miércoles, 30 de octubre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 6



A la tarde siguiente, por pura casualidad,Pedro pasó al lado de la casa de Paula después de ver a un cliente y se le ocurrió visitarla. Pensó que sería interesante verla en circunstancias «normales», y todavía lo sería mucho más sorprenderla con la guardia baja. Nada más pulsar el timbre oyó el sonido de unos pasos presurosos. De inmediato la puerta se abrió de golpe y Paula apareció ante él, suspirando de alivio.

—Gracias al cielo que has venido; estaba tan preocupada… No creo que tenga mucho tiempo para… ¡Vaya, si eres tú!

Las mujeres habían saludado a Pedro de muchas maneras, desde «¡Cariño, qué alegría verte!», hasta «¿Cómo te atreves a asomar las narices por aquí otra vez?». Pero jamás lo habían saludado con tanto desdén.

—Sí, soy yo. Pero supongo que no era a mí a quien esperabas ver…

Sin responder a su comentario,Paula pasó de largo ante él y salió a la calle. Miró arriba y abajo, sin ver lo que estaba buscando, y emitió un gemido de frustración.

Pedro apenas podía reconocerla. Iba vestida con unos viejos vaqueros y una enorme camisa que ocultaba todo lo que había esperado volver a ver. Su rostro estaba limpio de maquillaje y se había soltado la melena: un enorme contraste con la mujer elegante que había asistido a la cena de gala, o con la que había irrumpido de repente en su despacho.

—Es terrible —se quejó Paula mientras volvía a la casa y cerraba la puerta.

—Gracias. Siento que te haya disgustado tanto mi presencia…

—No, si no eres tú…

—¿Quién  creías que era? —inquirió Pedro.

—El veterinario —respondió, preocupada—. Zarpas está pariendo.

—¿Zarpas?

—Mi gata. Bueno, estaba abandonada y la acogí en mi casa. No sabía que estaba embarazada, pero de repente me di cuenta de lo gorda que estaba…

—¿Dónde está?

—Me las he arreglado para meterla en una caja, en el salón.

Pedro siguió la dirección de su dedo y vio a la gata encogida en una gran caja con almohadones. Zarpas lo miró nerviosa, y él se dejó caer a su lado tocándole suavemente la barriguita.

—Sí, yo diría que tiene al menos cuatro dentro.

—¿Sabes mucho de gatos? —inquirió Paula, esperanzada.

—Cuando era niño nuestro vecino tenía una gata que paría constantemente. Por alguna razón siempre venía a nuestro jardín a parir. Ella siempre prefería periódicos.

—Bien.

Paula corrió a la cocina y volvió con un fajo de periódicos. Pedro levantó delicadamente a Zarpas para dejarla en los brazos de Paula, apartó los almohadones y forró la caja con los papeles. Cuando volvieron a colocarla en su lugar, la gata ronroneó agradecida y miró a pedro como si confiara plenamente en él.

—Sabes lo que está pensando, ¿verdad? —comentó Paula, esbozando una temblorosa sonrisa—. ¡Menos mal que hay alguien que sabe lo que hace!

—Mientras esté satisfecha… Pero me sentiría mejor si consiguieras un buen veterinario.

—Hace siglos que debería haber venido. Por eso creía que eras tú. ¿Podrías vigilar a la gata mientras salgo a ver qué es lo que ha pasado con él? —y desapareció antes de que pedro pudiera responderle.

—Está loca —le confió Pedro a Zarpas—. ¿Cómo pudo no darse cuenta de que estabas preñada? No te encuentras muy bien, ¿verdad? —al ver que había empezado a maullar de dolor, añadió—: Esperemos que lleguen pronto…

Pero Paula regresó sola; no había podido encontrar al veterinario.

—Nadie sabe dónde está. Salió de la clínica hace una media hora, así que ya debería haber llegado, pero es como si se hubiera desvanecido en el aire. ¿Está Zarpas comiendo algo?

—No, es un cachorrillo que está lamiendo —le dijo Pedro—. Ha nacido hace apenas un minuto.

