CUANDO Pedro regresó de su llamada y le dijo a Puala que Jake iba a ir a verlos, ella se quedó en silencio y solemne. Al regresar a pie, apenas dijo algo. Él se preguntó si estaba molesta porque no hubiera hablado mucho en presencia de Ángela. La verdad era que se sentía incómodo por la conversación previa que había mantenido con la mujer. Por no mencionar que no quería darle a Ángela la oportunidad de que sacara el tema de que ya no creía en una relación romántica.
O tal vez estaba molesta porque la había dejado para ir a hablar con Jake. Había parecido de buen humor hasta aquel momento.
Le tomó la mano y le sorprendió encontrar los dedos como hielo.
—No quería que pasáramos todo el rato con Ángela.
—Está bien —dijo sin mirarlo—. Es una mujer agradable.
Pedro experimentó una cierta inquietud. Algo no iba bien, pero no descubría qué podía ser.
—Jake no se quedará mucho —explicó. Había intentado decirle a su amigo que no era un buen día, pero como de costumbre, Jake no escuchó—. Tiene un problema con un proyecto en el que trabaja y supuestamente necesita una resolución inmediata.
—He estado pensando —mantuvo la vista clavada al frente— que tal vez sea mejor si no le contamos a nadie lo de nuestro compromiso. Por el momento.
—¿Por qué querríamos eso? —preguntó despacio. Una vez que Paula había aceptado casarse con él, no quería que cambiara de parecer,
Paula se encogió de hombros.
—Todo ha ido demasiado deprisa —sonó increíblemente cansada—. Podría ser bueno frenar un poco las cosas.
Las banderas rojas ondearon en el cerebro de Pedro. No quería darle demasiada importancia a lo que estaba diciendo. Pero entre su lenguaje corporal y sus palabras, tenía la clara impresión de que empezaba a dar marcha atrás.
—¿Es... —respiró hondo y se lanzó— porque no estás segura de que quieres casarte conmigo?
La miró de reojo y quedó sorprendido al descubrir que no se encontraba a su lado. Giró en redondo y la vio de pie en medio de la acera.
—Esto no tiene nada que ver conmigo —susurró—Es por ti.
—¿Conmigo? —el corazón le latió deprisa—. ¿Qué pasa conmigo?
—Ángela me comentó que cuando hablasteis, había recibido la impresión de que si te volvías a casar, sería por pragmatismo, no por amor —cruzó los brazos—. ¿Por eso te casas conmigo, Pedro? ¿Porque estoy ahí y soy apropiada?
Ya lo entendía.
La conocía lo bastante bien como para saber que las palabras de Ángela le habían hecho daño. Apretó la mandíbula. La próxima vez que viera a esa mujer, le dejaría bien claro lo que pensaba de su intromisión.
— Para tu información, fue Ángela quien sacó el tema de casarse por obtener compañía, no por amor —explicó—. Yo ya tengo amigos y compañeros. No necesito casarme para eso.
Paula lo estudió. Fuera lo que fuere lo que vio en sus ojos, le satisfizo, porque sonrió y no se opuso cuando él le tomó la mano.
Pero al ir a casa. Pedro no pudo evitar preguntarse si se había dado cuenta de que no le había respondido completamente a la pregunta.
Aún no le había dicho que la amaba.
Paula escuchaba la charla incesante de Emma a medías. Al presentarse Jake, se había ofrecido para ir a recoger a la pequeña. Había pensado en ir andando a la casa de los Martin, para ganar tiempo para pensar, pero se había levantado viento y la temperatura había bajado.
Así como los comentarios de Pedro al ir a casa habían mitigado en parte los temores que había sentido, no había querido contarle nada a la niña para no avivar sus esperanzas. Al menos hasta no tener la certeza absoluta de que Pedro se casaba por amor y no pragmatismo.
—¿Vas a leerme algo esta noche, Paula? —preguntó Emma.
Paula parpadeó y giró la cabeza.
—Claro que sí. ¿Hasta dónde llegaste anoche?
El jueves por la noche habían finalizado el primer libro de una serie infantil y Emma se había llevado el segundo a la casa de su amiga.
Por el rostro de la pequeña cruzó una expresión de decepción.
—La madre de Nina no tuvo tiempo.
Eso no sorprendió a Paula. Abigail Martin había sido una de las mejores amigas de Mel. Era una mujer que enfocaba su vida hacia su carrera profesional. Muy agradable, pero poco propicia para los niños.
