Paula todavía tenía puesta toda su ropa, pero no podía recordar haber
estado tan excitada alguna vez en su vida.
Lo había estado completamente cuando ella y Pedro tuvieron relaciones sexuales
por primera vez, respondiendo fácilmente a sus caricias y a sus besos, pero también
había sido muy inexperta y había estado nerviosa, las dos cosas la distrajeron un
poco del puro disfrute de sus respuestas físicas. Había tenido sexo desde entonces.
No con un gran número de hombres, ya que sólo había tenido relaciones sexuales
con hombres con los que salía seriamente. Sin embargo, había tenido un montón
de sexo decente. Incluso sexo realmente bueno.
Nunca se había sentido así, como si justo ahora no pudiera tener a Pedro, en
realidad suplicaría por él.
Él parecía sentir lo mismo, ya que su boca y sus manos se volvieron
inmediatamente más exigentes. Le encantaba lo fuerte que él era, lo mucho que
podía sentir la tensión en su esbelto cuerpo. Se retorció contra él, buscando la
estimulación donde pudiera.
Con un jadeo ronco, el rompió el beso y acercó ligeramente su cuerpo hacia el de
ella.
—Espera un segundo —dijo con voz ronca.
Ella hizo un sonido de impaciencia y se apretó contra su erección de nuevo.
—No quiero esperar un segundo.
El gimió casi sin poder hacer nada mientras ella se restregaba contra él.
—Yo tampoco. Pero necesitamos un condón, ¿no?
Ella maldijo en voz baja y se controló a si misma lo suficiente para poder relajar su
cuerpo y bajar la pierna con la que lo había rodeado a él.
—Sí. Sera lo mejor.
—No tengo ninguno conmigo ¿Hay en la casa?
Ella lo dudaba, ya que Gonzalo no vivía aquí, a menos que él hubiera escondido alguna
en una oscura esquina durante la escuela secundaria. A ella le gustan los tipos como
Pedro, que no llevan normalmente consigo condones, lo que parecía indicar que él
no tenía la costumbre de tener relaciones sexuales en un abrir y cerrar de ojos.
Además, su falta de preparación no importaba ya que ella lo tenía cubierto.
—Tengo uno en mi bolso. En el cuarto de la entrada.
Con su tobillo lastimado, y estando realmente excitada, no quería abandonar el
cómodo sofá junto al fuego, por lo que se sintió aliviada cuando Pedro se movió
con cuidado lejos de ella y se levantó.
Ella sin embargo se rió por lo bajo cuando vio que él se movía con rigidez.
Él le dirigió una mirada ofendida.
—Autosuficiente, ¿recuerdas? —bromeó—. Tienes que ir a buscar tu propio
condón, con erección o no.
Él se rió con voz entrecortada mientras desaparecía en la cocina, que conectaba con
el cuartito de la entrada, y seguía sonriendo cuando volvió unos segundos después.
Le entregó el bolso negro de diseñador, y encontró un paquete de cartón con
condones en el bolsillo lateral con cremallera.
—¿Siempre llevas condones encima? —preguntó.
Ella sintió que se estaba ruborizando, aunque estaba segura de que él no podía
darse cuenta porque ya estaba enrojecida por el fuego y la excitación.
—Una mujer siempre está preparada —dijo ella remilgadamente.
Ni una sola vez había usado un condón de los que llevaba encima, pero él no tenía
por qué saberlo.
—Una excelente filosofía.
Se inclinó para poner su bolso sobre la mesa antes de que cambiara su posición por
Pedro.
Él se sentó de nuevo en el sofá y tiró de ella a sus brazos una vez más, rodando
sobre su espalda para que él estuviera encima de ella otra vez.
—Maldita sea, Paula —dijo con voz ronca, sus labios apenas por encima de los de
ella—. Te deseo tanto.
Su tono de voz y sus palabras hacían que a ella le doliera el pecho. Su pulso estaba
revoloteando, trató de mantener las bromas, ya que se sentía mucho más segura que
con la intensidad que estaba creciendo.
—Ya lo sé. Tu pantalón no esconde mucho, ya sabes.
Él le estaba dando pequeños besos presionando su boca sobre sus labios, en la
comisura de sus labios y en las mejillas. Pero se rió de sus palabras, haciendo que su
aliento se deslizara contra su piel.
—Desafortunadamente, lo sé muy bien.
—Pero lo bueno es que no tiene sentido ocultar algo tan impresionante. —Ella
apretó su mano entre sus cuerpos para poder envolver su erección a través de la tela.
Él gruñó en respuesta.
Ella estaba tan contenta con su reacción, y la idea de tener un poder tan fuerte para
controlar al hombre, le apretó de nuevo y empezó a acariciarlo a través de sus
pantalones.
Él cerró los ojos, pero ella trató de notar lo que a él parecía gustarle más, lo que
provocaba que su respiración aumentara o que su cuerpo se sacudiera.
Finalmente, él abrió sus ojos.
—Está bien. No es que no esté agradecido por tu amabilidad, pero no más
amabilidad de ese tipo o voy a perder la erección.
Él se reajustó encima de ella, y ella se rió, luego sacó la sudadera de ella por encima
de su cabeza.
Él frunció el ceño al ver la camiseta de manga larga de lana que ella llevaba debajo.
—¿Estás lo suficiente caliente para mi…?
—Sí. Realmente no podría enfriarme más.
Ella le ayudó a sacarle su camisa y se rió con deleite ante la expresión ofendida de él
al ver que ella llevaba una camiseta de punto debajo.
—¿Cuántas camisetas te pones?
—Estaba helada —explicó. La risa hizo que se relajara e hizo que estuviera menos
consciente de la importancia de lo que estaba sucediendo. Sin embargo se quedó
sin aliento mientras que él le quitaba la última camiseta y se quedó mirando con
avidez hacia sus pechos desnudos.
—Eres tan hermosa. —Se inclinó para besarla, ahuecando un pecho en su áspera
mano. Su boca bajó por el cuello de ella y luego más abajo, hasta que tomó un
pezón en su boca.
Ella se arqueó mientras él lo acariciaba con su lengua, sensaciones tan intensas que
la sorprendieron a ella.
La acarició hasta que ella casi se retorcía, sus caderas moviéndose sin descanso,
tratando de buscar algún tipo de alivio para el pulso de deseo.
—Pedro—gritó—. Esto se está volviendo una tortura. —Tiró de sus hombros,
tratando de levantar su cabeza de sus pechos.
Él estaba sonriendo, casi de forma depredadora, cuando levantó la cabeza para
mirarla con pasión.
ella le sacó la lengua, como había hecho cuando tenía seis años y él y Gonzalo no la
dejaban jugar con ellos.
Los hombros de él se estremecían de la risa, pero se inclinó para besarla con fuerza.
—No deberías tentarme así —dijo sobre su boca—. Especialmente cuando estás
usando esas trenzas.
Ella dio un fuerte suspiro, rompió el beso y llevó su mano hacia una de las largas
trenzas.
—Mierda. Olvidé que llevaba estas cosas estúpidas.
Se quitó las gomas y empezó a desenrollar el cabello.
Pedro volvió a reír.
—No me importa…
—No voy a tener sexo con mi cabello con trenzas. —Se las arregló para deshacer las
trenzas, mientras Pedro aprovechaba el tiempo para quitarse la sudadera y una
camiseta.
La última vez que había visto su pecho desnudo tenía diecinueve años. Había sido
impresionante entonces, pero ahora era incluso mejor.
—Eres hermosa —dijo, mirándola con ojos dulce mientras ella se peinaba con los
dedos—. Con trenzas o sin ellas.
Ella se sentía un poco como si estuviera en ebullición, por lo que buscó
desesperadamente una respuesta ingeniosa. Cualquier tipo de respuesta que pudiera
distraerla de la mirada de sus ojos.
No podía pensar en nada.
Así que, cuando Pedro la besó de nuevo, deslizando su mano bajo la cinturilla de
sus pantalones de pijama, se sentía demasiado estúpida y boba.
Gimió en su boca cuando los dedos de él exploraron entre sus piernas. Él deslizó un
dedo y luego dos en su interior.
Se sentía tan bien que movía sus caderas contra su mano.
—¿Estas lista? —preguntó con voz ronca, dándole un par de suaves besos.
—Sí. —Se arqueó hacia arriba por el placer y la impaciencia mientras él acariciaba
su húmeda y caliente entrada—. Por favor.
Él alargó su mano para tomar el condón mientras ella se quitaba sus pantalones y
su ropa interior. Entonces le ayudó a él con la suya, llegando ansiosamente a su
erección cuando ésta fue liberada finalmente de la tela.
—Joder —susurró mientras ella lo acariciaba suavemente—. Me vas a matar.
—Definitivamente te voy a matar si no te das prisa.
Se puso el condón y se colocó entre las piernas de ella. La chimenea estaba
irradiando un calor intenso que ella sentía apasionadamente sobre su piel desnuda.
Para su sorpresa, cuando ella sintió el suave empuje en su entrada, Pedro se inclinó
para besarla de nuevo.
Ella respondió, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello, y luego arqueándose
instintivamente cuando sintió su dura longitud empezar a entrar en ella.
Él se reajustó un par de veces mientras se deslizaba dentro de ella. Ella lo estaba
sintiendo mucho, de forma tan profunda que no podía concentrarse en el beso, así
que volvió la cabeza hacia un lado con una sacudida y jadeó.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz sonaba tan apretada como ella se sentía.
—Sí. Está bien. Muy bien. —Movió sus caderas, sintiendo cada centímetro de su
penetración, y gemía de placer mientras sus terminaciones nerviosas se hacían
añicos con las sensaciones.
Cuando empezó a bombear sus caderas hacia él, le respondió comenzando a
empujar.
El juego previo de ellos había sido ligero y juguetón, por lo que ella se sorprendió
de que el sexo no estuviera siendo ninguna de esas cosas. Sus movimientos fueron
inicialmente estables y agradables. Se movieron juntos de esta forma, cayendo en
un ritmo recordado por mucho tiempo. Pedro dobló las piernas alrededor de sus
caderas para conseguir mayor ventaja, aunque estaba limitada debido al persistente
dolor de su tobillo.
Él se inclinó hacia abajo y le daba un beso de vez en cuando, como si no fuera
capaz de contenerse.
No podía recuperarse. Cada parte de ella estaba fuera de control. Su corazón se
aceleró salvajemente, sus pulmones jadeaban en busca de aire, con los ojos borrosos
de vez en cuando ya que no podía apartar la mirada de la caliente y hambrienta
mirada de Pedro.
Todo se sentía tan bien, tan correcto, tan placentero que no podía dejar de gemir y
susurrar sonidos tontos.
—Pedro—jadeó, se apoyó en el sofá con una sacudida de placer que la sorprendió.
Cayó dentro de un movimiento urgente y torpe y se agarró a la parte posterior de
sus hombros.
—Paula —gruñó en respuesta, su empuje se intensificó con el de ella. Luego
siguió jadeando en el tiempo con su ritmo, por lo que todo esto se hizo más
terriblemente mejor.
Ella se mordió el labio con fuerza al sentir como el orgasmo se intensificaba. Luego
dejó escapar el aliento, jadeó su nombre, su cuerpo estaba temblando sin poder
hacer nada con las ondas de placer intenso.
Él hizo un sonido ahogado y se mantuvo completamente inmóvil mientras trataba
de aguantar los temblores de su orgasmo.
La entrada de ella se apretó a él más fuerte, y finalmente lo liberó, su tensión se
relajó en una serie de golpes rápidos y torpes.
Ambos se derrumbaron juntos, sus cuerpos calientes, saciados y enredados en el
sofá. Ella todavía podía escuchar en su respiración su nombre, y quería oírlo decirlo
siempre de esa manera.
Cómo era preciosa. También que la necesitaba más que su aliento.
Los codos de él se flexionaron, y dejó caer suavemente su peso sobre el de ella,
enterrando su rostro en el hueco de su cuello por unos momentos.
Ella lo abrazó con fuerza, experimentando una oleada de ridículo orgullo por
haberle dado esto, y haberlo hecho sentir tanto.
Levantó la cabeza y miró hacia ella.
—¿Estas bien?
Ella asintió con la cabeza, la garganta le dolía de una forma extraña.
—Estuvo realmente bien.
—Bien no comienza a describirlo.
No había sido salvaje, sucio o creativo en particular, pero había sido más que eso,
mejor que eso. El mejor sexo de su vida.
Ella se movió incomoda bajo su peso, tratando de ignorar una cierta ansiedad en
aumento.
—Deberías tener cuidado con el condón.
Él se levantó de mala gana y salió de ella, teniendo cuidado con el condón. Luego
se fue a tirarlo a la basura y lavarse.
Tenía una sensación de frío otra vez, ahora que no estaba presionada contra el
cuerpo caliente de Pedro, se agachó para ponerse su pijama de nuevo. Estaba
pasando la camiseta por su cabeza cuando Pedro regresó.
No podía dejar de mirar lascivamente su cuerpo desnudo, su largo costado, sus
fuertes músculos y su plano abdomen. Él se puso sus pantalones de nuevo, pero no
su camiseta o su sudadera, añadió más leña al fuego, y volvió a sentarse en el sofá
junto a ella.
La tomó en sus brazos mientras ella los cubría a ambos con la manta.
Se acurrucó contra él. Por la mañana, iba a tener que lidiar con la realidad, pero no
podía soportar pensar en ello esa noche.
No cuando todo se sentía tan bien, tan correcto, tanto como en casa.
—Paula —murmuró, acariciando su pelo.
—Hmm. —Sus ojos estaban cerrados. El fuego era caliente y Pedro estaba caliente,
y ella estaba caliente otra vez también.
—Paula.
—Hmm.
No dijo nada más. Tal vez él había decidido que estaba casi dormida y que la
conversación era más o menos inútil.
Entonces ella se quedó dormida. Así que no habría oído si hubiera dicho otra cosa.
***
Paula se despertó unas horas más tarde, sintiéndose deliciosamente cálida y un
poco apretada.
Ella parpadeó, tratando de orientarse. La habitación estaba a oscuras excepto por la
luz del fuego, que se había apagado un poco.
Pedro debía haber pasado algo de tiempo mientras ella dormía para avivar el fuego
y añadir otro tronco, o se habría apagado mucho antes.
Ahora Pedro estaba a su lado en el sofá. O, más exactamente, estaba detrás de ella.
Estaba tumbada de lado, frente al fuego, y él le hacía mimos, sus brazos estaban
alrededor de ella, abrazándola contra él.
Ella se movió un poco y le oyó aclararse la garganta. Miró por encima del hombro
para ver que él tenía los ojos abiertos.
—Hola. —Ella no sabía que más decir.
Todavía estaba oscuro afuera, a pesar de que sonaba como si el hielo se hubiese
detenido. Aún quedaban unas pocas horas hasta el amanecer.
Ella no tenía que haber despertado en el mundo real todavía.
—Hola —respondió él, con alegría en su voz—. ¿Cómo está tu tobillo?
—Está bien. —Todavía le estaba doliendo, pero no tanto como antes. Se movió
para comprobarlo y descubrió que se podía mover un poco mejor.
Ella suspiró y se acurrucó de nuevo más cómodamente contra el calor de él. Al
hacerlo, sintió algo que golpeaba su trasero.
—Uh —dijo ella, mirando hacia atrás—. ¿Qué vas a hacer con eso?
—Nada por el momento.
Ella movió su culo contra su erección y sonrió cuando le oyó gemir en respuesta.
—¿Fue eso una invitación? —pregunto él con voz ronca.
—No realmente —admitió—. Estoy bastante cómoda. No estoy segura de querer
quitarme la ropa otra vez.
Era la verdad. Se sentía caliente y cómoda, y no muy entusiasmada con quitarse el
pijama.
Rodó sobre su espalda, girando sobre si misma hasta que estaba tumbada sobre él.
La ayudó a que bajara la cabeza para poder besarla.
—Estoy seguro de que podemos evitar quitarte el pijama si tenemos que hacerlo.
Ella se rió y le devolvió el beso, deslizando sus dedos por su grueso cabello.
Se besaron durante largo tiempo, sin prisa, de manera que excitó a Paula, aunque
sin la intensidad de excitación que había experimentado antes.
Su cuerpo zumbaba agradablemente pero no se sentía particularmente urgente o
necesitada.
Todavía no quería desnudarse de nuevo.
Ella le acariciaba la mejilla mientras se besaban, disfrutando del sonido chirriante y
la sensación de su barba contra su piel, cuando ella sintió que él estaba meciendo su
pelvis hacia arriba contra ella.
Estaba muy duro. Estaba mucho más ido que lo estaba ella.
El conocimiento de esto le dio a ella otro tipo de sensación.
Se sintió inspirada, se apartó de su boca y besó hacia abajo sobre su pecho desnudo.
Le gustaban sus esbeltos músculos y el ligero vello oscuro que tenía y la forma en
que su vientre plano se movía mientras sudaba.
Cuando llego a la tela, enganchó sus dedos alrededor de la cinturilla y tiró sus
pantalones hacia abajo, maniobrando cuidadosamente el obstáculo prominente de
su erección.
—Pensé que no querías quitarte la ropa —dijo, la misma sonrisa aun en su voz a
pesar de lo ronca que estaba.
—No estoy pensando en quitarme la ropa. —Tomó su erección con ambas manos.
En respuesta a la pregunta que se desarrolló en su rostro, ella se inclinó y lamió una
línea hacia su eje.
Él se sacudió, por la sorpresa o el placer, o por ambos.
—Paula—susurró, inclinándose hacia ella y enterrando sus dedos en su cabello
desordenado.
Ella sonrió, sintiéndose extrañamente contenta y posesiva. Entonces envolvió su
boca alrededor de su miembro ahuecando las mejillas.
Él ahogó un gemido, apretando sus manos en su cabello.
—Paula, no tienes porque…
Sus palabras se interrumpieron cuando ella volvió a succionar. Él soltó otro sonido
delicioso sin aliento.
Ella sabía que le estaba gustando. Sabía que su cuerpo estaba respondiendo a sus
intentos de agradarle. Una oleada de emoción y orgullo la abrumó.
Mantuvo la base de su erección en una mano y usó su boca tan hábilmente como
podía. No era muy experta en esta actividad, pero no era su primera vez. A juzgar
por sus respuestas, debía estar haciendo un trabajo bastante bueno.
Él había llegado hasta a sujetar el cojín del sofá con una mano, hincando sus dedos
en el tejido.
Con la otra mano, iba suavemente guiando el movimiento de la cabeza de ella, lo
que ayudaba a encontrar el ritmo que quería.
A medida que los músculos de sus muslos y su vientre se apretaban, él comenzó a
perder parte de su control. Sus caderas se sacudían para arriba hacia la boca de ella
en pequeños empujones, como si no pudiera mantenerse quieto. Como el
movimiento no la estaba empujando o exigiendo, él no estaba tratando de follar su
garganta, por lo que no se puso nerviosa.
A él le costaba decir su nombre, y a ella le encantaba como sonaba. Le encantó
como se hizo más espeso, y como se quedaba más sin aliento a medida que lo
llevaba hacia el clímax.
Ella cambió de posición su cuerpo y movió la mano que había estado utilizando
para agarrar el muslo hasta que pudo acariciar delicadamente sus testículos.
Él apretó el colchón con una mano y con la otra apretó su cabello.
Ella sabía que él estaba a punto de venirse. La sangre de ella corría por sus venas tan
salvajemente que causó un rugido en sus oídos.
Chupó con fuerza alrededor de su miembro y masajeó sus testículos un poco más
fuerte.
Él se vino con una exclamación ahogada y arqueó su espalda contra el sofá mientras
se dejaba ir.
Ella lo acarició y chupó a través de las ondas de liberación, y se limpió su boca con
una sonrisa cuando ella finalmente se enderezó.
El cuerpo de él se había vuelto completamente flácido, acostado en una postura
enrojecida y desgarbada, sobre la sabana de franela.
Nunca lo había visto así antes, y no podía creer que le había hecho eso a él.
Él encontró la energía para tirar de ella y ponerla encima de él, y ella se estiró y se
retorció contra su gran cuerpo.
—Gracias —dijo, acariciándole el pelo otra vez, como si no pudiera encontrar las
fuerzas para besarla.
—De nada. —Cuando se frotó contra él, se dio cuenta de que se había excitado
más de lo que se había dado cuenta, de nada más que darle placer de esa manera.
Todavía no estaba demasiado intenso, aunque, por lo menos no había arruinado su
satisfacción.
Después de unos minutos, ella sintió que su respiración había vuelto a la
normalidad, y una de las manos de él comenzó a acariciar su espalda y la parte
inferior.
Entonces tomó esto como una señal de que él se había recuperado de su orgasmo,
levantó la cabeza y sonrió hacia él.
—Ves. Yo no tenía que quitarme la ropa.
Él soltó una carcajada y apretó sus brazos alrededor de ella en un abrazo.
—¿Estas bien? —preguntó cuando aflojó sus brazos.
—Estoy bien.
—¿Estas segura? Porque estaría feliz…
—Te dije que no quería quitarme…
—¿De verdad crees que soy tan poco imaginativo que no puedo encontrar una
manera de satisfacerte sin quitarte la ropa? —Realmente sonaba vagamente
insultado.
—Bueno, no estoy segura… —interrumpió con una inhalación rápida cuando
sintió su mano por debajo, que entraba por su cinturilla y se deslizaba por entre sus
piernas.
