viernes, 21 de marzo de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 3



DESPUÉS de dejar a Emma, bajó por las escaleras de atrás directamente a la cocina. Hurgó en la nevera durante unos minutos antes de darse cuenta de que no tenía hambre ni sed.

Recogió el periódico y salió al porche. Quizá leer sobre personas con problemas verdaderos lo ayudara a olvidar los propios.

«Paula no va a marcharse», se dijo. Le pagaba bien y le encantaba cuidar de Emma. En lo que respectaba a ese tipo, Esteban, si de verdad se hallaba interesado en Paula, no hablaría de recetas con ella.

Reafirmado por su lógica, abrió el diario y fue a la sección de economía. Apenas había empezado a leer cuando oyó pasos.

Paula empujó la mosquitera con el hombro.

—Pensé que te apetecería un refrigerio.

Pedro se puso de pie y le quitó la bandeja. El leve aroma a lilas le tentó las fosas nasales. Era un aroma antiguo, pero que iba muy bien con ella. Bajó la vista.

Un fina rodaja de limón coronaba cada vaso de limonada y las diversas galletitas perfectamente distribuidas en el plato parecían haber salido de una pastelería para gourmets.

—Qué buena pinta tienen comentó.

Paula se ruborizó levemente y se sentó en una mecedora.

Pedro depositó la bandeja en la pequeña mesa que había entre los dos asientos, le entregó un vaso y tomó el otro.

Aunque no se sentía especialmente sediento, ella se había tomado mucho trabajo en preparar el refrigerio y no tenía intención de decepcionarla. Bebió un largo trago.

—Perfecto.

La mirada de Paula se llenó de satisfacción.

—Siempre está mejor cuando los limones son frescos y se acaban de exprimir.

Pedro no necesitó preguntarle si también había preparado las galletitas. Eran demasiado perfectas para no ser de ella.

Le devolvió la sonrisa y llegó a la conclusión de que había sido tonto en preocuparse. Paula estaba feliz en su casa. No iba a irse a ninguna parte.

Ella miró el periódico.

—¿Estás utilizando los anuncios clasificados?

Pedro le pasó esa sección y devolvió su atención al mercado de valores. Bebieron limonada, comieron galletitas y leyeron en confortable silencio. Nunca se sentía presionado para entablar una conversación social con Paula. Si había algo que discutir, el tema se abordaba. De lo contrario, estaba bien relajarse.

No estuvo seguro del momento en que fue consciente de que Paula hacia algo más que leer. Quizá fue cuando notó el bolígrafo que sostenía en la mano. De vez en cuando realizaba una marca en la página.

«¿Qué estará haciendo?».

Podía preguntárselo, pero ya sentía que se había extralimitado durante la cena y no quería repetirlo. Paula era una persona reservada y él siempre había tenido la convicción de que si ella quería que supiera algo, se lo diría.




—Jake y yo fuimos a tomar una copa después del trabajo —esperaba que si comenzaba a hablar, ella lo imitara—. Jamás adivinarías a quién he visto.

Paula bajó el periódico hasta el regazo.

—¿A quién?

—A Brenda Northcott—no supo muy bien por qué había introducido a esa mujer, aparte de que había dado la impresión de ser una de las pocas mujeres con las que había salido que le habían caído bien a Paula—. Era aquella rubia con la que...

—Recuerdo a Brenda —comentó ella—. Y a Kelly—Cat y a Todd.

Pedro hizo una pausa.

—¿Quiénes?

Paula rió entre dientes.

—Sus gatos. Un scottish fold y un abisinio.

Las palabras no significaron nada para él. Sólo recordaba que uno era peludo y el otro de pelo corto.

—No sé nada de gatos —comentó.

La sonrisa de Paula se desvaneció.

—Eso es porque no te gustan.

—Tienes razón —admitió. De pequeño, el gato siamés de un vecino se había vuelto loco cuando intentó alzarlo en brazos. Desde aquel día, se había mantenido a distancia segura de los felinos—. No me gustan. Y, desde luego, nunca querré uno, y menos dos, en mi casa. Por suerte Mel y yo estuvimos de acuerdo en eso.

La expresión de Paula no varió, pero volvió a concentrarse en el periódico.

Pedro tuvo la impresión de que se le estaba escapando algo. De pronto una idea pasó por su cabeza.

