sábado, 18 de abril de 2015

"UNA NOCHE EN LA TORMENTA DE HIELO" CAP 2

Lo siento, no podemos volver a casa —dijo su madre, su voz claramente
ansiosa en el otro extremo de la llamada telefónica—. ¿Vas a estar bien?
—Voy a estar bien mamá. —Mientras hablaba, Paula tiró de gruesos
calcetines morados, maniobrando con cuidado uno de ellos sobre el vendaje que
ella había envuelto en su tobillo—. No hay problema. Por supuesto, que Gonzalo y tú
no podrán llegar esta noche si el tiempo sigue estando tan malo.
—Al menos Pedro está ahí. Estaría muy nerviosa si estuvieras sola en esa casa
grande en la tormenta.
Paula rodó los ojos pero se las arregló para no decir nada grosero.
—Es un chico tan querido. ¿Te conté que pasó todo un sábado ayudando al pobre
señor Foster a reconstruir el porche después de esa terrible tormenta este verano?
—Sí. Me lo contaste.
—Él siempre ha sido muy atento y generoso. No sé por qué a tu abuelo no le
gustaba.
—Sabes muy bien porqué al abuelo no le gustaba. Su madre no estaba casada y
trabajaba en un bar, y eso significaba que Pedro estaba por debajo de nosotros.
Había habido rumores sobre su madre, acerca de ella haciendo algo más que
trabajar en el bar, pero Paula había tratado de no escucharlos.
—No deberías hablar de esa forma de tu abuelo, especialmente ahora que está
muerto. Era tan bueno con nosotros.
—Amaba al abuelo también, y aprecio todo lo que hizo por nosotros. Pero era una
mente cerrada, un snob crítico, y no hay manera de evitarlo.
El padre de Paula había abandonado a su madre poco después de que ella y Gonzalo
nacieron. La mayor parte del tiempo, le guardó rencor por haber abandonado a su
familia. Ocasionalmente, sin embargo, entendió cuán difícil habría sido ser el yerno
de su abuelo, quien huyó de la vida de su hija, de la misma manera que huyó del
condado.
Paula se había arriesgado hasta el cansancio tratando de asegurarse que su interés
por Pedro cuando era adolescente estaba oculto de su abuelo, ya que él nunca lo
habría aprobado y ella nunca hubiera escuchado el final de eso.
Mientras se terminó, Pedro la había dejado antes de que su abuelo nunca se
enterara.
—Deseo que no dijeras esas cosas —murmuró su madre, claramente de acuerdo
con la evaluación de Paula pero prefiriendo no oírlo decir.
—Lo siento. El punto es que Pedro está aquí por si hay una emergencia, pero
estaría perfectamente bien por mi cuenta. Gonzalo y tú quédense a salvo y no traten de
salir esta noche. Todavía pasaremos Navidad juntos.
Paula dejó escapar un largo suspiro cuando terminó la llamada.
Su madre se sentía bastante mal. Ella no estaba a punto de dejarle saber cuan
horrible era para Paula pasar la noche aquí con Pedro en medio de una tormenta
de hielo.
Al menos la casa era grande. Seis dormitorios, cuatro baños y un inmenso sótano y
sala de familia. Su abuelo no había escatimado en gastos cuando se había restaurado
la casa de cien años de edad. Ella podría mantener distancia con Pedro hasta la
mañana.
Se levantó de la cama y se chequeó en el espejo de cuerpo entero.
Ella había tomado una ducha caliente para calentarse y sacar el hielo de su cabello,
y luego se había puesto pantalones de yoga y un suave suéter verde que hacía juego
con sus ojos y halagaba su figura. Estaba alisando su cabello cuando se dio cuenta
de lo que hacía.
Presumiendo. Asegurándose de que se veía bonita para cuando ella viera a Pedro
otra vez.
Disgustada consigo misma, se sacó el suéter por la cabeza y buscó en su armario
hasta encontrar una gastada y de gran tamaño, camiseta del equipo de fútbol
americano de su escuela donde solía estar Gonzalo.
Se puso la camiseta en su lugar. Estaba muy holgada en su pequeño cuerpo. No era
para nada halagador.
Mucho mejor.
Luego se fue al cuarto de baño y trenzó su cabello en dos largas trenzas. Usaba el
cabello de esa manera en su apartamento, ya que el estilo lo mantenía fuera de su
camino y no le hincaba en la parte posterior de su cabeza como una cola de caballo
lo hacía. Pero no tenía el hábito de usar coletas en público.
Las trenzas y una sudadera holgada la hacían parecer una niña, pero no le importó.
No quería que Pedro pensara por un momento que ella quería parecer bonita para
él. Y no quería confundirse de esa manera tampoco.
Su tobillo todavía le dolía, pero podía caminar mejor ahora que estaba envuelto.
Cojeó bajando las escaleras y encontró a Pedro en la cocina.
Se puso de pie en el umbral, mirándolo fijamente. Él se arrodilló en el suelo,
inclinándose en un ángulo extraño, trabajando en una de las bisagras del gabinete
con un destornillador, él había enloquecido con el multi herramienta que siempre
llevaba consigo.
—¿Qué estás haciendo? —exigió ella.
Él dio un tirón, evidentemente sorprendido por su presencia. En realidad se golpeó
la cabeza en la parte superior del armario mientras trataba de enderezarse.
—¿Qué te parece?

