miércoles, 30 de octubre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 6



A la tarde siguiente, por pura casualidad,Pedro pasó al lado de la casa de Paula después de ver a un cliente y se le ocurrió visitarla. Pensó que sería interesante verla en circunstancias «normales», y todavía lo sería mucho más sorprenderla con la guardia baja. Nada más pulsar el timbre oyó el sonido de unos pasos presurosos. De inmediato la puerta se abrió de golpe y Paula apareció ante él, suspirando de alivio.

—Gracias al cielo que has venido; estaba tan preocupada… No creo que tenga mucho tiempo para… ¡Vaya, si eres tú!

Las mujeres habían saludado a Pedro de muchas maneras, desde «¡Cariño, qué alegría verte!», hasta «¿Cómo te atreves a asomar las narices por aquí otra vez?». Pero jamás lo habían saludado con tanto desdén.

—Sí, soy yo. Pero supongo que no era a mí a quien esperabas ver…

Sin responder a su comentario,Paula pasó de largo ante él y salió a la calle. Miró arriba y abajo, sin ver lo que estaba buscando, y emitió un gemido de frustración.

Pedro apenas podía reconocerla. Iba vestida con unos viejos vaqueros y una enorme camisa que ocultaba todo lo que había esperado volver a ver. Su rostro estaba limpio de maquillaje y se había soltado la melena: un enorme contraste con la mujer elegante que había asistido a la cena de gala, o con la que había irrumpido de repente en su despacho.

—Es terrible —se quejó Paula mientras volvía a la casa y cerraba la puerta.

—Gracias. Siento que te haya disgustado tanto mi presencia…

—No, si no eres tú…

—¿Quién  creías que era? —inquirió Pedro.

—El veterinario —respondió, preocupada—. Zarpas está pariendo.

—¿Zarpas?

—Mi gata. Bueno, estaba abandonada y la acogí en mi casa. No sabía que estaba embarazada, pero de repente me di cuenta de lo gorda que estaba…

—¿Dónde está?

—Me las he arreglado para meterla en una caja, en el salón.

Pedro siguió la dirección de su dedo y vio a la gata encogida en una gran caja con almohadones. Zarpas lo miró nerviosa, y él se dejó caer a su lado tocándole suavemente la barriguita.

—Sí, yo diría que tiene al menos cuatro dentro.

—¿Sabes mucho de gatos? —inquirió Paula, esperanzada.

—Cuando era niño nuestro vecino tenía una gata que paría constantemente. Por alguna razón siempre venía a nuestro jardín a parir. Ella siempre prefería periódicos.

—Bien.

Paula corrió a la cocina y volvió con un fajo de periódicos. Pedro levantó delicadamente a Zarpas para dejarla en los brazos de Paula, apartó los almohadones y forró la caja con los papeles. Cuando volvieron a colocarla en su lugar, la gata ronroneó agradecida y miró a pedro como si confiara plenamente en él.

—Sabes lo que está pensando, ¿verdad? —comentó Paula, esbozando una temblorosa sonrisa—. ¡Menos mal que hay alguien que sabe lo que hace!

—Mientras esté satisfecha… Pero me sentiría mejor si consiguieras un buen veterinario.

—Hace siglos que debería haber venido. Por eso creía que eras tú. ¿Podrías vigilar a la gata mientras salgo a ver qué es lo que ha pasado con él? —y desapareció antes de que pedro pudiera responderle.

—Está loca —le confió Pedro a Zarpas—. ¿Cómo pudo no darse cuenta de que estabas preñada? No te encuentras muy bien, ¿verdad? —al ver que había empezado a maullar de dolor, añadió—: Esperemos que lleguen pronto…

Pero Paula regresó sola; no había podido encontrar al veterinario.

—Nadie sabe dónde está. Salió de la clínica hace una media hora, así que ya debería haber llegado, pero es como si se hubiera desvanecido en el aire. ¿Está Zarpas comiendo algo?

—No, es un cachorrillo que está lamiendo —le dijo Pedro—. Ha nacido hace apenas un minuto.

Zarpas lamía repetidamente una minúscula bolita negra que se retorcía emitiendo gemidos. Paula se arrodilló a su lado, sonriendo con expresión de deleite mientras extendía una mano para rascarle la cabecita a Zarpas. Pedro se levantó discretamente y se fue a la cocina, volviendo minutos después con una cafetera y dos tazas. Paula todavía estaba inclinada sobre la caja, tan concentrada que no advirtió su presencia, y él aprovechó aquellos instantes para observarla con atención.

—Creo que deberíamos dejarla un rato tranquila —sugirió—. Apenas ha empezado el parto —ayudó a Paula a levantarse, y luego acercó un par de sillones para rodear con ellos la caja—. Así disfrutará de una mayor intimidad.

—¿Cuándo lo has hecho? —le preguntó Paula mirando la taza de café que sostenía en la mano.

—Ahora mismo. Estuve curioseando en tu cocina. No ha sido nada fácil, pero finalmente encontré el té en el azucarero, el azúcar en el tarro del ajo y el café en el bote del té —le sirvió una taza de café con movimientos rápidos y precisos.

—Gracias. Por cierto, ¿a qué has venido?

—No estoy del todo seguro. Pasaba por aquí después de ver a un cliente y sentí el impulso de visitarte… y darte una buena sorpresa —al ver que intentaba asomarse por encima de los sillones, le dijo con firmeza—: Déjala; pasará una media hora antes de que para otro. Para entonces, con un poco de suerte, el veterinario ya habrá llegado.

Pero transcurrió otra media hora sin que apareciera el veterinario. Zarpas parió otro gatito. Después de palparle delicadamente el abdomen, Pedro declaró:

—Quedan dos más, pero todo está saliendo bien.

—Voy a preparar la cena —dijo Paula—. Es lo menos que puedo hacer por ti —y se dirigió a la cocina.

Cuando se quedó solo, Pedro miró a su alrededor intentando reconciliar lo que veía con la imagen que se había formado previamente de Paula. Cuando la otra noche se presentó allí por primera vez, le sorprendió que viviera en un bungaló: un pequeño y lujoso piso habría sido más adecuado para una mujer tan elegante y sofisticada…

—¿Vivías aquí con alguien? —le preguntó cuando fue a buscarla a la cocina.

—No. ¿Por qué me lo preguntas?

—Bueno, un bungaló tan grande me parecía una extraña elección para una mujer que vive sola.
—¿Ah, sí? Me encantó esta casa nada más verla. Sabía que tenía que vivir aquí.

Y empezó a cortar unos pimientos en rodajas. Pedro la observó por un momento antes de volver al salón.Paula lo oyó murmurar algo a Zarpas, y tomó entonces conciencia de que no era fácil comprender a aquel hombre. Durante los dos últimos días había hecho algunas investigaciones sobre él. Había montado una cadena de pequeñas tiendas para luego venderlas y entrar en Empresas Charteris hacía diez años. Charteris era una enorme empresa que había tenido que ser reestructurada, y Pedro se había encargado precisamente de eso, consiguiendo finalmente doblar sus beneficios. En función de esos datos, Paula se había formado la impresión de un hombre consagrado absolutamente a su negocio: duro, ambicioso e implacable. ¿Cómo entonces era posible que un depredador semejante estuviera haciendo de comadrona de su gata aquella tarde? Su curiosidad crecía por momentos.

Y también la de Pedro. Cuanto más averiguaba sobre Paula, menos creía saber. Sobre la repisa de la chimenea había una fotografía de un hombre mayor de mirada astuta, vivaz. Al lado había otra de un niño y una niña, y de una mujer de unos treinta años que presentaba un notable parecido con Paula.

—Era mi madre —le explicó Paula cuando regresó al salón y empezó a poner la mesa.

—¿Dónde está tu padre?

—El hombre mayor de la otra foto es mi abuelo. Mañana por la noche tendrás oportunidad de conocerlo.

—Supuse que sería él. ¿Y tu padre?

—Y éstos somos Gonzalo y yo de niños.

—Ya, ¿y dónde…?

Pero Paula había vuelto a desaparecer en la cocina. Cuando volvió minutos después con la cena, Pedro ya había apagado todas las luces menos la de una lámpara de mesa, y estaba arrodillado al lado de Zarpas murmurándole palabras de consuelo:

—Así, buena chica… —oyó entrar a Paula y levantó la mirada—. Está más cómoda en la penumbra. ¿Puedes ver lo que estás haciendo o quieres que vuelva a encender las luces?

—No te preocupes.

Paula dejó la ensalada y los panecillos en la mesa y volvió a la cocina para buscar los filetes. Pedro se sentó de manera que pudiera mantener vigilada a Zarpas sin molestarla. En ese momento sonó el teléfono. Paula lo descolgó; era el veterinario.

—Lo lamento de veras —se disculpó el hombre—. Se me ha averiado el coche, y todavía tardaré al menos una hora en llegar allí.

—No se apure —le aseguró Paula—. La gata está en buenas manos.

—Gracias por el voto de confianza —le comentó Pedro con expresión irónica.

—Todo va bien, ¿verdad? —inquirió Paula, preocupada.

—Yo creo que sí. Zarpas significa mucho para ti, ¿verdad?

—Bueno, es una monada, ¿no?

—¿Y es tu única compañía en esta casa tan grande?

—Ya te lo dije: me encanta esta casa.

—¿Facundo y tú vivirán aquí cuando se casen?

—Creo que será mejor que dejemos el tema de Facundo.

—¿Ha vuelto a ponerse en contacto contigo después de la otra noche?
—Ya te he dicho que no quiero hablar de él —repuso Paula, adoptando un tono de advertencia. No quería discutir con Pedro, pero acababa de tocar una fibra sensible. No había recibido absolutamente ninguna noticia de Facundo.

—De acuerdo. Dime entonces por qué no conservas ninguna foto de tu padre.

—Porque se marchó cuando yo tenía diez años y nadie ha vuelto a saber nada de él desde entonces —respondió Paula con rotundidad.