Estaba mojada de nuevo, y él sería plenamente consciente de este hecho cuando
él…
—Oh dios mío —exclamó ella, aferrándose a sus hombros cuando empezó a
acariciarle con los dedos.
No pasó mucho tiempo para que su mano hábil la llevara hasta el orgasmo y ella se
quedara sin aliento y se sacudiera encima de él cuando el placer deliciosamente
contenido se liberó.
—Oh, eso estuvo bien —gimió ella mientras su peso se relajaba después—. Eres sin
duda muy útil.
Él se atragantó con su risa por la broma de ella de mal gusto y la levantó más arriba
para poder besarla.
No dejaba de besarla. Y cada beso se sentía como una caricia.
—Eres tan increíble, Paula —murmuró entre besos—. Tan dulce, tan hermosa,
tan generosa, tan valiente.
La emoción la abrumó, de forma más poderosa que su liberación física. Tenía
tantas ganas de oír esas palabras. Tantas ganas de creer en ellas.
Pero eran peligrosas. Incluso antes del amanecer, esto era peligroso.
Ella resopló en un intento de distraerse.
—¿Valiente? A pesar de tus impresionantes atributos, no me costó mucho a mí
hacerlo…
Él la hizo callar con otro beso, esta vez más largo, persistente e impresionante.
—Eres la persona más valiente que he conocido, Paula. Siempre lo has sido.
No entendía por qué pensaba eso. No sabía por qué él parecía creerlo.
No entendía nada de esto, y quería desesperadamente que esto no terminara.
Si pasaba más tiempo, sin embargo, nunca se recuperaría.
Tratando de encontrar un compromiso consigo misma, acabando con la parte
realmente peligrosa, pero no poniendo fin a la noche completamente, ese acomodó
en sus brazos, agachando la cabeza para que no pudiera darle un beso más.
—Está bien. Después del esfuerzo de valentía, estoy cansada de nuevo.
Él se agacho y tiró de la manta sobre ambos. Ella lo sintió besar su cabello, y él no
dijo nada más.
viernes, 24 de abril de 2015
lunes, 20 de abril de 2015
"UNA NOCHE EN LA TORMENTA DE HIELO" CAP 3
Por sólo un momento, Pedro lucía como si le hubiera dado un golpe bajo.
Su expresión fue tan inexplicable y tan breve que Paula asumió que debió
haberlo imaginado. Todavía se sentía torpe y un poco enferma, sin
embargo, cuando dejó su dormitorio y cojeó hasta la cocina.
No podía creer que había sido lo suficientemente estúpida para besar a Pedro,
después de todo lo que había sucedido. Debía de ser algún tipo de masoquista en
secreto, sólo pidiendo más dolor.
Hizo su mejor esfuerzo para sacudirse el sentimiento. No había escapatoria, al
menos por esta noche, y de alguna manera tenía que hacerlo a través de las
próximas doce horas.
La hoguera que Pedro había construido en la chimenea de doble cara estaba
ardiendo amablemente, calentando tanto la cocina como la sala de estar. Se levantó
en frente de él durante un minuto, calentándose y escuchando el chisporroteo
acogedor del sonido.
—Creo que deberíamos encontrar algo para la cena —dijo Pedro, al entrar en la
cocina para reunirse con ella. Lucía perfectamente normal, tranquilo, de hecho en
control.
Paula deseaba desesperadamente que estuviera tan controlada como él estaba
siempre.
—Sí —acordó—. No puedo creer que ya sea tan tarde. La estufa debería trabajar ya
que hay gas. Sólo podemos encender los quemadores manualmente. Estoy segura
de que hay sopa conservada en la despensa.
Ambos fueron a investigar la grande y bien surtida despensa, y Paula entregó a
Pedro un par de latas costosas de carne y sopa de verduras.
—¿Puedes hacer que funcione? Nos preparé unos sándwiches también.
Lo siguió a la cocina con una barra de pan crujiente, y, mientras él trabajaba en los
quemadores, ella abrió el refrigerador.
La cocina de su madre estaba siempre abastecida de comida. Iba casi todos los días
al supermercado y nunca compraba nada barato o en oferta. Nunca había utilizado
un cupón en su vida. Así que el fiambre, queso y condimentos que Paula reunió
eran tan gourmet como era posible encontrar en el condado rural.
Fue sólo después de que Paula había comenzado a vivir por su propia cuenta que
entendió lo costoso que tales artículos podrían ser
—Está aún frío en el refrigerador —dijo, llevando su botín a la gran mesa de la
cocina. Estaba prácticamente sólo haciendo conversación—. Esperemos que la
energía regrese antes de que mi mamá pierda toda esta comida.
—Podríamos sólo moverla al exterior. —La voz de Pedro fue ligera y seca, y su
atención estaba centrada en revolver la olla de sopa.
Sintiendo la necesidad de un refuerzo extra, se acercó a la barra y se sirvió una copa
de una botella abierta de vino tinto.
—¿Quieres una cerveza? —preguntó por encima del hombro.
—Lo que sea que tengas allí está bien.
Le sirvió vino también y luego llevó las copas y la botella sobre la mesa.
Hizo sándwiches rápidamente. Ya que la sopa no estaba lo suficientemente caliente
aún, ella mató el tiempo comprobando en su teléfono inteligente el correo
electrónico y el pronóstico del tiempo.
—Dicen que se supone que va a parar alrededor de la medianoche y luego entrará
en calor en la mañana, así que con suerte no debería estar mal por mucho tiempo.
—Bien.
Se sentía incómoda y extrañamente tímida, y odiaba sentirse de esa manera, así que
se mantuvo examinando el correo electrónico y escribió mensajes de texto a un par
de amigos, mientras Pedro llevó la sopa a la mesa en dos grandes tazones.
—¿Está pasando algo? —él preguntó, señalando con la cabeza hacia su teléfono.
Ella sacudió la cabeza.
—Sólo mirando el correo electrónico del trabajo.
Colocó lejos el teléfono mientras comían. Su madre le había enseñado sus modales,
y acababa de ser simplemente grosera. Era una red de seguridad de todas formas, y
preferiría más ser lo suficientemente fuerte como para atravesar esta comida sin una
seguridad artificial.
—¿Cómo va tu trabajo? —preguntó antes de tomar un bocado de su sándwich.
Era una pregunta perfectamente inocua. El tipo de pregunta informal que
cualquiera siendo amable podría hacer. Ella y Pedro no eran informales, sin
embargo, y no eran inocuos tampoco.
No eran nada.
Se forzó por bajar el oleaje de resentimiento defensivo y obligarse a responder.
—Está bien.
—Tu mamá dijo que conseguiste otro ascenso este año.
Sí, lo obtuve. —Tomó lentamente un sorbo de vino, sobre todo por hacer una
pausa y reunir sus pensamientos. No había razón para que fuera un problema, pero
le molestaba que su madre hubiera estado hablando con Pedro acerca de su
trabajo—. Mi filosofía es siempre llegar a tiempo y hacer mi trabajo sin causar
problemas, si probablemente lo estás haciendo mejor que la mayoría de la gente y
ellos eventualmente te ascenderán.
—¿No crees que eres buena en lo que haces?
—Oh, seguro. Creo que hago un trabajo decente. Pero yo no soy un gurú del
marketing ni nada.
Sus ojos oscuros, casi negros en el resplandor de la luz del fuego, se centraron en
ella de verdad, sin mirar justo por delante de ella como lo había estado haciendo
desde que habían entrado a la cocina.
—¿Lo disfrutas?
—Seguro. Es como cualquier otro trabajo. A veces es bueno y a veces te vuelve
loco.
—Solías desear manejar una florería en la cuidad.
Bajó la cuchara que acababa de levantar a su boca y lo miró fijamente.
—¿Hablas en serio?
—¿No es eso lo querías hacer? Dijiste que querías estar rodeada de flores.
—¡Tenía doce años!
—Dijiste algo similar cuando eras mayor. —Se encogió de hombros—. Pensé que
era en serio.
Tragó saliva duro. No podía creer que Pedro recordará tal absurdo y fortuito
detalle y le molestaba demasiado.
—Los niños son serios acerca de un montón de cosas tontas. Esta comunidad
nunca podría apoyar una florería.
—Muchas personas mueren y se casan y tienen aniversarios en este condado y
quieren algo que flores de supermercados. Con tu experiencia en marketing, estoy
seguro de que podrías…
—¿Quisieras parar? —le interrumpió, sonando más aguda de lo que había
previsto—. Ya tengo un buen trabajo.
—¿Te gusta vivir en Richmond?
Levantó un hombro en un medio gesto de desdén.
—Seguro. Simplemente es algo a lo cual uno se termina acostumbrando.
—Todavía vienes mucho por aquí de visita. ¿Lo extrañas?
Sabía demasiado sobre su vida, y él estaba haciendo demasiadas preguntas. No era
asunto suyo si echaba de menos su ciudad natal, lo cual hacía, o si sería más feliz
haciendo algo diferente.
—¿Por qué soy la única que consigue ser interrogada? ¿Qué hay sobre ti? ¿No
querías hacer muebles cuando eras más joven?
Le preguntó en un tono que implicaba que era un recuerdo muy vago, pero sabía
muy bien que había sido su sueño desde años.
Él la miró sin levantar la voz.
—Hago muebles.
—Como extra, tal vez. Pero no puedes tener mucho tiempo extra con todos tus
negocios.
Sólo se encogió de hombros, como lo había hecho ella antes.
—¿Te gusta lo que haces?
—Soy bueno en eso, y la gente necesita un contratista confiable.
—Ya lo sé, pero no es lo que pregunté. ¿No preferirías sólo hacer carpintería?
Había terminado su sándwich, pero aun así miró hacia abajo a su plato vacío.
Finalmente, otra vez levantó sus ojos a ella.
—Todos crecemos.
Lo entendió. Lo entendió perfectamente. Había pasado por la misma experiencia.
En el mundo real, no siempre haces lo que te hace más feliz. Haces lo que debes
hacer. Te ajustas. Lo superas.
Había sostenido su mirada durante mucho tiempo, y sintió sus mejillas calentarse,
mientras miraba hacia abajo confundida y aturdida,
Terminó su sopa sin hablar.
Cuando habían lavado los platos, recogió una linterna y dijo:
—Supongo que encontraré algo para leer. O algo.
Pedro asintió.
—Voy a comprobar fuera y asegurarme de que todo está bien con la casa.
Estaba oscuro como boca de lobo afuera y sonaba horrible, pero no objetó. Era un
hombre maduro. Si él quería salir en este tiempo y ser idiota, para él estaba
permitido.
Fue al baño y entonces decidió que también podría prepararse para ir a la cama. Se
cambió a un par de apropiadas pijamas de lana, la más cálida que tenía, y colocó la
sudadera sobre ellas. Encontró un libro, se sirvió otra copa de vino tinto y
consiguió un paquete de hielo para su tobillo. Estaba tirada en el gran sofá delante
del fuego cuando Pedro volvió.
El hielo estaba desprendiéndose en pequeños chasquidos mientras se movía.
—¿Cómo está todo?
—Se ve bien. Han perdido algunas ramas, pero ninguna de los árboles. Y el techo
se sostiene bien.
—Bien.
Ya que había traído la botella y una copa vacía a la sala de estar, él se sirvió el
último trago de la botella.
Ella estaba tratando de entretenerse con su libro, pero no podía concentrarse y
dejar de mirar por encima de él, sus ojos lo buscaban.
Estaba tan deliciosamente masculino como siempre, la sombra de su barba era
incluso más oscura y su piel enrojecida ligeramente por el viento y frío. Pero
también parecía incómodo en sus botas y pantalones vaqueros.
—Puedes chequear en la antigua habitación de Gonzalo por algo para cambiarte por
esta noche, si lo deseas. Todavía tiene toneladas de sudaderas y esas cosas allá
arriba. Puedes encontrar algo que te quede. Podrías estar más cómodo.
Vaciló un poco. Luego asintió.
No estaba haciendo nada más que concentrarse en el libro cuando él regresó unos
diez minutos más tarde.
Llevaba un viejo par de pantalones de ejercicios negros, sólo ligeramente demasiado
cortos, y una sudadera gris que combinaba con la ropa que ella estaba usando,
también del equipo de fútbol americano de su escuela, pero con el logo de un año
diferente.
—No te rías —dijo, capturando su escrutinio—. No sabía que Gonzalo fuera tan
pequeño de estatura.
Ella se río, encontrando el pequeño tic en la comisura de su boca irresistible.
—No le digas o lastimarás sus pobres sentimientos.
Gonzalo no era particularmente bajo, era diez centímetros más alto que ella, pero él era
cinco centímetros más bajo que Pedro.
Pedro parecía diferente de lo normal. Más relajado. Menos reservado. Así como
sexy.
Le dio un giro doloroso en su estómago.
Él se sentó en un extremo del sofá y puso sus pies en su regazo. Cuando le dio una
mirada de cuestionamiento, sólo dijo:
—Deberías mantener el tobillo elevado.
Esto sonaba bastante razonable, y apenas podía alejarlo a una de las dos sillas de
respaldo, las cuales no eran muy cómodas para sentarse por mucho tiempo, o el
asiento de la ventana, que estaba mucho más lejos de la chimenea.
Él encontró un libro también, así que ambos leyeron un rato en la luz de la hoguera
y la linterna. Pedro de vez en cuando se levantaba para devolver la bolsa de hielo al
congelador, atender la hoguera, o conseguir otra bolsa de hielo para su tobillo.
Después de un par de horas, Paula tuvo que dejar su libro, ya que estaba
demasiado soñolienta para concentrarse en las palabras.
Estaba congelándose, a pesar del fuego. La temperatura debía estar bajando aún
más en la casa.
Se levantó para ir al baño y encontrar sábanas de franela y una manta gruesa.
Estaba en su camino cuando se apoyó en su tobillo malo nuevamente. Se fue abajo,
desgarrando su tobillo aún más en el proceso.
Maldijo y se mordió su labio tratando de sofocar los quejidos involuntarios de
dolor.
Le tomó un minuto recuperar el aliento y luego otro minuto para volver a ponerse
en pie. Estaba en medio de la sala, y no había nada excepto la pared para levantarse.
Estaba finalmente arriba y arrastrando los pies de nuevo a la sala de estar con los
brazos llenos de sabanas y mantas, sus dientes castañeando de frío y su tobillo
palpitando brutalmente, cuando Pedro apareció frente a ella.
Era la última persona que quería ver.
Con una mirada impaciente, él se movió rápidamente para poner un brazo a su
alrededor para apoyar parte de su peso.
También tomó las mantas de sus manos.
—¿Qué pasó?
—Nada. —Tenía frío, dolor y frustración, y ahora estaba avergonzada—. Sólo me
caí. Estoy bien.
—¿Por qué diablos no me llamaste para pedir ayuda? —exigió en tono
malhumorado como había sido esa tarde.
—Porque no necesitaba ayuda. —Apretó las palabras a través de una mandíbula
cerrada y lo miró resentida. Debería haber sabido que no podía permanecer sin ser
detestable durante mucho tiempo.
—Necesitabas mi ayuda. Ahora apenas puedes caminar y estás helada.
Trató desesperadamente de mantener sus dientes sin castañear, pero no podía
hacerlo.
—Nunca he visto a nadie tan terco como tú.
—¿Has mirado en un espejo? —replicó, con lo que ella pensaba que era una
impresionante agudeza.
—Si yo tuviera un esguince de tobillo, condenadamente bien dejaría que alguien
me ayudara.
—No lo harías. Te esconderías hasta mejorarte. No tienes derecho a reprocharme a
mí ser terca. ¿Recuerdas cuando tenías quince años? No le permitiste a la iglesia
ayudar a tu mamá cuando su sótano estaba inundado. Insististe en hacer todo tú
mismo. Construiste toda tu maldita casa por ti mismo, aunque Gonzalo trató de
ayudar casi todos los fines de semana. No has aceptado ningún regalo o gesto de
caridad en los últimos quince años. ¿Cómo te atreves a intentar decirme que soy
demasiado terca?
Estaba sintiéndose molesto y ruborizado mientras ella arremetió, pero al menos él
también estaba siendo proactivo. La había llevado de espaldas al sofá, le ayudó a
extender la sábana de franela en el sofá y la cubrió con una manta cuando se había
sentado y luego se estiró.
Ahora sólo caminaba fuera de la habitación, dejándola tan sorprendida que ella no
podía incluso sentirse enojada.
Nunca había sabido de alguien que se saliera tan groseramente en mitad de una
discusión.
Regresó casi inmediatamente con una bolsa de hielo fresca. Trató de ponerlo en su
tobillo, pero ella se sacudió lejos tan pronto como podía.
—Está demasiado fría. —Estaba acurrucada bajo la manta, tratando de quitar su
indefenso temblor. El fuego ayudaba, pero no lo suficientemente rápido.
—Lo necesitas —dijo suavemente—. O el tobillo se te hinchará aún más.
Sabía que él tenía razón, así que no discutió nada más, pero la bolsa de hielo hizo
que su cuerpo tuviera incluso más frío.
La miró fijamente por un largo rato, y ella no entendía la mirada en sus ojos. Luego
le hizo un gesto con su mano.
—¿Podrías recorrerte un poco?
Hizo lo que le dijo, aunque no tenía ni idea de por qué él lo estaba pidiendo.
Se dio cuenta muy pronto cuando se sentó en el sofá a su lado. Antes de que se
diera cuenta de lo que estaba pasando, él los había reorganizado a ambos por lo que
la tenía en sus brazos, apoyada contra su pecho.
Era un error. Estaba totalmente equivocado. Ella estaba tan fría, sin embargo, el
cuerpo de él era deliciosamente caliente. Realmente le gustaba cómo se sentía al ser
sostenida por él.
Se habían sentado así durante horas un verano, hablando, viendo la televisión, sólo
estando juntos.
Él estaba reorganizando la manta sobre ambos, y la tensión era tan palpable que
Paula pensó que podría ahogarse en ella. En un intento de romperla, suavemente,
dijo:
—Esto es sólo una forma disimulada de compartir mi manta, ya que eres
demasiado perezoso para conseguir la tuya.
Se río, suave y bajo. Amaba cómo sonaba y cómo se sentía.
—Culpable.
Se acurrucó contra él y pronto dejó temblar.
Ambos estaban mirando el fuego cuando Pedro volvió a la conversación anterior.
—Las cosas que tu llamas terquedad en mí no son realmente así. Es autosuficiencia.
Es importante para mí. Y es una cosa diferente.
—¿Por qué es tan importante ser autosuficiente? —Era una pregunta genuina, ya
que su anterior ira había desaparecido casi por completo.
Él no respondió.
Ella giró un poco su cuerpo para mirarlo. Su cara estaba apenas a unos cuantos
centímetros.
—¿Pedro?
—No sé —admitió, sonando incómodo y sin mirarla a los ojos—. Una manera de
demostrar mi valía, supongo.
—Demostrar lo que vales, ¿por qué?
Él no respondió directamente esta vez. En cambio, dijo en un tono diferente:
—Sabes cómo era para mi mamá. Este es un pueblo pequeño, y las personas son...
prejuiciosas.
—Las personas son prejuiciosas en las ciudades también. Simplemente no están en
tu cara bastante tiempo. —Ella exhaló—. Conozco gente que juzgó a tu mamá. Mi
abuelo lo hizo, y fue... terrible sobre ella. Pero no todo el mundo aquí lo hace. Y
nunca nadie te ha juzgado.
—¿No lo han hecho?
Su cuerpo se sentía más tenso de lo que había estado antes. Sabía que él estaba
sintiendo algo profundamente y su corazón sufría por él.
—¿Quién te juzga? Siempre has sido muy popular en la escuela, y todo el mundo
en el pueblo piensa que caminas sobre el agua ahora.
—Tuve un largo camino que escalar. —Las palabras eran suaves, sin inflexiones, no
amargas, sólo resignadas.
—Pedro —dijo, sintiéndose extrañamente urgente y emocional. Se giró por lo que
ella estaba frente a él, y también prácticamente acostada encima de él. Quería ver su
rostro, sin embargo—. ¿Quién te juzga? ¿De quiénes estás hablando? Nunca lo
hicimos. Mi mamá, Gonzalo o yo. Te juro que nunca lo hicimos.
—Sé que no. —Sus ojos eran de algún modo extraños, suaves y urgentes a la vez.
—Todos pensamos que eras... pensábamos que eras genial. —Su voz tembló al
final, ya que el tiempo pasado era tan aplastante.
Aún todavía pensaba que era genial, el mejor hombre que ella conocía aparte de
Gonzalo, no la había tratado tan desalmadamente hace ocho años.
Todavía no lo entendía. Simplemente no parecía encajar.
—Ya lo Sabía. No tienes ni idea de lo que significaba para mí. —Sus brazos estaban
todavía a su alrededor y uno de ellos la apretaba deliciosamente. La otra mano se
deslizó hacia abajo de su espina dorsal hasta que presionó contra la parte baja de su
espalda.
Parecía que se estaban abrazando, y Paula quería sentir aún más.
Su mente era una maraña aturdida, se las arregló para recuperar el hilo de su
conversación anterior.
—Así que si es tan importante para ti ser autosuficiente, ¿por qué llamas a mi
autosuficiencia terquedad? ¿Por qué no puedo ser autosuficiente también? —Su voz
estaba extrañamente ronca en las últimas palabras, y no fue porque quisiera llorar.
