domingo, 27 de abril de 2014
"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 14
PAULA despertó antes del amanecer sin saber si podía moverse, menos aún levantarse de la cama.
El edredón estaba en el suelo. Tenía el vago recuerdo de que Pedro los había tapado con la sábana, que en ese momento estaba a sus pies.
Pero no tenía frío.
Posó la vista en el hombre que dormía profundamente a su lado. Se hallaba boca abajo, con un brazo sobre su cuerpo, la mano justo debajo del pecho desnudo, los dedos abiertos y relajados.
Pedro había sido un amante asombroso. Tierno y gentil un momento, lujurioso y exigente al siguiente. Sólo había estado con otros dos hombres, y con ambos había sido una participante pasiva.
«Pero no anoche». Semejante pérdida de control no era típica de ella. Era una mujer quieta. Reservada. Y según su último novio, de libido baja. No era el tipo
de mujer que dejara marcas de pasión en la espalda de un hombre.
Demoró la mirada sobre el rostro durmiente de Pedro. Parecía más joven en el sueño.
Pero así como necesitaba creer que él había sentido lo mismo que ella, sería una necedad proyectar demasiado en lo sucedido la noche anterior. Por el momento, el simple hecho de estar cerca tendría que bastar.
Se acurrucó contra él y dejó que sus párpados se cerraran.
Pedro contempló la forma durmiente de Paula. Aunque sería fácil atribuir lo sucedido entre ellos simplemente a un sexo estupendo, sabía que lo que habían compartido iba más allá de lo meramente físico.
Había habido una conexión entre ellos. Al tocarse, la confianza depositada en el otro no había conocido reservas ni incomodidades. Y a medida que las caricias se habían tornado más apresuradas, desesperadas, un caudal de emociones inesperadas había surgido en él.
Mirándola en ese momento, tan inocente, tan vulnerable, hizo que deseara acercarla y protegerla. Nadie podría cuidar de ella como él. Nadie sería tan bueno como él. Nadie.
Ya la había mantenido activa media noche y como se quedara en la cama mucho más rato, terminaría por despertarla para que pudieran hacer otra vez el amor. Nunca antes había experimentado a alguien como Paula. Y quena repetirlo. Una y otra vez. Pero se la veía tan apacible que no tuvo el ánimo de perturbarla. Con un último vistazo pesaroso a su bella durmiente, recogió su ropa del suelo y salió en silencio de la habitación.
Bajo el chorro caliente de la ducha, trató de darle algún sentido a sus emociones enmarañadas. Alzó el mentón y dejó que el agua le corriera por la cara. Ya no podía negarlo. Así como no quería llamar amor a lo que sentía, sabía que ella le importaba mucho. El sexo que habían compartido había hecho que comprendiera lo vacía y hueca que estaba su vida sin ella.
Había llegado el momento. Era hora de seguir adelante. De convertir a Paula en una parte permanente de su vida. De pedirle formalmente que se casara con él.
«Quiere tu amor», pinchó una vocecilla en su interior. «Paula merece estar con un hombre que la ame».
Desterró esa voz. Paula merecía estar con el hombre al que ella amara. Y todos los signos de la noche anterior apuntaban a él.
Antes de pedírselo, necesitaba un anillo. Pensó unos instantes.
El anillo de compromiso de su abuela.
Nunca había estado seguro del motivo por el que su abuela le había dejado el anillo a él.
Al prometerse, Melody ya había tenido un solitario engastado en reluciente platino, un anillo tan moderno como ella misma. El anillo de su abuela, con el intrincado trabajo de tallado, habría sido totalmente inapropiado para ella.
Pero no para Paula.
Paula era tradicional, y tanto sus joyas como su ropa reflejaban un tiempo más amable y gentil. Sonrió. El diamante llevaba seis años guardado en la caja fuerte del salón. Era hora de que viera la luz del día.
El sol entraba por las ventanas, calentando la cara de Paula. Se dio la vuelta y el brazo extendido sólo encontró una cama vacía. Abrió los ojos.
«No es posible que imaginara...».
Se sentó y el aire fresco le puso la piel desnuda de gallina. Tembló y se subió la sábana hasta la barbilla. Sonrió. No, lo sucedido la noche anterior no había sido un sueño.
La velada había sido una revelación. Siempre había respetado a Pedro. Siempre le había gustado. Pero la noche anterior se había dado cuenta de que lo amaba. Aunque sonaba bobalicón, y nunca lo había dicho en voz alta, al disfrutar del orgasmo al mismo tiempo, había sentido que al fin estaba completa.
—¿Paula?
Alzó la vista. El objeto de su afecto se hallaba en la puerta, la cara recién afeitada y el pelo aún húmedo de la ducha. También estaba... completamente vestido.
Sintió una oleada de decepción. Podía ser pleno día. Podían haber hecho el amor apenas unas horas atrás. Pero que el cíelo la ayudara, lo quería desnudo y de vuelta en la cama.
—Me preguntaba adonde habías ido.
—Había algo que necesitaba hacer —repuso con una ligera sonrisa. Clavó la vista en la sábana que en ese momento le cubría el pecho.
Los pezones de Paula se endurecieron. A medida que él demoraba la mirada, cada terminación nerviosa de su cuerpo comenzó a hormiguearle. Se sintió tentada a dejar que la sábana cayera para ver si podía inducirlo a quitarse la ropa.
—¿Te importa si me siento? —preguntó él con tono sexy.
—En absoluto —le hizo sitio y permitió que la sábana cayera levemente por su cuerpo.
La mirada de él no se apartó en ningún momento de su cara.
«Contrólate», se reprendió mentalmente Paula. «Anoche todo fue juegos y diversión. Hoy vuelve la normalidad».
—¿Has pensado en lo que quieres para comer? — se envolvió firmemente con la sábana—. Queda carne asada y...
Pedro le cerró los labios con un dedo.
—Luego nos ocuparemos de la comida —su mirada se tomó reflexiva—. He estado pensando en lo de anoche. No parecías tú misma.
A Paula se le heló la sangre. Como todo se centrara en sus gemidos altos, iba a taparse la cara con la almohada y no sacarla jamás para respirar. Nunca había sido demasiado demostrativa en el sexo. Pero no había podido evitarlo. Y menos con la habilidad sobrenatural de Pedro de encontrarle todos los puntos sensibles del cuerpo.
—Parecías distraída —añadió.
¿Distraída? Desde el instante en que la mano de él se había posado en su piel, había dispuesto de toda su atención. Su rostro debió de reflejar la sorpresa que la dominó, porque Pedro sonrió.
— Me refiero antes del masaje de espalda —aclaró—. Habías estado llorando.
Paula no quería recordar qué había tenido en la mente antes de perderse en el contacto de Pedro. Pero todo regresó con claridad. Los comentarios directos de la tía Verna. Y la llamada de teléfono.
Había estado entusiasmada y, al mismo tiempo, preocupada. Porque Pedro no se mostrara flexible y se viera obligada a realizar una elección que no quería hacer.
—Me había llamado Philippe, de Chez Gladines —dijo, luego calló. ¿Cuánto contarle? ¿Y era ése el momento más apropiado? Después de todo, no había tenido oportunidad de considerar la oferta y decidir qué era lo que ella quería hacer.
Evidentemente malinterpretando la incertidumbre en sus ojos, Pedro se inclinó y le tomó la mano.
—¿Malas noticias?
—Inesperadas —suspiró—. Desconcertantes.
—Han sido unos tontos en dejarte ir —cerró los dedos en tomo a los suyos—. Yo no voy a cometer el mismo error.
—Creo que no lo entiendes — comenzó Paula —. No me...
—Porque yo sé la joya que eres —continuó Pedro como si ella no hubiera hablado—. Eres una mujer maravillosa. Inteligente. Divertida. Por no mencionar increíblemente sexy.
Cuando le pasó un dedo por el borde de la sábana, Paula se olvidó de Philippe. Cuando le tomó el mentón y le cubrió la boca con la suya, se olvidó de todo menos de él. Fue un beso delicado, dulce, pero Paula estaba con ganas de cosas picaras, atrevidas, no amables. Agarró la cabeza de pedro y profundizó el beso.
Él respondió de inmediato y ella se deleitó con el calor húmedo y la exploración lenta y penetrante de su lengua. Le devolvió el beso de la misma manera. Intenso y desinhibido.
Igual que la noche anterior, la habitación dio vueltas.
Un ronroneo de placer escapó de su garganta.
—No me canso de ti —susurró Pedro sobre su cabello cuando ella se apartó.
Paula le acarició la mejilla y le pasó el dedo pulgar por el labio inferior, con la mirada clavada en sus ojos.
—Yo siento lo mismo.
—Tienes que saber lo mucho que me importas — comentó con voz súbitamente ronca—. No hay nada que no hiciera por ti.
A Paula se le desbocó el corazón. Al hablar, la voz sonó como si procediera de muy lejos.
—¿Qué estás diciendo, Pedro?
—La noche pasada me dio esperanza —expuso—. Esperanza de que yo te importara más que un simple amigo.
Paula notó la elección de palabras. «Importar», no «amar». Aunque debía reconocer que para los dos representaba un territorio virgen.
—Me importas, Pedro. Mucho —intentó no leer demasiado en las palabras de él—Sin duda sabes que no soy el tipo de mujer que se acuesta con un chico a menos... que me importe.
Una expresión de alivio cruzó por la cara de él.
—Esperaba que ese fuera el caso.
Se movió y llevó la mano al bolsillo. Al sacar un pequeño estuche de terciopelo y abrirlo, Paula se quedó boquiabierta.
Sin vacilar, Pedro se levantó de la cama y se apoyó en el suelo sobre una rodilla.
—Paula Chaves, ¿querrías hacerme el honor de ser mi esposa?
La habitación dio vueltas de forma vertiginosa. Durante un segundo, Paula se preguntó si se trataba de otra de sus vividas ensoñaciones.
Parpadeó una vez.
Pedro seguía allí.
Volvió a parpadear.
Pedro no se había movido.
El corazón le dio un vuelco al ver en los ojos de él esperanza mezclada con una sana dosis de incertidumbre.
Paula titubeó un momento, preguntándose qué había provocado esa inesperada proposición. A menos... que su reciente proximidad hubiera hecho que Pedro se diera cuenta de lo que el corazón de Paula sabía desde hacía mucho.
Clavó la vista en el diamante antiguo. El amor afloró desde lo más hondo de su corazón y salió de sus labios.
—Sí, oh, sí, me casaré contigo.
Pedro esbozó una sonrisa amplia y le puso el anillo en el dedo.
Encajaba a la perfección.
«Como si hubiera sido hecho para mí».
Decidió que era una señal de que Pedro y ella estaban hechos el uno para el otro.
No podía quitar la vista del anillo, su anillo. Le encantaba cómo centelleaba a la luz, cómo el trabajo de orfebrería le recordaba a una época pasada. Pero, por encima de todo, le encantaba y amaba al hombre que se lo había dado.
—Era de mi abuela —se apresuró a explicar, como inquieto por el escrutinio intenso al que ella lo sometía—. Si no te gusta...
—Me encanta —cerró la mano, protegiendo el anillo—. Lo querré para siempre.
«Te amaré para siempre».
La miró a los ojos.
—Lo dices en serio.
—Absolutamente.
—Se ve precioso en tu mano —afirmó él—.Tú te ves preciosa.
Paula contuvo el impulso de soltar una carcajada. No recordaba la última vez que había sido tan feliz.
—Es un día maravilloso.
—Tienes razón —le tomó la mano—. Estoy impaciente por contárselo a Emma.
—Será una adorable dama de honor.
En el rostro de Pedro apareció una expresión de sorpresa.
—¿Quieres una boda grande?
Paula titubeó. Como la mayoría de las mujeres, desde que era pequeña había dado por hecho que tendría una boda completa. Pero al captar las reservas en Pedro, quiso que se sintiera libre para exponer sus preferencias.
—No estoy segura —repuso—. Supongo que nunca lo pensé detenidamente.
—Grande o pequeña, depende de ti —se llevó su mano a los labios y le mordisqueó los dedos—. Siempre y cuando no requiera mucho tiempo organizaría. Tengo ganas de que seas mi esposa.
La inundó una abrumadora sensación de amor.
—Tengo ganas de que seas mi esposo.
Pedro sonrió.
—¿Quieres salir a celebrarlo?
—Me encantaría —repuso—. Pero no hace falta que salgamos. Llevó los dedos a los botones de su camisa—. Podemos hacerlo aquí mismo.
