viernes, 8 de noviembre de 2013
"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 11
—Así tendré oportunidad de visitar a la familia de Zarpas —le comentó Pedro cuando se dirigieron en el coche de Paula a su casa—. Tengo muchas ganas de verla.
Nada más llegar Paula fue a ver la cesta donde había colocado los gatos, pero se encontró con que estaba vacía.
—Hay uno aquí —le dijo Pedro sacando delicadamente a un gatito de detrás del sofá—, y allí otro.
—Desde que se salieron de la caja, nunca sé dónde voy a encontrarlos —dijo Paula, riendo.
Zarpas salió entonces de la cocina y se reunió con la camada. Pedro calentó leche para los gatos y preparó un café para ellos. Paula estaba empezando a sentirse ella misma como un gatito, estirándose perezosamente con la placentera sensación de que su vida marchaba a las mil maravillas.
—A propósito —pronunció Pedro—, nos hemos olvidado de algo.
—¿Sí?
—Martson. Todavía no hemos hablado de él.
Con un estremecimiento de sorpresa, Paula recordó que el original propósito de aquella velada había sido darle una buena lección a Pedro Alfonso… y había terminado por olvidarse de ello. Pero esa noche había aprendido cosas sobre él que la intrigaban y fascinaban. Ya no quería reírse de él, ni darle un escarmiento, ni hacer nada que no fuera… besarlo.
—¿Quieres hablar de ello ahora?
—No… no, en otra ocasión. No es importante —balbuceó.
—No —convino Pedro, tomándola en sus brazos—. Claro que no es importante.
Estaba empezando a temer los besos de Pedro, de tanto como los deseaba. Él era como una droga, negativa y peligrosa, pero imposible de resistir. Se dijo que lo rechazaría la próxima vez, pero esa noche le devolvería el beso ansiosa, ardientemente… sólo una vez más.
Pero al igual que sucedía con las drogas, en realidad no existía «sólo una vez más». Un beso siguió a otro, y de repente Pedro la estaba sembrando de besos en la cara y en el cuello.
—Te deseo —murmuró—. Y quiero que tú me desees.
—Ya sabes que yo… yo no sé, Pedro…
Sus palabras se disolvieron en la nada mientras empezaba a devolverle los besos con urgencia. Asaltaron su mente imágenes de Pedro tal y como lo había visto al comienzo de aquella tarde, desnudo hasta la cintura, y la necesidad de tocarlo se tornó insoportable. Vio sus ojos oscurecidos por la pasión, mirándola con una extraña expresión de asombro, como si la sorprendiera lo que estaba sucediendo.
—Siempre eres más hermosa de lo que recuerdo… —le confesó con voz ronca.
Empezó a deslizar las manos por la fina tela de su vestido, y Paula comprendió de pronto que nada lo detendría. Sabía que se estaba lanzando de cabeza hacia algo que había deseado con toda su alma, pero aun así…
De repente, las palabras que escaparon de sus labios fueron las últimas que había esperado pronunciar:
—Pedro… Pedro, espera…
Pudo sentir el esfuerzo que le costó apartarse para mirarla.
—¿Qué sucede, Paula? ¿Qué pasa?
—No lo sé… de repente todo estaba yendo demasiado rápido… No estoy preparada para esto.
—Paula, tu sentido de la oportunidad es admirable —ironizó—. ¿Crees que puedo detenerme ahora?
—Creo que puedes hacer cualquier cosa que te propongas —repuso ella con voz temblorosa.
—Oh, maldita sea. ¡Siempre tienes que pronunciar la palabra adecuada en el momento adecuado! —la soltó lenta, dolorosamente, y se pasó las manos por el pelo—. Lo lamento.
No podría haber dicho nada que la hubiera sorprendido más. Pedro Alfonso había pedido disculpas. Era como si los astros se hubieran escapado de sus órbitas.
—Es culpa mía —logró decir—, por no conocerme lo suficientemente bien a mí misma.
—No nos culpabilicemos por esto; no podría soportarlo —emitió una risa forzada—. Me marcharé ahora mismo, si quieres…
—Sí, quizá debieras hacerlo…
Paula ansiaba pedirle que se quedara, pero sabía que no debía. Al cabo de unos segundos Pedro saldría por aquella puerta y su relación habría terminado para siempre…
De pronto, el sonido del timbre los sobresaltó, como despertándolos de un sueño. Paula se recuperó lo suficiente para abrir la puerta, y se encontró con una pareja de unos cuarenta años, con una niña que no debía de pasar los diez.
—Sentimos molestarla a esta hora —se disculpó la mujer—. Hemos estado llamando durante toda la tarde, pero no había nadie. Hace horas que Brenda debería haberse acostado, pero no teníamos corazón para obligarla a volver a casa mientras quedara alguna posibilidad de encontrar a Nieve…
—¿Nieve? —inquirió Paula con el corazón encogido.
—Le pusimos el nombre de Nieve por sus patitas de color blanco —explicó la niña, y de pronto una enorme sonrisa iluminó su rostro—. ¡Nieve!
Entró precipitadamente en la casa para abrazar a Zarpas, que ya la había reconocido.
Sonriendo tristemente, Paula invitó a los padres a pasar. Pedro cerró la puerta, contemplando discretamente la escena. Las presentaciones fueron rápidas. El matrimonio Cranmer iba bien provisto de fotografías familiares en las que Zarpas aparecía en los brazos de la pequeña; no había ninguna duda de que eran los legítimos propietarios de la gata. Brenda ya había descubierto los gatitos, y los estaba acunando con amorosa ternura.
—Vivimos a unas cuatro calles de aquí —la informó la señora Cranmer—. Uno de nuestros vecinos nos comentó que alguien de esta calle había recogido a un gatito perdido, negro con las patas blancas, pero no estaba seguro de quién era. Nos preocupamos tanto cuando desapareció de casa… Gracias a Dios que ha estado a salvo con usted… Permítanos al menos pagarle los gastos del veterinario.
—El veterinario llegó cuando el parto ya había terminado —les explicó Paula—.Pedro se encargó de todo.
Mientras tomaban café, les contaron la historia de aquella noche. Celebraron con risas las diversas anécdotas, pero Pedro, mirando de cerca a Paula, advirtió que su sonrisa era un tanto forzada. Cuando la familia Cranmer se dispuso a marcharse, Nieves saltó al regazo de Paula, ronroneando.
—Le está dando las gracias —comentó Brenda—. La quiere mucho.
—Y yo a ella —repuso Paula con voz ronca de emoción—. Y me alegro de que haya podido recuperar a su familia.
—¿Le gustaría quedarse con uno de los gatitos? —le preguntó Brenda, ofreciéndole el único varón, que era casi idéntico a su madre—. Yo se lo traeré cuando sea lo suficientemente mayor para dejar a su madre.
Reacia, Paula negó con la cabeza:
—Me encantaría, pero no estaría bien dejarlo solo en esta casa durante todo el día. Con Zar… con Nieves era diferente; para ella, estar sola aquí era mejor que andar por las calles. Pero este pequeñín se merece algo mejor.
—¿No lo quiere? —inquirió Brenda.
—Sí, claro que lo quiero, pero… —se le quebró la voz.
—Lo entendemos —declaró la señora Cranmer con tono suave.
Pedro se quedó mirando a Paula mientras se despedía de la familia y cerraba la puerta, advirtiendo su aspecto abatido. Conteniendo los sollozos y dándole la espalda,
Paula se dirigió a la cocina mientras él pedía un taxi por teléfono. Desde donde estaba, pudo oír cómo se sonaba la nariz.
—El taxi estará aquí dentro de unos minutos —lo informó.
—Bien —repuso con tono ligero, aunque Pedro sabía que aquella falsa alegría se evaporaría en cuanto se marchara. Entonces se quedaría realmente sola, sin los gatos, sin Facundo, sin él mismo, sin nadie. Y le dolió terriblemente pensar en aquella soledad que con tanto empeño se negaba a reconocer.
Las palabras salieron de sus labios antes de que fuera consciente de ello:
—Pasa el día de mañana conmigo, Paula.
—Yo… tengo varias reuniones… —balbuceó.
—Cancélalas. Tómate el día libre. Vente conmigo a la costa.
—¿A la costa? —repitió.
—Quiero llevarte a Huntley y enseñarte el lugar donde crecí. Nos divertiremos mucho.
—Oh, sí —convino Paula, repentinamente entusiasmada con la idea.
—Te recogeré a las ocho de la mañana. Buenas noches.
Cuando Pedro se hubo marchado, Paula empezó a pasear nerviosa por la casa, intentando ordenar sus pensamientos. Deseaba tanto a Pedro que apenas podía formular un pensamiento coherente, a pesar de que no se había dejado llevar por la pasión del momento. ¿Por qué se había asustado tanto? Quizá porque su anhelo por Pedro amenazaba con abrumarla, turbando la ordenada vida que había jurado llevar desde mucho tiempo atrás, cuando todavía era una niña solitaria e insegura.
A la mañana siguiente y a la hora en punto, Pedro estaba llamando a su puerta.
Para su asombro, se presentó vestido con camiseta y vaqueros. ¿Pedro Alfonso… sin corbata? ¿Y sonriendo como un niño entusiasmado con la excursión que iban a emprender?
Su apariencia, por otra parte, concordaba perfectamente con la de Paula; unos pantalones de color beige y una camisa amarilla constituían un atuendo que jamás se habría puesto para ir a trabajar. Y tampoco se habría anudado un pañuelo de seda al cuello, colgándose un vistoso bolso de lienzo al hombro.
—Estás vestida de la cabeza a los pies para pasar un día entero frente al mar —le comentó Pedro.
—Bueno, espero que mis esperanzas no se vean defraudadas: Una playa de arena, o una cala, con un vendedor de helados.
—Me temo que la playa es de guijarros. Pero hay una cala y un hombre que vende helados. Estoy seguro de que eso no ha cambiado.
—Cuando era pequeña, nuestros padres solían llevarnos a Gonza y a mí a la playa —comentó Paula una vez que subió a su coche—. Tengo un recuerdo imborrable de aquellos viajes. El sol siempre brillaba radiante, los helados siempre eran deliciosos, y Gonza y yo siempre discutíamos sobre qué castillo de arena era el mejor…
—Seguro que ganabas tú.
—No siempre. Él solía hacer trampas.
—Por cierto, hablando de Gonzalo, anoche Carolina no vino a dormir a casa… y no es la primera vez. Creo que debemos prepararnos para una boda inminente.
—¡No estarás hablando en serio!
—No sabes de lo que es capaz mi hermana cuando se le mete una idea en la cabeza. Es impresionante.
—Me dijiste que decidió casarse con él la misma noche que lo conoció —recordó Paula—. ¿Tú crees que lo ama de verdad?
—¿Por qué si no habría de querer casarse con él?
—Bueno… en la vida de las modelos suele haber una etapa en la que… —se interrumpió, segura de que Pedro ya había comprendido lo que quería decirle.
—No se va a casar con él buscando una seguridad económica, si es eso a lo que te refieres. Ya tiene un montón de dinero. ¿Es que tú no crees en el amor a primera vista?
—¿Y tú?
—Creo en algo a primera vista, pero no sé si se trata de amor —se encogió de hombros—. Supongo que cada uno lo rellena del significado que quiera darle.
—Obviamente —comentó Paula con expresión pensativa—, ella ve en Gonzalo algo que a nosotros se nos oculta, y quizá esa instintiva percepción se llame amor. Y confiar lo suficiente en la otra persona como para dejarle ver la verdad sobre ti. Si han encontrado eso, no puedo menos que envidiarlos.
—Pero tú lo has encontrado —le señaló Pedro—. Facundo y tú.
—Facundo y yo nos queremos, pero lo nuestro no es tan sencillo. No es lo que parece que les pasa a Gonza y a Caro.
—Si no es tan sencillo, quizá no sea amor después de todo—sugirió él.
—No voy a renunciar a ello porque tengamos algunos problemas. La mayor parte de las parejas los tienen. Los solucionaremos. Estamos muy lejos de Huntley?.
—A unos ochenta kilómetros —respondió Pedro, aceptando su cambio de tema—. Es un lugar pequeño, o al menos lo era la última vez que lo vi. No atraía muchos turistas debido a su playa de guijarros, así que nunca llegó a prosperar demasiado, y mucha gente mayor y jubilada solía descansar allí. Cuando era niño pensaba que era demasiado aburrido, pero con el tiempo he llegado a apreciar su tranquilidad.
Paula observó sus manos fijas en el volante, controlando el pesado vehículo sin esfuerzo. Eran manos fuertes y hermosas, y apenas la noche anterior habían acariciado su cuerpo con pasión, dando y demandando, sabiendo acariciar los lugares precisos…
Y aun así, las había rechazado; ¿acaso se había vuelto loca?
Muy pronto alcanzó a detectar cierto sabor a sal en el aire, y comprendió que estaban muy cerca del mar.