Ella no apreció su tono gruñón.
—Parece como si estuvieras haciendo algo para la puerta del gabinete de mi madre.
—Todas las bisagras están sueltas. Las estaba apretando.
—Has estado aquí menos de treinta minutos. ¿Por qué sentirías la necesidad de
meterte con bisagras de mi madre?
—¿Qué más tengo que hacer? Estaba haciendo café y me di cuenta que la puerta
del gabinete estaba a punto de caerse. Así que comprobé el resto y todas estaban
flojas.
Ella se acercó a la cafetera, la cual él había señalado a modo de evidencia de la
válidez de sus afirmaciones. Se sirvió una taza de café, ya que ya estaba hecho.
—No necesitamos tu ayuda con los gabinetes.
—Bueno, alguien tenía que arreglarlos, y no hay nadie. No sé por qué Gonzalo los
habría dejado tanto tiempo.
—Son los gabinetes de mi madre. No de Gonzalo.
—¿De verdad crees que tu madre va a ponerse en sus manos y rodillas así y apretar
los tornillos?
Ella no lo haría, obviamente. Su madre tenía mal las rodillas y no había hecho ni
una pieza de trabajo manual en su vida. El abuelo de Paula, probablemente no lo
habría permitido, aunque ella hubiera sentido la inclinación.
—¿Quieres parar? —Paula sintió un resentimiento irracional al ver a Pedro
trabajar en la cocina de su madre—. No tienes que hacer el trabajo en nuestra casa.
Él se encogió de hombros y la ignoró.
—Sólo me faltan dos.
Ella dio un bufido frustrado mientras vertía crema en su café. Trató de no mirar el
trabajo de Pedro. Inclinándose mientras él le daba una gran vista de sus músculos
definidos y un muy buen trasero a través del dril de sus pantalones.