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martes, 22 de abril de 2014
"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 13
DESPUÉS de llevar a Emma hasta la casa de su amiga, se quedó a tomar una cerveza y admirar las obras que habían hecho en la casa. Cuando el partido de fútbol apareció en la pantalla grande, pareció una grosería no quedarse a tomar otra cerveza. Pero a medida que el sol comenzaba a ponerse, comprendió que era hora de regresar a casa. Ted lo invitó a cenar, pero tenía otros planes para la velada.
Al acercarse a casa, vio luz en la sala de estar y aceleró el paso. Se preguntó si Paula estaría interesada en salir esa noche. Quizá podrían ir al cine. Con Esteban aún fuera de la ciudad, no podría tener otros planes.
Apretó la mandíbula al pensar en el abogado arrogante, pero se recordó que se estaba ocupando de la situación. Cuando Esteban regresara, Paula sería su novia.
Abrió la puerta de atrás, esperando encontrar a Paula en la cocina. Pero estaba tan vacía como el comedor. Se encontraba en el pasillo cuando la oyó. El corazón se le paró.
Se apresuró en ir a la sala de estar. Ella alzó la vista cuando entró en la habitación y con rapidez se secó las lágrimas. Al ver la expresión de angustia en la cara de Paula, quiso besarla y desterrar lo que fuera que le atribulara. Pero incluso después de lo que habían compartido, tomarla en brazos parecía un gesto demasiado familiar. Se conformó con cruzar la sala y sentarse junto a ella en el sofá.
—Cuéntame qué sucede.
—No es nada —sonrió—. Tengo demasiadas cosas en la cabeza.
De no ser por el hecho de que ella rara vez lloraba, tal vez la hubiera creído. Trató de pensar en lo que podría haberle angustiado. Se encontraba de bueno humor al marcharse por la mañana. Entrecerró los ojos.
—Fuiste a ver a tu tía.
Bajó la vista a las manos antes de volver a alzarla.
—Sólo quiere lo mejor para mí —se llevó los dedos a las sienes—. Todo el mundo sólo quiere lo mejor para mí.
Pedro forzó un tono ligero.
—¿Y qué es?
—No importa —cerró los ojos y soltó un suspiro entrecortado. Luego se puso de pie—. Realmente me duele la cabeza. Me voy a la cama.
Pedro se incorporó, le pasó un brazo por los hombros y la guió hacia las escaleras.
—Métete en la cama y yo te llevaré un vaso de leche templada —Paula frunció la nariz—. ¿No te gusta la leche templada?
Ella negó con la cabeza e hizo un gesto de dolor por el movimiento.
—No mucho.
—De hecho, a mí tampoco —Pedro sonrió. La leche caliente había sido la cura de su madre para todos los males. Había sido lo primero que le había surgido en la cabeza—. ¿Qué te parece una aspirina? ¿Un Tylenol fuerte?
—Hay unos analgésicos en la encimera de la cocina —dijo—. Podría tomar un par más.
—Los subiré.
Paula se volvió hacia él y apoyó la mano en su mejilla; tenía los ojos suaves y luminosos.
—Gracias por ser tan amable conmigo.
La piel le hormigueó por el contacto y sintió la tentación de tomarle la mano y besársela. Pero se recordó que no se trataba de sus necesidades y deseos, sino de hacer que Paula se sintiera mejor.
—No te preocupes por nada —afirmó—. Ese dolor de cabeza se puede dar por desterrado.
Paula subió las escaleras con pies pesados como el plomo. Llorar había resucitado el dolor de cabeza. Al llegar a su habitación, fue directamente a la cama. Se quitó la bata y se metió entre las sábanas. Pero al tiempo que se decía que tenía que relajarse, su mente retornó al dilema que le obsesionaba.
Quería el trabajo pero también quería a Pedro y a Emma. Ya sabía lo que dirían la tía Verna y Esteban. Pero ellos no lo entendían. Pedro no era simplemente su jefe, era su amigo. Se preocupaba por ella. Y a ella le preocupaba él...
—Aquí tienes.
Alzó la vista y vio a Pedro de pie junto a la cama, con una bandeja en la mano. En vez de una caja de pildoras y un vaso de agua, había dos tazas de té y un plato con queso y galletitas.
Depositó la bandeja en la mesilla y le pasó las pastillas y el agua.
Paula se incorporó, se metió dos pildoras en la boca y las tragó con el agua. Aunque había tenido cuidado de moverse despacio, el martilleo en su cabeza explotó. Hizo una mueca de dolor y se llevó otra vez los dedos a las sienes.
Pedro se sentó en el borde de la cama.
—Deja que lo haga yo.
Se sentó tan cerca, que Paula pudo sentir el calor de su cuerpo.
—Está bien. Yo...
—Testaruda —cortó con una sonrisa. Le apartó los dedos y lentamente comenzó a masajearle las sienes.
Pasados unos minutos, el martilleo se mitigó. Parte del alivio se debía a las pildoras y al vino. Pero otra parte era decididamente por los dedos mágicos de Pedro.
—Es agradable —suspiró.
—Estás muy tensa —frunció el ceño—. Deja que pruebe a ver si puedo eliminar algo de la contractura.
Las manos se movieron a los hombros. Manipulando los músculos con sus dedos fuertes, trabajó en los nudos hasta que Paula suspiró con alivio.
Cuando los dedos se deslizaron por debajo de las finas tiras del top para concentrarse en los hombros, Paula recordó que estaba desnuda debajo de la prenda.
Tembló.
—¿Por qué no te echas? —dijo él—. Puedes taparte y entrar en calor mientras yo te masajeo el cuello.
—No tienes que hacerlo.
Pedro posó un dedo sobre sus labios, callándola.
—Como digas eso una vez más... voy a tener que...
«Besarte». Paula completó la frase para sus adentros antes de volverse rápidamente boca abajo. Se sintió levemente decepcionada cuando él la cubrió con la sábana.
—¿Tienes alguna loción? —preguntó Pedro.
—En el tocador.
Regresó en un segundo y, después de frotarse el líquido entre las manos, se puso a trabajar en sus hombros.
Ningún masaje que Paula hubiera experimentado con anterioridad le había afectado de esa manera. Los otros los habían administrado desconocidos, profesionales. No Pedro, que le desbocaba el corazón con sólo entrar en la habitación.
—Si quieres, también puedes frotarme la espalda —le dijo.
Las manos se quedaron quietas momentáneamente en su cuello y Paula no supo cuál de los dos estaba más sorprendido por el atrevimiento que acababa de mostrar.
—¿Quieres que lo haga por encima de la sábana? ¿O...? —comenzó él.
Paula se mordió el labio. ¿Se atrevía a manifestar su verdadera preferencia? Qué diablos.
—Si vas a utilizar la loción, tendrá que ser sobre la piel —mantuvo la voz átona, como si discutieran del menú en vez de que le metiera la mano por debajo del top.
—Piel, entonces —le bajó la sábana hasta la cintura y deslizó las manos por debajo de la prenda.
Paula contuvo un jadeo.
Las manos se movieron sobre su piel... subieron por los brazos, a lo ancho de los hombros, bajaron por la espalda. Fue la sensación más suave y tentadora que nunca había tenido, potenciada por el hecho de saber que era Pedro quien la tocaba con semejante delicadeza, semejante fuerza y firmeza.
Los pezones le hormiguearon y un anhelo de deseo hizo que se retorciera por dentro. Cada vez que los dedos bajaban por el costado de su cuerpo, pensaba que le encantaría que diera un rodeo hasta la parte delantera. Pero fue un perfecto caballero.
Pasados varios minutos, estaba lista para gritar de frustración.
Era amable.
Era solícito.
La estaba volviendo loca.
Quería más, pero no sabía si pedírselo sería inteligente. Después de todo, había muchas razones de peso para permanecer boca abajo fingiendo que sólo se trataba de un masaje de espalda.
Pero cuando Pedro se inclinó y le dio un beso en la nuca, tuvo suficiente. Sin brindarse la oportunidad de pensárselo dos veces, se dio la vuelta.
—Creo que necesito un masaje corporal completo con el fin de poder relajarme.
Fue una declaración osada, pero, para su gran alivio, no sintió que se le encendieran las mejillas. Pedro la miró a los ojos. Pudo ver sorpresa en ellos, pero también otra cosa. Una chispa de deseo ardiente que le reveló que ella no era la única que quería más.
El conocimiento la volvió todavía más atrevida. Forzó un tono provocativo.
—A menos que estés demasiado cansado. ¿O quizá te duele la cabeza?
Él le guiñó un ojo.
—Creo que dispongo del suficiente vigor para recorrer la distancia.
A Paula se le resecó a boca.
—¿Y qué me dices de tu dolor de cabeza? —añadió Pedro.
—¿Dolor de cabeza? —parpadeó y se dio cuenta de que las palpitaciones habían desaparecido—. Ya no existe.
—Estupendo —se inclinó y le rozó la boca con los labios.
Las sombras se habían ahondado y la lámpara de la mesilla los bañaba con una luz dorada, creando un mundo privado.
Pedro bajó los labios y al rato estuvo explorando la piel suave detrás de las orejas y el cuello, mientras con las manos le masajeaba los hombros y los brazos.
—¿Te gusta eso? —murmuró.
—Oh, sí —suspiró—. Pero ahora en vez de tener frío, tengo calor.
Los ojos de él se oscurecieron.
—Quiero que estés cómoda —enganchó las tiras del top con un dedo—. Menos ropa podría ayudar.
—¿Y qué me dices de ti? —se humedeció los labios—. ¿No tienes calor tú?
Pedro no respondió. Se sentó, se desabotonó la camisa con rapidez y se la quitó antes de dedicarle una mirada expectante.
Sin apartar la vista del torso musculoso, Paula se quitó el top por la cabeza y lo lanzó por el aire.
Durante largo rato, Pedro simplemente miró.
—Eres preciosa —musitó—. Podría estar mirándote toda la eternidad.
—Más —pidió, aunque no habría sabido exponer si quería que la tocara o que le dijera cosas bonitas.
Cada parte de su cuerpo anhelaba el contacto de Pedro, las caricias. Justo cuando pensaba que iba a desmayarse de tanta tensión, le coronó los pechos con las manos y deslizó los dedos pulgares por los pezones excitados.
Soltó un gemido hondo y, agarrándole el pelo, tiró de él. Pedro dio la impresión de saber instintivamente qué quería, ya que enterró la cara entre la suavidad plena de sus senos. Le mordisqueó la piel suave y siguió con lametones lentos, húmedos y lujuriosos.
Paula jadeó encantada y clavó los dedos en los músculos de la parte superior de sus brazos mientras arqueaba la espalda, suplicándole en silencio más.
Abriendo la boca, succionó con fuerza mientras no paraba de lamerle el pezón. Ella cerró los ojos y se entregó a las sensaciones que le torturaban el cuerpo. Se dijo que era eso lo que había anhelado. Lo que había soñado.
No podía estarse quieta. Alzó las caderas y con los dedos entre su pelo, lo animó mientras él continuaba. El mundo parecía distante, disuelto, y Paula sólo era consciente de ellos dos mientras Pedro le brindaba la intimidad que su cuerpo y su alma ansiaban.
Los dedos de él se cerraron sobre las braguitas, que terminaron en el suelo en cuestión de segundos.
Paula levantó la vista y el pulso se le disparó al ver el fuego azul en sus ojos. Ningún hombre la había mirado jamás con semejante apetito, deseo. Pero sin importar lo mucho que la anhelara, no podía aproximarse a lo mucho que ella lo anhelaba a él. Enganchó los dedos en tomo a la cintura de los pantalones de Pedro.
—Fuera —exigió.
No tuvo que pedírselo dos veces. Sus pantalones y calzoncillos aterrizaron en un montón a su espalda, y se plantó ante ella en toda su desnuda gloria.
Ella abrió mucho los ojos. La lengua humedeció unos labios súbitamente secos. Era tan grande... Anchos hombros. Manos amplias. Enorme...
—Paula.
Esa sola palabra, pronunciada con voz ronca, sonó levemente a pregunta.
Ella quiso contestar, decir su nombre, pero sólo pudo abrirle los brazos. Entonces, fue hacia ella, reclinándola sobre las almohadas, abriéndole más las piernas con el ancho de sus hombros. Cuando presionó la boca abierta sobre la piel sensible del interior del muslo, Paula estuvo a punto de volar de la cama. La visión de la cabeza oscura entre sus piernas, el roce de la lengua humedeciéndola, le provocó un gemido profundo.