—¡Ahí está! —gritó de alegría—. Acabo de distinguir el mar entre esos árboles.
El sol arrancaba cegadores reflejos al agua, y Paula gozó del paisaje como cuando era una chiquilla. Siguieron por la carretera de la costa, hasta que encontraron un buen restaurante de marisco. Escogieron una mesa frente a un gran ventanal, para admirar la vista.
—Hay más gente aquí de lo que recuerdo —le comentó Pedro—. Huntley debe de haber prosperado. Me alegro por Dan Markham.
—¿Quién es Dan Markham?
—El dueño de la pequeña tienda de barrio que me proporcionó mi primer trabajo como repartidor de periódicos. Todavía me estremezco cuando me acuerdo de aquellas mañanas de invierno en que tenía que levantarme tan temprano. Pero siempre me daba una bebida caliente antes de salir con los periódicos, y otra cuando volvía. Era un gran tipo.
Paula nunca antes lo había oído hablar de nadie con aquel tono de cariño y añoranza.
—Cuéntame más cosas de él.
—Se parecía a Santa Claus, con su barba blanca y sus ojos vivarachos. Era generoso hasta decir basta. Me pagaba más de lo normal, y me subió el sueldo cuando mi madre murió.
—Un pésimo hombre de negocios —observó ella con una sonrisa.
—Terrible —convino Pedro—. Era capaz de conceder créditos a sus clientes, y luego perdonárselos por su condición de buenas personas.
—¡Impresionante! Supongo que lo reprenderías por su ineficacia.
—Lo hice. Todavía puedo oírme a mí mismo, con catorce años: «está usted recortando sus márgenes de beneficio, señor Markham». Y él respondiéndome asombrado: «Yo no sé una palabra acerca de márgenes de beneficio, chico. Yo sólo compro y vendo cosas». Mientras vivió su esposa, los libros de contabilidad corrieron a su cargo. Después los llevé yo. Y fue entonces cuando descubrí lo mucho que mi propia madre se había beneficiado de su caridad.
—Estoy segura de que le pagaste hasta el último céntimo —le dijo Paula.
—¿Tan transparente soy?
—Bueno, creo que estoy empezando a conocerte de verdad.
—Sí, supongo que sí. Calculé lo que le debíamos, y me negué a seguir cobrando mi salario hasta amortizar la deuda. Tuve unas terribles discusiones con él, pero al final gané yo.
—Claro —murmuró Paula.
—Le devolví el dinero e intenté enseñarle todo lo que sabía de negocios. Pero fue inútil. La tienda iba cuesta abajo cada año, y él simplemente no entendía por qué.
Paula lo miró fascinada. Pedro Alfonso tenía un gran corazón.
—¿Perdió la tienda al fin?
—Casi. Afortunadamente alguien lo ayudó a salir de la crisis.
—No es difícil averiguar quién fue.
—Sí, bueno —sonrió tímidamente Pedro—. Fui yo. Hace unos años pasé por Huntley y se me ocurrió hacerle una visita. Estaba a punto de renunciar, y le hice un crédito.
—¿Pudo devolvértelo?
—Tuve que perdonárselo —replicó riendo—. Era demasiado papeleo y…
—No pongas excusas. En el fondo eres un sentimental.
—No, no lo soy —se defendió.
—Zarpas tendría algo que decir acerca de eso.
—Ayudar a Zarpas aquella noche fue un asunto de pura eficiencia práctica.
—Mentiroso. Detrás de esa apariencia de acero…
—Late un corazón de acero —la interrumpió—. Simplemente le debía eso al viejo. Fin de la historia.
—Si tú lo dices…
Cuando reanudaron su excursión, la carretera se internó tierra adentro para luego salir bruscamente a la costa de nuevo.
—Esos bloques de apartamentos son nuevos —observó Pedro—. ¡Qué feos son, Dios mío! parece que las promotoras inmobiliarias se han trasladado aquí.
Más cerca de Huntley, resultó evidente hasta qué punto las inmobiliarias se habían apoderado de la zona. Había modernos edificios por todas partes, numerosas tiendas flanqueaban el paseo marítimo, y la pequeña población hervía de gente.
—Ya no reconozco este lugar —le confesó Pedro, entristecido—. ¿Cómo es que de repente todo el mundo se ha venido aquí?
Encontraron la respuesta pocos minutos después, en un enorme casino situado frente al mar.
—Atrae a la gente en decenas de kilómetros a la redonda —los informó el portero—. Está abierto las veinticuatro horas del día. A los jóvenes les encanta.
—No lo dudo —repuso Pedro horrorizado.
—Una buena inversión —fue el comentario de Paula.
—Al menos espero que el viejo Dan se haya beneficiado de esto —murmuró Pedro con tono irónico.
Se dirigieron hacia el antiguo negocio del señor Markham, y para alivio de Paula se encontraron con una flamante tienda de aspecto próspero, con un gran letrero con su nombre en la fachada.
—Finalmente ha triunfado —comentó Pedro, encantado.
—Gracias a ti.
—Vamos a darle una sorpresa.
—¿En qué puedo servirle, señor? —le preguntó el joven dependiente que estaba detrás del mostrador.
—¿Podemos ver a Dan Markham?
—¿Dan…? Oh, se refiere al viejo señor Markham. Creo que se marchó a Canadá.
—¿Está de vacaciones en Canadá?
—No, vendió el negocio.
—¿Lo vendió? Pero el nombre de…
—Oh, sí, todavía lo llamamos así porque la gente se ha acostumbrado a ello, pero de hecho la tienda pertenece a una gran cadena comercial, que se la compró a Dan Markham.
—Querrá decir que lo obligaron a que se la vendiese —comentó Pedro, sombrío.
—No fue necesario. Él estaba muy dispuesto a venderla. El tipo al que debía dinero y que le perdonó el crédito… ¡qué inocente fue! Una semana después Dan vendió el local. Dijo que estaba muy contento con agarrar el dinero y marcharse…
—Entiendo —dijo Pedro, y salió lentamente de la tienda. Paula lo siguió preocupada. Al ver lo pálido que estaba, como si hubiera recibido una fuerte impresión, se compadeció terriblemente de él. Lo tomó del brazo y Pedro no la rechazó; continuó caminando con la cabeza baja y el ceño fruncido, ensimismado en su furia y en su consternación.
—No importa… —le dijo ella a manera de consuelo.
—Sí, sí que importa —repuso con voz ronca—. No sé por qué, pero… diablos, sí que importa. Vamos a dar un paseo.
Cruzaron la carretera y bajaron a la playa, que estaba poco concurrida. En aquellos días la gente visitaba Huntley principalmente para jugar en el casino, y el remanso de paz que había conocido Pedro había desaparecido para siempre.
Rodearon un pequeño cabo y llegaron a la pequeña cala de la que él le había hablado. No había nadie a la vista. Pedro se detuvo bruscamente y, recogiendo un puñado de guijarros, empezó a lanzarlos al mar uno a uno, con creciente rabia.
—Qué inocente —repetía con amargura—. ¡Qué inocente he sido!
—¿Pero por qué te importa tanto?
—¡Una semana! Ya entonces debía de haberse decidido a vender. Me tomó por imbécil.
—Parece que al final sí que aprendió algo de ti, después de todo.
Pedro la miró frunciendo el ceño, pero un momento después le rodeó los hombros con un brazo y continuaron paseando. Ninguno de los dos habló durante un buen rato, sumidos en un cómodo silencio, y de pronto Paula se dio cuenta de que se habían alejado bastante. Habían dejado atrás la población y estaban completamente solos en la playa, con el mar como única compañía.
—No quiero que sufras —le dijo ella, deteniéndose y mirándolo fijamente a los ojos.
Pero sufría, y era aún peor para Pedro porque no estaba acostumbrado al dolor producido por la desilusión, no sabiendo cómo combatirlo. Paula experimentó una oleada de ternura hacia él, y al momento se quedó desconcertada. Aquello era lo mismo que había sentido por Facundo, algo peligrosamente cercano al amor. Y se había prometido a sí misma no amar a Pedro Alfonso. Sus siguientes palabras, sin embargo, la inquietaron todavía más:
—Me alegro de que estuvieras conmigo cuando lo descubrí.
Paula detectó el leve eco de otras palabras similares, pronunciadas en otro tiempo y por otro hombre. Pero el eco se desvaneció antes de que pudiera identificar su origen.
Pedro la acercó hacia sí, abrazándola sin llegar a besarla, y ella se sorprendió de la naturalidad con que su cabeza se adaptaba a la forma de su hombro.
—Ya está. Ya he conseguido calmarme otra vez —la informó con un suspiro—. Perdóname por haberte traído hasta aquí. Me he comportado como un estúpido, ¿verdad?
—No importa; no te preocupes.
—Vamos —la tomó de la mano—. Salgamos ya de Huntley. No me importaría no volver a ver este lugar en mi vida.
--------------------------------------------------------------------------
jueves, 7 de noviembre de 2013
"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 10
En cuanto pudo, Paula llamó por teléfono a Pedro.
—Paula —la saludó con alegría—. ¡Qué agradable sorpresa!
—¿No deberías llamarme «cariño»?
—No, si hay alguien escuchando.
—Touché —rió ella—. ¿Qué te parece si cenamos en el Ritz? Te invito yo.
—Estupendo. Habrás observado que afortunadamente carezco del prejuicio de no permitir que las mujeres paguen. Incluso consentiré en que me lleves a mi casa después.
—¿Mañana por la noche?
—Maravilloso.
—Pedro, tengo que confesarte que tengo un segundo motivo para hacerte esta invitación.
—Sabía que no me decepcionarías —repuso con tono irónico.
—¿Podrías echarme una mano con un tipo llamado Martson? Sé que no es un tipo de fiar, pero me gustaría saber hasta qué punto exactamente.
—Es un verdadero depredador. Primero hace todo lo que puede para debilitar una empresa, y luego la compra a bajo precio. Pero sé de algunas cosas que pueden ser utilizadas en contra suya. Para mañana te habré conseguido algo.
—Te estaré inmensamente agradecida por haberte tomado esa molestia —le dijo con tono dócil, casi sumiso.
Pero había exagerado su actuación, porque de inmediato Pedro le comentó:
—Paula, cuando adoptas ese tono, mis antenas perciben el peligro. Tú tramas algo.
—¿Yo?
—Hasta mañana —se despidió, riendo.
Paula estaba encantada con el éxito de su pequeña estratagema. Dejaría que Pedro consiguiera la información que deseaba, y luego le confesaría que todo había sido para ayudar a Facundo. Así aprendería a tratar a las mujeres. Sentía una inmensa curiosidad por ver cómo reaccionaría al descubrir que ella, a su vez, había estado jugando con él.
Al día siguiente se marchó temprano del trabajo para poder prepararse adecuadamente para la velada que se avecinaba. Eligió un vestido negro con ribetes plateados, con la idea de causarle el mejor efecto posible a Pedro.
Había menos tráfico del que había esperado, y llegó a la casa de Pedro con veinte minutos de adelanto. Era un edificio grande y moderno, situado en un elegante barrio residencial. Fue Carolina quien le abrió la puerta. Ella también estaba ataviada para salir, con un precioso vestido rojo que destacaba su esbelta figura.
— Pedro bajará ahora mismo —le dijo—. ¿No te importa que te deje sola un momento, verdad?
—Veo que te estás arreglando para salir con alguien —le comentó Paula sonriendo—. Debe de ser alguien muy especial.
Para su sorpresa, Carolina se ruborizó.
—Sí que lo es —murmuró—. Muy especial. Discúlpame, pero tengo que darme prisa…
De repente Paula oyó el sonido de una puerta al abrirse, y a alguien bajando por la escalera. Era Pedro .
—Caro, ¿tienes alguna idea de dónde…?
Paula se volvió rápidamente. Pedro estaba en medio de la escalera, vestido con unos pantalones pero sin camisa; se había detenido bruscamente al verla, y durante unos instantes ella pudo admirar sus anchos hombros y su pecho musculoso. Fue como si el mundo se hubiera detenido de repente. El cuerpo de Pedro emanaba vitalidad por todos los poros, desde sus potentes brazos hasta el vello que cubría su torso para descender en una fina línea hasta su cintura.
Ya antes había intentado imaginárselo sin ropa, pero todas sus expectativas habían sido superadas por la realidad. Recordó de repente las palabras de Mike: «todas las chicas se volvían locas por él. No puedo entender por qué…». Al verlo medio desnudo, Paula ya no podía dudarlo; afortunadamente, ya estaba advertida. La mirada de Pedro le indicó que la había sorprendido observándolo con una sospechosa intensidad.
—No sabía que estabas aquí —dijo al fin.
—He llegado un poquito temprano. Había poco tráfico —repuso sin pensar.
—En un momento estoy contigo —la advirtió él pero no hizo intento alguno por moverse.