Zarpas lamía repetidamente una minúscula bolita negra que se retorcía emitiendo gemidos. Paula se arrodilló a su lado, sonriendo con expresión de deleite mientras extendía una mano para rascarle la cabecita a Zarpas. Pedro se levantó discretamente y se fue a la cocina, volviendo minutos después con una cafetera y dos tazas. Paula todavía estaba inclinada sobre la caja, tan concentrada que no advirtió su presencia, y él aprovechó aquellos instantes para observarla con atención.

—Creo que deberíamos dejarla un rato tranquila —sugirió—. Apenas ha empezado el parto —ayudó a Paula a levantarse, y luego acercó un par de sillones para rodear con ellos la caja—. Así disfrutará de una mayor intimidad.

—¿Cuándo lo has hecho? —le preguntó Paula mirando la taza de café que sostenía en la mano.

—Ahora mismo. Estuve curioseando en tu cocina. No ha sido nada fácil, pero finalmente encontré el té en el azucarero, el azúcar en el tarro del ajo y el café en el bote del té —le sirvió una taza de café con movimientos rápidos y precisos.

—Gracias. Por cierto, ¿a qué has venido?

—No estoy del todo seguro. Pasaba por aquí después de ver a un cliente y sentí el impulso de visitarte… y darte una buena sorpresa —al ver que intentaba asomarse por encima de los sillones, le dijo con firmeza—: Déjala; pasará una media hora antes de que para otro. Para entonces, con un poco de suerte, el veterinario ya habrá llegado.

Pero transcurrió otra media hora sin que apareciera el veterinario. Zarpas parió otro gatito. Después de palparle delicadamente el abdomen, Pedro declaró:

—Quedan dos más, pero todo está saliendo bien.

—Voy a preparar la cena —dijo Paula—. Es lo menos que puedo hacer por ti —y se dirigió a la cocina.

Cuando se quedó solo, Pedro miró a su alrededor intentando reconciliar lo que veía con la imagen que se había formado previamente de Paula. Cuando la otra noche se presentó allí por primera vez, le sorprendió que viviera en un bungaló: un pequeño y lujoso piso habría sido más adecuado para una mujer tan elegante y sofisticada…

—¿Vivías aquí con alguien? —le preguntó cuando fue a buscarla a la cocina.

—No. ¿Por qué me lo preguntas?

—Bueno, un bungaló tan grande me parecía una extraña elección para una mujer que vive sola.
—¿Ah, sí? Me encantó esta casa nada más verla. Sabía que tenía que vivir aquí.

Y empezó a cortar unos pimientos en rodajas. Pedro la observó por un momento antes de volver al salón.Paula lo oyó murmurar algo a Zarpas, y tomó entonces conciencia de que no era fácil comprender a aquel hombre. Durante los dos últimos días había hecho algunas investigaciones sobre él. Había montado una cadena de pequeñas tiendas para luego venderlas y entrar en Empresas Charteris hacía diez años. Charteris era una enorme empresa que había tenido que ser reestructurada, y Pedro se había encargado precisamente de eso, consiguiendo finalmente doblar sus beneficios. En función de esos datos, Paula se había formado la impresión de un hombre consagrado absolutamente a su negocio: duro, ambicioso e implacable. ¿Cómo entonces era posible que un depredador semejante estuviera haciendo de comadrona de su gata aquella tarde? Su curiosidad crecía por momentos.

Y también la de Pedro. Cuanto más averiguaba sobre Paula, menos creía saber. Sobre la repisa de la chimenea había una fotografía de un hombre mayor de mirada astuta, vivaz. Al lado había otra de un niño y una niña, y de una mujer de unos treinta años que presentaba un notable parecido con Paula.

—Era mi madre —le explicó Paula cuando regresó al salón y empezó a poner la mesa.

—¿Dónde está tu padre?

—El hombre mayor de la otra foto es mi abuelo. Mañana por la noche tendrás oportunidad de conocerlo.

—Supuse que sería él. ¿Y tu padre?

—Y éstos somos Gonzalo y yo de niños.

—Ya, ¿y dónde…?