—Lo siento. Perdona, no era asunto mío. Pero no acabo de entenderlo. Creía saber algo de Vicente Chaves, pero jamás oí que tuviera un hijo.

—Y nunca lo tuvo. Él es el padre de mi madre, su única hija.

—¿Entonces cómo es que te apellidas Chaves?

—Antes me apellidaba schultz, pero cuando nuestra madre murió, vicente asumió nuestra custodia y nos cambió los apellidos. ¿Quieres más café?

Había cambiado de tema a propósito. Se daba cuenta de que Pedro le gustaba mucho más de lo que jamás habría creído posible, pero no podía describirle lo que sintió al adquirir aquella nueva identidad. Paula Chaves era la amada nieta de Vicente Chaves: una persona segura del lugar que ocupaba en el mundo. En cambio, Paula Schultz había sido la niña que había creído serlo todo para su padre, hasta que él la abandonó sin remordimiento alguno. Durante noches enteras había llorado por una traición que nunca pudo comprender, por una herida que jamás había llegado a sanar. No; no quería volver a ser Paula Schultz. Una mirada a su reloj le dijo que ya era casi la hora en que David solía llamarla. Tenía la sensación de que había pasado una eternidad desde entonces. De repente sonó el teléfono.

Paula se apresuró a contestar con una presteza que no pudo menos que extrañar a Pedro. Mientras observaba bien su rostro, pudo advertir cómo se apagaba su esperanzada expresión al oír la voz al otro lado de la línea y descubrir que no era Facundo.

—Entiendo —pronunció con tono ligero—. Gracias por decírmelo.

Colgó y permaneció de pie por un momento, como si quisiera reconciliarse consigo misma y asumir el vacío que se había abierto en su interior. Cuando el teléfono sonaba siempre pensaba que era Facundo: y cuando se llevaba la decepción volvía a convertirse en aquella niña que no podía creer que su padre se hubiera marchado para siempre, y que constantemente creía oír su llave en la cerradura de la puerta de casa. Vio que Pedro la estaba observando y se las arregló para forzar una sonrisa:

—Era el veterinario otra vez. Todavía está en camino.

—Entiendo.

—¿Por qué me miras tan fijamente?

—¿Yo? Perdona. Echemos otro vistazo a la orgullosa madre.

Zarpas había parido un tercer gatito, y estaba a punto de tener el cuarto.

—A estas alturas siempre preparaba un poco de leche caliente —sugirió Pedro, recordando su propia experiencia—. Después de tanto esfuerzo, necesita comer algo.

—Leche caliente —musitó  Paula, y se dirigió apresurada a la cocina.

Para cuando regresó el cuarto gatito ya había nacido, y Zarpas lo estaba lamiendo con energía. Al terminar aceptó la leche, y luego se tumbó con aire satisfecho.

—Creo que esto es todo —dijo Pedro—. Pero necesitaremos que el veterinario se asegure de ello.

—Mira —pronunció Paula con alegría—. El último tiene el lomo negro y las patas blancas, como su madre.

—Zarpas Dos —comentó Pedro con una sonrisa.
—Quizá sea gato. Entonces creo que debería llamarle Pedro.

Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, contemplando los cachorrillos con arrobada expresión.

—Quédate aquí —le dijo Pedro—. Yo prepararé el café.

Cuando volvió, Paula seguía en la misma posición, observando extasiada a la nueva familia. Pedro la miró, y de repente lo comprendió todo.

—¿Es eso lo que realmente deseas hacer, verdad? —inquirió, hablando casi en un murmullo para no molestar a los gatos—. Cuidar a los animales.

—Supongo que sí —respondió, aceptando el café—. Gonzalo dice que esta casa a veces parece un zoo, pero no puedo tener muchos animales porque me paso la mayor parte del día fuera.

—Ahora te veo tan diferente de la mujer que irrumpió ayer en mi oficina exigiéndole a mi secretaria mi cabeza en una bandeja…

—No me lo recuerdes…

—Pero si me encanta… —repuso Pedro—. Alice me comentó que parecías un gran señor medieval diciendo: «Quiero la cabeza de Pedro Alfonso».

—Pedro, es terrible. En realidad, aún sigo enfadada contigo por el engaño del que me hiciste víctima la otra noche.

—Asumo mi parte de culpa —declaró sonriendo.

—¿Pero cómo puedo seguir enfadada contigo cuando acabo de bautizar a un precioso gatito con tu nombre?

—Es un verdadero enigma, ¿verdad? ¿Por qué no le cambias simplemente el nombre? Entonces podremos volver a ser enemigos.

—¿Quieres ser mi enemigo?

—Puede resultar casi tan interesante como ser tu amante.

—Mi amigo, querrás decir.

—Sé lo que he querido decir —le brillaban los ojos en la oscuridad, pero Paula se negó a morder el cebo.

—Después de lo de esta noche, ya nunca volveré a pensar en ti como en un enemigo.

—Creo que todavía no me conoces lo suficiente.

—Supongo que no. Probablemente eso no sucederá nunca.

—¿Con medio Londres hablando sobre la ardiente pasión que compartimos? —se burló Pedro.

—No tardarán en ponerse a hablar de cualquier otra cosa. Los escándalos van y vienen.

—¿Así denominas a lo nuestro? ¿Un escándalo?

—Pasto de cotilleos —declaró convencida—. Ya perderán todo interés.

—¿Y nosotros?

Paula sabía que acababa de entrar en un terreno peligroso, pero le resultaba fascinante estar allí sentada, en la penumbra, contemplando el brillo de sus ojos. Era una extraña forma de pasar la tarde… Y aun así, también era una de las tardes más interesantes que había pasado en toda su vida. Durante toda aquella conversación tan particular, su sensación principal era de alegría, puro gozo. Algo completamente distinto de las peligrosas sensaciones que le había inspirado antes…

Sonó entonces inoportunamente el timbre de la puerta. El veterinario se presentó en la casa, disculpándose sin cesar, y Paula lo hizo entrar en el salón. Pedro ya se había levantado y estaba recogiendo sus cosas. La agradable tarde había llegado a su fin.

—Te veré mañana, en casa de tu abuelo —le dijo Pedro mientras se dirigía hacia la puerta—. Estaré deseando que llegue ese momento, aunque dudo que sea tan interesante como la tarde que acabamos de compartir. Buenas noches, Paula.



—Buenas noches,Pedro. Y gracias.


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capitulo seis!! espero que les guste!!
Gracias por leer! ♥


martes, 29 de octubre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 5



A la mañana siguiente Paula llegó tarde a trabajar. Se había quedado dormida, después de haber pasado la mayor parte de la noche dando vueltas en la cama. Le horrorizaba la forma en que había sucumbido al encanto físico de un hombre al que apenas conocía, y que le había suscitado tan alarmantes sensaciones. Se había despertado con una idea fija en la mente: nunca debería volver a ver a Pedro Alfonso. Él la había obligado a comportarse como si no fuera ella misma. O, más bien, la había hecho enfrentarse con el hecho de que no sabía quién era en realidad. Aparentemente era una ejecutiva de alta categoría aburrida de su propio trabajo… pero en lo más profundo de su interior todavía seguía siendo la niña de diez años que había sido abandonada por su adorado padre.

Pensaría mejor en Facundo, cuyos delicados modales y amable naturaleza que tanto apreciaba, contra la opinión de Vicente y Gonzalo. Quería simplemente un hombre en cuya firmeza pudiera apoyarse, y Facundo satisfacía ese requisito. O al menos así había sido hasta su discusión. Pero era culpa suya, se aseguró a sí misma: lo había ofendido al intentar ayudarlo. El tranquilo y amable, jamás había intentado apresurarla, nunca le había exigido nada. Ciertamente había habido momentos en que ella había deseado que fuera más decidido, pero por otro lado su vulnerabilidad la conmovía profundamente. No podía dar la espalda a alguien que tanto necesitaba su protección, y Facundo sólo tenía que sonreírle y decirle: «¿qué podría hacer yo sin ti?», para que Paula se derritiera de ternura.

Esa era la razón por la cual lo quería tanto, la misma por la que nunca podría querer a Pedro Alfonso, que no tenía asomo alguno de vulnerabilidad en su naturaleza. Lo que había sucedido entre ellos era algo completamente aparte, un aviso de que su sensualidad podía empujarla a los brazos del hombre equivocado si no llevaba suficiente cuidado. Pero seguiría aquel providencial aviso: nada se interpondría entre Facundo y ella.

Había llegado a la oficina con tanto apresuramiento que apenas fue consciente de las miradas de curiosidad que suscitó. Como siempre, su primera tarea consistió en revisar el precio de las acciones de la empresa. Y lo que descubrió hizo que se quedara mirando fijamente la pantalla, frunciendo el ceño.

—Esto no puede ser —murmuró—. ¿Cómo es que han subido tantísimo desde ayer?

Pero las mismas cifras aparecieron de nuevo en el monitor. En ese instante sonó el teléfono:

—Será mejor que vengas a explicarme lo que está pasando —gruñó Gonzalo, y colgó.

Estupefacta, Paula se dirigió a su despacho.

—Te juro que no entiendo nada —le dijo nada más entrar, mientras cerraba la puerta a su espalda.

—Me refería a ti y a Empresas Charteris.

—Yo no he tenido nada que ver con Empresas Charteris.

—¿Ah, no? —inquirió Gonzalo, sarcástico—. ¿Entonces ayer a la noche no saliste con su director ejecutivo, verdad?

—Sabes perfectamente dónde estuve anoche: en la cena de gala con Mike Harker. No, espera. Me dijo que su verdadero nombre era Pedro Alfonso.

—¿Él te dijo eso? ¿Y a ti no te sonó ese nombre??

Gonzalo arrojó un periódico sobre la mesa, delante de ella. Y Paula abrió mucho los ojos al verse en una foto bailando acarameladamente con Pedro. El pie de foto rezaba así:

Pedro Alfonso, director ejecutivo de Empresas Charteris y gran accionista.