Carolina nos miro esbozando una mueca, pero ninguno de los dos lo advirtió. De repente llamaron a la puerta. La hermana de Pedro fue a abrir, y desde donde estaba Paula alcanzó a distinguir la figura de un hombre en el umbral, y su expresión de alegría cuando Caro se lanzó a sus brazos. Luego la puerta se cerró tras ellos.
Pedro sonrió al ver la expresión de Paula, comentándole:
—Así es como me siento yo también. Ahora estoy contigo.
Volvió cinco minutos después vestido con una elegante camisa blanca. Estaba terriblemente atractivo. «Bueno, ya contaba con ello», se dijo Paula. «Así que las mujeres son como autobuses, ¿eh? ¡Vaya sorpresa que te vas a llevar!». Pero cuando ya estaban dentro del coche, mientras ella conducía, fue Pedro quien la sorprendió:
—He cambiado de idea acerca del Ritz. Preferiría ir a un club nocturno.
—Pero ya he reservado una mesa en el Ritz…
—Me temo que me he tomado la libertad de cancelarla, para reservar otra en el Pub Orchid.
—Bueno, supongo que tendría que haber previsto que harías algo tan prepotente y ofensivo como eso —replicó ella, irónica.
—Y yo suponía que lo supondrías. Gira ahora a la izquierda.
—Si eso es un club, sólo podrán entrar los socios y…
—Yo soy socio. Y seré yo quien te invite. Espero que no te importe.
—A ti no te interesa realmente si me importa o no. De hecho Pedro, yo no quiero a ir a un club nocturno. Es demasiado… —iba a decir íntimo, pero se detuvo a tiempo—… bueno, no es lo que yo había pensando.
—No me seas desagradecida después del trabajo que me ha costado conseguirte lo de Martson.
—¿De verdad? ¿Has encontrado mucho?
—Lo suficiente para que te interese. Y ahora, ¿podemos ir al club nocturno?
—Al fin del mundo, si quieres —repuso alegremente Paula.
—Ten cuidado con lo que dices. Podría recordártelo después.
Paula se echó a reír. De pronto se sentía maravillosamente bien; aquella iba a ser una velada gloriosa. Pero eso se debía, por supuesto, al chasco que iba a darle a Pedro.
El club nocturno era muy lujoso, de ambiente íntimo y discreto. El portero saludó a Pedro como si se tratara de un cliente habitual. Su mesa se encontraba en una esquina iluminada únicamente por una pequeña lámpara. Pedro la ayudó caballerosamente a sentarse y pidió al camarero una botella de vino.
—Bueno, aquí estamos —dijo mientras empezaba a servirla.
—Sí, pero esto… —Paula señaló a su alrededor—. Se suponía que tenía que invitarte yo.
—¿Qué importa? Me basta con que estuvieras deseosa de hacerlo.
—No te engañes. Es de tu consejo de lo que estoy deseosa.
—¿Sobre Martson?
—Por ciertas razones… es algo que significa mucho para mí.
Pedro la miró con expresión burlona. Evidentemente pensaba que ella se había servido de aquella excusa para verlo, y Paula sintió un estremecimiento de excitación: iba a disfrutar a placer de aquella velada.
—¿Dónde está Facundo esta noche? —le preguntó él de repente.
—No, no lo sé —balbuceó, sorprendida.
—¿Sabe que tú estás aquí? No importa. Si no lo sabe, debería saberlo. Si yo estuviera enamorado de una mujer, la encerraría con llave antes de dejarla jugar el juego que tú estás jugando ahora mismo conmigo.
—Quizá ella no te dejaría que la encerrases con llave.
A modo de respuesta, Pedro le tomó una mano para besarle levemente la palma.
—Quizá yo podría convencerla… —susurró, lanzándole una mirada que la dejó devastada.
—Tú no sabes qué juego es el que estoy jugando —dijo ella al fin.
—Sé que me estás utilizando para ponerlo celoso, y también por el bien de tu empresa. ¿Me estás diciendo que hay algo más?
—Podría haberlo —repuso Paula, sonriendo con expresión misteriosa.
—¡Qué diablilla que eres! De acuerdo, adelante. Un toque diabólico convierte a una mujer en perfecta.
Pedro le soltó la mano y levantó su copa hacia ella, contemplándola admirado. Paula pensó que estaba recorriendo un camino trillado mil veces; primero la mujer lo tentaba, luego caía en sus brazos. Pero esa noche se llevaría una buena sorpresa.
—¿Por qué tienen tus ojos ese brillo tan delicioso?
—Espera y verás.
—De acuerdo, Paula. Ése es tu juego. Pero esta noche no me fío de ti.
—Yo nunca me fío de ti —replicó ella—. Debes admitir que eso le da cierto sabor a nuestra relación.
—Cierto. Jamás me has aburrido. ¿Cómo piensas sorprenderme hoy?
—Si te lo dijera, ya no sería una sorpresa. Dejémoslo así por el momento. Dime, ¿nuestra farsa está marchando bien por el momento?
—La gente piensa que estamos locos el uno por el otro.
—No, me refería al mercado de acciones —explicó Paula con un fingido aire de sorpresa—. Después de todo, eso es lo que realmente importa.
—Claro que sí —sonrió, admirado de la habilidad de su jugada—. Va muy bien. Las acciones de Charteris han seguido elevándose, y ahora el mercado está esperando que nos vinculemos de alguna manera con ellos.
—¿Por «vincularse con nosotros» quieres decir «comernos vivos»?
—No creo que nadie pudiera hacer eso contigo —rió Pedro.
—Oh, claro que sí. Tú sí. Piensas, por ejemplo, que me has engañado completamente.
—¿Es eso lo que estoy intentando hacer contigo, Paula? —inquirió mientras se servía más vino, sin mirarla a los ojos.
—¿Existe alguna mujer a la que no intentes engañar?
—¿Existe alguna mujer que no desee que la engañen?
—Oh, sí. Yo misma.
—Pero tú eres distinta de las demás.
—No me afectan los halagos —replicó Paula en un susurro, inclinándose hacia él.
Pedro también se inclinó hacia adelante, hasta que sus rostros quedaron a sólo unos centímetros de distancia.
—Entonces te diré una cosa: eres la mujer más sensacionalmente sexy que he conocido en mi vida. Siempre estudio tu ropa para saber con cuánta facilidad podría desnudarte. No puedo evitarlo; es algo instintivo. Cuando conversamos, apenas puedo tomar conciencia de lo que decimos porque estoy pensando en lo mucho que me gustaría verte desnuda, en desnudarme contigo, y en todas las cosas que podríamos hacer juntos.
Aquellas palabras estaban suscitando en Paula un inefable placer, pero se negaba a abandonarse a él. Aquella noche tendría que mantener el control.
—¿Crees que lo conseguirás alguna vez? —le preguntó ella.
—¿Y tú?
—Nunca.
—¿Quieres apostar?
—La última vez que hice una apuesta contigo, me engañaste —le recordó Paula.
—Y te engañaré de nuevo si con ello consigo acostarme contigo. ¿Para qué perder el tiempo con medios honestos cuando el engaño produce buenos resultados?
—Pero tú eres un hombre honesto en los negocios.
—Porque quizá los negocios no sean demasiado importantes.
—Me avergüenzo de ti, Pedro. Nada es más importante que los negocios.
En lugar de contestarle, Pedro deslizó delicadamente un dedo todo a lo largo de su mejilla, para luego delinearle el contorno de sus labios. El efecto fue tan fantástico que Paula no pudo contener un profundo y tembloroso suspiro.
—Realmente no crees en lo que dices —le aseguró él.
—No, pero tú sí.
—Podríamos hacer algo mucho más importante… si quisiéramos. ¿Qué me dices?
—Digo que el camarero está justamente detrás de ti —le informó Paula.
Pedro esbozó una mueca antes de apartarse para que el camarero los sirviera. Cuando volvieron a quedarse solos, la miró con expresión burlona como esperando a que retomara el tema de conversación, pero Paula se negó.
—¿Cómo están los gatitos? —le preguntó él mientras empezaba a comer.
—Todos han abierto ya los ojos, y esta mañana el último dejó la caja. Es el varón. Parece que tiene cierto retraso respecto a los demás.
—¿Es aquél que bautizaste con mi nombre, no?
—Eso me temo. Pero no importa, ya alcanzará a las demás. La que abrió los ojos primero es muy despabilada. Y es tan dulce, tan pequeñita…
Pedro sonrió mientras contemplaba cómo se animaba su expresión. Pensó que tenía una mirada muy especial, abierta, expuesta, vulnerable, y se preguntó en qué persona confiaría lo suficiente para poder mirarla así. En él no, desde luego. ¿Facundo?
Habría dado cualquier cosa con tal de responder a esa pregunta.
Paula ya había terminado de hablar de los gatos cuando de pronto recordó algo:
—¿Sabes? Esta tarde tuve la impresión de que era Gonzalo quien fue a buscar a Caro para salir.
—Pues no te engañaste. Esos dos están encandilados el uno con la otra. ¿No te ha dicho él nada?
—Ni una palabra. Pero apenas le he visto fuera del trabajo, y últimamente se marchaba temprano de la oficina… ¡oh, claro!
—Resuelto el enigma —sonrió Pedro—. ¿Qué me dices de su estado de ánimo? No he podido sacarle nada a Carolina.
—Bueno, parece un poquito preocupado, pero siempre ha tenido muchas cosas en la cabeza.
—Supongo que por el momento es a mi hermana a quien tiene en la cabeza. Aunque no tiene mucho de qué preocuparse: está chiflada por él.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde la primera noche. De vuelta a casa, me dijo que iba a casarse con Gonzalo.
—Un amor a primera vista —pronunció Paula, asombrada—. Nunca había creído en eso antes. Supongo que ha encontrado finalmente lo que necesita.
—¿Y qué es?
—Cuando murió nuestra madre, Gonzalo y yo estuvimos muy unidos. Él tenía dieciséis años y yo doce, pero siempre estábamos juntos, y se apoyaba mucho en mí. Pero luego empezó a salir con una pandilla de amigos, y supongo que le avergonzaba que lo vieran conmigo. Sin embargo, era demasiado pronto. Creo que desde entonces ha estado buscando a alguien que lo reconfortara como yo…
—¿No lo hacía vicente?
—No de la misma forma. Él nos quería mucho, pero siempre estaba ocupado.
—¿Y tú? —le preguntó Pedro, mirándola curioso—. ¿En quién te apoyabas tú?
—En nadie, supongo —se le hizo un nudo en la garganta al evocar aquellas largas y solitarias noches que había pasado llorando por su madre, por su padre, o por su hermano, o por su abuelo…
—¿Paula? —inquirió con tono suave, estudiando su rostro con repentina concentración.
Paula volvió a la realidad, y forzó una sonrisa cuando él le tomó una mano. Por un momento los dos permanecieron en silencio. No había nada que decir, pero el contacto de su mano le resultaba maravillosamente cálido y reconfortante.
—¿Te das cuenta de lo que acabas de contarme? El secreto de la atracción que sientes por facundo Pieres. Lo consideras una persona segura, de confianza.
—Él siempre ha estado conmigo cuando lo he necesitado…
—Pero ahora no. Por eso te aferras a su pensamiento como a un clavo ardiendo —le aseguró Pedro, añadiendo cuando ella le soltó la mano—: El hecho es que temes que te abandonen de nuevo. En realidad no estás enamorada de él.
—¿Por qué no debería desear esa seguridad para mi vida?
—Podría darte mil razones. Tú aspiras al matrimonio por la ilusión de seguridad que conlleva. Ésta es la verdaderaPaula Chaves. Detrás de esa apariencia elegante y sofisticada se oculta una niña buscando consuelo y apoyo en la oscuridad. Yo no soy un hombre muy aficionado al matrimonio, pero soy mejor para ti que Pieres porque tú y yo nos comprendemos bien. Paula, créeme, hay más seguridad en estar con alguien que piensa y siente como tú, aunque sólo sea por un día, que en todos los anillos de matrimonio del mundo.
Paula no sabía qué responder. El corazón le latía acelerado, pero no por la excitación sexual que él le despertaba, sino por una terrible sensación de alarma, de peligro.
—No obligues a ese tipo a que se case contigo, Paula. Te arrepentirás toda tu vida.
—Tonterías. Yo nunca podría hacer eso.
—Yo creo que sí, y si lo intentas te lo impediré.
—Para luego deshacerte de mí.
—Luego tú y yo correremos el riesgo. No creo que lo hayas hecho nunca, y ya es hora. Quizá no te deje. O quizá tú me dejes a mí, y entonces yo acabe persiguiéndote.
—Lo dudo —repuso Paula con tono entristecido.
—No te subestimes. Y olvídate de Pieres; él no te ama.
—Pedro, dejemos este tema —le advirtió—. Hablo en serio.
