jueves, 14 de noviembre de 2013
"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 13
—Querida, eres maravillosa. Pero, ¿cómo la has conseguido? —Facundo estaba hojeando el informe mientras hablaba.
—Simplemente se la pedí a alguien al que se le dan bien estas cosas —respondió Paula.
—Aquí hay un material importante, muy delicado. Bien hecho —Facundo se inclinó para darle un beso.
Se encontraban en la oficina de Facundo. Paula había ido allí a la mañana siguiente para entregarle la carpeta de Martson. En aquel preciso instante, Penny entró en el despacho con una bandeja de café. Después de servirlo, le lanzó una respetuosa sonrisa a Paula y se retiró.
—Parece que hoy Penny está un poquito pálida —observó—. ¿Es que está enferma?
—No, no, se encuentra perfectamente —se apresuró a afirmar Facundo—. De hecho, eres tú la que estás pálida.
—Anoche me acosté tarde.
—Sí, te dejé un mensaje en el contestador. ¿Va todo bien?
—Sí, claro.Paula se dijo que era normal que estuviera pálida: no había conseguido cerrar los ojos después de que Pedro se había marchado. Se sentía incapaz de ordenar sus pensamientos y sensaciones. Era como si la furia y la tristeza batallaran en su interior.
Tan pronto se sentía furiosa con Pedro por las cosas que le había dicho, como lleno de remordimientos por lo que ella le había hecho a él.
El día anterior había vislumbrado al hombre verdadero que se ocultaba detrás de su apariencia. Pedro se había abierto a ella lo suficiente para revelarle los matices de su compleja personalidad. Ya sabía que tenía un carácter sensible y generoso. Cuando le había preguntado en quién confiaba, le había respondido que en ella, dejándola boquiabierta y sin aliento. Y Paula había traicionado aquella confianza. Una y otra vez se había dedicado a rememorar aquella discusión. Pedro se había quedado amargado, y su amargura se había expresado como furia. ¿Había habido también tristeza, incluso desesperación, o simplemente lo había imaginado?
Volvió a su oficina, y durante el resto del día estuvo saltando de ansiedad cada vez que sonaba el teléfono. Pero nunca era Pedro. Ni ese día, ni el siguiente. Ni la siguiente semana.
Una vez que ya estaba al tanto de lo sucedido, Paula podía identificar bien los cambios que iba experimentando Gonzalo. Su gesto adusto había desaparecido y sonreía con mayor frecuencia. A veces incluso se reía. Era un hombre inmensamente feliz, y eso lo había transformado. Paula lo observaba complacida, pero no le mencionó en ningún momento la noche que lo había visto con Carolina. Gonzalo tampoco le comentó nada, y Paula incluso se preguntó si sabría acaso que ella también había estado allí.
Un día la propia Carolina la invitó a comer con ella en un restaurante italiano. Paula se quedó sorprendida al descubrir los platos que pedía, demostrando un excelente apetito.
—Creía que las modelos comian como pajaritos.
—No; la mayor parte de nosotras comemos como caballos. Además… ahora estoy comiendo por dos.
—¿Quieres decir que…?
—Que estoy embarazada —declaró con radiante expresión.
—Pero si hace menos de un mes que Gonzalo y tú se conocen....
—No hemos perdido el tiempo —le explicó Caro, palmeándose el estómago con una sonrisa.
—Pero tu carrera…
—Ya estoy harta de ella. Ahora quiero otra cosa. Creo que una parte de mí estaba esperando secretamente a que llegara Gonzalo…
—Caro, ¿de verdad estás… enamorada de él?
—Claro que sí —la joven la miró asombrada—. Es maravilloso.
—¿Maravilloso? ¿Gonzalo?
—Sólo necesita a alguien que lo ame y lo comprenda.
—Tiene una familia.
—Pero siempre se ha sentido desplazado por ti y por tu abuelo.
—No lo entiendo.—Gonza siempre ha estado celoso de la relación especial que tenías y sigues teniendo con Vicente. Él adora a tu abuelo, hace todo lo posible por complacerlo, pero no puede entrar en su círculo encantado.
