martes, 29 de octubre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 5



A la mañana siguiente Paula llegó tarde a trabajar. Se había quedado dormida, después de haber pasado la mayor parte de la noche dando vueltas en la cama. Le horrorizaba la forma en que había sucumbido al encanto físico de un hombre al que apenas conocía, y que le había suscitado tan alarmantes sensaciones. Se había despertado con una idea fija en la mente: nunca debería volver a ver a Pedro Alfonso. Él la había obligado a comportarse como si no fuera ella misma. O, más bien, la había hecho enfrentarse con el hecho de que no sabía quién era en realidad. Aparentemente era una ejecutiva de alta categoría aburrida de su propio trabajo… pero en lo más profundo de su interior todavía seguía siendo la niña de diez años que había sido abandonada por su adorado padre.

Pensaría mejor en Facundo, cuyos delicados modales y amable naturaleza que tanto apreciaba, contra la opinión de Vicente y Gonzalo. Quería simplemente un hombre en cuya firmeza pudiera apoyarse, y Facundo satisfacía ese requisito. O al menos así había sido hasta su discusión. Pero era culpa suya, se aseguró a sí misma: lo había ofendido al intentar ayudarlo. El tranquilo y amable, jamás había intentado apresurarla, nunca le había exigido nada. Ciertamente había habido momentos en que ella había deseado que fuera más decidido, pero por otro lado su vulnerabilidad la conmovía profundamente. No podía dar la espalda a alguien que tanto necesitaba su protección, y Facundo sólo tenía que sonreírle y decirle: «¿qué podría hacer yo sin ti?», para que Paula se derritiera de ternura.

Esa era la razón por la cual lo quería tanto, la misma por la que nunca podría querer a Pedro Alfonso, que no tenía asomo alguno de vulnerabilidad en su naturaleza. Lo que había sucedido entre ellos era algo completamente aparte, un aviso de que su sensualidad podía empujarla a los brazos del hombre equivocado si no llevaba suficiente cuidado. Pero seguiría aquel providencial aviso: nada se interpondría entre Facundo y ella.

Había llegado a la oficina con tanto apresuramiento que apenas fue consciente de las miradas de curiosidad que suscitó. Como siempre, su primera tarea consistió en revisar el precio de las acciones de la empresa. Y lo que descubrió hizo que se quedara mirando fijamente la pantalla, frunciendo el ceño.

—Esto no puede ser —murmuró—. ¿Cómo es que han subido tantísimo desde ayer?

Pero las mismas cifras aparecieron de nuevo en el monitor. En ese instante sonó el teléfono:

—Será mejor que vengas a explicarme lo que está pasando —gruñó Gonzalo, y colgó.

Estupefacta, Paula se dirigió a su despacho.

—Te juro que no entiendo nada —le dijo nada más entrar, mientras cerraba la puerta a su espalda.

—Me refería a ti y a Empresas Charteris.

—Yo no he tenido nada que ver con Empresas Charteris.

—¿Ah, no? —inquirió Gonzalo, sarcástico—. ¿Entonces ayer a la noche no saliste con su director ejecutivo, verdad?

—Sabes perfectamente dónde estuve anoche: en la cena de gala con Mike Harker. No, espera. Me dijo que su verdadero nombre era Pedro Alfonso.

—¿Él te dijo eso? ¿Y a ti no te sonó ese nombre??

Gonzalo arrojó un periódico sobre la mesa, delante de ella. Y Paula abrió mucho los ojos al verse en una foto bailando acarameladamente con Pedro. El pie de foto rezaba así:

Pedro Alfonso, director ejecutivo de Empresas Charteris y gran accionista.

—Ahora la gente cree que estamos negociando con Charteris, y es por eso por lo que han subido nuestras acciones —le explicó Gonzalo.

—No lo comprendo —repuso Paula, distraída—. Tú me dijiste que Mike Harker era un actor fracasado…

—Pero ése no era Mike —replicó Gonzalo con los dientes apretados.

—Bueno, es el hombre que fue a buscarme. Este… no consigo entenderlo. Estuve bailando con varios hombres y…

—¿Así? —inquirió Gonzalo, señalando la foto.

Paula suspiró profundamente al ver lo que quería decir. Aquella instantánea había sido tomada en el preciso momento en que la había besado Pedro, y su respuesta había sido, por lo demás, bastante evidente. No se había tratado de un simple baile. Observó consternada la foto; ¿cómo podía haberse abandonado en sus brazos de aquella manera?

¿Y él? ¿Le habría ocurrido lo mismo a él? ¿O se habría estado burlando de ella? Y después… pero se negaba a recordar lo que había sucedido después.

