera en el porche cubierto de la parte de atrás.



Estaría tan apacible, tan...



—¿Qué tal ha ido tu velada?



La profunda voz familiar la frenó en seco. Pedro estaba sentado en uno de los sillones del porche. Podía contar con los dedos de una mano las veces que había estado despierto más allá de las diez y media una noche laboral.



—¿Dónde está Emma? —preguntó preocupada—. ¿Todo va bien?



—Está bien —se levantó y le abrió la puerta mosquitera—. La acosté sin ningún problema.



Paula suspiró.



—Entonces, ¿no pasa nada?



—¿Por qué piensas que puede haber pasado algo?



—Estás levantado —explicó—. Siempre estás acostado a estas horas.



—Tú estás vestida de fiesta —le recorrió el cuerpo con la mirada.



Paula captó sorpresa en su tono de voz y aunque no tenía nada de frío, experimentó un escalofrió.



Había sabido que saldría con Esteban. Pero había estado arriba cuando se marchó y era evidente que había dado por hecho que sería una velada de vaqueros y camiseta.



—Le hice la cena a Esteban en su casa.




—¿Te hizo cocinar? —preguntó con censura en la voz y ceñudo—. ¿Vestida de esa manera?



Paula soltó un suspiro exasperado y se sentó. ¿Qué les pasaba a esos hombres?



—No me hizo hacer nada —se descalzó—. Nos turnamos para preparamos respectivamente la cena un día por semana. A Esteban le gusta que sea algo formal. Hacer las cosas bien. Cree que potencia la atmósfera.



Incluso a la luz tenue del porche pudo ver la sorpresa en los ojos de Pedro. Abrió la boca, y luego la cerró.



Ella hizo una pausa, a la espera de que mostrara su desacuerdo. Después de todo, ése parecía ser el patrón entre los dos hombres.



—Estoy de acuerdo —convino Pedro.



—¿Sí?



—Por supuesto —confirmó con tono agradable.



Paula bajó los hombros y la última tensión que retenía abandonó su cuerpo. Al fin, ahí en ese sereno porche, volvía a estar en terreno familiar y podía relajarse.



Esa noche no había tenido la velada que había esperado. En vez de ser un amigo amable y solidario, Esteban había tratado de jugar la carta del novio. Odiaba aislarlo de su vida, pero no creía disponer de mucha más elección. Menos cuando sus sentimientos por Pedro se hacían cada vez más fuertes. Lo miró de reojo.



Pedro se había reclinado en el sillón y juntado las manos detrás de la cabeza en una postura relajada.



—¿Esteban vive cerca?



—No muy lejos —aunque no fuera muy elegante, Paula alzó el pie y se masajeó el arco. Los tacones finos y altos podían quedar muy bien, pero eran criminales—. Vive en uno de los apartamentos que hay en el muelle.



Apenas había terminado de hablar cuando Pedro movió el sillón hasta quedar frente a ella.



—Dámelos.



Paula abrió mucho los ojos.



—¿Perdona?



—Tus pies —dijo él—. Esa clase de zapato se cobra su precio. Solía masajearle los pies a Melody todos los días. Ponlos aquí.



Paula titubeó. Lo que le sugería era bastante íntimo. Antes de que tuviera la oportunidad de responder, él le tomó los pies y se los apoyó encima de los musculosos muslos.



—Ah... —con suavidad comenzó a masajearle un pie desde los dedos hasta los tobillos y cualquier palabra de protesta murió con un suspiro—. Eres increíble.



Pedro sonrió.



—Vaya, gracias. Mi objetivo es complacer.



Centró su atención en el talón y empezó a mover los dedos en círculos, con presión regular y firme.



Paula cerró los ojos y dejó que la recorrieran las oleadas de placer.



—Creo que nunca me has dicho cómo se gana la vida Esteban.

La pregunta pareció llegar desde una gran distancia. Sus párpados aletearon cuando él se centró en los dedos de su pie.



—Es abogado —completamente relajada, apoyó la cabeza en el respaldo del sillón—. Creo que ha llevado casos famosos, pero nunca he oído hablar de ellos.



Esteban le había hablado en más de una ocasión de sus casos, pero no debía de haber prestado mucha atención, porque en ese momento, con los dedos pulgares de Pedro presionando el arco de su pie, le era imposible recordar detalle alguno.



—¿Cuál es su apellido? —preguntó él en voz baja.



— Mitchell —gimió Paula—. Oh, Pedro, de haber sabido que vendría a casa para encontrarme con esto, jamás me habría quedado fuera hasta tan tarde.



—No pasa nada —dijo él con tono hipnótico—. La próxima vez recuérdalo... no hay mejor lugar que el hogar.



Un zumbido alto sonó en el oído de Paula, quien movió la mano para eliminar esa irritación; pero conectó con algo duro y de plástico.



Tardó sólo un segundo en darse cuenta de que no estaba en una playa lejana haciendo el amor con Pedro en la arena. Lo que sonaba era su nuevo despertador desde el suelo, que era adonde lo había enviado con el manotazo.



Jadeó. Debería haber soñado hacía una hora. El autobús pasaría a buscar a Emma en veinte minutos y Pedro, bueno, en ese momento tendría que depender de sí mismo.



Saltó de la cama, pero se detuvo casi al instante, oscilando un poco al tiempo que se llevaba una mano a la cabeza, que no cesaba de martillear. Sólo había tomado dos o tres copas de vino con Esteban, pero después de que Pedro hubiera terminado de masajearle el pie, había sacado una botella de Kendall Jackson y había bebido un par de copas más.



A diferencia de su madre, ella sí asumía la responsabilidad de sus propios actos. Pagaría el precio ese día. Jamás haría que sufrieran Pedro y Emma.



Sin prestarle atención a su cabeza, corrió al cuarto de baño. Después de echarse agua fría en la cara, se cepilló el pelo y se lo recogió en una coleta. Un segundo más tarde, el pijama terminó en el suelo. Se puso unos pantalones cortos de gimnasia y un jersey de algodón, se vistió mientras iba hacia la puerta y de camino recogió unas chanclas. Luego bajó las escaleras de dos en dos.



Emma se hallaba de pie en una silla, con una caja de cereales pegada al pecho. Al ver a Paula, sonrió y alargó los Cheerios.



—Mira lo que tengo —al alargar la caja, se desequilibró.



Con el corazón en un puño, Paula cruzó el cuarto en tres zancadas y tomó a la pequeña en brazos. Al ver la expresión tan satisfecha de Emma, no tuvo valor para regañarla por lo que acababa de hacer.



—Los cereales a mí también me parecen bien —la depositó en el suelo—. ¿Qué te parece si sacas los manteles individuales del cajón y yo saco la leche y el zumo?



—¿Hay sitio a la mesa para uno más?



Paula desvió la vista y el corazón le dio un vuelco al ver a Pedro en el umbral, con unos pantalones caquis y un polo. Su aspecto respondió una de sus preguntas. Era evidente que ese día trabajaría desde casa.



—Hay un montón de espacio —dijo Emma—. Y tenemos una caja entera de Cheerios.



—¿Queréis que preparé unas tostadas con huevos y beicon? —inquirió Paula. A diferencia de su hija, Pedro no era un gran aficionado a los cereales.



—Los Cheerios me parecen bien.

—Emma, trae un individual más para tu padre — miró a Pedro—. ¿Café esta mañana?



—Extrafuerte —en sus ojos azules centelleó un fulgor travieso—. Anoche alguien me mantuvo despierto hasta tarde.



Durante un segundo, se permitió creer que pedro coqueteaba con ella. Pero en cuanto los aromas del desayuno impregnaron la cocina, había vuelto a tener sus emociones, por no hablar de los pensamientos necios, bajo control.



Poco después, el cereal y el zumo, junto con unas tazas humeantes de café para Pedro y ella, estuvieron en la mesa.



Emma apenas había terminado su ración de cereales cuando sonó La bocina del autobús del colegio. Bebiendo un sorbo rápido de zumo de naranja, apartó la silla



—¿Puedo irme?



Paula estudió a la pequeña.



Iba impecable, tanto por el pelo como por el uniforme azul marino.



Le sonrió y asintió su aprobación.



—Adiós, papá —le dio un abrazo rápido a su padre—. Adiós, Pau.



La bocina volvió a sonar y Emma recogió la mochila y salió a la carrera. A sólo unos pasos por detrás, Paula se acercó a la ventana amplia del recibidor. Observó a la pequeña subir al autobús antes de regresar a la cocina.



Se detuvo en el umbral, sorprendida de ver que pedro aún estaba sentado, leyendo el periódico. Por lo general, cuando trabajaba en casa, subía a su despacho en cuanto Emma se había ido al colegio. Alzó brevemente la vista al entrar ella, dedicándole una sonrisa distraída. Paula metió los cuencos y los vasos en el lavavajillas antes de rellenar la taza de Pedro con café y volver a sentarse a la mesa.



Acercó la taza de café a los labios y lo miró.



—Doy por hecho que hoy trabajarás desde casa.



—De hecho, he decidido tomarme el día libre — alzó la vista del diario—. ¿Quieres hacer novillos conmigo?



La sorpresa de ella debió de reflejarse en su cara, porque Pedro rió entre dientes.



