jueves, 27 de marzo de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 5



PAULA apagó el motor del coche y se reclinó en el asiento, demasiado cansada para bajar. El reloj en el salpicadero ponía las doce menos cuarto. Su hora habitual para acostarse eran las diez y media y al empezar a bostezar mientras hablaban de los méritos de emplear licor, había sabido que era hora de irse a casa.



Al ir hacia la puerta, Esteban la había acercado. Luego le había preguntado si consideraría pasar la noche con él. Lo demencial fue que, por un segundo, se había sentido tentada a hacerlo. Hacía tanto tiempo...



Pero al final había dicho que no, asustada por la expresión sería en los ojos de él y por sus propios sentimientos ambivalentes. Además, sólo había un hombre al que quisiera de esa manera y la estaba esperando en casa.



La puerta del garaje descendió con suavidad y, suspirando, bajó del coche y fue hacia la entrada lateral.



A diferencia del apartamento de Esteban, con su aparcamiento subterráneo, la casa de Pedro se había construido a comienzos del siglo xx, cuando imperaban los garajes separados para carruajes.



Pero no le importaba la breve caminata hasta la casa. La temperatura había bajado un poco y el frescor otoñal era un bálsamo bienvenido del calor del coche. Pudo sentir cómo empezaba a despertar.



Además, le encantaba el jardín exuberante con sus grandes árboles y la fragancia fresca de las flores y la hierba cortada. Se detuvo ante la casa y respiró hondo, gozando con la belleza que la rodeaba.



Se juró que cuando se comprara una casa tendría un patio bonito. Recordaba demasiado bien el diminuto apartamento que había compartido con su tía después de que la dejara allí su madre y jamás regresara. Había tenido que jugar fuera, en el cemento...



Hizo a un lado el recuerdo y decidió que era una noche demasiado bonita para estropearla con pensamientos del pasado. Debería irse directamente a la cama, pero la atrajo la idea de sentarse durante unos momentos en uno de los sillones de madera en el porche cubierto de la parte de atrás.



Estaría tan apacible, tan...



—¿Qué tal ha ido tu velada?



La profunda voz familiar la frenó en seco. Pedro estaba sentado en uno de los sillones del porche. Podía contar con los dedos de una mano las veces que había estado despierto más allá de las diez y media una noche laboral.



—¿Dónde está Emma? —preguntó preocupada—. ¿Todo va bien?



—Está bien —se levantó y le abrió la puerta mosquitera—. La acosté sin ningún problema.



Paula suspiró.



—Entonces, ¿no pasa nada?



—¿Por qué piensas que puede haber pasado algo?



—Estás levantado —explicó—. Siempre estás acostado a estas horas.



—Tú estás vestida de fiesta —le recorrió el cuerpo con la mirada.



Paula captó sorpresa en su tono de voz y aunque no tenía nada de frío, experimentó un escalofrió.



Había sabido que saldría con Esteban. Pero había estado arriba cuando se marchó y era evidente que había dado por hecho que sería una velada de vaqueros y camiseta.



—Le hice la cena a Esteban en su casa.




—¿Te hizo cocinar? —preguntó con censura en la voz y ceñudo—. ¿Vestida de esa manera?



Paula soltó un suspiro exasperado y se sentó. ¿Qué les pasaba a esos hombres?



—No me hizo hacer nada —se descalzó—. Nos turnamos para preparamos respectivamente la cena un día por semana. A Esteban le gusta que sea algo formal. Hacer las cosas bien. Cree que potencia la atmósfera.



Incluso a la luz tenue del porche pudo ver la sorpresa en los ojos de Pedro. Abrió la boca, y luego la cerró.



Ella hizo una pausa, a la espera de que mostrara su desacuerdo. Después de todo, ése parecía ser el patrón entre los dos hombres.



—Estoy de acuerdo —convino Pedro.



—¿Sí?



—Por supuesto —confirmó con tono agradable.