—Hueles tan bien... —susurró y el aliento cálido potenció la caricia—. Como las flores.
La llenó de besos por toda la pierna, por el vientre, y luego se apartó, dejándola trémula de necesidad mientras sacaba un paquete de celofán de la cartera que guardaba en el bolsillo de los pantalones y se preparaba para ella.
Paula se quedó quieta cuando la erección la rozó. Por primera vez sintió un leve temor en la periferia de la excitación. Hacía tanto tiempo... Y él era tan... magnífico.
Pedro debió de percibir su titubeo, porque se detuvo.
—Si no estás segura...
«Es Pedro», se recordó, haciendo a un lado las dudas, «y confío en él». Le rodeó los hombros con los brazos y pasó las piernas sobre las suyas.
—Te deseo —se alzó y movió las caderas contra las suyas en un ritmo sensual tan antiguo como el propio tiempo.
Ese mismo deseo lanzó toda cautela por la borda cuando la necesidad, descarnada y salvaje, regresó para consumirlos a los dos. La urgencia se incrementó, creció y se encendió, y luego estalló con ferocidad dentro de ella, con el nombre de Pedro en sus labios mientras le arañaba la espalda y se fragmentaba. La mantuvo pegada a él con las manos en las caderas mientras las embestidas se tornaban más profundas, fuertes y rápidas. Gimiendo, tembló violentamente, una y otra vez.
Al quedarse quieto, Paula lo abrazó por el cuello. El peso de su cuerpo la pegó contra el colchón. Sonriendo, se hundió en la suavidad y lo arrastró con ella.
—Te estoy aplastando —dijo Pedro cuando pudo volver a pensar, cuando pudo respirar otra vez. El corazón aún le atronaba en la cabeza, los pulmones todavía lo quemaban.
—No —lo abrazó con más fuerza—. No te muevas.
No habría podido hacerlo ni aunque en ello le fuera la vida. Ninguna experiencia lo había dejado tan extenuado, tan débil. Le costó levantar la cabeza y mirarla.
Tenía la cara encendida. Mientras la observaba, una sola lágrima cayó libre, trazando un sendero plateado por su sien antes de desaparecer en la suavidad color caramelo de su cabello.
El corazón se le contrajo.
—¿Paula? —despacio, ella alzó las pestañas—. ¿Estás bien? —musitó—. ¿Te he hecho daño?
—Sí. No. Yo... —con mano insegura, le tocó la cara—. Gracias.
Le tomó la mano y la pegó contra su boca.
—El placer ha sido todo mío.
—Ha sido increíble —ella aún parecía aturdida.
—Si alguna vez necesitas un masaje de espalda... —no concluyó y le dedicó una sonrisa traviesa.
La risa de ella creó todo tipo de sensaciones interesantes, ninguna de las cuales tuvo algo que ver con el humor. Pedro gimió al comenzar a ponerse duro dentro de ella.
—Otra vez —susurró.
Temblando, con las manos plantadas en sus hombros, Paula le dio lo que los dos querían.
lunes, 21 de abril de 2014
"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 12
PAULA miró el reloj del salpicadero y pisó el acelerador. Pedro se había llevado a Emma a dar un paseo mientras ella terminaba las pastas. Pero dejarlas en Chez Gladines había llevado más tiempo del planeado. Ya llegaba tarde. Después de tantos años en el sistema escolar, la tía Verna no toleraba muy bien la impuntualidad.
Paula había esperado con ganas estar en la casa, terminar algunos proyectos y, por encima de todo, pasar el día con Pedro y Emma. Pero Verna se hallaba en la ciudad y quería verla. ¿Cómo decirle que no?
Había pensado que vería a su tía en un restaurante para tomar café. Pero la dirección que Verna le dio la llevó a una casa de ladrillo visto en Lincolnshire. Si no hubiera reconocido el coche de su tía en la entrada de vehículos, habría pensado que se equivocaba de lugar.
Comprobó el papel en que había apuntado la dirección con los números del buzón. Correcto. Y era el coche de su tía.
En menos de un minuto, escuchó el timbre reverberar por la casa. La puerta se abrió y se sintió aliviada al ver a su tía. Verna se hallaba en el umbral, rígida y con los labios fruncidos.
—Llegas tarde.
La brusquedad era típica de Verna. Su tía jamás había sido una mujer sutil. Sin embargo, con el paso de los años las dos habían establecido un vínculo y Paula había llegado a querer a esa mujer taciturna.
—Bueno, ¿te vas a quedar ahí mirándome o vas a darme un abrazo? —espetó Verna.
Paula rió y abrazó los hombros rígidos de su tía.
—Te he echado de menos.
Pero el abrazo sólo duró un segundo antes de que Verna se apartara y continuara con voz seca:
—Ahora que le hemos dado abundante tema de conversación a los vecinos, pasa y te mostraré la casa.
Siguió a su tía a un salón grande con una chimenea en la pared más alejada. Aparte del sofá y del sillón de Verna, no había mucho más mobiliario. En el centro de la estancia, en el suelo, había varias cajas de cartón.
Se volvió hacia su tía.
—¿Es tuya?
Verna esbozó una sonrisa leve.
—Mía y del banco.
—No sabía que fueras tan en serio con lo del traslado —trató de no revelar dolor en la voz. No podía creer que su tía se hubiera comprado una casa y se hubiera mudado sin decírselo.
—Me cayó del cielo —expuso Verna—. Mi amiga decidió participar en un programa de intercambio de profesores con una escuela de Alemania. Sus hijos son adultos y planea comprar una casa cuando regrese.
—Jamás pensé que dejarías Mankato —recordó lo activa que había sido Verna en la pequeña comunidad de Minnesota—. Prácticamente conocías a todo el mundo en la ciudad.
—Tengo amigos aquí —llevó a su sobrina a la cocina.
La sonrisa de Paula se evaporó.
—Y familia —se apresuró a añadir Verna.
Paula resistió el impulso de suspirar. Así como en el fondo de su corazón sabía que su tía la quería, siempre se había sentido más como una obligación. Era parte del motivo por el que pensaba casarse por amor. Quería que el hombre con el que se casara estuviera tan loco por ella como lo estaría ella por él. Para variar, quería ser lo primero en la vida de alguien.
—Siéntate —ordenó Verna, señalando una mesa de roble ya preparada para el té—. Tomaremos el té y unas pastas antes de que te muestre la casa.
Paula se sentó y con la típica eficacia de su tía, al poco tiempo tuvo el té y, las pastas en los platos.
—Cuéntame qué has estado haciendo —Verna mordisqueó una pasta y en sus ojos se reflejó curiosidad—, ¿Sales con alguien?
—He salido un par de veces con un chico que he conocido en mi club de cocina. Es agradable.
«Agradable. No especial. No como Pedro».
Paula le habría mencionado a Pedro, pero Verna nunca había llegado a conocerlo, a pesar de sus repetidos intentos.
—¿Piensas pasar Acción de Gracias con él?
—Esteban no me lo ha pedido —repuso—. Pero si lo hiciera, tendría que decirle que no. Voy a prepararles la cena a Pedro y a Emma.
—¿Trabajas el día de Acción de Gracias? —frunció los labios en señal de desaprobación—. Seguro que ese hombre podría prescindir de ti un día o dos.
Paula se puso rígida y volvió a dejar la pasta que tenía en la mano en el plato. La tía Venia y Esteban siempre hacían que Pedro pareciera una especie de ogro, lo que distaba mucho de ser verdad. Emma y Pedro eran como familia. Quería celebrar la fiesta con ellos.
—Por supuesto que me daría el día libre si se lo pidiera —manifestó, incapaz de esconder la indignación que sentía—. Pero a mí me encanta cocinar y las fiestas son muy importantes para Emma...
Los ojos de Verna centellearon.
—También es el momento para que tú estés con tu familia.
De pronto Paula se dio cuenta de que eso no tenía nada que ver con Pedro. Era sobre Verna. Durante los últimos cinco o seis años, su tía había pasado el día de Acción de Gracias en Texas con una amiga íntima y su familia. Pero con el traslado, se encontraba sola en ese día señalado.
Paula alargó el brazo y cubrió la mano de su tía con la suya.
—Ven a pasar ese día con nosotros. Sé que a Pedro le encantará volver a verte.
—Hablas como si fuera tu casa — indicó Verna con pragmatismo seco—. Es el jefe, Paula, no tu marido.
Las mejillas de Paula la quemaron como si la hubieran abofeteado.
—Creo que sé quién es, tía Verna.
Sus palabras sonaron tan secas y cortantes como habían salido las de su tía.
—No pretendía enfadarte —los ojos de Venia fueron directos—. Pero me preocupas.
Paula soltó una risa breve.
—¿Preocuparte? ¿Por qué?
—Tienes veintiocho años. Es hora de que formes una familia propia.
—Pero...
—Escúchame — Verna alzó una mano—. Sé que disfrutas siendo la niñera de esa niña, pero los años pasan. Es hora de que empieces a pensar en ti misma, sobre lo que quieres de la vida.
«Quiero a Pedro».
Mantuvo la boca cerrada. No quería que su tía le dijera que necesitaba ser realista, ver la vida como era, no como deseaba que fuera.
—Quiero a Emma —indicó—. Pedro y ella son como familia.
—Llevas allí mucho tiempo —afirmó la mujer mayor—. Te has unido demasiado a ellos.
Por supuesto. Durante los últimos tres años. Pedro y Emma habían sido su familia.
Bebió un sorbo de té, miró a su tía a los ojos y se lanzó.
—Últimamente, Pedro ha dejado entrever que le gustaría salir conmigo. Quizá ver cómo podrían ir las cosas entre nosotros.
Verna cerró los ojos y tuvo un escalofrío visible.
—Una receta para el desastre.
—Puede que no —contradijo Paula—. Siempre nos hemos llevado muy bien.
—Porque eres su empleada. Sirves a ese hombre.
—Yo... —fue a protestar, pero calló. Esbozó una sonrisa pesarosa—. De acuerdo, lo reconozco. Me gusta mimar a Pedro.
Verna ni siquiera sonrió.
—Precisamente ésa es la razón por la que os lleváis tan bien —agitó la mano para recalcar sus palabras—. Él dice «salta» y tú preguntas «hasta qué altura».
—Olvidas que cuidar de él y de Emma es mi trabajo —protestó.
—¿Y qué me dices de esas otras mujeres con las que ha salido? Me parece recordar que me contaste que todo iba bien hasta que empezaban a pedir algo más.
—Sí, pero eso era diferente.
—¿En qué? —instó su tía—. ¿Te ha hablado de amor?
Paula se frotó el puente de la nariz, sintiendo un incipiente dolor de cabeza.
—Simplemente, es diferente.
Verna se adelantó y tomó las manos de Paula. En esa ocasión sólo había cariño y amabilidad en su mirada.
—Olvida la fantasía. Hazte una vida para ti. Encuentra a alguien que te quiera de verdad... y piense en lo que tú quieres. Antes de que sea demasiado tarde.
Paula se marchó de la casa de Verna sintiéndose irritable y de mal humor. Al tiempo que se decía que su tía no sabía de qué hablaba, los comentarios de ésta llegaban hasta sus temores más profundos.
¿Estaba loca al pensar que Pedro podría realmente amarla cuando ella había sido testigo presencial del amor que había sentido por Mel? ¿Su propio deseo la había cegado a la realidad de la situación?
El problema era que no podía negar que Esteban y su tía tenían una ventaja que ella no poseía. Podían distanciarse y realizar un juicio basado en los hechos y no en la emoción.
Cuando entró en el garaje, se había convencido de que había sido una tonta al pensar que a Pedro alguna vez podría interesarle casarse con ella. ¿Es que no había visto cómo habían ido las cosas con Brenda y con Melinda?
El Land Rover de Pedro se hallaba en el garaje. Necesitaba ponerle fin a su relación. Si las cosas iban más lejos, le resultaría imposible quedarse.
Y quena quedarse. En ese sentido Verna se equivocaba. No existía motivo alguno para que no pudiera continuar desarrollando su negocio de catering al tiempo que cuidaba de Emma y de Pedro. Y sin importar lo que pensaran los demás, no podía salir de la vida de Emma. Ella sabía lo que era perder a alguien a quien se quería. Sabía lo que era sentirse abandonada y sola en el mundo.
«Pero Emma no está sola. Tiene a Pedro».
Hizo a un lado ese pensamiento. Quizá se quedaba por ella misma, pero no había razón para que no pudiera tener una vida completa y propia y cuidar de Emma. Pero primero debía establecer algunos límites en su relación con Pedro.