—Necesito quemar algo de tiempo antes de fin de año. He pensado que podríamos ir a Long Grove a ver tiendas de antigüedades y quizá comer allí. ¿Qué te parece?



Paula dejó su taza en el plato, sorprendida por la estabilidad de su mano. ¿Alucinaba o Pedro acababa de invitarla a salir? Lo miró. Así como no estaba segura de lo que había esperado ver, se sintió decepcionada al captar sólo amistad en los ojos de él.



—¿Paula?



No había nada especial en su agenda ni la mitad de atractivo que pasar un día en Long Grove.



Le encantaba la pequeña comunidad con su atmósfera folclórica y las innumerables tiendas de antigüedades que Cenia. Las pocas veces que había ido allí no habían sido suficientes.



¿Pero ir con Pedro?



Experimentó una descarga de placer al pensar que sería su acompañante. «No», se recordó con firmeza, «si vamos juntos, únicamente será como amigos».



Bebió un último sorbo de café.

—Dame unos minutos para refrescarme y hacer algo con este pelo.



—Se te ve bien —ladeó la cabeza y la inspeccionó—. De hecho, mejor que bien.



Se le encendió la piel bajo el calor de so mirada, pero no albergó ninguna ilusión. Sabía que no era hermosa como lo había sido Melody. Apartó la silla y se puso de pie.



—Dame veinte minutos —dijo por encima del hombro de camino a las escaleras.



Pedro no dijo nada. Cerró las manos en torno a la taza, se reclinó en la silla y clavó la vista en la mezcla de café colombiano.



La noche anterior Paula había llegado casi a medianoche. Cenar con alguien que sólo era un «compañero» de cocina jamás habría durado tanto. Se había equivocado al pensar que el Hombre Lasaña no era una amenaza. Aún no podía creer que Esteban Mitchell fuera el «amigo» de Paula. El abogado era bien conocido en los círculos legales de Chicago y tenía fama de conseguir lo que quería, ya fuera la absolución de un cliente o a alguna joven encandilada por su encanto.



Había asistido a un par de fiestas grandes en las que había estado Esteban. Así como nunca los habían presentado, sí había notado que en ningún momento había carecido de atención femenina. Sería tan fácil para alguien como Paula ser engañada por un hombre así... Un hombre que conocía todas las cosas adecuadas que decir para llevarse a una mujer a su cama.



«Quizá ya lo ha hecho...».



Apretó los labios y los dedos en torno a la taza hasta que los nudillos se le pusieron blancos.



A pesar de lo ofensivo que era, dejó que la idea se filtrara en su mente. ¿Era posible que Paula y Esteban ya fueran amantes? Así como era. posible, tras un momento de reflexión seria, llegó a la conclusión de que la relación entre ambos no había llegado a ese punto... aún.



Pero ¿por qué iba a ser paciente alguien como Esteban? A menos... que se hubiera enamorado de Paula. Paula era la clase de mujer con la que un hombre se casaba, no sólo salía. Pensó que tal vez debería preocuparle que todavía no hubieran tenido sexo. No obstante, la simple idea de Esteban besando a Paula le puso los pelos de punta. No podía darle más largas al asunto. Tenía que convencer a Paula de que el único sitio para ella estaba en esa casa, con Emma y con él.



Para convencerla, tendría que seguir el camino del corazón y de las flores. Era el único modo de llegar hasta ella. Porque, y aunque ella se había empecinado en negarlo, él conocía la verdad. Paula Chaves era una romántica perdida. Los libros que leía siempre tenían un final feliz. Sus películas favoritas eran comedias románticas de las que se salía del cine de la mano y sintiéndose bien. Una mujer así no podría ser seducida por la pura lógica.



—Estoy lista.



Paula se hallaba en el umbral con una falda, un jersey ceñido y una sonrisa insegura. El pelo recién lavado resplandecía y debía de haberse aplicado algo de maquillaje, porque las pecas que tanto le gustaban apenas se notaban.



Pedro se puso de pie y le ofreció la sonrisa con la que había conquistado corazones desde la escuela primaria. Pero al hablar, lo hizo directamente desde el corazón.



—Estás absolutamente preciosa.

La vio sonrojarse.



-No sabía muy bien qué ponerme. No quería algo demasiado formal, pero como mencionaste que íbamos a comer, no quería algo demasiado sport.



El corazón de él se inflamó. Hablaba como lo hacía siempre que estaba nerviosa.



—Estás perfecta —avanzó y le tomó la mano—. Y vamos a pasar un día estupendo. Te lo garantizo.




lunes, 24 de marzo de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 4



ENTIENDO que estés alterada por la muerte de tu vecino en un accidente de coche —dijo Pedro con voz serena, apretando el auricular con fuerza.



Había mostrado su simpatía durante los primeros veinte minutos de la llamada de su suegra, pero empezaba a agotársele la paciencia. La última media hora no había dejado de hablar de George, el vecino, y de cómo no habría muerto si le hubiera hecho caso y no hubiera montado en la moto una vez que había oscurecido.



Tampoco ayudaba que él tuviera un fin de semana especialmente miserable. El viernes por la noche Paula había salido con Esteban y Emma se había mostrado malhumorada.



Ese día había pensado que quizá, después de desayunar, todos fueran a patinar junio al lago y quizá almorzaran en el Muelle de la Marina, pero una vez más Paula tenía planes con Esteban. No pudo evitar preguntarse si lo esquivaba deliberadamente...



—... por el bien de Emma.



Sobresaltado, descubrió que mientras sus pensamientos se perdían, Gwen había seguido sin parar.



—¿Qué has dicho sobre Emma? —relajó la mano en torno al auricular.



No había nada que le gustara más que hablar de Emma con los cariñosos abuelos de la pequeña. De hecho, en los últimos treinta minutos había tratado de llevar la conversación hacia Emma, pero sin éxito.



—He dicho que te cerciores de que en tu testamento nos nombres tutores de Emma si te pasara algo a ti.



—No me va a pasar nada —forzó una risa.



—Todos pensamos eso — indicó Gwen pero George no planeó morir, y tampoco mi hija.



Aunque Gwen jamás lo había manifestado de forma abierta. Pedro sabía que lo culpaba de la muerte de Melody. Ésta no se habría quedado embarazada una segunda vez si él no hubiera insistido en que quería otro hijo.



—Ya he cuidado de Emma —afirmó.



Un momento de silencio aturdido llenó la línea.



—Me sorprende que tu madre lo aceptara —dijo Gwen—. Con su nuevo marido y todo eso.



—De hecho, mi madre no pensó que tuviera la energía suficiente para una niña —se había sentido decepcionado pero había agradecido la sinceridad de su madre—. Una persona aquí en Chicago ha aceptado criar a Emma si me sucediera algo.



Después de que su madre se negara. Pedro se lo había pedido a Paula y ésta había parecido emocionada por el ofrecimiento.



—¿Una persona? —la voz de Gwen se alzó—. ¿De quién se trata? ¿La conozco?



Pedro titubeó. Gwen había sido rica toda la vida y en su mente una niñera era una criada y, como tal, nunca sería considerada una persona apropiada para ser tutora de su propia nieta.



—Emma tiene que estar con la familia —continuó ella cuando Pedro no respondió.



Gwen y Phil habían querido a su hija y querían a Emma. Por desgracia, podían ser duros e intransigentes en sus puntos de vista y no le cabía duda de que, con el tiempo y la oportunidad, acabarían por aplastar el espíritu delicado de Emma.



Incluso en ese momento, tenía que supervisar cómo interactuaban con su hija. Comparaban a Emma con Melody en todo momento y Emma jamás daba la talla.



—La decisión está tomada —afirmó Pedro—. No voy a cambiarla.




— Bueno, si sucede algo, ese amigo tuyo tendrá una pelea en los tribunales —la voz de Gwen sonó gélida—. No dejaremos que nos arrebaten a nuestra nieta. Y da la casualidad de que sé que los familiares tienen más peso en los casos de custodia.



Los nudillos de Pedro se pusieron blancos ante el manifiesto desprecio que mostraba por sus deseos.



«Vamos, Pedro, sé que pueden ser difíciles, pero muéstrate amable con ellos. Por favor, hazlo por mí».



El recuerdo del ruego familiar de Melody frenó su réplica seca. Se obligó a emplear un tono conciliador.



—Gwen, ha sido estupendo hablar contigo, pero he de irme —soslayó el murmullo de protesta . Saluda a Phil de mi parte.



Colgó antes de que pudiera soltar olía palabra — Aunque tenía mil cosas que hacer, no movió un músculo. Con la vista clavada en el teléfono, maldijo la arrogancia de su suegra y se preguntó qué diablos iba a hacer en ese momento.



Estaba sentado a la mesa de la cocina tratando de leer el diario, pero su mirada no paraba de desviarse hacia Paula. Había regresado de la tarde pasada con Esteban de buen humor. Tenía la piel rosada por el sol y los ojos verdes centelleaban como esmeraldas. Pensó que se la veía inusualmente bonita.



Al inclinarse para introducir la fuente en el horno, descubrió que miraba fijamente esos muslos suaves y las curvas redondeadas de sus pechos.



Respiró hondo. Se dijo que eso tenía que parar. Odiaba que su mirada se demorara en esas piernas largas y flexibles. Y no le gustaba notar el modo en que la blusa se ceñía a cada curva ni lo deliciosas que eran esas curvas.