Paula bajó los hombros y la última tensión que retenía abandonó su cuerpo. Al fin, ahí en ese sereno porche, volvía a estar en terreno familiar y podía relajarse.



Esa noche no había tenido la velada que había esperado. En vez de ser un amigo amable y solidario, Esteban había tratado de jugar la carta del novio. Odiaba aislarlo de su vida, pero no creía disponer de mucha más elección. Menos cuando sus sentimientos por Pedro se hacían cada vez más fuertes. Lo miró de reojo.



Pedro se había reclinado en el sillón y juntado las manos detrás de la cabeza en una postura relajada.



—¿Esteban vive cerca?



—No muy lejos —aunque no fuera muy elegante, Paula alzó el pie y se masajeó el arco. Los tacones finos y altos podían quedar muy bien, pero eran criminales—. Vive en uno de los apartamentos que hay en el muelle.



Apenas había terminado de hablar cuando Pedro movió el sillón hasta quedar frente a ella.



—Dámelos.



Paula abrió mucho los ojos.



—¿Perdona?



—Tus pies —dijo él—. Esa clase de zapato se cobra su precio. Solía masajearle los pies a Melody todos los días. Ponlos aquí.



Paula titubeó. Lo que le sugería era bastante íntimo. Antes de que tuviera la oportunidad de responder, él le tomó los pies y se los apoyó encima de los musculosos muslos.



—Ah... —con suavidad comenzó a masajearle un pie desde los dedos hasta los tobillos y cualquier palabra de protesta murió con un suspiro—. Eres increíble.



Pedro sonrió.



—Vaya, gracias. Mi objetivo es complacer.



Centró su atención en el talón y empezó a mover los dedos en círculos, con presión regular y firme.



Paula cerró los ojos y dejó que la recorrieran las oleadas de placer.



—Creo que nunca me has dicho cómo se gana la vida Esteban.

La pregunta pareció llegar desde una gran distancia. Sus párpados aletearon cuando él se centró en los dedos de su pie.



—Es abogado —completamente relajada, apoyó la cabeza en el respaldo del sillón—. Creo que ha llevado casos famosos, pero nunca he oído hablar de ellos.



Esteban le había hablado en más de una ocasión de sus casos, pero no debía de haber prestado mucha atención, porque en ese momento, con los dedos pulgares de Pedro presionando el arco de su pie, le era imposible recordar detalle alguno.



—¿Cuál es su apellido? —preguntó él en voz baja.



— Mitchell —gimió Paula—. Oh, Pedro, de haber sabido que vendría a casa para encontrarme con esto, jamás me habría quedado fuera hasta tan tarde.



—No pasa nada —dijo él con tono hipnótico—. La próxima vez recuérdalo... no hay mejor lugar que el hogar.



Un zumbido alto sonó en el oído de Paula, quien movió la mano para eliminar esa irritación; pero conectó con algo duro y de plástico.



Tardó sólo un segundo en darse cuenta de que no estaba en una playa lejana haciendo el amor con Pedro en la arena. Lo que sonaba era su nuevo despertador desde el suelo, que era adonde lo había enviado con el manotazo.



Jadeó. Debería haber soñado hacía una hora. El autobús pasaría a buscar a Emma en veinte minutos y Pedro, bueno, en ese momento tendría que depender de sí mismo.



Saltó de la cama, pero se detuvo casi al instante, oscilando un poco al tiempo que se llevaba una mano a la cabeza, que no cesaba de martillear. Sólo había tomado dos o tres copas de vino con Esteban, pero después de que Pedro hubiera terminado de masajearle el pie, había sacado una botella de Kendall Jackson y había bebido un par de copas más.



A diferencia de su madre, ella sí asumía la responsabilidad de sus propios actos. Pagaría el precio ese día. Jamás haría que sufrieran Pedro y Emma.



Sin prestarle atención a su cabeza, corrió al cuarto de baño. Después de echarse agua fría en la cara, se cepilló el pelo y se lo recogió en una coleta. Un segundo más tarde, el pijama terminó en el suelo. Se puso unos pantalones cortos de gimnasia y un jersey de algodón, se vistió mientras iba hacia la puerta y de camino recogió unas chanclas. Luego bajó las escaleras de dos en dos.