—Ahora la gente cree que estamos negociando con Charteris, y es por eso por lo que han subido nuestras acciones —le explicó Gonzalo.

—No lo comprendo —repuso Paula, distraída—. Tú me dijiste que Mike Harker era un actor fracasado…

—Pero ése no era Mike —replicó Gonzalo con los dientes apretados.

—Bueno, es el hombre que fue a buscarme. Este… no consigo entenderlo. Estuve bailando con varios hombres y…

—¿Así? —inquirió Gonzalo, señalando la foto.

Paula suspiró profundamente al ver lo que quería decir. Aquella instantánea había sido tomada en el preciso momento en que la había besado Pedro, y su respuesta había sido, por lo demás, bastante evidente. No se había tratado de un simple baile. Observó consternada la foto; ¿cómo podía haberse abandonado en sus brazos de aquella manera?

¿Y él? ¿Le habría ocurrido lo mismo a él? ¿O se habría estado burlando de ella? Y después… pero se negaba a recordar lo que había sucedido después.

—Creo que será mejor que hable con el señor Harker… o con Alfonso, o como quiera que se llame —declaró sombría.

Llamó a Empresas Charteris. Pero le respondió la secretaria de Pedro.

—Dígale amablemente al señor Alfonso que no sé de qué se trata este juego —dijo al fin—, pero que terminaré por averiguarlo.

Nada más llegar al trabajo, Pedro se había encontrado con el periódico extendido sobre su escritorio y con su plantilla de trabajadores literalmente eufórica de alegría por su triunfo. Sabían que Pedro estaba en trámites de comprar Depósitos Kirkson, una empresa que operaba en el mismo ámbito que Chaves, pero Kirkson había exigido un precio demasiado alto, y todo el mundo supuso que se trataba de una hábil jugada de Pedro. Observó la foto, fijándose en la forma en que el vestido de satén de Paula destacaba su espléndida figura. En la imagen lo estaba mirando con una expresión de delicioso abandono. Paula había querido que él creyera que todo era una farsa en beneficio de otro hombre, y Pedro había estado a punto de creerlo… hasta aquellos últimos momentos de la velada. No solamente él había caído hechizado por el encanto de aquel baile: ella también. No podía negar lo mucho que le gustaba. Y Pedro lo sabía.

Alice, su secretaria, se asomó en aquel preciso momento a la puerta de su despacho.

—James Kirkson está aquí.

James Kirkson no hizo más que repetir a cada momento las palabras «compromiso» y «replanteamiento». Pedro, por su parte, procuró disimular su sensación de triunfo. Dentro de poco tiempo Depósitos Kirkson sería suyo a un buen precio. Pero la conversación fue interrumpida de repente por una llamada del intercomunicador.

—Es la señorita Chaves —lo informó Alice—. Está muy enfadada y viene ahora mismo hacia aquí.

Pedro miró de reojo a Kirkson y tomó una rápida decisión:

—Cuando llegue —pronunció alzando la voz—, dígale que la amo con locura.

—Muy bien, señor.

Exactamente quince minutos después, la puerta del despacho de Alice se abrió de golpe dando paso a Paula.

—Quisiera ver a Pedro Alfonso —pronunció con tono tenso.

—Me temo que no es posible en este momento. ¿No quiere sentarse?

—No hace falta: no estaré tanto tiempo aquí. Su jefe es un individuo falso, retorcido…

—Usted debe de ser la señorita Chaves.

—La misma.
—En ese caso, tengo que decirle que el señor Alfonso la ama con locura —le comunicó Alice.

Por un momento Paula se quedó tan asombrada que no pudo articular palabra. Pero cuando al fin pudo recuperarse, se dio cuenta de que se trataba de un truco más de Pedro.

—¿Le paga él para que me diga esas cosas?

—En este caso en particular, sí.

—Pues le pague lo que le pague, no creo que sea suficiente.

—No puedo menos que mostrarme de acuerdo con usted. ¿Le apetece una taza de café?

—Me apetecería más que me sirviera la cabeza de Pedro Alfonso en una bandeja —repuso con tono crispado—. Aunque quizá prefiera servirme yo misma.

Alice se adelantó para impedirle el paso, pero no fue lo suficientemente rápida, y Paula irrumpió en el despacho de Pedro exclamando:

—¿Cómo te has atrevido a contarle a la prensa toda esa basura cuando sabes perfectamente bien que…?

No fue más allá. Pedro ya se había levantado y dirigido hacia ella para acallarla con un beso en los labios. Por unos instantes, la indignación de Paula luchó contra su instintiva respuesta, y él interrumpió el beso el tiempo suficiente para susurrarle en voz muy baja:

—¡Bésame tú, por el amor de Dios!

—Ni en un millón de años… —apenas logró pronunciar las palabras cuando Pedro volvió a acallarla de la misma expeditiva manera. Fue como si el mundo se hubiera salido de su eje, imposibilitándola pensar o hacer cualquier cosa que no fuera sentir aquel profundo gozo que empezaba a enroscarse en su interior. Era más fuerte que la furia. Por un momento aterrador, fue lo único que existió.

Pero el momento pasó y Paula pudo recuperarse. Liberó sus labios, con el corazón acelerado, esperando que no se hubiera ruborizado demasiado. Luego miró a Pedro, temiendo ver en su rostro una burlona expresión de triunfo, y se quedó asombrada al descubrir un puro y exacto reflejo de su propia reacción: tenía además la respiración acelerada y le brillaban los ojos.

—Paula —pronunció en voz baja—, déjame presentarte a… ¿pero dónde se ha metido?

—El señor Kirkson se ha marchado aprovechando que los dos estaban ocupados —lo informó Alice desde el umbral.

—¡Maldita sea! —estalló Pedro, soltando apresuradamente a Paula—. Estaba a punto de ceder —y la miró mientras exclamaba—: ¡Muchas gracias!

—¿Te atreves acaso a culparme a mí?

—Si no hubieras irrumpido así en mi despacho, podría haber comprado la empresa de Kirkson por un precio ridículo.

—¿Depósitos Kirkson? ¡Así que se trataba de eso! Por eso preparaste lo de anoche.

—Qué va. Eso fue un accidente.

—¡Ya! —se burló Paula.

—Por cierto, tú tienes que responderme a muchas cosas.

—¿Yo…?

—Acabas de estropear un contrato que podría haber reportado a esta empresa un montón de dinero.

—Un contrato que tú no habrías podido concertar si no me hubieras engañado.
—Yo no te engañé —replicó Pedro entre dientes—. Mike Harker es amigo mío. Estaba medio muerto de gripe, así que yo ocupé su lugar. Eso es todo.

Alice se asomó de nuevo a su despacho:

—Hay una llamada para la señorita Chaves.

Sorprendida, Paula levantó el auricular del escritorio de Pedro, y se encontró hablando con su hermano.

—¡Sabía que te habías largado de repente sin detenerte a pensar!— se quejó—. Ha llamado Vicente. Está loco de alegría por la noticia del alza de las acciones.

—¡Oh, no! —exclamó. Desde que la empresa salió por primera vez al mercado de valores, Vicente había soñado con ver subir las acciones, y eso por fin había sucedido. ¿Cómo podía decirle que todo había sido una simple ilusión, una engañifa?

—Quiere que invites a cenar a Pedro Alfonso.

—Mira lo que has hecho —Paula se volvió hacia Pedro—. Mi abuelo quiere invitarte a cenar.

—¡Maravilloso! Acepto.

—Y después de eso, esta desquiciada historia seguirá marchando viento en popa. ¿Quién sabe cuándo terminará?

—¿Quién sabe? —repitió pedro, sonriendo con malicia—. ¡Pero podría resultar interesante averiguarlo! —le quitó el auricular de las manos—. Señor Chaves, me sentiré encantado de aceptar su invitación.

Por su parte, Paula levantó otra extensión de la línea a tiempo de oír a su hermano decir:

—Mi abuelo nos ha invitado a todos a cenar a su casa pasado mañana. Me ha encargado decirle que espera que no lo abrume con tanta compañía.

—Podría llevarme a mi hermana, para que no me sintiera tan abrumado —sugirió Pedro.

—Por supuesto que puede hacerlo, señor Alfonso, si cree que no se va a aburrir…

—Caro es una persona muy seria —repuso pedro con voz grave—. Y entregada por completo a hacer dinero. Estoy seguro de que usted y ella se llevarán muy bien.

—Dejaré que Paula se encargue de arreglar los detalles con usted —y colgó después de despedirse.

Al encontrarse con la indignante mirada de Paula, Pedro declaró:

—Ardo en deseos de conocer a tu familia. Se lo diré a mi hermana, y estaremos allí a las ocho. A propósito, no sé si te has dado cuenta de que he ganado mi apuesta. Te aposté un beso a que volverías a contactar conmigo en menos de una semana.

—Pero tú sabías que esto tenía que suceder. Eso es trampa.

—Me lo debes. Págame.

—No.

—Me pregunto si la prensa sabrá cómo saldan los Chaves sus cuentas de honor…

Paula suspiró profundamente al advertir el brillo burlón de sus ojos. Sabía que debería escapar de aquella situación por una pura cuestión de supervivencia pero, después de todo, era una deuda de honor.

—Muy bien —declaró, intentando adoptar un tono tranquilo—. Puedes besarme durante cinco segundos exactos.

—Oh, no creo que necesitemos prolongarlo durante tanto tiempo —repuso Pedro antes de plantarle un rápido beso en la mejilla—. Ya está. Ahora ya puedes abofetearme, si quieres…

—La verdad es que no tengo palabras para describir lo que me gustaría hacerte. Cuando pienso en tu comportamiento de anoche al dejarme pensar que eras un pobre actor mientras durante todo el tiempo… Y además, te quedaste con mis gemelos bajo engaño. Creo que deberías devolvérmelos.

—Eso no puede ser. Se los entregué al verdadero Mike Harker, con tu recado acerca del precio que podría conseguir por ellos.