—Emma no habrá mencionado querer un gato, ¿verdad? —aunque le daría a su hija el sol y la luna si pudiera, trazaba el límite con un gato.

—A mí no —mantuvo la vista clavada en el diario.

Pedro soltó un suspiro aliviado.

—Bien.

—Nunca lo ha preguntado porque sabe lo que tú piensas al respecto —añadió.

Pedro habría jurado que captaba un deje de reproche en el comentario. Frunció el ceño.

—¿Me estás diciendo que a Emma le da miedo hablar conmigo?

—Miedo no —aseveró Paula—. Pero...

Una explosión en forma de trueno quebró el aire y Paula se sobresaltó. El periódico que tenía en el regazo saltó volando y una ráfaga de viento se llevó las servilletas de la bandeja.

Sus miradas se encontraron y en ambas se reflejaba preocupación.



—Emma.




Su hija le tenía un miedo mortal a las tormentas y el trueno había sido lo bastante sonoro como para despertar a los muertos.

—Ve tú —dijo Paula—. Yo me quedaré a recoger.

El viento comenzó a soplar con fuerza, sacudiendo los periódicos que Pedro sostenía en la mano y amenazando con derribar los vasos vacíos de la limonada.

—No —dijo él—. Te querrá a ti, no a mí.

Aunque le dolía decirlo, en ese caso era la verdad. Durante las tormentas, Emma siempre se aferraba a Paula, no a él.

Paula asintió y le tocó el brazo.

— Gracias.

Otro trueno hendió el aire y Paula se apresuró antes de que él pudiera preguntarle por qué le daba las gracias. Después de que la puerta se cerrara, unas pocas gotas de lluvia cayeron sobre la acera y Pedro no dispuso de tiempo para pensar. Había vivido en el medio oeste el tiempo suficiente para saber que necesitaba darse prisa. Enrolló el diario, recogió la bandeja y fue dentro.

Apenas había cruzado la puerta cuando comenzó a llover con fuerza. Y al llegar a la cocina, torrentes de lluvia azotaban las ventanas.

Dejó la bandeja en la encimera y los periódicos en la mesa. De algún modo, los anuncios clasificados que Paula había estado leyendo terminaron encima de todo.

A pesar de decirse que no era asunto suyo, su mirada se vio atraída a los círculos que ella había hecho.

Sintió un escalofrío gélido por la espalda. ¿Propiedades en los suburbios? El abanico de precios parecía un poco más allá de sus posibilidades, pero podría abarcarlo, dependiendo de la entrada o de si había dos ingresos.

«Esteban».

¿Había mentido al afirmar que los dos sólo eran amigos? No lo creyó. Pero en más de una ocasión había mencionado lo mucho que deseaba una casa propia.

Apretó los dedos en torno al periódico. No era capaz de imaginar su hogar sin Paula. Si se marchaba, Emma quedaría destrozada. Pero se recordó que Paula no se iría, porque estaba decidido a hacer lo que fuera necesario para lograr que se quedara. Hacía tiempo había aprendido que, por un precio, casi todo se podía tener. Sólo debía averiguar qué haría falta para retener a Paula en su casa.

Paula se reclinó en la mecedora y suspiró satisfecha. Aunque sabía que muchos dirían que Emma era demasiado grande o mayor para que la acunaran, disfrutaba estando cerca de la pequeña.

Emma había corrido a sus brazos nada más entrar en el dormitorio. Por experiencia ya sabía que lo único que la calmaba es que la abrazaran. De modo que se había sentado en la mecedora y Emma se había subido a su regazo. Durante largo rato, sólo la había sostenido. En cuanto Emma dejó de llorar, había empezado a cantar. Las nanas de Emma eran canciones clásicas y actuales de los musicales de Broadway.



En ese momento la pequeña dormía, con las mejillas mostrando todavía los restos de las lágrimas que habían fluido con tanta generosidad unos minutos antes. Le acarició el pelo y se preguntó si Mel la habría mecido alguna vez hasta dejarla dormida, maravillándose de la criatura perfecta que había creado. Le gustaba pensar que sí. Dejó que su mente vagara al momento en que había conocido a Melody.




