domingo, 17 de noviembre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 17



Carolina quería tener una apariencia impresionante el día de su boda. Paula fue a verla para ayudarla con los preparativos, y se quedó muda de admiración. El vestido era de corte romántico, con una larguísima cola y un gran velo.

Tanto Caro como Gonza habían insistido en que Paula hiciera de madrina, y al final había tenido que resignarse. Dado que Pedro iba a ser el padrino, no iba a resultarle posible evitarlo. La propia Carolina había escogido el vestido de Paula, una preciosidad de raso y seda, amarillo, de un estilo elegante a la vez que sofisticado.

Estaba previsto que el acto y la recepción nupcial se celebraran en el enorme jardín de la casa de Pedro. Cuando Paula llegó por la mañana temprano, la carpa ya había sido levantada y la empresa de catering ya lo estaba disponiendo todo. No vio a Pedro por ninguna parte, y Caro le comentó que se había marchado después de asegurarle que no tardaría en regresar. Paula no pudo menos que preguntarse si no habría sido una manera de evitar su presencia.

El peluquero favorito de Carolina se presentó para peinarla; luego se dedicó a Paula. Cuando terminó, Carolina procedió a maquillarse con la profesionalidad que la caracterizaba, antes de trabajar en el rostro de su madrina. Tanta solicitud en el cuidado de su belleza despertó las sospechas de Pedro.

—Estás perdiendo el tiempo poniéndome tan guapa —le dijo—. Voy a casarme con Facundo, y aunque no fuera así, tu hermano sería la última persona que elegiría como marido.

—Es gracioso: él dice exactamente lo mismo de ti —repuso Carolina—. Sólo que tirándole un poco más de la lengua.


Cuando Carolina terminó de maquillarla, Paula tuvo que admitir que conocía bien su oficio.

Pequeños y delicados rizos flotaban en torno a su rostro, proporcionándole un exquisito aire de ternura. Sus ojos verdes y su espléndido cutis resaltaban más de lo habitual, gracias a la habilidad de su futura cuñada.

—Me muero por una taza de té —le confesó Caro.

—Voy a conseguirte una —se ofreció Pau.

Aquello le dio la oportunidad de probar sus delicadas sandalias plateadas, que tan bien combinaban con su vestido. Estaba preparando el té en la cocina cuando, al levantar la mirada, se quedó paralizada de sorpresa al ver a Pedro. Tan concentrada estaba en su tarea que no lo había visto entrar. Pero ella también lo había pillado desprevenido, y la expresión de sus ojos, antes de que pudiera disimularla, expresó todo lo que habría preferido ocultarle.

—No sabía que habías venido —pronunció él, al cabo de un silencio durante el cual no pudo menos que contemplarla admirado.

—Caro y yo acabamos de prepararnos. Quiero subirle una taza de té.

—No hay tiempo. Los coches ya han llegado.

—Se lo diré.

Eran unas pocas palabras banales, pero la dejaron extenuada a causa de la tensión; se preguntó cómo podría soportar pasar el día entero con él. Al fin llegó la hora de salir para la iglesia. Caro bajó la escalera envuelta en una nube de gloria y Paula la ayudó a entrar en el coche, recogiéndole con cuidado la cola del vestido. Pedro abrió la puerta delantera, disponiéndose a subir.

—Se supone que deberías sentarte conmigo —protestó Caro.

—Es mejor que te acompañe la madrina —repuso con tono inexpresivo, tomando asiento al lado del chófer.

Durante el corto trayecto hasta la iglesia, Paula se negó a mirar a Pedro.

Recordaba bien lo que Mike Harker le había dicho de él: «solía decir que las bodas eran una conspiración de las mujeres para poner en ridículo a los hombres, y que él nunca caería en ese error». Indudablemente, Pedro debía de pensar que la propia Paula formaba parte de la conspiración. Y ya antes le había dejado muy claro que lo único que quería tener con ella era una aventura.

Cuando llegaron a la iglesia, Pedro esperó a que Paula terminara de dar los últimos retoques al vestido; luego le ofreció su brazo a Caro, y se pusieron en marcha. Se habían retrasado algunos minutos, y cuando el órgano empezó a sonar, Gonzalo se volvió para mirar sonriente a su futura esposa. Ella le devolvió la sonrisa, y su felicidad pareció contagiar a todos los presentes. Paula pensó que Caro era en aquel preciso momento dueña y señora del corazón de Gonza, y recordó la noche en que Zarpas dio a luz, cuando Pedro se burló de ella diciéndole que se había presentado en su oficina como un señor medieval, exigiendo su cabeza en una bandeja.

Pero era el corazón de Pedro Alfonso lo que quería. Y nadie podría entregárselo, porque no tenía. Aun así, la había ido a buscar cuando su padre la abandonó por segunda vez, ofreciéndole algo que no había sido compasión, pero que le había hecho mucho más bien que el convencional consuelo de Facundo. Por duras que hubieran sido sus palabras, la había apoyado como si una mano hubiera surgido de repente de la oscuridad para sostenerla.

Inclinó la cabeza sobre su pequeño ramo de flores, entristecida. Nunca admitiría, ni siquiera a sí misma, que amaba a Pedro. Pero el dolor perduraría, y no sabía cómo podría llegar a soportarlo. Se encontraba atrapada, encadenada a Facundo por la necesidad que él tenía de ella; y por su convicción de que ella lo necesitaba.



Caro ocupó su lugar frente al altar, y la ceremonia dio comienzo. Pedro permaneció detrás, en un segundo plano. Ni una sola vez miró a Paula, pero ella sabía que era muy consciente de su presencia, como ella de la de él.

Al fin el órgano ejecutó la melodía triunfal y la pareja salió solemnemente de la iglesia.

En la recepción, Paula se encontró con Facundo, que la besó en las mejillas diciéndole que estaba preciosa. Se sentaron juntos durante las diversas intervenciones que tuvieron lugar, y después Gonza y Caro abrieron el baile, radiantes de alegría y felicidad.

Paula bailó con Facundo, consciente de que Pedro, que hasta ese momento la había evitado, la observaba con intensa expresión, y se preguntó si se decidiría a sacarla a bailar.

Sin embargo no la sacó a ella sino a una de las amigas modelos de Carolina, una joven de belleza impresionante. Incapaz de soportarlo, y esperando que nadie pudiera verla, Paula se retiró al jardín, entre los árboles. Pero incluso allí no encontró la tranquilidad que deseaba, porque le recordó el mágico paseo que había dado con pedro en el jardín de Vicente. Entonces había reído con él, y lo había tentado y seducido de una manera que en aquel momento le parecía sorprendentemente temeraria. ¿Cómo no se le había ocurrido sospechar el camino que estaba tomando su relación con él? Porque en aquel entonces ya había empezado a enamorarse de Pedro…

Al otro extremo del jardín, llegó a una zona que varios obreros estaban limpiando y brozando, nivelando el terreno. Varas de metal habían sido clavadas a su alrededor, sosteniendo cables fosforescentes como si delinearan la planta de un futuro edificio.

—¿Qué es esto? —inquirió curiosa.

Uno de los obreros interrumpió su tarea para explicárselo:

—Nosotros tampoco lo sabemos. Simplemente nos han dicho que despejemos el terreno.

—¿Pero esas delimitaciones?

—Las hemos cambiado una docena de veces, y supongo que seguiremos cambiándolas.

Él cambia continuamente de idea.

—¿Pero qué es lo que será esto cuando esté terminado?

—Bueno, por lo que yo sé…

—¿Qué estás haciendo aquí?

Paula se volvió para descubrir a Pedro frente a ella, mirándola con el ceño fruncido.

—Sentía curiosidad —explicó—. No te importará que curiosee tu jardín, ¿verdad?

—No me gusta que estés aquí —le dijo con tono cortante—. No es conveniente con ese calzado tan delicado que llevas. El suelo es muy irregular.

La tomó del brazo. Paula podía percibir su furia, y comprendió que el interés que demostraba por su seguridad era un puro pretexto. Lo que estuvieran haciendo esos obreros allí era secreto, algo que ella no tenía ningún derecho a conocer.


—¿Viste otra vez a tu padre? —le preguntó Pedro mientras atravesaban el jardín.

—No. Cuando volví a casa ya se había ido… con mi chequera, de la que ha debido de hacer un buen uso.

—Vaya. Menos mal que ya te has librado de él.

—Sí. Y te estoy muy agradecida,Pedro. Me ayudaste mucho. Y me pregunto por qué, cuando me odias tanto…

—No te odio. A pesar de todo, te respeto y te admiro. Pensé que eso podía ayudar a que recuperaras el buen sentido respecto a lo de Pieres.

—Sigo comprometida con él. Me necesita y es bueno conmigo. Si pudieras haberle visto cuando le dije lo de mi padre…

—Apuesto a que te ofreció una vida de tierna protección envuelta en algodones… que te ahogarán al cabo de un mes.

—Le di mi palabra.

—Rompe el compromiso, Paula. Rómpelo antes que seguir adelante con algo que nos destrozará a los dos.

—No creo que a ti se te destruya tan fácilmente —sonrió.

—Te deseo. Nunca te lo he ocultado…

—Sí, y sé por qué. La mujer de otro hombre: un desafío a tu posesividad. Pero no es suficiente. Sólo piensas en mí como un autobús, Pedro. Cuando uno viene, sale otro de tu vida.

—¿Sale de mi vida? ¿Con mi hermana casada con tu hermano? Nunca nos separaremos. Dentro de algunos meses tendremos un sobrino o una sobrina.

—Entonces me despediré de ti en el bautizo. Y mi marido también. Para entonces yo ya me habré casado con Facundo.

—¡No lo harás!

—Claro que lo haré, porque he dado mi palabra. Eso es lo primero que Vicente me enseñó: a mantener mi palabra. Pedro, por favor, intenta comprenderlo. ¿Cómo podría abandonar a Facundo ahora, cuando yo misma acabo de revivir esa experiencia?

—No me pidas que lo comprenda, porque no me es posible. No soy tan sentimental como tú. Yo tomo lo que quiero y cuando puedo. Yo nunca podría representar la farsa que te ofrece Facundo, pero sí podría darte una vida merecedora de ser vivida —un sombrío dolor se dibujó en su rostro—. Debería desearte que fueras muy feliz en el futuro, pero no puedo pronunciar esa mentira. Te deseo el mismo futuro que el que a mí me espera: una vida de amargo remordimiento y nostalgia por lo que podría haber sido. Adiós, Paula.


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Espero que les guste...
 Mmmm se terminara todo? Paula se casara con Facundo?? Pedro hará algo para impedirlo???
Mmmmm ya lo veremos en los proximos tres capitulos que quedan!!
Gracias por leer!! ♥


sábado, 16 de noviembre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 16



La llamada de teléfono que trastornó completamente el mundo de Paula tuvo lugar una tarde, a eso de las cinco.

—Soy el agente Constable Beckworth. Tenemos a un hombre en el calabozo de la comisaría de Ainsley. Ha sido arrestado por armar jaleo, y nos pidió que la llamáramos. Se llama Miguel Chaves, y afirma que es su padre.

Paula aspiró lenta y profundamente para intentar sobreponerse a la punzada de emoción que le atravesó el pecho.

—¿Señorita Chaves?

—Sí, sigo aquí.

Condujo a la comisaría como un autómata. Su padre había regresado a su vida después de dieciséis años de ausencia, y no podía formular un solo pensamiento coherente.

Estaba envejecido, más delgado, con el cabello gris, despeinado. Parecía un hombre desgastado por la vida. Pero tenía la misma sonrisa alegre y llena de vida que tanto la había conmovido de pequeña.