—De acuerdo —cedió, para luego mirarla con curiosidad—. No sé lo que dice tu rostro en este momento. No puedo verlo con esta luz tan escasa.
—Bien. Cuanto menos veas y sepas de mí, mejor.
—No te habré puesto nerviosa.
—No —se apresuró a responder—. Ni tú ni ningún otro hombre puede ponerme nerviosa.
Pedro no dijo nada, sino que se limitó a observarla, admirando el rubor que cubría sus mejillas. ¿Tendrían sus mejillas ese mismo rubor en el momento de la verdadera pasión? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que pudiera averiguarlo? Pero en seguida refrenó aquellos pensamientos. Su persecución de Paula había terminado por convertirse en un juego obsesivo, tanto más fascinante cuanto menos seguro: porque con ella no tenía seguridad alguna de éxito.
—Me alegro de que me hayas hablado de tus padres —le confesó—. Eso me ayuda a comprenderte mejor. Al principio pensaba que habías llevado una vida fácil, y que trabajabas en la empresa de tu abuelo simplemente porque te resultaba divertido.
—No lo encuentro divertido. Preferiría trabajar con animales, pero… ¿cómo podría decírselo a Vicente?
—Fácil. Si él te quisiera de verdad, se alegraría de que pudieras cumplir tu sueño. Porque él te quiere, ¿no?
—Por supuesto.
—¿Pero sólo si haces lo que él desea?
—Eso no es justo.
—¿Pero tú lo crees?
—Deja ya de intentar confundirme.
—De acuerdo —pronunció Pedro al cabo de un silencio—. Lo lamento.
—¿A ti te llena tu trabajo? —le preguntó Paula.
—En parte sí. Y también últimamente, porque al principio, no.
—Explícate.
Pedro vaciló, incómodo, y Paula pensó que no le resultaba fácil confiar en la gente; quizá porque nunca había confiado en nadie excepto en su hermana. Comprendió que si podía salvar esa barrera, avanzaría un gran paso hacia el corazón de aquel hombre.
—No sé por qué —dijo al fin Pedro—, pero tú me recuerdas a mi madre. Tuvo una vida muy dura, pero nunca se dejó abatir. No hay nadie a quien haya admirado más que a ella. Se enfrentaba con coraje y humor a cualquier desgracia. Ojalá hubiera vivido lo suficiente para poder verme ahora, y tener las comodidades que nunca llegó a disfrutar.
—¿Y tu padre?
—Murió cuando yo tenía catorce años y Caro casi acababa de nacer. Yo soy el único padre que Carolina ha conocido.
—Cuéntame más cosas de tu madre —le pidió Paula.
—Era maravillosa, aunque yo no se lo decía con mucha frecuencia. Después de la muerte de papá, yo me convertí en el hombre de la familia, pero ella todavía me veía como un chico. Tuvimos algunas discusiones a causa de eso. Me conseguí un empleo de repartidor de periódicos. Cuando conseguí otro más, trabajando en un supermercado los fines de semana, tuvo que admitir que con catorce años ya me había convertido en un hombre.
—¿Y el colegio?
—Durante un tiempo pude compaginar el trabajo con los estudios. Dejé pronto el colegio y me hice con un tenderete en el mercado para vender todo lo que podía conseguir barato. Cuando conseguí algún beneficio, lo invertí en otro tenderete.
—¿Y cómo es que diste el salto de los tenderetes del mercado a Charteris? —le preguntó Paula, fascinada.
—Hice cursos de comercio en la escuela nocturna, y fui adquiriendo pequeñas tiendas. Al final me convertí en propietario de tres, pero ambicionaba más, así que lo vendí todo y entré a trabajar en Charteris, invirtiendo el dinero en acciones. Diez años después estaba dirigiendo la empresa. Luego, con el tiempo, he ido invirtiendo cada vez más en ella.
—Así que ahora tienes poder en la empresa.
—Exacto, y dinero. Sé lo terrible que puede ser la carencia de dinero, y cómo ese problema puede llegar a dominar toda tu vida. Y he tenido que enfrentarme con gente poderosa que creía poder avasallarme simplemente porque me consideraba un pobre chico de los barrios bajos. Por eso me he visto obligado a enseñarles que no era así, y a veces de manera muy dura.
—¿De manera muy dura?
—Siempre y cuando no me ha quedado otra. Si tienes que contraatacar, debes hacerlo lo suficientemente bien como para que el enemigo no pueda desafiarte de nuevo.
Hablaba con un tono tan pragmático que Paula no pudo evitar estremecerse.
—Me alegro de no haberme convertido en enemiga tuya.
—Y yo también, te lo aseguro —repuso Paula, mirándola de una forma extraña.
----------------------------------------------------------------------------
lunes, 4 de noviembre de 2013
"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 9
Tal y como Pedro había predicho, Facundo asistió al encuentro de accionistas. Paula lo vio justo cuando Pedro y ella se marchaban. También vio a Penny sentada a su lado, riendo como si le agradara especialmente su compañía. Contemplando aquella escena, sintió una punzada de dolor en el corazón.
—Vayamos a comer algo —le dijo Pedro, apretándole ligeramente la mano.
El restaurante del centro de conferencias era amplio y espacioso. Pedro guió a Paula a la mejor mesa del local, al lado de una ventana que ofrecía una magnífica vista de los jardines, y la hizo sentarse de forma que apenas pudiera ver al resto de los clientes.
Sentado frente a ella, Pedro, en cambio, podía verlo todo.
—No puedo ver —protestó Paula.
—No te preocupes, ya te diré yo todo lo que necesitas saber sobre el angelical facundo.
—No le llames «angelical».
—Pensé que le estaba dedicando un cumplido.
—A ti no te gustaría nada que te lo llamaran.
—Desde luego me han llamado de todo a lo largo de mi vida, pero «angelical», jamás. ¿No se te ha ocurrido pensar que podríamos darle a Facundo motivos para estar celoso?
—Él ya está celoso, gracias.
—Pues no lo parece. Acaba de entrar en el restaurante con Penny del brazo. No te vuelvas. El camarero les ha indicado una mesa… ¡no! Pieres ha señalado el otro lado del local; quiere estar en un lugar donde pueda vernos —vio que Paula lo miraba indignada—. Sólo estoy intentando ayudarte.
—Desconfío de ti sobre todo cuando me miras con esa expresión de inocencia. Además, ya te he dicho que ya está celoso.
—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso te ha amenazado con suicidarse de puro despecho? No, claro, pero… ya sé: ¿te ha amenazado con arruinarme económicamente?
—Facundo no sa… no es de ese tipo de hombres —se apresuró a corregirse.
—Querías decir que nunca sabría cómo hacerlo —adivinó Pedro—. Exacto. ¿Se puede saber qué es lo que hizo en su terrible ataque de celos?
—Estuvimos tomando una copa juntos.
—¿Y?
—¿Y qué?
—No te detengas justo cuando la cosa se está poniendo interesante. ¿Qué te dijo? ¿O es algo demasiado íntimo y apasionado para mis oídos?
—Mira, ya te conté todo esto la otra noche.
—¿Quieres decir que todavía estamos hablando de aquel breve encuentro? —le preguntó Pedro, mirándola horrorizado—. ¿Y que no ha habido ningún otro desde entonces? ¡Pobrecita Paula! ¿Pero se puede saber qué es lo que hiciste para cargar con ese bobo? Si yo estuviera enamorado de ti, a estas alturas habría removido cielo y tierra para conseguirte.
—¡Menos mal que no lo estás!
—Menos mal para los dos si es así como manejas una aventura amorosa. Tendría que enseñarte tantas cosas que no sabría por dónde empezar.
—No te molestes. Puedo arreglármelas con Facundo sin tu ayuda.
—Bien, pues entonces asistiré a tu boda… dentro de unos cincuenta años.
—Quizá sea lo que antes le has llamado: un verdadero ángel.
—¡Pues qué aburrido debe de ser entonces!
—Es un caballero, si es a eso a lo que te refieres.
—¡No sé dónde está la diferencia! —la miró intensamente por un momento—. ¿Eres consciente de lo deliciosamente encantadora que te pones cuando te ruborizas así? —esperó su respuesta, pero Paula estaba decidida a ignorarlo—. Está mirando hacia aquí —la informó Pedro al cabo de unos segundos—. Creo que le gusta tanto verte conmigo como a ti verlo con Penny.
—Lo de Penny no me importa en absoluto; ya te lo dije.
—De acuerdo. Ahora se ha vuelto hacia ella. Se han acercado mucho para leer el menú.
—No me interesa saber…
—Vamos, deja ya de fingir —la interrumpió.
Era ridículo. Paula intentó ponerse seria, pero no pudo.
—Es bueno reírse —comentó Pedro, mirándola con aprobación—. Vamos, desahógate. Así está mejor.
Paula pensó que Pedro podía resultar terriblemente cautivador cuando la miraba con aquel brillo en los ojos. De repente se sintió más animada. El sol iluminaba los jardines y las fuentes del exterior se reflejaban en las burbujas del champán, y ella estaba sentada frente a un hombre inmensamente atractivo que le estaba dedicando toda su atención.
Pedro pasó a referirle una graciosa anécdota, y Paula estalló en carcajadas.
Durante un momento de especial intensidad, sus miradas se encontraron. De inmediato comprendió que aquello había sido un error. Pedro parecía querer asomarse a su alma, zambullirse en sus profundidades, y Paula se sintió más viva que nunca.
Les sirvieron la comida. Paula fue vagamente consciente de que estaba deliciosa, ya que aquella sensación se perdió por completo en el enorme placer que le causaba la compañía de Pedro. Él mantenía concentrada en ella toda su atención, como si nadie más existiera en el mundo. En un preciso instante lo sorprendió observándola con una media sonrisa, y arqueó las cejas con expresión interrogante:
—Estaba admirando tu atuendo —le explicó Pedro, señalando su elegante traje negro, con la blusa de un blanco inmaculado y sus accesorios dorados—. Es tan seductor como los vestidos de noche que te he visto lucir, sólo que de una forma distinta.
—No me lo he puesto para seducir a nadie —replicó con tono remilgado—. De hecho, es un traje de corte bastante formal, de negocios.
—Especialmente cortado para lucir tus piernas —añadió él.
Paula se echó a reír. Se sentía orgullosa de sus largas piernas, que enfundadas en las medias negras de seda resaltaban su admirable figura.
—Y apostaría a que te has hecho la manicura —continuó Pedro—. Déjame verte las manos.
—Me gustaría que dejaras de decir tonterías —replicó ella no con la suficiente seriedad, extendiendo una mano.
En ese instante, Pedro la tomó entre las suyas y le besó levemente el dorso.
—No esperaba esa galantería de ti —le comentó Paula con tono ligero.—Estoy representando el papel de un buen amigo tuyo. Facundo está mirando hacia aquí. Se ha fijado en que te he besado el dorso de la mano… así… pero no le preocupa demasiado porque es un gesto caballeroso, que él entiende perfectamente. Pero cuando te vuelvo la mano y beso la palma… así… entonces sí que empieza a preocuparse, porque sabe que mis pensamientos están siguiendo un curso bien distinto.
Paula se quedó sin aliento al sentir el contacto de su lengua en la palma, y la excitación empezó a correr como un torrente por sus venas, acelerándole el pulso.
—Sabe que ansío desnudarte —murmuró Pedro contra su mano—. Probablemente haya adivinado que llevo pensando en eso desde la noche en que nos conocimos.
—Pedro —le pidió Paula con tono urgente.
—Lo que no sabe es la intensidad con que me gustaría hacerlo: poco a poco, muy lentamente, saboreando y disfrutando de cada segundo, y asegurándome de que tú lo disfrutas igual que yo. Porque ¿sabes? Estoy seguro de que te encantaría.
—Eres insoportablemente presuntuoso —susurró Paula, pronunciando las palabras con dificultad en medio del atronador pulso de su corazón.
—¿Por qué? ¿Porque sé que podría hacerte arder de pasión por mí? ¿No lo crees tú así?
No podía responder; luchando como estaba contra las seductoras imágenes que habían conjurado sus palabras. Sabía que, tal y como él le había dicho, disfrutaría enormemente dejándose desnudar por él. Luego quizá ella lo desnudara a su vez, descubriendo todo aquello de su cuerpo que llevaba tan tentadoramente oculto. ¿Serían sus hombros tan anchos y su vientre tan plano como sospechaba?
Pero al mismo tiempo empezó a sentir una creciente indignación hacia Pedro. El podía hacerla desear lo que había decidido no desear, y eso resultaba imperdonable.
Pedro sabía que todo aquello no era más que un frívolo flirteo y que ella realmente le pertenecía a Facundo, pero descaradamente se servía de aquella situación para hacerla dudar de sí misma. «¡No!», se apresuró a corregirse. Ella no tenía ninguna duda.
Sus verdaderos sentimientos sólo estaban centrados en Facundo, y aquello era solamente una locura pasajera. Cuando todo acabara, sería una mejor esposa por haber superado aquella prueba… ¡Pero ojalá acabara pronto! ¡O durara para siempre!