Emma se hallaba de pie en una silla, con una caja de cereales pegada al pecho. Al ver a Paula, sonrió y alargó los Cheerios.



—Mira lo que tengo —al alargar la caja, se desequilibró.



Con el corazón en un puño, Paula cruzó el cuarto en tres zancadas y tomó a la pequeña en brazos. Al ver la expresión tan satisfecha de Emma, no tuvo valor para regañarla por lo que acababa de hacer.



—Los cereales a mí también me parecen bien —la depositó en el suelo—. ¿Qué te parece si sacas los manteles individuales del cajón y yo saco la leche y el zumo?



—¿Hay sitio a la mesa para uno más?



Paula desvió la vista y el corazón le dio un vuelco al ver a Pedro en el umbral, con unos pantalones caquis y un polo. Su aspecto respondió una de sus preguntas. Era evidente que ese día trabajaría desde casa.



—Hay un montón de espacio —dijo Emma—. Y tenemos una caja entera de Cheerios.



—¿Queréis que preparé unas tostadas con huevos y beicon? —inquirió Paula. A diferencia de su hija, Pedro no era un gran aficionado a los cereales.



—Los Cheerios me parecen bien.

—Emma, trae un individual más para tu padre — miró a Pedro—. ¿Café esta mañana?



—Extrafuerte —en sus ojos azules centelleó un fulgor travieso—. Anoche alguien me mantuvo despierto hasta tarde.



Durante un segundo, se permitió creer que pedro coqueteaba con ella. Pero en cuanto los aromas del desayuno impregnaron la cocina, había vuelto a tener sus emociones, por no hablar de los pensamientos necios, bajo control.



Poco después, el cereal y el zumo, junto con unas tazas humeantes de café para Pedro y ella, estuvieron en la mesa.



Emma apenas había terminado su ración de cereales cuando sonó La bocina del autobús del colegio. Bebiendo un sorbo rápido de zumo de naranja, apartó la silla



—¿Puedo irme?



Paula estudió a la pequeña.



Iba impecable, tanto por el pelo como por el uniforme azul marino.



Le sonrió y asintió su aprobación.



—Adiós, papá —le dio un abrazo rápido a su padre—. Adiós, Pau.



La bocina volvió a sonar y Emma recogió la mochila y salió a la carrera. A sólo unos pasos por detrás, Paula se acercó a la ventana amplia del recibidor. Observó a la pequeña subir al autobús antes de regresar a la cocina.



Se detuvo en el umbral, sorprendida de ver que pedro aún estaba sentado, leyendo el periódico. Por lo general, cuando trabajaba en casa, subía a su despacho en cuanto Emma se había ido al colegio. Alzó brevemente la vista al entrar ella, dedicándole una sonrisa distraída. Paula metió los cuencos y los vasos en el lavavajillas antes de rellenar la taza de Pedro con café y volver a sentarse a la mesa.



Acercó la taza de café a los labios y lo miró.



—Doy por hecho que hoy trabajarás desde casa.



—De hecho, he decidido tomarme el día libre — alzó la vista del diario—. ¿Quieres hacer novillos conmigo?



La sorpresa de ella debió de reflejarse en su cara, porque Pedro rió entre dientes.



—Necesito quemar algo de tiempo antes de fin de año. He pensado que podríamos ir a Long Grove a ver tiendas de antigüedades y quizá comer allí. ¿Qué te parece?



Paula dejó su taza en el plato, sorprendida por la estabilidad de su mano. ¿Alucinaba o Pedro acababa de invitarla a salir? Lo miró. Así como no estaba segura de lo que había esperado ver, se sintió decepcionada al captar sólo amistad en los ojos de él.



—¿Paula?



No había nada especial en su agenda ni la mitad de atractivo que pasar un día en Long Grove.



