PEDRO miró alrededor del gran salón de baile del hotel Michigan Avenue, que había sido transformado en un país de las maravillas invernal. Por doquier se veía nieve falsa y esculturas de hielo, rosas rojas y blancas y las más tradicionales poinsetias. La risa de la multitud que celebraba la fiesta llenaba la atmósfera.
Con un suspiro resignado, tomó una copa de champán de la bandeja que portaba un camarero que pasó a su lado. Había planeado pasar la noche jugando con Emma a juegos de tablero, pero en el último instante, otro de los socios no había podido asistir a la gala del alcalde y Pedro se había visto obligado a sustituirlo.
Faltaba una semana para la Navidad y aún no había comprado ni un solo regalo ni montado el árbol. Siempre había sido su fiesta favorita, pero ese año le había costado hacer acopio de entusiasmo.
Esas fechas señaladas empezaban de maravilla.
Paula se había ido. Luego, sus suegros se habían marchado apenas veinticuatro horas después de llegar. Y para coronarlo, su madre y su padrastro habían decidido en el último instante pasar la Navidad en Texas con su tía.
Ese año sólo estarían Emma y él. No le molestaban las demás ausencias. Únicamente, el hecho de que por primera vez en tres años Paula no estaría a su lado. Hizo a un lado ese pensamiento perturbador.
En puntos discretos del salón, colgaban guirnaldas de muérdago. Sintió un toque en el hombro y con horror comprendió que se hallaba justo debajo de una.
Se volvió.
—Brenda. Qué sorpresa tan agradable.
Luciendo un ceñido vestido de color cobre, con un escote frontal casi tan bajo como el de la espalda, Brenda parecía más una corista sexy que una respetada abogada fiscal.
—Feliz Navidad, Pedro —apoyó las manos en sus hombros y le plantó un beso amigable en los labios. Dio un paso atrás y lo miró, como si esperara una reacción.
—Feliz Navidad —Pedro miró alrededor—. ¿Con quién has venido?
—Estoy sola —dijo con un suspiro—. La pobrecita Brenda no tiene una cita.
Juntó los labios en un mohín bonito.
—Si te hace sentir mejor, yo voy en el mismo bote —expuso Pedro—Este año tenía que venir Harry, pero se puso enfermo y me tocó sustituirlo en el último instante.
Ella apoyó una mano en su brazo.
— Me alegro tanto de haberme encontrado contigo...
Sonrió cálidamente y sonó tan complacida que Pedro descubrió que se relajaba por primera vez desde que había entrado en la sala. Se había sentido solo desde la partida de Paula y era agradable encontrar una cara amiga.
—¿Te apetece bailar? —preguntó en un impulso.
La sonrisa de Brenda se tornó más amplia.
—Pensé que nunca me lo pedirías.
—¿Sigues saliendo con Jake? —se había sentido tan furioso con éste, y consigo mismo, que apenas lo había visto en el último mes.
—Santo cielo, no —Brenda rió como si hubiera hecho una broma— Nunca hemos salido. Sólo fui a esa única fiesta con él. De hecho, he estado saliendo con otra persona. Pero acabamos de romper —se detuvo y lo miró con curiosidad—He oído que Paula se ha marchado.
—Sí —por fortuna habían llegado a la pista de baile, y en vez de seguir hablando, tomó a Brenda en brazos.
Al tenerla pegada, se dio cuenta de que su olor era tan delicioso como su aspecto. Dejó que la mano izquierda le acariciara la suave piel satinada de la espalda.
Esperó. Esperó sentir una sacudida de deseo, de experimentar el impulso de atraerla aún más. El deseo de besarla.
Pero... no sintió nada. Si fuera Paula, ya habría estado besándola y pensando en el modo de escabullirse de la fiesta para regresar a casa y llevarla a la cama.
—... podría interesarte.
Pedro alzó la vista y parpadeó—
—¿Interesarme?
—En un cachorrito —explicó Brenda con un deje de exasperación en la voz— Como te decía, Kellycat, mi gata, ha tenido una carnada de seis hace unas semanas y les estoy buscando buenos hogares.
—Un gato es lo último que quiero o necesito — dijo Pedro distraído. Se preguntó si Paula iría esa noche a casa con Esteban.
—Estaba pensando en Emma —dijo Brenda con cierta preocupación—. Perdió a su madre y ahora a Paula. Yo fui hija única y sé lo solitario que puede ser eso.
—Emma no está sola —afirmó Pedro con los dientes apretados, con la esperanza de que Brenda captara el mensaje y abandonara el tema—. Siempre ha tenido muchos amigos.
—Los amigos están bien, pero no pueden dormir contigo. Y todos necesitamos alguien a quien abrazar. A quien amar.
Pedro sintió el corazón en un puño al pensar en Paula. Había tenido a una gran amiga, alguien a quien abrazar, a quien...
—Tengo uno negro y blanco precioso —dijo Brenda—. Con unas marcas muy bonitas.
Pedro ya había tenido suficiente.