Entró preparada para hacer exactamente eso, pero descubrió que él no se hallaba en la casa. Una nota en la cocina la informaba de que Emma pasaba el fin de semana con una amiga, aunque no mencionaba nada sobre el paradero de Pedro. Sólo sabía que con su coche en el garaje, debía de andar cerca.
La tensión le atenazó los hombros y el dolor de cabeza que se había insinuado en la casa de su tía comenzó a martillearle las sienes. Tragándose dos analgésicos, subió para relajarse unos minutos.
Después de cerrar la puerta de su cuarto, se quitó la ropa y fue al cuarto de baño para meterse en la bañera de hidromasaje. No supo cuánto tiempo se relajó en el agua perfumada, escuchando música, pero al salir, apenas notaba el dolor de cabeza.
Como era su día libre, decidió enfrascarse en un libro. Al azar, sacó una novela romántica y fue a la cama, donde pasó la siguiente hora leyendo.
Iba por la mitad del libro cuando el teléfono la devolvió a su entorno. Después de aguardar que sonara varias veces para comprobar si Pedro había vuelto e iba a contestar, alzó el auricular.
—Residencia de los Alfonso. Aquí Paula.
—Paula, soy Philippe, de Chez Gladines —la segura voz masculina delataba un leve acento francés—. ¿Cómo estás?
—Bien —logró responder sin tartamudear. Aparte de la entrevista inicial, había tenido poco contacto con Philippe.
—Tus pastas son tres magnifique —alabó—. Muy populares con los clientes.
Relajó la presión con la que sujetaba el auricular.
—¿Has llamado para...?
—Llamo para ofrecerte un trabajo a tiempo completo —dijo Philippe—. Me gustaría que te hicieras cargo de los postres y pastas del restaurante.
—Pero aún me quedan dos meses de mi período de prueba —expuso Paula.
—Ya has demostrado tu valía —afirmó Philippe con tono decisivo—. Ven el lunes para que hablemos del sueldo y los beneficios. Siempre que estés interesada, desde luego.
—Lo estoy —la cabeza comenzó a darle vueltas. Ser una chef a tiempo completo en un sitio como Chez Gladines había sido un sueño inalcanzable. Y en ese momento le ofrecían el puesto. El único problema era que el trabajo no encajaría con el de niñera—. Tengo otro trabajo a tiempo completo, pero por supuesto que estudiaré tu oferta. Puedo ir a verte el lunes.
—Te veré entonces —corroboró Phílippe—. Y, Paula...
—¿Sí, Philippe?
—De verdad espero que lo aceptes.
Cortó y se quedó allí sentada, aturdida. Varios de los camareros le habían mencionado lo bien que se vendían sus postres, pero jamás había pensado que eso llevaría a un puesto permanente.
Pero ¿qué pasaría con Pedro y Emma? Pedro le pagaba para cuidar de su hija y de la casa. ¿Cómo podría realizar los dos trabajos al mismo tiempo? «Muchas mujeres lo hacen», le susurró una voz en la cabeza.
Apretó los dedos contra las sienes, que habían vuelto a palpitarle. Se preguntó por qué tenía que ser tan complicada su vida.
Era su noche libre. Se negaba a estropearla pensando en lo negativo. Abriría una botella de vino, tomaría un par de copas para celebrar el ofrecimiento que le habían hecho y terminaría el libro que había estado leyendo. Ya pensaría en todas las implicaciones al día siguiente.
Recogió la bata que tenía al pie de la cama, se puso unas braguitas parecidas a unos pantalones para correr y un top y luego se ciñó la bata con el cinturón. Metió el libro en el bolsillo. Después de enfundarse unas zapatillas atigradas, bajó las escaleras.
Al llegar abajo, el palpitar de su cabeza había alcanzado proporciones de redoble de tambor. Se detuvo en la cocina y encontró unos analgésicos en el fondo de su bolso. Tragándose un par, miró el reloj. Le daría media hora a las pildoras. Si dos no funcionaban, subiría la dosis de acuerdo con la dosis autorizada por el prospecto.
Sacó una botella de vino del anaquel. Después de servirse una copa, el largo tramo de escaleras hasta su dormitorio le resultó poco atractivo. Decidió quedarse en la planta baja y relajarse en la sala de estar.
En la estancia restaurada había una atmósfera fantástica, por no mencionar un sofá y una chimenea espléndidos. Aunque la bata que tenía era gruesa y acogedora, la temperatura de la casa estaba fresca. La idea de estar ante el calor de una chimenea de repente le resultó irresistible.
Después de encender la chimenea de gas en cuestión de minutos, se sentó en el sofá. Tenía una copa de vino en una mano y el libro en la otra. Pero le resultó difícil concentrarse.
A pesar de su determinación, los pensamientos vagaban a las decisiones con las que se enfrentaba.
Sintió el corazón en un puño y unas lágrimas por la mejilla. ¿Cómo podía dejar a Emma? No podría querer más a la pequeña aunque fuera su propia hija. Y Pedro... ¿Cómo decirle adiós?
No era justo. ¿Para cumplir un sueño tenía que abandonar otro? ¿O no? Mel había sido una mujer con una sólida carrera profesional. ¿Pedro la apoyaría?
El martilleo en su cabeza aumentó y a pesar de saber que sólo empeoraría las cosas, no pudo contenerse. Se puso a llorar.
sábado, 19 de abril de 2014
"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 11
PAULA se levantó a la mañana siguiente, se vistió y fue a la cocina. Se dijo que había sido una tonta en pasar media noche preocupándose por su floreciente relación con Pedro. Ella era diferente de Brenda y Melinda y su situación no se parecía en nada a la de la madre de Esteban. Este tenía sus propios planes y evidentemente en ellos figuraba interponerse entre Pedro y ella. Pues no pensaba permitirlo.
Se detuvo en la puerta y todas sus dudas se desvanecieron. Pedro se hallaba a la mesa leyendo el periódico.
Alzó la vista cuando ella entró en el cuarto. Tenía el pelo revuelto y una ligera sombra por la barba.
—Hola.
—Hola —le devolvió la sonrisa y en vez de ir a la cafetera, apartó una silla y se sentó a la mesa—. Te has levantado temprano.
Pedro dejó el periódico en la mesa.
—No podía dormir —le tomó la mano—. Tenía a alguien en la cabeza.
Sintió que se ruborizaba.
—Sí, claro.
—En serio —aunque pareció más travieso que serio—. Ni siquiera me diste un beso de despedida.
Paula experimentó una oleada de placer. No había sido sólo ella la que lo había notado.
—Emma estaba aquí —repuso con tono ligero—. No podíamos besamos delante de ella.
Con movimientos exagerados. Pedro miró en torno a la habitación.
—No la veo ahora.
Paula no apartó a vista de sus ojos.
—Le eché un vistazo antes de bajar. Dormía profundamente.
—Anoche comprobamos la rapidez con la que eso puede cambiar —sin soltarle la mano, retiró la silla y se puso de pie.
—¿Estás diciendo que no hay tiempo que perder? —lo imitó.
—Oh, sí —la pegó a él.
Los labios de él le rozaron los suyos con burlona ternura. Entreabriéndolos, Paula le acarició el labio inferior con la punta de la lengua. En un abrir y cerrar de ojos, el beso cambió.
Con un gemido bajo, Pedro la envolvió en sus brazos con más firmeza. Le cubrió la boca con la suya.
Se hallaba completamente rodeada por él, por la deliciosa sensación de su cuerpo. De su piel emanaba calor. Le pasó las manos grandes por el cabello y bajó hasta la espalda. Ella lo imitó pero fue un paso más allá. Le quitó la camisa de los pantalones e introdujo las manos dentro.
El deseo, ardiente e insistente, le surcó el cuerpo. Le acarició la espalda y disfrutó del contacto con esos músculos marcados y duros. Todo se desvaneció excepto la necesidad de tener más de Pedro. De probarlo más. Tocarlo más.
La lógica le dijo que fuera más despacio, pero, por desgracia, no era la lógica la que tenía el mando.
El bajó la cabeza y le llenó de besos el cuello. Paula se arqueó. De su garganta escapó un gemido cuando los labios de Pedro descendieron.
—Paula, No encuentro mi camiseta rosa. ¿Sabes dónde está?
La voz infantil procedente de lo alto de las escaleras atravesó la niebla de excitación que la circundaba.
En apariencia igual de sobresaltado. Pedro se quedó quieto y levantó la cabeza.
Paula carraspeó. Sabía el lugar exacto donde encontrar la prenda, pero no quería que Emma bajara antes de lo necesario.
—Subiré en un minuto para ayudarte a buscarla.
Respiró hondo y volvió a dedicarle su atención a Pedro, quien la estudiaba con suficiente ardor como para derretir un casquete polar.
—Ha sido un estupendo beso de buenas noches — musitó al final.
Ella tragó saliva.
—Estuvo bien.
—¿Bien? —sonrió—. Eso significa que tendremos que seguir practicando.
En el interior de Paula surgió un caudal de emociones, sorprendiéndole con su intensidad. Ya no podía mentirse y decirse que consideraba a Pedro como un simple amigo. La excitaba con sólo hallarse en la misma habitación.
Había tratado de mantener su corazón a salvo, pero cada mirada, cada sonrisa de él, la empujaban un poco más hacia el precipicio. Únicamente deseaba tener la certeza de que si llegaba a caer... él estaría allí para atraparla.
Pedro se reclinó en el sillón de su despacho y clavó la vista en el monitor sin ver nada. Así como había sido capaz de mantener sus emociones bajo control, le había resultado un alivio que Paula se llevara a Emma a su clase de baile.
El encuentro que antes había tenido con Angela, una antigua vecina, le había dado mucho en qué pensar. Hizo una mueca para sus adentros. Jamás había pensado que se hallaría en esa situación. Nunca había pensado que su esposa moriría joven. Que tendría que preocuparse por lo que le pasaría a su hija en caso de que le aconteciera un destino similar.
—¿Pedro?
Giró con el sillón.
Paula se hallaba en el umbral, con una jarra con té helado en una mano.
—Pensé que podrías tener sed.
Pedro miró el reloj, sorprendido de descubrir que había pasado tanto tiempo. Ni siquiera la había oído llegar.
—¿Cómo ha ido la clase de baile?
Paula sonrió.
—Están practicando para El Cascanueces. Emma está entusiasmada. Tiene el papel de un ángel, pero creerías que le han dado el protagonista.
Aunque a Pedro se le escapaban las sutilezas del ballet, le gustaba mirar a su hija saltar y dar vueltas. Sonrió y, tomando el gesto como una señal de auténtico interés, Paula entró en más detalles acerca de la lección. Pero cuando se lanzó a una jerga técnica, lo perdió.
Si eso era importante para Emma, entonces debería ser importante para él. Pedro sabía que debería estar centrándose en lo que ella le contaba, pero los labios rojos de Paula le imposibilitaban concentrarse. El carmín hacía que sus labios se vieran carnosos y apetecibles, como la fresa más deliciosa. Y la reciente experiencia le había enseñado que esos labios sabían tan bien como se veían.
Bajó la vista para absorber la visión de esas curvas y piernas largas que tanto distraían. Tenía un nudo en la garganta, una mezcla de deseo y temor y otra cosa que no era capaz de identificar. Santo cielo, ¿qué le estaba pasando? La mujer se detenía ante él para ofrecerle un poco de té y hablarle de su hija, ¿y sólo era capaz de pensar en lanzarse sobre ella?
¿O concentrarse en la atracción física que bullía entre ellos era un modo de evitar pensar en otros temas más profundos?
—¿Pedro?
Parpadeó y se dio cuenta de que ella había dejado de hablar.
—¿Sucede algo? —añadió Paula.
—No —movió la cabeza—. Quinto lugar y giros. Un tema fascinante.
Las comisuras de los labios de ella se alzaron levemente.
—Es la quinta posición y piruetas — corrigió—. Y puedo ver que algo ronda por tu cabeza —sin aguardar una invitación, cruzó el despacho, depositó el té sobre un posavasos en el borde del escritorio y se sentó—¿Qué pasa? Suéltalo.
«Lo que pasa es que me quiero casar contigo porque necesito una madre para mi hija y una compañera para mí, pero ya no sé si sería justo para ti».
Una expresión de angustia apareció en la cara de Paula y durante un momento a Pedro le preocupó haber expresado sus pensamientos en voz alta. Pero entonces comprendió que ella estaba reaccionando a su silencio, no a palabra alguna. Rápidamente buscó una excusa plausible para su falta de atención.