—Creo que será mejor que hable con el señor Harker… o con Alfonso, o como quiera que se llame —declaró sombría.

Llamó a Empresas Charteris. Pero le respondió la secretaria de Pedro.

—Dígale amablemente al señor Alfonso que no sé de qué se trata este juego —dijo al fin—, pero que terminaré por averiguarlo.

Nada más llegar al trabajo, Pedro se había encontrado con el periódico extendido sobre su escritorio y con su plantilla de trabajadores literalmente eufórica de alegría por su triunfo. Sabían que Pedro estaba en trámites de comprar Depósitos Kirkson, una empresa que operaba en el mismo ámbito que Chaves, pero Kirkson había exigido un precio demasiado alto, y todo el mundo supuso que se trataba de una hábil jugada de Pedro. Observó la foto, fijándose en la forma en que el vestido de satén de Paula destacaba su espléndida figura. En la imagen lo estaba mirando con una expresión de delicioso abandono. Paula había querido que él creyera que todo era una farsa en beneficio de otro hombre, y Pedro había estado a punto de creerlo… hasta aquellos últimos momentos de la velada. No solamente él había caído hechizado por el encanto de aquel baile: ella también. No podía negar lo mucho que le gustaba. Y Pedro lo sabía.

Alice, su secretaria, se asomó en aquel preciso momento a la puerta de su despacho.

—James Kirkson está aquí.

James Kirkson no hizo más que repetir a cada momento las palabras «compromiso» y «replanteamiento». Pedro, por su parte, procuró disimular su sensación de triunfo. Dentro de poco tiempo Depósitos Kirkson sería suyo a un buen precio. Pero la conversación fue interrumpida de repente por una llamada del intercomunicador.

—Es la señorita Chaves —lo informó Alice—. Está muy enfadada y viene ahora mismo hacia aquí.

Pedro miró de reojo a Kirkson y tomó una rápida decisión:

—Cuando llegue —pronunció alzando la voz—, dígale que la amo con locura.

—Muy bien, señor.

Exactamente quince minutos después, la puerta del despacho de Alice se abrió de golpe dando paso a Paula.

—Quisiera ver a Pedro Alfonso —pronunció con tono tenso.

—Me temo que no es posible en este momento. ¿No quiere sentarse?

—No hace falta: no estaré tanto tiempo aquí. Su jefe es un individuo falso, retorcido…

—Usted debe de ser la señorita Chaves.

—La misma.
—En ese caso, tengo que decirle que el señor Alfonso la ama con locura —le comunicó Alice.

Por un momento Paula se quedó tan asombrada que no pudo articular palabra. Pero cuando al fin pudo recuperarse, se dio cuenta de que se trataba de un truco más de Pedro.

—¿Le paga él para que me diga esas cosas?

—En este caso en particular, sí.

—Pues le pague lo que le pague, no creo que sea suficiente.

—No puedo menos que mostrarme de acuerdo con usted. ¿Le apetece una taza de café?

—Me apetecería más que me sirviera la cabeza de Pedro Alfonso en una bandeja —repuso con tono crispado—. Aunque quizá prefiera servirme yo misma.

Alice se adelantó para impedirle el paso, pero no fue lo suficientemente rápida, y Paula irrumpió en el despacho de Pedro exclamando:

—¿Cómo te has atrevido a contarle a la prensa toda esa basura cuando sabes perfectamente bien que…?

No fue más allá. Pedro ya se había levantado y dirigido hacia ella para acallarla con un beso en los labios. Por unos instantes, la indignación de Paula luchó contra su instintiva respuesta, y él interrumpió el beso el tiempo suficiente para susurrarle en voz muy baja:

—¡Bésame tú, por el amor de Dios!

—Ni en un millón de años… —apenas logró pronunciar las palabras cuando Pedro volvió a acallarla de la misma expeditiva manera. Fue como si el mundo se hubiera salido de su eje, imposibilitándola pensar o hacer cualquier cosa que no fuera sentir aquel profundo gozo que empezaba a enroscarse en su interior. Era más fuerte que la furia. Por un momento aterrador, fue lo único que existió.

Pero el momento pasó y Paula pudo recuperarse. Liberó sus labios, con el corazón acelerado, esperando que no se hubiera ruborizado demasiado. Luego miró a Pedro, temiendo ver en su rostro una burlona expresión de triunfo, y se quedó asombrada al descubrir un puro y exacto reflejo de su propia reacción: tenía además la respiración acelerada y le brillaban los ojos.

—Paula —pronunció en voz baja—, déjame presentarte a… ¿pero dónde se ha metido?

—El señor Kirkson se ha marchado aprovechando que los dos estaban ocupados —lo informó Alice desde el umbral.