Durante tres años había sido la niñera de su hija. Y de repente, se había dado cuenta de que también era una mujer.



Ajena a la agitación que estaba causando su belleza, Paula cerró la puerta del horno y se volvió.



—¿Te he dicho lo mucho que me gusta este horno de puertas dobles?



La blusa de algodón acentuaba los pechos plenos y generosos, y durante un momento fugaz, Pedro se preguntó cómo estaría desnuda. Se le resecó la boca y necesitó toda su fuerza de voluntad para sonreír y concentrarse en la pregunta.



—Sólo un millón de veces.



Ella rió.



—Creo que exageras un poco.



El sonido de su risa lo hizo sonreír. No tenía ninguna duda de que el motivo por el que se había sentido tan feliz en la casa tenía mucho que ver con la cocina. El año anterior la había restaurado por completo y Paula había supervisado la construcción. Como era ella quien principalmente la usaba, había resultado lógico que fuera Paula quien le diera el visto bueno a todos los electrodomésticos.



Había quedado encantada con los resultados acabados y en un momento de puro júbilo, le había rodeado el cuello con los brazos y lo había abrazado. El no le había dado mayor importancia. Después, Paula se había sentido avergonzada, pero Pedro lo había entendido. Acababan de entregarle su cocina soñada en bandeja de plata.



Pero en realidad no era su cocina.



Quizá por eso Paula seguía saliendo con Esteban. Era una mujer pragmática. El Hombre Lasaña quizá no le desbocara el corazón, pero podía ofrecerle compañía y un hogar propio permanente.



«Pero también yo...».



El pensamiento le sorprendió. Lo desterró pero de inmediato regresó como un bumerán. En esa ocasión analizó la idea. Paula y él compartían muchos intereses en común y, lo que era más importante, los dos adoraban a Emma. En cierto sentido, que se unieran tenía su propio tipo de lógica.




Miró la hora y fue al porche de atrás. Cuando Paula regresara a casa, la estaría esperando.



Paula miró por la ventana del apartamento con vistas al lago de Esteban Mitchel. Las luces de Chicago parpadearon. Toda la velada se había sentido hipnotizada por el paisaje.



Sonrió. Había sido una velada maravillosa, gracias a su gentil anfitrión. Se volvió para decírselo, pero antes de que las palabras pudieran salir de sus labios, Esteban alargó el brazo por la mesa del comedor y le tomó la mano.



No le sorprendió que él se dejara llevar por la atmósfera. Aunque no era esa su finalidad, la velada había adquirido un giro decididamente romántico. El cristal centelleaba a la luz de las velas y la música clásica de fondo potenciaba la atmósfera.



—La cena ha estado deliciosa —a la tenue luz, los ojos de Esteban parecían más negros que grises—. Realmente te has superado.



Paula resistió el impulso de retirar la mano. No es que le molestara estar así con Esteban, pero no quería que él se hiciera la idea equivocada. Después de todo, había hablado en serio cuando le dijo a Pedro que Esteban y ella sólo eran amigos de cocina. Aunque empezaba a dar la impresión de que Esteban podía llegar a querer más...



—Sencillamente fabulosa —musitó él, con la vista clavada en ella—. Tienes el toque perfecto.



Con el dedo pulgar le acarició la palma de la mano y a punto estuvo Paula de inhalar el Merlot que en ese momento bebía.



¿Qué estaba pasando? Las estrellas debían de hallarse en una alineación peculiar. Primero, se había encontrado casi babeando por Pedro, y en ese momento Esteban, que siempre había respetado los límites establecidos por ella, parecía decidido a adentrarse en territorio nuevo.



Tuvo la sensación de que parte de la culpa era suya. Dos semanas atrás, cuando Esteban la había llevado a un elegante restaurante francés, había mencionado por casualidad lo cansada que estaba de preparar las mismas comidas aburridas que eran las predilectas de Pedro y Emma. Para variar, anhelaba soltarse y probar recetas atrevidas y divertidas.



Esteban había aprovechado de inmediato la idea. Había sugerido que cada semana se turnaran en prepararse una comida elegida por ellos. La semana anterior él le había obsequiado una velada fabulosa de comida hindú.



Esa noche había sido el turno de ella para brillar. Pero cuando había aceptado el plan, no había tomado en cuenta dónde prepararía el plato cuando fuera su tumo. Después de todo, no podía usar la cocina de Pedro para agasajar a Esteban.



Al comentárselo a éste, él simplemente había sonreído y le había ofrecido que usara su casa. Por desgracia, la única noche viable para Esteban era la del domingo, día que por lo general Paula reservaba para Pedro y Emma. Pero Esteban se iba de la ciudad por negocios durante dos semanas y había insistido en que no podía esperar tanto tiempo para degustar la exquisitez que le iba a preparar.



—Paula —la voz profunda y ronca de Esteban la sacó de su ensimismamiento—. ¿Te he dicho lo hermosa que estás esta noche?



Paula alzó los ojos y vio los de él clavados en el escote del vestido azul de cóctel. El rostro se le encendió bajo la mirada de admiración de Esteban y se movió incómoda en la silla. Vestirse de manera formal para la cena había sido idea de Esteban. Ella lo había aceptado con renuencia, aunque había decidido aceptar la sugerencia.



Desde luego, había ayudado a establecer la atmósfera elegante y romántica. La primera vez que la había ¡levado allí, había quedado deslumbrada con la vista y el apartamento. En clase, él llevaba vaqueros y parecía otro entusiasta de la comida. Sí, había sabido que era abogado, pero no que fuera tan rico. O tan... atractivo.



El esmoquin que lucía resaltaba su complexión delgada y musculosa. Como Pedro, tenía el pelo oscuro y corto, pero en vez de ojos azules, los suyos eran de un gris penetrante. Podía entender por qué tenía tanto éxito en los tribunales. A esos ojos no se les escapaba nada.

—Me siento halagada —repuso. —No crees en mi cumplido —frunció el ceño desconcertado—. ¿Por qué?



En esa ocasión cedió al impulso y apartó la mano para retirarse con gesto nervioso un mechón de pelo extraviado.



—¿Hermosa? —forzó una sonrisa—. Vamos, Esteban. Hasta tú tienes que reconocer que los kilos extra y las pecas me sitúan en el abanico de mujeres agradables pero no hermosas.



Hizo la observación sin el menor atisbo de astucia y engaño. No buscaba más cumplidos. Sencillamente, exponía unos hechos contrastados.



No obstante, casi había esperado que Esteban lo discutiera. Pero él rió.



—No me extraña que me gustes tanto.



Otra vez el cambio al terreno personal. Y esa mirada encendida le dijo que si no la apagaba en ese instante, la situación podría tornarse incómoda.



—¿Te he dicho que Chez Gladines, en el Muelle de la Marina, se ha puesto en contacto conmigo para que les proporcione pastas francesas en fase de prueba? —no pudo contener la nota de orgullo—. Al parecer, su chef era una verdadera prima donna con un sueldo de escándalo. Cuando los dejó, decidieron darme una oportunidad.



Aunque el encargado del restaurante no había establecido ningún compromiso a largo plazo, al menos ya había introducido un pie.



—Felicidades —una sonrisa partió el rostro de Esteban—. Ojalá lo hubiera sabido antes, te habría, llevado por ahí para celebrarlo.



Había demorado mencionárselo por ese mismo motivo. No quería darle la oportunidad de que se comportara como un novio. La última vez que habían comido fuera, se había negado a permitirle pagar su parte. Si fuera su novio, dejará que la invitara. Pero sólo eran buenos amigos y así era como quería que siguiera siendo.



Observó su rostro atractivo. Esteban era un hombre estupendo, con todas las cualidades que buscaba en un hombre. ¿Por qué no podía gustarle más que un amigo? ¿Por qué no podía amarlo? ¿Qué la frenaba?



Sonrió y alargó la copa para que le sirviera más vino.



Después de hacerlo, Esteban se reclinó en la silla y la miró con curiosidad.



—¿Y qué ha dicho el Rey Pedro?

Paula puso los ojos en blanco. Esteban jamás había conocido a Pedro, pero había analizado algunos de sus comentarios y llegado a la conclusión de que no le caía bien. Como cuando mencionó de pasada lo mucho que le gustaba a pedro que le sirvieran, nunca había esperado que Esteban tomara el gracioso e insignificante incidente de esa manera y le diera tanta importancia.



—¿Se mostró contento por ti? —insistió.



Paula se encogió de hombros y bebió un sorbo de vino.



—Aún no se lo he mencionado.



—¿Por qué no? —enarcó una ceja con gesto de sarcasmo—. ¿Estabas demasiado ocupada haciéndole el café?



—Hacer el café paga mis facturas —mantuvo su tono de voz deliberadamente ligero, negándose a dejar que la arrastrara a algo que ya habían discutido.



—Sé por qué no se lo has dicho. Tienes mié...



—La oportunidad no ha surgido —cortó con lentitud y precisión para no dejar lugar a ningún malentendido—. Pero cuando se lo diga, y no dudes de que pienso hacerlo, sé que se mostrará contento por mí.