—La bala perdida ha retornado —fue lo primero que le dijo—. ¿Contenta de verme?

—Salgamos de aquí —lo urgió, eludiendo la pregunta.

No hablaron durante el trayecto a casa. Silbó de admiración cuando vio su piso, pero su único comentario fue:

—Qué bonito.

Después de tantos años echándolo de menos, anhelándolo, preguntándose por qué nunca había retomado el contacto con ella, Paula se sentía absolutamente confundida. Él era prácticamente un desconocido, hasta que volvió a esbozar aquella sonrisa tan suya, haciéndola sonreír a ella también. Pero en aquel preciso momento sintió un escalofrío.

Evidentemente, Miguel había confiado mucho en aquella sonrisa para que lo sacara de apuros: seguramente demasiado.

—¿Cómo supiste dar conmigo? —le preguntó ella mientras preparaba algo de comer en la cocina. Miguel permanecía de pie en el umbral, observándola con una copa de vino en la mano.

—Leí una noticia en un periódico. Hablaba de Gonzalo y de Paula Chaves…

—Vicente nos cambió el apellido cuando éramos niños —se apresuró a explicarle.

—No te preocupes; no me importa —ya le había dado la espalda y estaba contemplando su salón—. Muy bonito.

—¿Por qué me llamaste a mí y no a Gonzalo? —le preguntó Paula  mientras se sentaban a cenar.

—No creo que me hubiera dedicado mucho tiempo. Cuando sólo era un crío, no nos llevábamos muy bien. Pero tú y yo siempre estuvimos muy unidos.

—Tan unidos que de repente te marchaste y nunca más volví a saber de ti —no pudo evitar recriminarlo.

—Yo sólo pensaba en ti. Nunca le gusté a Vicente. Pensé que si yo no andaba de por medio, tu madre podría regresar a su casa y él cuidaría bien de ti.

—¿Así que se trató de un acto de generosidad en nuestro beneficio? —le preguntó con tono tranquilo.

—Exacto. Una cuestión de amor paternal —y volvió a ensayar su sonrisa.

—No, papá —replicó, tensa—. Me alegro de verte otra vez, pero prefiero ahorrarme todo esto.

—Bueno, vale. Saliste adelante, y eso es lo principal.

—¿Qué pasó con aquella mujer con la que vivías?

—¡Oh, ella! Rompimos. Lo que fácil llega, fácil se va.

—Como los autobuses —comentó Paula.

—Hey, no es tan malo —rió —. Sí, es un poco como los autobuses.

—Podrías haber retomado el contacto con nosotros.

—Vicente me dijo que me abstuviera de hacerlo —explicó con forzada naturalidad, pero al advertir su expresión de asombro añadió, encogiéndose de hombros—: Bueno, en cualquier caso estuviste mejor sin mí que conmigo. Mira este sitio. Muy bonito, de verdad.


Paula se clavó las uñas de las manos en las palmas, deseando que dejara de repetir continuamente aquella palabra. Durante años había estado imaginándose aquel reencuentro, pero ahora que ya se había producido, se hallaba frente a un desconocido que ni siquiera le agradaba.

Luchó contra aquella sensación. Su imagen había anidado en su corazón durante demasiado tiempo para desecharla con tanta felicidad. De alguna manera, aquel reencuentro debía reconciliarse con sus sueños. Las cosas mejorarían al día siguiente.

Una buena noche de sueño los cambiaría a ambos para mejor. Le preparó la cama en la habitación de los invitados, asegurándose de que estuviera bien cómodo.

Miguel se alegró de acostarse temprano. Cuando ya estaba roncando, Paula aprovechó para llamar a Gonzalo.

Su hermano expresó su asombro, pero no reaccionó con la violencia con que antes de seguro lo habría hecho.

A la mañana siguiente Gonzalo se presentó temprano en la casa, y los tres desayunaron juntos. Paula pudo entender entonces que Miguel hubiera sido lo bastante prudente como para no llamar a Gonzalo en primer lugar. Padre e hijo no tenían nada que decirse el uno al otro. Gonzalo se mostraba excesivamente formal y educado. Cuando mencionó su inminente matrimonio, Miguel le comentó:

—¿Habrás cazado a alguna chica rica, verdad?

Gonzalo lo miró con descarada fijeza, y cambió en seguida de tema. Cuando se disponía a marcharse, le dijo a Paula en voz baja:

—No me gustaba hace años, y sigue sin gustarme ahora —le tomó suavemente una mano—. Si tuvieras algo de sentido común, guardarías las distancias con él. No permitas que te haga daño.

—No me lo hará después de tanto tiempo.

—Eso espero. Pero me temo que te muestras demasiado sentimental con él.

—Bueno, es nuestro padre. Vamos a pasar el día juntos.

Había empezado a temer lo peor, pero la experiencia terminó por ser un éxito. Miguel se comportó de forma encantadora, haciéndola reír y desplegando todo su encanto mientras comían juntos. De alguna forma, Paula empezó a relajarse. No era demasiado tarde. El pasado podía ser reparado.

Paula lo aprovisionó de ropa nueva, incluyendo un par de trajes, y tuvo que admitir que estaba espléndido con ellos. Aquella noche cenaron en el Ritz, y ella empezó a pensar en cómo pasarían el día siguiente.

—¿Por qué no te vas a trabajar por la mañana —le sugirió Miguel—, mientras yo visito la tumba de tu madre? Podríamos comer juntos.

A la mañana siguiente le explicó cómo ir al cementerio, y quedó en verlo en el Ritz a las doce y media. Salió temprano del trabajo y se detuvo de camino para comprarle una corbata de seda.

Llegó al restaurante con diez minutos de adelanto, y pidió un sabroso aperitivo. Se imaginó la cara que pondría cuando llegara y lo encontrara todo listo y esperándolo. Pero dieron las doce y media sin que Miguel apareciera. Paula pensó que probablemente se habría olvidado de la hora de la cita. Se preguntó cuál de sus dos nuevos trajes se habría puesto.

La una menos diez. Pidió un agua mineral e intentó no escuchar el odioso murmullo de miedo que susurraba su corazón. Por supuesto que llegaría. Estaría allí a la una.

A la una y media dejó de fingir leer el menú. Quizá le había sucedido algo malo; debería llamar a casa. Lo hizo desde su móvil, pero no recibió respuesta. Quizá se había perdido.

Marcó de nuevo el número; fue inútil. Empezó a decirse que quizá no iría. No, no iría.

Aquel pensamiento latía con tanta insistencia en su cabeza que se imaginó oír una voz pronunciando las palabras:

—No vendrá.

Levantó la mirada para descubrir a Pedro sentándose frente a ella.

—¿Cómo has podido saber dónde estaba? —le preguntó en un susurro.

—Me lo ha dicho un pajarito. Lo sé todo. ¿Creías realmente que tu padre no volvería a abandonarte?

—Esta vez no es lo mismo…

—Sí que lo es, Paula. Es exactamente lo mismo. Es un hombre que huye. Huyó de ti una vez y ahora también ha huido. Supongo que se habrá aprovechado bien de ti. ¿Cuánto te gastaste en él?

Paula sabía que lo que le estaba diciendo Pedro era cierto. Y ella nunca huía de la verdad.

—Mucho —respondió—. De acuerdo. Y ahora, ¿quieres hacerme el favor de marcharte?

—No hasta que te haya dicho unas cuantas cosas.

Paula se preguntó cómo podía ser capaz de continuar atormentándola. Por mucho que la odiara, ¿cómo podía hacerle eso?

—Por favor, vete —le dijo con tono cansado.

—Esto siempre ha sido un error, Paula. Él no puede regresar a tu infancia para enderezar las cosas, y tú tampoco. Hizo lo que hizo, y eso ayudó a convertirte en la persona que ahora eres, una mujer que necesita seguridad y consuelo de un hombre… o al menos eso es lo que cree. Pero no tiene por qué ser así. Eres más fuerte de lo que crees. Lo suficiente como para decirle adiós y buen viaje… para siempre.



—Pues ahora mismo no me siento muy fuerte —reconoció—. Sólo quiero…


—¿Darte por vencida? No lo digas, ni siquiera lo pienses. Sigue como estás. Puedes hacerlo. No necesitas a nadie tan desesperadamente como crees. Ni a tu padre, ni a Facundo, ni a mí. Y quizá estés a tiempo de evitar el desastre hacia el que te encaminas. Eso es todo.

Se levantó y se marchó sin decirle una sola palabra más, dejando a Paula mirándolo asombrada. Sus palabras habrían podido proporcionarle algún tipo de consuelo, pero las había pronunciado sin suavizar ni el tono de su voz ni la expresión de su rostro. Lo que le habían proporcionado era la clave para sobrevivir a aquella experiencia, pero lo había hecho sin calor o ternura alguna. Le era tan hostil como siempre, pero le había dado la fuerza necesaria para sobreponerse a su dolor. O más bien la había hecho ser consciente de su propia fuerza.

No vio a Miguel cuando regresó a casa. Se había marchado con todas sus recientes adquisiciones, incluido su mejor maletín de viaje. Su nueva chequera también había desaparecido del escritorio. En su lugar había una nota, diciendo simplemente: lo lamento, cariño, pero no me guardarás rencor, ¿verdad? Miguel.

Durante un aterrador momento, fue como si retrocediera en el tiempo para volver a ser aquella niña sola y abandonada, sin ningún punto de referencia en un mundo hostil. Pero entonces oyó la voz de Pedro: «eres más fuerte de lo que crees; sigue como estás».

Era verdad. Pedro había descubierto la verdad en ella con más claridad que ningún otro. Y había ido a buscarla para ofrecerle su torvo y frío consuelo, sabiendo que constituiría su más valioso apoyo.

Vio a Facundo aquella tarde, y le contó lo sucedido. Pero sin mencionar a Pedro.

—Pobrecita —le dijo, tomándole una mano—. Qué desgracia que te haya sucedido algo así.

—No lo sé —repuso pensativa—. En cierta forma, ha sido una experiencia útil: ha enterrado a un fantasma. Quizá a partir de ahora pueda vivir mejor sin ese fantasma.

—Me imagino lo que ha tenido que suponer para ti: regresar a un pasado que te traumatizó…

—¿Por qué recordar el pasado ha de ser tan traumático? ¿Quizá para que podamos superarlo mejor y dejarlo atrás? Es extraño. Nunca había pensado en ello antes. Pero creo que debería hacerlo.

—Querida, eres tan maravillosamente valiente —le dijo Facundo con ternura—. Ojalá hubiera estado contigo para ayudarte…

—Ya me ayudaron —murmuró.

—Sé que últimamente no te he sido de mucha utilidad. Tengo la sensación de que te he fallado. Pero ya no más. A partir de ahora, seré todo lo que siempre quisiste que fuera —le tomó las manos entre las suyas—. Estoy a tu lado, Paula, y siempre lo estaré. Una vez que nos casemos, jamás te abandonaré. Viviremos para siempre juntos. Te lo prometo.

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capitulo 16!! espero que les guste!! gracias por leer!! ♥


viernes, 15 de noviembre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 15



En aquel momento de total silencio, Gonzalo se levantó rápidamente, mientras que Paula lo hizo con lentitud. Sólo Vicente se quedó donde estaba, imperturbable.

—Buenas tardes —saludó Pedro—. Espero no haberlos hecho esperar demasiado —se dirigió a todos, aunque su mirada estaba fija en los ojos de Paula.

—¿Quieres decir que has sido tú quien ha remontado el valor de las acciones? —le preguntó Gonzalo.