—¿Él te ha contado todo eso?
—Claro que no. El pobre no sabría cómo expresarlo. Pero lo he visto, lo he descubierto en su rostro.
—¿Me estás diciendo que es por eso por lo que Gonzalo tiene un carácter tan gruñón?
—Siempre se ha sentido como en un segundo lugar. Pero ya no —Carolina se palmeó el estómago otra vez—. Con nosotros, él siempre será el primero.
Paula sonrió, absolutamente encantada.
—¿Sabe ya lo del bebé?
—Aún no. Esta noche voy a sorprenderlo. Quiero casarme muy pronto. Mi vestido de novia es verdaderamente impresionante, pero necesito ponérmelo antes de que comience a engordar…
—¿Tu vestido de novia? —inquirió asombrada Paula.
—Soy una persona muy organizada —explicó Carolina de forma innecesaria.
Cuando Gonzalo se presentó al día siguiente en la oficina, Paula ya sabía que Carolina le había contado lo del bebé. Lo siguió a su despacho.
—¿Puedo hacer algo por ti? —le preguntó él, esbozando la sonrisa más cándidamente feliz que le había lanzado en mucho tiempo.
—Podrías contarme lo de anoche —le respondió en seguida Paula—. Ayer estuve comiendo con Caro.
—Vamos a casarnos —anunció encantado, y le dio un fuerte abrazo.
—Estoy tan contenta… Siempre y cuando tú seas feliz…
—¿Feliz? Yo antes no sabía lo que era la felicidad. Ella es lo que siempre he querido. Después de la muerte de mamá… me sentí de alguna forma perdido y…
—Lo sé.
—Pero ya no volveré a sentirme solo —declaró con sencillez—. Supongo que tú te habrás sentido igual.
Paula asintió, sonriéndole. Gonzalo le devolvió la sonrisa. Y de nuevo volvieron a ser los hermanos de siempre. Ella preparó un café y estuvieron charlando durante una hora, como hacía mucho tiempo que no hacían. Paula miraba a su hermano con ternura, deleitada por la transformación que veía en él. Pensó que así debía ser el amor: algo que sacaba a la luz lo mejor de cada persona. Significaba conocerse a sí misma con total certidumbre, no estar atormentada por las dudas. El amor, claro y directo, convertía el mundo en sencillo, respondía todas las preguntas. ¿Por qué ella no podía experimentar lo mismo?Si alguien le hubiera dicho que a la noche siguiente estaría sentada en el Savoy, celebrando su compromiso con Facundo, de seguro que Paula no le hubiera creído…
El día empezó como cualquier otro. Pero la primera señal del terremoto se produjo cuando AFacundo se dejó caer en su despacho, con aspecto agitado, para decirle que acababa de hablar con Pedro.
—Me ha ofrecido trabajo en Charteris.
Paula frunció el ceño, preguntándose qué habría tramado Pedro. No tardó en averiguarlo cuando Facundo le describió el sorprendente e increíble giro que Pedro dio en el último momento a la conversación que mantuvo con él.
—Era un trato maravilloso para mí, pero justo cuando iba a aceptar me dijo que había una condición —Facundo aspiró profundamente—. Tengo que dejarte.
—¿Qué?
—Fue muy directo: «aléjate de Paula Chaves». Yo creía que la gente sólo hablaba así en las películas de gángsteres.
—¿Me estás diciendo —pronunció lentamente Paula—que Pedro Alfonso se ha atrevido a…?
Apenas podía respirar de la furia que la embargaba. Desde la noche de su discusión, sus sentimientos hacia Pedro se habían suavizado, compadeciéndolo por el dolor que le había infligido. Pero ya todo eso había desaparecido bajo la impresión del descubrimiento de lo implacable y autoritario que podía llegar a ser. Aquello era la venganza de Pedro, una ejemplar demostración de su poder.
Una extraña expresión cruzó por su rostro: una expresión que Gonzalo habría identificado de inmediato como preludio de que iba a cometer una impulsiva acción de la que se arrepentiría cinco minutos después.
