viernes, 9 de mayo de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 17



AUNQUE había logrado mantener !a compostura, por dentro Paula era una masa de nervios. No podía imaginarse yéndose de la casa que había sido su hogar durante tres años. No podía imaginarse dejando a Emma. Ni tampoco a Pedro. O al menos al Pedro que creía amar. Pero ya no podía quedarse. Endureció el corazón contra el dolor. Había respetado a Pedro. Había confiado en él. Lo que hacía que su traición fuera más difícil de soportar.



—Podemos solucionarlo —Pedro metió las manos en los bolsillos y se apoyó en los talones.



Paula suspiró.



—¿Cómo, Pedro? ¿Vas a obligarte a amarme?



—Temía que si me pasaba algo, los padres de Mel lucharan por la custodia de Emma —un deje de desesperación llenó su voz—. Ya sabes cómo son.



—Creía que me habías puesto en tu testamento como su tutora legal.



—Y lo hice —confirmó Pedro—. Pero la madre de Mel dejó claro que jamás dejará que una persona ajena a la familia criara a Emma.



—He de reconocértelo. Tu plan estuvo a punto de funcionar —se quitó el anillo y lo alargó—. Tómalo.



—No lo quiero —alzó el mentón—. Te lo di a ti.



Paula miró la hora en el reloj de pared de la cocina. Esteban aparecería en cualquier momento para recogerla. Pero no precipitaría la cosas por eso. Si creyera que el muro que había entre ellos se podía escalar hablando, se quedaría toda la noche.



Pero Pedro no la amaba. No había nada de qué hablar.



Dejó el anillo en la encimera y luego se volvió hacia él.



—Dejé la dirección de mi tía Verna, al igual que el nombre de la mujer que te mencioné, encima de mí cómoda. Puedes enviar mi último sueldo a la casa de Verna. Me quedaré con ella hasta que encuentre algo propio.



Antes de que las últimas palabras hubieran salido de su boca, Pedro estuvo a su lado, abrazándola. Durante un segundo, Paula no se movió, absorbiendo el calor de su cuerpo, sintiendo su fuerza.



—No quiero que te vayas —susurró sobre su cabello—. Eres mi mejor amiga. ¿No podemos crecer a partir de ahí?



Sonó una bocina, pero cuando ella trató de separarse, él no aflojó los brazos.



—Es demasiado tarde —le dijo en un susurro—. Sabes tan bien como yo que no podemos volver a como estábamos antes.



Pedro se quedó quieto, con el corazón latiéndole muy deprisa.



—¿Qué me dices de Emma?



Paula titubeó.



—Me gustaría seguir siendo parte de su vida — dijo, obviando lo que era mejor para su propia vida—. Nunca supo que las cosas se habían... vuelto más intensas entre tú y yo... así que no debería resultarle incómodo. Claro está, si a ti no te importa.



—Eso me gustaría —carraspeó—. Te va a echar de menos —aflojó el abrazo y Paula retrocedió.





—Lo sé — corroboró ella—. Pero seguir viviendo aquí jamás funcionaría.


La bocina sonó otra vez y Pedro soltó un juramento.


—¿Quién hace ese ruido?


—Esteban.


Pedro entrecerró los ojos.


—Yo lo llamé —Paula levantó el mentón—. Me va a llevar a la casa de mi tía.


—No hacía falta que lo llamaras —un músculo diminuto se le contrajo en la mandíbula—. Tienes el Saturn.


—Compraste ese coche para la niñera de Emma — señaló Paula —. Lo necesitarás para la mujer que ocupe mi lugar.


La miró a los ojos.


—Nadie ocupará jamás tu lugar.


Paula no se molestó en contestar. Quizá Pedro no quisiera contratar a otra niñera. Pero con sus compromisos laborales, él mismo no podría ocuparse de Emma. Haría lo que tuviera que hacer.


Igual que ella. Salir por la puerta.


Sentados ante el semáforo en la esquina de la casa de Pedro, Paula sintió la mirada de Esteban. No lo miró. Mantuvo la vista clavada al frente.


Sabía que era una grosería, pero no tenía ganas de hablar. Tenía las emociones demasiado a flor de piel.


Sabía que él sentía curiosidad, pero, por fortuna, era demasiado educado para preguntar. Por desgracia, que Pedro observara desde la puerta cómo cargaban las maletas en el coche había avivado su curiosidad hasta el punto de no retorno.


—¿Qué pasó? —Inquirió Esteban—. ¿Qué ha hecho que te marcharas?


Suspiró resignada y giró para mirarlo. Le debía alguna especie de explicación. Después de todo, acababa de regresar a la ciudad y lo había dejado todo para ir a recogerla.


—Tengo un trabajo nuevo —forzó una sonrisa e intentó mostrar algo de entusiasmo—. Chez Gladines me quiere a tiempo completo.


Una expresión sorprendida cruzó por la cara de Esteban y Paula supo que no era la respuesta que él había esperado. Sin embargo, se adaptó con rapidez y sonrió.


—Felicidades. Es una noticia fabulosa.


—Sí, supongo que lo es.


Él frunció el ceño desconcertado.


—No pareces muy animada al respecto.


—Es mucha responsabilidad —indicó Paula— Estaré a cargo de todos los postres, no sólo de las pastas.


Nunca antes había dudado de sí misma, pero la experiencia con Pedro la había dejado insegura.


—Harás un gran trabajo —como si pudiera leerle la mente, alargó el brazo y le apretó la mano— Sabía que sólo era cuestión de tiempo. Una vez probado tu talento, ¿cómo no van a querer más?


Sus generosas palabras fueron como un bálsamo para su espíritu herido. Esteban era tan buen chico. Tenía tanto que ofrecerle a una mujer... La vida sería más fácil si pudiera amarlo a él en vez de a Pedro.