—Él no —dijo Jennnifer—. Charteris.

—No —la corrigió con tono tranquilo Pedro—. Yo personalmente. Ahora poseo una tercera parte de Chave´s.

«Te arrepentirás de haberme convertido en tu enemigo»; las últimas palabras que le había dirigido resonaron en su mente. Pedro Alfonso había vuelto para vengarse.

—Creo que deberíamos darle la bienvenida al nuevo miembro de la junta —intervino Vicente, sonriendo—. Lo mejor que podemos hacer es llevarnos todos bien.

—Estoy de acuerdo —aprobó Gonzalo.

—¿Es que ninguno de los dos comprende lo que está sucediendo aquí? —exclamó Paula—. Si no luchamos contra él, nos comerá vivos —se volvió hacia Pedro—. Vicente no sabe nada sobre ti, y Gonzalo no quiere enemistarse con el hermano de Carolina, pero yo te conozco bien y lucharé contra ti.

—Has dejado muy clara tu posición —repuso Pedro—. Y ahora, ¿podríamos hablar de negocios?

Ocupó su asiento ante la mesa, ignorándola, y empezó a repartir unos documentos. Luego expuso sus planes. Tenía intención de que la empresa realizara un buen número de negocios con Charteris, lo cual significaría que Chave´s tendría que expandirse.

—Una vez que lo hagamos, Charteris nos tendrá en su bolsillo —protestó Paula—. Pueden bajar el precio de nuestras acciones, para luego comprarlas a un precio irrisorio.

—Supongo que tendrán que confiar en mí —se limitó a afirmar Pedro con tono tranquilo.

—Paula, querida, tú no sueles tener prejuicios de este tipo —le echó en cara Vicente.

Incluso Gonzalo murmuraba su aprobación mientras hojeaba el documento. Paula comprendió que había perdido aquel asalto.

—Una última cuestión —pronunció Gonzalo cuando Pedro ya se disponía a marcharse—. ¿Cómo sabías que habíamos convocado junta para hoy?




Pedro esbozó una sonrisa glacial:

—Cuando un hombre está decidido a hacer algo, entonces se las arregla para hacerlo como sea. Y, créeme, yo estoy muy decidido.

Hablaba para todo el mundo, pero su mirada estaba fija en Paula. Y acto seguido se marchó.

Una semana después, Paula fue a buscar a Pedro a su despacho. No había vuelto a verlo desde la última junta.

—He estado hablando con Vicente. ¿Cómo te has atrevido a decirle que yo debería retrasar mi boda? —le preguntó, furiosa.

—No puedes empezar tu luna de miel justamente cuando Gonzalo todavía no ha vuelto de la suya.

—Creía que sabía lo muy bajo que podías caer, pero…

—Pues estabas equivocada —la interrumpió con tono tranquilo—. Todavía no sabes lo que soy capaz de hacer.

—No voy a retrasar mi boda a una orden tuya.

—Entonces tendré que asumir un papel más activo en tu empresa mientras tú estés fuera.

—Antes tendrás que pasar por encima de mi cadáver.

—Pero si tú no estarás aquí, ¿no? —le señaló Pedro.

—Maldito… Y pensar que yo…

—¿Que tú qué?

Se había quedado en blanco. De repente no tenía nada que decirle. En ese instante la secretaria de Pedro se asomó al despacho:

—Le recuerdo que tiene una cita. ¿Le digo que espere?

—No hay necesidad. La señorita Chaves se marchaba ahora mismo.

Fue como si la hubiera desconectado pulsando un interruptor. Paula se detuvo un instante en el umbral, lanzándole una horrorizada mirada, y se marchó.

—He retrasado un mes la boda —la informó a Carolina con un suspiro. Por aquellos días, Paula solía comer regularmente con ella—. No tenía elección.

—No sé qué es lo que hiciste para amargar tanto a Pedro —le comentó Caro—. Está irreconocible. ¿Sabes? Creo que, después de todo, debe de estar enamorado de ti.

—¡Pues vaya perspectiva! —exclamó Paula, disimulando la agitación que le habían producido aquellas palabras.

—¡Oh, cielos! ¡Tú también! —replicó Caro con tono quejumbroso—. Entre los dos me tienen hecha un lío. ¿Se puede saber qué es lo que sucedió para que mi hermano se pusiera así?


Paula se lo contó todo, justo hasta el momento en que Pedro descubrió a Facundo en la cama.

—Está convencido de que lo engañé, y eso para él es imperdonable. No se detendrá hasta convertirnos en una sucursal de Charteris.

—Pues, de hecho, los de Charteris están algo disgustados con Pedro por no haber aprovechado su ventaja sobre Chave´s. En su opinión, Pedro se pone demasiado a menudo del lado de esta.

—¿Cómo lo sabes? —le preguntó Paula.

—Porque él me lo cuenta todo. Naturalmente, me pidió que le guardara el secreto.

—¿Y tú se lo prometiste?

—Claro. De lo contrario no me lo habría dicho, y entonces, ¿cómo habría podido decírtelo a ti? —inquirió lógicamente Carolina—. Que nunca se dé cuenta de que tú lo sabes, ¿eh?

—No hay riesgo de que ocurra eso, dado que hemos dejado de hablarnos. No lo comprendo. ¿Qué es lo que estará tramando ahora?

Carolina reflexionó por un momento antes de comentarle:

—Será mejor que te diga una cosa más. ¿Cómo crees que Pedro consiguió el dinero necesario para comprar el treinta por ciento ?

—Es algo que no he dejado de preguntarme.

—El banco le hizo un cuantioso préstamo, que ha tenido que respaldar con sus propias acciones en Charteris.

—¿Qué?

—Está en el mismo barco que tú, Paula. Si algo malo le sucede a tu empresa, lo perderá todo.

Paula se quedó anonadada. Fueran cuales fueran las intenciones de Pedro, se había lanzado a fondo. Pero no podía estar actuando por amor. Ella había inspirado su pasión, pero se trataba de una fría y vengativa pasión que la estremecía de miedo.

—Intenta comprenderlo —la suplicó Caro—. Pedro no ha hecho más que luchar durante la mayor parte de su vida: por mamá, por mí, y sólo muy recientemente por él mismo. No conoce otra cosa. Se ha olvidado de pedir las cosas por favor; sólo sabe tomarlas.

—Eres muy amable al intentarlo —repuso Paula—, pero de verdad, es inútil.


Condujo lentamente a su casa, con la sensación de que su vida se estaba convirtiendo en una prisión. Secretamente se alegraba de que aquella excusa le hubiera permitido retrasar la boda. Se habría echado atrás si hubiera podido, pero las palabras de Facundo la acompañaban en todo momento: «sabes cuidar tan bien de mí». No podía fallarle.

Sin embargo, y a pesar de su discusión, echaba desesperadamente de menos a Pedro. No era simplemente deseo lo que los unía. Había algo en él que la atraía con una fuerza irresistible; en todo momento uno podía saber lo que estaba pensando el otro, debido a que se complementaban a la perfección. Ella podría haberlo amado, si Pedro la hubiera amado a ella. Pero le había dejado muy claras las cosas al decirle que no estaba enamorado de ella y que nunca podría comprometerse en serio. Se estaba vengando por una cuestión de orgullo, no de corazón.

La última y amarga escena que tuvo lugar en su despacho había sido como el portazo definitivo. Aquello le dolía, pero le habría dolido todavía más si hubiera estado enamorada de él. Al menos se había librado de eso, y debía consolarse con ese pensamiento. Porque, de otra manera, sería insoportable.

Alguna justicia había en la queja de Carolina de que se encontraba entre los dos, sin poder tomar partido abiertamente por ninguno. Durante aquellos días su hermano se quedaba a trabajar hasta tarde, pero por las noches siempre lo encontraba en casa de un pésimo humor.

—Por el amor de Dios, haz algo —insistió Carolina una vez más—. Ve a buscarla antes de que sea demasiado tarde.

—Ya es demasiado tarde —gruñó Pedro.

—Hoy he comido con Paula, y me ha contado lo que sucedió aquella noche en el piso.

—¿Qué es lo que había que contar? Estaba en la cama con su prometido.

—No es cierto. Él tenía jaqueca por haber bebido champán, y ella lo llevó a su casa para acostarlo. Estaba durmiendo en la otra habitación.

—¡Dios mío! —se echó a reír, sarcástico—. ¿Cómo es posible que…?

—Si Paula lo dice, yo estoy segura de que es verdad.

—¿Verdad? Pues claro que es verdad. Es justo el tipo de estúpida actuación que esperaría de ese bobalicón.

—Bueno, supongo que ese pobre hombre no puede evitar ser como es.

Pedro se levantó y se dirigió hacia la puerta, a grandes zancadas.

—Te diré una cosa —le comentó con tono despreciativo—. Si yo estuviera desnudo y yaciendo en la cama de la mujer más hermosa que he conocido nunca, estoy absolutamente convencido de que pensaría en algo más sugerente que hacer que quejarme de una jaqueca.


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Espero que les guste!! 
Gracias por leer y comentar... ♥
5 capítulos y termina !!! ♥


jueves, 14 de noviembre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 14



—¡Porque no irás a decirme que él mismo te lo pidió! —exclamó Pedro—. Tiene demasiado instinto de supervivencia para hacer eso. Tú le dijiste: «no vamos a dejar que nos dicte órdenes, ¿verdad, Facundo? Vamos a comprometernos para que se entere». Y menuda sorpresa debió de llevarse el pobre hombre.

—No tienes ningún derecho a decir eso.

Vio entonces tal mirada de ardor en sus ojos que tuvo la impresión de que su bata era transparente.

—Tengo derecho a decir cualquier cosa con tal de sacarte de este lío. ¿Sabe él lo que sentiste en mis brazos? ¿Se te ha ocurrido compararlo con lo que sientes en los suyos?

—Tú no sabes lo que siento cuando estoy con Facundo.

—Sé que no ardes ante su contacto como haces conmigo, porque ninguna mujer podría reaccionar así ante dos hombres.

—Has cambiado de tono. Apenas hace unos días, en este mismo apartamento, me acusaste de haber fingido contigo…

—Porque estaba muy enfadado, y tenía razones para ello. Pero cuando me tranquilicé, comprendí que no habías podido fingir hasta ese punto. Con sólo tocarnos, los dos empezábamos a arder y…

—¡Cállate! —gritó, volviéndose y tapándose los oídos.

—¿Por qué? —la obligó a que lo mirara—. ¿Te duele acaso la verdad? Mírame a los ojos y dime que no es así.

—Es… demasiado tarde —murmuró.
—Nunca será demasiado tarde mientras siga existiendo esto entre nosotros —repuso Pedro, y la estrechó en sus brazos.

Una parte de Paula había sabido que aquello era inevitable desde el principio, pero aun así la tomó por sorpresa. Fue un beso exento de ternura, la expresión del puro poder de su voluntad. Le abrió la bata, dejándola caer al suelo, de modo que únicamente quedó la finísima tela del camisón entre su cuerpo desnudo y las manos febriles de Pedro. A través de la seda Paula podía sentir cada caricia, cada íntimo contacto. La estaba tratando sin ningún respeto o cortesía, forzándola a reconocer el deseo que se imponía sobre cualquier otro sentimiento. Y su acelerado corazón le decía que Pedro le estaba haciéndo pagar el tributo de una fiera pasión que no podía dominar.

La besaba precipitadamente, sembrando senderos de besos a lo largo de sus mejillas, hasta sus labios, descendiendo luego por el cuello hasta la garganta.