—No te engañes —una preocupación auténtica se reflejó en los ojos de Esteban—. Si fuera por él, nunca te marcharías. Jamás crecerías ni harías otras cosas. Tú también te mereces tus propios sueños, Paula.



La inesperada vehemencia en la voz de Esteban le sorprendió. Pero simplemente sonrió, porque sabía que su intención era buena. Aunque se equivocaba acerca de Pedro... y de ella.




viernes, 21 de marzo de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 3



DESPUÉS de dejar a Emma, bajó por las escaleras de atrás directamente a la cocina. Hurgó en la nevera durante unos minutos antes de darse cuenta de que no tenía hambre ni sed.

Recogió el periódico y salió al porche. Quizá leer sobre personas con problemas verdaderos lo ayudara a olvidar los propios.

«Paula no va a marcharse», se dijo. Le pagaba bien y le encantaba cuidar de Emma. En lo que respectaba a ese tipo, Esteban, si de verdad se hallaba interesado en Paula, no hablaría de recetas con ella.

Reafirmado por su lógica, abrió el diario y fue a la sección de economía. Apenas había empezado a leer cuando oyó pasos.

Paula empujó la mosquitera con el hombro.

—Pensé que te apetecería un refrigerio.

Pedro se puso de pie y le quitó la bandeja. El leve aroma a lilas le tentó las fosas nasales. Era un aroma antiguo, pero que iba muy bien con ella. Bajó la vista.

Un fina rodaja de limón coronaba cada vaso de limonada y las diversas galletitas perfectamente distribuidas en el plato parecían haber salido de una pastelería para gourmets.

—Qué buena pinta tienen comentó.

Paula se ruborizó levemente y se sentó en una mecedora.

Pedro depositó la bandeja en la pequeña mesa que había entre los dos asientos, le entregó un vaso y tomó el otro.

Aunque no se sentía especialmente sediento, ella se había tomado mucho trabajo en preparar el refrigerio y no tenía intención de decepcionarla. Bebió un largo trago.

—Perfecto.

La mirada de Paula se llenó de satisfacción.

—Siempre está mejor cuando los limones son frescos y se acaban de exprimir.

Pedro no necesitó preguntarle si también había preparado las galletitas. Eran demasiado perfectas para no ser de ella.

Le devolvió la sonrisa y llegó a la conclusión de que había sido tonto en preocuparse. Paula estaba feliz en su casa. No iba a irse a ninguna parte.

Ella miró el periódico.

—¿Estás utilizando los anuncios clasificados?

Pedro le pasó esa sección y devolvió su atención al mercado de valores. Bebieron limonada, comieron galletitas y leyeron en confortable silencio. Nunca se sentía presionado para entablar una conversación social con Paula. Si había algo que discutir, el tema se abordaba. De lo contrario, estaba bien relajarse.

No estuvo seguro del momento en que fue consciente de que Paula hacia algo más que leer. Quizá fue cuando notó el bolígrafo que sostenía en la mano. De vez en cuando realizaba una marca en la página.

«¿Qué estará haciendo?».

Podía preguntárselo, pero ya sentía que se había extralimitado durante la cena y no quería repetirlo. Paula era una persona reservada y él siempre había tenido la convicción de que si ella quería que supiera algo, se lo diría.




—Jake y yo fuimos a tomar una copa después del trabajo —esperaba que si comenzaba a hablar, ella lo imitara—. Jamás adivinarías a quién he visto.

Paula bajó el periódico hasta el regazo.

—¿A quién?

—A Brenda Northcott—no supo muy bien por qué había introducido a esa mujer, aparte de que había dado la impresión de ser una de las pocas mujeres con las que había salido que le habían caído bien a Paula—. Era aquella rubia con la que...

—Recuerdo a Brenda —comentó ella—. Y a Kelly—Cat y a Todd.

Pedro hizo una pausa.

—¿Quiénes?

Paula rió entre dientes.

—Sus gatos. Un scottish fold y un abisinio.

Las palabras no significaron nada para él. Sólo recordaba que uno era peludo y el otro de pelo corto.

—No sé nada de gatos —comentó.

La sonrisa de Paula se desvaneció.

—Eso es porque no te gustan.

—Tienes razón —admitió. De pequeño, el gato siamés de un vecino se había vuelto loco cuando intentó alzarlo en brazos. Desde aquel día, se había mantenido a distancia segura de los felinos—. No me gustan. Y, desde luego, nunca querré uno, y menos dos, en mi casa. Por suerte Mel y yo estuvimos de acuerdo en eso.

La expresión de Paula no varió, pero volvió a concentrarse en el periódico.

Pedro tuvo la impresión de que se le estaba escapando algo. De pronto una idea pasó por su cabeza.

—Emma no habrá mencionado querer un gato, ¿verdad? —aunque le daría a su hija el sol y la luna si pudiera, trazaba el límite con un gato.

—A mí no —mantuvo la vista clavada en el diario.

Pedro soltó un suspiro aliviado.

—Bien.

—Nunca lo ha preguntado porque sabe lo que tú piensas al respecto —añadió.

Pedro habría jurado que captaba un deje de reproche en el comentario. Frunció el ceño.

—¿Me estás diciendo que a Emma le da miedo hablar conmigo?

—Miedo no —aseveró Paula—. Pero...

Una explosión en forma de trueno quebró el aire y Paula se sobresaltó. El periódico que tenía en el regazo saltó volando y una ráfaga de viento se llevó las servilletas de la bandeja.

Sus miradas se encontraron y en ambas se reflejaba preocupación.



—Emma.




Su hija le tenía un miedo mortal a las tormentas y el trueno había sido lo bastante sonoro como para despertar a los muertos.

—Ve tú —dijo Paula—. Yo me quedaré a recoger.

El viento comenzó a soplar con fuerza, sacudiendo los periódicos que Pedro sostenía en la mano y amenazando con derribar los vasos vacíos de la limonada.

—No —dijo él—. Te querrá a ti, no a mí.

Aunque le dolía decirlo, en ese caso era la verdad. Durante las tormentas, Emma siempre se aferraba a Paula, no a él.

Paula asintió y le tocó el brazo.

— Gracias.

Otro trueno hendió el aire y Paula se apresuró antes de que él pudiera preguntarle por qué le daba las gracias. Después de que la puerta se cerrara, unas pocas gotas de lluvia cayeron sobre la acera y Pedro no dispuso de tiempo para pensar. Había vivido en el medio oeste el tiempo suficiente para saber que necesitaba darse prisa. Enrolló el diario, recogió la bandeja y fue dentro.

Apenas había cruzado la puerta cuando comenzó a llover con fuerza. Y al llegar a la cocina, torrentes de lluvia azotaban las ventanas.

Dejó la bandeja en la encimera y los periódicos en la mesa. De algún modo, los anuncios clasificados que Paula había estado leyendo terminaron encima de todo.

A pesar de decirse que no era asunto suyo, su mirada se vio atraída a los círculos que ella había hecho.

Sintió un escalofrío gélido por la espalda. ¿Propiedades en los suburbios? El abanico de precios parecía un poco más allá de sus posibilidades, pero podría abarcarlo, dependiendo de la entrada o de si había dos ingresos.

«Esteban».

¿Había mentido al afirmar que los dos sólo eran amigos? No lo creyó. Pero en más de una ocasión había mencionado lo mucho que deseaba una casa propia.

Apretó los dedos en torno al periódico. No era capaz de imaginar su hogar sin Paula. Si se marchaba, Emma quedaría destrozada. Pero se recordó que Paula no se iría, porque estaba decidido a hacer lo que fuera necesario para lograr que se quedara. Hacía tiempo había aprendido que, por un precio, casi todo se podía tener. Sólo debía averiguar qué haría falta para retener a Paula en su casa.

Paula se reclinó en la mecedora y suspiró satisfecha. Aunque sabía que muchos dirían que Emma era demasiado grande o mayor para que la acunaran, disfrutaba estando cerca de la pequeña.

Emma había corrido a sus brazos nada más entrar en el dormitorio. Por experiencia ya sabía que lo único que la calmaba es que la abrazaran. De modo que se había sentado en la mecedora y Emma se había subido a su regazo. Durante largo rato, sólo la había sostenido. En cuanto Emma dejó de llorar, había empezado a cantar. Las nanas de Emma eran canciones clásicas y actuales de los musicales de Broadway.



En ese momento la pequeña dormía, con las mejillas mostrando todavía los restos de las lágrimas que habían fluido con tanta generosidad unos minutos antes. Le acarició el pelo y se preguntó si Mel la habría mecido alguna vez hasta dejarla dormida, maravillándose de la criatura perfecta que había creado. Le gustaba pensar que sí. Dejó que su mente vagara al momento en que había conocido a Melody.




La recordaba claramente... el cabello rubio y etéreo, las bonitas facciones traviesas y los inmensos ojos azules. Melody había sido una pequeña dinamo que podía encandilar a un perfecto desconocido y poner a su atractivo marido de rodillas con una sola sonrisa.

Le faltaban tres meses para dar a luz a su segundo bebé cuando ella había ido a vivir por primera vez a la casa de los Alfonso. Incluso embarazada, a Melody se la había visto bonita y a la moda.

Emma había tenido casi tres años, una niña tímida y sensible que a Paula le recordaba más a sí misma que a sus gregarios padres.