—Ya es hora de que me vaya —dijo Paula, pronunciando las palabras con dificultad—. Te veré en la cena.
—Esperaré ansioso ese momento

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Capitulo cinco!!
Espero que les guste! 
Graciass por leer!! ♥


lunes, 28 de octubre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 4




Para su horror, aquellas palabras le provocaron un escalofrío: reflejaban una férrea resolución que jamás había percibido en ningún otro hombre. Amaba a Facundo por su delicadeza y por su carácter dulce y pacífico, pero muy a su pesar tenía que reconocer que carecía de decisión. Aunque, por otro lado, la decisión no era lo más importante: o al menos eso era lo que siempre se había dicho a sí misma. En los brazos de aquel hombre tan decidido, sin embargo, sus propias reacciones la alarmaban.

Salió de sus ensoñaciones para darse cuenta de que la música estaba terminando. Las parejas aminoraban el ritmo y ella se encontraba en los brazos de Pedro Alfonso, mirando el asombro de su expresión reflejado en su propio rostro. Y comprendió que, a partir de aquel instante, nada volvería a ser lo mismo otra vez.

Durante la siguiente hora Paula funcionó como un autómata: su mente todavía se hallaba ocupada en su devastador encuentro con Pedro. Por el rabillo del ojo lo vio bailando un vals con Penny. Luego volvió a reunirse con ella, la tomó de la mano y la llevó al bar, donde le ofreció un zumo de naranja.

—Supongo que necesitabas tomar un refresco —le dijo él—. Yo también. Me estoy esforzando mucho por ti.

—Te vi bailando con Penny —le comentó ella, interpretando bien su comentario—. ¿Qué te ha parecido?

—Baila con demasiada corrección. Prefiero que una mujer baile con un hombre como si quisiera hacer el amor con él —la desafió con la mirada.

—Me lo imagino —repuso Paula, disimulando su azoro—. ¿Es ése el único defecto que le encuentras a la pobre Penny?

—Me contesta además con monosílabos y no deja de mirar a Facundo. A propósito, es su secretaria, y esta tarde es la primera vez que la ha invitado a salir con él —alcanzó a oír su suspiro de alivio y añadió con tono malicioso—: Parece como si hubiera estado esperando a que lo llamaras en el último momento. No te comprende porque está demasiado pendiente de sí mismo. Está más contento con una chica que no es tan guapa como él, para seguir sintiéndose superior. Lo de ustedes no tenía ningún futuro.

—Facundo y yo todavía no hemos roto…

—Habran roto si Penny tiene algo que ver en ello. Está loca por él.

—Puedo hacer que vuelva conmigo cuando quiera —replicó orgullosa.

—¿Pero te merecerá la pena?

—Sí —respondió desafiante.

—De acuerdo. Vamos —Pedro la llevó adonde se encontraba Facundo, charlando con Penny. De una forma encantadoramente discreta, se las arregló para llevarse a Penny dejando a Paula a solas con él.

—¿Qué tal te ha ido? —le preguntó Facundo con tono formal.

«He estado esperando con toda mi alma una llamada tuya, con el corazón destrozado mientras tú permanecías indiferente. He llorado cuando nadie me estaba mirando, intentando averiguar qué era lo que había hecho mal», se dijo Paula para sus adentros.

—Bueno, ya sabes cómo es esta época del año —respondió riendo—. Hay muchísimo trabajo y no he tenido ni un solo momento libre. Espero que a ti te haya pasado lo mismo.

—Bueno, sí, he estado bastante ocupado. De hecho, he estado fuera durante la mayor parte de estas dos últimas semanas. Por eso no estuve en casa si es que me llamaste.

—Pues no —repuso tensa—. No te llamé.

—Claro. No quería decir que… Bueno, es igual…

Dejó inconclusa la frase, encogiéndose de hombros y sonriendo. Paula perdió el aliento al ver aquella sonrisa, que iluminó por completo su hermoso rostro.

—Facundo —pronunció en un impulso, extendiendo una mano hacia él. Estuvo a punto de pronunciar su nombre, decidida a acabar con aquel distanciamiento.

—¡Deja de hablar, querida! —Pedro apareció de repente a su lado, tomándola del brazo—. La noche es joven. ¡Vamos a bailar!

Y antes de que Paula pudiera protestar, ya se dirigía hacia la pista prácticamente en los brazos de Pedro.

—¿Por qué has hecho eso? Él estaba a punto de… ¿Qué es lo que pretendías?

—Impedir que cometieras un imperdonable error. Los estaba observando, y él no iba a hacer nada. Eras tú la que ha estado a punto de caer a sus pies.

—¡Eso no es asunto tuyo! Y jamás habría hecho tal cosa.

—Tu expresión me decía lo contrario. ¿Es eso todo lo que se necesita? ¿El chico guapo sonríe y la mujer inteligente se pone a babear?

—Suéltame ahora mismo.

Intentó liberarse pero Pedro la sujetó con mayor fuerza, acercando la boca a su oído mientras bailaba.

—¡Deberías agradecérmelo, mujer desagradecida! Si hubieras caído en esta primera prueba, jamás habrías recuperado tu relación.

—¿Qué quieres decir?

—Era tu primer encuentro con él después de la discusión, y tú has sido la única en vacilar. Es el clásico estúpido egocéntrico que siempre espera que todo le venga dado, a su gusto. Apostaría a que está pensando en sí mismo: no en ti, ni en los dos, sino en sí mismo.

Paula habría preferido la muerte antes que admitir que Pedro tenía razón.

—No entiendo qué es lo que ven las mujeres como tú en hombres tan flojos como Facundo.

—Él no es flojo. No es un macho arrogante, si es eso lo que quieres decir. Algunos hombres no sienten la necesidad de serlo. Es una simple cuestión de confianza.

—¿Y qué es lo que has hecho tú para dañar su confianza?

—Creo que ya es hora de que regrese a casa —pronunció Paula.

—Muy bien. Agárrate a mi brazo y haremos una salida triunfal. ¡Arriba esa cabeza!

Una vez en el coche, Paula condujo en silencio durante un buen rato, hasta que por fin le preguntó:

—¿Dónde te dejo?

—En la parada de autobús más cercana.

—Puedo llevarte a casa.

—Gracias, pero el autobús lo hará por ti.

—No hay necesidad de hacerse el mártir —insistió Paula con tono paciente—. Dime dónde vives.

—¿Tenemos por fuerza que terminar con una discusión?

—¿Qué importa ya? La velada entera ha sido un desastre.

—No toda —le recordó Pedro—. Ha tenido sus momentos deliciosos…

Para su disgusto, Paula sintió que le ardían las mejillas. Con la intención de asegurarse de que no sospechaba nada, pronunció con tono tenso:

—Olvidémoslo. Yo ya lo he hecho.

—Eso sí que no me lo creo.

—Esas cosas pasan. La gente tiene sus deslices… que no significan nada.

—¿Te comportas así con todos los hombres? ¡Debería darte vergüenza!

—Ya sabes a lo que me refiero. La noche ha terminado y nunca volveremos a vernos.

—¿Eso piensas? Un hombre temerario podría tomarse eso como un desafío.

—Ni se te ocurra.

—Te apuesto un beso a que volverás a contactar conmigo antes de que termine esta semana.

—Nos estamos acercando a la parada. Buenas noches.

Mientras ella aparcaba, Pedro empezó a quitarse los gemelos que le había prestado.

—Será mejor que te devuelva esto.

Paula no los quería; ya nunca podría regalárselos a Facundo. La debilidad y la decepción que sentía la hicieron decir:

—No hay necesidad. Quédatelos como consuelo por haber perdido la apuesta. Sacarás una buena cantidad por ellos.

Pedro ya había abierto la puerta, pero de pronto se detuvo y se volvió para mirarla:

—Quizá prefiera conservarlos para recordarte a ti.

—Yo preferiría que no lo hicieras —replicó ella, ansiando que se marchara de una vez para quedarse a solas con su tristeza—. Quiero olvidarme de todo lo relacionado con esta noche.

—Y yo no quiero que lo hagas —repuso a su vez Pedro, acercándola hacia sí. Antes de que Paula pudiera incluso pensar, la besó en los labios con fiera intensidad.

—Detente —susurró con voz ronca.
—No quiero detenerme —murmuró—. Y tú tampoco.

Paula intentó negarlo, pero el corazón le latía acelerado y ni siquiera logró formular mentalmente las palabras. Además, su boca la había acallado otra vez. Pedro volvió a besarla como si dispusiera para ello de todo el tiempo del mundo, tentándola con la deliciosa caricia de su lengua en los labios. Aquellos hábiles movimientos parecían comunicar a sus nervios descargas eléctricas que sensibilizaban todo su cuerpo.

Paula levantó una mano para detenerlo, pero de pronto, como si tuviera vida propia, le acarició el rostro y hundió los dedos en su pelo.

No estaba segura de nada, excepto de que se hallaba cautiva de aquel fantástico placer. Debía de estar loca para permitir que sucediera todo aquello, pero ya era demasiado tarde… Sintió entonces sus dedos deslizándose más abajo de su estrecha cintura, sobre la tela de satén que cubría sus caderas; pero de repente algo lo detuvo.

Paula percibió de manera inequívoca su repentina tensión, y al momento siguiente Pedro interrumpió el beso y se apartó.

Respiraba aceleradamente y le brillaban los ojos.

—Todo esto no debería haber pasado —le gritó Paula, avergonzada, en cuanto consiguió recuperarse—. Sal del coche ahora mismo —le ordenó con voz temblorosa—. Inmediatamente. ¿Me has oído?

—Sí, quizá sea mejor que escape de una vez mientras aún los dos estemos a tiempo —salió y cerró la puerta, sin dejar de mirarla a través de la ventanilla—. Hasta que volvamos a encontramos.

—Eso nunca sucederá.

—Sabes perfectamente que sí.
Sólo había una forma de acallarlo, y Paula no lo dudó: pisó a fondo el acelerador y arrancó a toda velocidad. Una sola mirada al espejo retrovisor le reveló que él seguía allí, sin moverse, observándola con el ceño fruncido.