Él era absolutamente exasperante. Y más aún porque estaba tan condenadamente
caliente.
—¿Cómo está tu tobillo? —Su voz fue ahogada porque su cabeza estaba
básicamente dentro de uno de los armarios inferiores, pero ella lo oyó bien.
—Está bien. Mi mamá dice que no pueden llegar aquí esta noche debido al mal
tiempo, así que ella y Gonzalo se están quedando en la ciudad.
—Yo podría haber dicho eso. —Ella respiró hondo para no hablarle bruscamente.
Se había prometido durante su ducha que iba a ser tan civilizada como pudiera,
pero ya estaba probando su paciencia.
—Estoy sorprendida, que con tus poderes omnipotentes de predicción, no pudieras
prever la tormenta y evitar quedar atrapado en las carreteras heladas hoy.
—Llegó más rápido de lo que se suponía.
Eso fue lo que Gonzalo le había dicho también.
—Bueno, te dejaré para que te diviertas con el destornillador. Voy a…
Se interrumpió cuando ruidos de clics y alarmas sonaron de diferentes partes de la
casa. Todas las luces se apagaron.
No estaba oscuro afuera todavía, así que ella todavía podía ver alrededor de la
habitación, pero sabía muy bien qué era aquello.
—Maldita sea.
—Me sorprende que la energía duró tanto como lo hizo con todo este hielo. —
Pedro cerró la puerta del gabinete anterior y se enderezó. Su expresión cambió
cuando sus ojos se posaron en ella por primera vez—. No he visto esa sudadera por
un largo tiempo.
Ella la había usado durante la escuela secundaria y la universidad, después de
robarla del armario de Gonzalo. Siempre había sido su favorita, a pesar de lo grande
que era en ella.
Empujó los puños hasta las muñecas conscientemente, incómoda ante la suavidad
de la boca de Pedro.
—¿Podemos tratar de centrarnos en lo esencial? Tenemos que cambiar al generador
o se va a poner muy frío aquí esta noche.
Él se puso de pie.
—¿Está tu panel en el sótano?
—Sí. Voy a ir a encenderlo.
Ella encontró una linterna y se dirigió hacia el interruptor de transferencia en el
sótano y estaba molesta porque Pedro venía con ella.
Cuando conectó al panel del generador, no pasó nada.
Pedro la miró, pasando por los cables y conexiones.
—Todo está bien conectado. Voy a tener que revisar la unidad exterior.
Pedro podía hacer todo tipo de reparaciones en el hogar. Carpintería, azulejos,
fontanería, electricidad, todo lo que se podía hacer con las herramientas y las
manos. Había construido su casa desde los cimientos, en su totalidad por él mismo.
Sabría cómo arreglar el generador, si era posible en esta situación.
—Está justo al lado de la cubierta, ¿no? —preguntó mientras iban al piso de arriba.
—Sí. Al lado de la manivela del aire acondicionado.
—Compresor —corrigió automáticamente, lo que la hizo fruncir el ceño.
Pedro se dirigió al cuarto de la entrada, y Paula siguió más despacio debido a su
tobillo. Cuando él se sacó su abrigo, ella comenzó a ponerse el suyo también.
—¿A dónde vas? —exigió él.
—A comprobar el generador. ¿Qué crees?
—No hay ninguna razón para que salgas también.
—Soy perfectamente capaz de…
—Es un trabajo de una sola persona, y tienes un esguince de tobillo y…
—Un tobillo torcido.
—Un esguince de tobillo y el pelo húmedo. Tus trenzas se congelarían y se
romperían.
Lo miró fijamente con incredulidad, hasta que vio la esquina de su boca retorcerse
ligeramente.
Él se estaba burlando de ella.
Ridículo, quiso sonreír en respuesta a la reprimida diversión en su expresión.
Afortunadamente, fue capaz de resistir el impulso.
—Yo no me arriesgaría —continuó, dando a una de sus trenzas un pequeño
golpe—. Sólo piensa cuánto tiempo le tomó a tu cabello crecer a esta longitud.
Le había tomado años, y la idea la hizo detenerse. Había oído historias de cabellos
congelados de mujeres cuando se humedecen y se quiebran. Sólo que no estaba
segura de sí eran leyendas urbanas o no.
—¿Alguien te ha dicho que eres un imbécil detestable? —rechinó de entre sus
dientes.
—Nadie más que tú. —Él abrió la puerta del patio, dejando entrar una ráfaga de
aire helado y aguanieve fuerte—. En serio,Paula. A menos que sepas cómo
arreglar un generador, no vas a ser capaz de ayudarme allí. Por favor, quédate
adentro.
—Bien. Como dijiste “por favor”.
Ella no tenía ningún deseo de volver a salir en el hielo, después de su viaje hacia el
camino de entrada. Pero todavía sentía como si debiera ir con Pedro, a pesar de
que no sería ningún bien, sólo para demostrar que era capaz de hacerlo.
Ella esperó en la puerta del patio y observó. No tenía una vista del generador, por
lo que no sabía lo que estaba haciendo allí. El tiempo estaba horrible, sin embargo,
y cuanto más tiempo estaba él fuera, más preocupada se sentía.