La recordaba claramente... el cabello rubio y etéreo, las bonitas facciones traviesas y los inmensos ojos azules. Melody había sido una pequeña dinamo que podía encandilar a un perfecto desconocido y poner a su atractivo marido de rodillas con una sola sonrisa.

Le faltaban tres meses para dar a luz a su segundo bebé cuando ella había ido a vivir por primera vez a la casa de los Alfonso. Incluso embarazada, a Melody se la había visto bonita y a la moda.

Emma había tenido casi tres años, una niña tímida y sensible que a Paula le recordaba más a sí misma que a sus gregarios padres.

Poco después de llegar a la casa, Melody le había confiado que le costaba entender cómo una hija suya podía tener tantos miedos.

Quizá por haber estado plagada con las mismas inseguridades, había experimentado afinidad con Emma. Habían establecido un vínculo inmediato, lo cual había sido positivo, teniendo en cuenta el poco tiempo que la niña veía a Melody.

Melody lanzaba una línea nueva y todo su tiempo y atención se centraban en su trabajo. Cuando Paula le había preguntado con naturalidad a Pedro si Melody planeaba mantener ese ritmo una vez que naciera el bebé, él simplemente había reído y respondido que Melody no era feliz a menos que estuviera yendo a ciento cincuenta kilómetros por hora.

Nunca supo si Pedro bromeaba o no. Sin duda Melody había planeado bajar el ritmo y pasar algún tiempo con Emma cuando naciera el bebé. Pero al final, nunca llegó a disponer de esa oportunidad. La placenta se había desprendido inesperadamente de la pared merina y a pesar de los valientes esfuerzos del personal de urgencias, tanto el bebé como ella habían muerto.

Incluso después de tres años, el recuerdo de aquella noche aún le atenazaba el corazón. Había sido un momento tan horrible en la vida de todos...

—¿Va todo bien? —sonó la voz de Pedro desde el umbral.

Bajó la cabeza y desterró los recuerdos. Aunque sabía que Melody nunca se hallaba lejos de los pensamientos de Pedro, él nunca hablaba de aquel período y ella jamás sacaba el tema.

Apoyó la mejilla en la parte superior de la cabeza de Emma y recuperó la serenidad.

—Estaba un poco asustada, pero se ha calmado.

Más que ver, percibió que Pedro entraba. Se puso en cuclillas junto a la mecedora y le tocó el brazo. La sensación contra su piel le sorprendió y le recordó su anterior ensoñación. El corazón le dio un vuelco.

—Preguntaba por ti —murmuró.

—¿Por mí? —la voz le salió como un graznido y quiso gemir, preguntándose qué había sido de su serenidad casi inalterable.

—No has sido tú misma últimamente —musitó—. ¿Hay algo que quieras contarme?

Paula lo miró a los ojos y contuvo el aliento.

Algo titiló en los ojos de Pedro y se preguntó si también él había sentido la electricidad. Pero cuando volvió a mirar, sólo vio reflejada preocupación.

—Estoy bien —forzó una sonrisa luminosa—. Todo va muy bien.

—¿Hay algo que quieras? —una vez más volvió a escrutarla—. ¿Algo de verdad?

Santo cielo, era como su fantasía hecha realidad. La fragancia de la colonia flotó hasta ella y algo en el fondo de su estómago aleteó. La transpiración moteó su frente.

Sus ojos se inmovilizaron en el otro y Paula sintió que era arrastrada a esas profundidades azules.

—¿Qué es lo que quieres, Paula? —repitió él—. Dímelo y te lo daré.



Estudió el rostro de Pedro, sin saber muy bien qué era lo que buscaba.

«Te quiero a ti». Las palabras flotaron en el borde de su lengua. «Tómame en tus brazos y bésame».

Pero a pesar de lo mucho que anhelaba decir esas palabras, había aprendido por la vía dura lo que sucedía cuando se dependía de otra persona.

—No se requiere mucho para hacerme feliz —respondió al final, sin contestar en realidad a su pregunta.

Él frunció el ceño y pareció reflexionar en sus palabras. Después de un momento, se puso de pie.

—Déjamela —dijo—. La tormenta ya ha pasado. Debería dormir bien ahora.

Con facilidad y práctica, alzó a Emma en brazos y la pegó a su pecho.

Paula contuvo el aliento al ver el amor que se reflejaba en la cara de Pedro. Ella apenas había sido mayor que Emma cuando su adorado padre había muerto en un accidente de coche. Jamás había vuelto a experimentar un amor tan incondicional.