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Capitulo cuatro!! espero que les guste!
Gracias por leer! ♥


domingo, 27 de octubre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 3




Paula ya se había preguntado con anterioridad si Facundo estaría allí. Ya se daba cuenta de que, secretamente y durante todo el tiempo, había estado esperando verlo. El corazón le dio un vuelco cuando reconoció sus perfectos rasgos y su cabello espeso y ondulado.

Él miró en su dirección y Paula acertó a ver su expresión de sorpresa. Por un momento la joven llegó a imaginar que extendería sus brazos hacia ella y todas sus diferencias quedarían olvidadas.

Pero Facundo permaneció inmóvil, rígido, aparentemente confuso. Luego una joven lo tomó del brazo, y él inclinó la cabeza hacia ella, mirándola con expresión solícita. Paula se quedó donde estaba, muy sorprendida. Facundo le había dado la espalda. De repente se olvidó de todo lo que la rodeaba, Pedro incluido, que la estaba
observando de cerca. Se le encogió el corazón ante el pensamiento de que Facundo hubiera encontrado una pareja tan pronto. Luego la chica en cuestión le sonrió. Era una sonrisa sincera, cariñosa, encantadora. Paula no consiguió ahogar una exclamación. Pedro la oyó, y entornó los ojos con expresión perspicaz.

—Así que es él —le murmuró al oído.

—Él… ¿quién?

—El guaperas con la poquita cosa.

—¿No podríamos cambiar de tema? —inquirió Pau, con un esfuerzo.

—¿Por qué? Sólo estoy aquí para demostrarle que no le importas nada en absoluto. Así que voy a demostrárselo ahora mismo… a no ser que estés asustada.

—Claro que no —se apresuró a replicar.

—Entonces tendrás que agarrar al toro por los cuernos.

—Tienes razón —y se adelantó hacia Facundo, exclamando—: ¡Facundo! ¡Qué alegría verte!

Él también tuvo sus problemas para reponerse de su sorpresa, y Paula comprendió que tampoco había esperado verla acompañada.

—Qué… encantadora sorpresa.

—Pero tú sabías que pensaba venir.

—Sí… er… claro, es sólo que… permíteme que te presente a Penny —y se volvió hacia la jovencita, que le lanzó a Paula una mirada nerviosa, seguida de inmediato por una deliciosa sonrisa.

—Este es Pedro Alfonso —dijo a su vez Paula. Mientras los hombres se daban la mano, empezó a sentirse algo más confiada. Al menos Facundo sabía que no se había quedado sola y deprimida en casa, esperando a que la llamara por teléfono. Deslizó un brazo bajo el de Pedro y lo miró a los ojos, sonriéndole con ostentosa intensidad.
Sintió un absurdo deseo de echarse a reír, como si los dos compartiesen una broma privada que nadie más pudiera comprender. Ni siquiera Facundo.

Facundo fruncía mientras tanto el ceño, incómodo, como si le desagradara el hecho de verla con otro hombre. Pero luego Penny reclamó su atención y tuvo que volverse hacia ella. Paula mantuvo bien alta la cabeza, forzando una sonrisa.
Unas cincuenta mesas redondas llenaban el salón, cada una con ocho comensales. Pau no supo si reír o llorar cuando descubrió que les había tocado en la misma mesa que a Fcundo y a Penny. Estaban casi frente a frente.

—Háblame de Facundo Pieres —le pidió Pedro en un murmullo—. ¿A qué se dedica?

—Posee una pequeña empresa de juguetes electrónicos.

—¿La fundó él mismo?

—No, su padre se la legó.

La cena los mantuvo ocupados durante un rato. Pedro representó su papel a la perfección, atento y sonriente al menor de sus deseos. Luego fue el turno de los discursos. Paula estaba frente al estrado, pero tanto Facundo como Penny tuvieron que volverse, así que pudo observarlos con atención.

Los discursos terminaron y el ambiente se relajó visiblemente mientras la gente se levantaba para visitar otras mesas. Un par de conocidos se acercó a saludar a Paula, y minutos después, cuando quedó otra vez libre, descubrió que  Pedro  se había sentado más cerca de  Facundo y Penny. Facundo le estaba contando algo con expresión interesada, y pedro lo escuchaba con el ceño fruncido, aparentemente concentrado.

—¿Y si alguien me invitara a bailar? —inquirió.

—Los deseos de mi dama son órdenes —repuso Pedro, y la sacó a bailar un vals.

—Pensé que debía rescatarte de Facundo —le dijo a modo de explicación.

—¿Temías que toda esa conversación tan seria fuera demasiado para mí, verdad?

—¿Qué te contó acerca de nosotros?

—Que fue tu gigoló, por supuesto.

—¿No podrías hablar en serio aunque sólo fuera por un momento?

—Te lo contaré seriamente. No estoy seguro de si debo ayudarte a que vuelvas con él. Podrías terminar casada, y entonces, ¿cómo podría perdonármelo?

—¿Qué quieres decir?

—No es el hombre que necesitas. Te pegarías con él cada vez que quisieras mirarte en el espejo.

—¡Qué absurdo!

—No es un absurdo, Pauli…

—No hagas eso —se apresuró a decirle ella—. Sólo Facundo me llama Pauli.

—De todas formas es un nombre que no te sienta bien. Pauli es adecuado para un gorrioncillo, y tú eres como un ave del paraíso.

—No estés tan seguro —declaró con tono ligero—. Podría convertirme en un grajo agresivo.

Pedro se echó a reír. Era una risa vibrante, llena de ricos matices, y varias personas se volvieron para mirarlos, incluido Facundo  Inmediatamente Paula forzó una sonrisa mientas fijaba la mirada en su rostro.

—Muy bien —pronunció Pedro, interpretando correctamente su gesto—. Si es a eso a lo que quieres jugar… —la atrajo con fuerza hacia sí, mirándola con expresión ardiente—. Eres maravillosa. Espero que Facundo te valore en lo que realmente vales.

—Por supuesto.

—¿Te ha hablado de matrimonio?

—A su manera —respondió después de un ligero titubeo.

—¿Qué significa eso?

—Con hechos, y no con palabras.

—No te engañes a ti misma, Paula. Tú deseas que te pida matrimonio, y no lo ha hecho. ¿Por eso discutieron?

—Eso no importa.

—Claro que importa. Hasta la medianoche yo seré tu nuevo amante, terriblemente celoso del hombre del que estás enamorada. Porque estás enamorada de él, ¿verdad?

—Completamente.

—Bueno, ¿y de qué discutieron?

Paula no sabía cómo detenerlo; aquel hombre parecía ejercer sobre ella un poder hipnótico que hacía que le pareciera natural contestar a sus preguntas. Pero le resultaba difícil analizar aquella discusión porque ni siquiera estaba segura de su verdadero motivo. Habían estado hablando de un problema que Facundo había tenido con su empresa. A ella la solución le había parecido obvia, y se había sentido muy contenta de ayudarlo, pero de repente él había empezado a mirarla de una manera muy extraña…

—¿Tú sabes más de esto que yo, verdad? —le había preguntado él con tono suave.

Incluso entonces Paula no había visto el peligro, y había replicado alegremente:

—Es algo en lo que tiene que ver mi abuelo, ese viejo granuja. Algo se me ha pegado. Mira, querido, lo que tienes que hacer es….

Pero Facundo la había interrumpido en ese mismo momento, acusándola de entrometerse en sus asuntos. Paula lo había negado, indignada, y la situación empeoró aún más. Para cuando se separaron, casi se había olvidado del desacuerdo original.

—No tiene nada que ver con el matrimonio —le dijo finalmente a pedro.

—Me alegro. Te mereces un hombre mejor que Facundo Pieres

—¡No me digas eso! —se apresuró a protestar.



—¡Bien hecho! Me gusta ese brillo que se te pone en los ojos. No te molestes en mirarlo a él: arruinarías el efecto. Concéntrate en mí. Creo que eres formidable, y además tienes valor y coraje.

—¿Siempre les dices esas cosas a tus clientas?

—¿Mis…? Bueno, es cierto que no lo hago tan a menudo —repuso Pedro, recuperándose de su distracción—. Tiendo a espetarle a la gente la cruda verdad en vez de susurrar dulces necedades. Sonríeme. Nos está mirando.

Paula le regaló una deslumbrante sonrisa y Pedro se la devolvió.

—Muy bien —murmuró—. ¿Sabes? Eres aún más bonita cuando te enfadas.

—Oh, vete al diablo —replicó, dándose por vencida y riendo a su pesar.

—Con mucho gusto, pero abrazado a ti. Bailando contigo, sería capaz de descender a los infiernos y luego volver —desvió la mirada hacia Facundo, y susurró con una sonrisa en los labios—: Has conseguido preocuparlo de verdad.

—¿A quién?

—A Facundo. ¡No me digas que te has olvidado de ese pobre infeliz!

—Claro que no —replicó Paula con demasiado apresuramiento. Era cierto que se había sentido tan intrigada por la personalidad de Pedro, que por un momento había dejado de pensar en Facundo.

—Démosle un buen motivo de preocupación —sugirió Pedro, acercándola más hacia sí—. Me encanta el diseño de tu vestido.

Paula sabía que se estaba refiriendo a su pronunciado escote, y para desmayo suyo, empezó a ruborizarse.

—Eres la mujer más bella de este salón —continuó él.

—Deja de decirme esas cosas —susurró Paula.

—Me pagan para decirlas —le recordó.

Paula se quedó sin aliento. Había caído presa del encanto de aquel hombre… y todo había resultado ser un engaño. Sus cumplidos y sus atenciones no tenían significado alguno.

—Bueno, dado que estás bajo mis órdenes —le dijo con voz temblorosa—. Te ordeno que no sigas por ese camino.

—Me contrataste para ponerle celoso a Facundo Pieres, y eso es precisamente lo que voy a hacer.

—Te contraté como un simple complemento, para que resultaras útil a mi empresa —le dijo apresurada, recordando lo que le había dicho Gonzalo.