Después de unos minutos, ella recordó haber visto una bolsa de hielo derretida en
el cuartito de la entrada, y se dio cuenta de que debía poner un poco abajo en la
cubierta así Pedro no resbalaría y torcería su tobillo cuando regresara.
Tomó la bolsa y luego abrió la puerta corredera. La cubierta estaba resbaladiza
como una pista de hielo, pero muy cuidadosamente roció el hielo derretido,
agarrándose contra el viento y la nevisca.
Vio a Pedro acercándose en el patio. Su cabeza estaba agachada para proteger su
cara, así que no la vio hasta que se subió a la cubierta.
Ella estaba apresuradamente rociando el hielo derretido sobre los últimos metros
que él tendría que caminar.
—¡Vuelve adentro! —gritó mientras se acercaba a ella y comenzó a empujarla de
nuevo a la casa—. ¿Estás loca?
Él cerró la puerta y frotó el hielo de su cara.
—No hay razón para gritarme de esa forma. Estaba tratando de ayudar.
—No tienes ni siquiera un abrigo.
Era verdad, pero no hizo su grosería más aceptable. Decidiendo elevarse sobre él,
manteniendo sus modales, le preguntó con frialdad:
—¿Fuiste capaz de arreglar el generador?
—No. La batería está muerta. Gonzalo evidentemente no ha tratado de encender esa
cosa durante meses, lo que contradice el objetivo de siquiera tener un generador de
reserva.
—Tendríamos una batería de repuesto a la mano, ¿no crees? —No tenía ni idea, ya
que ella no había vivido en esta casa desde hace años.
—Probablemente no. Podemos buscar.
Caminaron perezosamente abajo al sótano, donde las provisiones estaban
guardadas, después de una breve discusión sobre si iría con él, pero no había
ninguna batería de repuesto para el generador.

—¿Qué estaba pensando Gonzalo? —murmuró Pedro mientras examinaba los estantes
por última vez—. Debería estar probando esa cosa cada mes, como mínimo. Yo
pruebo el mío cada semana.
—Estoy segura de que eres el modelo mismo del propietario de un generador, pero,
¿podrías dejar de quejarte de Gonzalo? No es el fin del mundo.
Ella estaba un poco molesta con Gonzalo, pero al menos tenía razón legítima para
estarlo. Él era su hermano.
Pedro no tenía derecho a quejarme.
—¿Y si hubieras estado aquí sola en esta tormenta sin calefacción y sin energía?
—Soy un adulto razonablemente inteligente. Me las hubiera arreglado.
—¿Y si tu madre estaba atrapada aquí sola? —Una especie de intenso
estremecimiento estaba irradiando de él, evidente en sus hombros tensos, los ojos
oscuros y la boca apretada. Era extrañamente fascinante. Extrañamente atractivo.
Y completamente irrazonable.
Paula abrió la boca para responder, pero luego la cerró. Su madre era básicamente
una adulta inteligente también, pero siempre había estado un poco desamparada.
A Paula no le gustó para nada la idea de que su madre se quedara atrapada en esta
casa grande y vieja sin energía.
Definitivamente hablaría con Gonzalo.
Pero no iba a animar a Pedro para ser cualquier agresivo y más desagradable de lo
que ya era, por lo que sólo recogió tantas linternas y faroles de batería como podía
llevar y empezó a subir las escaleras.
Deseaba que su tobillo no le doliera tanto para poder haber hecho un retiro más
digno.
—Deberías poner hielo en el tobillo —gritó Pedro tras ella.
Tomó todo su autocontrol para contener un fuerte y frustrado rugido de respuesta.