—¿En qué estás pensando? —le preguntó Pedro.
—En nada…
—Estás a un millón de kilómetros de aquí, en un misterioso mundo propio. Y no me dejarás entrar en él, ¿verdad?
—No, no puedo dejarte entrar.
—¿Está él allí?
—No lo sé —respondió con tono entristecido—. Antes creía saberlo… pero las cosas han cambiado entre nosotros…
—Paula, no sufras así —le pidió Pedro de repente—. No por otro hombre.
—Facundo no es «otro hombre». Es el único.—Entonces que el cielo nos ayude a los dos —pronunció en un murmullo tan bajo que ella apenas lo oyó.
Consternada, Paula tomó conciencia de lo que había sucedido. La conversación había empezado con bromas deliciosamente seductoras, pero unos segundos después había terminado por derivar en algo muchísimo más peligroso. Se apartó apresuradamente, con el pretexto de servirse un vaso de agua mineral, y empezó a hacerle preguntas insustanciales. Pedro las respondió lacónicamente, absorto en sus pensamientos.
Y cuando se aventuró a levantar la mirada Paula lo sorprendió observándola, pero no con la expresión de burla que había medio esperado, sino con una intensidad vergonzosa incluso para él mismo. Después de aquello, apenas volvieron a hablar.
Al levantarse de la mesa, Pedro le ofreció su brazo. Y mientras salían del restaurante, lo último que Paula alcanzó a ver fue a Facundo, que la miraba con expresión estupefacta.
Lo más irritante de Pedro, según descubrió Paula, era que sus ofensivas palabras parecían habérsele quedado grabadas en la mente, proyectando una nueva luz sobre los sucesos de su vida. Le había resultado fácil reírse de sus cómicas previsiones del comportamiento celoso de Facundo, pero cuando transcurrieron dos días más sin recibir noticia alguna de él, aquello empezó a perder su gracia. Se alegraba al menos de quePedro no estuviera a su lado, dispuesto a reírse cínicamente de ella o a espetarle algún comentario burlón. Eso la hizo pensar en él, y fue entonces cuando se dio cuenta de que en realidad nunca había dejado de hacerlo. Si no hubiera estado enamorada de Facundo…
Por fin Facundo la telefoneó para decirle que estaría ausente durante una semana. Tenía que hacer un viaje de urgencia a la costa sur, ya que su madre se encontraba enferma.
Afortunadamente se estaba recuperando bien, así que la llamaría a su regreso.
Pedro la invitó a salir a ver un espectáculo teatral, y aceptó. Luego, durante la cena, entablaron una animada discusión sobre la obra que continuó durante el trayecto de regreso a casa. Para cuando se separaron, Paula no podía recordar la última vez que se había divertido tanto con alguien.
Al día siguiente él volvió a telefonearla, y tomaron una copa por la tarde. Pero Paula se sirvió de una excusa cualquiera para retirarse temprano. La verdad era que le agradaba demasiado la compañía de Pedro, por lo que estaba empezando a pensar que sería mejor que su relación terminara cuanto antes. Era como si se hubiera dividido en dos personalidades: su mente racional discutiendo contra sus sentimientos. Era una locura intimar demasiado con Pedro, por muy seductor que le pareciera. Sabía lo que una relación con él podría ofrecerle: todo el gozo y la excitación de un espectáculo de fuegos artificiales: una experiencia que jamás olvidaría.
Pero los fuegos artificiales siempre terminaban por morir y consumirse. Demasiado pronto la fiesta terminaría, y el campo quedaría vacío una vez dispersada la audiencia. Paula quería raíces, una vida sólida, un compromiso duradero. En otras palabras, quería a Facundo.
Al regreso de su viaje, Facundo la llamó para quedar en el bar de costumbre. A Paula le resultaba muy complicado asistir a la cita, y lo advirtió de que llegaría tarde, pero él insistió tenazmente en verla.
—De verdad, tengo una verdadera necesidad de hablar contigo. Esperaré allí hasta que vengas.
Facundo se hallaba sentado en su mesa habitual, y se levantó rápidamente al verla acercarse.
—Ya temía que no vinieras —le dijo, estrechándole la mano—. Es tan importante lo que tengo que decirte…
—¿De qué se trata?
—Ingenierías Martson.
—¿Martson?
—Están jugando conmigo, tal y como tú dijiste que harían. Detesto admitirlo, pero tenías razón durante todo el tiempo.
Por un momento Paula no comprendió de qué le estaba hablando. Luego recordó que su discusión había empezado con el asunto de Martson.
—Supongo que debí haber seguido tu consejo —admitió Facundo—. He traído la correspondencia.
Los documentos confirmaban aquello de lo que Paula había intentado advertirlo varias semanas atrás… con bastante torpeza, ya que de no haber sido así, Facundo no se habría ofendido tanto. De repente Facundo le comentó con forzada naturalidad:
—Te vi en el encuentro de Dellacort. Parece que lo tuyo con Alfonso va en serio.
—No hay nada entre nosotros —se apresuró a aclararle—. Algún periodista se llevó una idea equivocada en la cena de gala y escribió algo que hizo que nuestras acciones respectivas subieran. Estoy esperando el momento adecuado para dejar de verlo.
—¿Quieres decir que eso es todo? ¿Así, sin más?
—Sí.
—Eso no es lo que… ¡hey, espera un momento! Acabo de ver a un tipo allí que me debe un dinero. Llevo varios días intentando localizarlo. Ahora vuelvo; no te muevas.
Y se levantó para ir a buscarlo. Paula tomó un sorbo de agua mineral, mirando a su alrededor, y de pronto se fijo en un joven extremadamente atractivo que se dirigía hacia su mesa con expresión tímida y aprensiva.
—¿Señorita Chaves? —inquirió al fin.
—Sí, soy Paula Chaves.
—He intentado llamarla a su oficina, pero no estaba allí; fue su secretaria la que me indicó que se dejaría caer por este local. Me llamo Mike Harker.
—¡Cielos! —exclamó Paula.
—Supongo que pensará que es una impertinencia por mi parte que yo…
—No, me he quedado simplemente asombrada de descubrir que existe realmente. Siéntese.
—Gracias.
—¿Se ha recuperado ya de la gripe?
—Oh, Pedro se lo dijo. No estaba seguro de si él…
—Descubrí la verdad a la mañana siguiente.
—Pedro sólo quería hacerme un favor —se apresuró a explicarle Mike—. Yo me encontraba muy apurado, y él sería capaz de hacer cualquier cosa por un amigo.
—¿Le contó cómo transcurrió la velada?
—No. Se estaba riendo cuando regresó a mi casa, pero no me contó de qué se trataba la broma. ¿La molestó mucho?
—No lo culpo a usted. Y tampoco me he quejado a la agencia, si es eso lo que lo preocupa.
—No, no es eso. Se trata de esto —Mike sacó de un bolsillo de su chaqueta los gemelos de diamantes, y los dejó sobre la mesa—. Evidentemente no puedo quedármelos.
—¿Por qué no? Yo se los di a usted, indirectamente.
—Pero en realidad no quería hacerlo, y son demasiado valiosos para que pueda aceptarlos.
—Hágalo, por favor —le pidió Paula con tono cálido—. No hago regalos para que luego me los devuelvan, aunque sea bajo unas circunstancias tan extrañas. No puedo creer que se haya molestado tanto en localizarme.
—La verdad es que quería advertirla de algo, y no sabía con qué me iba a encontrar… pero no importa. Está con ese tipo de allí, ¿verdad?
—Sí —respondió Paula—. Pero, Mike, si usted suponía que había podido relacionarme con Pedro, ¿de qué pensaba advertirme?
—Bueno —sonrió—, usted ya conoce a Pedro….
—Por eso se lo estoy preguntando.
—Digamos que preferiría que no se relacionara con él. No lo he visto mucho en los últimos años, pero no creo que haya cambiado.
—¿Se conocen desde hace mucho tiempo?
—Fuimos juntos a la universidad; allí fue donde estudió empresariales. Era de los que «amaban a las chicas para luego dejarlas». Ninguna mujer le duraba mucho, y él se enorgullecía de eso. Por supuesto, todas se volvían locas por él. No puedo entender por qué. Las comparaba con los autobuses.
—¿Los autobuses?
—Que cuando se va uno, siempre viene otro.
—Qué bien —Paula sintió que se le encogía el estómago al escuchar aquellas palabras—. Conocí en una ocasión a un hombre que solía decir algo parecido: que el mundo estaba lleno de mujeres. Así es como lo decía él, pero supongo que querría decir lo mismo.
—No creo que Pedro lo expresara con tanta seriedad —declaró Mike—. Para él era más bien un juego. No se lo habría dicho, pero al ver que ya estaba comprometida, me pareció que sería lo correcto.
—Muy bien. Así podrá contármelo todo. Pedro era un auténtico don juán en aquel tiempo, ¿verdad?
—Se lo diré. No se le resistía ninguna mujer. Era un espectáculo penoso. Diablos, nunca le habría contado esto, sobre todo cuando me ha sacado de un apuro, pero es así. Es tan condenadamente seguro de sí mismo…
—Sí que lo es —murmuró Paula—. Bueno, probablemente algún día se lleve un buen chasco.
—No si puede evitarlo. Pedro solía decir que ninguna mujer es lo suficientemente especial como para que un hombre haga el ridículo por ella.
—Así que decía eso, ¿eh? —Paula se reclinó en su silla, furiosa. Aunque nada de aquello tendría por qué sorprenderla. Ya sabía cómo era Pedro, y además, era a Facundo a quien amaba.
—Una vez fuimos a una boda —recordó Mike—. Era muy ostentosa, con mucho aparato, y él se quedó horrorizado. Dijo que las bodas eran una conspiración de las mujeres para poner en ridículo a los hombres, y que él nunca caería en aquella trampa —de pronto la miró con expresión culpable—. Pero probablemente esté hablando de más y…
—Tonterías. ¿Qué mal puede haber en ello? —inquirió Paula con tono ligero.
—Su amigo ya viene hacia acá. Será mejor que me vaya.
—No se los olvide —le señaló los gemelos.
—Si insiste… gracias.
Cuando se acercaba a la mesa, Facundo lo vio retirarse apresuradamente, y miró asombrado a Paula.
—¿Es que te dedicas a regalar estos gemelos a todo el mundo en Londres, o son los mismos que vi contigo una vez? —le preguntó—. ¿Paula? ¡Paula!
—Lo siento —repuso, volviendo a la realidad.
—¿Y bien?
—Perdona.
—¿Has llegado a alguna conclusión?
—Sí —respondió, con expresión más animada—. He decidido que ya es hora de que empiece a jugar yo por mi cuenta.
---------------------------------------------------------------------
Holaa! capitulo nueve!!
Espero que les guste!! gracias por leer!!! ♥
sábado, 2 de noviembre de 2013
"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 8
—Quizá —levantó su copa a modo de brindis, inconsciente de la expresión provocativa de su mirada.
—No deberías mirar a un hombre así a menos que vayas en serio —le dijo Pedro.
—Sólo estaba brindando por tu perspicacia. Creo que me comprendes bastante bien.
—No del todo. No entiendo lo de Pieres. ¿Qué clase de poder ejerce sobre ti para transformarte en una seductora sirena?
—¿Piensas que soy una seductora sirena? —se burló, riendo.
—Sabes lo que pienso de ti, Paula, y creo que se trata de algo mutuo. Sigue estando ahí, a pesar de tu amante. Porque Pieres es tu amante, ¿no?
La pregunta la tomó por sorpresa. Por un momento se quedó sin palabras, y Pedro añadió:
—No me refiero a después de la discusión, sino a antes de eso. ¿Ha sido tu amante?
—No voy a discutir de mi vida amorosa contigo… —empezó a decir ella.
—Me parece una sabia decisión. Yo preferiría que hiciéramos el amor.
—Bueno —repuso Paula, casi sin aliento—, no vamos a hacer el amor…
—En cierto sentido, eso es precisamente lo que estamos haciendo ahora, y lo sabes. A pesar de lo que digamos, hay algo más bajo la superficie, algo que tiene que ver con lo que sucedió entre nosotros la primera vez. ¿Recuerdas nuestro beso de despedida? ¿Puedes olvidarte de eso? Porque yo no.
—Estás equivocado; yo sólo deseo a Facundo. Por eso me llevé un disgusto tan grande cuando creí que lo había perdido.
—Ya, recuerdo algunos detalles de tu… disgusto —replicó Pedro, malicioso, y añadió al ver su expresión indignada—: Creo que en este mismo momento serías capaz de abofetearme. Pues adelante y sigamos con… ¿Qué es eso?
—¿Dónde? —inquirió sorprendida.
—Allí.
