domingo, 27 de abril de 2014
"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 14
PAULA despertó antes del amanecer sin saber si podía moverse, menos aún levantarse de la cama.
El edredón estaba en el suelo. Tenía el vago recuerdo de que Pedro los había tapado con la sábana, que en ese momento estaba a sus pies.
Pero no tenía frío.
Posó la vista en el hombre que dormía profundamente a su lado. Se hallaba boca abajo, con un brazo sobre su cuerpo, la mano justo debajo del pecho desnudo, los dedos abiertos y relajados.
Pedro había sido un amante asombroso. Tierno y gentil un momento, lujurioso y exigente al siguiente. Sólo había estado con otros dos hombres, y con ambos había sido una participante pasiva.
«Pero no anoche». Semejante pérdida de control no era típica de ella. Era una mujer quieta. Reservada. Y según su último novio, de libido baja. No era el tipo
de mujer que dejara marcas de pasión en la espalda de un hombre.
Demoró la mirada sobre el rostro durmiente de Pedro. Parecía más joven en el sueño.
Pero así como necesitaba creer que él había sentido lo mismo que ella, sería una necedad proyectar demasiado en lo sucedido la noche anterior. Por el momento, el simple hecho de estar cerca tendría que bastar.
Se acurrucó contra él y dejó que sus párpados se cerraran.
Pedro contempló la forma durmiente de Paula. Aunque sería fácil atribuir lo sucedido entre ellos simplemente a un sexo estupendo, sabía que lo que habían compartido iba más allá de lo meramente físico.
Había habido una conexión entre ellos. Al tocarse, la confianza depositada en el otro no había conocido reservas ni incomodidades. Y a medida que las caricias se habían tornado más apresuradas, desesperadas, un caudal de emociones inesperadas había surgido en él.
Mirándola en ese momento, tan inocente, tan vulnerable, hizo que deseara acercarla y protegerla. Nadie podría cuidar de ella como él. Nadie sería tan bueno como él. Nadie.
Ya la había mantenido activa media noche y como se quedara en la cama mucho más rato, terminaría por despertarla para que pudieran hacer otra vez el amor. Nunca antes había experimentado a alguien como Paula. Y quena repetirlo. Una y otra vez. Pero se la veía tan apacible que no tuvo el ánimo de perturbarla. Con un último vistazo pesaroso a su bella durmiente, recogió su ropa del suelo y salió en silencio de la habitación.
Bajo el chorro caliente de la ducha, trató de darle algún sentido a sus emociones enmarañadas. Alzó el mentón y dejó que el agua le corriera por la cara. Ya no podía negarlo. Así como no quería llamar amor a lo que sentía, sabía que ella le importaba mucho. El sexo que habían compartido había hecho que comprendiera lo vacía y hueca que estaba su vida sin ella.
Había llegado el momento. Era hora de seguir adelante. De convertir a Paula en una parte permanente de su vida. De pedirle formalmente que se casara con él.
«Quiere tu amor», pinchó una vocecilla en su interior. «Paula merece estar con un hombre que la ame».
Desterró esa voz. Paula merecía estar con el hombre al que ella amara. Y todos los signos de la noche anterior apuntaban a él.
Antes de pedírselo, necesitaba un anillo. Pensó unos instantes.
El anillo de compromiso de su abuela.
Nunca había estado seguro del motivo por el que su abuela le había dejado el anillo a él.
Al prometerse, Melody ya había tenido un solitario engastado en reluciente platino, un anillo tan moderno como ella misma. El anillo de su abuela, con el intrincado trabajo de tallado, habría sido totalmente inapropiado para ella.
Pero no para Paula.
Paula era tradicional, y tanto sus joyas como su ropa reflejaban un tiempo más amable y gentil. Sonrió. El diamante llevaba seis años guardado en la caja fuerte del salón. Era hora de que viera la luz del día.
El sol entraba por las ventanas, calentando la cara de Paula. Se dio la vuelta y el brazo extendido sólo encontró una cama vacía. Abrió los ojos.
«No es posible que imaginara...».
Se sentó y el aire fresco le puso la piel desnuda de gallina. Tembló y se subió la sábana hasta la barbilla. Sonrió. No, lo sucedido la noche anterior no había sido un sueño.