Miró en el salón para ver la cantidad de leña que estaba en el estante al lado de la
chimenea. Sólo un tronco.
Sabía a ciencia cierta que su madre había encargado una carga de leña cada
invierno, por lo que no habría ningún problema con eso al menos.
Volvió al cuarto de la entrada y se puso un abrigo diferente, uno grande y aislado
que pertenecía a su madre. No estaba ni cerca de elegante como el suyo rojo, pero
mucho más práctico. Luego se puso un par de guantes y abrió la puerta del garaje.
El gran estante para el suministro de leña estaba al otro lado del garaje, frente al
cobertizo de herramientas.
Se acercó a él, abrió la tapa de nylon, y tomó tres troncos, que era lo más que podía
llevar. Luego se dirigió de nuevo a la casa.
Casi había llegado a la puerta cuando Pedro apareció frente a ella, mirándola con
evidente fastidio.
—¿Por qué no esperaste y me dejaste hacer eso?
—¿Por qué habría de hacerlo? Soy perfectamente capaz de llevar a unos pocos
troncos.
Trató de quitárselos, pero ella se apartó de él, haciendo una mueca cuando se torció
el tobillo en el proceso.
—Maldita sea, Paula —murmuró.
Ella no respondió, llevando los troncos a la casa.
Él agarró un puñado por sí mismo y estaba llevándolos mientras ella fue por más.
Él no se opuso a nada más, lo cual estaba bien. El techo del garaje los mantenía
fuera del aguanieve, pero aun así era demasiado frío y ventoso para perder el
tiempo discutiendo.
Cuando habían traído suficiente para pasar la noche, Pedro cerró la puerta con
fuerza.
Dejó caer su abrigo de vuelta al suelo y parecía que iba a decir algo.

Ella habló antes de que él pudiera.
—No soy una niña o una inválida o una princesa mimada, y no me gusta ser
tratada como tal.
—No te estoy tratando como a cualquiera de esas cosas. Y, si no estuvieras tan
ridículamente decidida a actuar como invencible para que nadie piense que eres
una princesa mimada, no te negarías incluso a las ofertas más razonables de ayuda.
Ella se puso rígida con un destello de ira caliente.
—Acepto ayuda cuando la necesito y de la gente en quien confío. No necesito
ayuda de ti.
—Bueno, estás atrapada con mi ayuda, te guste o no.
—¿Cuál de estas palabras no entiendes? No necesito ninguna ayuda. Puedes
quedarte aquí, porque no puedes salir, pero eso no significa que tenga que
consentir que me presiones de esta forma en mis problemas y des órdenes a mí
alrededor. No estoy indefensa. Vivo por mi cuenta todo el tiempo. Y ni ahora, ni
nunca, necesitaré algo como un hombre grande y fuerte para venir a rescatarme.
Estaba tan furiosa que tembló con eso. Se las había arreglado para quitarse el
abrigo, así que lo colgó en la percha. Luego recogió el abrigo de Pedro y lo colgó
también.
Él se quedó mirándola, ella podía sentir que la miraba, mientras se deslizaba fuera
de las bota de nieve de su mamá y regresaba a la cocina.
Tan rápido como había subido, su ira mermó. De repente estaba agotada y
derrotada y ridículamente a punto de llorar.
Su tobillo le palpitaba. Su cabeza estaba empezando a doler. Se quedó varada en
esta casa grande con corrientes de aire. Se estaba haciendo más fría y más oscura
por momentos. Iba a tener que pensar en algo para la cena, y luego iba a tener que
dormir cerca de la chimenea, ya que sería el único lugar caliente en toda la casa.
No habría manera de escapar de Pedro.