—Facundo, tenemos que hacerle frente. Incluso aunque eso no hubiera sucedido, habríamos tenido que pensar en nuestro futuro —le tomó las manos entre las suyas—. Ha llegado la hora de decirle a todo el mundo que nuestro matrimonio va a efectuarse, tanto si quiere Pedro Alfonso como si no.
Leyó el asombro en su rostro, y por un momento casi esperó que se negase; pero luego le dijo con tono respetuoso:
—Por supuesto, querida. Como dices, tan sólo era una cuestión de tiempo…La furia le duró a Paula toda una hora, tiempo que utilizó para comunicar la noticia a Gonzalo y a Vicente, telefonear al periódico e insertar un anuncio en su edición nocturna. Pero cuando Facundo se marchó dejándola sola, fue como si el mundo se le hubiera derribado encima. Facundo le ofrecía la seguridad que siempre había deseado por encima de todo. Pedro la había tentado con otra vida, una vida de riesgos, donde se podía ganar o perderlo todo con una sola palabra. Pero la palabra ya había sido pronunciada, y ya era demasiado tarde.
Ese mismo día Facundo y ella cenaron en el Savoy para celebrar la inminencia del acontecimiento. Paula intentó alegrarse y acallar la voz interior que le decía que todo aquello era demasiado correcto, como si respondiera a un guión ya escrito. En realidad siempre había soñado con aquella noche… y de pronto todo parecía haberse tornado confuso, equívoco.
Facundo pidió champán, a pesar de que el vino blanco siempre le daba jaqueca. Un espectador cualquiera habría detectado un matiz extraño en su comportamiento, como si estuviera intentando convencerse a sí mismo de algo.
—¡Por nosotros! —exclamó, brindando.
—¡Por nosotros! —repuso ella mientras entrechocaba su copa.
Tal y como temía Paula, el champán le dio dolor de cabeza a Facundo; en sus ojos había una expresión de dolor y su sonrisa era muy forzada.
—Creo que deberíamos irnos —comentó con mucho tacto.
Asintió agradecido, y ella lo ayudó a salir para llamar un taxi. Estaban demasiado lejos del piso de Facundo, y su casa estaba mucho más próxima: pensó en acostarlo en su cama para que durmiera y se le aliviara el dolor. Llegaron al bungaló en unos minutos. Una vez en su dormitorio, le quitó la ropa y lo ayudó a tumbarse en la cama.
—Gracias por cuidarme tan bien —le susurró, apretándole la mano—. Gracias, querida.
—Siempre cuidaré de ti —le prometió Paula, emocionada.
Facundo sonrió levemente y cerró los ojos, de manera que Paula salió sigilosamente del dormitorio para dejarlo descansar. Se preparó la cama en la habitación de invitados, pero antes entró en el cuarto de baño para tomar una ducha; pensó que quizá así podría liberarse de la extraña sensación de insatisfacción que había experimentado durante la noche que habría debido de ser la más feliz de su vida. Había conseguido aquello que se le había negado durante tanto tiempo, demostrándole al mismo tiempo a Pedro que no aceptaba sus órdenes. Pero aun así se sentía inquieta, incómoda.Salió de la ducha y se secó vigorosamente. De repente, mientras se ponía su finísimo camisón de seda, sintió que su cuerpo se despertaba, deseoso de unas manos febriles que la acariciaran íntimamente. Cerró los ojos y poco a poco un rostro empezó a cobrar forma en sus sueños…
De pronto, consternada, abrió los ojos otra vez. ¿Cómo se atrevía Pedro a irrumpir en una noche así?
Él no era el hombre al que amaba, ni el hombre con quien iba a casarse. Pero aun así, no podía desembarazarse de él. Asomó la cabeza por la puerta entreabierta de su dormitorio para echar un vistazo a Facundo. Había retirado a un lado las sábanas y yacía medio desnudo. Era hermoso, pensó mientras lo contemplaba admirada. Pero al cabo de un rato se dio cuenta de que su admiración era fría y desapasionada, ajena a toda punzada de deseo. Se apresuró a decirse que eso se debía a que estaba enfermo, y oyó de nuevo la burlona voz de Pedro: «siempre se preferirá a sí mismo antes que a ti».