—Siempre he querido hacer esto —murmuraba—. Y hemos tardado demasiado tiempo…

—Facundo… —susurró, frenética.

—Olvídalo. Esto es lo que importa ahora. Ninguna mujer me ha hecho sentir lo que tú.

Uno de los tirantes del camisón cedió bajo los urgentes movimientos de sus dedos. Le estaba besando el cuello, los hombros, los senos. Paula se esforzaba por no reaccionar, pero los sentimientos que le inspiraba eran más fuertes que su propia voluntad. Estaba tan completamente hechizada por Pedro que no fue consciente de que la había arrastrado hacia la habitación, que estaba abriendo la puerta y que…

—Paula…

Levantó la mirada hacia el rostro de Pedro, pero no había sido él quien había hablado. Se había quedado rígido y pálido al escuchar aquella voz procedente de la cama. Paula pudo sentir cómo se tensaba de sorpresa. Lentamente se fue apartando de ella, con los ojos fijos en el lecho. Facundo acababa de sentarse en el borde, cubriéndose los ojos con una mano.

Durante unos segundos fue como si el mundo se hubiera detenido de repente. Al fin Facundo dejó caer la mano, los miró fijamente a los dos por un momento, y luego se tumbó de nuevo con los ojos cerrados.

—Pequeña embustera —pronunció lentamente Pedro—. Lo has hecho otra vez —estaba blanco de furia mientras salía del dormitorio.

Paula intentó ordenar sus ideas. Su cuerpo seguía evocando su contacto, y apenas podía disimular los efectos de lo que había sucedido.

—Pedro, tú no comprendes…

—¿Qué es lo que hay que comprender? Sabías lo que sentía por ti y volviste a engañarme. ¡Otra vez!

—No es verdad —gritó—. No es lo que piensas…

—Ahora me dirás que no he visto a Facundo Pieres en tu cama.
—¿Y qué si lo has visto? —replicó furiosa—. Resulta que es mi prometido. ¿Qué otro hombre tendría más derecho que él a estar en mi cama?

—En otra ocasión pude haberte contestado adecuadamente. Pero eso era antes de darme cuenta de que eres lo suficientemente estúpida como para tomarte en serio esta farsa.

—Pues así lo haré si quiero —gritó—. ¿Cómo te atreves a venir aquí a dictarme con quién puedo o no puedo casarme? Estabas tan seguro de ti mismo… Con sólo chasquear los dedos, Paula acudiría corriendo, porque no era posible que amara a otro hombre si Pedro Alfonso la deseaba. Te equivocaste durante todo el tiempo. Todo lo que he hecho ha sido por Facundo. Él es el hombre al que amo y ningún otro hombre podría significar nada para mí.

—Has estado jugando conmigo —susurró Pedro.

—Sí, he estado jugando contigo, pero tú también, así que no te quejes. Simplemente te topaste con alguien que jugaba mejor que tú. ¿Qué es lo que se siente?

—Como si me hubieran desgarrado el corazón con un cuchillo —respondió en voz baja.

Su respuesta la conmovió profundamente, y más todavía al ver que su expresión, por un instante, no reflejó más que un fiero y violento dolor. Un dolor y una angustia que eran absolutamente sinceros, y que si hubieran durado un momento más podrían haber hecho reaccionar a Paula.

—Hay un viejo refrán, Paula, que dice así: «si me engañas una vez, vergüenza para ti; pero si me engañas dos, vergüenza para mí». Ya me has engañado dos veces, así que no puedo dejar las cosas así. Nadie me trata como tú lo has hecho. Nadie me engaña de esta forma y sale bien librado. Yo gano siempre.

—Pues este juego no lo has ganado —le espetó ella.

—Este juego aún no ha concluido. Y no concluirá hasta que yo haya ganado y tú así lo reconozcas.

—Tendrás que esperar bastante.

—No lo creas. Te arrepentirás de haberme convertido en tu enemigo. Recuerda que ya te lo avisé.

—Sal de aquí.

—Sí, pero no antes de decirte una cosa más. Sigue adelante y cásate con ese chico bonito. Te arrepentirás en una semana. Y cuando te vuelva loco con su debilidad y su petulancia, acuérdate de lo que pudo haber habido entre nosotros. Tú y yo pudimos haber hecho envidiar a las estrellas. Y tú lo echaste todo a perder.
Y se marchó, dejándola temblando de consternación.

Paula se despertó al sentir que alguien le daba un beso en la frente, y abrió los ojos para descubrir a Facundo a su lado.

—Te he traído una taza de té —le dijo.

—Oh, gracias. ¿Cómo te encuentras esta mañana?

—Bien. Esas jaquecas no suelen durar mucho, gracias a Dios.

Tenía mucho mejor aspecto, y sonreía contento. Lo cual era bien extraño, pensó Paula, para alguien que había sorprendido a su prometida besándose con otro la noche anterior.

Pero quizá no lo hubiera visto. Durante gran parte del tiempo, se había cubierto los ojos con la mano. Y a veces las jaquecas lograban bloquearle por completo la mente.

—Tenías razón con lo del champán —le comentó Facundo—. Menos mal que estabas conmigo.

Paula deseó que no hubiera dicho eso. Antes siempre le había gustado que le dijera lo mucho que confiaba en ella, pero aquello le suscitaba una sensación de ahogo, como si se sintiera prisionera suya. Y entonces recordó algo que le había dicho Pedro en la playa: «me alegro de que estuvieras conmigo cuando lo descubrí».

Necesidad. Anhelo de sentir una mano amiga y reconfortante. Había asociado todas aquellas cosas con Facundo, pero las había sentido con Pedro. Era aquel indefinible eco lo que la inquietaba, y lo había recordado cuando ya era demasiado tarde.

Paula y Facundo desayunaron en silencio. Luego ella lo acompañó al trabajo y se dirigió a su oficina, donde Gonzalo ya la estaba esperando. Le comentó algo irrelevante sobre su compromiso, pero tenía una expresión preocupada.

—Eres feliz, ¿verdad? —le preguntó él al fin.

—Por supuesto —respondió Paula.

—Es sólo que Caro creía que algo estaba sucediendo entre Pedro y tú.

—Sólo lo frecuentaba por el asunto de la empresa —mintió Paula—. Y ahora todo eso ha pasado.

—Tu ruptura con él ha bajado el precio de nuestras acciones, aunque muy poco —la informó Gonzalo—. Ya volverán a subir otra vez.

Pero para consternación de todo el mundo, el precio de las acciones empezó a descender en picado, cada vez con mayor rapidez.

—Alguien está vendiendo acciones nuestras —comentaba Gonzalo, horrorizado.

Desesperada, Paula se dio cuenta de que la empresa iba cuesta abajo de manera dramática. Pero de repente el precio se estabilizó, y volvió a subir.

—Corren rumores de que un solo hombre está comprando acciones nuestras —le dijo Gonzalo—. Y probablemente las suficientes para exigir formar parte de nuestra junta de administración. Para empeorar las cosas, Vicente ha convocado junta para esta tarde… y él estará allí.

Vicente llegó diez minutos antes del comienzo de la reunión, y contempló la gran mesa de roble con sus sillas dispuestas en torno.

—Vamos a necesitar una más para nuestro nuevo miembro.

—Pero no sabemos quién es —repuso Gonzalo—. Y no creo que aparezca porque ni siquiera sabe que se ha convocado la junta.

—Cualquier tipo lo suficientemente inteligente para hacer lo que ha hecho, también lo sería para presentarse en una junta de la que nadie le ha hablado —declaró Vicente con tono firme.

A las seis menos cinco, los tres socios ya estaban listos. Vicente tomó asiento a la cabecera de la mesa.

—Presidente, podemos empezar cuando quiera —le dijo formalmente Gonzalo.

—No, esperaremos un poco más.

Paula y Gonzalo miraron la silla vacía como esperando, de un momento a otro, vieron aparecer una figura fantasmal sentada en ella. En aquel preciso momento, el gran reloj de péndulo empezó a dar las seis.
Y cuando la última nota aún vibraba en el silencio, se abrió la puerta y Pedro Alfonso entró en la sala de juntas.


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Hola...! espero que les gusten estos dos capítulos!!!
6 capítulos y termina!! Gracias Por Leer! ♥


"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 13




—Querida, eres maravillosa. Pero, ¿cómo la has conseguido? —Facundo estaba hojeando el informe mientras hablaba.

—Simplemente se la pedí a alguien al que se le dan bien estas cosas —respondió Paula.

—Aquí hay un material importante, muy delicado. Bien hecho —Facundo se inclinó para darle un beso.

Se encontraban en la oficina de Facundo. Paula había ido allí a la mañana siguiente para entregarle la carpeta de Martson. En aquel preciso instante, Penny entró en el despacho con una bandeja de café. Después de servirlo, le lanzó una respetuosa sonrisa a Paula y se retiró.

—Parece que hoy Penny está un poquito pálida —observó—. ¿Es que está enferma?

—No, no, se encuentra perfectamente —se apresuró a afirmar Facundo—. De hecho, eres tú la que estás pálida.

—Anoche me acosté tarde.

—Sí, te dejé un mensaje en el contestador. ¿Va todo bien?

—Sí, claro.
Paula se dijo que era normal que estuviera pálida: no había conseguido cerrar los ojos después de que Pedro se había marchado. Se sentía incapaz de ordenar sus pensamientos y sensaciones. Era como si la furia y la tristeza batallaran en su interior.

Tan pronto se sentía furiosa con Pedro por las cosas que le había dicho, como lleno de remordimientos por lo que ella le había hecho a él.

El día anterior había vislumbrado al hombre verdadero que se ocultaba detrás de su apariencia. Pedro se había abierto a ella lo suficiente para revelarle los matices de su compleja personalidad. Ya sabía que tenía un carácter sensible y generoso. Cuando le había preguntado en quién confiaba, le había respondido que en ella, dejándola boquiabierta y sin aliento. Y Paula había traicionado aquella confianza. Una y otra vez se había dedicado a rememorar aquella discusión. Pedro se había quedado amargado, y su amargura se había expresado como furia. ¿Había habido también tristeza, incluso desesperación, o simplemente lo había imaginado?

Volvió a su oficina, y durante el resto del día estuvo saltando de ansiedad cada vez que sonaba el teléfono. Pero nunca era Pedro. Ni ese día, ni el siguiente. Ni la siguiente semana.

Una vez que ya estaba al tanto de lo sucedido, Paula podía identificar bien los cambios que iba experimentando Gonzalo. Su gesto adusto había desaparecido y sonreía con mayor frecuencia. A veces incluso se reía. Era un hombre inmensamente feliz, y eso lo había transformado. Paula lo observaba complacida, pero no le mencionó en ningún momento la noche que lo había visto con Carolina. Gonzalo tampoco le comentó nada, y Paula incluso se preguntó si sabría acaso que ella también había estado allí.

Un día la propia Carolina la invitó a comer con ella en un restaurante italiano. Paula se quedó sorprendida al descubrir los platos que pedía, demostrando un excelente apetito.

—Creía que las modelos comian como pajaritos.

—No; la mayor parte de nosotras comemos como caballos. Además… ahora estoy comiendo por dos.

—¿Quieres decir que…?

—Que estoy embarazada —declaró con radiante expresión.

—Pero si hace menos de un mes que Gonzalo y tú se conocen....

—No hemos perdido el tiempo —le explicó Caro, palmeándose el estómago con una sonrisa.

—Pero tu carrera…

—Ya estoy harta de ella. Ahora quiero otra cosa. Creo que una parte de mí estaba esperando secretamente a que llegara Gonzalo…

—Caro, ¿de verdad estás… enamorada de él?