—Eres el mejor —comentó—. ¿Alguna vez te lo han dicho?


—Todos los días —le dedicó un guiño antes de poner expresión de curiosidad—. ¿Cómo se tomó la noticia Pedro?


—No muy bien —era un eufemismo, pero no tenía ganas de explayarse.


—¿Te dio un ultimátum? —Sondeó Esteban—. ¿Es la causa por la que trasladas en plena noche?


Paula se encogió de hombros.


—Ya conoces a Pedro. Todo tiene que hacerse a su manera.


No era del todo verdad ni justo. Si Paula se sintiera generosa, corregiría la impresión equivocada. Pero en ese momento no se sentía amable ni generosa.


—Debió de ser duro darte cuenta de que tus sueños importaban tan poco —comentó Esteban—. Sé lo mucho que te gusta él.


Paula miró por la ventanilla. Esa noche se había visto obligada a encarar la verdad. A echar a un lado sus gafas de cristal de color rosa y ver a Pedro como era y no como ella deseaba que fuera.


Sintió una oleada de tristeza. La verdad era que Pedro no la amaba. Todo lo que había hecho, todo lo que había dicho, había sido un medio para alcanzar un fin.


El corazón se le endureció.


—Solía gustarme —dijo con contundencia. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo del asiento—. Ya no.


—Papi, ¿Paula va a venir a casa hoy?


La mano de Pedro se detuvo sobre la lata de judías verdes. El dolor lo aguijoneó y la soledad que se había afanado en contener regresó con toda su furia. Se volvió y vio que Emma lo miraba desde lo alto del carrito de la compra.


—No —mantuvo la ecuanimidad en la voz—. Hoy no.


Habían pasado cuatro largas semanas desde que Paula se fuera y la casa parecía vacía sin ella. Todos los días, Emma preguntaba si iba a ir a casa. Pasado un tiempo, su respuesta se había convertido en un habitual «hoy no».


La última vez que había pasado a buscar a la pequeña para llevarla al museo infantil, había tenido un aspecto maravilloso.





Aunque ante su ojo crítico la había visto más delgada y se preguntó si estaría comiendo de forma adecuada. Pero no había tenido tiempo de preguntarlo, porque se llevó a Paula sin darle la oportunidad de decir algo más que «hola» y «adiós».


—... y Esteban.


Parpadeó, con la lata de judías aún en la mano.


—¿Qué has dicho?


—Que después de dar una vuelta por el museo, Paula y Esteban me compraron un helado —explicó Emma.


Pedro dejó la lata en el carrito y contó hasta diez. Había aceptado que Paula pasara tiempo con Emma, pero eso no incluía a su novio.


—No sabía que Esteban había ido con vosotras al museo infantil.


—No vino.


—¿Qué quieres decir con que no fue con vosotras? Creía que habías dicho que todos tomasteis helado.


—Después del museo, Paula y yo fuimos al centro comercial —a Emma se le iluminaron los ojos—— Me gusta el centro comercial. ¿Me llevarás allí algún día, papá?


—Claro. ¿O sea que os encontrasteis con Esteban en el centro comercial?


No sabía por qué insistía tanto en busca de los detalles. Después de todo, mientras Esteban no hubiera sido parte deliberada de la cita, no era asunto suyo.


—Estaba en la tienda con todas esas joyas tan bonitas —explicó Emma—. Comprando regalos de Navidad.


Consideró que ya había oído demasiado. Esteban había estado mirando joyas. Comprando regalos. Probablemente, eligiendo el regalo de Navidad para Paula.


Apretó la mandíbula.


—Esteban va a llevar a Paula a una fiesta el miércoles por la noche, así que no podrá venir a verme —la sonrisa de Emma se convirtió en un mohín—. No es justo. El miércoles por la noche es mí noche.


Poco después de que Paula se marchara, habían establecido unos días de visita. Se llevaba a Emma todos los miércoles por la noche y todos los domingos. Ésa sería la primera vez que cancelara una de sus visitas.


No muchas mujeres habrían sido tan diligentes. Casi todas las que él conocía anteponían sus carreras y sus diversas obligaciones sociales a los niños. Finalmente había llegado a comprender que Mel no había sido una excepción.


Había esperado que se calmara después del nacimiento de Emma, pero, de hecho, el ritmo no hizo más que aumentar. Quizá era bueno que Paula hubiera dado marcha atrás en el compromiso. Cuando le habló de trabajar a tiempo completo en Chez Gladines, había sentido como si le hubiera clavado un cuchillo en el corazón. Lo último que quería era quedar en un distante segundo lugar con respecto a su carrera profesional. Como le había sucedido con Mel.


No obstante, la echaba de menos. Marjory, la mujer que Paula había recomendado, mantenía la casa limpia y cuidaba bien de Emma. Pero sin Paula, la casa ya no parecía un hogar.


—Quiero ir a la fiesta con Paula y Esteban —dijo Emma—. ¿Puedo, papá? ¿Puedo?


pedro deseó poder concederle ese deseo a su hija. Le encantaría enviar a la pequeña como acompañante.


Pero sabía que Paula necesitaba continuar con su vida, igual que él. Metió una caja de cereales en el carrito y movió la cabeza.


—El único lugar al que iremos es a casa —anunció—. El abuelo y la abuela  vendrán esta noche y te traerán regalos.


Emma soltó un grito entusiasmado y Pedro sonrió. Al menos uno de ellos se alegraba con la visita.





Preparándose para esa noche, había ido a ver a su abogado y recibido toda la información que necesitaba, información que debería haber recabado tiempo atrás. Después de la cena, enviaría a Emma a su habitación a jugar. Luego mantendría una charla con sus suegros. Una conversación que había postergado demasiado.


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