Empezó a retroceder, dejando abierta la puerta en caso de que Facundo la llamara durante la noche. De pronto la sobresaltó el timbre de la puerta. Después de ponerse la bata sobre el camisón, se apresuró a abrir. Pedro Alfonso estaba en el umbral, mirándola con expresión sombría.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Será mejor que hablemos dentro.
—No tenemos nada de qué hablar. Márchate en seguida.
—Me iré cuando haya hablado contigo. Puede que tú no tengas nada que decirme, pero yo sí: muchas cosas. Y podemos empezar por tu extraño sentido del humor.
—Por lo que a ti respecta, no tengo sentido del humor.
—Bueno, pues yo creo que es muy divertido que te comprometas en matrimonio y me lo hagas saber por los periódicos.
Entró sin que lo invitara a pasar. Paula nunca lo había visto antes en aquel estado. En lugar de su inmaculada apariencia, no llevaba corbata, tenía abierto el cuello de la camisa y estaba despeinado. Pero lo más extraño de todo era su mirada desquiciada. Por una vez Pedro había perdido el control sobre sí mismo.
—¡Debería…! De acuerdo, tuvimos una discusión, y quizá te dije algunas cosas que… ¡pero vengarte de mí con esto!
—¡Vengarme de ti! —repitió furiosa—. ¿Es eso lo que crees que es mi matrimonio? ¿Una especie de venganza?—No me hables de tu matrimonio. Tú no tienes más intención de casarte con Facundo Pieres que yo mismo. Lo hiciste para devolverme el golpe. De acuerdo, estuve especialmente torpe. Debí haber adivinado que correría a tus brazos y que tú estarías tan enfadada conmigo que serías capaz de cometer cualquier estupidez. ¿Pero esto? ¿Acaso te has vuelto loca?
—Estás en un error, Pedro. Esto tenía que suceder un día u otro. Yo estoy enamorada de Facundo; lo sabes desde que nos conocimos. Y él está enamorado de mí.
—Sé que albergas la estúpida idea de que él es el hombre que resolverá todos tus problemas, y que ha quedado deslumbrado por ti. Pero basta ya. La broma ha terminado.
—Esto no es una broma.
—¡Crece de una vez, Paula! No puedes casarte con él. Y tú no quieres realmente hacerlo. Organizaste todo esto para ponerme en mi lugar. De acuerdo, has triunfado. Cedo.
Inexplicablemente para una mujer que se había comprometido con otro hombre, el corazón empezó a latirle acelerado.
—¿Y qué quieres decir… exactamente… con eso de que «cedes»?
—¿No es obvio?
—A mí no me lo parece.
—He venido aquí a buscarte, ¿no? Yo no voy detrás de las mujeres suplicándoles favores, pero he venido a pedirte, a rogarte, que pongas fin a este absurdo, porque de otra manera…
—¿De otra manera qué? —inquirió Paula, casi incapaz de hablar.
Vio que su rostro se tensaba. Un hombre que se hubiera encontrado de pronto en el borde de un precipicio habría adoptado la misma expresión que Pedro en aquel instante.
—De otra manera mis acciones caerán en picado —terminó con tono cortante.
Paula se lo quedó mirando de hito en hito, estupefacta.
—¿Qué? —susurró.
—Tu súbito compromiso puede perjudicarme mucho en el mercado de valores.
—No puedo creerlo —gritó furiosa—. ¡A mí no me importa el mercado de valores! Voy a casarme con Facundo porque lo amo.
—¡Absurdo! Vas a casarte con él porque te has enfadado conmigo —le espetó Pedro—. Y él se va a casar contigo porque tú se lo pediste.
—Eso… no es verdad —balbuceó, intentando ahuyentar de su mente la imagen del rostro de Facundo, pálido de asombro cuando le propuso matrimonio.
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