A quien todavía quería. No importaba cuán profundamente sabía que nunca
debería quererlo de nuevo.
Ella fue a su dormitorio, ya que era la única intimidad que podía encontrar.
Se sentó en la cama y tiró de su pierna izquierda para inspeccionar el tobillo.
Dolía ahora peor que nunca.
Oyó un golpecito en la puerta.
—¿Qué quieres? —preguntó ella, más resignada que enojada.
—He venido con una ofrenda de paz.
No había paz que pudiera ofrecer que reparara la grieta entre ellos. Ambos estaban
atrapados aquí por la noche, sin embargo, y era absurdo para ellos para seguir
luchando.
—La puerta está abierta.
Abrió la puerta y entró, llevando una bolsa de gel congelada en una cubierta suave
azul que debía de haber encontrado en el congelador.
—¿Eso supone que es una ofrenda de paz? Se parece más a una orden encubierta.
—Esta no es la ofrenda de paz —respondió él, sentado en el borde de su cama y
tirando de su tobillo en su regazo.
Ella debería apartarse, pero no tenía la energía.
Él empezó a desenvolver la venda que ella había envuelto después de la ducha.
—Esta es una necesidad.
Ella hizo un gesto de impaciencia, pero ese fue el alcance de su respuesta. Cuando
él había desenvuelto la venda, suavemente dobló la bolsa de hielo alrededor de su
tobillo palpitante. Luego le entregó el ibuprofeno y una botella de agua que había
guardado en el bolsillo de su camisa.
Ella tomó las pastillas. Luego se echó hacia atrás y cerró los ojos.
—Gracias.
—Eso tampoco fue la ofrenda de paz.
Ella le dirigió una mirada silenciosa e inquisitiva.
—Lo siento —dijo él, sus ojos nunca dejaron su rostro—. Lo siento si yo fui
demasiado agresivo. Cuando me preocupo, tengo la mala costumbre de hacerme
cargo, pero no quise doblegarte.
Sonaba sincero. Pero entonces había sonado sincero cuando tenía diecinueve años y
le había dicho que ella era la chica más dulce y bonita que había conocido jamás.
Ella tomó una respiración que era sólo un poco inestable.
—Gracias. Lo siento si fui demasiado testaruda. Me pongo de esa forma cuando
soy doblegada.
La esquina de su boca se torció en esa forma irresistible que él tenía.
—Eso lo sé.
Ella debería estar enojada con él. Por muchas cosas. Pero él parecía como si
estuviera realmente tratando de ser amable, al menos para que pudieran pasar la
noche, y ella no tenía fuerzas para luchar más en este momento de todos modos.
Se dio cuenta de que su boca tambaleaba ligeramente, casi respondiendo a su
sonrisa.
Él movió su pie sobre la cama con cuidado y se levantó.
—Voy a hacer una hoguera en la chimenea. Debes mantener la bolsa de hielo sobre
el tobillo durante al menos diez minutos.
Ella arqueó las cejas.
—Sólo si quieres, por supuesto, pero estoy seguro de que eres lo suficientemente
inteligente como para saber que hay que hacer.
Ella resopló, medio divertida y medio indignada. No estaba segura de cual
sentimiento tenía el control.
Se quedó en la cama con la bolsa de hielo en el tobillo, sin embargo. Empezaba a
sentirse un poco mejor.