—Claro que sí —la joven la miró asombrada—. Es maravilloso.

—¿Maravilloso? ¿Gonzalo?

—Sólo necesita a alguien que lo ame y lo comprenda.

—Tiene una familia.

—Pero siempre se ha sentido desplazado por ti y por tu abuelo.

—No lo entiendo.
—Gonza siempre ha estado celoso de la relación especial que tenías y sigues teniendo con Vicente. Él adora a tu abuelo, hace todo lo posible por complacerlo, pero no puede entrar en su  círculo encantado.

—¿Él te ha contado todo eso?

—Claro que no. El pobre no sabría cómo expresarlo. Pero lo he visto, lo he descubierto en su rostro.

—¿Me estás diciendo que es por eso por lo que Gonzalo tiene un carácter tan gruñón?

—Siempre se ha sentido como en un segundo lugar. Pero ya no —Carolina se palmeó el estómago otra vez—. Con nosotros, él siempre será el primero.

Paula sonrió, absolutamente encantada.

—¿Sabe ya lo del bebé?

—Aún no. Esta noche voy a sorprenderlo. Quiero casarme muy pronto. Mi vestido de novia es verdaderamente impresionante, pero necesito ponérmelo antes de que comience a engordar…

—¿Tu vestido de novia? —inquirió asombrada Paula.

—Soy una persona muy organizada —explicó Carolina de forma innecesaria.

Cuando Gonzalo se presentó al día siguiente en la oficina, Paula ya sabía que Carolina le había contado lo del bebé. Lo siguió a su despacho.

—¿Puedo hacer algo por ti? —le preguntó él, esbozando la sonrisa más cándidamente feliz que le había lanzado en mucho tiempo.

—Podrías contarme lo de anoche —le respondió en seguida Paula—. Ayer estuve comiendo con Caro.

—Vamos a casarnos —anunció encantado, y le dio un fuerte abrazo.

—Estoy tan contenta… Siempre y cuando tú seas feliz…

—¿Feliz? Yo antes no sabía lo que era la felicidad. Ella es lo que siempre he querido. Después de la muerte de mamá… me sentí de alguna forma perdido y…

—Lo sé.

—Pero ya no volveré a sentirme solo —declaró con sencillez—. Supongo que tú te habrás sentido igual.

Paula asintió, sonriéndole. Gonzalo le devolvió la sonrisa. Y de nuevo volvieron a ser los hermanos de siempre. Ella preparó un café y estuvieron charlando durante una hora, como hacía mucho tiempo que no hacían. Paula miraba a su hermano con ternura, deleitada por la transformación que veía en él. Pensó que así debía ser el amor: algo que sacaba a la luz lo mejor de cada persona. Significaba conocerse a sí misma con total certidumbre, no estar atormentada por las dudas. El amor, claro y directo, convertía el mundo en sencillo, respondía todas las preguntas. ¿Por qué ella no podía experimentar lo mismo?
Si alguien le hubiera dicho que a la noche siguiente estaría sentada en el Savoy, celebrando su compromiso con Facundo, de seguro que Paula no le hubiera creído…


El día empezó como cualquier otro. Pero la primera señal del terremoto se produjo cuando AFacundo se dejó caer en su despacho, con aspecto agitado, para decirle que acababa de hablar con Pedro.

—Me ha ofrecido trabajo en Charteris.

Paula frunció el ceño, preguntándose qué habría tramado Pedro. No tardó en averiguarlo cuando Facundo le describió el sorprendente e increíble giro que Pedro dio en el último momento a la conversación que mantuvo con él.

—Era un trato maravilloso para mí, pero justo cuando iba a aceptar me dijo que había una condición —Facundo aspiró profundamente—. Tengo que dejarte.

—¿Qué?

—Fue muy directo: «aléjate de Paula Chaves». Yo creía que la gente sólo hablaba así en las películas de gángsteres.

—¿Me estás diciendo —pronunció lentamente Paula—que Pedro Alfonso se ha atrevido a…?

Apenas podía respirar de la furia que la embargaba. Desde la noche de su discusión, sus sentimientos hacia Pedro se habían suavizado, compadeciéndolo por el dolor que le había infligido. Pero ya todo eso había desaparecido bajo la impresión del descubrimiento de lo implacable y autoritario que podía llegar a ser. Aquello era la venganza de Pedro, una ejemplar demostración de su poder.

Una extraña expresión cruzó por su rostro: una expresión que Gonzalo habría identificado de inmediato como preludio de que iba a cometer una impulsiva acción de la que se arrepentiría cinco minutos después.

—Facundo, tenemos que hacerle frente. Incluso aunque eso no hubiera sucedido, habríamos tenido que pensar en nuestro futuro —le tomó las manos entre las suyas—. Ha llegado la hora de decirle a todo el mundo que nuestro matrimonio va a efectuarse, tanto si quiere Pedro Alfonso como si no.

Leyó el asombro en su rostro, y por un momento casi esperó que se negase; pero luego le dijo con tono respetuoso:

—Por supuesto, querida. Como dices, tan sólo era una cuestión de tiempo…
La furia le duró a Paula toda una hora, tiempo que utilizó para comunicar la noticia a Gonzalo y a Vicente, telefonear al periódico e insertar un anuncio en su edición nocturna. Pero cuando Facundo se marchó dejándola sola, fue como si el mundo se le hubiera derribado encima. Facundo le ofrecía la seguridad que siempre había deseado por encima de todo. Pedro la había tentado con otra vida, una vida de riesgos, donde se podía ganar o perderlo todo con una sola palabra. Pero la palabra ya había sido pronunciada, y ya era demasiado tarde.

Ese mismo día Facundo y ella cenaron en el Savoy para celebrar la inminencia del acontecimiento. Paula intentó alegrarse y acallar la voz interior que le decía que todo aquello era demasiado correcto, como si respondiera a un guión ya escrito. En realidad siempre había soñado con aquella noche… y de pronto todo parecía haberse tornado confuso, equívoco.

Facundo pidió champán, a pesar de que el vino blanco siempre le daba jaqueca. Un espectador cualquiera habría detectado un matiz extraño en su comportamiento, como si estuviera intentando convencerse a sí mismo de algo.

—¡Por nosotros! —exclamó, brindando.

—¡Por nosotros! —repuso ella mientras entrechocaba su copa.

Tal y como temía Paula, el champán le dio dolor de cabeza a Facundo; en sus ojos había una expresión de dolor y su sonrisa era muy forzada.

—Creo que deberíamos irnos —comentó con mucho tacto.

Asintió agradecido, y ella lo ayudó a salir para llamar un taxi. Estaban demasiado lejos del piso de Facundo, y su casa estaba mucho más próxima: pensó en acostarlo en su cama para que durmiera y se le aliviara el dolor. Llegaron al bungaló en unos minutos. Una vez en su dormitorio, le quitó la ropa y lo ayudó a tumbarse en la cama.

—Gracias por cuidarme tan bien —le susurró, apretándole la mano—. Gracias, querida.

—Siempre cuidaré de ti —le prometió Paula, emocionada.

Facundo sonrió levemente y cerró los ojos, de manera que Paula salió sigilosamente del dormitorio para dejarlo descansar. Se preparó la cama en la habitación de invitados, pero antes entró en el cuarto de baño para tomar una ducha; pensó que quizá así podría liberarse de la extraña sensación de insatisfacción que había experimentado durante la noche que habría debido de ser la más feliz de su vida. Había conseguido aquello que se le había negado durante tanto tiempo, demostrándole al mismo tiempo a Pedro que no aceptaba sus órdenes. Pero aun así se sentía inquieta, incómoda.
Salió de la ducha y se secó vigorosamente. De repente, mientras se ponía su finísimo camisón de seda, sintió que su cuerpo se despertaba, deseoso de unas manos febriles que la acariciaran íntimamente. Cerró los ojos y poco a poco un rostro empezó a cobrar forma en sus sueños…

De pronto, consternada, abrió los ojos otra vez. ¿Cómo se atrevía Pedro a irrumpir en una noche así?

Él no era el hombre al que amaba, ni el hombre con quien iba a casarse. Pero aun así, no podía desembarazarse de él. Asomó la cabeza por la puerta entreabierta de su dormitorio para echar un vistazo a Facundo. Había retirado a un lado las sábanas y yacía medio desnudo. Era hermoso, pensó mientras lo contemplaba admirada. Pero al cabo de un rato se dio cuenta de que su admiración era fría y desapasionada, ajena a toda punzada de deseo. Se apresuró a decirse que eso se debía a que estaba enfermo, y oyó de nuevo la burlona voz de Pedro: «siempre se preferirá a sí mismo antes que a ti».

Empezó a retroceder, dejando abierta la puerta en caso de que Facundo la llamara durante la noche. De pronto la sobresaltó el timbre de la puerta. Después de ponerse la bata sobre el camisón, se apresuró a abrir. Pedro Alfonso estaba en el umbral, mirándola con expresión sombría.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Será mejor que hablemos dentro.

—No tenemos nada de qué hablar. Márchate en seguida.

—Me iré cuando haya hablado contigo. Puede que tú no tengas nada que decirme, pero yo sí: muchas cosas. Y podemos empezar por tu extraño sentido del humor.

—Por lo que a ti respecta, no tengo sentido del humor.

—Bueno, pues yo creo que es muy divertido que te comprometas en matrimonio y me lo hagas saber por los periódicos.

Entró sin que lo invitara a pasar. Paula nunca lo había visto antes en aquel estado. En lugar de su inmaculada apariencia, no llevaba corbata, tenía abierto el cuello de la camisa y estaba despeinado. Pero lo más extraño de todo era su mirada desquiciada. Por una vez Pedro había perdido el control sobre sí mismo.

—¡Debería…! De acuerdo, tuvimos una discusión, y quizá te dije algunas cosas que… ¡pero vengarte de mí con esto!

—¡Vengarme de ti! —repitió furiosa—. ¿Es eso lo que crees que es mi matrimonio? ¿Una especie de venganza?
—No me hables de tu matrimonio. Tú no tienes más intención de casarte con Facundo Pieres que yo mismo. Lo hiciste para devolverme el golpe. De acuerdo, estuve especialmente torpe. Debí haber adivinado que correría a tus brazos y que tú estarías tan enfadada conmigo que serías capaz de cometer cualquier estupidez. ¿Pero esto? ¿Acaso te has vuelto loca?

—Estás en un error, Pedro. Esto tenía que suceder un día u otro. Yo estoy enamorada de Facundo; lo sabes desde que nos conocimos. Y él está enamorado de mí.

—Sé que albergas la estúpida idea de que él es el hombre que resolverá todos tus problemas, y que ha quedado deslumbrado por ti. Pero basta ya. La broma ha terminado.

—Esto no es una broma.

—¡Crece de una vez, Paula! No puedes casarte con él. Y tú no quieres realmente hacerlo. Organizaste todo esto para ponerme en mi lugar. De acuerdo, has triunfado. Cedo.

Inexplicablemente para una mujer que se había comprometido con otro hombre, el corazón empezó a latirle acelerado.

—¿Y qué quieres decir… exactamente… con eso de que «cedes»?

—¿No es obvio?

—A mí no me lo parece.

—He venido aquí a buscarte, ¿no? Yo no voy detrás de las mujeres suplicándoles favores, pero he venido a pedirte, a rogarte, que pongas fin a este absurdo, porque de otra manera…

—¿De otra manera qué? —inquirió Paula, casi incapaz de hablar.

Vio que su rostro se tensaba. Un hombre que se hubiera encontrado de pronto en el borde de un precipicio habría adoptado la misma expresión que Pedro en aquel instante.