Poco después de llegar a la casa, Melody le había confiado que le costaba entender cómo una hija suya podía tener tantos miedos.

Quizá por haber estado plagada con las mismas inseguridades, había experimentado afinidad con Emma. Habían establecido un vínculo inmediato, lo cual había sido positivo, teniendo en cuenta el poco tiempo que la niña veía a Melody.

Melody lanzaba una línea nueva y todo su tiempo y atención se centraban en su trabajo. Cuando Paula le había preguntado con naturalidad a Pedro si Melody planeaba mantener ese ritmo una vez que naciera el bebé, él simplemente había reído y respondido que Melody no era feliz a menos que estuviera yendo a ciento cincuenta kilómetros por hora.

Nunca supo si Pedro bromeaba o no. Sin duda Melody había planeado bajar el ritmo y pasar algún tiempo con Emma cuando naciera el bebé. Pero al final, nunca llegó a disponer de esa oportunidad. La placenta se había desprendido inesperadamente de la pared merina y a pesar de los valientes esfuerzos del personal de urgencias, tanto el bebé como ella habían muerto.

Incluso después de tres años, el recuerdo de aquella noche aún le atenazaba el corazón. Había sido un momento tan horrible en la vida de todos...

—¿Va todo bien? —sonó la voz de Pedro desde el umbral.

Bajó la cabeza y desterró los recuerdos. Aunque sabía que Melody nunca se hallaba lejos de los pensamientos de Pedro, él nunca hablaba de aquel período y ella jamás sacaba el tema.

Apoyó la mejilla en la parte superior de la cabeza de Emma y recuperó la serenidad.

—Estaba un poco asustada, pero se ha calmado.

Más que ver, percibió que Pedro entraba. Se puso en cuclillas junto a la mecedora y le tocó el brazo. La sensación contra su piel le sorprendió y le recordó su anterior ensoñación. El corazón le dio un vuelco.

—Preguntaba por ti —murmuró.

—¿Por mí? —la voz le salió como un graznido y quiso gemir, preguntándose qué había sido de su serenidad casi inalterable.

—No has sido tú misma últimamente —musitó—. ¿Hay algo que quieras contarme?

Paula lo miró a los ojos y contuvo el aliento.

Algo titiló en los ojos de Pedro y se preguntó si también él había sentido la electricidad. Pero cuando volvió a mirar, sólo vio reflejada preocupación.

—Estoy bien —forzó una sonrisa luminosa—. Todo va muy bien.

—¿Hay algo que quieras? —una vez más volvió a escrutarla—. ¿Algo de verdad?

Santo cielo, era como su fantasía hecha realidad. La fragancia de la colonia flotó hasta ella y algo en el fondo de su estómago aleteó. La transpiración moteó su frente.

Sus ojos se inmovilizaron en el otro y Paula sintió que era arrastrada a esas profundidades azules.

—¿Qué es lo que quieres, Paula? —repitió él—. Dímelo y te lo daré.



Estudió el rostro de Pedro, sin saber muy bien qué era lo que buscaba.

«Te quiero a ti». Las palabras flotaron en el borde de su lengua. «Tómame en tus brazos y bésame».

Pero a pesar de lo mucho que anhelaba decir esas palabras, había aprendido por la vía dura lo que sucedía cuando se dependía de otra persona.

—No se requiere mucho para hacerme feliz —respondió al final, sin contestar en realidad a su pregunta.

Él frunció el ceño y pareció reflexionar en sus palabras. Después de un momento, se puso de pie.

—Déjamela —dijo—. La tormenta ya ha pasado. Debería dormir bien ahora.

Con facilidad y práctica, alzó a Emma en brazos y la pegó a su pecho.

Paula contuvo el aliento al ver el amor que se reflejaba en la cara de Pedro. Ella apenas había sido mayor que Emma cuando su adorado padre había muerto en un accidente de coche. Jamás había vuelto a experimentar un amor tan incondicional.

A Emma quizá le faltara Melody, pero no estaba sola.

Unas lágrimas inesperadas llenaron sus ojos, pero, por fortuna. Pedro se hallaba demasiado ocupado arropando a la pequeña en la cama como para notarlo.

—Te veré abajo —se puso de pie y con rapidez cruzó el lustroso parqué de la habitación. Pedro la consideraba una mujer fuerte y pragmática y no quería que cambiara de parecer.

Le dio un beso a Emma en la mejilla y al volverse vio que Paula iba presurosa hacia la puerta.

—Eh, espérame.

Se levantó y la siguió con zancadas amplias, pero ella no aminoró el paso. De hecho, lo incrementó.

Y entonces, como en una comedia en la que alguien resbala con la piel de un plátano, los pies de Paula salieron disparados. De sus labios escapó un grito sobresaltado.

Pedro reaccionó de forma instintiva. Con el corazón en un puño, se lanzó al frente y la sujetó por detrás. No hubo tiempo para pensar. Ni para considerar dónde posaba las manos.

Paula llevaba sujetador, pero en cuanto su mano se posó sobre el suave montículo, fue como si el contacto hubiera sido de piel a piel.

Ella jadeó y se volvió, las mejillas dos puntos brillantes de color rosado. Inmediatamente él bajó los brazos al costado y dio un paso atrás. También se ruborizó.

Así como la cara de Paula no reveló nada, la mano le tembló mientras se alisaba con cuidado la camisa.

La culpabilidad recorrió a Pedro. La miró a los ojos, deseando que su expresión le mostrara que lo sentía de verdad.

—Paula, yo...

—¿Papi? —la voz somnolienta de Emma llegó desde el otro extremo de la habitación.

Pedro giró en redondo. Pero apenas había dado un paso cuando Emma se acomodó contra la almohada y cerró los ojos.

—Te quiero, papi. Te quiero, Pau.

—Te quiero, princesa —musitó Pedro, pero la pequeña ya estaba dormida. Respiró hondo y giró otra vez hacia Paula.



—Gracias por sujetarme —dijo ella, sin darle la oportunidad de continuar con sus disculpas—. Por lo general no soy tan torpe.




—Por lo general yo no soy tan rudo —metió las manos en los bolsillos—. Ni siquiera me di cuenta de dónde...

—Estaba pensando en preparar un chocolate caliente —dijo ella.

¿Chocolate caliente? ¡Hacía veinte grados en la calle!

Pero la desesperación en la sonrisa de ella le dijo todo lo que necesitaba saber. Prefería fingir que no había pasado nada.

Le devolvió la sonrisa, aliviado de que no tuvieran que pasar por una discusión incómoda.

—¿Quieres un poco? — Paula alzó la vista y con gesto nervioso se humedeció los labios.

Era una pregunta sencilla, pero el cuerpo de Pedro le dio su propio significado a las palabras. El calor fluyó por sus venas como lava fundida y de pronto se sintió como un adolescente sacudido por las hormonas. Las sensaciones intensas lo pillaron por sorpresa. Pero una cosa era sentirse loco y otra muy distinta actuar como tal.

Después de todo, se trataba de Paula.

—¿Pedro? —instó ella con voz extrañamente jadeante—. ¿Un chocolate caliente?

Él movió la cabeza.

—No me apetece.

«No el chocolate, en todo caso».

Paula lo miró a los ojos y sintió que sus mejillas adquirían una profunda tonalidad rosada.

Durante un segundo, él tuvo la terrible sensación de que podía leerle los pensamientos.

—Como quieras —aceptó con una leve sonrisa—. Si cambias de idea, estaré en la cocina.

Después de que se marchara, comprobó que Lumia dormía plácidamente antes de ir hacia las escaleras. Por la mañana no había tenido ni una preocupación en el mundo, y en ese momento deseaba a la niñera de su hija y sólo sentía tribulaciones.

Al acercarse a la cocina, la pudo oír tararear. La melodía de Broadway le indicó mejor que las palabras que no lo había estropeado del todo. Al menos todavía.



Los últimos vestigios de tensión se evaporaron de sus hombros. Entonces decidió que quizá sí le apetecía una taza de chocolate.




miércoles, 19 de marzo de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 2



POR el rabillo del ojo, Pedro Alfonso vio a una mujer elegante del otro lado del bar y se dio cuenta de que la conocía. Le sonrió y agitó la mano.

—¿Otra fan? — Jake Stanley sonrió—. ¿Cómo demonios lo haces?

Pedro tomó unos cacahuetes del cuenco que había en el centro de la mesa alta y se los llevó a la boca.

Ver antiguas amigas sólo reforzaba la idea de por qué le costaba tanto salir con mujeres. Le gustaba la compañía pero las mujeres siempre querían más. Brenda era un ejemplo perfecto. Aunque le había asegurado estar entregada a un estilo de vida de soltera, un par de meses más tarde había cambiado de discurso.

Suspiró y miró alrededor del bar. Aunque era jueves por la noche, el sitio estaba lleno de mujeres de las oficinas cercanas. Sospechó que era el motivo por el que Jake había insistido en que fueran.

«Buscar amor en todos los lugares equivocados...». por algún motivo, las palabras de esa vieja canción aparecieron en la cabeza de Pedro. Pero no encajaban con su vida. Lo último que él buscaba para esa noche, o cualquier otra noche, era amor—La verdad era que no le gustaba estar en el circuito de las citas. Pero cuanto más tiempo permanecía con una mujer, más parecía querer, más parecía necesitar. Aún tenía que encontrar a una que se contentara con mantener algo casual.