Empezó a sentirse helada, ya que el radiador en la habitación no estaba apagando el
frío, así que puso una manta de ganchillo sobre ella. Se hacía más oscuro en la
habitación, lo cual la hizo sentir somnolienta.
Antes de darse cuenta de lo que pasaba, ella en realidad se había quedado dormida.
No durmió mucho o muy profundamente porque se despertó cuando sintió que
algo cambió en su pie.
Pedro había venido de nuevo, tomó la bolsa de hielo de su tobillo, y lo estaba
envolviendo de nuevo.
Ella parpadeó aturdida, ligeramente desorientada.
Estaba aún más desorientada por la mirada extrañamente suave en sus ojos.
—Se está poniendo helado aquí —murmuró—. ¿Quieres venir a la sala de estar?
Tengo la hoguera yendo bien.
Ella asintió con la cabeza, ya que sin duda se estaba congelando, y se las arregló
para empujarse hacia arriba a una posición sentada.
Él se agachó para ayudarla a levantarse.
—No debes poner peso sobre el tobillo. Me gustaría cargarte, pero tengo la
sensación de que la generosa oferta sería rechazada.
—Definitivamente sería rechazada. —Ella se inclinó sobre él un poco, y no podía
dejar de gustarle cuan esbelto, sólido y cálido era su cuerpo, incluso a través de su
ropa.
—Tú te lo pierdes.
Su voz sonaba extraña, con más textura de la que normalmente tenía, así que ella
levantó la mirada para buscar su rostro.
Se congeló al ver la expresión de sus ojos. Sus labios se separaron, y ella no podía
apartar la mirada.
Lucía como calor, carcajadas, cariño, ternura, todo se mezclaba en sus ojos cuando
la miraba.

Ella lo quería. Lo necesitaba. Era lo que siempre había querido. Se estiró hacia él
sin ningún pensamiento consciente.
Él inclinó la cabeza hacia abajo. Entonces la estaba besando.
Y ella lo estaba besando de regreso.
Su brazo alrededor de su cintura apretada, presionándose más firmemente contra su
pecho. Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello mientras sus labios se
movieron contra los de ella, primero suavemente, cuidadosamente, como si él
estuviera aprendiendo sus respuestas.
El placer y la emoción rugieron en sus oídos mientras su cuerpo se ablandaba en
contra de él. Cuando ella sintió su coqueta lengua entre sus labios, se abrió para él
ansiosamente.
Su lengua acarició la cara inferior de cada labio y luego se enredó con la suya. Se
sentía tan bien que ella gemía suavemente y movió una mano para agarrar su cabeza
y mantenerla en su lugar.
Sus labios se separaron de los de ella brevemente, pero sólo para reajustar su cabeza.
—Paula. —Le oyó respirar—. Paula.
Ella gimió una respuesta cuando él profundizó el beso una vez más. Todo su
cuerpo palpitaba en respuesta y la excitación apretó dolorosamente entre sus
piernas.
Luego ella reajustó su peso y sintió una repentina sacudida de dolor en su tobillo.
Ella rompió el beso abruptamente con un sonido ahogado.
—¿Estás bien? —le preguntó, su abrazo inmediatamente convirtiéndose en apoyo
en vez de apasionado.
—Sí. Sólo mi tobillo. —Sus mejillas estaban rojas ya, pero se sonrojó aún más al
darse cuenta de lo que había estado haciendo.
Besando a Pedro Alfonso. Como si fuera cualquier otro hombre atractivo.
Como si no fuera el hombre que tan cruelmente le había roto el corazón.

Él debía pensar que ella era la presa más fácil en el mundo, enamorándose de él no
una, sino dos veces. El entendimiento dolió más de lo que había pensado que
podía, pero ella no iba a dejarle saberlo.
Podría ser una idiota, pero no era débil.
Cuando levantó la vista de nuevo, él parecía estar inclinándose hacia otro beso, esa
misma ternura caliente ardiendo en sus ojos.
Le puso una mano en el pecho para empujarlo lentamente.
—Espero que la disculpa fuera la ofrenda de paz y no el beso —dijo ella, satisfecha
de que su voz era ligera y poco ventosa, como si besarlo fuera una actividad
divertida, pero nada importante—. Porque el beso definitivamente no va a
funcionar.

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