Levantó la mano que había estado acariciando su espalda y ahuecó su mejilla con él
en su lugar.
—Porque estoy aquí —murmuró—. Porque estoy aquí, y quiero ayudarte.
Sus labios se separaron inconscientemente en la ternura de las palabras, y tal vez él
lo tomó como una invitación.
Dirigió su cabeza hacia abajo, hasta que sus labios se encontraron. No era exigente
o intrusivo, sólo suave y casi necesitado.
No pudo evitar responder con sentimiento y la sensación hinchó dentro de ella con
el roce de sus labios.
Ella se movió lo suficiente para llevar una mano que pudiera acariciar su rostro,
amaba la textura de su barba contra el toque su palma.
Él profundizó el beso lentamente, deslizando su lengua a lo largo del contorno de
sus labios y deslizando una mano abajo para frotar la parte baja de la espalda y
luego bajar a la parte inferior.
Se movió con gusto, abriendo su boca para sentirlo más profundamente y frotando
sus pechos contra su pecho.
—Paula —dijo con voz ronca, cuando finalmente se apartó lejos, pero sólo para
presionar suaves besos en las comisuras de su boca—. Paula ¿cómo está tu tobillo?
La risa la golpeó tan de repente que se rió sin poder hacer nada contra su boca.
Sonrió en un último beso breve con sus brazos apretados alrededor de ella.
—A pesar de como sonó, no fue mi intención cambiar de tema. Sólo quería decir
que no quiero que hagas nada que te lastime el tobillo.
—Mi tobillo está muy involucrado en este proceso.
Con un resoplido de diversión, él los giró a ambos para que ella estuviera de
espaldas y él estuviera encima de ella.
—Bien. —Se inclinó hacia abajo en otro beso.
Paula se movió por debajo de él cuando su abrazo se intensificó, y, cuando había
liberado una de sus piernas, se envolvió alrededor de su cadera, necesitando sentir
su cuerpo duro contra el dolor delicioso entre sus piernas.
Le escuchó hacer un ruido áspero bajo en su garganta, y él se separó de su boca para
enterrar su cara en el hueco de su cuello.
—Paula —murmuró, pronunciando el pulso palpitante en su garganta—. Paula,
si vas a parar, por favor házmelo saber ahora.
Su cabeza giraba y su cuerpo palpitaba y Pedro era lo único en el mundo que ella
quería.
Sabía que estaba mal. Era una tontería. Lo haría todo mucho más difícil.
En el momento, no podía evitar la tentación.
Se ajustó hasta que encontró la protuberancia en su ingle y se frotó contra ella
descaradamente.
—No voy a detenerme.
Su expresión fue tan inexplicable y tan breve que Paula asumió que debió
haberlo imaginado. Todavía se sentía torpe y un poco enferma, sin
embargo, cuando dejó su dormitorio y cojeó hasta la cocina.
No podía creer que había sido lo suficientemente estúpida para besar a Pedro,
después de todo lo que había sucedido. Debía de ser algún tipo de masoquista en
secreto, sólo pidiendo más dolor.
Hizo su mejor esfuerzo para sacudirse el sentimiento. No había escapatoria, al
menos por esta noche, y de alguna manera tenía que hacerlo a través de las
próximas doce horas.
La hoguera que Pedro había construido en la chimenea de doble cara estaba
ardiendo amablemente, calentando tanto la cocina como la sala de estar. Se levantó
en frente de él durante un minuto, calentándose y escuchando el chisporroteo
acogedor del sonido.
—Creo que deberíamos encontrar algo para la cena —dijo Pedro, al entrar en la
cocina para reunirse con ella. Lucía perfectamente normal, tranquilo, de hecho en
control.
Paula deseaba desesperadamente que estuviera tan controlada como él estaba
siempre.
—Sí —acordó—. No puedo creer que ya sea tan tarde. La estufa debería trabajar ya
que hay gas. Sólo podemos encender los quemadores manualmente. Estoy segura
de que hay sopa conservada en la despensa.
Ambos fueron a investigar la grande y bien surtida despensa, y Paula entregó a
Pedro un par de latas costosas de carne y sopa de verduras.
—¿Puedes hacer que funcione? Nos preparé unos sándwiches también.
Lo siguió a la cocina con una barra de pan crujiente, y, mientras él trabajaba en los
quemadores, ella abrió el refrigerador.
La cocina de su madre estaba siempre abastecida de comida. Iba casi todos los días
al supermercado y nunca compraba nada barato o en oferta. Nunca había utilizado
un cupón en su vida. Así que el fiambre, queso y condimentos que Paula reunió
eran tan gourmet como era posible encontrar en el condado rural.
Fue sólo después de que Paula había comenzado a vivir por su propia cuenta que
entendió lo costoso que tales artículos podrían ser
—Está aún frío en el refrigerador —dijo, llevando su botín a la gran mesa de la
cocina. Estaba prácticamente sólo haciendo conversación—. Esperemos que la
energía regrese antes de que mi mamá pierda toda esta comida.
—Podríamos sólo moverla al exterior. —La voz de Pedro fue ligera y seca, y su
atención estaba centrada en revolver la olla de sopa.
Sintiendo la necesidad de un refuerzo extra, se acercó a la barra y se sirvió una copa
de una botella abierta de vino tinto.
—¿Quieres una cerveza? —preguntó por encima del hombro.
—Lo que sea que tengas allí está bien.
Le sirvió vino también y luego llevó las copas y la botella sobre la mesa.
Hizo sándwiches rápidamente. Ya que la sopa no estaba lo suficientemente caliente
aún, ella mató el tiempo comprobando en su teléfono inteligente el correo
electrónico y el pronóstico del tiempo.
—Dicen que se supone que va a parar alrededor de la medianoche y luego entrará
en calor en la mañana, así que con suerte no debería estar mal por mucho tiempo.
—Bien.
Se sentía incómoda y extrañamente tímida, y odiaba sentirse de esa manera, así que
se mantuvo examinando el correo electrónico y escribió mensajes de texto a un par
de amigos, mientras Pedro llevó la sopa a la mesa en dos grandes tazones.
—¿Está pasando algo? —él preguntó, señalando con la cabeza hacia su teléfono.
Ella sacudió la cabeza.
—Sólo mirando el correo electrónico del trabajo.
Colocó lejos el teléfono mientras comían. Su madre le había enseñado sus modales,
y acababa de ser simplemente grosera. Era una red de seguridad de todas formas, y
preferiría más ser lo suficientemente fuerte como para atravesar esta comida sin una
seguridad artificial.
—¿Cómo va tu trabajo? —preguntó antes de tomar un bocado de su sándwich.
Era una pregunta perfectamente inocua. El tipo de pregunta informal que
cualquiera siendo amable podría hacer. Ella y Pedro no eran informales, sin
embargo, y no eran inocuos tampoco.
No eran nada.
Se forzó por bajar el oleaje de resentimiento defensivo y obligarse a responder.
—Está bien.
—Tu mamá dijo que conseguiste otro ascenso este año.
Sí, lo obtuve. —Tomó lentamente un sorbo de vino, sobre todo por hacer una
pausa y reunir sus pensamientos. No había razón para que fuera un problema, pero
le molestaba que su madre hubiera estado hablando con Pedro acerca de su
trabajo—. Mi filosofía es siempre llegar a tiempo y hacer mi trabajo sin causar
problemas, si probablemente lo estás haciendo mejor que la mayoría de la gente y
ellos eventualmente te ascenderán.
—¿No crees que eres buena en lo que haces?
—Oh, seguro. Creo que hago un trabajo decente. Pero yo no soy un gurú del
marketing ni nada.
Sus ojos oscuros, casi negros en el resplandor de la luz del fuego, se centraron en
ella de verdad, sin mirar justo por delante de ella como lo había estado haciendo
desde que habían entrado a la cocina.
—¿Lo disfrutas?
—Seguro. Es como cualquier otro trabajo. A veces es bueno y a veces te vuelve
loco.
—Solías desear manejar una florería en la cuidad.
Bajó la cuchara que acababa de levantar a su boca y lo miró fijamente.
—¿Hablas en serio?
—¿No es eso lo querías hacer? Dijiste que querías estar rodeada de flores.
—¡Tenía doce años!
—Dijiste algo similar cuando eras mayor. —Se encogió de hombros—. Pensé que
era en serio.
Tragó saliva duro. No podía creer que Pedro recordará tal absurdo y fortuito
detalle y le molestaba demasiado.
—Los niños son serios acerca de un montón de cosas tontas. Esta comunidad
nunca podría apoyar una florería.
—Muchas personas mueren y se casan y tienen aniversarios en este condado y
quieren algo que flores de supermercados. Con tu experiencia en marketing, estoy
seguro de que podrías…
—¿Quisieras parar? —le interrumpió, sonando más aguda de lo que había
previsto—. Ya tengo un buen trabajo.
—¿Te gusta vivir en Richmond?
Levantó un hombro en un medio gesto de desdén.
—Seguro. Simplemente es algo a lo cual uno se termina acostumbrando.
—Todavía vienes mucho por aquí de visita. ¿Lo extrañas?
Sabía demasiado sobre su vida, y él estaba haciendo demasiadas preguntas. No era
asunto suyo si echaba de menos su ciudad natal, lo cual hacía, o si sería más feliz
haciendo algo diferente.
—¿Por qué soy la única que consigue ser interrogada? ¿Qué hay sobre ti? ¿No
querías hacer muebles cuando eras más joven?
Le preguntó en un tono que implicaba que era un recuerdo muy vago, pero sabía
muy bien que había sido su sueño desde años.
Él la miró sin levantar la voz.
—Hago muebles.
—Como extra, tal vez. Pero no puedes tener mucho tiempo extra con todos tus
negocios.
Sólo se encogió de hombros, como lo había hecho ella antes.
—¿Te gusta lo que haces?
—Soy bueno en eso, y la gente necesita un contratista confiable.
—Ya lo sé, pero no es lo que pregunté. ¿No preferirías sólo hacer carpintería?
Había terminado su sándwich, pero aun así miró hacia abajo a su plato vacío.
Finalmente, otra vez levantó sus ojos a ella.
—Todos crecemos.
Lo entendió. Lo entendió perfectamente. Había pasado por la misma experiencia.
En el mundo real, no siempre haces lo que te hace más feliz. Haces lo que debes
hacer. Te ajustas. Lo superas.
Había sostenido su mirada durante mucho tiempo, y sintió sus mejillas calentarse,
mientras miraba hacia abajo confundida y aturdida,
Terminó su sopa sin hablar.
Cuando habían lavado los platos, recogió una linterna y dijo:
—Supongo que encontraré algo para leer. O algo.
Pedro asintió.
—Voy a comprobar fuera y asegurarme de que todo está bien con la casa.
Estaba oscuro como boca de lobo afuera y sonaba horrible, pero no objetó. Era un
hombre maduro. Si él quería salir en este tiempo y ser idiota, para él estaba
permitido.
Fue al baño y entonces decidió que también podría prepararse para ir a la cama. Se
cambió a un par de apropiadas pijamas de lana, la más cálida que tenía, y colocó la
sudadera sobre ellas. Encontró un libro, se sirvió otra copa de vino tinto y
consiguió un paquete de hielo para su tobillo. Estaba tirada en el gran sofá delante
del fuego cuando Pedro volvió.
El hielo estaba desprendiéndose en pequeños chasquidos mientras se movía.
—¿Cómo está todo?
—Se ve bien. Han perdido algunas ramas, pero ninguna de los árboles. Y el techo
se sostiene bien.
—Bien.
Ya que había traído la botella y una copa vacía a la sala de estar, él se sirvió el
último trago de la botella.
Ella estaba tratando de entretenerse con su libro, pero no podía concentrarse y
dejar de mirar por encima de él, sus ojos lo buscaban.
Estaba tan deliciosamente masculino como siempre, la sombra de su barba era
incluso más oscura y su piel enrojecida ligeramente por el viento y frío. Pero
también parecía incómodo en sus botas y pantalones vaqueros.
—Puedes chequear en la antigua habitación de Gonzalo por algo para cambiarte por
esta noche, si lo deseas. Todavía tiene toneladas de sudaderas y esas cosas allá
arriba. Puedes encontrar algo que te quede. Podrías estar más cómodo.
Vaciló un poco. Luego asintió.
No estaba haciendo nada más que concentrarse en el libro cuando él regresó unos
diez minutos más tarde.
Llevaba un viejo par de pantalones de ejercicios negros, sólo ligeramente demasiado
cortos, y una sudadera gris que combinaba con la ropa que ella estaba usando,
también del equipo de fútbol americano de su escuela, pero con el logo de un año
diferente.
—No te rías —dijo, capturando su escrutinio—. No sabía que Gonzalo fuera tan
pequeño de estatura.
Ella se río, encontrando el pequeño tic en la comisura de su boca irresistible.
—No le digas o lastimarás sus pobres sentimientos.
Gonzalo no era particularmente bajo, era diez centímetros más alto que ella, pero él era
cinco centímetros más bajo que Pedro.
Pedro parecía diferente de lo normal. Más relajado. Menos reservado. Así como
sexy.
Le dio un giro doloroso en su estómago.
Él se sentó en un extremo del sofá y puso sus pies en su regazo. Cuando le dio una
mirada de cuestionamiento, sólo dijo:
—Deberías mantener el tobillo elevado.
Esto sonaba bastante razonable, y apenas podía alejarlo a una de las dos sillas de
respaldo, las cuales no eran muy cómodas para sentarse por mucho tiempo, o el
asiento de la ventana, que estaba mucho más lejos de la chimenea.
Él encontró un libro también, así que ambos leyeron un rato en la luz de la hoguera
y la linterna. Pedro de vez en cuando se levantaba para devolver la bolsa de hielo al
congelador, atender la hoguera, o conseguir otra bolsa de hielo para su tobillo.
Después de un par de horas, Paula tuvo que dejar su libro, ya que estaba
demasiado soñolienta para concentrarse en las palabras.
Estaba congelándose, a pesar del fuego. La temperatura debía estar bajando aún
más en la casa.
Se levantó para ir al baño y encontrar sábanas de franela y una manta gruesa.
Estaba en su camino cuando se apoyó en su tobillo malo nuevamente. Se fue abajo,
desgarrando su tobillo aún más en el proceso.
Maldijo y se mordió su labio tratando de sofocar los quejidos involuntarios de
dolor.
Le tomó un minuto recuperar el aliento y luego otro minuto para volver a ponerse
en pie. Estaba en medio de la sala, y no había nada excepto la pared para levantarse.
Estaba finalmente arriba y arrastrando los pies de nuevo a la sala de estar con los
brazos llenos de sabanas y mantas, sus dientes castañeando de frío y su tobillo
palpitando brutalmente, cuando Pedro apareció frente a ella.
Era la última persona que quería ver.
Con una mirada impaciente, él se movió rápidamente para poner un brazo a su
alrededor para apoyar parte de su peso.
También tomó las mantas de sus manos.
—¿Qué pasó?
—Nada. —Tenía frío, dolor y frustración, y ahora estaba avergonzada—. Sólo me
caí. Estoy bien.
—¿Por qué diablos no me llamaste para pedir ayuda? —exigió en tono
malhumorado como había sido esa tarde.
—Porque no necesitaba ayuda. —Apretó las palabras a través de una mandíbula
cerrada y lo miró resentida. Debería haber sabido que no podía permanecer sin ser
detestable durante mucho tiempo.
—Necesitabas mi ayuda. Ahora apenas puedes caminar y estás helada.
Trató desesperadamente de mantener sus dientes sin castañear, pero no podía
hacerlo.
—Nunca he visto a nadie tan terco como tú.
—¿Has mirado en un espejo? —replicó, con lo que ella pensaba que era una
impresionante agudeza.
—Si yo tuviera un esguince de tobillo, condenadamente bien dejaría que alguien
me ayudara.
—No lo harías. Te esconderías hasta mejorarte. No tienes derecho a reprocharme a
mí ser terca. ¿Recuerdas cuando tenías quince años? No le permitiste a la iglesia
ayudar a tu mamá cuando su sótano estaba inundado. Insististe en hacer todo tú
mismo. Construiste toda tu maldita casa por ti mismo, aunque Gonzalo trató de
ayudar casi todos los fines de semana. No has aceptado ningún regalo o gesto de
caridad en los últimos quince años. ¿Cómo te atreves a intentar decirme que soy
demasiado terca?
Estaba sintiéndose molesto y ruborizado mientras ella arremetió, pero al menos él
también estaba siendo proactivo. La había llevado de espaldas al sofá, le ayudó a
extender la sábana de franela en el sofá y la cubrió con una manta cuando se había
sentado y luego se estiró.
Ahora sólo caminaba fuera de la habitación, dejándola tan sorprendida que ella no
podía incluso sentirse enojada.
Nunca había sabido de alguien que se saliera tan groseramente en mitad de una
discusión.
Regresó casi inmediatamente con una bolsa de hielo fresca. Trató de ponerlo en su
tobillo, pero ella se sacudió lejos tan pronto como podía.
—Está demasiado fría. —Estaba acurrucada bajo la manta, tratando de quitar su
indefenso temblor. El fuego ayudaba, pero no lo suficientemente rápido.
—Lo necesitas —dijo suavemente—. O el tobillo se te hinchará aún más.
Sabía que él tenía razón, así que no discutió nada más, pero la bolsa de hielo hizo
que su cuerpo tuviera incluso más frío.
La miró fijamente por un largo rato, y ella no entendía la mirada en sus ojos. Luego
le hizo un gesto con su mano.
—¿Podrías recorrerte un poco?
Hizo lo que le dijo, aunque no tenía ni idea de por qué él lo estaba pidiendo.
Se dio cuenta muy pronto cuando se sentó en el sofá a su lado. Antes de que se
diera cuenta de lo que estaba pasando, él los había reorganizado a ambos por lo que
la tenía en sus brazos, apoyada contra su pecho.
Era un error. Estaba totalmente equivocado. Ella estaba tan fría, sin embargo, el
cuerpo de él era deliciosamente caliente. Realmente le gustaba cómo se sentía al ser
sostenida por él.
Se habían sentado así durante horas un verano, hablando, viendo la televisión, sólo
estando juntos.
Él estaba reorganizando la manta sobre ambos, y la tensión era tan palpable que
Paula pensó que podría ahogarse en ella. En un intento de romperla, suavemente,
dijo:
—Esto es sólo una forma disimulada de compartir mi manta, ya que eres
demasiado perezoso para conseguir la tuya.
Se río, suave y bajo. Amaba cómo sonaba y cómo se sentía.
—Culpable.
Se acurrucó contra él y pronto dejó temblar.
Ambos estaban mirando el fuego cuando Pedro volvió a la conversación anterior.
—Las cosas que tu llamas terquedad en mí no son realmente así. Es autosuficiencia.
Es importante para mí. Y es una cosa diferente.
—¿Por qué es tan importante ser autosuficiente? —Era una pregunta genuina, ya
que su anterior ira había desaparecido casi por completo.
Él no respondió.
Ella giró un poco su cuerpo para mirarlo. Su cara estaba apenas a unos cuantos
centímetros.
—¿Pedro?
—No sé —admitió, sonando incómodo y sin mirarla a los ojos—. Una manera de
demostrar mi valía, supongo.
—Demostrar lo que vales, ¿por qué?
Él no respondió directamente esta vez. En cambio, dijo en un tono diferente:
—Sabes cómo era para mi mamá. Este es un pueblo pequeño, y las personas son...
prejuiciosas.
—Las personas son prejuiciosas en las ciudades también. Simplemente no están en
tu cara bastante tiempo. —Ella exhaló—. Conozco gente que juzgó a tu mamá. Mi
abuelo lo hizo, y fue... terrible sobre ella. Pero no todo el mundo aquí lo hace. Y
nunca nadie te ha juzgado.
—¿No lo han hecho?
Su cuerpo se sentía más tenso de lo que había estado antes. Sabía que él estaba
sintiendo algo profundamente y su corazón sufría por él.
—¿Quién te juzga? Siempre has sido muy popular en la escuela, y todo el mundo
en el pueblo piensa que caminas sobre el agua ahora.
—Tuve un largo camino que escalar. —Las palabras eran suaves, sin inflexiones, no
amargas, sólo resignadas.
—Pedro —dijo, sintiéndose extrañamente urgente y emocional. Se giró por lo que
ella estaba frente a él, y también prácticamente acostada encima de él. Quería ver su
rostro, sin embargo—. ¿Quién te juzga? ¿De quiénes estás hablando? Nunca lo
hicimos. Mi mamá, Gonzalo o yo. Te juro que nunca lo hicimos.
—Sé que no. —Sus ojos eran de algún modo extraños, suaves y urgentes a la vez.
—Todos pensamos que eras... pensábamos que eras genial. —Su voz tembló al
final, ya que el tiempo pasado era tan aplastante.
Aún todavía pensaba que era genial, el mejor hombre que ella conocía aparte de
Gonzalo, no la había tratado tan desalmadamente hace ocho años.
Todavía no lo entendía. Simplemente no parecía encajar.
—Ya lo Sabía. No tienes ni idea de lo que significaba para mí. —Sus brazos estaban
todavía a su alrededor y uno de ellos la apretaba deliciosamente. La otra mano se
deslizó hacia abajo de su espina dorsal hasta que presionó contra la parte baja de su
espalda.
Parecía que se estaban abrazando, y Paula quería sentir aún más.