—De otra manera mis acciones caerán en picado —terminó con tono cortante.

Paula se lo quedó mirando de hito en hito, estupefacta.

—¿Qué? —susurró.

—Tu súbito compromiso puede perjudicarme mucho en el mercado de valores.

—No puedo creerlo —gritó furiosa—. ¡A mí no me importa el mercado de valores! Voy a casarme con Facundo porque lo amo.

—¡Absurdo! Vas a casarte con él porque te has enfadado conmigo —le espetó Pedro—. Y él se va a casar contigo porque tú se lo pediste.



—Eso… no es verdad —balbuceó, intentando ahuyentar de su mente la imagen del rostro de Facundo, pálido de asombro cuando le propuso matrimonio.


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Lean el siguiente.....



lunes, 11 de noviembre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 12



Volvieron en autobús a la población, subieron al coche y se marcharon.

—Bueno, no ha sido para nada el día que había planeado —comentó con tono irónico Pedro mientras conducía—. Pero al menos ha sido instructivo.

Se detuvieron en un antiguo pub, con una terraza al aire libre. Mientras comían en una mesa cercana a un estanque, Paula le comentó con tono suave:

—Míralo de otra forma. Estabas en deuda con él, y se la pagaste proporcionándole una próspera jubilación. ¿Por qué no debería haber seguido su propio camino?

Pedro asintió abstraído y comió en silencio durante un rato. Al final dijo:

—Por supuesto, tienes razón. ¿Quién era yo para exigirle que se transformara en un empresario próspero y eficiente? Era un anciano. Para entonces debía de estar harto de trabajar.

—¿Pero aun así no es lo mismo, verdad?

—No. Sigo teniendo esa irracional sensación de que traicionó mi confianza… lo cual es absurdo, supongo —sonrió con irónica expresión—. Mi problema es que me gusta organizarle la vida a la gente. Y no sé por qué este caso en particular ha podido molestarme tanto. Es como si Dan hubiera sido la única persona en la que pudiera confiar.

—¿Y no confías en nadie más?

—Sí, en ti —respondió, para asombro de Paula. Y añadió al ver su expresión—: No te lo esperabas, ¿verdad?

—No podías haber dicho algo que me hubiera sorprendido más.

—Confío plenamente en ti. A pesar de nuestras discusiones, creo que eres la persona más honesta y honrada que he conocido. Creo, o más bien sé, que nunca traicionarías a alguien que confiara en ti.

Que Pedro Alfonso le estuviera diciendo aquellas cosas la dejó literalmente sin habla.

Había un matiz de ternura en su voz que nunca había oído antes. Mirándola con una nueva e insólita expresión, tomó una mano entre las suyas y pronunció:

—Paula…

—¡Pedro, por favor! Mi vida ya es bastante complicada como para que tú la compliques aún más.

—¿A causa de Facundo?

—Bueno, sí. ¿Acaso ahora mismo no lo estoy engañando a él?

—No. De manera natural e inevitable, lo nuestro está llegando a su final. No te conviene, y los dos estamos empezando a darnos cuenta de ello —como no contestó, le apretó suavemente las manos mientras le preguntaba—: ¿Lo llamaste anoche, después de que yo me fuera?

—No —se dijo que debería haber telefoneado a Facundo, quien esperaba ansioso lo que tenía que decirle acerca de Martson. Pero no había sido capaz de hacerlo.

—¿Te llamó él?

—No. No me preguntes por Facundo, por favor, Pedro.

—No puedo evitarlo. Estoy celoso. Quizá no tenga ningún derecho, pero me siento celoso de cada hombre que te ha conocido en el pasado, que te ha tocado, que te ha besado… ¡que el diablo me lleve! No puedo seguir así.

—¿No deberíamos quizá dejar de vernos?

—¿Quieres hacer eso? —se apresuró a preguntarle Pedro.
Paula negó lentamente con la cabeza. Pero la manera en que lo había engañado para concertar el encuentro de la noche anterior pesaba terriblemente sobre su conciencia.

—Pedro… hay algo que debería decirte… sobre la razón por la que te llamé ayer.

—¡Shhh! —le puso delicadamente un dedo sobre los labios—. No hay necesidad de que me digas nada. Te conozco mejor de lo que crees.

—Quizá no me conozcas tan bien.

—Conozco lo más importante: la verdad de tu corazón. Me llamaste por… razones de tu propio interés, digámoslo así. Es lógico que algunas cosas no deban ser expresadas.

Paula se dio cuenta de que Pedro pensaba que se había inventado una excusa para buscar su compañía. Pero, ¿acaso no tenía razón? No podía decirle más. Estaba cayendo bajo su hechizo, admirada de que Pedro le hubiera abierto finalmente su corazón. La mujer que en aquel momento se estaba enamorando de Pedro Alfonso apenas había nacido hacía unos momentos. Enterraría su secreto en lo más profundo de su corazón, para que jamás pudiera interponerse entre ellos.

Hablaron poco durante el resto de la comida. Paula se sentía feliz simplemente estando sentada allí, saboreando la caricia del sol, disfrutando de su compañía mientras su relación se hacía cada vez más profunda. Pedro era arrogante y orgulloso, y a veces irracional, impaciente y de carácter difícil. Pero el inesperado descubrimiento de su vulnerabilidad la había conmovido profundamente. Por unos instantes él realmente la había necesitado, y no había temido revelarle esa necesidad. A partir de entonces todo había seguido su curso natural, hasta aquel momento en que tenía la sensación de encontrarse en el umbral de un nuevo y maravilloso futuro.

Regresaron a casa. Una vez, cuando se detuvieron en un semáforo, Pedro la tomó de la mano y se la apretó suavemente; luego siguió conduciendo sin pronunciar una sola palabra. Paula se sentía rebosante de felicidad. Aquella pasión era tan dulce… tanto como su creciente intimidad. En un momento en que el coche se detuvo de nuevo, Pedro le dijo:

—Todavía no te he explicado lo de Martson.

—¿Martson? Ah, sí. Martson.

No lo había recordado; todo excepto Pedro le resultaba ya distante e irrelevante…

Mientras entraban en la casa, cada movimiento le parecía especial, cargado de reveladores significados: el sonido de su llave en la cerradura, o el de la puerta al cerrarse a sus espaldas, cuando se volvió para descubrir que Pedro la estaba mirando. Ya había oscurecido para entonces, pero en la penumbra reinante alcanzó a leer en sus ojos una confusión, una indecisión que jamás había visto antes. Paula también se sentía confundida, y sólo pudo susurrar su nombre. Al momento siguiente se encontró en sus brazos, sintiendo la caricia de sus labios en los suyos…
Fue un beso distinto de cualquier otro que le hubiera dado. En aquella ocasión Paula percibía un ansia extraña, casi una súplica.

—Sabes que te deseo, ¿verdad? —murmuró Pedro.

—Sí, pero…

—Sshh. «Pero» es para los cobardes. Y tú no eres una cobarde. Eres lo suficientemente fuerte para hacer lo que quieras. Sólo existe un «sí» o un «no» para esta pregunta.

La estaba besando entre cada palabra, tentándola con sus labios. Paula se esforzaba por pensar, pero Pedro se lo estaba impidiendo a propósito, y se aferró a él, ansiando permanecer en sus brazos para siempre.

—Abandona a Facundo y vivamos una aventura juntos —murmuró Pedro.

—¿Una aventura?

—Tú no necesitas casarte, Paula, al menos no lo necesitas más que yo. Incendiemos juntos el cielo, vayamos juntos a todas partes, dejemos que el mundo sepa lo que sentimos el uno por el otro.

Paula se apartó para mirarlo con expresión desafiante.

—Quizá sintamos cosas distintas.

—Sentimos lo mismo. Lo que pasa es que yo soy sincero, y tú no. ¿Sabes con cuánta desesperación ansío acostarme contigo en este momento?

—¿Esa es tu idea de una relación romántica?

—Es una sincera declaración hecha a una mujer a la que siempre le ha gustado hablar claro. ¿No estás enamorada de mí más de lo que yo lo estoy de ti, verdad?

—No —se apresuró a responder—. No estoy enamorada de ti.

—Entonces nos pertenecemos el uno al otro, y lo sabes —en aquella ocasión su beso tuvo un fiero y arrebatador propósito, como si hubiera despejado toda duda y estuviera seguro de su victoria—. Me perteneces —musitó—. ¿Verdad? ¿Verdad?

Paula intentó responder, pero era como si sus sentidos no la obedecieran. La palabra «sí» tembló en sus labios, y en un rapto de locura quiso gritarle que era suya y solamente suya. Entonces una nueva vida empezaría para ella, llena de gozo, alegría y pasión. Un segundo después pronunciaría aquella palabra fatal, sin importarle las consecuencias… Pero de pronto sonó el teléfono.

—¡Diablos! —musitó Pedro.

—Déjalo —susurró ella—. El contestador está conectado.

Al cabo de un par de llamadas, oyeron la voz de Paula sugiriendo que dejaran un mensaje. Y luego la de Facundo.
—Paula, llevo todo el día intentando localizarte. ¿Has podido averiguar algo sobre Martson? Dijiste que tenías una forma infalible de lograrlo. Ya sabes lo mucho que significa para mí, cariño.

Sintió que Pedro se tensaba en sus brazos antes de apartarse.

—¡Dios mío, sí que eres inteligente!

—¡Pedro… no! No es eso —exclamó aterrada.

—Es exactamente eso —estaba terriblemente pálido—. Me has engañado. No lo niegues. Después de todo, has ganado; deberías sentirte orgullosa.

—No, por favor, escúchame…

—¿Era por eso por lo que me llamaste para que saliéramos juntos, verdad?

—¿Pedro…

—¿Era por eso?

—Sí, pero…

—Y yo caí en la trampa. ¡Cuánto has debido de reírte de mí! Fui lo suficientemente estúpido como para olvidarme de Facundo. Porque todo esto se trata de Facundo, ¿eh?

—No lo hice por Facundo —gritó—. Lo hice por mí. Quería darte un escarmiento. Y, si quieres saberlo, te diré que esa información era para él, sí, pero sólo quería conseguirla por el placer de irritarte…

—¡Oh, por favor…!

—Sé que fue una estupidez y cambié de idea. Hoy…

—No menciones el día de hoy a no ser que quieras que haga algo de lo que podamos arrepentimos los dos. Cuando pienso que yo… ¡maldita sea!

Paula se volvió hacia otro lado, incapaz de soportar la furia y el dolor que veía en sus ojos. Pero apenas se había movido, cuando él la agarró por los hombros.

—Mírame. Mírame a la cara, si puedes. Te consideraba una mujer sincera, Paula.

Sin previo aviso, la atrajo hacia sí para besarla en los labios. Fue un beso mezclado de deseo, dolor y furia vengativa. Su rabia la alarmó, pero junto con el miedo se abría paso un ansia primitiva; casi a pesar de sí misma, entreabrió los labios y su cuerpo empezó a moverse invitador contra el suyo.

—¿Cómo puede una mujer besar así, cuando todo esto no ha sido más que una farsa? —gruñó Pedro contra su boca.

—No ha sido…



—¡Cállate! No quiero oír nada que tengas que decirme —y la besó de nuevo—. El corazón te late acelerado. Apuesto a que incluso sabes fingir eso.
—Pedro, por favor…

—¡ mentirosa! ¿Y todo para qué? En beneficio de esa mediocridad que te encargó hacer el trabajo sucio. ¿Pensó acaso en lo lejos que podrías llegar para conseguirle lo que deseaba? ¿Le importaba? Que el infierno se congele si consiento alguna vez que mi mujer corra algún peligro por mí. ¿O ni siquiera tuviste el suficiente sentido común para darte cuenta de que estabas haciendo algo peligroso? ¿Creíste que podrías manipularme como si fuera un muñeco sin sufrir luego las consecuencias?