Pero Paula había vuelto a desaparecer en la cocina. Cuando volvió minutos después con la cena, Pedro ya había apagado todas las luces menos la de una lámpara de mesa, y estaba arrodillado al lado de Zarpas murmurándole palabras de consuelo:

—Así, buena chica… —oyó entrar a Paula y levantó la mirada—. Está más cómoda en la penumbra. ¿Puedes ver lo que estás haciendo o quieres que vuelva a encender las luces?

—No te preocupes.

Paula dejó la ensalada y los panecillos en la mesa y volvió a la cocina para buscar los filetes. Pedro se sentó de manera que pudiera mantener vigilada a Zarpas sin molestarla. En ese momento sonó el teléfono. Paula lo descolgó; era el veterinario.

—Lo lamento de veras —se disculpó el hombre—. Se me ha averiado el coche, y todavía tardaré al menos una hora en llegar allí.

—No se apure —le aseguró Paula—. La gata está en buenas manos.

—Gracias por el voto de confianza —le comentó Pedro con expresión irónica.

—Todo va bien, ¿verdad? —inquirió Paula, preocupada.

—Yo creo que sí. Zarpas significa mucho para ti, ¿verdad?

—Bueno, es una monada, ¿no?

—¿Y es tu única compañía en esta casa tan grande?

—Ya te lo dije: me encanta esta casa.

—¿Facundo y tú vivirán aquí cuando se casen?

—Creo que será mejor que dejemos el tema de Facundo.

—¿Ha vuelto a ponerse en contacto contigo después de la otra noche?
—Ya te he dicho que no quiero hablar de él —repuso Paula, adoptando un tono de advertencia. No quería discutir con Pedro, pero acababa de tocar una fibra sensible. No había recibido absolutamente ninguna noticia de Facundo.

—De acuerdo. Dime entonces por qué no conservas ninguna foto de tu padre.

—Porque se marchó cuando yo tenía diez años y nadie ha vuelto a saber nada de él desde entonces —respondió Paula con rotundidad.

—Lo siento. Perdona, no era asunto mío. Pero no acabo de entenderlo. Creía saber algo de Vicente Chaves, pero jamás oí que tuviera un hijo.

—Y nunca lo tuvo. Él es el padre de mi madre, su única hija.

—¿Entonces cómo es que te apellidas Chaves?

—Antes me apellidaba schultz, pero cuando nuestra madre murió, vicente asumió nuestra custodia y nos cambió los apellidos. ¿Quieres más café?

Había cambiado de tema a propósito. Se daba cuenta de que Pedro le gustaba mucho más de lo que jamás habría creído posible, pero no podía describirle lo que sintió al adquirir aquella nueva identidad. Paula Chaves era la amada nieta de Vicente Chaves: una persona segura del lugar que ocupaba en el mundo. En cambio, Paula Schultz había sido la niña que había creído serlo todo para su padre, hasta que él la abandonó sin remordimiento alguno. Durante noches enteras había llorado por una traición que nunca pudo comprender, por una herida que jamás había llegado a sanar. No; no quería volver a ser Paula Schultz. Una mirada a su reloj le dijo que ya era casi la hora en que David solía llamarla. Tenía la sensación de que había pasado una eternidad desde entonces. De repente sonó el teléfono.

Paula se apresuró a contestar con una presteza que no pudo menos que extrañar a Pedro. Mientras observaba bien su rostro, pudo advertir cómo se apagaba su esperanzada expresión al oír la voz al otro lado de la línea y descubrir que no era Facundo.

—Entiendo —pronunció con tono ligero—. Gracias por decírmelo.

Colgó y permaneció de pie por un momento, como si quisiera reconciliarse consigo misma y asumir el vacío que se había abierto en su interior. Cuando el teléfono sonaba siempre pensaba que era Facundo: y cuando se llevaba la decepción volvía a convertirse en aquella niña que no podía creer que su padre se hubiera marchado para siempre, y que constantemente creía oír su llave en la cerradura de la puerta de casa. Vio que Pedro la estaba observando y se las arregló para forzar una sonrisa:

—Era el veterinario otra vez. Todavía está en camino.

—Entiendo.

—¿Por qué me miras tan fijamente?

—¿Yo? Perdona. Echemos otro vistazo a la orgullosa madre.

Zarpas había parido un tercer gatito, y estaba a punto de tener el cuarto.