Su mente era una maraña aturdida, se las arregló para recuperar el hilo de su
conversación anterior.
—Así que si es tan importante para ti ser autosuficiente, ¿por qué llamas a mi
autosuficiencia terquedad? ¿Por qué no puedo ser autosuficiente también? —Su voz
estaba extrañamente ronca en las últimas palabras, y no fue porque quisiera llorar.
Levantó la mano que había estado acariciando su espalda y ahuecó su mejilla con él
en su lugar.
—Porque estoy aquí —murmuró—. Porque estoy aquí, y quiero ayudarte.
Sus labios se separaron inconscientemente en la ternura de las palabras, y tal vez él
lo tomó como una invitación.
Dirigió su cabeza hacia abajo, hasta que sus labios se encontraron. No era exigente
o intrusivo, sólo suave y casi necesitado.
No pudo evitar responder con sentimiento y la sensación hinchó dentro de ella con
el roce de sus labios.
Ella se movió lo suficiente para llevar una mano que pudiera acariciar su rostro,
amaba la textura de su barba contra el toque su palma.
Él profundizó el beso lentamente, deslizando su lengua a lo largo del contorno de
sus labios y deslizando una mano abajo para frotar la parte baja de la espalda y
luego bajar a la parte inferior.
Se movió con gusto, abriendo su boca para sentirlo más profundamente y frotando
sus pechos contra su pecho.
—Paula —dijo con voz ronca, cuando finalmente se apartó lejos, pero sólo para
presionar suaves besos en las comisuras de su boca—. Paula ¿cómo está tu tobillo?
La risa la golpeó tan de repente que se rió sin poder hacer nada contra su boca.
Sonrió en un último beso breve con sus brazos apretados alrededor de ella.
—A pesar de como sonó, no fue mi intención cambiar de tema. Sólo quería decir
que no quiero que hagas nada que te lastime el tobillo.
—Mi tobillo está muy involucrado en este proceso.
Con un resoplido de diversión, él los giró a ambos para que ella estuviera de
espaldas y él estuviera encima de ella.
—Bien. —Se inclinó hacia abajo en otro beso.
Paula se movió por debajo de él cuando su abrazo se intensificó, y, cuando había
liberado una de sus piernas, se envolvió alrededor de su cadera, necesitando sentir
su cuerpo duro contra el dolor delicioso entre sus piernas.
Le escuchó hacer un ruido áspero bajo en su garganta, y él se separó de su boca para
enterrar su cara en el hueco de su cuello.
—Paula —murmuró, pronunciando el pulso palpitante en su garganta—. Paula,
si vas a parar, por favor házmelo saber ahora.
Su cabeza giraba y su cuerpo palpitaba y Pedro era lo único en el mundo que ella
quería.
Sabía que estaba mal. Era una tontería. Lo haría todo mucho más difícil.
En el momento, no podía evitar la tentación.
Se ajustó hasta que encontró la protuberancia en su ingle y se frotó contra ella
descaradamente.
—No voy a detenerme.
sábado, 18 de abril de 2015
"UNA NOCHE EN LA TORMENTA DE HIELO" CAP 2
Lo siento, no podemos volver a casa —dijo su madre, su voz claramente
ansiosa en el otro extremo de la llamada telefónica—. ¿Vas a estar bien?
—Voy a estar bien mamá. —Mientras hablaba, Paula tiró de gruesos
calcetines morados, maniobrando con cuidado uno de ellos sobre el vendaje que
ella había envuelto en su tobillo—. No hay problema. Por supuesto, que Gonzalo y tú
no podrán llegar esta noche si el tiempo sigue estando tan malo.
—Al menos Pedro está ahí. Estaría muy nerviosa si estuvieras sola en esa casa
grande en la tormenta.
Paula rodó los ojos pero se las arregló para no decir nada grosero.
—Es un chico tan querido. ¿Te conté que pasó todo un sábado ayudando al pobre
señor Foster a reconstruir el porche después de esa terrible tormenta este verano?
—Sí. Me lo contaste.
—Él siempre ha sido muy atento y generoso. No sé por qué a tu abuelo no le
gustaba.
—Sabes muy bien porqué al abuelo no le gustaba. Su madre no estaba casada y
trabajaba en un bar, y eso significaba que Pedro estaba por debajo de nosotros.
Había habido rumores sobre su madre, acerca de ella haciendo algo más que
trabajar en el bar, pero Paula había tratado de no escucharlos.
—No deberías hablar de esa forma de tu abuelo, especialmente ahora que está
muerto. Era tan bueno con nosotros.
—Amaba al abuelo también, y aprecio todo lo que hizo por nosotros. Pero era una
mente cerrada, un snob crítico, y no hay manera de evitarlo.
El padre de Paula había abandonado a su madre poco después de que ella y Gonzalo
nacieron. La mayor parte del tiempo, le guardó rencor por haber abandonado a su
familia. Ocasionalmente, sin embargo, entendió cuán difícil habría sido ser el yerno
de su abuelo, quien huyó de la vida de su hija, de la misma manera que huyó del
condado.
Paula se había arriesgado hasta el cansancio tratando de asegurarse que su interés
por Pedro cuando era adolescente estaba oculto de su abuelo, ya que él nunca lo
habría aprobado y ella nunca hubiera escuchado el final de eso.
Mientras se terminó, Pedro la había dejado antes de que su abuelo nunca se
enterara.
—Deseo que no dijeras esas cosas —murmuró su madre, claramente de acuerdo
con la evaluación de Paula pero prefiriendo no oírlo decir.
—Lo siento. El punto es que Pedro está aquí por si hay una emergencia, pero
estaría perfectamente bien por mi cuenta. Gonzalo y tú quédense a salvo y no traten de
salir esta noche. Todavía pasaremos Navidad juntos.
Paula dejó escapar un largo suspiro cuando terminó la llamada.
Su madre se sentía bastante mal. Ella no estaba a punto de dejarle saber cuan
horrible era para Paula pasar la noche aquí con Pedro en medio de una tormenta
de hielo.
Al menos la casa era grande. Seis dormitorios, cuatro baños y un inmenso sótano y
sala de familia. Su abuelo no había escatimado en gastos cuando se había restaurado
la casa de cien años de edad. Ella podría mantener distancia con Pedro hasta la
mañana.
Se levantó de la cama y se chequeó en el espejo de cuerpo entero.
Ella había tomado una ducha caliente para calentarse y sacar el hielo de su cabello,
y luego se había puesto pantalones de yoga y un suave suéter verde que hacía juego
con sus ojos y halagaba su figura. Estaba alisando su cabello cuando se dio cuenta
de lo que hacía.
Presumiendo. Asegurándose de que se veía bonita para cuando ella viera a Pedro
otra vez.
Disgustada consigo misma, se sacó el suéter por la cabeza y buscó en su armario
hasta encontrar una gastada y de gran tamaño, camiseta del equipo de fútbol
americano de su escuela donde solía estar Gonzalo.
Se puso la camiseta en su lugar. Estaba muy holgada en su pequeño cuerpo. No era
para nada halagador.
Mucho mejor.
Luego se fue al cuarto de baño y trenzó su cabello en dos largas trenzas. Usaba el
cabello de esa manera en su apartamento, ya que el estilo lo mantenía fuera de su
camino y no le hincaba en la parte posterior de su cabeza como una cola de caballo
lo hacía. Pero no tenía el hábito de usar coletas en público.
Las trenzas y una sudadera holgada la hacían parecer una niña, pero no le importó.
No quería que Pedro pensara por un momento que ella quería parecer bonita para
él. Y no quería confundirse de esa manera tampoco.
Su tobillo todavía le dolía, pero podía caminar mejor ahora que estaba envuelto.
Cojeó bajando las escaleras y encontró a Pedro en la cocina.
Se puso de pie en el umbral, mirándolo fijamente. Él se arrodilló en el suelo,
inclinándose en un ángulo extraño, trabajando en una de las bisagras del gabinete
con un destornillador, él había enloquecido con el multi herramienta que siempre
llevaba consigo.
—¿Qué estás haciendo? —exigió ella.
Él dio un tirón, evidentemente sorprendido por su presencia. En realidad se golpeó
la cabeza en la parte superior del armario mientras trataba de enderezarse.
—¿Qué te parece?
Ella no apreció su tono gruñón.
—Parece como si estuvieras haciendo algo para la puerta del gabinete de mi madre.
—Todas las bisagras están sueltas. Las estaba apretando.
—Has estado aquí menos de treinta minutos. ¿Por qué sentirías la necesidad de
meterte con bisagras de mi madre?
—¿Qué más tengo que hacer? Estaba haciendo café y me di cuenta que la puerta
del gabinete estaba a punto de caerse. Así que comprobé el resto y todas estaban
flojas.
Ella se acercó a la cafetera, la cual él había señalado a modo de evidencia de la
válidez de sus afirmaciones. Se sirvió una taza de café, ya que ya estaba hecho.
—No necesitamos tu ayuda con los gabinetes.
—Bueno, alguien tenía que arreglarlos, y no hay nadie. No sé por qué Gonzalo los
habría dejado tanto tiempo.
—Son los gabinetes de mi madre. No de Gonzalo.
—¿De verdad crees que tu madre va a ponerse en sus manos y rodillas así y apretar
los tornillos?
Ella no lo haría, obviamente. Su madre tenía mal las rodillas y no había hecho ni
una pieza de trabajo manual en su vida. El abuelo de Paula, probablemente no lo
habría permitido, aunque ella hubiera sentido la inclinación.
—¿Quieres parar? —Paula sintió un resentimiento irracional al ver a Pedro
trabajar en la cocina de su madre—. No tienes que hacer el trabajo en nuestra casa.
Él se encogió de hombros y la ignoró.
—Sólo me faltan dos.
Ella dio un bufido frustrado mientras vertía crema en su café. Trató de no mirar el
trabajo de Pedro. Inclinándose mientras él le daba una gran vista de sus músculos
definidos y un muy buen trasero a través del dril de sus pantalones.
Él era absolutamente exasperante. Y más aún porque estaba tan condenadamente
caliente.
—¿Cómo está tu tobillo? —Su voz fue ahogada porque su cabeza estaba
básicamente dentro de uno de los armarios inferiores, pero ella lo oyó bien.
—Está bien. Mi mamá dice que no pueden llegar aquí esta noche debido al mal
tiempo, así que ella y Gonzalo se están quedando en la ciudad.
—Yo podría haber dicho eso. —Ella respiró hondo para no hablarle bruscamente.
Se había prometido durante su ducha que iba a ser tan civilizada como pudiera,
pero ya estaba probando su paciencia.
—Estoy sorprendida, que con tus poderes omnipotentes de predicción, no pudieras
prever la tormenta y evitar quedar atrapado en las carreteras heladas hoy.
—Llegó más rápido de lo que se suponía.
Eso fue lo que Gonzalo le había dicho también.
—Bueno, te dejaré para que te diviertas con el destornillador. Voy a…
Se interrumpió cuando ruidos de clics y alarmas sonaron de diferentes partes de la
casa. Todas las luces se apagaron.
No estaba oscuro afuera todavía, así que ella todavía podía ver alrededor de la
habitación, pero sabía muy bien qué era aquello.
—Maldita sea.
—Me sorprende que la energía duró tanto como lo hizo con todo este hielo. —
Pedro cerró la puerta del gabinete anterior y se enderezó. Su expresión cambió
cuando sus ojos se posaron en ella por primera vez—. No he visto esa sudadera por
un largo tiempo.
Ella la había usado durante la escuela secundaria y la universidad, después de
robarla del armario de Gonzalo. Siempre había sido su favorita, a pesar de lo grande
que era en ella.
Empujó los puños hasta las muñecas conscientemente, incómoda ante la suavidad
de la boca de Pedro.
—¿Podemos tratar de centrarnos en lo esencial? Tenemos que cambiar al generador
o se va a poner muy frío aquí esta noche.
Él se puso de pie.
—¿Está tu panel en el sótano?
—Sí. Voy a ir a encenderlo.
Ella encontró una linterna y se dirigió hacia el interruptor de transferencia en el
sótano y estaba molesta porque Pedro venía con ella.
Cuando conectó al panel del generador, no pasó nada.
Pedro la miró, pasando por los cables y conexiones.
—Todo está bien conectado. Voy a tener que revisar la unidad exterior.
Pedro podía hacer todo tipo de reparaciones en el hogar. Carpintería, azulejos,
fontanería, electricidad, todo lo que se podía hacer con las herramientas y las
manos. Había construido su casa desde los cimientos, en su totalidad por él mismo.
Sabría cómo arreglar el generador, si era posible en esta situación.
—Está justo al lado de la cubierta, ¿no? —preguntó mientras iban al piso de arriba.
—Sí. Al lado de la manivela del aire acondicionado.
—Compresor —corrigió automáticamente, lo que la hizo fruncir el ceño.
Pedro se dirigió al cuarto de la entrada, y Paula siguió más despacio debido a su
tobillo. Cuando él se sacó su abrigo, ella comenzó a ponerse el suyo también.
—¿A dónde vas? —exigió él.
—A comprobar el generador. ¿Qué crees?
—No hay ninguna razón para que salgas también.
—Soy perfectamente capaz de…
—Es un trabajo de una sola persona, y tienes un esguince de tobillo y…
—Un tobillo torcido.
—Un esguince de tobillo y el pelo húmedo. Tus trenzas se congelarían y se
romperían.
Lo miró fijamente con incredulidad, hasta que vio la esquina de su boca retorcerse
ligeramente.
Él se estaba burlando de ella.
Ridículo, quiso sonreír en respuesta a la reprimida diversión en su expresión.
Afortunadamente, fue capaz de resistir el impulso.
—Yo no me arriesgaría —continuó, dando a una de sus trenzas un pequeño
golpe—. Sólo piensa cuánto tiempo le tomó a tu cabello crecer a esta longitud.
Le había tomado años, y la idea la hizo detenerse. Había oído historias de cabellos
congelados de mujeres cuando se humedecen y se quiebran. Sólo que no estaba
segura de sí eran leyendas urbanas o no.
—¿Alguien te ha dicho que eres un imbécil detestable? —rechinó de entre sus
dientes.
—Nadie más que tú. —Él abrió la puerta del patio, dejando entrar una ráfaga de
aire helado y aguanieve fuerte—. En serio,Paula. A menos que sepas cómo
arreglar un generador, no vas a ser capaz de ayudarme allí. Por favor, quédate
adentro.
—Bien. Como dijiste “por favor”.
Ella no tenía ningún deseo de volver a salir en el hielo, después de su viaje hacia el
camino de entrada. Pero todavía sentía como si debiera ir con Pedro, a pesar de
que no sería ningún bien, sólo para demostrar que era capaz de hacerlo.
Ella esperó en la puerta del patio y observó. No tenía una vista del generador, por
lo que no sabía lo que estaba haciendo allí. El tiempo estaba horrible, sin embargo,
y cuanto más tiempo estaba él fuera, más preocupada se sentía.
Después de unos minutos, ella recordó haber visto una bolsa de hielo derretida en
el cuartito de la entrada, y se dio cuenta de que debía poner un poco abajo en la
cubierta así Pedro no resbalaría y torcería su tobillo cuando regresara.
Tomó la bolsa y luego abrió la puerta corredera. La cubierta estaba resbaladiza
como una pista de hielo, pero muy cuidadosamente roció el hielo derretido,
agarrándose contra el viento y la nevisca.
Vio a Pedro acercándose en el patio. Su cabeza estaba agachada para proteger su
cara, así que no la vio hasta que se subió a la cubierta.
Ella estaba apresuradamente rociando el hielo derretido sobre los últimos metros
que él tendría que caminar.
—¡Vuelve adentro! —gritó mientras se acercaba a ella y comenzó a empujarla de
nuevo a la casa—. ¿Estás loca?
Él cerró la puerta y frotó el hielo de su cara.
—No hay razón para gritarme de esa forma. Estaba tratando de ayudar.
—No tienes ni siquiera un abrigo.
Era verdad, pero no hizo su grosería más aceptable. Decidiendo elevarse sobre él,
manteniendo sus modales, le preguntó con frialdad:
—¿Fuiste capaz de arreglar el generador?
—No. La batería está muerta. Gonzalo evidentemente no ha tratado de encender esa
cosa durante meses, lo que contradice el objetivo de siquiera tener un generador de
reserva.
—Tendríamos una batería de repuesto a la mano, ¿no crees? —No tenía ni idea, ya
que ella no había vivido en esta casa desde hace años.
—Probablemente no. Podemos buscar.
Caminaron perezosamente abajo al sótano, donde las provisiones estaban
guardadas, después de una breve discusión sobre si iría con él, pero no había
ninguna batería de repuesto para el generador.
—¿Qué estaba pensando Gonzalo? —murmuró Pedro mientras examinaba los estantes
por última vez—. Debería estar probando esa cosa cada mes, como mínimo. Yo
pruebo el mío cada semana.
—Estoy segura de que eres el modelo mismo del propietario de un generador, pero,
¿podrías dejar de quejarte de Gonzalo? No es el fin del mundo.
Ella estaba un poco molesta con Gonzalo, pero al menos tenía razón legítima para
estarlo. Él era su hermano.
Pedro no tenía derecho a quejarme.
—¿Y si hubieras estado aquí sola en esta tormenta sin calefacción y sin energía?
—Soy un adulto razonablemente inteligente. Me las hubiera arreglado.
—¿Y si tu madre estaba atrapada aquí sola? —Una especie de intenso
estremecimiento estaba irradiando de él, evidente en sus hombros tensos, los ojos
oscuros y la boca apretada. Era extrañamente fascinante. Extrañamente atractivo.
Y completamente irrazonable.
Paula abrió la boca para responder, pero luego la cerró. Su madre era básicamente
una adulta inteligente también, pero siempre había estado un poco desamparada.
A Paula no le gustó para nada la idea de que su madre se quedara atrapada en esta
casa grande y vieja sin energía.
Definitivamente hablaría con Gonzalo.
Pero no iba a animar a Pedro para ser cualquier agresivo y más desagradable de lo
que ya era, por lo que sólo recogió tantas linternas y faroles de batería como podía
llevar y empezó a subir las escaleras.
Deseaba que su tobillo no le doliera tanto para poder haber hecho un retiro más
digno.
—Deberías poner hielo en el tobillo —gritó Pedro tras ella.
Tomó todo su autocontrol para contener un fuerte y frustrado rugido de respuesta.
Miró en el salón para ver la cantidad de leña que estaba en el estante al lado de la
chimenea. Sólo un tronco.
Sabía a ciencia cierta que su madre había encargado una carga de leña cada
invierno, por lo que no habría ningún problema con eso al menos.
Volvió al cuarto de la entrada y se puso un abrigo diferente, uno grande y aislado
que pertenecía a su madre. No estaba ni cerca de elegante como el suyo rojo, pero
mucho más práctico. Luego se puso un par de guantes y abrió la puerta del garaje.
El gran estante para el suministro de leña estaba al otro lado del garaje, frente al
cobertizo de herramientas.
Se acercó a él, abrió la tapa de nylon, y tomó tres troncos, que era lo más que podía
llevar. Luego se dirigió de nuevo a la casa.
Casi había llegado a la puerta cuando Pedro apareció frente a ella, mirándola con
evidente fastidio.
—¿Por qué no esperaste y me dejaste hacer eso?
—¿Por qué habría de hacerlo? Soy perfectamente capaz de llevar a unos pocos
troncos.
Trató de quitárselos, pero ella se apartó de él, haciendo una mueca cuando se torció
el tobillo en el proceso.
—Maldita sea, Paula —murmuró.
Ella no respondió, llevando los troncos a la casa.
Él agarró un puñado por sí mismo y estaba llevándolos mientras ella fue por más.
Él no se opuso a nada más, lo cual estaba bien. El techo del garaje los mantenía
fuera del aguanieve, pero aun así era demasiado frío y ventoso para perder el
tiempo discutiendo.
Cuando habían traído suficiente para pasar la noche, Pedro cerró la puerta con
fuerza.
Dejó caer su abrigo de vuelta al suelo y parecía que iba a decir algo.
Ella habló antes de que él pudiera.
—No soy una niña o una inválida o una princesa mimada, y no me gusta ser
tratada como tal.
—No te estoy tratando como a cualquiera de esas cosas. Y, si no estuvieras tan
ridículamente decidida a actuar como invencible para que nadie piense que eres
una princesa mimada, no te negarías incluso a las ofertas más razonables de ayuda.
Ella se puso rígida con un destello de ira caliente.
—Acepto ayuda cuando la necesito y de la gente en quien confío. No necesito
ayuda de ti.
—Bueno, estás atrapada con mi ayuda, te guste o no.
—¿Cuál de estas palabras no entiendes? No necesito ninguna ayuda. Puedes
quedarte aquí, porque no puedes salir, pero eso no significa que tenga que
consentir que me presiones de esta forma en mis problemas y des órdenes a mí
alrededor. No estoy indefensa. Vivo por mi cuenta todo el tiempo. Y ni ahora, ni
nunca, necesitaré algo como un hombre grande y fuerte para venir a rescatarme.
Estaba tan furiosa que tembló con eso. Se las había arreglado para quitarse el
abrigo, así que lo colgó en la percha. Luego recogió el abrigo de Pedro y lo colgó
también.
Él se quedó mirándola, ella podía sentir que la miraba, mientras se deslizaba fuera
de las bota de nieve de su mamá y regresaba a la cocina.