Le encantaba la pequeña comunidad con su atmósfera folclórica y las innumerables tiendas de antigüedades que Cenia. Las pocas veces que había ido allí no habían sido suficientes.



¿Pero ir con Pedro?



Experimentó una descarga de placer al pensar que sería su acompañante. «No», se recordó con firmeza, «si vamos juntos, únicamente será como amigos».



Bebió un último sorbo de café.

—Dame unos minutos para refrescarme y hacer algo con este pelo.



—Se te ve bien —ladeó la cabeza y la inspeccionó—. De hecho, mejor que bien.



Se le encendió la piel bajo el calor de so mirada, pero no albergó ninguna ilusión. Sabía que no era hermosa como lo había sido Melody. Apartó la silla y se puso de pie.



—Dame veinte minutos —dijo por encima del hombro de camino a las escaleras.



Pedro no dijo nada. Cerró las manos en torno a la taza, se reclinó en la silla y clavó la vista en la mezcla de café colombiano.



La noche anterior Paula había llegado casi a medianoche. Cenar con alguien que sólo era un «compañero» de cocina jamás habría durado tanto. Se había equivocado al pensar que el Hombre Lasaña no era una amenaza. Aún no podía creer que Esteban Mitchell fuera el «amigo» de Paula. El abogado era bien conocido en los círculos legales de Chicago y tenía fama de conseguir lo que quería, ya fuera la absolución de un cliente o a alguna joven encandilada por su encanto.



Había asistido a un par de fiestas grandes en las que había estado Esteban. Así como nunca los habían presentado, sí había notado que en ningún momento había carecido de atención femenina. Sería tan fácil para alguien como Paula ser engañada por un hombre así... Un hombre que conocía todas las cosas adecuadas que decir para llevarse a una mujer a su cama.



«Quizá ya lo ha hecho...».



Apretó los labios y los dedos en torno a la taza hasta que los nudillos se le pusieron blancos.



A pesar de lo ofensivo que era, dejó que la idea se filtrara en su mente. ¿Era posible que Paula y Esteban ya fueran amantes? Así como era. posible, tras un momento de reflexión seria, llegó a la conclusión de que la relación entre ambos no había llegado a ese punto... aún.



Pero ¿por qué iba a ser paciente alguien como Esteban? A menos... que se hubiera enamorado de Paula. Paula era la clase de mujer con la que un hombre se casaba, no sólo salía. Pensó que tal vez debería preocuparle que todavía no hubieran tenido sexo. No obstante, la simple idea de Esteban besando a Paula le puso los pelos de punta. No podía darle más largas al asunto. Tenía que convencer a Paula de que el único sitio para ella estaba en esa casa, con Emma y con él.



Para convencerla, tendría que seguir el camino del corazón y de las flores. Era el único modo de llegar hasta ella. Porque, y aunque ella se había empecinado en negarlo, él conocía la verdad. Paula Chaves era una romántica perdida. Los libros que leía siempre tenían un final feliz. Sus películas favoritas eran comedias románticas de las que se salía del cine de la mano y sintiéndose bien. Una mujer así no podría ser seducida por la pura lógica.



—Estoy lista.



Paula se hallaba en el umbral con una falda, un jersey ceñido y una sonrisa insegura. El pelo recién lavado resplandecía y debía de haberse aplicado algo de maquillaje, porque las pecas que tanto le gustaban apenas se notaban.



Pedro se puso de pie y le ofreció la sonrisa con la que había conquistado corazones desde la escuela primaria. Pero al hablar, lo hizo directamente desde el corazón.



—Estás absolutamente preciosa.

La vio sonrojarse.



-No sabía muy bien qué ponerme. No quería algo demasiado formal, pero como mencionaste que íbamos a comer, no quería algo demasiado sport.



El corazón de él se inflamó. Hablaba como lo hacía siempre que estaba nerviosa.



—Estás perfecta —avanzó y le tomó la mano—. Y vamos a pasar un día estupendo. Te lo garantizo.




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