Bebió un sorbo de cerveza. No tenía riada en contra del matrimonio. Le había encantado estar casado con Melody. Desde la primera vez que había posado la vista en aquella vivaz rubia, había sabido que era ella. Cuando los dos dijeron «sí, quiero», felizmente había planeado pasar el resto de su vida con Melody. Sintió que se le atenazaba el corazón.

Desterró los recuerdos y sonrió al pensar en su hija. De todas las cosas que más valoraba en la vida, la pequeña de seis años figuraba en primer lugar. Y agradeció la presencia de Paula.

Hacía tres años que era la niñera de Emma y sabía que la quería como si fuera una hija propia— Había hecho de la casa un hogar para los dos.

«Hasta que encuentre a un hombre y decida marcharse», dijo una voz en su cerebro.

«Paula no me dejaría».

Le sorprendió la emoción que evocó ese pensamiento. Iba a decirse que Paula ni siquiera salía con hombres cuando se detuvo otra vez. Hacía poco había habido un chico...

Le había sorprendido que ella mencionara de pasada que iba al cine con alguien que había conocido en su club de cocina. En todos los años en los que había vivido bajo su techo, no recordaba que hubiera salido con nadie. Nunca le había parecido el tipo de mujer dada a las citas.

No era que fuera fea o algo por el estilo. Todo lo contrario. Con su cabello castaño, sus ojos verdes y esas pecas que le cruzaban la nariz, tenía ese aspecto natural y americano que a cualquier hombre le resultaría atractivo. Y era inteligente. Así como siempre tenía una opinión sobre los últimos acontecimientos, también le gustaba escuchar. Cualquier hombre sería afortunado de tenerla como amiga o esposa.

Sintió un puño que le oprimía el pecho. Si se marchara, él se quedaría perdido. Nunca encontraría a otra niñera como Paula. Quizá tuviera que recurrir a lo que muchas veces le había sugerido Jake y volver a casarse. Experimentó un escalofrío.

Desde los quince años, Melody  había sido la única mujer que había querido en su vida. Su esposa había sido hermosa, inteligente y una estrella creciente en el mundo de la moda con sus diseños innovadores. Durante los primeros cinco años de su matrimonio, la vida había sido maravillosa. Las carreras de ambos habían florecido y la casa antigua que habían comprado en Lincoln Parle era perfecta para una familia que iría a más.




Pero después de nacer Emma, Melody había decidido que no habría más hijos. Adoraba a su hija, pero el embarazo había sido difícil y Emma era un bebé quisquilloso. Y cuando su nueva línea de ropa despegó como un cohete, su carrera comenzó a exigirle más de su tiempo y energía.

A regañadientes, él había aparcado su sueño de una familia numerosa, aunque no lo había abandonado por completo. Cuando Emma cumplió los dos años. había convencido a Melody de tener otro hijo, prometiéndole que dispondrían de una niñera a tiempo completo. Sintió una oleada de culpabilidad, mezclada con una abrumadora sensación de pérdida. Daría cualquier cosa por poder dar marcha atrás y decirle a Melody que no le importaba tener otro hijo, que sólo le importaba tenerla a ella en su vida.

—Recuerda mis palabras, sucederá —Jake, que parecía disfrutar de su papel de profeta agorero, devolvió a Pedro al presente con su vaticinio de boda para Paula—. Es simple cuestión de tiempo.

—Paula no va a casarse —aunque no creyera plenamente en esas palabras, pronunciarlas en voz alta hizo que se sintiera mejor.

No podía marcharse. Dependía de ella para mantener en perfecto funcionamiento toda su casa. Y realmente le gustaba tenerla cerca. En el último par de años se habían hecho buenos amigos. No podía imaginar lo que sería no tenerla en casa.

—Se casará —Jake asintió para resaltar sus palabras—. Es preciosa, de un modo ligeramente regordete. Si perdiera algunos kilos, yo mismo podría estar interesado en salir con ella.

A pesar de conocer la predilección de su amigo por las mujeres delgadas como modelos, el comentario le crispó. Quizá porque sabía la lucha que mantenía Paula con el peso y lo consciente que era de esos kilos extra que la hacían más curvilínea que flaca.

—A Paula no le hace falta perder ni un gramo — afirmó—. Y aunque quisieras salir con ella, te conozco demasiado bien como para dejar que sucediera.

Jake simplemente rió.

—¿Puedo ofrecerles unas alitas? —el camarero se inclinó y deslizó la segunda copa delante de Jake.

El estómago de Pedro crujió y se dio cuenta con sorpresa de que hacía horas que había comido. Miró el reloj y soltó un juramento. Metió la mano en el bolsillo, sacó un par de billetes y los dejó sobre la mesa.

—Yo quiero una ración de alitas asadas —Jalee le dijo al camarero antes de mirar a Pedro. Enarcó una ceja—.¿Te vas?

—Llego tarde —recogió el maletín y se puso de pie—. Paula tendrá la cena puesta ya.

—Lo olvidé — Jake se reclinó en la silla con expresión inescrutable—. Super Chaves lo hace todo... limpia la casa, cuida a la niña y te prepara las comidas. Si pudieras lograr que se desnudara, lo tendrías todo.

Pedro soslayó ese comentario grosero, y el deje de envidia en el tono de su amigo, y simplemente sonrió.

Era verdad. Paula le tenía preparado el desayuno cada mañana y la cena cada noche. La casa siempre estaba impecable y, cuando recibía a amigos, ella trabajaba entre bambalinas para cerciorarse de que no quedara ni un detalle sin cubrir. Y lo mejor de todo, cuidaba de Emma como si fuera hija propia.

Mientras Paula estuviera en su casa, todo iría bien en su mundo.

—La cena ha estado fabulosa, Paula —Pedro se limpió las comisuras de los labios con (a servilleta de algodón y soltó un suspiro satisfecho—. Y ese postre...

—Estaba bueno, ¿verdad, papi? —los ojos azules de Emma centellearon como siempre que su padre se hallaba en la misma habitación que ella.

—Desde luego que sí, princesa —le dedicó una sonrisa cariñosa—. Paula es una gran cocinera.

Paula apartó la silla y se incorporó, incapaz de contener el rubor de placer del cumplido. No había nada con lo que disfrutara más que probando recetas nuevas.

Aunque ella no se había permitido ni un mordisquito de la tarta de melocotón. Su nuevo mantra era Un Momento En Los Labios, Siempre En Las Caderas.

—¿Queréis algo más antes de que empiece a recoger la mesa? —miró a Pedro y luego a Emma.

—No, gracias —repuso la pequeña.

Paula le dedicó una sonrisa de aprobación. En los últimos meses había estado trabajando los modales con Emma, y era evidente que empezaba a dar frutos.

—¿Y tú? —miró a Pedro. Llevaba tres años en la casa y tenía la firme convicción de que lo conocía mejor que lo que él se conocía a sí mismo. Como en ese momento, en que no pudo evitar ver las señalas de fatiga alrededor de sus ojos. Últimamente había estado trabajando demasiado... y descuidando la vida social.

El viernes anterior, había permanecido despierta en la cama hasta la una de la mañana, esperando que Pedro llegara a casa antes de quedarse finalmente dormida. No estaba segura de la hora a la que había llegado, pero a la mañana siguiente había aparecido a la mesa a las ocho, listo para llevar a Emma al zoo tal como le había prometido. El sábado por la noche no había salido. Todos habían ido al parque a celebrar un picnic, para luego regresar a casa y jugar a diversos juegos de tablero en el porche hasta que llegó la hora de acostarse.

Estar en casa un sábado por la noche había representado una de las señales de que otra de las relaciones de Pedro había llegado a su fin. No le había sorprendido. Melinda los había estado visitando mucho y tratando de ganarse a Emma. Paula podría haberle comentado que esa conducta le conseguiría todo lo opuesto de lo que pretendía. Si una mujer quería mantener el interés de Pedro Alfonso, debía actuar como si no le interesara. Ésa era la razón por la que había mantenido los labios bien cerrados sobre el creciente deseo que despertaba en ella. Por lo que a él se refería, Paula no quería otra cosa que una simple amistad. Era su ama de llaves, la niñera de su hija y su amiga.

De vez en cuando, se confiaba con ella, sabiendo que lo que decía jamás saldría de labios de ella. Disfrutaba de esos momentos y de la proximidad que...

—La Tierra a Paula.

La voz de Pedro quebró su ensimismamiento.

Alzó la vista sobresaltada y vio que tanto Emma como él la miraban fijamente.

Emma soltó una risita.

—Estabas en el espacio.

Paula parpadeó y notó que se sonrojaba.

—¿En qué pensabas? —preguntó Pedro con un destello de curiosidad en los ojos—. Tenías una sonrisa muy interesante en los labios.

«Pensaba en ti».

Las palabras subieron con vida propia hasta su lengua y cuando Emma volvió a soltar una risita, durante un segundo Paula temió haberlas pronunciado en voz alta. Buscó una explicación plausible.

—Pensaba en Esteban.

—¿Esteban? —Pedro frunció el ceño—. ¿Quién es?

—Es su novio —afirmó Emma—. Paula y Esteban sentados en un árbol, BESÁNDOSE. Primero llega el amor...