—Tonterías. Es Facundo quien te preocupa. Aunque el motivo sigue siendo un misterio para mí.

Le levantó delicadamente la barbilla, y ella no pudo resistirse; de repente el corazón empezó a latirle acelerado. Intentó ignorar sus propias sensaciones y recordar solamente que aquel hombre estaba representando su papel. Pero fue inútil; era como si estuviera flotando en un sueño. Aquel tipo arrogante tuvo entonces la desfachatez de pasarle la punta de los dedos por los labios. paula emitió un tembloroso suspiro, asombrada de las sensaciones que él le estaba suscitando. Tenía que detenerlo. Pero no hizo nada; ni siquiera podía hablar. Sentía su leve contacto en los labios, a lo largo de su mejilla y descendiendo por su cuello. Luego la acercó más hacia sí para besarla en la boca, y Paula tuvo la devastadora impresión de que no ejercía control alguno sobre sí misma. Perdió todo sentido del tiempo y del espacio. Era como si estuviera bailando en los cielos un vals que fuera a durar toda una eternidad. El corazón le latía con tanta fuerza que apenas podía respirar.

—Deberías soltarme —musitó.

—Si dependiera de mí, jamás en la vida te soltaría —murmuró Pedro—. Te arrastraría fuera de aquí, a algún lugar donde nadie pudiera encontrarnos, para descubrir el tipo de mujer que eres realmente. Y la respuesta podría sorprenderme tanto como a ti.

—¿Cómo te atreves…?

—Extraño, ¿verdad? Pero yo ya te conozco como jamás te conocerá Facundo. Sé lo que quiero de ti, mucho más de lo que nunca podría desear él.

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Capitulo tres!! 
Gracias por leer! ♥


sábado, 26 de octubre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 2



Pedro Alfonso se detuvo ante la puerta del apartamento, mirando con desazón el suburbio marginal en el que se encontraba. Doce años atrás su amigo Mike Harker había tenido posibilidades de convertirse en una gran estrella de cine, pero su carrera se había truncado y por eso vivía en aquel barrio. Pedro había procurado mantener el contacto con él, pero hacía cinco años que Mike no lo veía. La puerta se entreabrió con un crujido.

—¿Quién eres tú? —inquirió una voz apagada.

—¿Mike? Soy yo, Pedro.

—Diablos. ¿pedro? —Mike se apresuró a invitarlo a pasar y cerró rápidamente la puerta—. Temía que fueras el casero.

Se saludaron efusivamente. Mike seguía conservando su atractivo, aunque tenía los ojos legañosos y la nariz enrojecida.

—No te acerques demasiado —le dijo a Pedro—. No quiero contagiarte la gripe.

—¿He venido en un mal momento? —inquirió pedro mirando el traje negro y la corbata blanca que llevaba—. Parece como si estuvieras a punto de asistir a una gala de cine.

—Si estuviera acostumbrado a ir a esas cosas, ¿crees que viviría en un barrio como éste? —le lanzó una mirada cargada de ironía.

Mientras tomaban café, Pedro le preguntó con cierto embarazo si aún seguía dedicándose al trabajo de actor. Y con mayor embarazo aún, como respuesta a sus preguntas, le habló de su éxito en los negocios.

—Todavía me acuerdo de cuando entraste en Empresas Charteris —le comentó Mike—. Te dije que terminarías dirigiendo tú la empresa, y así ha sido.

—No es para tanto —repuso Pedro—. Deberías irte a la cama —le dijo a Mike.

—Tengo que salir. Sobrevivo trabajando en una agencia de acompañantes, y esta noche tengo trabajo.

—¿Trabajas de gigoló? —exclamó Pedro, consternado.

—No, maldita sea. ¡No soy un gigoló! Mi trabajo es absolutamente respetable. Si una mujer tiene que asistir a algún acto social y carece de pareja, llama a mi agencia y me contrata. Sólo tengo que ser atento y causar la impresión adecuada. Ella se vuelve a casa, a su cama, y yo a la mía.

—Que es donde deberías estar ahora mismo. No puedes acompañar a una mujer en ese estado. Le contagiarás la gripe. Llama a tu agencia para que envíe a otra persona.

—Demasiado tarde —replicó Mike, preso de un ataque de tos.

—¿Cómo es ella?

—No lo sé. No la conozco. Se llama Paula Chaves: es todo lo que sé. Se trata de una gala comercial, así que probablemente se ajuste al tipo de mujer ejecutiva: cuarenta años, ceñuda, demasiado ocupada haciendo dinero como para mantener una relación…

—Vete a la cama —le ordenó firmemente Pedro—. Yo iré en tu lugar.

—Pero me dijeron que me querían a mí en concreto…

—Creía que habías dicho que no la conocías.

—Y no la conozco. Pero quería a alguien muy atractivo.

—¿Y yo soy el monstruo de Frankenstein? —sonrió Pedro, en absoluto ofendido.

—Recuerdo que siempre has tenido más éxito con las mujeres del que te correspondía. Y no entiendo por qué, visto lo mal que las tratabas.

—Nunca tuve que arrastrarme ante ellas para halagarlas, si es eso lo que quieres decir. Mi padre solía decir que las mujeres eran como autobuses. Siempre que se iba uno venía otro —se echó a reír—. ¿Sabes? Solía asegurarse bien de que mamá no andaba cerca antes de comentármelo.

Era cierto que Pedro no tenía los rasgos absolutamente perfectos de Mike, pero muchas mujeres lo encontraban muy atractivo. Era alto, moreno, de fuerte constitución y con un poderoso aire de autoridad. Sus ojos castaños irradiaban una intensa energía que daba un acentuado carácter a su rostro. Su boca era ancha y generosa, y encantadora su sonrisa. Era un hombre, en suma, que habría destacado en una multitud.

—No puedes ir y punto —declaró—. Usaré tu nombre, y me comportaré lo mejor que pueda. Será mejor que pase por casa para cambiarme de ropa.

—No hay tiempo. Me espera dentro de veinte minutos: tendrás que llevar mi traje. Afortunadamente tenemos la misma talla —Mike tosió de nuevo—. Espero que no te haya contagiado la gripe.

—Nunca me contagio. Soy invulnerable. ¿Qué estás mirando por la ventana?

—Ese impresionante coche, con matrícula de este año, aparcado bajo mi casa. Si fuera tuyo, nadie pensaría que eres un actor sin un céntimo, obligado a trabajar de acompañante.



—Gracias por el consejo. Lo aparcaré cerca de su casa e iré a buscarla a pie, para que no sospeche. Y ahora métete de una vez en la cama.


Paula se alegraba de que su acompañante se estuviera retrasando. Así tendría tiempo para dar de comer a Zarpas antes de salir.

—Vamos, date prisa. Va a venir de un momento a otro.

Zarpas reapareció un par de minutos después, chorreando agua después de haberse remojado en un charco, y no tardó en demostrarle su cariño saltando a su regazo.

—¡Oh, no! —gimió Paula, mirando las manchas que le había dejado en el vestido.

Fue apresurada al dormitorio, se quitó la prenda y empezó a buscar otro vestido de noche, rezando desesperadamente para que sus peores temores no se vieran realizados.

Pero no tuvo éxito. No tenía más opción que llevar el vestido de satén azul oscuro.

—¡Desagradecido animal! —le espetó a Zarpas—. Te rescato de la calle y ahora me haces esto.

Reacia, se puso el vestido, que le pareció todavía más atrevido que cuando se lo compró. La prenda se ajustaba a su cintura y a su vientre plano como si fuera una segunda piel, mientras que el escote era bajo, muy pronunciado. Se había recogido el cabello  de una manera muy sofisticada, y haciendo juego con el vestido lucía un collar y pendientes de diamante.

En aquel momento parecía una joven mundana capaz de enfrentarse a cualquier problema o adversidad. Deseaba sinceramente poder sentirse así. Terminó justo a tiempo, precisamente cuando estaba sonando el timbre. Y tan pronto como abrió la puerta, comprendió que había cometido el gran error de su vida.

El hombre que tenía delante era sencillamente impresionante, aunque no fuera guapo a la manera clásica: irradiaba un aura de arrogancia y de implacable voluntad. Desde el primer momento, mientras se miraban fijamente a los ojos,Paula comprendió que él, por su parte, se sentía igualmente atraído por su aspecto. Y de pronto empezó a ser consciente del aspecto que presentaba con aquel vestido. Su mirada la hacía sentirse como si estuviera desnuda, y evidentemente aquel hombre estaba disfrutando a placer del espectáculo, lo cual la indignó sobremanera. Después de todo, lo había contratado ella. Y lo que era aún peor: distinguió un brillo irónico en sus ojos, como si hubiera adivinado sus pensamientos y se estuviera divirtiendo aún más.

—Buenas tardes, señor Harker. Se ha retrasado un poco, pero no importa.

—Le presento mis disculpas —pronunció él en un tono nada apologético—. Se me presentó una emergencia, pero ahora ya soy todo suyo —añadió, levantando las manos.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Paula de repente—. ¡Vaya unos gemelos!

Supuso que los gemelos de su camisa eran todo lo que se podía permitir un actor fracasado, pero eran baratos y de mal gusto, como si se los hubiera comprado en un mercado de baratillo.

—Son los mejores que tengo. ¿Qué les pasa?

—Nada, yo… —Paula se esforzó por encontrar una manera discreta de decirle lo que pensaba sin ofenderlo, aunque resultaba verdaderamente difícil—. No son lo bastante… quiero decir que no van bien… quizá yo pueda sugerirle… Espere un momento.

Corrió a su dormitorio y buscó los gemelos que le había comprado a Facundo para su próximo cumpleaños. Eran de plata con incrustaciones de diamantes, y le habían costado una fortuna.

Su acompañante alzó las cejas, asombrado, cuando ella le pidió que extendiera las manos. Rápidamente le cambió los gemelos, y cuando levantó la mirada, lo sorprendió observándola con una expresión de tierna ironía que la hizo estremecerse de emoción.