Un murmullo de voces se levantó entre los árboles, y entonces aparecieron dos figuras: una alta y espigada, la otra ancha y maciza, recortadas contra la luz coloreada de los focos.
—Rápido —le dijo Pedro, tomándola de la mano y arrastrándola consigo a las sombras, fuera del puente.
Escondidos detrás de un árbol, pudieron ver a Gonzalo y a Carolina paseando con lentitud por el puente, de la mano. La voz de Gonzalo llegó hasta ellos; era un murmullo bajo e íntimo:
—Por supuesto que un especialista de la Comisión de Monopolios podría bajar el precio de las acciones, de manera que habría llegado la hora de comprar, pero sólo si…
Y pasaron de largo. Pedro y Paula se miraron estupefactos. Luego, al unísono, procuraron ahogar una carcajada.
—No puedo creerlo… —pronunció ella—. Ni siquiera de Gonzalo…
—Mi pobre Caro… Nunca me perdonará esto…
—Una noche tan romántica —comentó Paula, riendo de nuevo—, y a Gonzalo sólo se le ocurre hablarle de acciones. ¡Oh, cielos! Creo que si sigue así jamás seré tía…
La tensión anterior había desaparecido, y continuaron paseando al borde del agua hasta que se sentaron en un rústico banco de la orilla.
—Creo que ya es hora de que planifiquemos cuidadosamente nuestra separación —pronunció Paula—, para que nuestras acciones respectivas no se hundan de repente.
—¡Hey, espera! Todavía es muy pronto para hablar de separación…
—Pero esto no puede seguir así…
—No es tan sencillo como tú crees. Necesitamos que la gente nos vea juntos una vez más. Pasado mañana tendrá lugar un encuentro de accionistas organizado por Dellacort. Ambos tenemos acciones en la empresa, así que será completamente natural que nos presentemos juntos.
—No sé…
—Facundo también es accionista —añadió Pedro, mirándola con expresión maliciosa—, así que probablemente se presente también. Piensa en las posibilidades, Paula. Nos verá juntos, tú le dirás que simplemente se trata de un asunto de negocios, mostrándote al mismo tiempo un tanto evasiva, de manera que con algo de suerte te enviará un ramo de rosas esa misma noche.
—Eres muy experto en estas lides.
—La gente me considera un hombre terriblemente manipulador.
Su sonrisa era irresistible, y Paula no pudo menos que sonreír a su pesar.
—Bueno, de todas formas iba a acudir a ese encuentro. Y si eso sirve para ejercer el efecto adecuado sobre Facundo, supongo que podré salir contigo durante unas horas más.
—Paula —pronunció admirado—, cuando hablas de esa manera, ningún hombre podría jamás resistirse a tus encantos.
—Pero escucha una cosa, Pedro. Después de esto, pondremos punto final a esta situación.
—Ya veremos; puede que se me ocurran otras ideas. Ten cuidado con tu copa; sería una pena que te estropearas el vestido, teniendo en cuenta lo bien que te sienta.
—No cambies de tema.
—Tus encantos son el tema, al menos por lo que a mí respecta. Por las noches no puedo dormir soñando con ellos. He perdido el apetito y me estoy convirtiendo en una sombra de lo que era antes…
—Ya, claro —se burló ella—. Estás demasiado satisfecho de ti mismo para perder el sueño o el apetito.
—Cierto, pero pensé que sería la frase más adecuada en estas circunstancias. Y deja de flirtear conmigo mirándome así. Yo no soy Facundo Pieres para que me tientes de esa forma.
Paula se echó a reír; se sentía alegre y confiada.
—Creo que no podría tentarte ni aunque quisiera.
—Sólo si yo te dejara.
—La otra noche, mientras bailábamos, ¿acaso no te dejaste tentar? —le preguntó ella.
—La otra noche estaba representando un papel.
—No durante todo el tiempo. Yo era la única que estaba actuando, en beneficio de Facundo.
—¿Incluyendo aquella sutil caricia en la mejilla, justo por el lado en que Pieres no podía vernos?
—Eso fueron imaginaciones tuyas —se apresuró a replicar Paula.
—Soy un hombre de muy escasa imaginación. ¿Y qué pasa con la compañera de Facundo? ¿También estaba actuando?
—Es su secretaria; acompañarlo en ese tipo de actos forma parte de sus obligaciones.
—Sinceramente, creo que deberías preocuparte al respecto.
—Conozco a Facundo mejor que tú.
—No conoces en absoluto a los hombres, Paula; si así fuera, no habrías salido a dar un paseo conmigo por el jardín a la luz de la luna. Y habrías sabido que no me conformaría con separarnos sin un beso.
Paula había previsto aquello, desde luego, pero el orgullo le hizo decir:
—Me vuelvo a casa ahora mismo.
—No hasta que me hayas besado. Quiero asegurarme de que no me falla la memoria.
Paula intentó desviar la mirada de sus ojos, pero no pudo. Contra su voluntad, su memoria evocaba sin cesar recuerdos que ansiaba poder olvidar para siempre.
Bruscamente se levantó del banco y empezó a caminar. Pedro la siguió y la detuvo, tomándole ambas manos.
—Escucha, Paula —le pidió con tono suave—. Tú me inspiras sentimientos que no sabía que existían. Si hubiera sabido con anterioridad cuáles eran esos sentimientos, te juro que me habría asustado. E incluso sabiendo que todo esto no es más que una ilusión…
Se había detenido bajo un gran roble. Paula apoyó la espalda en el tronco y contempló la luna y las estrellas por entre las ramas. Todo el universo parecía girar en su torno, sobre su cabeza, mientras la brisa hacía murmurar a las hojas.
—Algunas ilusiones son más fuertes que la realidad —pronunció con tono suave.
—¿Tú sientes eso también?
—Pero no son tan duraderas. Ya volverás a aterrizar.
—¿Y tú?
—Yo nunca he despegado de la tierra —declaró, consciente de que mentía.
—Uno de nosotros es un gran farsante —dijo Pedro, mirándola intensamente—. Me pregunto quién.
—Probablemente nunca lleguemos a saberlo.
—Lo sabremos un día. Esperemos que no sea demasiado tarde.
Apoyó entonces las manos en el tronco, a cada lado de su cabeza. Su cuerpo presionaba muy ligeramente contra el de ella, aprisionándola. Y cuando vio que se disponía a besarla, Paula levantó la mirada, sonriendo, dispuesta a recibir aquel beso…
Pero entonces algo sucedió de repente. El mundo entero pareció desplazarse, cambiar su perspectiva, haciéndola preguntarse qué estaba haciendo allí, jugando a aquellos juegos amorosos, cuando Pedro no era el hombre al que realmente amaba. Era Facundo, con su dulce naturaleza y su delicada sonrisa, el dueño de su corazón, porque le había ofrecido el suyo. Y dudaba que Pedro Alfonso tuviera corazón alguno que ofrecerle.
Justo en el momento en que los labios de Pedro estaban a punto de rozar los suyos, Paula ladeó la cabeza. Pedro se detuvo entonces, mirándola con los ojos entrecerrados. Acertó a distinguir el leve temblor de sus labios y el brillo de su mirada bajo las pestañas, y comprendió. Se apartó bruscamente.
—Realmente no sabes absolutamente nada sobre los hombres —le dijo con voz ronca.
Paula quiso defenderse y replicar algo, pero él ya había echado a andar hacia la casa.
Desde que murieron sus padres, muchos años atrás, y a pesar de su gran diferencia de edad, Pedro y Carolina habían permanecido estrechamente unidos, compartiendo una relación de absoluta confianza.
—Paula es deliciosa —le comentó Carolina a su hermano mientras regresaban a casa—. Es como si irradiara felicidad.
—Desde luego —repuso Pedro—. Una llamada de su novio y se convierte en una mujer distinta.
—¿Pero no eres tú su amante?
—Todavía no —respondió, y se sumió en un prolongado silencio, ajeno a las miradas de curiosidad que Carolina le lanzaba de vez en cuando.
—¿Quién es el otro hombre? —le preguntó ella al fin.
—Un tipo llamado Facundo Pieres. Pero no creo que le dure mucho.
—Y sin embargo ahora está ahí, interponiéndose en tu camino —comentó Carolina con una risita—. Esto va ser divertido. Yo ya había empezado a creer que nunca te encontrarías con la horma de tu zapato.
—Y nunca me la encontraré. Paula es una mujer hecha y derecha, y ya veremos qué pasa durante las siguientes semanas. No creo que tenga mucho de qué preocuparme.
—Hermanito, puede que no destaque en muchas cosas, pero soy muy perspicaz con la gente.
—Nunca lo he dudado.
—Si va a haber una batalla, yo estaré con ella. Me encantaría verte atrapado en las redes del amor.
—No cuentes con ello —rió Pedro—. A propósito, lamento lo de esta noche. Si hubiera sabido que Gonzalo Chaves era como es, te prometo que jamás te lo habría presentado.
—Oh, pero si yo pensaba que era un hombre muy dulce…
—¿Dulce? Es pomposo, rígido, soso…
—¡Pedro, por favor! No insultes al hombre con quien voy a casarme.
---------------------------------------------------------------------------
Capitulo ocho!! espero que les guste!!
Gracias Por Leer! ♥
viernes, 1 de noviembre de 2013
"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 7
Al día siguiente Paula visitó a un cliente después de comer, y cuando volvió a su despacho se encontró con un montón de recados telefónicos.
—Facundo Pieres ha llamado cinco veces —la informó su secretaria—. Creo que no me creyó cuando le dije que se encontraba fuera.
Desde la cena de gala Paula había pensado mucho en Facundo, preguntándose por lo que habría sentido al verla. Había resistido la tentación de llamarlo con cualquier pretexto, y al fin su paciencia había sido recompensada.
—¿Facundo? —inquirió cuando alguien contestó a su llamada.
—Gracias por haberte acordado de mí —dijo con tono ligero, que no logró disimular cierta irritación.
—Estaba fuera. Pero ya he vuelto.
—Pensé que tal vez podríamos tomar una copa, en nuestro lugar de costumbre.
Paula vaciló. Había quedado con Pedro y con su hermana, y no podía retrasarse.
—Tendrá que ser una copa rápida.
—¿Es que tienes una cita?
Paula sintió que el corazón le daba un vuelco: aquello le importaba a Facundo.
—Claro que no. Lo que pasa es que tengo que regresar pronto a casa.
—Entonces quedamos en The Crown.
Una hora después Paula entró en The Crown, el elegante bar al que solían ir con frecuencia, pensando que al final lo había logrado: Facundo quería volver con ella. Estaba sentado en la mesa de costumbre, en una esquina, y le sonrió al verla acercarse, con aquella triste mirada suya que siempre la conmovía tanto.
Charlaron durante unos minutos, evitando cualquier referencia a su discusión y a su último encuentro. Al fin Facundo le dijo:
—Gracias por haber venido. Temía que no quisieras hablarme. Aquella vez te dije unas cuantas cosas absolutamente fuera de tono.
—Ya me había olvidado —repuso Paula.
—¿De verdad? ¿No fue por eso por lo que intentaste darme esquinazo hoy?
—Facundo, ya te dije que he estado fuera.
—¿Seguro que no se trataba de una excusa para evitarme? —le preguntó él con tono suave.
—No tenía nada que ver contigo.
Facundo le lanzó una sonrisa irónica, desconfiada, y por primera vez Paula descubrió que podía llegar a irritarse mucho con él. Su vulnerabilidad y necesidad de consuelo podía resultar encantadora, pero aquella vez estaba exagerando. Y en aquel preciso instante recordó lo que le había dicho Pedro: «es el clásico estúpido egocéntrico que siempre espera que todo le venga dado, a su gusto».
—Supongo que ahora debo de resultarte un estorbo, una vez que ya has encontrado a otro.
Paula pensó que estaba celoso; eso quería decir que todavía la amaba.
—Eres tú quien ha encontrado a otra —replicó con tono burlón.
—¿Penny? Es mi secretaria. Por cierto, causaste verdadera sensación al presentarte con Pedro Alfonso.
—¿Lo conocías?
—No… esto es, no lo reconocí aquella noche, pero desde entonces algunas personas me han hablado de él…
Paula se quedó asombrada: había estado preguntando por Pedro. ¡Cielos!
—Debes de haber intimado mucho con él para haberle regalado esos gemelos… —observó Facundo.
Paula había comprado aquellos gemelos porque a Facundo le habían gustado mucho cuando los vio en un escaparate; evidentemente, los había reconocido. Pero no podía explicarle nada sin revelarle que había tenido que contratar a un acompañante. Estaba dudando entre hacerlo o no cuando sonó el teléfono móvil. Era Gonzalo.
—¿Dónde estás? —le preguntó.
—Aquí, tomando una copa rápida. Voy ahora mismo.
—Date prisa. Ya sabes que tenemos que ir a casa de Vicente con Alfonso.