—De hecho, pensaba en el día de Acción de Gracias.
En los ojos de ella titiló una expresión que no pudo descifrar.
—No había pensado mucho en ello.
Pedro no pudo ocultar su sorpresa. Aunque Paula disfrutaba de los festivos, siempre los pasaban juntos. Y siempre se había metido en el espíritu festivo antes de que llegara la fecha, planeando menús y lo que podían hacer para que Emma tuviera un día especial. Claro que eso había sido antes de que apareciera Esteban.
—Espero que pases el día con nosotros —dijo él—. ¿O tienes otros planes?
La expresión de ella fue de sobresalto antes de ocultarla por completo.
— Pensaba quedarme aquí —bajó la vista y con un dedo trazó un patrón imaginario sobre la superficie de cristal del escritorio.
Pedro sintió un gran alivio. No se imaginaba pasando el día con nadie más. Ella había formado una parte importante en Acción de Gracias los últimos tres años. El primer año ella sola había preparado la cena para Mel y él y unos invitados. Al siguiente año, Mel había muerto y él no tuvo ganas de recibir a nadie. Aunque le había dicho que no se molestara, Paula había preparado la cena e insistido en que se sentara a tomarla. Cada año se había superado a sí misma.
En un impulso, se puso de pie, rodeó la mesa y se sentó junto a ella. Tomándole la mano, con gentileza le acarició la palma con el dedo pulgar.
—No me imagino pasando Acción de Gracias con alguien que no seas tú —clavó la vista en sus ojos—. Tú eres a quien quiero conmigo. ¿Lo entiendes?
Paula entrelazó los dedos con los suyos. sus ojos la absorbieron y comenzó a alejarse hacía un lugar en el que podría perderse en un instante.
Lo deseaba, y cuando tiró de ella fue gustosa. Así como no le había dicho que la amaba, había estado cerca. Por el momento, eso bastaba.
Pedro se pasó la mano por el pelo, agradecido por la charla incesante de Emma a su lado mientras iban al parque.
«Tú eres a quien quiero conmigo».
Incluso a sus oídos, las palabras sonaban a declaración.
No quería confundirla con sus sentimientos. Si se comprometía con él, sería basándose en la amistad y la confianza que existía entre ellos... no porque diera a entender que estaba enamorada de ella.
Porque no lo estaba. Mel había sido su alma gemela y todo el mundo sabía que sólo se encontraba a un alma gemela en la vida.
—Paula va a preparar un pastel de arándanos para Acción de Gracias —dijo Emma—. Creo que nunca lo he probado. ¿Y tú, papá? ¿Está bueno?
Pedro regresó al presente y a su pequeña. Le sonrió y su interior se llenó de amor.
—Sí, y está muy bueno. En especial con helado.
—Qué ganas tengo de que llegue Acción de Gracias —Emma dio unos pasos de baile en la acera—. Todo lo que hace Paula es bueno.
Sin saber si su hija se refería a la comida o a la atmósfera, tuvo que estar de acuerdo.
Desterró cualquier pensamiento de duda y reafirmó su decisión de casarse con ella. Sería una buena esposa. Una madre maravillosa. Una amante apasionada. Haría todo lo que estuviera al alcance de su mano para hacerla feliz.
Lo único que le faltaba ya era que le diera el «sí».
viernes, 11 de abril de 2014
"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 10
BAJARLE la cremallera? En cuanto las palabras salieron de sus labios, una parte de ella quiso reír y fingir que sólo había estado bromeando. Pero la otra parte, la que quería, necesitaba, sentir las manos de él sobre su cuerpo, guardó silencio, a la espera del siguiente movimiento de Pedro.
Durante una fracción de segundo éste titubeó, como si también comprendiera la enormidad del paso que iban a dar. Pero luego su mano fue hacia la cremallera y la bajó.
Paula sintió que la piel se le ponía de gallina y un escalofrío de anticipación le recorrió la espalda. Así como no esperaba que Pedro se comportara como un cavernícola con ella, sí esperaba que las cosas empezaran a moverse. Pero Pedro no parecía tener prisa.
Después de lo que pareció una eternidad, le dio un beso prolongado y con la boca abierta en la nuca. El simple contacto de sus labios suaves y húmedos le hizo hervir la sangre. Cerró los ojos y soltó un suspiro entrecortado. No cabía duda de que era un buen comienzo.
Aunque sabía que le bastaba con un movimiento ínfimo de los hombros para bajar el vestido de seda hasta su cintura, esperó. A pesar de lo ansiosa que estaba de un contacto de piel con piel, era conservadora. Anticuada hasta la médula, le gustaba que el hombre llevara la iniciativa. Pero cuando Pedro apoyó la mano en su espalda, se irguió y se puso rígida, una reacción más propia de una adolescente a la que jamás habían tocado que de una mujer madura.
—Relájate —dijo él con voz suave, acariciándole la piel levemente con la palma de la mano.
En cuanto sintió el contacto sobre su espalda, le costó respirar y hablar.
Sus dedos eran fuertes, pero gentiles. Le recorrieron las venas unos escalofríos cálidos de placer.
— Mmmm —suspiró. Hasta creyó posible haber muerto e ido al cielo.
—¿Quieres que continúe? —la voz profunda exhibió un deje de burla.
—Mmmmmm —fue todo lo que Paula pudo manifestar.
Por fortuna, Pedro entendió lo que quería. Mientras le plantaba besos por los hombros y el cuello, siguió acariciándole la parte baja de la espalda. Con cada caricia lenta, su deseo aumentaba Cuando subió la mano, gimió suavemente y arqueó la espalda hacia él.
La tocó como un violín artesanal, haciéndola responder como nunca antes había respondido. La oscuridad y la soledad dentro del coche ofrecían una atmósfera onírica y Paula no supo qué parte de esa maravillosa experiencia era fantasía y qué realidad. Pero, fuera lo que fuere, una cosa era segura... no quería que terminara.
—Es increíble —suspiró. Desesperadamente quería que Pedro siguiera tocándola. Sus pechos le palpitaban por el anhelo de ser tocados, y más abajo, entre sus muslos, sentía un calor poderoso y una palpitación apagada.
La mano de él penetró más en el vestido y se curvó alrededor de su cintura. Lenta y sensualmente, subió hasta que las yemas de los dedos estuvieron a un par de centímetros de la parte inferior del pecho.
Con el aliento contenido y los ojos cerrados, tembló de anticipación. Sintió que se inclinaba, sintió el calor de su aliento en el hombro, girarla despacio en el asiento hasta dejarla de cara a él. Abrió los ojos y la recorrió la excitación al ver el brillo de sus ojos. Había una promesa ahí, una que decía que llegarían más, más cosas.
—Eres tan hermosa...
La voz sonó como una caricia.
Aunque sabía que sólo se estaba mostrando amable, le encantó el sonido de las palabras al salir de sus labios. Deseaba ser hermosa. Por sí misma. Por él.
pedro percibió la expresión melancólica en los ojos de Paula y se juró que al final de la velada creería sus palabras. Haría que se sintiera hermosa.
Lo embargó una emoción cálida. Paula era una persona maravillosa. Amable. Dulce. Increíblemente sexy.
Alzó una mano y la apoyó en su cara. Bajó la cabeza y pegó la boca a la suya. Pasó la lengua por la plenitud de su labio inferior, instándola a abrirse para él e introduciéndose en ella cuando lo hizo. Sabía a vino y a menta, una combinación ridícula que era poderosamente erótica.
Ella cerró los dedos sobre la tela de su camisa y fue hacia el beso, al encuentro de su lengua. Los embates lentos y deliciosos le pusieron el cuerpo en alerta máxima.
Su piel era como seda templada bajo los dedos y tuvo que luchar contra el impulso de deslizar la palma hacia arriba y sentir el peso firme de su pecho en la mano. Se recordó que no había motivo para precipitarse. Disponían de todo el tiempo del...
Se encendió una luz y en la ventanilla sonó una llamada perentoria.
—Ayudante del sheriff —anunció una voz profunda—. ¿Está todo bien ahí?
Paula echó la cabeza atrás y los ojos antes apasionados se abrieron de repente.
—La policía.
Pedro giró en el asiento y contuvo una maldición.
—Necesito que baje del coche —ordenó el hombre.
—Yo me ocuparé de esto —le dedicó lo que esperaba que fuera una sonrisa tranquilizadora y bajó a la luz de los faros del patrullero—. ¿Cuál es el problema, agente... Wayne?
Aunque hacía cinco años que no veía a Wayne Bojanski, lo reconoció de inmediato. Había sido su amigo en primaria, compañero en el instituto y compañero del equipo de fútbol en el último año.
—¿Pedro Alfonso? —una sonrisa de reconocimiento apareció en la cara rubicunda de Wayne—. Jamás pensé que os encontraría a Melody y a ti en un camino comarcal.
La sonrisa de Pedro se desvaneció al comprenderlo. Wayne desconocía lo de Mel. La última vez que lo había visto había sido en la reunión de ex alumnos, y por ese entonces Mel había estado viva.
—Melody murió hace tres años —explicó antes de que el silencio se prolongara demasiado.
Wayne se quedó boquiabierto.
—Bromeas.
—Fue súbito. Un problema médico.
Wayne cerró la boca y carraspeó.
—Entonces, ¿quién está en el coche?
—Una amiga. Teníamos cosas de las que hablar y queríamos algo de privacidad —no pudo evitar sonreír ante esa explicación poco convincente.
En un gesto de camaradería, Wayne le pasó un brazo por los hombros y bajó la voz.
—Tendréis que hacerlo en otra parte.
Pedro no podía hablar por Paula, pero para él, los caminos de tierra habían perdido todo su atractivo.
—No te preocupes —dijo—. No volverás a verme por aquí.
Wayne miró hacia el coche y luego a Pedro.
—Una cosa más...
Pedro deseó poder subir al Land Rover y largarse de allí. Recordaba ese tono. Wayne siempre se había considerado un experto en mujeres y le encantaba ofrecer sus consejos.
—Lamento lo de Melody —pateó la grava con la punta de una bota—. Me caía bien. Era atrevida.
El inesperado sentimiento le sorprendió. En silencio aceptó la condolencia. Apreció las palabras de Wayne, pero esa noche no quería hablar de Melody ni pensar en ella. Esa velada era sobre el futuro, no el pasado.
Wayne ni siquiera había subido al patrullero cuando Pedro arrancó el todoterreno y miró a Paula de reojo.
—No contaba con que apareciera la policía —comentó.
—Lo conocías —indicó ella con sencillez.
—Desde el jardín de infancia. Y jugamos juntos al fútbol en el instituto. He de reconocer que siempre fue inoportuno.
—Probablemente, fue lo mejor —afirmó Paula—. Me da la impresión de que las cosas se habrían descontrolado.
—¿Y eso habría sido... malo?
Ella rió entre dientes y Pedro sintió que la tensión se evaporaba de sus hombros. Al menos podía hacerla reír.
—Desde luego, nunca olvidaré esta noche —ella sonrió—. Una chica siempre recuerda la primera vez —sobresaltado, Pedro enarcó las cejas—. La primera vez... —su sonrisa se amplió— que me para la policía.
Los dos rieron.
Los ojos de ella brillaban como esmeraldas finas y su tentadora fragancia lo envolvió. Sólo deseó aparcar el coche en el arcén y continuar donde lo habían dejado. Pero no tenía diecisiete años. Era un adulto y lo bastante inteligente como para darse cuenta de que habían tenido suerte. Cinco o diez minutos más tarde, Wayne los habría sorprendido en plena acción.
No, un coche no era lugar para mantener un interludio romántico con Paula. Pero había otras muchas opciones que podían explorar.
—Decididamente, será una noche para recordar — confirmó él—. ¿Te apetece crear más recuerdos?
Paula pensó unos momentos.
—Mientras el recuerdo no involucre a la ley o caminos comarcales...
Aunque estaba totalmente de acuerdo, no pudo resistirse a provocarla.
—¿Dónde está tu espíritu de aventura?
—Oh, puedo ser aventurera —lo miró con los párpados entornados—. Lo que pasa es que cuando beso a alguien, no quiero que me interrumpan... y menos la policía.
Impulsivamente, Pedro le tomó la mano y se la llevó a los labios.
—La próxima vez no habrá ninguna interrupción —prometió—. Te lo garantizo.
Ninguna interrupción.