De repente Paula recuperó las fuerzas, y se las arregló para liberarse.

—No te temo —exclamó.

—Entonces es que eres una estúpida.

—Sólo fue un truco infantil e inocente, y además anoche cambié de idea. En todo el día de hoy no he pensando ni una sola vez en Facundo. Y no hay lugar para él en mis pensamientos porque… tú y yo.. ¿Cómo no puedes darte cuenta de que lo de hoy ha sido diferente…?

—Sí que lo ha sido —repuso él con voz ronca—. Tan diferente que hoy he descubierto cómo eres en realidad.

—Quiero que te vayas hora mismo, Pedro —le dijo Paula, emitiendo un profundo y tembloroso suspiro.

Pedro recogió la carpeta del caso Martson, que antes había dejado sobre la mesa, y se dispuso a marcharse. Pero en el último momento se detuvo, emitió una corta risa burlona y se la lanzó:

—Tómala. Has trabajado duro para conseguirla.

Y la puerta se cerró sigilosamente a su espalda.

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Capitulo 12 presente!!  
Espero que les guste!!!

viernes, 8 de noviembre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 11



—Así tendré oportunidad de visitar a la familia de Zarpas —le comentó Pedro cuando se dirigieron en el coche de Paula a su casa—. Tengo muchas ganas de verla.

Nada más llegar Paula fue a ver la cesta donde había colocado los gatos, pero se encontró con que estaba vacía.

—Hay uno aquí —le dijo Pedro sacando delicadamente a un gatito de detrás del sofá—, y allí otro.

—Desde que se salieron de la caja, nunca sé dónde voy a encontrarlos —dijo Paula, riendo.

Zarpas salió entonces de la cocina y se reunió con la camada. Pedro calentó leche para los gatos y preparó un café para ellos. Paula estaba empezando a sentirse ella misma como un gatito, estirándose perezosamente con la placentera sensación de que su vida marchaba a las mil maravillas.

—A propósito —pronunció Pedro—, nos hemos olvidado de algo.

—¿Sí?

—Martson. Todavía no hemos hablado de él.

Con un estremecimiento de sorpresa, Paula recordó que el original propósito de aquella velada había sido darle una buena lección a Pedro Alfonso… y había terminado por olvidarse de ello. Pero esa noche había aprendido cosas sobre él que la intrigaban y fascinaban. Ya no quería reírse de él, ni darle un escarmiento, ni hacer nada que no fuera… besarlo.

—¿Quieres hablar de ello ahora?

—No… no, en otra ocasión. No es importante —balbuceó.

—No —convino Pedro, tomándola en sus brazos—. Claro que no es importante.

Estaba empezando a temer los besos de Pedro, de tanto como los deseaba. Él era como una droga, negativa y peligrosa, pero imposible de resistir. Se dijo que lo rechazaría la próxima vez, pero esa noche le devolvería el beso ansiosa, ardientemente… sólo una vez más.

Pero al igual que sucedía con las drogas, en realidad no existía «sólo una vez más». Un beso siguió a otro, y de repente Pedro la estaba sembrando de besos en la cara y en el cuello.

—Te deseo —murmuró—. Y quiero que tú me desees.

—Ya sabes que yo… yo no sé, Pedro…

Sus palabras se disolvieron en la nada mientras empezaba a devolverle los besos con urgencia. Asaltaron su mente imágenes de Pedro tal y como lo había visto al comienzo de aquella tarde, desnudo hasta la cintura, y la necesidad de tocarlo se tornó insoportable. Vio sus ojos oscurecidos por la pasión, mirándola con una extraña expresión de asombro, como si la sorprendiera lo que estaba sucediendo.

—Siempre eres más hermosa de lo que recuerdo… —le confesó con voz ronca.

Empezó a deslizar las manos por la fina tela de su vestido, y Paula comprendió de pronto que nada lo detendría. Sabía que se estaba lanzando de cabeza hacia algo que había deseado con toda su alma, pero aun así…
De repente, las palabras que escaparon de sus labios fueron las últimas que había esperado pronunciar:

—Pedro… Pedro, espera…

Pudo sentir el esfuerzo que le costó apartarse para mirarla.

—¿Qué sucede, Paula? ¿Qué pasa?

—No lo sé… de repente todo estaba yendo demasiado rápido… No estoy preparada para esto.

—Paula, tu sentido de la oportunidad es admirable —ironizó—. ¿Crees que puedo detenerme ahora?

—Creo que puedes hacer cualquier cosa que te propongas —repuso ella con voz temblorosa.

—Oh, maldita sea. ¡Siempre tienes que pronunciar la palabra adecuada en el momento adecuado! —la soltó lenta, dolorosamente, y se pasó las manos por el pelo—. Lo lamento.

No podría haber dicho nada que la hubiera sorprendido más. Pedro Alfonso había pedido disculpas. Era como si los astros se hubieran escapado de sus órbitas.

—Es culpa mía —logró decir—, por no conocerme lo suficientemente bien a mí misma.

—No nos culpabilicemos por esto; no podría soportarlo —emitió una risa forzada—. Me marcharé ahora mismo, si quieres…

—Sí, quizá debieras hacerlo…

Paula ansiaba pedirle que se quedara, pero sabía que no debía. Al cabo de unos segundos Pedro saldría por aquella puerta y su relación habría terminado para siempre…

De pronto, el sonido del timbre los sobresaltó, como despertándolos de un sueño. Paula se recuperó lo suficiente para abrir la puerta, y se encontró con una pareja de unos cuarenta años, con una niña que no debía de pasar los diez.

—Sentimos molestarla a esta hora —se disculpó la mujer—. Hemos estado llamando durante toda la tarde, pero no había nadie. Hace horas que Brenda debería haberse acostado, pero no teníamos corazón para obligarla a volver a casa mientras quedara alguna posibilidad de encontrar a Nieve…

—¿Nieve? —inquirió Paula con el corazón encogido.

—Le pusimos el nombre de Nieve por sus patitas de color blanco —explicó la niña, y de pronto una enorme sonrisa iluminó su rostro—. ¡Nieve!

Entró precipitadamente en la casa para abrazar a Zarpas, que ya la había reconocido.
Sonriendo tristemente, Paula invitó a los padres a pasar. Pedro cerró la puerta, contemplando discretamente la escena. Las presentaciones fueron rápidas. El matrimonio Cranmer iba bien provisto de fotografías familiares en las que Zarpas aparecía en los brazos de la pequeña; no había ninguna duda de que eran los legítimos propietarios de la gata. Brenda ya había descubierto los gatitos, y los estaba acunando con amorosa ternura.

—Vivimos a unas cuatro calles de aquí —la informó la señora Cranmer—. Uno de nuestros vecinos nos comentó que alguien de esta calle había recogido a un gatito perdido, negro con las patas blancas, pero no estaba seguro de quién era. Nos preocupamos tanto cuando desapareció de casa… Gracias a Dios que ha estado a salvo con usted… Permítanos al menos pagarle los gastos del veterinario.

—El veterinario llegó cuando el parto ya había terminado —les explicó Paula—.Pedro se encargó de todo.

Mientras tomaban café, les contaron la historia de aquella noche. Celebraron con risas las diversas anécdotas, pero Pedro, mirando de cerca a Paula, advirtió que su sonrisa era un tanto forzada. Cuando la familia Cranmer se dispuso a marcharse, Nieves saltó al regazo de Paula, ronroneando.

—Le está dando las gracias —comentó Brenda—. La quiere mucho.

—Y yo a ella —repuso Paula con voz ronca de emoción—. Y me alegro de que haya podido recuperar a su familia.

—¿Le gustaría quedarse con uno de los gatitos? —le preguntó Brenda, ofreciéndole el único varón, que era casi idéntico a su madre—. Yo se lo traeré cuando sea lo suficientemente mayor para dejar a su madre.

Reacia, Paula negó con la cabeza:

—Me encantaría, pero no estaría bien dejarlo solo en esta casa durante todo el día. Con Zar… con Nieves era diferente; para ella, estar sola aquí era mejor que andar por las calles. Pero este pequeñín se merece algo mejor.

—¿No lo quiere? —inquirió Brenda.

—Sí, claro que lo quiero, pero… —se le quebró la voz.

—Lo entendemos —declaró la señora Cranmer con tono suave.

Pedro se quedó mirando a Paula mientras se despedía de la familia y cerraba la puerta, advirtiendo su aspecto abatido. Conteniendo los sollozos y dándole la espalda,

Paula se dirigió a la cocina mientras él pedía un taxi por teléfono. Desde donde estaba, pudo oír cómo se sonaba la nariz.

—El taxi estará aquí dentro de unos minutos —lo informó.

—Bien —repuso con tono ligero, aunque Pedro sabía que aquella falsa alegría se evaporaría en cuanto se marchara. Entonces se quedaría realmente sola, sin los gatos, sin Facundo, sin él mismo, sin nadie. Y le dolió terriblemente pensar en aquella soledad que con tanto empeño se negaba a reconocer.

Las palabras salieron de sus labios antes de que fuera consciente de ello:

—Pasa el día de mañana conmigo, Paula.

—Yo… tengo varias reuniones… —balbuceó.

—Cancélalas. Tómate el día libre. Vente conmigo a la costa.

—¿A la costa? —repitió.

—Quiero llevarte a Huntley y enseñarte el lugar donde crecí. Nos divertiremos mucho.

—Oh, sí —convino Paula, repentinamente entusiasmada con la idea.
—Te recogeré a las ocho de la mañana. Buenas noches.

Cuando Pedro se hubo marchado, Paula empezó a pasear nerviosa por la casa, intentando ordenar sus pensamientos. Deseaba tanto a Pedro que apenas podía formular un pensamiento coherente, a pesar de que no se había dejado llevar por la pasión del momento. ¿Por qué se había asustado tanto? Quizá porque su anhelo por Pedro amenazaba con abrumarla, turbando la ordenada vida que había jurado llevar desde mucho tiempo atrás, cuando todavía era una niña solitaria e insegura.

A la mañana siguiente y a la hora en punto, Pedro estaba llamando a su puerta.

Para su asombro, se presentó vestido con camiseta y vaqueros. ¿Pedro Alfonso… sin corbata? ¿Y sonriendo como un niño entusiasmado con la excursión que iban a emprender?

Su apariencia, por otra parte, concordaba perfectamente con la de Paula; unos pantalones de color beige y una camisa amarilla constituían un atuendo que jamás se habría puesto para ir a trabajar. Y tampoco se habría anudado un pañuelo de seda al cuello, colgándose un vistoso bolso de lienzo al hombro.

—Estás vestida de la cabeza a los pies para pasar un día entero frente al mar —le comentó Pedro.

—Bueno, espero que mis esperanzas no se vean defraudadas: Una playa de arena, o una cala, con un vendedor de helados.

—Me temo que la playa es de guijarros. Pero hay una cala y un hombre que vende helados. Estoy seguro de que eso no ha cambiado.

—Cuando era pequeña, nuestros padres solían llevarnos a Gonza y a mí a la playa —comentó Paula una vez que subió a su coche—. Tengo un recuerdo imborrable de aquellos viajes. El sol siempre brillaba radiante, los helados siempre eran deliciosos, y Gonza y yo siempre discutíamos sobre qué castillo de arena era el mejor…

—Seguro que ganabas tú.