Tan rápido como había subido, su ira mermó. De repente estaba agotada y
derrotada y ridículamente a punto de llorar.
Su tobillo le palpitaba. Su cabeza estaba empezando a doler. Se quedó varada en
esta casa grande con corrientes de aire. Se estaba haciendo más fría y más oscura
por momentos. Iba a tener que pensar en algo para la cena, y luego iba a tener que
dormir cerca de la chimenea, ya que sería el único lugar caliente en toda la casa.
No habría manera de escapar de Pedro.
A quien todavía quería. No importaba cuán profundamente sabía que nunca
debería quererlo de nuevo.
Ella fue a su dormitorio, ya que era la única intimidad que podía encontrar.
Se sentó en la cama y tiró de su pierna izquierda para inspeccionar el tobillo.
Dolía ahora peor que nunca.
Oyó un golpecito en la puerta.
—¿Qué quieres? —preguntó ella, más resignada que enojada.
—He venido con una ofrenda de paz.
No había paz que pudiera ofrecer que reparara la grieta entre ellos. Ambos estaban
atrapados aquí por la noche, sin embargo, y era absurdo para ellos para seguir
luchando.
—La puerta está abierta.
Abrió la puerta y entró, llevando una bolsa de gel congelada en una cubierta suave
azul que debía de haber encontrado en el congelador.
—¿Eso supone que es una ofrenda de paz? Se parece más a una orden encubierta.
—Esta no es la ofrenda de paz —respondió él, sentado en el borde de su cama y
tirando de su tobillo en su regazo.
Ella debería apartarse, pero no tenía la energía.
Él empezó a desenvolver la venda que ella había envuelto después de la ducha.
—Esta es una necesidad.
Ella hizo un gesto de impaciencia, pero ese fue el alcance de su respuesta. Cuando
él había desenvuelto la venda, suavemente dobló la bolsa de hielo alrededor de su
tobillo palpitante. Luego le entregó el ibuprofeno y una botella de agua que había
guardado en el bolsillo de su camisa.
Ella tomó las pastillas. Luego se echó hacia atrás y cerró los ojos.
—Gracias.
—Eso tampoco fue la ofrenda de paz.
Ella le dirigió una mirada silenciosa e inquisitiva.
—Lo siento —dijo él, sus ojos nunca dejaron su rostro—. Lo siento si yo fui
demasiado agresivo. Cuando me preocupo, tengo la mala costumbre de hacerme
cargo, pero no quise doblegarte.
Sonaba sincero. Pero entonces había sonado sincero cuando tenía diecinueve años y
le había dicho que ella era la chica más dulce y bonita que había conocido jamás.
Ella tomó una respiración que era sólo un poco inestable.
—Gracias. Lo siento si fui demasiado testaruda. Me pongo de esa forma cuando
soy doblegada.
La esquina de su boca se torció en esa forma irresistible que él tenía.
—Eso lo sé.
Ella debería estar enojada con él. Por muchas cosas. Pero él parecía como si
estuviera realmente tratando de ser amable, al menos para que pudieran pasar la
noche, y ella no tenía fuerzas para luchar más en este momento de todos modos.
Se dio cuenta de que su boca tambaleaba ligeramente, casi respondiendo a su
sonrisa.
Él movió su pie sobre la cama con cuidado y se levantó.
—Voy a hacer una hoguera en la chimenea. Debes mantener la bolsa de hielo sobre
el tobillo durante al menos diez minutos.
Ella arqueó las cejas.
—Sólo si quieres, por supuesto, pero estoy seguro de que eres lo suficientemente
inteligente como para saber que hay que hacer.
Ella resopló, medio divertida y medio indignada. No estaba segura de cual
sentimiento tenía el control.
Se quedó en la cama con la bolsa de hielo en el tobillo, sin embargo. Empezaba a
sentirse un poco mejor.
Empezó a sentirse helada, ya que el radiador en la habitación no estaba apagando el
frío, así que puso una manta de ganchillo sobre ella. Se hacía más oscuro en la
habitación, lo cual la hizo sentir somnolienta.
Antes de darse cuenta de lo que pasaba, ella en realidad se había quedado dormida.
No durmió mucho o muy profundamente porque se despertó cuando sintió que
algo cambió en su pie.
Pedro había venido de nuevo, tomó la bolsa de hielo de su tobillo, y lo estaba
envolviendo de nuevo.
Ella parpadeó aturdida, ligeramente desorientada.
Estaba aún más desorientada por la mirada extrañamente suave en sus ojos.
—Se está poniendo helado aquí —murmuró—. ¿Quieres venir a la sala de estar?
Tengo la hoguera yendo bien.
Ella asintió con la cabeza, ya que sin duda se estaba congelando, y se las arregló
para empujarse hacia arriba a una posición sentada.
Él se agachó para ayudarla a levantarse.
—No debes poner peso sobre el tobillo. Me gustaría cargarte, pero tengo la
sensación de que la generosa oferta sería rechazada.
—Definitivamente sería rechazada. —Ella se inclinó sobre él un poco, y no podía
dejar de gustarle cuan esbelto, sólido y cálido era su cuerpo, incluso a través de su
ropa.
—Tú te lo pierdes.
Su voz sonaba extraña, con más textura de la que normalmente tenía, así que ella
levantó la mirada para buscar su rostro.
Se congeló al ver la expresión de sus ojos. Sus labios se separaron, y ella no podía
apartar la mirada.
Lucía como calor, carcajadas, cariño, ternura, todo se mezclaba en sus ojos cuando
la miraba.
Ella lo quería. Lo necesitaba. Era lo que siempre había querido. Se estiró hacia él
sin ningún pensamiento consciente.
Él inclinó la cabeza hacia abajo. Entonces la estaba besando.
Y ella lo estaba besando de regreso.
Su brazo alrededor de su cintura apretada, presionándose más firmemente contra su
pecho. Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello mientras sus labios se
movieron contra los de ella, primero suavemente, cuidadosamente, como si él
estuviera aprendiendo sus respuestas.
El placer y la emoción rugieron en sus oídos mientras su cuerpo se ablandaba en
contra de él. Cuando ella sintió su coqueta lengua entre sus labios, se abrió para él
ansiosamente.
Su lengua acarició la cara inferior de cada labio y luego se enredó con la suya. Se
sentía tan bien que ella gemía suavemente y movió una mano para agarrar su cabeza
y mantenerla en su lugar.
Sus labios se separaron de los de ella brevemente, pero sólo para reajustar su cabeza.
—Paula. —Le oyó respirar—. Paula.
Ella gimió una respuesta cuando él profundizó el beso una vez más. Todo su
cuerpo palpitaba en respuesta y la excitación apretó dolorosamente entre sus
piernas.
Luego ella reajustó su peso y sintió una repentina sacudida de dolor en su tobillo.
Ella rompió el beso abruptamente con un sonido ahogado.
—¿Estás bien? —le preguntó, su abrazo inmediatamente convirtiéndose en apoyo
en vez de apasionado.
—Sí. Sólo mi tobillo. —Sus mejillas estaban rojas ya, pero se sonrojó aún más al
darse cuenta de lo que había estado haciendo.
Besando a Pedro Alfonso. Como si fuera cualquier otro hombre atractivo.
Como si no fuera el hombre que tan cruelmente le había roto el corazón.
Él debía pensar que ella era la presa más fácil en el mundo, enamorándose de él no
una, sino dos veces. El entendimiento dolió más de lo que había pensado que
podía, pero ella no iba a dejarle saberlo.
Podría ser una idiota, pero no era débil.
Cuando levantó la vista de nuevo, él parecía estar inclinándose hacia otro beso, esa
misma ternura caliente ardiendo en sus ojos.
Le puso una mano en el pecho para empujarlo lentamente.
—Espero que la disculpa fuera la ofrenda de paz y no el beso —dijo ella, satisfecha
de que su voz era ligera y poco ventosa, como si besarlo fuera una actividad
divertida, pero nada importante—. Porque el beso definitivamente no va a
funcionar.
ansiosa en el otro extremo de la llamada telefónica—. ¿Vas a estar bien?
—Voy a estar bien mamá. —Mientras hablaba, Paula tiró de gruesos
calcetines morados, maniobrando con cuidado uno de ellos sobre el vendaje que
ella había envuelto en su tobillo—. No hay problema. Por supuesto, que Gonzalo y tú
no podrán llegar esta noche si el tiempo sigue estando tan malo.
—Al menos Pedro está ahí. Estaría muy nerviosa si estuvieras sola en esa casa
grande en la tormenta.
Paula rodó los ojos pero se las arregló para no decir nada grosero.
—Es un chico tan querido. ¿Te conté que pasó todo un sábado ayudando al pobre
señor Foster a reconstruir el porche después de esa terrible tormenta este verano?
—Sí. Me lo contaste.
—Él siempre ha sido muy atento y generoso. No sé por qué a tu abuelo no le
gustaba.
—Sabes muy bien porqué al abuelo no le gustaba. Su madre no estaba casada y
trabajaba en un bar, y eso significaba que Pedro estaba por debajo de nosotros.
Había habido rumores sobre su madre, acerca de ella haciendo algo más que
trabajar en el bar, pero Paula había tratado de no escucharlos.
—No deberías hablar de esa forma de tu abuelo, especialmente ahora que está
muerto. Era tan bueno con nosotros.
—Amaba al abuelo también, y aprecio todo lo que hizo por nosotros. Pero era una
mente cerrada, un snob crítico, y no hay manera de evitarlo.
El padre de Paula había abandonado a su madre poco después de que ella y Gonzalo
nacieron. La mayor parte del tiempo, le guardó rencor por haber abandonado a su
familia. Ocasionalmente, sin embargo, entendió cuán difícil habría sido ser el yerno
de su abuelo, quien huyó de la vida de su hija, de la misma manera que huyó del
condado.
Paula se había arriesgado hasta el cansancio tratando de asegurarse que su interés
por Pedro cuando era adolescente estaba oculto de su abuelo, ya que él nunca lo
habría aprobado y ella nunca hubiera escuchado el final de eso.
Mientras se terminó, Pedro la había dejado antes de que su abuelo nunca se
enterara.
—Deseo que no dijeras esas cosas —murmuró su madre, claramente de acuerdo
con la evaluación de Paula pero prefiriendo no oírlo decir.
—Lo siento. El punto es que Pedro está aquí por si hay una emergencia, pero
estaría perfectamente bien por mi cuenta. Gonzalo y tú quédense a salvo y no traten de
salir esta noche. Todavía pasaremos Navidad juntos.
Paula dejó escapar un largo suspiro cuando terminó la llamada.
Su madre se sentía bastante mal. Ella no estaba a punto de dejarle saber cuan
horrible era para Paula pasar la noche aquí con Pedro en medio de una tormenta
de hielo.
Al menos la casa era grande. Seis dormitorios, cuatro baños y un inmenso sótano y
sala de familia. Su abuelo no había escatimado en gastos cuando se había restaurado
la casa de cien años de edad. Ella podría mantener distancia con Pedro hasta la
mañana.
Se levantó de la cama y se chequeó en el espejo de cuerpo entero.
Ella había tomado una ducha caliente para calentarse y sacar el hielo de su cabello,
y luego se había puesto pantalones de yoga y un suave suéter verde que hacía juego
con sus ojos y halagaba su figura. Estaba alisando su cabello cuando se dio cuenta
de lo que hacía.
Presumiendo. Asegurándose de que se veía bonita para cuando ella viera a Pedro
otra vez.
Disgustada consigo misma, se sacó el suéter por la cabeza y buscó en su armario
hasta encontrar una gastada y de gran tamaño, camiseta del equipo de fútbol
americano de su escuela donde solía estar Gonzalo.
Se puso la camiseta en su lugar. Estaba muy holgada en su pequeño cuerpo. No era
para nada halagador.
Mucho mejor.
Luego se fue al cuarto de baño y trenzó su cabello en dos largas trenzas. Usaba el
cabello de esa manera en su apartamento, ya que el estilo lo mantenía fuera de su
camino y no le hincaba en la parte posterior de su cabeza como una cola de caballo
lo hacía. Pero no tenía el hábito de usar coletas en público.
Las trenzas y una sudadera holgada la hacían parecer una niña, pero no le importó.
No quería que Pedro pensara por un momento que ella quería parecer bonita para
él. Y no quería confundirse de esa manera tampoco.
Su tobillo todavía le dolía, pero podía caminar mejor ahora que estaba envuelto.
Cojeó bajando las escaleras y encontró a Pedro en la cocina.
Se puso de pie en el umbral, mirándolo fijamente. Él se arrodilló en el suelo,
inclinándose en un ángulo extraño, trabajando en una de las bisagras del gabinete
con un destornillador, él había enloquecido con el multi herramienta que siempre
llevaba consigo.
—¿Qué estás haciendo? —exigió ella.
Él dio un tirón, evidentemente sorprendido por su presencia. En realidad se golpeó
la cabeza en la parte superior del armario mientras trataba de enderezarse.
—¿Qué te parece?
Ella no apreció su tono gruñón.
—Parece como si estuvieras haciendo algo para la puerta del gabinete de mi madre.
—Todas las bisagras están sueltas. Las estaba apretando.
—Has estado aquí menos de treinta minutos. ¿Por qué sentirías la necesidad de
meterte con bisagras de mi madre?
—¿Qué más tengo que hacer? Estaba haciendo café y me di cuenta que la puerta
del gabinete estaba a punto de caerse. Así que comprobé el resto y todas estaban
flojas.
Ella se acercó a la cafetera, la cual él había señalado a modo de evidencia de la
válidez de sus afirmaciones. Se sirvió una taza de café, ya que ya estaba hecho.
—No necesitamos tu ayuda con los gabinetes.
—Bueno, alguien tenía que arreglarlos, y no hay nadie. No sé por qué Gonzalo los
habría dejado tanto tiempo.
—Son los gabinetes de mi madre. No de Gonzalo.
—¿De verdad crees que tu madre va a ponerse en sus manos y rodillas así y apretar
los tornillos?
Ella no lo haría, obviamente. Su madre tenía mal las rodillas y no había hecho ni
una pieza de trabajo manual en su vida. El abuelo de Paula, probablemente no lo
habría permitido, aunque ella hubiera sentido la inclinación.
—¿Quieres parar? —Paula sintió un resentimiento irracional al ver a Pedro
trabajar en la cocina de su madre—. No tienes que hacer el trabajo en nuestra casa.
Él se encogió de hombros y la ignoró.
—Sólo me faltan dos.
Ella dio un bufido frustrado mientras vertía crema en su café. Trató de no mirar el
trabajo de Pedro. Inclinándose mientras él le daba una gran vista de sus músculos
definidos y un muy buen trasero a través del dril de sus pantalones.
Él era absolutamente exasperante. Y más aún porque estaba tan condenadamente
caliente.
—¿Cómo está tu tobillo? —Su voz fue ahogada porque su cabeza estaba
básicamente dentro de uno de los armarios inferiores, pero ella lo oyó bien.
—Está bien. Mi mamá dice que no pueden llegar aquí esta noche debido al mal
tiempo, así que ella y Gonzalo se están quedando en la ciudad.
—Yo podría haber dicho eso. —Ella respiró hondo para no hablarle bruscamente.
Se había prometido durante su ducha que iba a ser tan civilizada como pudiera,
pero ya estaba probando su paciencia.
—Estoy sorprendida, que con tus poderes omnipotentes de predicción, no pudieras
prever la tormenta y evitar quedar atrapado en las carreteras heladas hoy.
—Llegó más rápido de lo que se suponía.
Eso fue lo que Gonzalo le había dicho también.
—Bueno, te dejaré para que te diviertas con el destornillador. Voy a…
Se interrumpió cuando ruidos de clics y alarmas sonaron de diferentes partes de la
casa. Todas las luces se apagaron.
No estaba oscuro afuera todavía, así que ella todavía podía ver alrededor de la
habitación, pero sabía muy bien qué era aquello.
—Maldita sea.
—Me sorprende que la energía duró tanto como lo hizo con todo este hielo. —
Pedro cerró la puerta del gabinete anterior y se enderezó. Su expresión cambió
cuando sus ojos se posaron en ella por primera vez—. No he visto esa sudadera por
un largo tiempo.
Ella la había usado durante la escuela secundaria y la universidad, después de
robarla del armario de Gonzalo. Siempre había sido su favorita, a pesar de lo grande
que era en ella.
Empujó los puños hasta las muñecas conscientemente, incómoda ante la suavidad
de la boca de Pedro.
—¿Podemos tratar de centrarnos en lo esencial? Tenemos que cambiar al generador
o se va a poner muy frío aquí esta noche.
Él se puso de pie.
—¿Está tu panel en el sótano?
—Sí. Voy a ir a encenderlo.
Ella encontró una linterna y se dirigió hacia el interruptor de transferencia en el
sótano y estaba molesta porque Pedro venía con ella.
Cuando conectó al panel del generador, no pasó nada.
Pedro la miró, pasando por los cables y conexiones.
—Todo está bien conectado. Voy a tener que revisar la unidad exterior.
Pedro podía hacer todo tipo de reparaciones en el hogar. Carpintería, azulejos,
fontanería, electricidad, todo lo que se podía hacer con las herramientas y las
manos. Había construido su casa desde los cimientos, en su totalidad por él mismo.
Sabría cómo arreglar el generador, si era posible en esta situación.
—Está justo al lado de la cubierta, ¿no? —preguntó mientras iban al piso de arriba.
—Sí. Al lado de la manivela del aire acondicionado.
—Compresor —corrigió automáticamente, lo que la hizo fruncir el ceño.
Pedro se dirigió al cuarto de la entrada, y Paula siguió más despacio debido a su
tobillo. Cuando él se sacó su abrigo, ella comenzó a ponerse el suyo también.
—¿A dónde vas? —exigió él.
—A comprobar el generador. ¿Qué crees?
—No hay ninguna razón para que salgas también.
—Soy perfectamente capaz de…
—Es un trabajo de una sola persona, y tienes un esguince de tobillo y…
—Un tobillo torcido.
—Un esguince de tobillo y el pelo húmedo. Tus trenzas se congelarían y se
romperían.
Lo miró fijamente con incredulidad, hasta que vio la esquina de su boca retorcerse
ligeramente.
Él se estaba burlando de ella.
Ridículo, quiso sonreír en respuesta a la reprimida diversión en su expresión.
Afortunadamente, fue capaz de resistir el impulso.
—Yo no me arriesgaría —continuó, dando a una de sus trenzas un pequeño
golpe—. Sólo piensa cuánto tiempo le tomó a tu cabello crecer a esta longitud.
Le había tomado años, y la idea la hizo detenerse. Había oído historias de cabellos
congelados de mujeres cuando se humedecen y se quiebran. Sólo que no estaba
segura de sí eran leyendas urbanas o no.
—¿Alguien te ha dicho que eres un imbécil detestable? —rechinó de entre sus
dientes.
—Nadie más que tú. —Él abrió la puerta del patio, dejando entrar una ráfaga de
aire helado y aguanieve fuerte—. En serio,Paula. A menos que sepas cómo
arreglar un generador, no vas a ser capaz de ayudarme allí. Por favor, quédate
adentro.
—Bien. Como dijiste “por favor”.
Ella no tenía ningún deseo de volver a salir en el hielo, después de su viaje hacia el
camino de entrada. Pero todavía sentía como si debiera ir con Pedro, a pesar de
que no sería ningún bien, sólo para demostrar que era capaz de hacerlo.
Ella esperó en la puerta del patio y observó. No tenía una vista del generador, por
lo que no sabía lo que estaba haciendo allí. El tiempo estaba horrible, sin embargo,
y cuanto más tiempo estaba él fuera, más preocupada se sentía.
Después de unos minutos, ella recordó haber visto una bolsa de hielo derretida en
el cuartito de la entrada, y se dio cuenta de que debía poner un poco abajo en la
cubierta así Pedro no resbalaría y torcería su tobillo cuando regresara.
Tomó la bolsa y luego abrió la puerta corredera. La cubierta estaba resbaladiza
como una pista de hielo, pero muy cuidadosamente roció el hielo derretido,
agarrándose contra el viento y la nevisca.
Vio a Pedro acercándose en el patio. Su cabeza estaba agachada para proteger su
cara, así que no la vio hasta que se subió a la cubierta.
Ella estaba apresuradamente rociando el hielo derretido sobre los últimos metros
que él tendría que caminar.
—¡Vuelve adentro! —gritó mientras se acercaba a ella y comenzó a empujarla de
nuevo a la casa—. ¿Estás loca?
Él cerró la puerta y frotó el hielo de su cara.
—No hay razón para gritarme de esa forma. Estaba tratando de ayudar.
—No tienes ni siquiera un abrigo.
Era verdad, pero no hizo su grosería más aceptable. Decidiendo elevarse sobre él,
manteniendo sus modales, le preguntó con frialdad:
—¿Fuiste capaz de arreglar el generador?
—No. La batería está muerta. Gonzalo evidentemente no ha tratado de encender esa
cosa durante meses, lo que contradice el objetivo de siquiera tener un generador de
reserva.
—Tendríamos una batería de repuesto a la mano, ¿no crees? —No tenía ni idea, ya
que ella no había vivido en esta casa desde hace años.
—Probablemente no. Podemos buscar.
Caminaron perezosamente abajo al sótano, donde las provisiones estaban
guardadas, después de una breve discusión sobre si iría con él, pero no había
ninguna batería de repuesto para el generador.