Paula clavó la vista en el techo de su habitación. Cuando Pedro y ella habían cruzado la puerta de entrada, su tiempo a solas había llegado a un brusco final. Pedro había hecho todo lo que estaba a su alcance. Había mantenido la voz baja y con rapidez había paga* do a la canguro. Pero Emma debía de haber tenido activado el «radar de papá», porque nada más marcharse la canguro, había bajado corriendo las escaleras.
La aparición de la niña había impuesto la realidad multiplicada por diez. Paula volvía a ser la niñera y Pedro era el papá de Emma y su jefe. Aunque entendía la necesidad de discreción ante la pequeña, no podía evitar sentirse como una niña a la que le habían quitado su juguete favorito.
Ni siquiera había recibido un beso de buenas noches. A menos que contara los del coche... Sonrió.
Desde luego Pedro sabía besar. Cuando la abrazó y sus labios se cerraron sobre los de ella, fue como si nada más en el mundo existiera. Fue...
Una melodía familiar sonó desde su móvil en la mesilla y se sentó. Miró el despertador y frunció el ceño. Las dos de la mañana.
Abrió el teléfono. ¿Por qué la llamaba Esteban a esa hora?
—Hola.
—Paula —dijo sorprendido—. No esperaba que contestaras. Iba a dejarte un mensaje.
Aunque no estaba acostumbrada a recibir llamadas a esa hora, agradeció la distracción. Quizá hablar con Esteban apartara su mente de Pedro.
—Por lo general lo apago, pero supongo que lo olvidé.
—Lamento haberte despertado.
—Tranquilo, no lo has hecho. Cuando llamaste, estaba tumbada mirando el techo, tratando de decidir si me ponía a contar ovejas o me levantaba para leer un rato.
—A mí también me cuesta dormir hoy —comentó Esteban con voz ronca y baja—. Quería oír tu voz, aunque sólo fuera en una grabación.
Unas campanas de advertencia sonaron en la cabeza de Paula. Esteban le caía bien, pero la verdad era que casi no había pensado en él desde que se marchó. Claro que si hubiera sido Pedro..
—... sube a un avión y ven aquí.
Comprendió con súbito terror que mientras su mente se había dispersado Esteban había seguido hablando. ¿Sobre qué?
—¿Que vaya a Boston? —preguntó con lentitud y cautela.
—Te quiero conmigo —dijo con su habitual autoridad—. Tengo los días ocupados, pero podrías ir de compras o visitar la ciudad. Tendríamos las noches para nosotros.
Se sintió halagada de que quisiera pasar sus ratos libres con ella. Esteban era un hombre atractivo, un abogado prestigioso... por no mencionar un cocinero fabuloso. Tenía mucho que ofrecerle a una mujer. Pero aunque a ella le interesara, era imposible que pudiera ir.
—Te olvidas de que tengo un trabajo —con gentileza, quiso que entendiera que apreciaba la invitación, aunque no pudiera aceptarla—. Es imposible que pueda ir.
—Paula. Pedro Alfonso puede encontrar a otra persona para que cuide de su hija y lo atienda el fin de semana.
—Estoy segura de que podría —sintió un aguijonazo de angustia ante la idea—. Pero yo me refería al negocio con Chez Gladines —conseguir la oportunidad de mostrar su talento era un logro importante para un chef sin experiencia—. He obtenido el trabajo en prueba —explicó—. Mantenerlo es muy importante para mí.
—Lo entiendo —repuso Esteban con admiración. Y algo parecido al alivio—. Ese trabajo es tu primer paso hacia la verdadera independencia.
Paula frunció el ceño.
—Soy independiente desde los dieciocho años.
Durante varios segundos, reinó el silencio.
—No te tomes esto mal, pero realmente no has sido independiente. No en el sentido más apropiado de la palabra. Pasaste de la casa de tu tía a tu primer trabajo de niñera y de ahí a tu puesto actual.
El corazón de Paula latió con más fuerza y la irritación se asomó a su cara.
—Haces que suene como si estuviera viviendo de toda esa gente —dijo—. Trabajo duramente por el sueldo que recibo. El que el alojamiento y la comida formen parte de los beneficios colaterales no significa que no sea independiente.
Desde pequeña había tomado la decisión de ser autosuficiente. No iba a terminar como su madre, dependiendo de que un hombre «cuidara» de ella.
—Tienes mucho talento, Paula —indicó Esteban—. Sólo quiero asegurarme de que aproveches la oportunidad de desarrollarlo.
La furia de Paula se convirtió en curiosidad.
—¿Por qué te importa?
—Porque me gustas.
Era una respuesta lógica, pero había algo en su voz, un elemento de contención que le dijo que iba más allá de una respuesta hecha.
—Hay más que eso.
Después de un momento de silencio, Esteban habló:
—Mi madre trabajó durante años como ayudante administrativa para un rico industrial de Chicago. Era una mujer inteligente con mucho talento, pero él se negó a ascenderla. Tenerla cerca satisfacía sus necesidades.
—¿Qué pasó? —se volvió a tumbar.
—El año pasado decidió que lo mejor para él era trasladarse a Francia —continuó con voz tensa—. Ahora ella está cerca de los sesenta años y buscado trabajo otra vez.
Pudo apreciar que Esteban fuera protector con su madre, pero parecía que había elegido quedarse en el puesto. Igual que había hecho ella misma.
—Sin embargo, podría haber buscado otro trabajo en cualquier momento, ¿no?
—Desde luego —confirmó Esteban—. Pero él no paraba de decirle lo importante que era para él, cómo formaban un equipo... hasta que dejó de necesitarla. La utilizó,Paula. No quiero ver que eso te pase a ti.
El grado de amargura en la voz de Esteban le desconcertó.
—No obstante...
—Piensa en ello — cortó—. Si Pedro vuelve a casarse, su nueva esposa podría decidir que no te quiere en la casa, y en un abrir y cerrar de ojos pasarías a ser historia.
—No creo que pedro...
—Ni siquiera tiene que volver a casarse —prosiguió él —. ¿Qué pasará cuando Emma crezca y se vaya a la universidad? Sólo pido que no cometas el error que cometió mi madre. Haz que tus sueños sean la prioridad mientras todavía eres joven y vigorosa.
Paula sintió que la embargaba una sensación de vacío.
—¿Paula? ¿Sigues ahí?
—Estoy aquí —forzó las palabras más allá del nudo que tenía en la garganta. Cuando se graduó en el instituto, no había habido más dinero para ir a la universidad. Ser niñera había comenzado como una solución temporal, un modo de mantenerse mientras asistía a la escuela de gastronomía por la noche.
Había completado sus cursos poco antes de que Melody muriera. No podía haber dejado a Pedro y a Emma entonces, Pero ¿significaba eso que tenía que pasar los siguientes diez o quince años observando a Pedro y a Emma vivir sus vidas sin llegar a formar parte jamás de su mundo? Incluso después de lo sucedido esa noche, ¿y si la relación no avanzaba más? ¿Y si Pedro se casaba otra vez?
—¿Estás enfadada? —la preocupación se manifestó en la voz de Pedro.
Paula respiró hondo. La agitación interior que la embargaba era su problema, no de Steven.
—No. Estoy segura de que sólo quieres lo mejor para mí.
—Así es —su voz adoptó una cierta urgencia—. Me importas...
—Escucha, Esteban, me encantaría charlar, pero necesito dormir —ya tenía suficientes cosas en la mente. No podía tratar con lo que temía que iba a ser una declaración de Esteban.
—¿Puedo llamarte mañana?
—Por supuesto.
—Una última sugerencia —habló con rapidez, percibiendo que estaba a punto de cortarlo—. No te involucres personalmente con Pedro. Cuando llegue el momento, hará que dejar su casa te resulte mucho más duro.
«Cuando», no «si».
Sintió el corazón en un puño. La advertencia llegaba un poco tarde.
—Lo recordaré. Buenas noches, Esteban.
—Dulces sueños.
Cortó. ¿Dulces sueños? ¿Es que bromeaba? Sería afortunada si conseguía dormir.
GRACIAS POR LEER! =)
viernes, 4 de abril de 2014
"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 9
PEDRO pegó a Paula contra él y dejó que la música lo envolviera. Ella había vuelto a hacerlo. Sin siquiera saberlo, había logrado reafirmarlo en su convicción de que había elegido el curso de acción apropiado.
Los padres de Mel eran personas agradables, pero con las personalidades fuertes y dominantes que tenían, no serían las apropiadas para criar a su sensible hija. A pesar de lo que creía su suegra, la familia no siempre era la mejor elección. Desde luego, cuando se casara con Paula, sería familia, parte de su familia. La abrazó con más fuerza. Jamás le haría falta nada.
Pero ¿y el amor?
Hizo a un lado la pregunta. Podía nombrar a media docena de parejas que se habían casado por «amor» y estaban divorciadas. Además, había muchas clases de amor y cariño. Así como nunca le mentiría a Paula y le diría que la amaba cuando no era así, le mostraría de todas las maneras posibles lo mucho que le importaba.
El cantante de la orquesta se lanzó a cantar una balada y Paula se arrebujó contra él. La fragancia fresca de su cabello le invadió el olfato.
—Gracias por acompañarme esta noche —susurró sobre su pelo mientras con la mano le acariciaba la espalda desnuda.
—Gracias por invitarme —alzó la cabeza y le sonrió—. Lo estoy pasando muy bien.
—Suenas sorprendida.
—Nunca había asistido a una fiesta como ésta. No sabía muy bien qué esperar —miró alrededor de la sala—. He de reconocer que estaba un poco nerviosa.
Pedro también lo había visto. Había sentido la incertidumbre en la mano que le había aferrado el brazo cuando entraron en el salón. Por eso se había mantenido próximo a ella. Aparte de ir a buscarle la copa de vino, no se había apartado de su lado.
Le gustaba estar con Paula y era agradable saber que ella se sentía complacida de estar sólo con él.
—¿Listo para un cambio?
Pedro se volvió y encontró a Jake de pie en el centro de la pista, con Brenda al lado. Pero a pesar de la atención que le dedicaba, la escultural rubia bien podía haber sido una desconocida. Jake únicamente tenía ojos para Paula. O, más bien, para los pechos de Paula.
Pedro apretó los labios. Antes no le había gustado el modo en que su amigo había posado la vista en el escote de Paula y tampoco le gustó en ese momento. Ella se puso tensa en sus brazos y él pudo sentir la fuerza con la que le latía el corazón. Era obvio que no quena bailar con Jake, pero Pedro percibió que tampoco montaría una escena si aceptaba.
También era obvio que Brenda no compartía la renuencia de Paula. Dio un paso al frente, expectante por el cambio.
—Lo siento —negó Pedro—. Esta noche soy hombre de una sola mujer.
Sin decir otra palabra, se alejaron danzando sobre el parqué, dejando a Brenda y a Jake mirándolos boquiabiertos.
Sintió que Paula se relajaba en sus brazos. La expresión tensa que había dominado sus facciones se mitigó.
—¿Hombre de una sola mujer? —una risita recalcó las palabras de Paula—. No puedo creer que dijeras eso. Suena a título de canción country.
Pedro sonrió. El alivio en sus ojos le reveló que había tomado la decisión correcta.
—Lo dije con absoluta sinceridad —aseveró—. Esta noche soy todo tuyo. Y tú toda mía.
«Y tú toda mía».
El tono posesivo en la voz de Pedro le provocó un escalofrío de placer por la espalda. Nunca había querido «pertenecer» a ningún hombre, pero esa noche disfrutaba de la sensación de ser valorada y protegida.
Cuando Jake había querido cambiar de pareja, Paula se había quedado paralizada, como un cervatillo atrapado bajo el fulgor de unos faros. Lo último que había deseado era estar a menos de tres metros de Jake, y mucho menos en sus brazos, pero ¿cómo manifestar ese sentimiento sabiendo que Jake y Pedro eran amigos? En especial delante del primero.
Pero no tendría que haberse preocupado. Pedro había asumido el control y Paula dudó mucho que Jake volviera a pedirlo. Suspiró satisfecha. La velada empezaba a entrar en la categoría de los acontecimientos que siempre recordaría. No tenía muchos de esos recuerdos, lo que hacía que esa noche fuera aún más especial.
—¿Sabes qué me gustaría hacer? —de pronto ella levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
Él movió exageradamente las cejas.
—¿Bailar con Jake?
—Mmm, no —trató de mantener la expresión seria, pero la atmósfera ligera impuesta por él se lo impidió—. Me gustaría una foto.
La empresa de Pedro había contratado a varios fotógrafos con el fin de que les proporcionaran a los invitados recuerdos de la noche. Habían establecido un par de puestos en la sala de baile y llevaban ocupados toda la noche sacando fotos.