La velada había sido una revelación. Siempre había respetado a Pedro. Siempre le había gustado. Pero la noche anterior se había dado cuenta de que lo amaba. Aunque sonaba bobalicón, y nunca lo había dicho en voz alta, al disfrutar del orgasmo al mismo tiempo, había sentido que al fin estaba completa.
—¿Paula?
Alzó la vista. El objeto de su afecto se hallaba en la puerta, la cara recién afeitada y el pelo aún húmedo de la ducha. También estaba... completamente vestido.
Sintió una oleada de decepción. Podía ser pleno día. Podían haber hecho el amor apenas unas horas atrás. Pero que el cíelo la ayudara, lo quería desnudo y de vuelta en la cama.
—Me preguntaba adonde habías ido.
—Había algo que necesitaba hacer —repuso con una ligera sonrisa. Clavó la vista en la sábana que en ese momento le cubría el pecho.
Los pezones de Paula se endurecieron. A medida que él demoraba la mirada, cada terminación nerviosa de su cuerpo comenzó a hormiguearle. Se sintió tentada a dejar que la sábana cayera para ver si podía inducirlo a quitarse la ropa.
—¿Te importa si me siento? —preguntó él con tono sexy.
—En absoluto —le hizo sitio y permitió que la sábana cayera levemente por su cuerpo.
La mirada de él no se apartó en ningún momento de su cara.
«Contrólate», se reprendió mentalmente Paula. «Anoche todo fue juegos y diversión. Hoy vuelve la normalidad».
—¿Has pensado en lo que quieres para comer? — se envolvió firmemente con la sábana—. Queda carne asada y...
Pedro le cerró los labios con un dedo.
—Luego nos ocuparemos de la comida —su mirada se tomó reflexiva—. He estado pensando en lo de anoche. No parecías tú misma.
A Paula se le heló la sangre. Como todo se centrara en sus gemidos altos, iba a taparse la cara con la almohada y no sacarla jamás para respirar. Nunca había sido demasiado demostrativa en el sexo. Pero no había podido evitarlo. Y menos con la habilidad sobrenatural de Pedro de encontrarle todos los puntos sensibles del cuerpo.
—Parecías distraída —añadió.
¿Distraída? Desde el instante en que la mano de él se había posado en su piel, había dispuesto de toda su atención. Su rostro debió de reflejar la sorpresa que la dominó, porque Pedro sonrió.
— Me refiero antes del masaje de espalda —aclaró—. Habías estado llorando.
Paula no quería recordar qué había tenido en la mente antes de perderse en el contacto de Pedro. Pero todo regresó con claridad. Los comentarios directos de la tía Verna. Y la llamada de teléfono.
Había estado entusiasmada y, al mismo tiempo, preocupada. Porque Pedro no se mostrara flexible y se viera obligada a realizar una elección que no quería hacer.
—Me había llamado Philippe, de Chez Gladines —dijo, luego calló. ¿Cuánto contarle? ¿Y era ése el momento más apropiado? Después de todo, no había tenido oportunidad de considerar la oferta y decidir qué era lo que ella quería hacer.
Evidentemente malinterpretando la incertidumbre en sus ojos, Pedro se inclinó y le tomó la mano.
—¿Malas noticias?
—Inesperadas —suspiró—. Desconcertantes.
—Han sido unos tontos en dejarte ir —cerró los dedos en tomo a los suyos—. Yo no voy a cometer el mismo error.
—Creo que no lo entiendes — comenzó Paula —. No me...
—Porque yo sé la joya que eres —continuó Pedro como si ella no hubiera hablado—. Eres una mujer maravillosa. Inteligente. Divertida. Por no mencionar increíblemente sexy.
Cuando le pasó un dedo por el borde de la sábana, Paula se olvidó de Philippe. Cuando le tomó el mentón y le cubrió la boca con la suya, se olvidó de todo menos de él. Fue un beso delicado, dulce, pero Paula estaba con ganas de cosas picaras, atrevidas, no amables. Agarró la cabeza de pedro y profundizó el beso.
Él respondió de inmediato y ella se deleitó con el calor húmedo y la exploración lenta y penetrante de su lengua. Le devolvió el beso de la misma manera. Intenso y desinhibido.
Igual que la noche anterior, la habitación dio vueltas.
Un ronroneo de placer escapó de su garganta.
—No me canso de ti —susurró Pedro sobre su cabello cuando ella se apartó.