Gonzalo había elevado el volumen de su voz, y al oírlo, Facundo se tensó visiblemente. Paula se apresuró a cortar la llamada.
—Comprendo —pronunció Facundo.
—No es lo que piensas. Su hermana y él van a cenar con nosotros esta noche.
—Qué bien.
—Sólo se trata de negocios, Facundo.
—¿Ah, sí?
—Sí, y ahora debo irme.
Facundo le tomó una mano, y sus miradas se encontraron. Paula se dispuso a besarlo, saboreando el cálido y reconfortante contacto de sus labios. ¿Cuántas veces durante las últimas semanas había soñado con volver a sentirlo? Mientras Facundo la besaba, sin embargo, Paula experimentó una extraña sensación de pérdida, como de algo que debería haber ocurrido y que no llegó a suceder. Pero era una locura juzgar los besos de Facundo por los de Pedro. Ningún hombre besaba igual que otro, y aquel era Facundo, el hombre al que amaba. Se esforzó por recuperarse de su sorpresa.
—Adiós, cariño.
—Adiós. Que pases una agradable velada.
—¿Sin ti? —preguntó ella con tono ligero—. ¿Cómo podría?
Facundo sonrió antes de depositar un leve beso en el dorso de su mano .Y Paula se marchó mucho más animada.
Llegó a la mansión de Vicente, situada en las afueras de Londres, con tiempo suficiente para bañarse y vestirse para cenar. El vestido que había escogido era de color verde oliva y discretamente sofisticado. Estaba radiante de felicidad, ya que no sólo había puesto fin a su distanciamiento de Facundo, sino que había descubierto que la quería lo bastante como para ponerse celoso. Mientras se relajaba en el baño, echó un vistazo al periódico local, y lo que vio la dejó asombrada.
Cuando bajó vio a Gonzalo al pie de las escaleras, elegantemente vestido. Al ver el atuendo de su hermana, no pudo menos que felicitarla por su gusto.
—Me alegro de poder hablar a solas contigo por un momento —le dijo ella, tendiéndole el periódico—. ¿Has visto esto?
—Hombre multado por conducir en estado de embriaguez —leyó Gonzalo—. ¿Qué es lo que tiene de especial?
—Mira el nombre.
—¡Miguel Chaves! —exclamó asombrado—. El mismo nombre de nuestro padre. Probablemente sólo sea una coincidencia. Tiene que haber un montón de Miguel Chaves en el mundo.
—¿Y si no es una coincidencia?
—Paula, hace años que no sabemos nada de él. Ni siquiera sabemos si está vivo. Además, en cualquier caso, no quiero volver a verlo.
—¿Estás seguro?
—Entonces eras demasiado pequeña para darte cuenta de lo que sucedía, pero no era ninguna maravilla de persona. Según Vicente, se relacionó con mamá por interés, dejándola embarazada a propósito. Cuando se casaron, se puso a flirtear con otras mujeres gastándose el dinero que Vicente le suministraba; yo solía oír las discusiones que tenía con mamá. ¿Sabes lo que se atrevió a decirme una vez? «Cuando seas mayor, hijo, nunca te olvides de que el mundo está lleno de mujeres». Yo tenía catorce años. Una semana después Vicente dejó de darle dinero y le dijo que se buscara un trabajo. Así que se fue a vivir con su última aventura. Créeme, no tengo ninguna gana de volver a verlo.
—No, supongo que no —repuso Paula. A pesar de que entonces era muy pequeña, ella también había oído las discusiones. Sabía que era morboso pensar de esa manera, pero no pudo resistirse de preguntarle—: ¿Aprendiste alguna vez la lección de papá?
—¿Sobre qué?
—Sobre que el mundo está lleno de mujeres.
—Tengo trabajo que hacer —pronunció Gonzalo con frialdad—. Por eso no tengo tiempo para el tipo de relaciones que nuestro padre consideraba normal.
—Sí, es como si hubieras reaccionado a su influencia convirtiéndote en un puritano —comentó maliciosa—. Papá probablemente se sentiría avergonzado de ti.
—Eso espero, porque yo lo estoy de él. Y también espero que no se retrasen nuestros invitados.
—Me pregunto cómo será la hermana del señor Alfonso…
—Una mujer entregada a sus negocios, según él. Y se llama Carolina. Hay algo en ese nombre que me inspira confianza —se atrevió a añadir Gonzalo en un tono que le resultó extraño a su hermana.
Vicente se presentó en aquel preciso momento, luciendo una apariencia magnífica. Alto y fuerte, tenía el cabello blanco y el rostro enjuto, de ojos brillantes y vivarachos.
Segundos después sonó el timbre, y Paula abrió la puerta para encontrar a Pedro en el umbral.
—Buenas tardes, señor Alfonso.
—Buenas tardes, señorita Chaves —su tono era sorprendentemente normal, pero en sus ojos ardía un brillo de humor—. Le presento a mi hermana Carolina.
Se hizo a un lado para dejarla pasar, y un profundo silencio reinó en el vestíbulo. De unos veinticinco años, Carolina Alfonso poseía una belleza espectacular. Era casi tan alta como su hermano, un efecto que quedaba destacado por su peinado, con el cabello recogido en una trenza en lo alto de la cabeza. Lucía un vestido largo de estilo griego, ceñido bajo el busto. Gonzalo se quedó sin habla y, con los ojos brillantes, se adelantó para saludarla:
—¿Cómo está usted? —le preguntó con voz ronca.
—Muy bien, ¿y usted?
Pedro buscó la mirada cómplice de Paula y se sonrieron.
—Creo que esta velada va a ser muy especial —le comentó ella en un susurro.
—Y yo creo que ha sido un acierto haber traído a Carolina.
—¿Crees que se aburrirá con él?
—No, me temo que lo que puede ocurrir es que Carolina se lo coma vivo. Es su hobby.
—No tienes que preocuparte por Gonzalo. Es imperturbable. ¿Cómo es que tu hermana tiene esa apariencia tan magnífica?
—Porque dedica su vida a ello. Es modelo.
—Tú le dijiste a Gonzalo que se dedicaba a los negocios.
—No; le dije que se dedicaba a hacer dinero. Gana una verdadera fortuna.
—Sabes perfectamente que le diste a entender otra cosa.
—No pude evitarlo —sonrió Pedro—. Tu hermano tenía un tono tan pomposo que se me ocurrió gastarle esa pequeña broma. Siento haberte ofendido…
—Pues no lo sientas —rió Paula.
Pasaron todos al comedor. Vicente había colocado a Pedro a su izquierda, y a Paula a su derecha. Carolina tomó asiento al lado de Gonzalo, y para sorpresa de Paula, ambos no tardaron en sumergirse en una animada conversación. Y cuando dejó de observarlos y se concentró en Pedro, descubrió que lo mismo le había sucedido a él con Vicente.
—Usted no lo sabe, pero ha sido mi mentor —le estaba diciendo Pedro—. Cuando estaba estudiando en la universidad, tenía un profesor que había elegido su trayectoria como modelo a estudiar. Conocía cada negocio que usted había hecho, y los fue analizando todos.
Vicente se echó a reír, halagado. Se estaba divirtiendo mucho, y Paula podía darse cuenta de que habían congeniado bien. La conversación fue adquiriendo entonces un carácter general, y Gonzalo, contra su costumbre, contó una divertida anécdota sobre los primeros días de Paula en la empresa.
—No es justo —protestó ella, entre risas—. Ya no he vuelto a hacer ese tipo de cosas… —y contraatacó con otra anécdota sobre su hermano que hizo reír a todos.
El café y los licores fueron servidos en el patio. Gonzalo todavía seguía hablando con Carolina, que lo escuchaba muy concentrada. Y Vicente había pasado a su tema favorito: su jardín.
—Me gustaría enseñártelo, pero me siento un poquitín cansado. Pau, querida, ¿por qué no lo haces tú?
Pedro recogió su copa, y le tendió a paula la suya.
—Vamos —le dijo.
El jardín estaba iluminado con pequeños focos de variados colores, y a pesar de la oscuridad reinante, no tuvieron mayor problema en seguir el sendero entre los árboles.
—Es como un lugar encantado —fue el inesperado comentario de Pedro—. Yo también tengo un jardín, y un día me gustaría dedicarme de lleno a él. Pero por el momento es Caro quien lo cuida.
—¿Ella vive contigo?
—Más o menos. Debido a su trabajo viaja tanto que casi no le merece la pena tener una casa propia, así que utiliza un par de habitaciones de mi casa —de pronto sorprendió una mirada de Paula cargada de significado, y se apresuró a añadir—: Si estás pensando que soy el clásico hermano mayor todopoderoso y protector, olvídalo. Caro puede parecer muy delicada, pero tiene un carácter tan duro como el acero.
—Espero que se esté divirtiendo con Gonzalo…
—No lo dudes.
Siguieron paseando por el sendero hasta llegar a un pequeño estanque, largo y estrecho, atravesado por un puentecillo de madera. Paula se apoyó en la barandilla, con la mirada fija en su copa de vino, escuchando el soñoliento murmullo de los patos.
—No sé por qué, pero tengo la sensación de que Facundo Pieres ha llamado —le dijo de repente Pedro.
—Estás adivinando —repuso ella, sonriendo a su pesar.
—Esta noche pareces completamente diferente. La primera vez que nos vimos estabas tensa e incómoda. La segunda, ardías de furia. Anoche estuviste amable, pero distraída. Y ahora, estás feliz y encantadora. La razón es obvia.
--------------------------------------------------------------------
miércoles, 30 de octubre de 2013
"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 6
A la tarde siguiente, por pura casualidad,Pedro pasó al lado de la casa de Paula después de ver a un cliente y se le ocurrió visitarla. Pensó que sería interesante verla en circunstancias «normales», y todavía lo sería mucho más sorprenderla con la guardia baja. Nada más pulsar el timbre oyó el sonido de unos pasos presurosos. De inmediato la puerta se abrió de golpe y Paula apareció ante él, suspirando de alivio.
—Gracias al cielo que has venido; estaba tan preocupada… No creo que tenga mucho tiempo para… ¡Vaya, si eres tú!
Las mujeres habían saludado a Pedro de muchas maneras, desde «¡Cariño, qué alegría verte!», hasta «¿Cómo te atreves a asomar las narices por aquí otra vez?». Pero jamás lo habían saludado con tanto desdén.
—Sí, soy yo. Pero supongo que no era a mí a quien esperabas ver…
Sin responder a su comentario,Paula pasó de largo ante él y salió a la calle. Miró arriba y abajo, sin ver lo que estaba buscando, y emitió un gemido de frustración.
Pedro apenas podía reconocerla. Iba vestida con unos viejos vaqueros y una enorme camisa que ocultaba todo lo que había esperado volver a ver. Su rostro estaba limpio de maquillaje y se había soltado la melena: un enorme contraste con la mujer elegante que había asistido a la cena de gala, o con la que había irrumpido de repente en su despacho.
—Es terrible —se quejó Paula mientras volvía a la casa y cerraba la puerta.
—Gracias. Siento que te haya disgustado tanto mi presencia…
—No, si no eres tú…
—¿Quién creías que era? —inquirió Pedro.
—El veterinario —respondió, preocupada—. Zarpas está pariendo.
—¿Zarpas?
—Mi gata. Bueno, estaba abandonada y la acogí en mi casa. No sabía que estaba embarazada, pero de repente me di cuenta de lo gorda que estaba…
—¿Dónde está?
—Me las he arreglado para meterla en una caja, en el salón.
Pedro siguió la dirección de su dedo y vio a la gata encogida en una gran caja con almohadones. Zarpas lo miró nerviosa, y él se dejó caer a su lado tocándole suavemente la barriguita.
—Sí, yo diría que tiene al menos cuatro dentro.
—¿Sabes mucho de gatos? —inquirió Paula, esperanzada.
—Cuando era niño nuestro vecino tenía una gata que paría constantemente. Por alguna razón siempre venía a nuestro jardín a parir. Ella siempre prefería periódicos.
—Bien.
Paula corrió a la cocina y volvió con un fajo de periódicos. Pedro levantó delicadamente a Zarpas para dejarla en los brazos de Paula, apartó los almohadones y forró la caja con los papeles. Cuando volvieron a colocarla en su lugar, la gata ronroneó agradecida y miró a pedro como si confiara plenamente en él.
—Sabes lo que está pensando, ¿verdad? —comentó Paula, esbozando una temblorosa sonrisa—. ¡Menos mal que hay alguien que sabe lo que hace!
—Mientras esté satisfecha… Pero me sentiría mejor si consiguieras un buen veterinario.
—Hace siglos que debería haber venido. Por eso creía que eras tú. ¿Podrías vigilar a la gata mientras salgo a ver qué es lo que ha pasado con él? —y desapareció antes de que pedro pudiera responderle.