—A estas alturas siempre preparaba un poco de leche caliente —sugirió Pedro, recordando su propia experiencia—. Después de tanto esfuerzo, necesita comer algo.

—Leche caliente —musitó  Paula, y se dirigió apresurada a la cocina.

Para cuando regresó el cuarto gatito ya había nacido, y Zarpas lo estaba lamiendo con energía. Al terminar aceptó la leche, y luego se tumbó con aire satisfecho.

—Creo que esto es todo —dijo Pedro—. Pero necesitaremos que el veterinario se asegure de ello.

—Mira —pronunció Paula con alegría—. El último tiene el lomo negro y las patas blancas, como su madre.

—Zarpas Dos —comentó Pedro con una sonrisa.
—Quizá sea gato. Entonces creo que debería llamarle Pedro.

Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, contemplando los cachorrillos con arrobada expresión.

—Quédate aquí —le dijo Pedro—. Yo prepararé el café.

Cuando volvió, Paula seguía en la misma posición, observando extasiada a la nueva familia. Pedro la miró, y de repente lo comprendió todo.

—¿Es eso lo que realmente deseas hacer, verdad? —inquirió, hablando casi en un murmullo para no molestar a los gatos—. Cuidar a los animales.

—Supongo que sí —respondió, aceptando el café—. Gonzalo dice que esta casa a veces parece un zoo, pero no puedo tener muchos animales porque me paso la mayor parte del día fuera.

—Ahora te veo tan diferente de la mujer que irrumpió ayer en mi oficina exigiéndole a mi secretaria mi cabeza en una bandeja…

—No me lo recuerdes…

—Pero si me encanta… —repuso Pedro—. Alice me comentó que parecías un gran señor medieval diciendo: «Quiero la cabeza de Pedro Alfonso».

—Pedro, es terrible. En realidad, aún sigo enfadada contigo por el engaño del que me hiciste víctima la otra noche.

—Asumo mi parte de culpa —declaró sonriendo.

—¿Pero cómo puedo seguir enfadada contigo cuando acabo de bautizar a un precioso gatito con tu nombre?

—Es un verdadero enigma, ¿verdad? ¿Por qué no le cambias simplemente el nombre? Entonces podremos volver a ser enemigos.

—¿Quieres ser mi enemigo?

—Puede resultar casi tan interesante como ser tu amante.

—Mi amigo, querrás decir.

—Sé lo que he querido decir —le brillaban los ojos en la oscuridad, pero Paula se negó a morder el cebo.

—Después de lo de esta noche, ya nunca volveré a pensar en ti como en un enemigo.

—Creo que todavía no me conoces lo suficiente.

—Supongo que no. Probablemente eso no sucederá nunca.

—¿Con medio Londres hablando sobre la ardiente pasión que compartimos? —se burló Pedro.

—No tardarán en ponerse a hablar de cualquier otra cosa. Los escándalos van y vienen.

—¿Así denominas a lo nuestro? ¿Un escándalo?

—Pasto de cotilleos —declaró convencida—. Ya perderán todo interés.

—¿Y nosotros?

Paula sabía que acababa de entrar en un terreno peligroso, pero le resultaba fascinante estar allí sentada, en la penumbra, contemplando el brillo de sus ojos. Era una extraña forma de pasar la tarde… Y aun así, también era una de las tardes más interesantes que había pasado en toda su vida. Durante toda aquella conversación tan particular, su sensación principal era de alegría, puro gozo. Algo completamente distinto de las peligrosas sensaciones que le había inspirado antes…

Sonó entonces inoportunamente el timbre de la puerta. El veterinario se presentó en la casa, disculpándose sin cesar, y Paula lo hizo entrar en el salón. Pedro ya se había levantado y estaba recogiendo sus cosas. La agradable tarde había llegado a su fin.

—Te veré mañana, en casa de tu abuelo —le dijo Pedro mientras se dirigía hacia la puerta—. Estaré deseando que llegue ese momento, aunque dudo que sea tan interesante como la tarde que acabamos de compartir. Buenas noches, Paula.



—Buenas noches,Pedro. Y gracias.


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capitulo seis!! espero que les guste!!
Gracias por leer! ♥


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