—¡Maldita sea! —estalló Pedro, soltando apresuradamente a Paula—. Estaba a punto de ceder —y la miró mientras exclamaba—: ¡Muchas gracias!

—¿Te atreves acaso a culparme a mí?

—Si no hubieras irrumpido así en mi despacho, podría haber comprado la empresa de Kirkson por un precio ridículo.

—¿Depósitos Kirkson? ¡Así que se trataba de eso! Por eso preparaste lo de anoche.

—Qué va. Eso fue un accidente.

—¡Ya! —se burló Paula.

—Por cierto, tú tienes que responderme a muchas cosas.

—¿Yo…?

—Acabas de estropear un contrato que podría haber reportado a esta empresa un montón de dinero.

—Un contrato que tú no habrías podido concertar si no me hubieras engañado.
—Yo no te engañé —replicó Pedro entre dientes—. Mike Harker es amigo mío. Estaba medio muerto de gripe, así que yo ocupé su lugar. Eso es todo.

Alice se asomó de nuevo a su despacho:

—Hay una llamada para la señorita Chaves.

Sorprendida, Paula levantó el auricular del escritorio de Pedro, y se encontró hablando con su hermano.

—¡Sabía que te habías largado de repente sin detenerte a pensar!— se quejó—. Ha llamado Vicente. Está loco de alegría por la noticia del alza de las acciones.

—¡Oh, no! —exclamó. Desde que la empresa salió por primera vez al mercado de valores, Vicente había soñado con ver subir las acciones, y eso por fin había sucedido. ¿Cómo podía decirle que todo había sido una simple ilusión, una engañifa?

—Quiere que invites a cenar a Pedro Alfonso.

—Mira lo que has hecho —Paula se volvió hacia Pedro—. Mi abuelo quiere invitarte a cenar.

—¡Maravilloso! Acepto.

—Y después de eso, esta desquiciada historia seguirá marchando viento en popa. ¿Quién sabe cuándo terminará?

—¿Quién sabe? —repitió pedro, sonriendo con malicia—. ¡Pero podría resultar interesante averiguarlo! —le quitó el auricular de las manos—. Señor Chaves, me sentiré encantado de aceptar su invitación.

Por su parte, Paula levantó otra extensión de la línea a tiempo de oír a su hermano decir:

—Mi abuelo nos ha invitado a todos a cenar a su casa pasado mañana. Me ha encargado decirle que espera que no lo abrume con tanta compañía.

—Podría llevarme a mi hermana, para que no me sintiera tan abrumado —sugirió Pedro.

—Por supuesto que puede hacerlo, señor Alfonso, si cree que no se va a aburrir…

—Caro es una persona muy seria —repuso pedro con voz grave—. Y entregada por completo a hacer dinero. Estoy seguro de que usted y ella se llevarán muy bien.

—Dejaré que Paula se encargue de arreglar los detalles con usted —y colgó después de despedirse.

Al encontrarse con la indignante mirada de Paula, Pedro declaró:

—Ardo en deseos de conocer a tu familia. Se lo diré a mi hermana, y estaremos allí a las ocho. A propósito, no sé si te has dado cuenta de que he ganado mi apuesta. Te aposté un beso a que volverías a contactar conmigo en menos de una semana.

—Pero tú sabías que esto tenía que suceder. Eso es trampa.

—Me lo debes. Págame.

—No.

—Me pregunto si la prensa sabrá cómo saldan los Chaves sus cuentas de honor…

Paula suspiró profundamente al advertir el brillo burlón de sus ojos. Sabía que debería escapar de aquella situación por una pura cuestión de supervivencia pero, después de todo, era una deuda de honor.

—Muy bien —declaró, intentando adoptar un tono tranquilo—. Puedes besarme durante cinco segundos exactos.

—Oh, no creo que necesitemos prolongarlo durante tanto tiempo —repuso Pedro antes de plantarle un rápido beso en la mejilla—. Ya está. Ahora ya puedes abofetearme, si quieres…

—La verdad es que no tengo palabras para describir lo que me gustaría hacerte. Cuando pienso en tu comportamiento de anoche al dejarme pensar que eras un pobre actor mientras durante todo el tiempo… Y además, te quedaste con mis gemelos bajo engaño. Creo que deberías devolvérmelos.

—Eso no puede ser. Se los entregué al verdadero Mike Harker, con tu recado acerca del precio que podría conseguir por ellos.

—Ya es hora de que me vaya —dijo Paula, pronunciando las palabras con dificultad—. Te veré en la cena.
—Esperaré ansioso ese momento

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Capitulo cinco!!
Espero que les guste! 
Graciass por leer!! ♥


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