Paula le acarició la mejilla y le pasó el dedo pulgar por el labio inferior, con la mirada clavada en sus ojos.
—Yo siento lo mismo.
—Tienes que saber lo mucho que me importas — comentó con voz súbitamente ronca—. No hay nada que no hiciera por ti.
A Paula se le desbocó el corazón. Al hablar, la voz sonó como si procediera de muy lejos.
—¿Qué estás diciendo, Pedro?
—La noche pasada me dio esperanza —expuso—. Esperanza de que yo te importara más que un simple amigo.
Paula notó la elección de palabras. «Importar», no «amar». Aunque debía reconocer que para los dos representaba un territorio virgen.
—Me importas, Pedro. Mucho —intentó no leer demasiado en las palabras de él—Sin duda sabes que no soy el tipo de mujer que se acuesta con un chico a menos... que me importe.
Una expresión de alivio cruzó por la cara de él.
—Esperaba que ese fuera el caso.
Se movió y llevó la mano al bolsillo. Al sacar un pequeño estuche de terciopelo y abrirlo, Paula se quedó boquiabierta.
Sin vacilar, Pedro se levantó de la cama y se apoyó en el suelo sobre una rodilla.
—Paula Chaves, ¿querrías hacerme el honor de ser mi esposa?
La habitación dio vueltas de forma vertiginosa. Durante un segundo, Paula se preguntó si se trataba de otra de sus vividas ensoñaciones.
Parpadeó una vez.
Pedro seguía allí.
Volvió a parpadear.
Pedro no se había movido.
El corazón le dio un vuelco al ver en los ojos de él esperanza mezclada con una sana dosis de incertidumbre.
Paula titubeó un momento, preguntándose qué había provocado esa inesperada proposición. A menos... que su reciente proximidad hubiera hecho que Pedro se diera cuenta de lo que el corazón de Paula sabía desde hacía mucho.
Clavó la vista en el diamante antiguo. El amor afloró desde lo más hondo de su corazón y salió de sus labios.
—Sí, oh, sí, me casaré contigo.
Pedro esbozó una sonrisa amplia y le puso el anillo en el dedo.
Encajaba a la perfección.
«Como si hubiera sido hecho para mí».
Decidió que era una señal de que Pedro y ella estaban hechos el uno para el otro.
No podía quitar la vista del anillo, su anillo. Le encantaba cómo centelleaba a la luz, cómo el trabajo de orfebrería le recordaba a una época pasada. Pero, por encima de todo, le encantaba y amaba al hombre que se lo había dado.
—Era de mi abuela —se apresuró a explicar, como inquieto por el escrutinio intenso al que ella lo sometía—. Si no te gusta...
—Me encanta —cerró la mano, protegiendo el anillo—. Lo querré para siempre.
«Te amaré para siempre».
La miró a los ojos.
—Lo dices en serio.
—Absolutamente.
—Se ve precioso en tu mano —afirmó él—.Tú te ves preciosa.
Paula contuvo el impulso de soltar una carcajada. No recordaba la última vez que había sido tan feliz.
—Es un día maravilloso.
—Tienes razón —le tomó la mano—. Estoy impaciente por contárselo a Emma.
—Será una adorable dama de honor.
En el rostro de Pedro apareció una expresión de sorpresa.
—¿Quieres una boda grande?
Paula titubeó. Como la mayoría de las mujeres, desde que era pequeña había dado por hecho que tendría una boda completa. Pero al captar las reservas en Pedro, quiso que se sintiera libre para exponer sus preferencias.
—No estoy segura —repuso—. Supongo que nunca lo pensé detenidamente.
—Grande o pequeña, depende de ti —se llevó su mano a los labios y le mordisqueó los dedos—. Siempre y cuando no requiera mucho tiempo organizaría. Tengo ganas de que seas mi esposa.
La inundó una abrumadora sensación de amor.
—Tengo ganas de que seas mi esposo.
Pedro sonrió.
—¿Quieres salir a celebrarlo?
—Me encantaría —repuso—. Pero no hace falta que salgamos. Llevó los dedos a los botones de su camisa—. Podemos hacerlo aquí mismo.
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Ayyyyyyyyyyyy, qué lindo cap!!!!!!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarAyyy que lindo,me encanta.
ResponderEliminarQue hermoso capitulo! Y que lindo que Pedro haya aceptado lo que su corazon siente. Hermoso hermoso ♥♥
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