—¿Qué estaba pensando Gonzalo? —murmuró Pedro mientras examinaba los estantes
por última vez—. Debería estar probando esa cosa cada mes, como mínimo. Yo
pruebo el mío cada semana.
—Estoy segura de que eres el modelo mismo del propietario de un generador, pero,
¿podrías dejar de quejarte de Gonzalo? No es el fin del mundo.
Ella estaba un poco molesta con Gonzalo, pero al menos tenía razón legítima para
estarlo. Él era su hermano.
Pedro no tenía derecho a quejarme.
—¿Y si hubieras estado aquí sola en esta tormenta sin calefacción y sin energía?
—Soy un adulto razonablemente inteligente. Me las hubiera arreglado.
—¿Y si tu madre estaba atrapada aquí sola? —Una especie de intenso
estremecimiento estaba irradiando de él, evidente en sus hombros tensos, los ojos
oscuros y la boca apretada. Era extrañamente fascinante. Extrañamente atractivo.
Y completamente irrazonable.
Paula abrió la boca para responder, pero luego la cerró. Su madre era básicamente
una adulta inteligente también, pero siempre había estado un poco desamparada.
A Paula no le gustó para nada la idea de que su madre se quedara atrapada en esta
casa grande y vieja sin energía.
Definitivamente hablaría con Gonzalo.
Pero no iba a animar a Pedro para ser cualquier agresivo y más desagradable de lo
que ya era, por lo que sólo recogió tantas linternas y faroles de batería como podía
llevar y empezó a subir las escaleras.
Deseaba que su tobillo no le doliera tanto para poder haber hecho un retiro más
digno.
—Deberías poner hielo en el tobillo —gritó Pedro tras ella.
Tomó todo su autocontrol para contener un fuerte y frustrado rugido de respuesta.
Miró en el salón para ver la cantidad de leña que estaba en el estante al lado de la
chimenea. Sólo un tronco.
Sabía a ciencia cierta que su madre había encargado una carga de leña cada
invierno, por lo que no habría ningún problema con eso al menos.
Volvió al cuarto de la entrada y se puso un abrigo diferente, uno grande y aislado
que pertenecía a su madre. No estaba ni cerca de elegante como el suyo rojo, pero
mucho más práctico. Luego se puso un par de guantes y abrió la puerta del garaje.
El gran estante para el suministro de leña estaba al otro lado del garaje, frente al
cobertizo de herramientas.
Se acercó a él, abrió la tapa de nylon, y tomó tres troncos, que era lo más que podía
llevar. Luego se dirigió de nuevo a la casa.
Casi había llegado a la puerta cuando Pedro apareció frente a ella, mirándola con
evidente fastidio.
—¿Por qué no esperaste y me dejaste hacer eso?
—¿Por qué habría de hacerlo? Soy perfectamente capaz de llevar a unos pocos
troncos.
Trató de quitárselos, pero ella se apartó de él, haciendo una mueca cuando se torció
el tobillo en el proceso.
—Maldita sea, Paula —murmuró.
Ella no respondió, llevando los troncos a la casa.
Él agarró un puñado por sí mismo y estaba llevándolos mientras ella fue por más.
Él no se opuso a nada más, lo cual estaba bien. El techo del garaje los mantenía
fuera del aguanieve, pero aun así era demasiado frío y ventoso para perder el
tiempo discutiendo.
Cuando habían traído suficiente para pasar la noche, Pedro cerró la puerta con
fuerza.
Dejó caer su abrigo de vuelta al suelo y parecía que iba a decir algo.
Ella habló antes de que él pudiera.
—No soy una niña o una inválida o una princesa mimada, y no me gusta ser
tratada como tal.
—No te estoy tratando como a cualquiera de esas cosas. Y, si no estuvieras tan
ridículamente decidida a actuar como invencible para que nadie piense que eres
una princesa mimada, no te negarías incluso a las ofertas más razonables de ayuda.
Ella se puso rígida con un destello de ira caliente.
—Acepto ayuda cuando la necesito y de la gente en quien confío. No necesito
ayuda de ti.
—Bueno, estás atrapada con mi ayuda, te guste o no.
—¿Cuál de estas palabras no entiendes? No necesito ninguna ayuda. Puedes
quedarte aquí, porque no puedes salir, pero eso no significa que tenga que
consentir que me presiones de esta forma en mis problemas y des órdenes a mí
alrededor. No estoy indefensa. Vivo por mi cuenta todo el tiempo. Y ni ahora, ni
nunca, necesitaré algo como un hombre grande y fuerte para venir a rescatarme.
Estaba tan furiosa que tembló con eso. Se las había arreglado para quitarse el
abrigo, así que lo colgó en la percha. Luego recogió el abrigo de Pedro y lo colgó
también.
Él se quedó mirándola, ella podía sentir que la miraba, mientras se deslizaba fuera
de las bota de nieve de su mamá y regresaba a la cocina.
Tan rápido como había subido, su ira mermó. De repente estaba agotada y
derrotada y ridículamente a punto de llorar.
Su tobillo le palpitaba. Su cabeza estaba empezando a doler. Se quedó varada en
esta casa grande con corrientes de aire. Se estaba haciendo más fría y más oscura
por momentos. Iba a tener que pensar en algo para la cena, y luego iba a tener que
dormir cerca de la chimenea, ya que sería el único lugar caliente en toda la casa.
No habría manera de escapar de Pedro.
A quien todavía quería. No importaba cuán profundamente sabía que nunca
debería quererlo de nuevo.
Ella fue a su dormitorio, ya que era la única intimidad que podía encontrar.
Se sentó en la cama y tiró de su pierna izquierda para inspeccionar el tobillo.
Dolía ahora peor que nunca.
Oyó un golpecito en la puerta.
—¿Qué quieres? —preguntó ella, más resignada que enojada.
—He venido con una ofrenda de paz.
No había paz que pudiera ofrecer que reparara la grieta entre ellos. Ambos estaban
atrapados aquí por la noche, sin embargo, y era absurdo para ellos para seguir
luchando.
—La puerta está abierta.
Abrió la puerta y entró, llevando una bolsa de gel congelada en una cubierta suave
azul que debía de haber encontrado en el congelador.
—¿Eso supone que es una ofrenda de paz? Se parece más a una orden encubierta.
—Esta no es la ofrenda de paz —respondió él, sentado en el borde de su cama y
tirando de su tobillo en su regazo.
Ella debería apartarse, pero no tenía la energía.
Él empezó a desenvolver la venda que ella había envuelto después de la ducha.
—Esta es una necesidad.
Ella hizo un gesto de impaciencia, pero ese fue el alcance de su respuesta. Cuando
él había desenvuelto la venda, suavemente dobló la bolsa de hielo alrededor de su
tobillo palpitante. Luego le entregó el ibuprofeno y una botella de agua que había
guardado en el bolsillo de su camisa.
Ella tomó las pastillas. Luego se echó hacia atrás y cerró los ojos.
—Gracias.
—Eso tampoco fue la ofrenda de paz.
Ella le dirigió una mirada silenciosa e inquisitiva.
—Lo siento —dijo él, sus ojos nunca dejaron su rostro—. Lo siento si yo fui
demasiado agresivo. Cuando me preocupo, tengo la mala costumbre de hacerme
cargo, pero no quise doblegarte.
Sonaba sincero. Pero entonces había sonado sincero cuando tenía diecinueve años y
le había dicho que ella era la chica más dulce y bonita que había conocido jamás.
Ella tomó una respiración que era sólo un poco inestable.
—Gracias. Lo siento si fui demasiado testaruda. Me pongo de esa forma cuando
soy doblegada.
La esquina de su boca se torció en esa forma irresistible que él tenía.
—Eso lo sé.
Ella debería estar enojada con él. Por muchas cosas. Pero él parecía como si
estuviera realmente tratando de ser amable, al menos para que pudieran pasar la
noche, y ella no tenía fuerzas para luchar más en este momento de todos modos.
Se dio cuenta de que su boca tambaleaba ligeramente, casi respondiendo a su
sonrisa.
Él movió su pie sobre la cama con cuidado y se levantó.
—Voy a hacer una hoguera en la chimenea. Debes mantener la bolsa de hielo sobre
el tobillo durante al menos diez minutos.
Ella arqueó las cejas.
—Sólo si quieres, por supuesto, pero estoy seguro de que eres lo suficientemente
inteligente como para saber que hay que hacer.
Ella resopló, medio divertida y medio indignada. No estaba segura de cual
sentimiento tenía el control.
Se quedó en la cama con la bolsa de hielo en el tobillo, sin embargo. Empezaba a
sentirse un poco mejor.
Empezó a sentirse helada, ya que el radiador en la habitación no estaba apagando el
frío, así que puso una manta de ganchillo sobre ella. Se hacía más oscuro en la
habitación, lo cual la hizo sentir somnolienta.
Antes de darse cuenta de lo que pasaba, ella en realidad se había quedado dormida.
No durmió mucho o muy profundamente porque se despertó cuando sintió que
algo cambió en su pie.
Pedro había venido de nuevo, tomó la bolsa de hielo de su tobillo, y lo estaba
envolviendo de nuevo.
Ella parpadeó aturdida, ligeramente desorientada.
Estaba aún más desorientada por la mirada extrañamente suave en sus ojos.
—Se está poniendo helado aquí —murmuró—. ¿Quieres venir a la sala de estar?
Tengo la hoguera yendo bien.
Ella asintió con la cabeza, ya que sin duda se estaba congelando, y se las arregló
para empujarse hacia arriba a una posición sentada.
Él se agachó para ayudarla a levantarse.
—No debes poner peso sobre el tobillo. Me gustaría cargarte, pero tengo la
sensación de que la generosa oferta sería rechazada.
—Definitivamente sería rechazada. —Ella se inclinó sobre él un poco, y no podía
dejar de gustarle cuan esbelto, sólido y cálido era su cuerpo, incluso a través de su
ropa.
—Tú te lo pierdes.
Su voz sonaba extraña, con más textura de la que normalmente tenía, así que ella
levantó la mirada para buscar su rostro.
Se congeló al ver la expresión de sus ojos. Sus labios se separaron, y ella no podía
apartar la mirada.
Lucía como calor, carcajadas, cariño, ternura, todo se mezclaba en sus ojos cuando
la miraba.
Ella lo quería. Lo necesitaba. Era lo que siempre había querido. Se estiró hacia él
sin ningún pensamiento consciente.
Él inclinó la cabeza hacia abajo. Entonces la estaba besando.
Y ella lo estaba besando de regreso.
Su brazo alrededor de su cintura apretada, presionándose más firmemente contra su
pecho. Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello mientras sus labios se
movieron contra los de ella, primero suavemente, cuidadosamente, como si él
estuviera aprendiendo sus respuestas.
El placer y la emoción rugieron en sus oídos mientras su cuerpo se ablandaba en
contra de él. Cuando ella sintió su coqueta lengua entre sus labios, se abrió para él
ansiosamente.
Su lengua acarició la cara inferior de cada labio y luego se enredó con la suya. Se
sentía tan bien que ella gemía suavemente y movió una mano para agarrar su cabeza
y mantenerla en su lugar.
Sus labios se separaron de los de ella brevemente, pero sólo para reajustar su cabeza.
—Paula. —Le oyó respirar—. Paula.
Ella gimió una respuesta cuando él profundizó el beso una vez más. Todo su
cuerpo palpitaba en respuesta y la excitación apretó dolorosamente entre sus
piernas.
Luego ella reajustó su peso y sintió una repentina sacudida de dolor en su tobillo.
Ella rompió el beso abruptamente con un sonido ahogado.
—¿Estás bien? —le preguntó, su abrazo inmediatamente convirtiéndose en apoyo
en vez de apasionado.
—Sí. Sólo mi tobillo. —Sus mejillas estaban rojas ya, pero se sonrojó aún más al
darse cuenta de lo que había estado haciendo.
Besando a Pedro Alfonso. Como si fuera cualquier otro hombre atractivo.
Como si no fuera el hombre que tan cruelmente le había roto el corazón.
Él debía pensar que ella era la presa más fácil en el mundo, enamorándose de él no
una, sino dos veces. El entendimiento dolió más de lo que había pensado que
podía, pero ella no iba a dejarle saberlo.
Podría ser una idiota, pero no era débil.
Cuando levantó la vista de nuevo, él parecía estar inclinándose hacia otro beso, esa
misma ternura caliente ardiendo en sus ojos.
Le puso una mano en el pecho para empujarlo lentamente.
—Espero que la disculpa fuera la ofrenda de paz y no el beso —dijo ella, satisfecha
de que su voz era ligera y poco ventosa, como si besarlo fuera una actividad
divertida, pero nada importante—. Porque el beso definitivamente no va a
funcionar.
viernes, 17 de abril de 2015
"UNA NOCHE EN LA TORMENTA DE HIELO" CAP 1
El día de Paula Chaves estaba empeorando por momentos.
Su jefe le había dado la tarde libre en la oficina, ya que ningún trabajo
se iba a hacer en el día antes de la víspera de Navidad de todos modos.
El tiempo había estado bien cuando salió de Richmond, nublado pero seco, pero
entonces el aguanieve comenzó y siguió empeorando. En el momento en que había
llegado a la casa de su madre, los caminos eran apenas pasables. Había patinado
una vez y tuvo la suerte de no haber terminado en una zanja.
El viaje duró una hora más de lo normal, y cuando llegó descubrió que su madre
no estaba aún en casa.
—Simplemente fantástico —se quejó ella, frunciendo el ceño en el teléfono,
aunque, obviamente, su hermano no podía ver su expresión—. ¿Así que estoy aquí
sola atrapada en medio de una tormenta de hielo?
—Mira, lo siento —respondió Gonzalo—. Nadie esperaba que la tormenta llegara tan
rápido. Pero mamá y yo estamos atrapados en la ciudad. Estamos en mi casa ahora,
pero vamos a tratar de llegar a la casa esta tarde, cuando el hielo afloje.
Paula trató de no quejarse, ya que no fue culpa de Gonzalo. Había sido amable de su
parte llevar a su madre a hacer las últimas compras de Navidad.
Ella había crecido en esta casa, a diez millas fuera de la ciudad más cercana en un
pequeño condado rural montañoso del sudoeste de Virginia, y ellos habían estado
atrapados por el invierno anteriormente.
Simplemente no la puso en el espíritu navideño.
—Oh, y lo siento por agregarte molestias, pero... —Gonzalo se apagó de forma
inesperada.
—Pero, ¿qué?
—Pedro está de camino a casa. —La columna de Paula se puso rígida casi
dolorosamente.
—¿Qué?
—Tomé prestada su sierra circular para trabajar en la plataforma de mamá y me
olvidé devolverla, así que está pasando a recogerla.
—¿Por qué va a venir a buscar una sierra en medio de una tormenta?
—No estaba tan mal cuando empezó. Él estaba trabajando en un trabajo para
Gilman, por lo que la casa estaba en su camino de regreso. De todos modos, llamó
hace unos minutos, y no está muy lejos.
—Maldita sea, Gonzalo. No quiero verlo.
—Lo siento, pero me temo que no tienes elección, a menos que desees ocultarte en
tu habitación y pretender que no estás ahí.
Gonzalo no sonaba remotamente arrepentido. De hecho, parecía que podría estar
burlándose.
—Esto es serio para mí —dijo ella, apretando una mano en un puño.
—Sé que no es tu persona favorita, pero no puede ser la gran cosa. No te
esperábamos hasta la noche, por lo que se debería haber ido para el momento en
que tú llegaras.
—¿No es mi persona favorita? —repitió—. No lo soporto. No puedo soportar estar
aún a su alrededor.
Gonzalo se quedó en silencio por más tiempo de lo que esperaba. Finalmente, dijo:
—No me di cuenta que estabas todavía tan colgada en esto. Lo ves a tu alrededor
casi cada vez que nos visitas.
—Eso es diferente. Eso no es quedarme varada con él en una tormenta de esta
manera. Sabes lo que me hizo.
—Pero siempre has actuado como si no fuera la gran cosa, y eso fue hace muchos
años. Un drama adolescente normal. Siempre pensé que lo habías superado.
Ella tragó saliva, apretando un dolor familiar en el pecho al pensar en lo que ella no
trataba de pensar.
—No fue un drama adolescente. Simplemente no lo fue.
Pedro Alfonso había sido el mejor amigo de su hermano desde la escuela primaria.
Dos años más joven que ellos, Paula había tenido un flechazo tonto con Pedro
desde que podía recordar. Finalmente, el verano en que tenía diecisiete años, había
comenzado a mostrar su atención.
Había sido el mejor verano de su vida, salir con Pedro durante horas todos los días,
compartiendo con él los sueños y los miedos que nunca le había dicho a nadie. El
verano llegó a su clímax. Había llegado, literalmente, en una manta debajo del viejo
sauce en la propiedad de su familia. Ella era virgen, pero había confiado en él por
completo. Él había sido tan dulce, gentil y apasionado, y había sido mejor de lo que
podía haber imaginado.
Hasta un par de días después, cuando la había dejado por completo.
Él no había roto aún con ella, sólo la evitaba hasta que ella entendiera el mensaje.
Él nunca llamó, nunca pasó por allí, y actuaba como si no existiera cuando se
encontraban el uno al otro por la ciudad.
Paula había estado con el corazón roto, pero había entendido exactamente lo que
sucedió.
Ella nunca había significado nada para Pedro, no importa lo mucho que su
estupidez adolescente le había permitido creer que realmente se preocupaba por
ella. Ella había sido una forma de pasar el tiempo para él durante un verano lento.
Una vez que había conseguido lo que quería de ella, había pasado de ella sin
dudarlo.
El recuerdo de aquel verano, su risa, el peso de su brazo alrededor de sus hombros,
la sensación de él moviéndose dentro de ella con tanto cuidado, la expresión de sus
ojos cuando él había llegado, todavía tenía el poder de hacer que sus ojos dolieran,
que le doliera el pecho.
Incluso ocho años después.
—Sé que te duele —dijo Gonzalo, la risa desapareció de su voz—. Y parece que te
duele más de lo que me di cuenta. Pero se acabó hace años. Es un tipo realmente
bueno.
—Un buen tipo no me habría hecho eso. No entiendo cómo esperas que lo
perdone.
—No entiendes, Pau. No sabes… —se interrumpió bruscamente, a media frase.
—Exactamente, ¿qué es lo que no sé?
—Nada. Este no es el momento de hablar de ello. El punto es que Pedro está en
camino, así que mantenlo vigilado. Esperemos que la tormenta pase pronto, y
mamá y yo podamos salir esta noche.
—Bien —dijo Paula, se despidió y colgó, mirando por la amplia ventana
panorámica de la sala de estar de su madre.
El aguanieve caía duro ahora, congelando cualquier superficie que tocara: los
árboles, la hierba, la piedra del patio embellecido, el largo camino de entrada.
Pedro definitivamente iba a estar atrapado aquí, pensó. No debería estar en las
carreteras en absoluto. No en este tipo de hielo. No sería seguro para él volver a la
ciudad hasta que el tiempo mejorara.
Ella tragó duro.
Como si lo hubiera llamado con sus pensamientos, vio su familiar camioneta roja,
la misma que había estado conduciendo desde la escuela secundaria, acercarse
lentamente a la carretera comarcal que corría a lo largo del lado más alejado del
patio frontal de gran tamaño.
Ella se había sentado en el asiento del pasajero de la camioneta más veces de las que
podía recordar, oyendo hablar a Pedro sobre sus planes para comenzar un negocio
de carpintería, cantando sin inhibiciones a la radio, besándolo por demasiado
tiempo antes de que él la dejara por las noches.
Pedro era ahora uno de los contratistas más exitosos en el condado, incluso tan
joven como era, pero él no había renunciado aún a su vieja camioneta.
Mientras ella miraba, el camión comenzó a deslizarse, amenazando con girar antes
de que Pedro se estabilizara.
Ese camino había estado bastante mal cuando Paula llegó una media hora antes.
Debía ser una capa de hielo ahora.
Pedro iba despacio, y él lo hizo sin más incidentes hasta que empezó a virar hacia el
largo camino que conducía a la casa.
Prácticamente sin tracción, no podía dar la vuelta, y el camión se salió de control,
llegando casi por una nariz a la zanja.
La respiración de Paula se había atrapado en su garganta mientras ella miraba,
pero la dejó escapar en un silbido cuando vio que el daño no se veía muy grave.
Ella esperó, anticipando ver a Pedro intentar hacer una maniobra para sacar el
camión de la zanja, aunque no podía imaginar que podía hacerlo con eficacia hasta
que el hielo hubiera desaparecido.
La camioneta no se movió. Los neumáticos no parecían estar girando, aunque
estaba demasiado lejos para saberlo con certeza.
Siguió mirando, asumiendo que Pedro ahora saldría trepando de la camioneta y
caminaría a la casa.
No llegó, sin embargo. Por demasiado tiempo.
Tal vez estaba herido.
Sin pensarlo, tomó su abrigo de cachemir rojo nuevo y lo arrojó sobre ella mientras
se apresuraba a salir por la puerta lateral.
El viento estaba escociendo de frío y el aguanieve golpeaba en la piel desnuda de su
rostro como balas. Agachó la cabeza y trató de darse prisa, irracionalmente asustada
de que Pedro pudiera estar lastimado.
No le había parecido un accidente peligroso, pero entonces, ¿por qué no estaba
saliendo de la camioneta?