—Está loca —le confió Pedro a Zarpas—. ¿Cómo pudo no darse cuenta de que estabas preñada? No te encuentras muy bien, ¿verdad? —al ver que había empezado a maullar de dolor, añadió—: Esperemos que lleguen pronto…
Pero Paula regresó sola; no había podido encontrar al veterinario.
—Nadie sabe dónde está. Salió de la clínica hace una media hora, así que ya debería haber llegado, pero es como si se hubiera desvanecido en el aire. ¿Está Zarpas comiendo algo?
—No, es un cachorrillo que está lamiendo —le dijo Pedro—. Ha nacido hace apenas un minuto.
Zarpas lamía repetidamente una minúscula bolita negra que se retorcía emitiendo gemidos. Paula se arrodilló a su lado, sonriendo con expresión de deleite mientras extendía una mano para rascarle la cabecita a Zarpas. Pedro se levantó discretamente y se fue a la cocina, volviendo minutos después con una cafetera y dos tazas. Paula todavía estaba inclinada sobre la caja, tan concentrada que no advirtió su presencia, y él aprovechó aquellos instantes para observarla con atención.
—Creo que deberíamos dejarla un rato tranquila —sugirió—. Apenas ha empezado el parto —ayudó a Paula a levantarse, y luego acercó un par de sillones para rodear con ellos la caja—. Así disfrutará de una mayor intimidad.
—¿Cuándo lo has hecho? —le preguntó Paula mirando la taza de café que sostenía en la mano.
—Ahora mismo. Estuve curioseando en tu cocina. No ha sido nada fácil, pero finalmente encontré el té en el azucarero, el azúcar en el tarro del ajo y el café en el bote del té —le sirvió una taza de café con movimientos rápidos y precisos.
—Gracias. Por cierto, ¿a qué has venido?
—No estoy del todo seguro. Pasaba por aquí después de ver a un cliente y sentí el impulso de visitarte… y darte una buena sorpresa —al ver que intentaba asomarse por encima de los sillones, le dijo con firmeza—: Déjala; pasará una media hora antes de que para otro. Para entonces, con un poco de suerte, el veterinario ya habrá llegado.
Pero transcurrió otra media hora sin que apareciera el veterinario. Zarpas parió otro gatito. Después de palparle delicadamente el abdomen, Pedro declaró:
—Quedan dos más, pero todo está saliendo bien.
—Voy a preparar la cena —dijo Paula—. Es lo menos que puedo hacer por ti —y se dirigió a la cocina.
Cuando se quedó solo, Pedro miró a su alrededor intentando reconciliar lo que veía con la imagen que se había formado previamente de Paula. Cuando la otra noche se presentó allí por primera vez, le sorprendió que viviera en un bungaló: un pequeño y lujoso piso habría sido más adecuado para una mujer tan elegante y sofisticada…
—¿Vivías aquí con alguien? —le preguntó cuando fue a buscarla a la cocina.
—No. ¿Por qué me lo preguntas?
—Bueno, un bungaló tan grande me parecía una extraña elección para una mujer que vive sola.
—¿Ah, sí? Me encantó esta casa nada más verla. Sabía que tenía que vivir aquí.
Y empezó a cortar unos pimientos en rodajas. Pedro la observó por un momento antes de volver al salón.Paula lo oyó murmurar algo a Zarpas, y tomó entonces conciencia de que no era fácil comprender a aquel hombre. Durante los dos últimos días había hecho algunas investigaciones sobre él. Había montado una cadena de pequeñas tiendas para luego venderlas y entrar en Empresas Charteris hacía diez años. Charteris era una enorme empresa que había tenido que ser reestructurada, y Pedro se había encargado precisamente de eso, consiguiendo finalmente doblar sus beneficios. En función de esos datos, Paula se había formado la impresión de un hombre consagrado absolutamente a su negocio: duro, ambicioso e implacable. ¿Cómo entonces era posible que un depredador semejante estuviera haciendo de comadrona de su gata aquella tarde? Su curiosidad crecía por momentos.
Y también la de Pedro. Cuanto más averiguaba sobre Paula, menos creía saber. Sobre la repisa de la chimenea había una fotografía de un hombre mayor de mirada astuta, vivaz. Al lado había otra de un niño y una niña, y de una mujer de unos treinta años que presentaba un notable parecido con Paula.
—Era mi madre —le explicó Paula cuando regresó al salón y empezó a poner la mesa.
—¿Dónde está tu padre?
—El hombre mayor de la otra foto es mi abuelo. Mañana por la noche tendrás oportunidad de conocerlo.
—Supuse que sería él. ¿Y tu padre?
—Y éstos somos Gonzalo y yo de niños.
—Ya, ¿y dónde…?
Pero Paula había vuelto a desaparecer en la cocina. Cuando volvió minutos después con la cena, Pedro ya había apagado todas las luces menos la de una lámpara de mesa, y estaba arrodillado al lado de Zarpas murmurándole palabras de consuelo:
—Así, buena chica… —oyó entrar a Paula y levantó la mirada—. Está más cómoda en la penumbra. ¿Puedes ver lo que estás haciendo o quieres que vuelva a encender las luces?
—No te preocupes.
Paula dejó la ensalada y los panecillos en la mesa y volvió a la cocina para buscar los filetes. Pedro se sentó de manera que pudiera mantener vigilada a Zarpas sin molestarla. En ese momento sonó el teléfono. Paula lo descolgó; era el veterinario.
—Lo lamento de veras —se disculpó el hombre—. Se me ha averiado el coche, y todavía tardaré al menos una hora en llegar allí.
—No se apure —le aseguró Paula—. La gata está en buenas manos.
—Gracias por el voto de confianza —le comentó Pedro con expresión irónica.
—Todo va bien, ¿verdad? —inquirió Paula, preocupada.
—Yo creo que sí. Zarpas significa mucho para ti, ¿verdad?
—Bueno, es una monada, ¿no?
—¿Y es tu única compañía en esta casa tan grande?
—Ya te lo dije: me encanta esta casa.
—¿Facundo y tú vivirán aquí cuando se casen?
—Creo que será mejor que dejemos el tema de Facundo.
—¿Ha vuelto a ponerse en contacto contigo después de la otra noche?
—Ya te he dicho que no quiero hablar de él —repuso Paula, adoptando un tono de advertencia. No quería discutir con Pedro, pero acababa de tocar una fibra sensible. No había recibido absolutamente ninguna noticia de Facundo.
—De acuerdo. Dime entonces por qué no conservas ninguna foto de tu padre.
—Porque se marchó cuando yo tenía diez años y nadie ha vuelto a saber nada de él desde entonces —respondió Paula con rotundidad.
—Lo siento. Perdona, no era asunto mío. Pero no acabo de entenderlo. Creía saber algo de Vicente Chaves, pero jamás oí que tuviera un hijo.
—Y nunca lo tuvo. Él es el padre de mi madre, su única hija.
—¿Entonces cómo es que te apellidas Chaves?
—Antes me apellidaba schultz, pero cuando nuestra madre murió, vicente asumió nuestra custodia y nos cambió los apellidos. ¿Quieres más café?
Había cambiado de tema a propósito. Se daba cuenta de que Pedro le gustaba mucho más de lo que jamás habría creído posible, pero no podía describirle lo que sintió al adquirir aquella nueva identidad. Paula Chaves era la amada nieta de Vicente Chaves: una persona segura del lugar que ocupaba en el mundo. En cambio, Paula Schultz había sido la niña que había creído serlo todo para su padre, hasta que él la abandonó sin remordimiento alguno. Durante noches enteras había llorado por una traición que nunca pudo comprender, por una herida que jamás había llegado a sanar. No; no quería volver a ser Paula Schultz. Una mirada a su reloj le dijo que ya era casi la hora en que David solía llamarla. Tenía la sensación de que había pasado una eternidad desde entonces. De repente sonó el teléfono.
Paula se apresuró a contestar con una presteza que no pudo menos que extrañar a Pedro. Mientras observaba bien su rostro, pudo advertir cómo se apagaba su esperanzada expresión al oír la voz al otro lado de la línea y descubrir que no era Facundo.
—Entiendo —pronunció con tono ligero—. Gracias por decírmelo.
Colgó y permaneció de pie por un momento, como si quisiera reconciliarse consigo misma y asumir el vacío que se había abierto en su interior. Cuando el teléfono sonaba siempre pensaba que era Facundo: y cuando se llevaba la decepción volvía a convertirse en aquella niña que no podía creer que su padre se hubiera marchado para siempre, y que constantemente creía oír su llave en la cerradura de la puerta de casa. Vio que Pedro la estaba observando y se las arregló para forzar una sonrisa:
—Era el veterinario otra vez. Todavía está en camino.
—Entiendo.
—¿Por qué me miras tan fijamente?
—¿Yo? Perdona. Echemos otro vistazo a la orgullosa madre.
Zarpas había parido un tercer gatito, y estaba a punto de tener el cuarto.
—A estas alturas siempre preparaba un poco de leche caliente —sugirió Pedro, recordando su propia experiencia—. Después de tanto esfuerzo, necesita comer algo.
—Leche caliente —musitó Paula, y se dirigió apresurada a la cocina.
Para cuando regresó el cuarto gatito ya había nacido, y Zarpas lo estaba lamiendo con energía. Al terminar aceptó la leche, y luego se tumbó con aire satisfecho.
—Creo que esto es todo —dijo Pedro—. Pero necesitaremos que el veterinario se asegure de ello.
—Mira —pronunció Paula con alegría—. El último tiene el lomo negro y las patas blancas, como su madre.
—Zarpas Dos —comentó Pedro con una sonrisa.
—Quizá sea gato. Entonces creo que debería llamarle Pedro.
Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, contemplando los cachorrillos con arrobada expresión.
—Quédate aquí —le dijo Pedro—. Yo prepararé el café.
Cuando volvió, Paula seguía en la misma posición, observando extasiada a la nueva familia. Pedro la miró, y de repente lo comprendió todo.
—¿Es eso lo que realmente deseas hacer, verdad? —inquirió, hablando casi en un murmullo para no molestar a los gatos—. Cuidar a los animales.
—Supongo que sí —respondió, aceptando el café—. Gonzalo dice que esta casa a veces parece un zoo, pero no puedo tener muchos animales porque me paso la mayor parte del día fuera.
—Ahora te veo tan diferente de la mujer que irrumpió ayer en mi oficina exigiéndole a mi secretaria mi cabeza en una bandeja…
—No me lo recuerdes…
—Pero si me encanta… —repuso Pedro—. Alice me comentó que parecías un gran señor medieval diciendo: «Quiero la cabeza de Pedro Alfonso».
—Pedro, es terrible. En realidad, aún sigo enfadada contigo por el engaño del que me hiciste víctima la otra noche.
—Asumo mi parte de culpa —declaró sonriendo.
—¿Pero cómo puedo seguir enfadada contigo cuando acabo de bautizar a un precioso gatito con tu nombre?
—Es un verdadero enigma, ¿verdad? ¿Por qué no le cambias simplemente el nombre? Entonces podremos volver a ser enemigos.
—¿Quieres ser mi enemigo?
—Puede resultar casi tan interesante como ser tu amante.
—Mi amigo, querrás decir.
—Sé lo que he querido decir —le brillaban los ojos en la oscuridad, pero Paula se negó a morder el cebo.
—Después de lo de esta noche, ya nunca volveré a pensar en ti como en un enemigo.
—Creo que todavía no me conoces lo suficiente.
—Supongo que no. Probablemente eso no sucederá nunca.
—¿Con medio Londres hablando sobre la ardiente pasión que compartimos? —se burló Pedro.
—No tardarán en ponerse a hablar de cualquier otra cosa. Los escándalos van y vienen.
—¿Así denominas a lo nuestro? ¿Un escándalo?
—Pasto de cotilleos —declaró convencida—. Ya perderán todo interés.
—¿Y nosotros?
Paula sabía que acababa de entrar en un terreno peligroso, pero le resultaba fascinante estar allí sentada, en la penumbra, contemplando el brillo de sus ojos. Era una extraña forma de pasar la tarde… Y aun así, también era una de las tardes más interesantes que había pasado en toda su vida. Durante toda aquella conversación tan particular, su sensación principal era de alegría, puro gozo. Algo completamente distinto de las peligrosas sensaciones que le había inspirado antes…
Sonó entonces inoportunamente el timbre de la puerta. El veterinario se presentó en la casa, disculpándose sin cesar, y Paula lo hizo entrar en el salón. Pedro ya se había levantado y estaba recogiendo sus cosas. La agradable tarde había llegado a su fin.
—Te veré mañana, en casa de tu abuelo —le dijo Pedro mientras se dirigía hacia la puerta—. Estaré deseando que llegue ese momento, aunque dudo que sea tan interesante como la tarde que acabamos de compartir. Buenas noches, Paula.
—Buenas noches,Pedro. Y gracias.
----------------------------------------------------------------------
capitulo seis!! espero que les guste!!
Gracias por leer! ♥
Suscribirse a:
Entradas (Atom)