—¿Estabas besando a un hombre? —la expresión pasmada de Pedro habría sido graciosa en cualquier otro momento—. ¿Delante de Emma?

—Claro que no —aseveró con rapidez, sonrojándose otra vez. Miró a Emma—. Y Esteban es mi amigo, no mi novio.

—Hoy hablaste largo rato por teléfono con él — dijo Emma—. Y sonreías al colgar.

—Es mi amigo — enfatizó. Miró a Pedro—. Te he hablado de él. Es un chico de mi club de cocina. Intercambiábamos recetas de lasaña.

—¿Recetas de lasaña? —en el rostro de Pedro apareció el hoyuelo.

—Así es — Paula enarcó una ceja—. ¿Es que eso te resulta divertido?

—En absoluto —repuso él con suavidad—. Creo que es agradable que tengáis tanto en común.

Paula frunció el ceño, sin saber si hablaba en serio o si se burlaba de ella.

—A los dos nos gusta cocinar —repuso al fin.

—Los dos lleváis saliendo ya... ¿cuánto, dos meses? —preguntó él como con indiferencia.

—Algo así —respondió Paula. Seguía sin pensar en Esteban como en un novio, ya que hasta hacía poco, casi todas las «citas» habían girado en torno a la cocina.

Algo centelleó en el fondo de los ojos de Pedro, pero permaneció en silencio.

Inesperadamente, Emma miró a Paula.

—¿Lo quieres como mi papá quería a mi mamá?

La pregunta la pilló por sorpresa y respondió con sinceridad.

—No, no lo quiero así.

—¿Crees que podrías amarlo? —preguntó Pedro.

—No lo sé —repuso al darse cuenta de que Pedro esperaba una respuesta—. Supongo que todo es posible.

Pedro arropó a Emma, emocionado por la niña perfecta que Melody y él habían creado. La quería con una intensidad que lo dejaba sin aliento y el corazón se le partía al pensar en todo el dolor que había tenido que soportar en su breve vida. Todo por su egoísta deseo de darle una hermana o un hermano.

—Buenas noches, princesa —le dio un beso en la mejilla. Era su prioridad y nada le importaba más que garantizar la felicidad de la pequeña—. Te quiero.

—Yo también te quiero, papi.

—Paula subirá en un momento para darte las buenas noches —sintió un nudo en el estómago. Por lo general, la arropaban juntos. Pero esa noche, Esteban la había llamado y Paula les había dicho que fueran sin ella.

Una lágrima cayó por la mejilla de Emma, que frunció el ceño. Con sus enormes ojos azules y su cabello de color miel, cada día se parecía más a su madre.

Pedro sintió un nudo en la garganta.

—¿Qué pasa, cariño?



El labio de la pequeña tembló y derramó unas cuantas lágrimas más. Aunque Pedro quería aliviarla de cualquier cosa que la aquejara, se obligó a esperar. Ya había aprendido que no se podía presionar a Emma. Cuando estuviera lista, le contaría lo que le molestaba. Entonces él la aliviaría.

—¿Paula va a casarse con Esteban?

Las palabras lo golpearon como un puñetazo en el pecho. A él tampoco le gustó la idea de que pudiera casarse con Esteban, pero, de algún modo, logró mantener la sonrisa en los labios.

—Dijo que sólo eran amigos. ¿Recuerdas?

—Pero a veces los amigos pueden casarse — Emma se incorporó sobre los codos—. Cuando la abuela Ann se casó con el abuelo Hal, dijo que era su mejor amiga.

La madre de Pedro llevaba varios años viuda cuando ella y su buen amigo Hal habían decidido dar ese paso. No era el amor romántico que su padre y ella habían compartido, pero se sentían contentos juntos. Aunque pudiera explicarlo de forma adecuada, no estaba seguro de que una niña de seis años lo entendiera.

—Papi —la voz de Emma tembló—. Paula no va a casarse con él y dejamos, ¿verdad?

Pedro apretó la mandíbula ante el pensamiento de que su hija tuviera que soportar otra pérdida. Pero sabía que Emma no sería la única en sufrir. Si Paula se marchara, dejaría un hueco en las vidas de ambos.

—No va a marcharse —abrazó a su hija y le dio un beso en el pelo—. No si yo puedo hacer algo al respecto.



La determinación que había en su corazón se manifestó en su voz. No le importaba el precio. Haría lo que fuera necesario para mantener a Paula en su casa... y a Emma feliz.





lunes, 17 de marzo de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 1



FUE lujuria, decidió Paula Chaves mientras apretaba la masa sobre la corteza del pastel con fervor adicional. «Pura y simple lujuria».


Después de todo, sería antinatural vivir durante tres años con un hombre tan atractivo y no experimentar el impulso ocasional de verlo desnudo.


Con sonrisa irónica, pensó que probablemente tampoco ayudaba llevar años sin sexo. Ni el hecho de que al subir esa mañana a recoger la mochila de Emma, lo había sorprendido saliendo de la ducha.


Había estado perfectamente presentable con una toalla grande enroscada alrededor de la cintura. Y ya lo había visto sin camisa. Cada verano iba a la piscina del club de campo con Emma y ella al menos un par de veces.


Pero había algo diferente en saber que sólo unos momentos antes había estado desnudo. Algo en ver las gotas de agua deslizándose por su ancho torso, en oler esa deliciosa mezcla de jabón, champú y limpia piel masculina.


Respiró hondo. Incluso en ese momento, si cerraba los ojos, aún podía...


—¿Queda algo de café?


Abrió los ojos de golpe y se quedó quieta, agradecida de estar de cara a la pared. De lo contrario, el objeto de sus deseos podría pensar que tenía una experiencia sensual con una masa de tarta.


Con lo que esperaba que fuera una expresión ecuánime, se volvió.


Pedro Alfonso se hallaba en el centro de una cocina moderna y grande con el traje que era el favorito de Paula. El corte resaltaba sus hombros y las caderas estrechas, al tiempo que el azul marino enfatizaba el azul brillante de sus ojos. Todavía húmedo de la ducha, el pelo corto y oscuro le caía en una onda descuidada sobre la frente.


Superaba en unos cinco centímetros el metro ochenta y era, de lejos, el hombre más atractivo que jamás había conocido. Era lógico que quisiera verlo desnudo. Lo que no tenía sentido era por qué dicho deseo había tardado tanto en emerger.


El viudo apuesto y ella llevaban viviendo juntos casi tres años. Paula siempre había considerado a Pedro un buen amigo. Pero en los últimos seis meses, había empezado a pensar en él de manera diferente, viéndolo no sólo como su jefe y amigo, sino también como un hombre deseable.


—¿Paula?


Lo vio sonreír y, con un sobresalto, se dio cuenta de que había estado mirándolo fijamente.


Sin decir una palabra, alargó la mano y levantó la cafetera.


—¿Te sirvo una taza?


—Puedo hacerlo yo —protestó él al retirar una silla y sentarse a la mesa.


Paula sonrió. Pedro era el prototipo del hombre moderno, con una importante excepción. A pesar de tener sólo treinta y cuatro años y haber sido criado en una familia progresista en la que trabajaban los dos padres, rara vez ayudaba en las tareas de la casa.


Por desgracia, ella era la única culpable de eso. Había rechazado tantas veces sus ofrecimientos de ayuda, que él había dejado de preguntarlo. La verdad era que le encantaba mimarlo, igual que a Emma. Mantener su casa impecable y su ropa en perfecto estado la llenaba de una satisfacción inmensa.


Pedro, que era un arquitecto de éxito en una de las firmas más grandes y prestigiosas de Chicago, alternaba el trabajo en los proyectos que llevaba entre la oficina y la casa.


Su agenda era tan variada, que Paula jamás sabía si estaría en casa, en el despacho o en alguna reunión con clientes. En realidad, eso no le afectaba. Ese año Emma iba a su primer grado y estaba fuera todo el día. La única diferencia era que si Pedro se encontraba en casa, le preparaba el almuerzo y quizá le ofrecería un refrigerio por la tarde.






Después de todo, para eso le estaba pagando; aparte de cuidar de su hija pequeña, Emma. Y no sólo le pagaba, sino que lo hacía muy bien. Con el dinero extra que había ahorrado al no tener gastos de alojamiento, había logrado disponer del efectivo suficiente como para montar un pequeño negocio de catering.


El año anterior, al mostrarle a Pedro su plan para el negocio, al principio él había quedado sorprendido, y luego se había mostrado preocupado. Le había preguntado sin rodeos si planeaba marcharse. Pero cuando le confirmó que sólo se trataba de algo adicional que quería hacer por su cuenta, le había prestado apoyo—Poco después, decidió cambiar toda la cocina antigua de la enorme casa. Y lo mejor de todo, le había pedido su opinión y no había parpadeado cuando ella le había solicitado que pusiera electrodomésticos industriales.


Por el momento, limitaba sus esfuerzos de catering a pequeñas fiestas los fines de semana y a proporcionar postres a un par de restaurantes. Pero albergaba muchas esperanzas para el futuro. Algún día ganaría lo suficiente y podría tener su propio hogar...





—No me molesta en absoluto servirme mi propia taza...