El camino estaba tan resbaladizo que patinó, mientras caminaba se tambaleó a su
manera por el camino.
Se estaba moviendo demasiado rápido cuando finalmente se acercó, y se deslizó
hacia el lado del pasajero de la camioneta.
Se detuvo abruptamente cerrando de golpe en ella, sacudiendo su cuerpo
incómodo.
Se deslizó hacia la puerta del pasajero y trató de abrirla, pero sus manos estaban casi
entumecidas, ya que ella había estado demasiado distraída para ponerse los guantes,
y esta puerta siempre había tenido una tendencia a pegarse de todos modos.
Ella se estremeció y apretó y resopló con frustración, tratando de tirar la puerta
abierta. El hielo había cubierto en su mayoría la ventana, por lo que ni siquiera
podía ver el interior muy bien para asegurarse de que Pedro estaba bien.
De repente, la puerta se estaba abriendo, presionada desde el interior. Ella casi se
volcó por el impulso inesperado de la puerta.
—¿Qué demonios estás haciendo? —exigió una voz masculina desde el interior.
Pedro se había inclinado para abrir la puerta del pasajero, y ahora la estaba
mirando—. Te vas a romper el tobillo o congelar hasta la muerte allí.
Paula jadeó de indignación cuando ella trató de atrapar la caída aferrándose al
asiento de la camioneta. Se las arregló para descorrerse a una posición estable.
—Pensé que estabas herido. No salías, ¿qué estás haciendo simplemente sentado
aquí?
La vista del familiar rostro de Pedro, sus bien esculpidos rasgos, ojos oscuros, su
barba incipiente, el pelo castaño corto, hizo que su estómago se retorciera de dolor.
Cada vez que lo veía, parecía más maduro y más guapo. Su atracción instintiva se
agravaba con la molestia en su tono, cuando se había salido de su camino para
ayudarle.
—Estaba hablando con tu hermano. Ni siquiera sabía que estabas en casa hasta que
me dijo. —Pedro mostró su smartphone, con el que obviamente acababa de colgar
con Gonzalo—. Entra en el camión antes de que pesques una pulmonía.
—No voy a entrar en el camión —espetó ella—. Nunca vas a salir de la zanja con
este tiempo, y si lo haces, vas a terminar en la cuneta más adelante en el camino de
entrada. Vas a tener que dejar tu precioso camión y caminar de regreso a la casa
como una persona cuerda.
Su voz era fuerte por la necesidad de hacerse oír por encima del viento azotando su
pelo rubio suelto y ropa húmeda.
Su voz podría haber sido un poco más fuerte de lo que tenía que ser.
Él rodó los ojos, impaciente, ya fuera por su tono de voz o por la situación, pero él
cavó en los bolsillos de su abrigo y sacó sus guantes de lana y cuero.
—Toma —dijo, empujándolos hacia ella—. Usa esto. ¿Por qué demonios saliste de
casa sin guantes?
Los dedos de Paula estaban de un color rojo asustadizo ahora y tan fríos que
apenas podía sentirlos. Pero ella no iba a tolerar ese tipo de tratamiento.
Sobre todo de él.
Pedro la había follado y dejado cuando tenía diecisiete años, y no había sido
inteligente o lo suficientemente madura como para evitarlo cuando sucedió. Pero
era una adulta ahora, y él no le iba a dar una reprimenda como una niña tonta.
En realidad había venido aquí en el hielo para ayudar al muy idiota.
En vez de darle la réplica descortés que saltó a los labios, le dijo con frialdad:
—Puesto que es obvio que no necesitas mi ayuda, puedes regresar a la casa por tu
cuenta o congelarte hasta la muerte con tu camión, lo que prefieras.
Luego cerró de golpe la puerta del pasajero, un movimiento que sacudió sus manos
con dolor, y comenzó a caminar, deslizarse, de nuevo a la casa.
Para su horror, ella estaba a punto de llorar. Debido a que estaba en un pueblo tan
pequeño y él seguía siendo el mejor amigo de su hermano, ella todavía se topaba
con Pedro frecuentemente cuando venía a visitar a su familia, en promedio una vez
al mes. Usualmente era capaz de actuar como si no existiera, o incluso responderle
con cortesía desinteresada.
Esta confrontación directa, sin embargo, aparte del esfuerzo y las molestias de la
caminata por la nieve, trajo a la superficie toda su vieja herida y la ira.
Su hermano tenía razón. Ella debería haberlo superado ya. Pedro no debería
significar mucho para ella todavía. Ella no debería reaccionar así por ninguna
razón.
Lo odiaba aún más por hacerla sentir tan joven, tan indefensa.
Su abuelo había sido el hombre más influyente en el condado antes de su muerte el
año pasado. Había poseído tres concesionarios de automóviles lucrativos y tenía sus
manos en todos los aspectos de la política local. Su familia había fundado esta
ciudad generaciones atrás. Durante toda su vida, la gente había asumido que era
una princesa mimada, no importaba lo mucho que lo había intentado probarse a sí
misma de otra manera.
Odiaba sentirse de esa manera, como si nadie pensara que ella fuera capaz de
conquistar su propia parte del mundo.
Su caminar por el sendero era inestable y torpe, ya que sus pequeños botines no
tenían absolutamente ninguna tracción sobre el hielo.
No miró hacia atrás para ver si Pedro la siguió, a pesar de que desesperadamente
quería hacerlo.
Ella había llegado a más de medio camino de la casa cuando uno de sus pies resbaló
en la capa de hielo que cubre el pavimento, y perdió por completo el equilibrio.
Ella cayó en una postura desgarbada y despatarrada, el hielo quemaba de frío la piel
de las palmas mientras se contuvo. Uno de sus tobillos se torció debajo de ella.
Lo único que podía procesar, tan irracional como ella sabía que era, era que este lío
terrible era completamente culpa de Pedro.
Sin previo aviso, unas manos fuertes comenzaron a levantarla por los brazos.
Sorprendida y desorientada, luchó contra ellos instintivamente.
—Maldita sea, Paula. —Pedro rechinó los dientes, inclinándose de nuevo y
consiguiendo un mejor agarre en la cintura para que pudiera ayudarla a ponerse en
pie—. ¿Por qué eres tan tremendamente terca?
Él era mucho más fuerte que ella, así que no tuvo la posibilidad de elegir ponerse
de pie. Naturalmente, ella hubiera querido permanecer en el suelo helado, pero sus
dientes castañeteaban de frío y furia mientras se enderezaba. Estaba a punto de
decirle muy claramente que entre ellos dos, él era el terco cuando su peso cayó
sobre su pie izquierdo.
Eso lastimó mucho sus rodillas dobladas, y tuvo que agarrar los brazos de Pedro
para no caer de nuevo.
—¿Qué es? —exigió, sonando más autoritario que interesado—. ¿Tu tobillo?
—Estoy bien. Sólo se torció. —Ella lo soltó y se obligó a dar un paso. Le dolía.
Mucho. Lo ignoró, sin embargo.
Cuando los niños de su clase en la escuela se habían reído de su insistencia en que
las niñas podían trepar a los árboles, igual que los niños, su orgullo la había
obligado a demostrar su valía al subir el mismo alto árbol en que todos los chicos
estaban, a pesar de que había estado temblando de miedo cuando había llegado a
las ramas más altas.
Cuando Pedro la había dejado aquel verano, hace ocho años, su orgullo la había
obligado a evitar que nadie supiera lo mucho que la había aplastado.
Sin duda tenía el orgullo suficiente como para llegar a la casa con un tobillo torcido
ahora.
—Estás siendo absolutamente ridícula —dijo Pedro, cayendo a su lado y
tomándola de un brazo cuando ella se deslizó de nuevo—. Puedes ser invencible,
una vez que regreses a la casa, pero vas a tener que aguantar mi ayuda hasta
entonces.
Ella abrió la boca con indignación y luego se arrepintió, dado que la entrada de aire
frío le dolía la garganta.
—No estaría aquí afuera en absoluto si no hubieras sido tan estúpido como para
hacer conducir tu camioneta a una zanja, así que no me hables de hacer el ridículo.
—Él la ignoró, demasiado preocupado con agarrar cada una de sus muñecas, darlas
vuelta y poner sus grandes guantes de cuero en sus manos —. Te dije…
—Ya sé lo que me dijiste, pero no voy a ser culpado porque te congeles.
No tuvo la oportunidad de hacerle saber lo absolutamente absurdo que era la idea
de conseguir congelarse en el tiempo que se tardó en caminar desde el camión a la
casa porque estaba empezando a moverse de nuevo.
Dado que su brazo estaba alrededor de su cintura, apoyando su peso, no tenía más
remedio que caminar con él.
—¿Por qué llevas unos zapatos tan ridículos? —murmuró, mirando hacia abajo a
sus botas de cuero de tacón alto—. No me extraña que sufrieras un esguince en un
tobillo.
—No tenía la intención de caminar en el hielo, ¿recuerdas? —Ella tuvo que luchar
contra el impulso de alejarse de él. Odió la sensación de su cuerpo fuerte y esbelto
contra el de ella, la sensación de su brazo alrededor de su cintura, incluso a través
de varias capas de tela gruesa. Sería mezquino y contraproducente alejarse, sin
embargo, eso sólo sería prolongar el viaje tortuoso hacia la casa—. Tomé el camino
directo del trabajo, y no había tenido tiempo de cambiarme cuando terminaste en
la cuneta.
Él hizo un sonido como un gruñido, pero no tomó la forma de las palabras. Ella lo
ignoró.
Finalmente cojearon caminando a la puerta lateral de la casa, y Paula estaba tan
fría, húmeda y enojada que sólo se sentó en el banquillo en el cuartito de la
entrada, tratando de recordar la última vez que había estado tan miserable.
El aire caliente de la casa la rodeaba como un abrazo, pero su piel estaba agrietada,
su tobillo le palpitaba, sus dientes castañeteaban, y sus manos estaban aún
adormecidas, a pesar de los guantes de Pedro.
Pedro se sacudió como un perro y luego se deshizo de su chaqueta para
convenientemente dejarla caer sobre el suelo de baldosas.
Llevaba botas de montañista, pantalones desgastados y una camisa de franela gris
debajo de una camiseta térmica. Lucía robusto, masculino, y tan atractivo que
Paula no podía soportar mirarlo.
Este hecho la enloqueció un poco más.
Él frunció el ceño hacia ella.
—No te limites a sentarte con esa ropa mojada. Muévete.
Lo miró a los ojos. Él siempre había sido un poco mandón, lo recordaba muy bien
desde que habían estado juntos cuando niños, pero este comportamiento era
escandaloso.
—No creo haberte pedido un consejo. —Se alegró de que su tono sonara fresco y
noble en lugar de petulante.
—Gonzalo nunca me perdonaría si dejo que pesques una neumonía. Por no hablar de
tu mamá. ¿Te imaginas como me sermonearía?
—No voy a tener neumonía. No seas melodramático. —Ella sacó el hombro de su
chaqueta, sin embargo, y se inclinó para desabrochar sus bonitas y poco prácticas
botas.
—¿Cómo está tu tobillo? —le preguntó, mirando mientras ella presionaba en él,
tratando de comprobar su estado.
—Está bien. Sólo torcido. —Se sentía como más que un esguince, pero no iba a
hacer un escándalo. Sobre todo delante de Pedro.
—Vamos —dijo él, estirando una mano hacia ella—. Necesitas entrar en calor.
Ella no se opuso, ya que sus dientes seguían castañeando. Dejó que le pasara un
brazo alrededor de ella de nuevo para que pudiera apoyarse en él mientras
caminaban.
Era peor esta vez, ahora que no llevaban abrigos gruesos. Podía sentir su calor, oler
su aroma familiar, y sentir la sustancia sólida de su cuerpo bajo sus ropas.
La condujo hacia el radiador en la cocina, que estaba convenientemente ubicado
cerca de la mesa de la cocina. Se sentó en una silla frente al agradable calor
flotando, finalmente, tuvo la valentía de quitarse los guantes.
Sus manos le dolían como el infierno.
Había estado usando los guantes de Pedro, sin embargo, lo que significaba que él
no había usado ningunos. Así que no iba a quejarse de que sus manos estaban en
carnes vivas y entumecidas.
Tenía las manos más cerca del radiador y trató de no estremecerse cuando el calor
las golpeó.
Él se sentó en una silla al lado de ella y, sin hablar, tomó una de sus manos entre las
suyas, frotando suavemente para restablecer la circulación.
Trabajaba con sus manos todos los días, lo había hecho toda su vida, por lo que
eran ásperas, fuertes y callosas. Pero estaban suaves mientras le masajeaba los dedos
congelados, y él no dijo una palabra.
Ni siquiera la estaba mirando, sus ojos enfocaron hacia abajo en sus manos.
Por alguna razón, sin ninguna buena razón, sintió que sus ojos quemaban con
lágrimas y sintió un nudo en la garganta.
Ella siempre había pensado que él era gentil debajo de su exterior resistente. Así fue
como había parecido mientras crecían. Él golpeó matones en la escuela y cuidaba
de los perros callejeros. La había ayudado con su auto, con sus proyectos de
ciencias, y con los niños que no la dejaban en paz, mucho antes de que él pensara
en ella como algo más que la hermana pequeña de su amigo.
Había sido tan cuidadoso, casi tierno cuando habían hecho el amor bajo ese árbol.
Había estado ansioso, pero se dio cuenta de que estaba nerviosa, así que había ido
muy despacio para asegurarse de ella lo disfrutara también.
Incluso en los últimos años, no podía dejar de ver la forma en que silenciosamente
ayudó a personas que lo necesitaban, arando la nieve de las calzadas para algunas
mujeres de edad avanzada en la iglesia que nunca serían capaces de permitirse el
lujo de pagar, manteniendo alejado de problemas a Gonzalo cuando había pasado por
un divorcio amargo hace dos años y pudo haber bebido hasta el estupor.
Paula sólo no podía entender. Cómo Pedro era capaz de tener un buen corazón.
Cómo podía masajear sus manos con tanta suavidad, incluso ahora.
Y aun así haber pisoteado su corazón en el barro ocho años atrás.
Tuvo que cerrar los ojos, ya que por un momento estaba segura de que iba a llorar.
Probablemente fue sólo tras el frío y el esfuerzo, pero su corazón le dolía tanto
como su cuerpo.
Pedro se había trasladado a la otra mano, y sus dedos no estaban tan dolorosos.
Había dejado de temblar.
Y ahora estaba sentada delante de un radiador teniendo pensamientos suaves sobre
el hombre que se suponía que debía odiar.
Ella apartó la mano de la suya y se obligó a ponerse de pie.
—Tengo que cambiarme de ropa.
Llevaba un elegante traje de pantalón de rayas grises, favorecedor, y más caro de lo
que realmente podía pagar. La mitad inferior de sus pantalones estaban empapados.
Se puso de pie también, y ella podía sentir sus ojos oscuros buscando su rostro.
Esperaba que él no viera cuan emocional se había puesto, ya que pensó que había
logrado controlar su expresión, pero él se acercó y pulsó suavemente una lágrima
perdida que no se había dado cuenta había caído desde su ojo.
—Paula —dijo, con la voz extrañamente espesa. Su frente bajó como si estuviera
tratando de encontrar algo mejor.
Estaba probablemente preguntándose si ella estaba realmente tan deplorable como
parecía, aun fantaseando por un hombre que la había dejado casi una década atrás.
No podía soportar que él pensara eso. Se había humillado lo suficiente para un día.
—Siéntete como en tu casa —dijo ella, poniendo la pose de indiferencia que la
había protegido durante todos estos años—. Parece que tendrás que aguantar aquí
por un tiempo.
Ella cojeó hacia su maleta, que había dejado en el pasillo cuando llegó para
encontrar una casa vacía, pero Pedro le ganó de mano. Llevó su equipaje a su
habitación, la misma habitación en la que había dormido toda su vida, y murmuró
gracias antes de cerrarle la puerta en las narices.
Podía salir de esto. El tiempo esperanzadoramente debería aclarar antes de la noche.
Era una adulta. Era una exitosa profesional. Había salido con muchos hombres
desde que había estado enamorada de Pedro en aquel entonces.
Quedarse con él durante un día no era el fin del mundo.
Simplemente él ya no significaba mucho para ella.
HOLA HOLA!! SUBO DE A UNO PORQUE ES MUUUUY CORTITA!
BUENAS NOCHES!! ♥
Su jefe le había dado la tarde libre en la oficina, ya que ningún trabajo
se iba a hacer en el día antes de la víspera de Navidad de todos modos.
El tiempo había estado bien cuando salió de Richmond, nublado pero seco, pero
entonces el aguanieve comenzó y siguió empeorando. En el momento en que había
llegado a la casa de su madre, los caminos eran apenas pasables. Había patinado
una vez y tuvo la suerte de no haber terminado en una zanja.
El viaje duró una hora más de lo normal, y cuando llegó descubrió que su madre
no estaba aún en casa.
—Simplemente fantástico —se quejó ella, frunciendo el ceño en el teléfono,
aunque, obviamente, su hermano no podía ver su expresión—. ¿Así que estoy aquí
sola atrapada en medio de una tormenta de hielo?
—Mira, lo siento —respondió Gonzalo—. Nadie esperaba que la tormenta llegara tan
rápido. Pero mamá y yo estamos atrapados en la ciudad. Estamos en mi casa ahora,
pero vamos a tratar de llegar a la casa esta tarde, cuando el hielo afloje.
Paula trató de no quejarse, ya que no fue culpa de Gonzalo. Había sido amable de su
parte llevar a su madre a hacer las últimas compras de Navidad.
Ella había crecido en esta casa, a diez millas fuera de la ciudad más cercana en un
pequeño condado rural montañoso del sudoeste de Virginia, y ellos habían estado
atrapados por el invierno anteriormente.
Simplemente no la puso en el espíritu navideño.
—Oh, y lo siento por agregarte molestias, pero... —Gonzalo se apagó de forma
inesperada.
—Pero, ¿qué?
—Pedro está de camino a casa. —La columna de Paula se puso rígida casi
dolorosamente.
—¿Qué?
—Tomé prestada su sierra circular para trabajar en la plataforma de mamá y me
olvidé devolverla, así que está pasando a recogerla.
—¿Por qué va a venir a buscar una sierra en medio de una tormenta?
—No estaba tan mal cuando empezó. Él estaba trabajando en un trabajo para
Gilman, por lo que la casa estaba en su camino de regreso. De todos modos, llamó
hace unos minutos, y no está muy lejos.
—Maldita sea, Gonzalo. No quiero verlo.
—Lo siento, pero me temo que no tienes elección, a menos que desees ocultarte en
tu habitación y pretender que no estás ahí.
Gonzalo no sonaba remotamente arrepentido. De hecho, parecía que podría estar
burlándose.
—Esto es serio para mí —dijo ella, apretando una mano en un puño.
—Sé que no es tu persona favorita, pero no puede ser la gran cosa. No te
esperábamos hasta la noche, por lo que se debería haber ido para el momento en
que tú llegaras.
—¿No es mi persona favorita? —repitió—. No lo soporto. No puedo soportar estar
aún a su alrededor.
Gonzalo se quedó en silencio por más tiempo de lo que esperaba. Finalmente, dijo:
—No me di cuenta que estabas todavía tan colgada en esto. Lo ves a tu alrededor
casi cada vez que nos visitas.
—Eso es diferente. Eso no es quedarme varada con él en una tormenta de esta
manera. Sabes lo que me hizo.
—Pero siempre has actuado como si no fuera la gran cosa, y eso fue hace muchos
años. Un drama adolescente normal. Siempre pensé que lo habías superado.
Ella tragó saliva, apretando un dolor familiar en el pecho al pensar en lo que ella no
trataba de pensar.
—No fue un drama adolescente. Simplemente no lo fue.
Pedro Alfonso había sido el mejor amigo de su hermano desde la escuela primaria.
Dos años más joven que ellos, Paula había tenido un flechazo tonto con Pedro
desde que podía recordar. Finalmente, el verano en que tenía diecisiete años, había
comenzado a mostrar su atención.
Había sido el mejor verano de su vida, salir con Pedro durante horas todos los días,
compartiendo con él los sueños y los miedos que nunca le había dicho a nadie. El
verano llegó a su clímax. Había llegado, literalmente, en una manta debajo del viejo
sauce en la propiedad de su familia. Ella era virgen, pero había confiado en él por
completo. Él había sido tan dulce, gentil y apasionado, y había sido mejor de lo que
podía haber imaginado.
Hasta un par de días después, cuando la había dejado por completo.
Él no había roto aún con ella, sólo la evitaba hasta que ella entendiera el mensaje.
Él nunca llamó, nunca pasó por allí, y actuaba como si no existiera cuando se
encontraban el uno al otro por la ciudad.
Paula había estado con el corazón roto, pero había entendido exactamente lo que
sucedió.
Ella nunca había significado nada para Pedro, no importa lo mucho que su
estupidez adolescente le había permitido creer que realmente se preocupaba por
ella. Ella había sido una forma de pasar el tiempo para él durante un verano lento.
Una vez que había conseguido lo que quería de ella, había pasado de ella sin
dudarlo.
El recuerdo de aquel verano, su risa, el peso de su brazo alrededor de sus hombros,
la sensación de él moviéndose dentro de ella con tanto cuidado, la expresión de sus
ojos cuando él había llegado, todavía tenía el poder de hacer que sus ojos dolieran,
que le doliera el pecho.