Después de observar con atención los espléndidos gemelos, fijó sus ojos brillantes en el collar y en los pendientes que lucía.

—Me alegro de que hagan juego con sus joyas —murmuró.

—Aquí tiene las llaves de mi coche, señor Harker —pronunció Paula, ignorando su comentario—. ¿Nos vamos?

Se dirigieron al garaje, pero cuando abrió la puerta para descubrir su estupendo todoterreno, empezó a experimentar ciertas dudas.

—Quizá sea mejor que conduzca yo —extendió la mano para recoger las llaves, pero Pedro no se movió.

—Suba al coche —le dijo él con una tranquila firmeza que la sorprendió—. He venido aquí para hacer de acompañante suyo, y lo haré con propiedad. No quedaría bien que usted condujera. La gente podría pensar que ha tenido que contratarme.

Paula se abstuvo de replicar y subió al coche. Él empezó metiendo la marcha atrás con soltura, como si condujera ese tipo de coches todos los días.

—¿Qué rumbo seguimos?

—Vamos al centro. Diríjase a la plaza Trafalgar y ya le indicaré yo desde allí.

Cuando ya estaban en la carretera, Pedro le preguntó con naturalidad:

—Bueno, ¿qué cuento vamos a contarle a la gente?

—¿Cuento?

—Acerca de nosotros. Si alguien nos pregunta, tendremos que responderles lo mismo. ¿Cuándo nos conocimos?

—Oh… la semana pasada.

—Eso es demasiado reciente. ¿Por qué no el mes pasado?

—No —se apresuró a decir—. Eso es mucho tiempo.

—Entiendo. ¿Es que iba a salir con otro hombre? ¿Cómo es que le ha fallado en el último momento?

—Porque… porque tuvimos una discusión.

—¿Quién dejó a quién?

—Nos separamos por mutuo consentimiento —repuso tensa.

—¿Quiere decir que fue él quien la dejó plantada?

—Yo no he dicho tal cosa.

—¿Estará él allí esta noche?

—Puede que sí.

—Entonces será mejor que me diga su nombre, sólo por si acaso.

—Facundo Pieres —respondió, incómoda.

—¿Ya ha decidido cómo nos conocimos usted y yo?

—No, no sé… ya se me ocurrirá algo —repuso distraída, ya que se estaba deprimiendo por momentos.

—Ya estamos cerca de la plaza Trafalgar. Guíeme.



—Vamos a Catesby, donde la Cámara de Comercio de Londres celebra su cena de gala. ¡Cuidado!




—¡Perdón! Se me ha escurrido la mano del volante —se apresuró a decir Pedro , aunque en realidad se había llevado una desagradable sorpresa. Allí habría mucha gente que lo reconocería. Tomó una rápida decisión—: Será mejor que lo sepa. Mi verdadero nombre no es Mike Harker.

—¿Quiere decir que es su nombre artístico?

—No, yo… no importa. Me llamo Pedro Alfonso. Ya casi hemos llegado. Rápido, dígame algo sobre usted.

—Me llamo Paula Chaves. Soy la nieta de Vicente Chaves, de Distribuciones Chaves.

—¿Distribuciones Chaves? —repitió Pedro—. ¿De camiones y almacenes?

—Sí —respondió, sorprendida de que conociera su empresa—. Está entre las mejores empresas de su sector, y nos estamos ampliando rápidamente por Europa. Pero creo que eso no tiene por qué saberlo…

—Sí, no diga nada que sea demasiado complicado para mí —repuso con ironía—. Mi única neurona no alcanzaría a comprenderlo.

—Gire por la siguiente calle a la derecha, y encontrará el aparcamiento.

Pedro apagó el motor, pero cuando ella se disponía a salir, le ordenó que se detuviera:

—Espere —salió él primero, rodeó el coche y le abrió la puerta—. Después de todo, es para esto para lo que he venido —le comentó con una sonrisa.

—Gracias —le dijo, y aceptó su brazo.

La joven no pudo disimular un ligero temblor al sentir el contacto de sus dedos, y levantó involuntariamente la mirada hacia él: vio entonces que la estaba mirando con una expresión que la dejó sin habla.

—Es usted preciosa —pronunció muy serio—. Y me sentiré muy orgulloso de entrar ahí con usted del brazo. ¡No, no lo diga! Le da igual que yo me sienta orgulloso o no: eso no forma parte de nuestro trato. Bueno, a mí no me importa que a usted le importe o le deje de importar. Se lo repito: ¡es usted maravillosamente hermosa!

—Gracias —balbuceó al fin Paula—. Me alegro de que apruebe… mi aspecto.

—Yo no tengo que aprobar nada —repuso Pedro, irónico—. Y desde luego no apruebo esta situación. Una mujer como usted no debería contratar a ningún hombre, y si lo hace es que algo hay que marcha mal. Usted es esplendorosamente sexy, una tentación para que cualquier hombre haga cosas de las que pueda arrepentirse después. Ojalá dispusiera de tiempo para indagar en esa contradicción.

—Mis contradicciones no le atañen —le espetó, ruborizándose.

—Lo harían si yo así lo quisiera —respondió despreocupadamente—. ¡Es una pena que no tenga tiempo para ello! —deslizó un dedo delicadamente a lo largo de su mejilla—. Creo que deberíamos entrar.

—Sí —repuso ella, recordando con esfuerzo el motivo por el cual se encontraban allí.

Paula había asistido a muchos actos en Catesby, y estaba familiarizada con su fantástico interior decorado en colores rojo y dorado, con la fantástica escalera curva y sus vistosas arañas. Pero aquella noche parecía como si estuviera viendo aquello por primera vez en su vida. Las luces eran más brillantes, más vividos los colores de los vestidos de las otras mujeres, y el contraste del negro y blanco de los esmóquines de los hombres más intenso de lo que recordaba haber visto nunca.

Fue al guardarropa a dejar su estola. Al salir para reunirse con Steve, que la estaba esperando al pie de la escalera, tuvo tiempo de contemplarlo a una prudente distancia, entre los demás hombres. La comparación obraba en su favor. Era casi el más alto de todos, y el de aire más impresionante. Pero lo que más le impresionaba era la confianza y autoridad que parecían emanar de su persona. Había visto esa apariencia antes, pero en hombres que lideraban grandes corporaciones; ¿cómo era posible que un actor fracasado hubiera podido conseguirla? Un actor, pensó. Por supuesto. Simplemente estaba representando el papel exigido.

—Enhorabuena —lo felicitó al reunirse con él.

—¿Perdón?

—Has dado en el clavo —le comentó, tuteándolo—. Parece totalmente como si pertenecieras a este ambiente selecto.

—Gracias —repuso con sospechoso candor—. Pero la verdad es que me siento muy nervioso entre toda esta gente tan importante.

—No son realmente importantes. Sólo se creen que lo son porque tienen dinero. A la mayor parte de mis amigos de este ambiente no les importa lo que puedan pensar de ellos —con expresión traviesa, añadió—: Simplemente mantén levantada la nariz, y te tomarán por uno de los suyos. Estoy segura de que tendrás un gran éxito.

—Entonces… ¿me aseguras que no te sientes ni un poquito decepcionada con nuestro trato?

—Al contrario, creo que ha sido una verdadera ganga para mí.

—Quizá no lo haya hecho tan mal hasta ahora, después de todo. Bien —le ofreció su brazo—. ¿Vamos?

Juntos subieron las anchas escaleras y entraron en el enorme salón que ya se hallaba repleto de gente. Pedro se dio cuenta inmediatamente de que Paula destacaba entre todas las demás mujeres presentes… y se preguntó, mientras aspiraba su delicioso perfume, qué tipo de amante podría haberla rechazado.

Se abrieron paso entre la multitud, sonriendo y saludando a gente. Algunos lo conocían, y Pedro pasó algunos apuros intentando evitarlos. Sería muy afortunado si al final lograba salir de allí sin que alguien lo reconociera.

—Vamos al bar —le susurró—. Tengo que contarte una cosa mientras bebemos algo.

—Yo tomaré un zumo de naranja, ya que seré yo la que conduzca a la vuelta.

—Dos zumos de naranja —le pidió Pedro al camarero, y se volvió sonriente hacia Paula—. He pedido zumo también para mí tan sólo en caso de que luego cambies de idea.

—¿Tanta confianza tienes en ti mismo? —lo desafió.

—¿Tú crees que la tengo? Gracias por la información.

La miró con expresión burlona, y paula no pudo disimular una sonrisa.

—Estoy segura de que la tenías —se volvió para contemplar el salón. Y de repente la sonrisa se le heló en los labios.
Facundo estaba solamente a unos pasos de ella.

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Capitulo dos!! 
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viernes, 25 de octubre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 1



—¿Cómo has podido ponerte esa cosa?

Paula se hizo a un lado para invitar a su hermano a entrar en su casa. Ya estaba bastante nerviosa por la tarde que se avecinaba, y la irritación de Gonzalo no hacía más que empeorar las cosas.

—Creía que te pondrías el vestido nuevo que te compraste ayer —añadió él—. Aquél de satén azul oscuro, tan fino y tan impresionante… —lanzó una despreciativa mirada a su vestido de organdí de color dorado, con su recatado cuello—. ¿Sabes? Vamos a una cena de gala, no a una reunión de puritanos.

—Lo siento, Gonza —repuso ella con tono conciliador—, pero simplemente no podía ponerme ese vestido azul. Es demasiado atrevido.

—No pensabas eso cuando te lo compraste.

—Sí, es cierto, pero también dejé que me convencieras de que era mi deber ir a esa cena. Y dado que he vuelto a recuperar mi sentido común, creo que voy a llamar para disculpar mi ausencia.

—No puedes hacer eso —replicó Gonzalo, alarmado—. ¿Cuántas veces tendré que recordarte lo importantes que son las apariencias? Todo el mundo sabe que tú representas a la empresa en la cena de la Cámara de Comercio de Londres, y tienes que estar allí.