—No me gustan los gatos. No tendré ninguno en mi casa.
Pedro no supo si fue su tono de voz o el rechazo de los felinos lo que provocó la furia de Brenda.
—A Emma le encantan los gatos —alzó el mentón— Pero tú ni siquiera quieres pensarlo.
—Así es —suspiró aliviado. Al fin había logrado que lo entendiera— Nada de gatos.
—Porque tú lo dices.
—Sí, porque yo lo digo —se preguntó de dónde surgía esa beligerancia. Había salido meses con Brenda y jamás le había visto esa faceta.
—No has cambiado —aseveró ella.
—¿De qué diablos estás hablando?
—¿Quieres saber por qué no funcionamos?
Habían roto porque ella había querido una relación más seria. Él no. Pero decidió seguirle la corriente.
—De acuerdo, Brenda —concedió— Dímelo. ¿Por qué no funcionamos?
—Por tu terquedad —entrecerró los ojos azules— Estoy harta de los hombres que se quedan anclados en el pasado y se niegan a seguir adelante.
—Yo...
—Yo, yo, yo —espetó— ¿Qué? ¿Yo no puedo permitirme amarte porque sigo enamorado de mi esposa muerta?
—Brenda —dijo en voz baja de advertencia.
—Al menos sé sincero contigo mismo —la voz de ella temblaba de emoción— Te da miedo volver a amar, de volver a dejar que te hagan daño.
—No tienes ni idea de lo que es perder a un cónyuge.
—No, y tampoco tengo idea de lo que es divorciarse. Pero sé cuando alguien deja que el pasado le fastidie el futuro.
—¿Divorcio? —preguntó él, confuso.
—No te atañe —Brenda agitó una mano con desdén— Un chico con el que estaba saliendo pasó por un divorcio amargo. El problema es que aún deja que la traición de su ex esposa condicione la visión que tiene de todas las mujeres.
En ese momento lo entendió. A Brenda le había gustado el chico. Y una vez más, las cosas no habían funcionado para ella.
—Encontrarás a otro.
—¿Qué me dices de ti? —preguntó ella— ¿Encontrarás a una mujer que reemplace a Paula?
Se puso rígido. No quería hablar de Paula. No con Brenda. Ni con nadie.
—Tengo una niñera temporal.
—No hablo de eso —le dijo— Los dos estabais próximos. Y ahora ella se ha ido.
—Tiene un puesto a tiempo completo como chef de repostería en Chez Gladines. Tuvo que realizar una elección.
—Emma está en el colegio todo el día —expuso Brenda— Podríais haber encontrado una solución. Pero tú no estabas dispuesto a trabajar con ella porque contigo es todo o nada. Igual que con Emma y el gato. Apuesto a que aunque ella quisiera uno, ni lo tomarías en consideración. ¿Verdad?
—Crees que sabes mucho —su humor había alcanzado el punto de ruptura— Pero no veo que a ti te vaya tan bien en tu vida personal.
Las mejillas de Brenda se encendieron como si la hubieran abofeteado, pero su mirada se mantuvo firme y el mentón alzado.
—Al menos yo estoy abierta al amor. Y cuando encuentre al hombre adecuado, no voy a ser rígida e insistir en que todo se haga a mi manera. Buscaré modos en que funcione.
—Con esa actitud tan transigente, me sorprende que no sigas con tu amigo divorciado —dijo con tono levemente burlón.
—Hacen falta dos para que algo funcione Pedro — expuso Brenda— Kyle no estaba preparado o capacitado para superar su miedo. El problema es que para cuando lo esté, yo ya no estaré.
Pedro se movió incómodo de un pie a otro.
Brenda lo miró a los ojos.
—Sé que Paula realmente te importaba. Vi cómo estabais juntos. ¿Sabías que cuando salíamos tuve celos de ella?
Él frunció el ceño.
—¿De Paula?
—Sí, de Paula —reafirmó Brenda— Entre vosotros dos había una química, una proximidad, que iba más allá de la amistad. A veces me daba la impresión de que salía con un hombre casado.
Pedro sintió un nudo en la garganta. No supo qué decir. Había habido algo especial entre Paula y él. No podía negarlo.
—Ella te importa. Y, como amiga tuya, quiero que analices bien lo que estás perdiendo. ¿Y por qué? ¿Porque no eres capaz de soltar el pasado?
—Haces que suene tan fácil... —dijo él— Mel era mi esposa. La amé desde que éramos niños en el colegio. Ella...
—Está muerta, Pedro —cortó Brenda— Y querría que siguieras adelante con tu vida. Que te volvieras a enamorar.
—No sé si puedo...
—Creo que ya lo has hecho —expresó Brenda— Ahora sólo tienes que decidir qué vas a hacer al respecto.
GRACIAS POR LEER!!
QUEDA EL CAPITULO FINAL QUE INTENTARE SUBIRLO MAÑANA!! =)
wow buenísimo!!! me encanto.
ResponderEliminarme encatoooo, que vuelva con pauuu. me da lastima
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