El fondo de flores frescas que estaban empleando le recordó a Paula algo que se podía ver en las fotos de los bailes de fin de curso. No era que ella tuviera conocimiento de primera. En el instituto, jamás había asistido a ninguno de los bailes. No había habido dinero en la casa de su tía para vestidos bonitos. A cambio, esas noches había trabajado sirviendo mesas, atendiendo a sus compañeros de estudio.
En secreto siempre había anhelado una foto de sí misma vestida de gala y con un acompañante atractivo a su lado.
—¿Fotos? —Pedro miró al fotógrafo más próximo, que en ese momento terminaba con una pareja mayor.
La duda en sus ojos le indicó que la idea no le entusiasmaba. Sintiéndose poco sofisticada, rió y fingió que sólo había estado bromeando.
—Pensé que podría ser divertido mostrársela a Emma. Pero tienes razón. Es una locura.
Esperó que Pedro aceptara la salida que le ofrecía, pero al mirarlo lo vio titubear y observarla.
—No creo que suene para nada una locura. Creo que es... divertido —dijo. Esbozó una sonrisa—. Algo reminiscente... del instituto.
Aunque el corazón le dio un brinco de felicidad,Paula mostró una sonrisa indiferente.
—Era lo mismo que estaba pensando yo.
El resto de la velada pasó a toda velocidad. Se sacó la foto con Pedro y luego bailaron un poco más.
La intuición de Paula había sido acertada, Jake no volvió a pedir que cambiaran de pareja. Paula miró de vez en cuando a Brenda y descubrió que la mirada de la otra parecía permanentemente clavada en Pedro, con una expresión triste en los ojos. Entonces supo a quién había ido a ver exactamente Brenda.
Cuando estuvieron listos para marcharse, era pasada la medianoche. Esperó mientras Pedro iba a recoger su chai. Aunque a esa hora por lo general ya estaba dormida, no se sentía en absoluto cansada.
Miró las fotos que tenía en la mano. El fotógrafo le había pedido que mirara a Pedro y apoyara las manos en el torso de él. Después de hacer lo que le indicó, había colocado las manos de Pedro en su cintura. Paula había estado ahogándose en el azul de los ojos de él cuando el hombre había sacado la foto...
—¿Lista?
Levantó la cabeza. Pedro estaba frente a ella con el chai preparado. La miraba con una mezcla de inconfundible interés y un deje de incertidumbre.
Paula guardó la foto en el sobre decorativo con que se la habían dado y dejó que le pasara la tela sedosa del chai por los hombros. Miró la hora. Apenas era pasada la medianoche.
—Sabes que si fuera el baile de fin de curso, jamás iríamos a casa tan temprano.
Como Cenicienta ante la idea de volver a ser una criada, Paula odiaba el pensamiento de que la velada terminara tan pronto. Al menos podrían ir a comer algo y charlar ante una taza de café.
—¿Quieres parar en alguna parte de camino a casa?
—Me parece una buena idea —los ojos de Pedro se oscurecieron.
En el coche, se puso a hablarle del punto al que iban las parejas del instituto en su ciudad.
—Estaba en una colina —sonrió recordando—. Daba a un lago. No había mejor vista. Aunque tampoco pasábamos mucho tiempo mirando la luna.
La sonrisa de Paula se congeló. Pedro no planeaba parar a comer una hamburguesa. Gracias a su ambigua pregunta, iban a aparcar el coche.
El cuerpo se le encendió y luego se le enfrió ante el pensamiento de besarse con Pedro en la cálida intimidad del coche.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Adonde ibas?
Respiró hondo y se preguntó qué diría si le reconociera que el único sitio al que había ido la noche del baile de graduación era de regreso al apartamento de su tía después de un duro turno en la cafetería.
Tenía su orgullo. No podía dejar que supiera lo que había pasado. Su mente se puso a cien. Aparte de alquilar habitaciones en el hotel donde se había celebrado el baile, no recordaba que ningún compañero mencionara un lugar especial al que hubieran ido a aparcar el coche.
—Principalmente, caminos comarcales. Ningún lugar específico.
Pedro salió de la carretera y se metió en una calle residencial.
—Una calle desierta, entonces.
A Paula el corazón le dio un vuelco. Miró por la ventanilla. La noche estaba oscura con sólo una franja de luna. Unos árboles grandes alineaban la calle, creando un aire de intimidad en el vehículo con su dosel de ramas y hojas.
Al rato las hileras de casas dieron lugar a tierras de labranza y el pavimento se convirtió en grava. Pero Pedro continuó.
—¿Hasta dónde vamos a ir? —preguntó Paula.
—No mucho más lejos —la miró de reojo—. Lo suficiente para que no nos molesten. Aunque recuerdo que era el miedo al descubrimiento lo que hacía que la experiencia fuera tan excitante.
La sonrisa traviesa le avivó el bombeo de sangre y durante un segundo olvidó respirar.
Pedro detuvo el coche en el costado del camino, luego apagó el motor y las luces.
—Ha sido una excelente sugerencia —musitó él en la quietud reinante—. Esperaba que pudiéramos ir a algún sitio después del baile.
—¿Sí? —aunque trató de mantener la voz indiferente, le salió jadeante y una octava más alta que lo normal.
Pedro asintió.
—En cuanto llegáramos a casa, sabía que no tendríamos intimidad.
Tenía razón. Emma tenía el sueño ligero. Pero no estaban en la casa de Pedro. Se hallaban en el coche. Solos. Los dos.
Sintiéndose como una adolescente nerviosa, se movió en el asiento y lo miró. Un hormigueo curioso le invadió el cuerpo.
—No estoy segura de que mi tía aprobara que estuviera a solas contigo aquí —le dedicó una sonrisa descarada. Seguro que con diecisiete años, habría dicho algo similar.
—Tengo una idea —le quitó el chai de los hombros y lo lanzó al asiento de atrás—. No se lo contemos.
Paula sintió la piel de gallina. Había dicho esas palabras como algo gracioso y no estaba preparada para que él le siguiera el juego.
£l calor se agolpó en la parte baja de su vientre y decidió que si Pedro estaba interesado en tener diecisiete años esa noche, ella también.
—No estoy segura de que pueda confiar en ti — cruzó los brazos y adelantó el labio inferior—. Me han advertido contra chicos como tú. Sólo queréis una cosa.
—Eso no es verdad —la voz sensual siguió baja y profunda. Le pasó un dedo por el brazo—. No sólo quiero una cosa... quiero un montón de cosas.
El contacto dejó una estela de calor en su piel.
Algo en la voz, en la seriedad que anidaba debajo del tono juguetón, provocó una estampida de mariposas en su estómago. Él la estudió durante unos segundos y Paula descubrió que contenía el aliento.
—Me gustaría besarte —dijo al final—. ¿Te parece bien?
Paula se mordió el labio y ladeó la cabeza, fingiendo analizar la pregunta.
—Supongo... mientras no intentes nada atrevido.
—¿Es que no te gustan los besos con lengua?
La sorpresa en la voz de él le provocó una sonrisa. No sabía si era Pedro el adolescente o el hombre adulto el más desasosegado.
—Jamás lo he probado —juntó las manos recatadamente en el regazo como una adolescente virginal—. La tía Verna dice que esa clase de beso no está bien.
Jamás había tratado ese tema con su tutora, pero no se imaginaba a Verna pensando de otro modo.
—Mmm —pasó un brazo por los hombros de ella y la acercó—. No quiero contradecirla, pero los besos con lengua son estupendos. Pero no aceptes mi palabra. Pruébalo. Luego decide por ti misma —sus brazos se cerraron en torno a ella—. Quiero que sepas que jamás haría nada que te hiciera daño.
En ese momento el cuerpo de Paula estaba tan pegado al de Pedro, que podía sentir el calor que emanaba de él. Respiró hondo para calmarse y la fragancia de su colonia le disparó el corazón. Agitada, se humedeció los labios con la punta de la lengua.
—Lo sé...
Las palabras apenas habían salido de su boca cuando los labios de Pedro se cerraron sobre los suyos. Lento y dulce, el beso la tentó y el deseo que había mantenido a raya hasta entonces se desbocó por sus venas como un río caudaloso.
Introdujo los dedos por el pelo suave, acercándolo más, mientras el fuego incontrolable que ardía en su interior exigía algo más que lentitud y dulzura. Pero las manos de Pedro se mantuvieron respetuosamente en su cintura y los besos que le daba, así como de una sensualidad embriagadora, se mantuvieron secos y castos.
Cuando separó los labios para darle besos por la mandíbula y el cuello, Paula gimió con frustración. Pedro hacía lo que le había pedido pero, ¿es que no se daba cuenta de que había cambiado de parecer? Santo cielo, ¿es que iba a tener que deletreárselo?
Los labios llegaron hasta la curva del escote y subieron.
Paula decidió que ya había tenido suficiente. Una mujer tenía un límite para la frustración que podía soportar.
—He cambiado de idea.
La boca de él se detuvo sobre su cuello. Alzó la cabeza.
—¿Quieres que pare?
—Sí —pero cuando se apartó, horrorizada, Paula comprendió lo que acababa de decir—. No. Quiero decir, deseo que continúes.
Supo que no estaba siendo muy coherente. ¿Acaso se podía esperar que pensara racionalmente con su aliento cálido acariciándole el cuello?
—¿Continuar? —enarcó una ceja—. No entiendo.
—Quiero que me beses. Que me beses de verdad.
La mirada desconcertada de Pedro le indicó que aún no conseguía dejar claro lo que le apetecía.
—Oh, la, la —dijo con un acento francés exagerado—. Comprenez—vous?
—Pero tu tía...
—Al cuerno mi tía.
Pedro sonrió.
—¿Deseas que haga algo más?
—Quizá —murmuró, mirándolo con los párpados entornados.
—Lo deseas —su voz proyectó una satisfacción puramente masculina. Un chico de instituto no podría haber sonado más orgulloso.
No hacía falta definir de qué se trataba. Lo había experimentado en más de una ocasión y aunque no se podía decir que las experiencias hubieran sido memorables, tener sexo no era algo que una mujer olvidara.
—Las chicas buenas no llegan hasta el final —dijo Paula, adoptando el personaje virginal—. Sólo quiero un beso... quizá tontear un ratito.
Incluso en la oscuridad, lo vio sonreír.
—De modo que todo menos eso —Pedro fingió darle vueltas a la idea. Al final asintió—. Aún disponemos de mucho territorio por cubrir.
—Depende —comentó con tono vago, manteniendo abiertas las opciones—. Puede que decida parar con un beso con lengua.
—No lo creo.
—No estés tan seguro —replicó a su afirmación arrogante.
El bajó la vista.
—¿Qué te parece esto?
Inesperadamente, adelantó el brazo y rozó el corpiño de seda de su vestido con el dorso de la mano. Al instante, los pezones se endurecieron bajo el contacto. Paula jadeó.
—Piensa en lo divertido que sería... —comenzó con voz seductora y ronca— si el vestido no se hallara de por medio.
Ella ni siquiera tuvo que cerrar los ojos para visualizar la escena erótica. Con el vestido fuera del camino, Pedro dispondría de libertad para usar la boca y las manos al máximo.
Los pechos se tensaron contra la seda y sintió una palpitación honda en la unión de los muslos. Anhelaba y deseaba a ese hombre de un modo que desafiaba toda lógica. No obstante, estar medio desnuda en un coche con un hombre excitado era algo que podría hacer una adolescente, no una adulta responsable. Pero no lograba plantear la negativa. Como si Pedro percibiera su vacilación, cerró los labios sobre los suyos.
—Por favor —musitó sobre su boca—. Es la noche de graduación. No somos niños. Podemos hacer lo que queramos.
Paula nunca había sido muy rebelde. Nunca había hecho nada salvaje.
«Podemos hacer lo que queramos».
Era la noche de la graduación. O lo más próximo a ello como jamás estaría.
Él profundizó el beso y Paula le dio la bienvenida al calor húmedo y lento, a la lengua que se deslizó en su boca para explorarla. Un ronroneo de pasión vibró en su garganta. Pedro era una tentación irresistible y el beso le abrió el apetito de más.
No se acostaría con él... eso sería una simple tontería. Pero «todo menos» ofrecía un atractivo decadente. Giró en el asiento y le ofreció la espalda de su vestido.
—Bájame la cremallera, por favor.
GRACIAS POR LEER!!♥
"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 8
ALGO huele bien. Paula alzó la vista de la plancha y vio a su jefe. —Tortitas. Con arándanos.