—Pero iba a ir con Facundo.

—Y ahora que te ha dejado tirada…

—No me ha dejado tirada. Simplemente no vamos… a vernos durante una temporada.

—Lo que sea. El asunto es que no puedes evadir tus responsabilidades y tampoco puedes aparecer sola. Eso supondría mostrar una imagen de debilidad. Tienes que conseguir que todo el mundo piense que no te importa.

—Pero me importa…

Paula había previsto asistir a aquella cena en compañía de Facundo Pieres, el hombre al que amaba y con el que había esperado casarse. Pero él no había vuelto a llamarla desde la discusión que tuvieron dos semanas atrás, y aquello le había destrozado el corazón.

Lo que verdaderamente le habría apetecido era quedarse toda la tarde llorando. Y en lugar de eso, estaba vestida y preparada para salir con un desconocido.

—Odio las farsas —rezongó—. Siempre las he odiado.

—Nunca dejes que tu enemigo te vea debilitado —repuso Gonzalo, citando su regla favorita de conducta.

—Y odio tener que considerar a todo el mundo como mi enemigo.

—Así es como se hacen los negocios. Vamos, hasta ahora lo has hecho maravillosamente bien.

—Pero no estás completamente seguro de mí, ¿verdad? Por eso me llamaste cuando venías hacia aquí: para asegurarte de que no me había echado atrás. Pues bien, me he echado atrás.



Los dos hermanos trabajaban para Distribuciones Chaves, una gran empresa de transportes fundada por su abuelo, Vicente Chaves.

Ambos poseían acciones en la empresa, y la dirigían entre los dos desde que Vicente se había retirado por enfermedad.

La diferencia estribaba en que Gonzalo vivía y respiraba por aquel negocio, mientras que Paula sólo había entrado en distribuciones Chaves para complacer a Vicente.

Gonzalo era un tipo de unos treinta años, fuerte y macizo, de mediana estatura. Podría haber resultado atractivo si no frunciera tanto el ceño. Paula respetaba a su hermano por su dedicación al trabajo, pero a veces la exasperaba su falta de paciencia y su carácter gruñón y malhumorado.

—¡Por el amor de Dios! —exclamó Gonzalo, pasándose una mano por el pelo—. Esta noche será una gran oportunidad de hacer contactos, de conseguir influencias… Con tu belleza, serás el centro de la fiesta.

Era cierto que la naturaleza la había dotado a Paula de todos los encantos. Sus  ojos verdes se destacaban  en su rostro , y tenía una boca seductora, extremadamente deliciosa. Pero esa misma naturaleza también la había privado de algo: carecía completamente de la capacidad de utilizar su belleza de la forma que Gonzalo esperaba. Pero él no parecía comprenderlo.

—Tienes recursos —le comentó Gonzalo—, así que utilízalos.

—¿Por qué no utilizas tú los tuyos, ya que te resulta tan importante?

—Porque los míos no son del mismo tipo que los tuyos. Yo me muevo más a gusto en las salas de juntas que en los salones de baile.

—Debí de estar loca para dejarme convencer de que fuera sin Facundo. Y en cuanto a lo de contratar a un acompañante, aunque sea de una agencia de tan gran reputación… ¡Reflexiona un poco! ¡Pagar a un hombre para que me acompañe!

—Ya te lo dije: la cosa no es realmente así —replicó impaciente—. Jack es un buen cliente nuestro, y su nieto es actor. Un actor fracasado, al parecer, puesto que se dedica a trabajar de acompañante. Llamaste a la agencia preguntando específicamente por Mike Harker, ¿verdad?

—Sí, sólo pregunté por Mike Harker. Y antes de que me lo preguntes, sí, tuve mucho cuidado en ocultarle que conocía a su abuelo. Mientras piense que se trata de un encargo ordinario, su orgullo no se resentirá.

—Bien. Por lo visto es un tipo que no acepta fácilmente favores, y habría sido un engorro que se hubiera negado. ¿Qué razón le diste para solicitar sus servicios?

—Le dije que alguien me había dicho que era muy atractivo, y que eso era lo que necesitaba.



—Muy bien. No tendrás nada que temer. Jack me ha asegurado que Harker es un tipo muy discreto. ¡Dios mío! ¿Qué es eso?


Dulce siguió la dirección de su dedo acusador.

—Una gata —respondió a la defensiva—. Encontré a Zarpas en la puerta de casa, y no tuve corazón para dejarla abandonada allí…

—Es curioso: no sé cómo lo haces, pero todos los bichos abandonados se las arreglan para terminar en tu casa —observó Gonzalo, sombrío.

—Mejor eso a que se queden en la calle —se apresuró a decir ella.

—Mientras no intentes llevártela a la oficina, como intentaste hacer con tu última adquisición… Estábamos a punto de firmar un estupendo contrato con Bill Mercer, cuando aquella maldita serpiente se escapó de tu escritorio: estuvo a punto de sufrir un ataque cardíaco.

—Sólo era una inofensiva culebrilla.

—Y luego lo del hámster… ¿Sabes? Lo de llevar animales al trabajo no es muy profesional que digamos.

—Bueno, yo nunca he sido muy profesional, ¿verdad? Al menos no como tú, ni como Vicente quería que fuera. De hecho, yo no tendría que estar trabajando en Chaves, lo sabes perfectamente. No estoy hecha para eso. A veces creo que debería retirarme antes de cumplir los treinta años, e intentar cualquier otra cosa.

—No puedes hacerle eso a Vicente —replicó Gonzalo, horrorizado—. ¡Después de todo lo que ha hecho por nosotros! Es cierto que te sientes como un pez fuera del agua, pero tú siempre has sido su ojito derecho, y si te vas le romperás el corazón.

—Ya lo sé —repuso suspirando, ya que ella misma se había repetido aquel argumento unas cien veces. Jamás podría hacerle daño alguno a Vicente.

—Si usaras un poquito más la cabeza, dejarías de tomar decisiones sobre las que no has meditado lo suficiente. Eres demasiado impulsiva.

Era verdad. Paula era impulsiva y espontánea, y aquellas cualidades chocaban con las exigencias de su trabajo. Era inteligente, y había aprendido con rapidez en el negocio, pero las personas y los animales le importaban mucho más. Aun así, no intentó explicarle eso a Gonzalo; ya había fracasado con demasiada frecuencia en el pasado. Simplemente se contentó con decirle:

—Esta noche tú eres el único que no ha meditado lo suficiente. Todo esto es una locura.

—¡Tonterías! Mira, tengo que irme. ¡Ánimo! —Gonzalo le dio un beso en la mejilla y se marchó.


Una vez sola, Paula suspiró profundamente. Años atrás Gonzalo y ella habían estado mucho más unidos, pero tenía la sensación de que había pasado una eternidad desde entonces. Cuando intentaba discutir con él, se distraía, se sentía como perdida. De hecho, tenía la creciente impresión de que su vida estaba siendo manejada por fuerzas sobre las que no tenía ningún control.

Gonzalo le había recordado todo lo que Vicente había hecho por ellos. Él los había acogido en su hogar a la muerte de su madre, cuando Paula sólo contaba doce años y Gonzalo dieciséis. Nadie había descubierto nunca el paradero de su padre desde que abandonó a su familia unos dos años antes: después de divorciarse, se fue al extranjero con su nueva amante. Sólo quedó su abuelo para cuidarlos.

Vicente era muy cariñoso, pero su idea de criar a dos niños había estado determinada por su atareada vida, de manera que se los había llevado consigo en sus constantes viajes. Había sido algo divertido e interesante, pero aquello también había hecho que Paula se sintiera poco menos que como una huérfana.

Vicente no podía sustituir al padre que la había abandonado, pero lo quería mucho y estaba siempre dispuesta a complacerlo. Se había esforzado mucho con sus estudios, disfrutando con su alegría cuando sacaba buenas notas, y poco a poco se había ido haciendo a la idea de trabajar en su negocio.

—Realmente me encantaría tenerlos a los dos como socios —les había comentado un día, muy contento.

Gonzalo había entrado en Chaves nada más terminar la universidad, y desde entonces Vicente había empezado a anhelar el día en que Paula siguiera sus pasos. No había tenido corazón para decirle que prefería trabajar con animales; decepcionarlo habría sido como arriesgarse a perder su amor, y hacía mucho tiempo que había descubierto lo doloroso que eso podía llegar a ser. Así que había entrado en la empresa y trabajado en ella sin descanso, para orgullo y satisfacción de su abuelo. Tanto Gonzalo como Paula se habían dedicado a prepararse para hacerse cargo de la empresa cuando se jubilara.

Ante los ojos de todo el mundo Paula era una exitosa y eficiente ejecutiva, pero por dentro se sentía atrapada, fracasada…



Y allí estaba, dispuesta a representar una farsa que no le interesaba en lo más mínimo en compañía de un hombre al que no conocía, más prisionera que nunca de las expectativas de los demás. Y ansiando con toda su alma poder escapar de aquella situación.

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Capitulo uno!! Espero que les guste!
Gracias Por Leer! ♥


Amor De Encargo



Paula Chaves pidió a la agencia que su acompañante fuera alto, guapo y moreno. Y lo fue. Sólo que Pedro Alfonso no trabajaba en realidad de acompañante, sino que lo había hecho para sacar de un apuro a un amigo. En la vida real… ¡era millonario!

Habitualmente, a Paula la horrorizaban los actos sociales del mundo de los negocios, pero con el carisma de Pedro disfrutó de cada momento hasta que descubrió su verdadera identidad. ¡Entonces, se puso furiosa! Pero, por razones profesionales, la beneficiaba conservar la apariencia de que existía una relación emocional entre los dos.

Y, por razones particulares, se sintió secretamente complacida de continuar adelante con la farsa…

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Hola! Acá les dejo la introducción de lo que va a ser esta mini nove adaptada! 
Espero que les guste! y me avisen si quieren que se las pase!

quieren el capitulo uno?? Avisen! :)

Gracias por leer siempre! ♥