Incluso ocho años después.
—Sé que te duele —dijo Gonzalo, la risa desapareció de su voz—. Y parece que te
duele más de lo que me di cuenta. Pero se acabó hace años. Es un tipo realmente
bueno.
—Un buen tipo no me habría hecho eso. No entiendo cómo esperas que lo
perdone.
—No entiendes, Pau. No sabes… —se interrumpió bruscamente, a media frase.
—Exactamente, ¿qué es lo que no sé?
—Nada. Este no es el momento de hablar de ello. El punto es que Pedro está en
camino, así que mantenlo vigilado. Esperemos que la tormenta pase pronto, y
mamá y yo podamos salir esta noche.
—Bien —dijo Paula, se despidió y colgó, mirando por la amplia ventana
panorámica de la sala de estar de su madre.
El aguanieve caía duro ahora, congelando cualquier superficie que tocara: los
árboles, la hierba, la piedra del patio embellecido, el largo camino de entrada.
Pedro definitivamente iba a estar atrapado aquí, pensó. No debería estar en las
carreteras en absoluto. No en este tipo de hielo. No sería seguro para él volver a la
ciudad hasta que el tiempo mejorara.
Ella tragó duro.
Como si lo hubiera llamado con sus pensamientos, vio su familiar camioneta roja,
la misma que había estado conduciendo desde la escuela secundaria, acercarse
lentamente a la carretera comarcal que corría a lo largo del lado más alejado del
patio frontal de gran tamaño.
Ella se había sentado en el asiento del pasajero de la camioneta más veces de las que
podía recordar, oyendo hablar a Pedro sobre sus planes para comenzar un negocio
de carpintería, cantando sin inhibiciones a la radio, besándolo por demasiado
tiempo antes de que él la dejara por las noches.
Pedro era ahora uno de los contratistas más exitosos en el condado, incluso tan
joven como era, pero él no había renunciado aún a su vieja camioneta.
Mientras ella miraba, el camión comenzó a deslizarse, amenazando con girar antes
de que Pedro se estabilizara.
Ese camino había estado bastante mal cuando Paula llegó una media hora antes.
Debía ser una capa de hielo ahora.
Pedro iba despacio, y él lo hizo sin más incidentes hasta que empezó a virar hacia el
largo camino que conducía a la casa.
Prácticamente sin tracción, no podía dar la vuelta, y el camión se salió de control,
llegando casi por una nariz a la zanja.
La respiración de Paula se había atrapado en su garganta mientras ella miraba,
pero la dejó escapar en un silbido cuando vio que el daño no se veía muy grave.
Ella esperó, anticipando ver a Pedro intentar hacer una maniobra para sacar el
camión de la zanja, aunque no podía imaginar que podía hacerlo con eficacia hasta
que el hielo hubiera desaparecido.
La camioneta no se movió. Los neumáticos no parecían estar girando, aunque
estaba demasiado lejos para saberlo con certeza.
Siguió mirando, asumiendo que Pedro ahora saldría trepando de la camioneta y
caminaría a la casa.
No llegó, sin embargo. Por demasiado tiempo.
Tal vez estaba herido.
Sin pensarlo, tomó su abrigo de cachemir rojo nuevo y lo arrojó sobre ella mientras
se apresuraba a salir por la puerta lateral.
El viento estaba escociendo de frío y el aguanieve golpeaba en la piel desnuda de su
rostro como balas. Agachó la cabeza y trató de darse prisa, irracionalmente asustada
de que Pedro pudiera estar lastimado.
No le había parecido un accidente peligroso, pero entonces, ¿por qué no estaba
saliendo de la camioneta?
El camino estaba tan resbaladizo que patinó, mientras caminaba se tambaleó a su
manera por el camino.
Se estaba moviendo demasiado rápido cuando finalmente se acercó, y se deslizó
hacia el lado del pasajero de la camioneta.
Se detuvo abruptamente cerrando de golpe en ella, sacudiendo su cuerpo
incómodo.
Se deslizó hacia la puerta del pasajero y trató de abrirla, pero sus manos estaban casi
entumecidas, ya que ella había estado demasiado distraída para ponerse los guantes,
y esta puerta siempre había tenido una tendencia a pegarse de todos modos.
Ella se estremeció y apretó y resopló con frustración, tratando de tirar la puerta
abierta. El hielo había cubierto en su mayoría la ventana, por lo que ni siquiera
podía ver el interior muy bien para asegurarse de que Pedro estaba bien.
De repente, la puerta se estaba abriendo, presionada desde el interior. Ella casi se
volcó por el impulso inesperado de la puerta.
—¿Qué demonios estás haciendo? —exigió una voz masculina desde el interior.
Pedro se había inclinado para abrir la puerta del pasajero, y ahora la estaba
mirando—. Te vas a romper el tobillo o congelar hasta la muerte allí.
Paula jadeó de indignación cuando ella trató de atrapar la caída aferrándose al
asiento de la camioneta. Se las arregló para descorrerse a una posición estable.
—Pensé que estabas herido. No salías, ¿qué estás haciendo simplemente sentado
aquí?
La vista del familiar rostro de Pedro, sus bien esculpidos rasgos, ojos oscuros, su
barba incipiente, el pelo castaño corto, hizo que su estómago se retorciera de dolor.
Cada vez que lo veía, parecía más maduro y más guapo. Su atracción instintiva se
agravaba con la molestia en su tono, cuando se había salido de su camino para
ayudarle.
—Estaba hablando con tu hermano. Ni siquiera sabía que estabas en casa hasta que
me dijo. —Pedro mostró su smartphone, con el que obviamente acababa de colgar
con Gonzalo—. Entra en el camión antes de que pesques una pulmonía.
—No voy a entrar en el camión —espetó ella—. Nunca vas a salir de la zanja con
este tiempo, y si lo haces, vas a terminar en la cuneta más adelante en el camino de
entrada. Vas a tener que dejar tu precioso camión y caminar de regreso a la casa
como una persona cuerda.
Su voz era fuerte por la necesidad de hacerse oír por encima del viento azotando su
pelo rubio suelto y ropa húmeda.
Su voz podría haber sido un poco más fuerte de lo que tenía que ser.
Él rodó los ojos, impaciente, ya fuera por su tono de voz o por la situación, pero él
cavó en los bolsillos de su abrigo y sacó sus guantes de lana y cuero.
—Toma —dijo, empujándolos hacia ella—. Usa esto. ¿Por qué demonios saliste de
casa sin guantes?
Los dedos de Paula estaban de un color rojo asustadizo ahora y tan fríos que
apenas podía sentirlos. Pero ella no iba a tolerar ese tipo de tratamiento.
Sobre todo de él.
Pedro la había follado y dejado cuando tenía diecisiete años, y no había sido
inteligente o lo suficientemente madura como para evitarlo cuando sucedió. Pero
era una adulta ahora, y él no le iba a dar una reprimenda como una niña tonta.
En realidad había venido aquí en el hielo para ayudar al muy idiota.
En vez de darle la réplica descortés que saltó a los labios, le dijo con frialdad:
—Puesto que es obvio que no necesitas mi ayuda, puedes regresar a la casa por tu
cuenta o congelarte hasta la muerte con tu camión, lo que prefieras.
Luego cerró de golpe la puerta del pasajero, un movimiento que sacudió sus manos
con dolor, y comenzó a caminar, deslizarse, de nuevo a la casa.
Para su horror, ella estaba a punto de llorar. Debido a que estaba en un pueblo tan
pequeño y él seguía siendo el mejor amigo de su hermano, ella todavía se topaba
con Pedro frecuentemente cuando venía a visitar a su familia, en promedio una vez
al mes. Usualmente era capaz de actuar como si no existiera, o incluso responderle
con cortesía desinteresada.
Esta confrontación directa, sin embargo, aparte del esfuerzo y las molestias de la
caminata por la nieve, trajo a la superficie toda su vieja herida y la ira.
Su hermano tenía razón. Ella debería haberlo superado ya. Pedro no debería
significar mucho para ella todavía. Ella no debería reaccionar así por ninguna
razón.
Lo odiaba aún más por hacerla sentir tan joven, tan indefensa.
Su abuelo había sido el hombre más influyente en el condado antes de su muerte el
año pasado. Había poseído tres concesionarios de automóviles lucrativos y tenía sus
manos en todos los aspectos de la política local. Su familia había fundado esta
ciudad generaciones atrás. Durante toda su vida, la gente había asumido que era
una princesa mimada, no importaba lo mucho que lo había intentado probarse a sí
misma de otra manera.
Odiaba sentirse de esa manera, como si nadie pensara que ella fuera capaz de
conquistar su propia parte del mundo.
Su caminar por el sendero era inestable y torpe, ya que sus pequeños botines no
tenían absolutamente ninguna tracción sobre el hielo.
No miró hacia atrás para ver si Pedro la siguió, a pesar de que desesperadamente
quería hacerlo.
Ella había llegado a más de medio camino de la casa cuando uno de sus pies resbaló
en la capa de hielo que cubre el pavimento, y perdió por completo el equilibrio.
Ella cayó en una postura desgarbada y despatarrada, el hielo quemaba de frío la piel
de las palmas mientras se contuvo. Uno de sus tobillos se torció debajo de ella.
Lo único que podía procesar, tan irracional como ella sabía que era, era que este lío
terrible era completamente culpa de Pedro.
Sin previo aviso, unas manos fuertes comenzaron a levantarla por los brazos.
Sorprendida y desorientada, luchó contra ellos instintivamente.
—Maldita sea, Paula. —Pedro rechinó los dientes, inclinándose de nuevo y
consiguiendo un mejor agarre en la cintura para que pudiera ayudarla a ponerse en
pie—. ¿Por qué eres tan tremendamente terca?
Él era mucho más fuerte que ella, así que no tuvo la posibilidad de elegir ponerse
de pie. Naturalmente, ella hubiera querido permanecer en el suelo helado, pero sus
dientes castañeteaban de frío y furia mientras se enderezaba. Estaba a punto de
decirle muy claramente que entre ellos dos, él era el terco cuando su peso cayó
sobre su pie izquierdo.
Eso lastimó mucho sus rodillas dobladas, y tuvo que agarrar los brazos de Pedro
para no caer de nuevo.
—¿Qué es? —exigió, sonando más autoritario que interesado—. ¿Tu tobillo?
—Estoy bien. Sólo se torció. —Ella lo soltó y se obligó a dar un paso. Le dolía.
Mucho. Lo ignoró, sin embargo.
Cuando los niños de su clase en la escuela se habían reído de su insistencia en que
las niñas podían trepar a los árboles, igual que los niños, su orgullo la había
obligado a demostrar su valía al subir el mismo alto árbol en que todos los chicos
estaban, a pesar de que había estado temblando de miedo cuando había llegado a
las ramas más altas.
Cuando Pedro la había dejado aquel verano, hace ocho años, su orgullo la había
obligado a evitar que nadie supiera lo mucho que la había aplastado.
Sin duda tenía el orgullo suficiente como para llegar a la casa con un tobillo torcido
ahora.
—Estás siendo absolutamente ridícula —dijo Pedro, cayendo a su lado y
tomándola de un brazo cuando ella se deslizó de nuevo—. Puedes ser invencible,
una vez que regreses a la casa, pero vas a tener que aguantar mi ayuda hasta
entonces.
Ella abrió la boca con indignación y luego se arrepintió, dado que la entrada de aire
frío le dolía la garganta.
—No estaría aquí afuera en absoluto si no hubieras sido tan estúpido como para
hacer conducir tu camioneta a una zanja, así que no me hables de hacer el ridículo.
—Él la ignoró, demasiado preocupado con agarrar cada una de sus muñecas, darlas
vuelta y poner sus grandes guantes de cuero en sus manos —. Te dije…
—Ya sé lo que me dijiste, pero no voy a ser culpado porque te congeles.
No tuvo la oportunidad de hacerle saber lo absolutamente absurdo que era la idea
de conseguir congelarse en el tiempo que se tardó en caminar desde el camión a la
casa porque estaba empezando a moverse de nuevo.
Dado que su brazo estaba alrededor de su cintura, apoyando su peso, no tenía más
remedio que caminar con él.
—¿Por qué llevas unos zapatos tan ridículos? —murmuró, mirando hacia abajo a
sus botas de cuero de tacón alto—. No me extraña que sufrieras un esguince en un
tobillo.
—No tenía la intención de caminar en el hielo, ¿recuerdas? —Ella tuvo que luchar
contra el impulso de alejarse de él. Odió la sensación de su cuerpo fuerte y esbelto
contra el de ella, la sensación de su brazo alrededor de su cintura, incluso a través
de varias capas de tela gruesa. Sería mezquino y contraproducente alejarse, sin
embargo, eso sólo sería prolongar el viaje tortuoso hacia la casa—. Tomé el camino
directo del trabajo, y no había tenido tiempo de cambiarme cuando terminaste en
la cuneta.
Él hizo un sonido como un gruñido, pero no tomó la forma de las palabras. Ella lo
ignoró.
Finalmente cojearon caminando a la puerta lateral de la casa, y Paula estaba tan
fría, húmeda y enojada que sólo se sentó en el banquillo en el cuartito de la
entrada, tratando de recordar la última vez que había estado tan miserable.
El aire caliente de la casa la rodeaba como un abrazo, pero su piel estaba agrietada,
su tobillo le palpitaba, sus dientes castañeteaban, y sus manos estaban aún
adormecidas, a pesar de los guantes de Pedro.
Pedro se sacudió como un perro y luego se deshizo de su chaqueta para
convenientemente dejarla caer sobre el suelo de baldosas.
Llevaba botas de montañista, pantalones desgastados y una camisa de franela gris
debajo de una camiseta térmica. Lucía robusto, masculino, y tan atractivo que
Paula no podía soportar mirarlo.
Este hecho la enloqueció un poco más.
Él frunció el ceño hacia ella.
—No te limites a sentarte con esa ropa mojada. Muévete.
Lo miró a los ojos. Él siempre había sido un poco mandón, lo recordaba muy bien
desde que habían estado juntos cuando niños, pero este comportamiento era
escandaloso.
—No creo haberte pedido un consejo. —Se alegró de que su tono sonara fresco y
noble en lugar de petulante.
—Gonzalo nunca me perdonaría si dejo que pesques una neumonía. Por no hablar de
tu mamá. ¿Te imaginas como me sermonearía?
—No voy a tener neumonía. No seas melodramático. —Ella sacó el hombro de su
chaqueta, sin embargo, y se inclinó para desabrochar sus bonitas y poco prácticas
botas.
—¿Cómo está tu tobillo? —le preguntó, mirando mientras ella presionaba en él,
tratando de comprobar su estado.
—Está bien. Sólo torcido. —Se sentía como más que un esguince, pero no iba a
hacer un escándalo. Sobre todo delante de Pedro.
—Vamos —dijo él, estirando una mano hacia ella—. Necesitas entrar en calor.
Ella no se opuso, ya que sus dientes seguían castañeando. Dejó que le pasara un
brazo alrededor de ella de nuevo para que pudiera apoyarse en él mientras
caminaban.
Era peor esta vez, ahora que no llevaban abrigos gruesos. Podía sentir su calor, oler
su aroma familiar, y sentir la sustancia sólida de su cuerpo bajo sus ropas.
La condujo hacia el radiador en la cocina, que estaba convenientemente ubicado
cerca de la mesa de la cocina. Se sentó en una silla frente al agradable calor
flotando, finalmente, tuvo la valentía de quitarse los guantes.
Sus manos le dolían como el infierno.
Había estado usando los guantes de Pedro, sin embargo, lo que significaba que él
no había usado ningunos. Así que no iba a quejarse de que sus manos estaban en
carnes vivas y entumecidas.
Tenía las manos más cerca del radiador y trató de no estremecerse cuando el calor
las golpeó.
Él se sentó en una silla al lado de ella y, sin hablar, tomó una de sus manos entre las
suyas, frotando suavemente para restablecer la circulación.
Trabajaba con sus manos todos los días, lo había hecho toda su vida, por lo que
eran ásperas, fuertes y callosas. Pero estaban suaves mientras le masajeaba los dedos
congelados, y él no dijo una palabra.
Ni siquiera la estaba mirando, sus ojos enfocaron hacia abajo en sus manos.
Por alguna razón, sin ninguna buena razón, sintió que sus ojos quemaban con
lágrimas y sintió un nudo en la garganta.
Ella siempre había pensado que él era gentil debajo de su exterior resistente. Así fue
como había parecido mientras crecían. Él golpeó matones en la escuela y cuidaba
de los perros callejeros. La había ayudado con su auto, con sus proyectos de
ciencias, y con los niños que no la dejaban en paz, mucho antes de que él pensara
en ella como algo más que la hermana pequeña de su amigo.
Había sido tan cuidadoso, casi tierno cuando habían hecho el amor bajo ese árbol.
Había estado ansioso, pero se dio cuenta de que estaba nerviosa, así que había ido
muy despacio para asegurarse de ella lo disfrutara también.
Incluso en los últimos años, no podía dejar de ver la forma en que silenciosamente
ayudó a personas que lo necesitaban, arando la nieve de las calzadas para algunas
mujeres de edad avanzada en la iglesia que nunca serían capaces de permitirse el
lujo de pagar, manteniendo alejado de problemas a Gonzalo cuando había pasado por
un divorcio amargo hace dos años y pudo haber bebido hasta el estupor.
Paula sólo no podía entender. Cómo Pedro era capaz de tener un buen corazón.
Cómo podía masajear sus manos con tanta suavidad, incluso ahora.
Y aun así haber pisoteado su corazón en el barro ocho años atrás.
Tuvo que cerrar los ojos, ya que por un momento estaba segura de que iba a llorar.
Probablemente fue sólo tras el frío y el esfuerzo, pero su corazón le dolía tanto
como su cuerpo.
Pedro se había trasladado a la otra mano, y sus dedos no estaban tan dolorosos.
Había dejado de temblar.
Y ahora estaba sentada delante de un radiador teniendo pensamientos suaves sobre
el hombre que se suponía que debía odiar.
Ella apartó la mano de la suya y se obligó a ponerse de pie.
—Tengo que cambiarme de ropa.
Llevaba un elegante traje de pantalón de rayas grises, favorecedor, y más caro de lo
que realmente podía pagar. La mitad inferior de sus pantalones estaban empapados.
Se puso de pie también, y ella podía sentir sus ojos oscuros buscando su rostro.
Esperaba que él no viera cuan emocional se había puesto, ya que pensó que había
logrado controlar su expresión, pero él se acercó y pulsó suavemente una lágrima
perdida que no se había dado cuenta había caído desde su ojo.
—Paula —dijo, con la voz extrañamente espesa. Su frente bajó como si estuviera
tratando de encontrar algo mejor.
Estaba probablemente preguntándose si ella estaba realmente tan deplorable como
parecía, aun fantaseando por un hombre que la había dejado casi una década atrás.
No podía soportar que él pensara eso. Se había humillado lo suficiente para un día.
—Siéntete como en tu casa —dijo ella, poniendo la pose de indiferencia que la
había protegido durante todos estos años—. Parece que tendrás que aguantar aquí
por un tiempo.
Ella cojeó hacia su maleta, que había dejado en el pasillo cuando llegó para
encontrar una casa vacía, pero Pedro le ganó de mano. Llevó su equipaje a su
habitación, la misma habitación en la que había dormido toda su vida, y murmuró
gracias antes de cerrarle la puerta en las narices.
Podía salir de esto. El tiempo esperanzadoramente debería aclarar antes de la noche.
Era una adulta. Era una exitosa profesional. Había salido con muchos hombres
desde que había estado enamorada de Pedro en aquel entonces.
Quedarse con él durante un día no era el fin del mundo.
Simplemente él ya no significaba mucho para ella.
HOLA HOLA!! SUBO DE A UNO PORQUE ES MUUUUY CORTITA!
BUENAS NOCHES!! ♥
"UNA NOCHE EN LA TORMENTA DE HIELO"
El hielo se derrite entre ellos... en una noche caliente.
Cuando Paula llega a su ciudad natal para las vacaciones de Navidad, no espera
quedarse sola en una tormenta de hielo con Pedro Alfonso. Pedro es el mejor amigo
de su hermano, y ella lo conocía de toda la vida. Ella perdió su virginidad con él. Y
es el único hombre que nunca pudo perdonar.
A pesar de todas las razones que ella conoce para no confiar en él, se enamora de él
otra vez en su intento de mantener el calor en la tormenta. No importa qué tan
irresistible lo encuentre aún, ella definitivamente tiene previsto resistir.
Pero todo cambia en una sola noche.
Paso a todas las que están en la lista, si quieren que se las siga pasando me ponen "SI" y si es negativo "NO"
Cuando Paula llega a su ciudad natal para las vacaciones de Navidad, no espera
quedarse sola en una tormenta de hielo con Pedro Alfonso. Pedro es el mejor amigo
de su hermano, y ella lo conocía de toda la vida. Ella perdió su virginidad con él. Y
es el único hombre que nunca pudo perdonar.
A pesar de todas las razones que ella conoce para no confiar en él, se enamora de él
otra vez en su intento de mantener el calor en la tormenta. No importa qué tan
irresistible lo encuentre aún, ella definitivamente tiene previsto resistir.
Pero todo cambia en una sola noche.
Paso a todas las que están en la lista, si quieren que se las siga pasando me ponen "SI" y si es negativo "NO"
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