Emma levantó la vista de su plato.
—Y Paula incluso ha calentado el sirope.
—Vaya —Pedro sonrió—. Siento como si hubiera muerto e ido al cielo.
A Paula el corazón le dio un vuelco.
—No quiero que vayas allí —la sonrisa de Emma titubeó y soltó el tenedor con miedo—. Quiero que te quedes aquí conmigo.
Conmovida, Paula alargó el brazo y revolvió el pelo de la pequeña.
—Tu papá no irá a ninguna parte, pequeña. No es más que su manera de decir que le gustan las tortitas.
—Paula tiene razón, princesa —le dio un beso en la cabeza a su hija y le dedicó una mirada de agradecimiento a ella antes de sentarse a la mesa.
Paula puso una taza humeante de café ante Pedro, pero éste siguió hablando con Emma y ni siquiera alzó la vista. Su corazón se emocionó al verlos juntos. Cuando sus propias tortitas estuvieron hechas y se unió a los dos, Emma reía entre dientes.
Acababa de beber el primer sorbo de café cuando sonó la bocina del autobús del colegio. En cuestión de minutos, Emma se levantó y corrió hacia el vehículo amarillo con una sonrisa feliz en la cara.
Después de cerciorarse de que la pequeña se hallaba segura en el autobús, Paula regresó a la cocina. No le sorprendió encontrar a Pedro todavía a la mesa. Su mirada le indicó que había permanecido adrede con la intención de hablar. Y sabía bien qué tema quería tratar.
Fingió no notarlo y se tomó su tiempo en servirse sirope.
—¿Tienes planes para hoy?
—Estaré en la ciudad —gesticuló como si apartara un mosquito molesto con la mano.
Paula cortó un trozo de tortita.
—Se supone que hoy hará un calor irracional.
Por el rostro de él cruzó una expresión de exasperación.
—No quiero hablar del tiempo. No cuando hay cosas más importantes que discutir.
La impaciencia mostrada era tan típica de él que no pudo evitar sonreír.
—Oh, de acuerdo —dijo en su tono más altivo.—Supongo que te daré una oportunidad.
La sorpresa aleteó en las facciones de Pedro.
—¿Lo harás?
Percibió incredulidad en su voz y el corazón le palpitó con fuerza. Después de tragar la pieza de tortita que de repente parecía del tamaño de una pelota de béisbol, forzó un tono indiferente.
—A menos que no hablaras en serio. Quiero decir, si sólo bromeabas...
—Claro que no bromeaba —dijo, como si se sintiera molesto de que pudiera pensar algo semejante—. Sólo estoy sorprendido. Imagino que creía que ibas a rechazarme.
Paula frunció el ceño.
—Pero me hace feliz que hayas dicho que sí —se apresuró a añadir pedro.
—Bien —con un dedo, Paula trazó un patrón imaginario sobre la mesa—. ¿Adonde vamos desde aquí?
Él bebió un sorbo de café y se reclinó en la silla.
—¿Qué te parece la fiesta de mi empresa en el Palmer House el viernes por la noche?
Paula lo miró. Sabía que esa fiesta siempre era una celebración elegante. O bien representaría un comienzo fabuloso para los dos o bien un choque de trenes. Pero ya no iba a permitir que el miedo la frenara.
Sonrió.
—Es una cita.
Los candelabros del salón de baile del Hotel Palmer House resplandecían y el aroma a flores frescas llenaba el aire.
El tintineo de las copas de cristal se entremezclaba con el sonido de risas y conversación. Mientras Paula se hallaba a la entrada de la gran sala y observaba a la multitud de hombres con esmoquin y mujeres con vestidos deslumbrantes, sintió un nudo en la garganta. ¿En qué había estado pensando?
El lugar bullía con gente importante... hombres y mujeres con los que Pedro trataba a diario. A algunos los había conocido... como su niñera. Sabía lo que pensarían cuando la vieran a su lado. O bien que Pedro había perdido la cabeza... o bien que se acostaba con la niñera y ella lo había obligado a que la invitara.
Estaba a unos segundos de huir de allí cuando él le tomó la mano. El corazón le dio un vuelco y lo miró.
Él sonrió.
—Me alegro mucho de que me acompañaras.
—¿Sí? ¿Por qué?
Rió y se le formaron arrugas en torno a los ojos.
—Porque siempre me lo paso bien cuando estoy contigo.
La tensión y la ansiedad, que hasta entonces la habían atenazado, se mitigaron y se relajó por primera vez desde que salieron de la casa. Pedro tenía razón. Siempre se divertían juntos. Esa noche no sería una excepción.
—¿Quieres una copa de vino?
Pedro se acercó para protegerla de un borracho inestable con voz alta y una copa en cada mano.
Incluso después de que el hombre pasara, permaneció cerca.
Nerviosa, apartó la vista, ya que no quería que viera el deseo en sus ojos. Se alisó la falda del vestido negro de noche. Era el mismo que se había puesto cuando le preparó la cena a Esteban, pero si Pedro lo había notado, se había mostrado demasiado cortés como para mencionarlo.
Una vez que tomó el control de sus emociones, alzó la vista.
—Me encantaría un poco de vino. Preferiblemente, tinto.
pedro memorizó la alta columna blanca a la espalda de Paula.
—No te muevas —le dio un beso rápido en los labios—. Vuelvo enseguida.
Paula se llevó un dedo a la boca y se preguntó si tendría alguna idea del efecto que surtía en ella. Cómo la hacía...
—¿Paula? —una voz femenina la devolvió al presente—. Casi no te reconozco. ¿Qué haces aquí?
Volviéndose, se centró en la fiesta y le dedicó una sonrisa a Brenda Northcott.
—He venido con Pedro.
Impulsivamente, abrazó a la bonita rubia. Como de costumbre, a Brenda se la veía fabulosa con su vestido verde esmeralda que resaltaba al máximo su figura esbelta.
En la frente perfecta de Brenda apareció un leve ceño.
—Me pareció oír que Pedro iba a venir solo.
—Cambió de parecer —repuso con tono ligero—. ¿Con quién vienes tú?
Según Pedro, la fiesta era para la empresa de arquitectura y sus clientes. Brenda trabajaba como abogada para una empresa financiera, o al menos así era la última vez que había hablado con ella.
—Con Jake —respondió Brenda.
Paula trató de ocultar su asombro. Al ser uno de los mejores amigos de Pedro, Jake a menudo había estado en la casa y ella lo conocía bastante bien. O al menos tan bien como quería conocerlo. Jamás le había gustado el modo en que la había mirado, como si la imaginara desnuda, ni los comentarios sugerentes que le había hecho cuando Pedro no se hallaba presente.
—Es un poco pegajoso —Brenda se encogió de hombros—. Pero quería venir a la fiesta y él era mi entrada.
—No he dicho que hubiera nada erróneo con él — se apresuró a exponer Paula.
—No hacía falta —Brenda rió—. Pude verlo en tus ojos.
—Es pegajoso —reconoció Paula.
—Mucho —recalcó Brenda.
Las dos rieron.
—¿Por qué deseabas tanto venir a esta fiesta? — inquirió Paula—. Quiero decir, está bien y todo eso, pero...
Por lo que a ella concernía, la mujer tenía que estar desesperada para ser acompañante de Jake.
Brenda volvió a encogerse de hombros.
—Había alguien a quien esperaba ver esta noche aquí. Pero... es inútil. Siempre ha tenido ojos para otra. Es una pena que ella me caiga bien.
—Vaya, vaya, dos damas hermosas —Jake se situó al lado de Brenda y miró de forma lasciva a Paula—. Se te ve de-li-cio-sa.
Paula le dedicó una sonrisa cortés.
—Hace tiempo que no se te ve.
—He estado ocupado —repuso Jake—. A diferencia de Pedro, yo no tengo quien me sirva cuando llego a casa por la noche.
Paula no supo lo relevante que era la respuesta a su comentario, pero era evidente que Jake quería establecer un punto. Si el objetivo que tenía era recordarle su lugar en la jerarquía social, lo había logrado.
Sintió que alguien le tocaba el hombro y se volvió. Pedro se situó a su lado y le entregó la copa de vino.
—Esta noche, querida, es mi turno para servirte.
Brenda soltó un suspiro resignado.
Aunque el tono de Pedro era ligero y sus labios exhibían una sonrisa relajada, la tensión en su mandíbula le indicó que el comentario de Jake no le había resultado divertido.
Bebió un sorbo de vino y al alzar la vista, vio que Jake miraba descaradamente su escote y Brenda a Pedro.
Los ignoró a ambos y se dirigió a Pedro.
—¿Te apetecería bailar?
—Me encantaría —Pedro dejó la copa en una mesa cercana y extendió la mano.
Paula dejó su copa al lado de la de Pedro y le tomó la mano, despidiéndose de Brenda con una sonrisa. Seguía sin saber a quién había ido Brenda a ver a la fiesta, pero albergaba una sospecha. Sin embargo, Pedro la había elegido a ella.
La pista de baile estaba atestada, lo que hizo que Paula no se sintiera conspicua. En vez de que todo el mundo notara su manifiesta falta de ritmo, Pedro y ella eran otra pareja moviéndose al ritmo de la música que tocaba la orquesta.
¿Había algo más atractivo que un hombre magnífico con esmoquin? El contraste de la almidonada camisa blanca con la tela negra del esmoquin, unido a su maravilloso rostro, le desbocó el corazón.
Y cómo olía... El simple hecho de inhalar la colonia de Pedro hacía que el corazón le latiera aún más deprisa. La sensación de sus brazos fuertes alrededor de ella le dio vida a los recuerdos de la última vez que lo había tenido tan cerca. Como en ese momento.
Apoyó la mejilla en su pecho.
—Creía que me habías dicho que no bailabas —se burló él.
—Te mentí. He bailado antes —sintió el corazón en un puño por el recuerdo—. Con mi padre. Ponía música, me alzaba del suelo y nos movíamos al son de la música.
—Yo hago eso con Emma a veces —comentó.
Aunque no levantó la cabeza, percibió la sonrisa en la voz.
—Eres un buen padre —afirmó.
—No lo sé. No lo hice muy bien cuando Mel murió.
La emoción que transmitió la voz hizo que proyectara todo su corazón hacia él.
—Fue duro —continuó Pedro—. Emma me recordaba tanto a Mel... Todavía lo hace. Aún me recuerda lo que he perdido.
Paula no necesitó cerrar los ojos para recordar aquellos momentos. Pedro había estado embargado por la conmoción y el dolor. Paula había estado confusa y asustada. El hecho de que ella hubiera perdido a su padre a temprana edad la ayudó a conectar con la niña... y con un Pedro angustiado.
—Fue difícil para todos —comentó.
—No habría podido hacerlo sin ti.
—Sí habrías podido —afirmó con rotundidad. Pedro era bueno y fuerte y encaraba sus desafíos sin rodeos.
Su propio padre había sido así. Al separarse de su madre, se había encontrado con la custodia única de ella. El amor que le había dedicado había sido constante y lo único que Paula había necesitado.
—Me recuerdas mucho a mi padre.
—¿A tu padre?
Su expresión habría sido graciosa en cualquier otro momento.
—Para —lo volvió a pegar a ella y comenzó a bailar a pesar de saber que se había ruborizado—. Me refería a que eres un gran padre. Igual que lo fue el mío.
—Vaya —fingió secarse sudor de la frente—. Es un alivio.
—Era un buen hombre —fue lo único que se le ocurrió decir a Paula.
—Háblame de él —pidió Chris con voz baja—. Sé que dijiste que murió cuando tú tenías la edad de Emma, pero apenas sé más que eso.
Paula titubeó. Había pasado tanto años sin hablar de él, que le resultaba difícil saber por dónde empezar.
—Era maravilloso —afirmó—. Mi madre lo odiaba. Mi tía no lo conocía, pero me dijo que olvidara el pasado y me centrara en el futuro.
—No puedo imaginar lo duro que sería para Emma sí me pasara algo —musitó Pedro casi para sí mismo.
—No te va a pasar nada —se apresuró a decir ella—. Pero si sucediera algo, te prometo que haría lo que estuviera en mis manos para darle a Emma una vida feliz. Ya sabes lo que significa para mí.
—Una persona no tiene que ser familia para criar y querer a un niño —expuso con convicción.
—Tienes razón —convino Paula—. De hecho, al mirar hacia atrás, preferiría a una desconocida antes que a mi madre, con los ojos cerrados.
LEAN EL SIGUIENTE..
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