La voz divertida de Pedro atravesó su ensimismamiento y la devolvió al presente. Bajó la vista a la cafetera que aún sostenía en la mano. Con rapidez le sirvió una taza y la depositó ante él. No hacía falta preguntarle si quería leche o azúcar. Tenía memorizado lo que le gustaba y lo que no.


—¿Un bollo de canela? —preguntó—. Los hice esta mañana. O, si quieres, puedo prepararte unos huevos con beicon. No será más de un segundo...


—Me temo que tendré que conformarme con esto —miró el reloj de pared y bebió un presuroso sorbo de café antes de apartar la silla—. Tengo una reunión en la oficina a las nueve y ya debería haber salido.


Al oír el sonido de las patas de madera contra el suelo, Pedro entró en acción. Sacó la taza de viaje del armario y la llenó con la sabrosa mezcla colombiana predilecta de Pedro.


Al terminar, él ya estaba en el umbral. Se volvió.


—Debería regresar temprano, a eso de las cinco y media.





Paula lo estudió, como todas las mañanas, y frunció el ceño.






—Espera —tapó la taza y cruzó el cuarto. Pero en vez de darle el café, lo depositó en la encimera y se acercó—. Tu corbata necesita un retoque.


Sujetó la seda, aflojó el nudo y con habilidad adquirida, se lo rehízo. Pero en vez de retroceder, dejó que su dedos se demoraran.


Pedro tenía prisa. Se lo había dejado bien claro. Su cabeza le dijo que diera un paso atrás, le entregara la taza y lo despidiera. Pero sus pies no se movían. El aire que los rodeaba se espesó. Era como si una red invisible los encapsulara.


La fragancia sutil de su colonia le tentó el olfato. El calor que emanaba de su cuerpo la bañó.


Quiso acercarlo y besarlo, aliviar la tensión que había crecido en su interior. A cambio, bajó las manos, las plantó en sus caderas redondeadas y lo inspeccionó de nuevo.


—Ya se te ve presentable.


Hacía tiempo que había aprendido los peligros de ser tonta. Y pensar que Pedro, atractivo, con éxito, que podía tener a la mujer que quisiera de toda la ciudad de Chicago, pudiera sentirse atraído por ella, era el colmo de la tontería. Le caía bien, la admiraba y la apreciaba. Pero la electricidad que ella sentía era, definitivamente, unilateral.


—Gracias —bajó la mano y recogió la taza que ella había dejado en la encimera—. Y gracias por el café.


De algún modo, Paula logró esbozar una sonrisa relajada.


—De nada.


Desde la puerta lo observó subir al coche. Al alejarse, lo despidió con un gesto de la roano. Luego entró y se derrumbó en el sillón más cercano. ¿En qué diablos había estado pensando?


Pedro no estaba interesado en ella. Y aunque hubiera una chispa ínfima de algo entre ambos, era imposible que pudiera competir con el recuerdo de Melody y ganar. Otras mujeres lo habían intentado y todas habían fracasado. Eso era lo que necesitaba recordar antes de hacer algo que viviría para lamentar.


El olor a pastel de melocotón llenó la amplia cocina y Paula sonrió mientras limpiaba las encimeras. Algunas mujeres necesitaban ropa elegante o viajes a lugares exóticos, pero lo único que necesitaba ella para ser feliz era una cocina limpia y ordenada.


—Algo huele bien aquí.


Giró en redondo. Pedro se hallaba en la puerta que daba al comedor con una sonrisa en los labios.


—Llegas pronto —en cuanto las palabras salieron por su boca, deseó poder retirarlas. Había hecho que sonara como si no fuera bienvenido, cuando no podía haber nada más lejos de la verdad.


Lo que pasaba era que le gustaba tenerlo todo siempre listo y en su sitio cuando él volvía a casa. Pero eran las cuatro y media y no lo había esperado hasta una hora más tarde. La mesa no estaba puesta y Emma seguía jugando en la casa de una amiguita a cien metros de allí.


—Ése sí que es un recibimiento cálido —Pedro sonrió y en su mejilla apareció el familiar hoyuelo.


La miró y Paula se obligó a no apartar la vista. Pero le costó. La expresión intensa en sus ojos azules le provocó un escalofrío.


—Dime una cosa, Paula —agregó él—. ¿Piensas alguna vez en mí cuando no estoy aquí?


Esa misma electricidad cargó el aire y ella tuvo que humedecerse los labios resecos. Se movió de un pie a otro, sin saber cómo contestar. Esa mañana la miraba como si la estuviera viendo por primera vez.





Era algo nuevo. En los años que llevaba trabajando para Pedro, nunca antes le había hablado de esa manera. Siempre había existido un límite profesional que nunca se había cruzado.



—Claro que pienso en ti —logró responder al final con cierto tartamudeo.


El sonrió y aguardó como si esperara que se explayara.


Pero ¿qué más podía decirle? Desde luego, no iba a desnudarle el alma y revelarle que le gustaría experimentar cierta acción física. Por no mencionar que el corazón se le había alojado en la garganta, impidiéndole hablar.


Por suerte. Pedro no insistió. Cruzó el cuarto, dejó la chaqueta sobre una silla y se aflojó la corbata.


Paula sintió que se ruborizaba. Giró hacia la encimera y limpió una mancha inexistente con la esponja.


Él se detuvo justo detrás de ella, tan cerca que pudo percibir la fragancia picante de su colonia y sentir el calor de su cuerpo.


Se volvió y lo tuvo justo allí. Igual que esa mañana, pensó en lo grande y alto que era. O abrumadoramente masculino en todos los sentidos.


El corazón se le desbocó.


Él la estudió con lentitud y sus ojos se oscurecieron.—Eres tan hermosa...


El cumplido salió de sus labios como miel templada. No era cierto, desde luego. Las pecas en su nariz y los ocho kilos de más con los que siempre luchaba la convertían en una mujer saludable antes que hermosa. Pero de pronto, bajo esa mirada admiradora, por primera vez en sus veintiocho años se sintió hermosa.


—Gracias.


—De nada.


Fue a preguntarle si su reunión se había cancelado cuando él dio otro paso adelante y le rozó el cuerpo. En ese instante Paula olvidó respirar, y mucho más hablar.


Con el contacto más leve, Pedro deslizó los dedos por la mata sedosa de su nuca, dejando que los dedos pulgares le acariciaran la piel suave debajo de la mandíbula.


La recorrieron unas oleadas de calor hasta quedar casi mareada. Iba a besarla; pudo verlo en sus ojos. Tiró la esponja sobre la encimera sin apartar la vista de él.





Bajó los labios y Paula dejó que se le cerraran los párpados. La anticipación le recorrió las venas...


La puerta de entrada se cerró de golpe.


Se sacudió como si hubiera recibido un disparo. La dominó el pánico. Emma no podía encontrarlos juntos. Alzó una mano para empujar a Pedro pero sólo encontró aire.


Miró a/rededor de la cocina y finalmente lo asimiló... estaba sola. Pedro no había estado y tampoco había existido el beso que iba a darle. Se sonrojó. Ya había tenido sueños intensos con anterioridad, pero jamás con Pedro como protagonista principal.


—Pau, estoy en casa —la voz infantil de Emma sonó desde el recibidor.


—En la cocina —indicó ella. Se frotó la boca con el dorso de la mano. Aunque sólo había sido un sueño, los labios aún le hormigueaban.


—¿Ya es la hora de cenar? —la pequeña de seis años entró en la cocina, con una marca de tierra en la mejilla y una mancha de hierba en una rodilla—. Tengo hambre.


Paula no pudo contener una sonrisa. Pedro a menudo bromeaba con que el estómago de la pequeña era un pozo sin fondo. Podía comer y a los cinco minutos volver a tener hambre.


—En cuanto llegue tu padre, cenaremos. No debería tardar mucho.


Abrió los brazos y la joven corrió hacia ella. Con la edad de Emma, los abrazos habían escaseado. Y por ello se había jurado que cuando tuviera niños, les haría saber que eran queridos.


No podía imaginar algo mejor que tener una familia propia... un marido a quien amar, un hijo a quien cuidar y atesorar.


Abrazó a Emma. Un día sería madre. Pero, por el momento, tenía el amor de Emma.


La niña apoyó la cabeza en el pecho de Paula.


—Te quiero.


Las lágrimas saltaron de los ojos de Paula al oír la sinceridad de la pequeña.



—Yo también te quiero, tesoro.




sábado, 15 de marzo de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA"




Jamás habría imaginado que desearía volver a entregar su corazón a otra mujer…

Vivir tres años con el guapísimo viudo Pedro Alfonso había sido una fantasía hecha realidad para Paula Chaves… aunque sólo hubiera sido en calidad de niñera de su hija de seis años. Pero Pedro acababa de dejarla de piedra con una propuesta que toda mujer habría soñado… una propuesta que no podía aceptar.
Pedro necesitaba una esposa y Paula parecía la candidata ideal. Lo único que tenía que hacer era conseguir que se enamorara de él. Pero ella tenía otros planes. Aquel padre adicto al trabajo no tardaría en aprender las nuevas reglas del amor…

hola!! volvi con las mini novelas!! voy hacer una lista nueva así que quien quiera que se la pase me avisa acá o A mi twitter @jesicaleiva1 

GRACIAS POR LEER!!♥♥