—No siempre. Él solía hacer trampas.

—Por cierto, hablando de Gonzalo, anoche Carolina no vino a dormir a casa… y no es la primera vez. Creo que debemos prepararnos para una boda inminente.

—¡No estarás hablando en serio!

—No sabes de lo que es capaz mi hermana cuando se le mete una idea en la cabeza. Es impresionante.

—Me dijiste que decidió casarse con él la misma noche que lo conoció —recordó Paula—. ¿Tú crees que lo ama de verdad?

—¿Por qué si no habría de querer casarse con él?

—Bueno… en la vida de las modelos suele haber una etapa en la que… —se interrumpió, segura de que Pedro ya había comprendido lo que quería decirle.

—No se va a casar con él buscando una seguridad económica, si es eso a lo que te refieres. Ya tiene un montón de dinero. ¿Es que tú no crees en el amor a primera vista?

—¿Y tú?

—Creo en algo a primera vista, pero no sé si se trata de amor —se encogió de hombros—. Supongo que cada uno lo rellena del significado que quiera darle.

—Obviamente —comentó Paula con expresión pensativa—, ella ve en Gonzalo algo que a nosotros se nos oculta, y quizá esa instintiva percepción se llame amor. Y confiar lo suficiente en la otra persona como para dejarle ver la verdad sobre ti. Si han encontrado eso, no puedo menos que envidiarlos.

—Pero tú lo has encontrado —le señaló Pedro—. Facundo y tú.
—Facundo y yo nos queremos, pero lo nuestro no es tan sencillo. No es lo que parece que les pasa a Gonza y a Caro.

—Si no es tan sencillo, quizá no sea amor después de todo—sugirió él.

—No voy a renunciar a ello porque tengamos algunos problemas. La mayor parte de las parejas los tienen. Los solucionaremos. Estamos muy lejos de Huntley?.

—A unos ochenta kilómetros —respondió  Pedro, aceptando su cambio de tema—. Es un lugar pequeño, o al menos lo era la última vez que lo vi. No atraía muchos turistas debido a su playa de guijarros, así que nunca llegó a prosperar demasiado, y mucha gente mayor y jubilada solía descansar allí. Cuando era niño pensaba que era demasiado aburrido, pero con el tiempo he llegado a apreciar su tranquilidad.

Paula observó sus manos fijas en el volante, controlando el pesado vehículo sin esfuerzo. Eran manos fuertes y hermosas, y apenas la noche anterior habían acariciado su cuerpo con pasión, dando y demandando, sabiendo acariciar los lugares precisos…

Y aun así, las había rechazado; ¿acaso se había vuelto loca?

Muy pronto alcanzó a detectar cierto sabor a sal en el aire, y comprendió que estaban muy cerca del mar.

—¡Ahí está! —gritó de alegría—. Acabo de distinguir el mar entre esos árboles.

El sol arrancaba cegadores reflejos al agua, y Paula gozó del paisaje como cuando era una chiquilla. Siguieron por la carretera de la costa, hasta que encontraron un buen restaurante de marisco. Escogieron una mesa frente a un gran ventanal, para admirar la vista.

—Hay más gente aquí de lo que recuerdo —le comentó Pedro—. Huntley debe de haber prosperado. Me alegro por Dan Markham.

—¿Quién es Dan Markham?

—El dueño de la pequeña tienda de barrio que me proporcionó mi primer trabajo como repartidor de periódicos. Todavía me estremezco cuando me acuerdo de aquellas mañanas de invierno en que tenía que levantarme tan temprano. Pero siempre me daba una bebida caliente antes de salir con los periódicos, y otra cuando volvía. Era un gran tipo.

Paula nunca antes lo había oído hablar de nadie con aquel tono de cariño y añoranza.

—Cuéntame más cosas de él.

—Se parecía a Santa Claus, con su barba blanca y sus ojos vivarachos. Era generoso hasta decir basta. Me pagaba más de lo normal, y me subió el sueldo cuando mi madre murió.

—Un pésimo hombre de negocios —observó ella con una sonrisa.

—Terrible —convino Pedro—. Era capaz de conceder créditos a sus clientes, y luego perdonárselos por su condición de buenas personas.

—¡Impresionante! Supongo que lo reprenderías por su ineficacia.

—Lo hice. Todavía puedo oírme a mí mismo, con catorce años: «está usted recortando sus márgenes de beneficio, señor Markham». Y él respondiéndome asombrado: «Yo no sé una palabra acerca de márgenes de beneficio, chico. Yo sólo compro y vendo cosas». Mientras vivió su esposa, los libros de contabilidad corrieron a su cargo. Después los llevé yo. Y fue entonces cuando descubrí lo mucho que mi propia madre se había beneficiado de su caridad.

—Estoy segura de que le pagaste hasta el último céntimo —le dijo Paula.

—¿Tan transparente soy?

—Bueno, creo que estoy empezando a conocerte de verdad.

—Sí, supongo que sí. Calculé lo que le debíamos, y me negué a seguir cobrando mi salario hasta amortizar la deuda. Tuve unas terribles discusiones con él, pero al final gané yo.

—Claro —murmuró Paula.

—Le devolví el dinero e intenté enseñarle todo lo que sabía de negocios. Pero fue inútil. La tienda iba cuesta abajo cada año, y él simplemente no entendía por qué.

 Paula lo miró fascinada. Pedro Alfonso tenía un gran corazón.

—¿Perdió la tienda al fin?

—Casi. Afortunadamente alguien lo ayudó a salir de la crisis.

—No es difícil averiguar quién fue.

—Sí, bueno —sonrió tímidamente Pedro—. Fui yo. Hace unos años pasé por Huntley y se me ocurrió hacerle una visita. Estaba a punto de renunciar, y le hice un crédito.

—¿Pudo devolvértelo?

—Tuve que perdonárselo —replicó riendo—. Era demasiado papeleo y…

—No pongas excusas. En el fondo eres un sentimental.

—No, no lo soy —se defendió.

—Zarpas tendría algo que decir acerca de eso.

—Ayudar a Zarpas aquella noche fue un asunto de pura eficiencia práctica.

—Mentiroso. Detrás de esa apariencia de acero…

—Late un corazón de acero —la interrumpió—. Simplemente le debía eso al viejo. Fin de la historia.
—Si tú lo dices…

Cuando reanudaron su excursión, la carretera se internó tierra adentro para luego salir bruscamente a la costa de nuevo.

—Esos bloques de apartamentos son nuevos —observó Pedro—. ¡Qué feos son, Dios mío! parece que las promotoras inmobiliarias se han trasladado aquí.

Más cerca de Huntley, resultó evidente hasta qué punto las inmobiliarias se habían apoderado de la zona. Había modernos edificios por todas partes, numerosas tiendas flanqueaban el paseo marítimo, y la pequeña población hervía de gente.

—Ya no reconozco este lugar —le confesó Pedro, entristecido—. ¿Cómo es que de repente todo el mundo se ha venido aquí?

Encontraron la respuesta pocos minutos después, en un enorme casino situado frente al mar.

—Atrae a la gente en decenas de kilómetros a la redonda —los informó el portero—. Está abierto las veinticuatro horas del día. A los jóvenes les encanta.

—No lo dudo —repuso Pedro horrorizado.

—Una buena inversión —fue el comentario de Paula.

—Al menos espero que el viejo Dan se haya beneficiado de esto —murmuró Pedro con tono irónico.

Se dirigieron hacia el antiguo negocio del señor Markham, y para alivio de Paula se encontraron con una flamante tienda de aspecto próspero, con un gran letrero con su nombre en la fachada.

—Finalmente ha triunfado —comentó Pedro, encantado.

—Gracias a ti.

—Vamos a darle una sorpresa.

—¿En qué puedo servirle, señor? —le preguntó el joven dependiente que estaba detrás del mostrador.

—¿Podemos ver a Dan Markham?

—¿Dan…? Oh, se refiere al viejo señor Markham. Creo que se marchó a Canadá.

—¿Está de vacaciones en Canadá?

—No, vendió el negocio.

—¿Lo vendió? Pero el nombre de…

—Oh, sí, todavía lo llamamos así porque la gente se ha acostumbrado a ello, pero de hecho la tienda pertenece a una gran cadena comercial, que se la compró a Dan Markham.

—Querrá decir que lo obligaron a que se la vendiese —comentó Pedro, sombrío.

—No fue necesario. Él estaba muy dispuesto a venderla. El tipo al que debía dinero y que le perdonó el crédito… ¡qué inocente fue! Una semana después Dan vendió el local. Dijo que estaba muy contento con agarrar el dinero y marcharse…

—Entiendo —dijo Pedro, y salió lentamente de la tienda. Paula lo siguió preocupada. Al ver lo pálido que estaba, como si hubiera recibido una fuerte impresión, se compadeció terriblemente de él. Lo tomó del brazo y Pedro no la rechazó; continuó caminando con la cabeza baja y el ceño fruncido, ensimismado en su furia y en su consternación.

—No importa… —le dijo ella a manera de consuelo.


—Sí, sí que importa —repuso con voz ronca—. No sé por qué, pero… diablos, sí que importa. Vamos a dar un paseo.

Cruzaron la carretera y bajaron a la playa, que estaba poco concurrida. En aquellos días la gente visitaba Huntley principalmente para jugar en el casino, y el remanso de paz que había conocido Pedro había desaparecido para siempre.

Rodearon un pequeño cabo y llegaron a la pequeña cala de la que él le había hablado. No había nadie a la vista. Pedro se detuvo bruscamente y, recogiendo un puñado de guijarros, empezó a lanzarlos al mar uno a uno, con creciente rabia.

—Qué inocente —repetía con amargura—. ¡Qué inocente he sido!

—¿Pero por qué te importa tanto?

—¡Una semana! Ya entonces debía de haberse decidido a vender. Me tomó por imbécil.

—Parece que al final sí que aprendió algo de ti, después de todo.

Pedro la miró frunciendo el ceño, pero un momento después le rodeó los hombros con un brazo y continuaron paseando. Ninguno de los dos habló durante un buen rato, sumidos en un cómodo silencio, y de pronto Paula se dio cuenta de que se habían alejado bastante. Habían dejado atrás la población y estaban completamente solos en la playa, con el mar como única compañía.

—No quiero que sufras —le dijo ella, deteniéndose y mirándolo fijamente a los ojos.

Pero sufría, y era aún peor para Pedro porque no estaba acostumbrado al dolor producido por la desilusión, no sabiendo cómo combatirlo. Paula experimentó una oleada de ternura hacia él, y al momento se quedó desconcertada. Aquello era lo mismo que había sentido por Facundo, algo peligrosamente cercano al amor. Y se había prometido a sí misma no amar a Pedro Alfonso. Sus siguientes palabras, sin embargo, la inquietaron todavía más:

—Me alegro de que estuvieras conmigo cuando lo descubrí.

Paula detectó el leve eco de otras palabras similares, pronunciadas en otro tiempo y por otro hombre. Pero el eco se desvaneció antes de que pudiera identificar su origen.

Pedro la acercó hacia sí, abrazándola sin llegar a besarla, y ella se sorprendió de la naturalidad con que su cabeza se adaptaba a la forma de su hombro.

—Ya está. Ya he conseguido calmarme otra vez —la informó con un suspiro—. Perdóname por haberte traído hasta aquí. Me he comportado como un estúpido, ¿verdad?

—No importa; no te preocupes.
—Vamos —la tomó de la mano—. Salgamos ya de Huntley. No me importaría no volver a ver este lugar en mi vida.


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