A Emma quizá le faltara Melody, pero no estaba sola.

Unas lágrimas inesperadas llenaron sus ojos, pero, por fortuna. Pedro se hallaba demasiado ocupado arropando a la pequeña en la cama como para notarlo.

—Te veré abajo —se puso de pie y con rapidez cruzó el lustroso parqué de la habitación. Pedro la consideraba una mujer fuerte y pragmática y no quería que cambiara de parecer.

Le dio un beso a Emma en la mejilla y al volverse vio que Paula iba presurosa hacia la puerta.

—Eh, espérame.

Se levantó y la siguió con zancadas amplias, pero ella no aminoró el paso. De hecho, lo incrementó.

Y entonces, como en una comedia en la que alguien resbala con la piel de un plátano, los pies de Paula salieron disparados. De sus labios escapó un grito sobresaltado.

Pedro reaccionó de forma instintiva. Con el corazón en un puño, se lanzó al frente y la sujetó por detrás. No hubo tiempo para pensar. Ni para considerar dónde posaba las manos.

Paula llevaba sujetador, pero en cuanto su mano se posó sobre el suave montículo, fue como si el contacto hubiera sido de piel a piel.

Ella jadeó y se volvió, las mejillas dos puntos brillantes de color rosado. Inmediatamente él bajó los brazos al costado y dio un paso atrás. También se ruborizó.

Así como la cara de Paula no reveló nada, la mano le tembló mientras se alisaba con cuidado la camisa.

La culpabilidad recorrió a Pedro. La miró a los ojos, deseando que su expresión le mostrara que lo sentía de verdad.

—Paula, yo...

—¿Papi? —la voz somnolienta de Emma llegó desde el otro extremo de la habitación.

Pedro giró en redondo. Pero apenas había dado un paso cuando Emma se acomodó contra la almohada y cerró los ojos.

—Te quiero, papi. Te quiero, Pau.

—Te quiero, princesa —musitó Pedro, pero la pequeña ya estaba dormida. Respiró hondo y giró otra vez hacia Paula.



—Gracias por sujetarme —dijo ella, sin darle la oportunidad de continuar con sus disculpas—. Por lo general no soy tan torpe.




—Por lo general yo no soy tan rudo —metió las manos en los bolsillos—. Ni siquiera me di cuenta de dónde...

—Estaba pensando en preparar un chocolate caliente —dijo ella.

¿Chocolate caliente? ¡Hacía veinte grados en la calle!

Pero la desesperación en la sonrisa de ella le dijo todo lo que necesitaba saber. Prefería fingir que no había pasado nada.

Le devolvió la sonrisa, aliviado de que no tuvieran que pasar por una discusión incómoda.

—¿Quieres un poco? — Paula alzó la vista y con gesto nervioso se humedeció los labios.

Era una pregunta sencilla, pero el cuerpo de Pedro le dio su propio significado a las palabras. El calor fluyó por sus venas como lava fundida y de pronto se sintió como un adolescente sacudido por las hormonas. Las sensaciones intensas lo pillaron por sorpresa. Pero una cosa era sentirse loco y otra muy distinta actuar como tal.

Después de todo, se trataba de Paula.

—¿Pedro? —instó ella con voz extrañamente jadeante—. ¿Un chocolate caliente?

Él movió la cabeza.

—No me apetece.

«No el chocolate, en todo caso».

Paula lo miró a los ojos y sintió que sus mejillas adquirían una profunda tonalidad rosada.

Durante un segundo, él tuvo la terrible sensación de que podía leerle los pensamientos.

—Como quieras —aceptó con una leve sonrisa—. Si cambias de idea, estaré en la cocina.

Después de que se marchara, comprobó que Lumia dormía plácidamente antes de ir hacia las escaleras. Por la mañana no había tenido ni una preocupación en el mundo, y en ese momento deseaba a la niñera de su hija y sólo sentía tribulaciones.

Al acercarse a la cocina, la pudo oír tararear. La melodía de Broadway le indicó mejor que las palabras que no lo había estropeado del todo. Al menos todavía.



Los últimos vestigios de tensión se evaporaron de sus hombros. Entonces decidió que quizá sí le apetecía una taza de chocolate.




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