—He de decir que ésa es una buena noticia —afirmó. Emma la miró desconcertada y ella le guiñó un ojo—. No tendré que ponerme al día con lo que me hubiera podido perder.
La risita que soltó Emma la hizo sonreír. El corazón se le inflamó de amor. Si Pedro y ella se casaban, no sólo sería la esposa de él, sería la madre de Emma. «La madrastra», se corrigió. Pero no se sentía así. No podría querer más a Emma ni aunque fuera de su propia sangre.
—Paula—Emma se movió en el asiento—. Puedes desbloquear la puerta? Rehn está en su porche y quiero saludarla.
Paula alzó la vista y, asombrada, se dio cuenta de que ya habían llegado. Rehn, la pequeña que vivía en la casa de al lado, se hallaba en el exterior ayudando a su madre con la decoración festiva. Frenó el coche y desbloqueó la puerta.
— Súbete la capucha —dijo sin opción a discusión—. Y te quiero en casa en cinco minutos. Eso te dará tiempo suficiente para saludarla. ¿Entendido?
Emma asintió, abrió la puerta y desapareció.
Paula saludó con la mano a Rehn y a su madre antes de entrar en el garaje. La madre de Rehn, Margaret, tenía una vida que le daba envidia. Y una carrera gratificante. Tres hijos hermosos. Y un marido cariñoso.
Sí, Margaret lo tenía todo. Igual que ella si se casaba con pedro.
Sacó el anillo del bolso y se lo puso. Había sido una tonta en dudar de Pedro. Su vida estaba en alza y por cómo se presentaban las cosas, sólo podía mejorar.
Pedro miró el reloj de pared y se preguntó cuándo iba a marcharse Jake. Paula y Emma regresarían en un momento y quería que su amigo ya no estuviera en casa.
Pero en vez de levantarse para irse, Jake se reclinó en el sofá como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.
—Bueno, ¿cómo está nuestra niñera favorita? ¿Vamos a escuchar campanas de boda pronto?
Pedro no quería discutir su compromiso con Jake, pero tampoco quería que se enterara por otro y sacara todas las conclusiones equivocadas.
—De hecho, sí —repuso tras una larga pausa—Anoche le pedí a Paula que se casara conmigo.
Paula se detuvo en el vestíbulo, justo ante el comedor. Había visto el coche de Jake y planeaba escabullirse arriba sin que la vieran, pero al oír su nombre, no pudo contenerse de escuchar. ¿Le diría a Jake que la amaba?
Contuvo el aliento.
—¿Aceptó? —quiso saber Jake.
—Sí.
Paula sonrió al oír la satisfacción en la voz de Pedro.
—Bien hecho, amigo —felicitó Jake—. No pensé que lo consiguieras.
Paula frunció el ceño. ¿Conseguirlo?
—Cuando dijiste que ibas a lograr que se enamorara de ti, no estaba seguro de que pudieras conseguirlo —continuó el otro—. Pero tú estabas decidido.
—Jake... — comenzó Pedro.
—Claro que te jugabas mucho en ello —afirmó Jake—. Tus suegros ya no van a tener ni una posibilidad de quedarse con Emma si te pasara algo. En especial si haces que Paula la adopte.
A Paula se le disparó el corazón. Las rodillas se le aflojaron. Apoyó una mano en la pared para estabilizarse. ¿La proposición había formado parte de un plan?
—No es por eso... —dijo pedro.
—Claro que no —interrumpió Jake con risa sardónica—. Como ya te he dicho, por el precio de un anillo y una licencia matrimonial, consigues una niñera, un ama de llaves y alguien que te caliente la cama. Me alegro de que al fin me escucharas. Dime, ¿qué tal es en la cama? ¿Buena?
Pedro murmuró algo que Paula no pudo oír. Pero no importaba. Había escuchado bastante. Contuvo un sollozo al recordar las palabras de Angela acerca de los motivos de Pedro para casarse.
La proposición de Pedro no había tenido nada que ver con el amor.
Sobrellevar el resto del día le requirió hasta el último gramo de fuerza. Si tan sólo fueran Pedro y ella, habría hecho la maleta, le habría tirado el anillo a la cara y habría salido de la casa sin mirar atrás. Pero por Emma, tuvo que fingir que no había escuchado la conversación de pedro con Jake.
Pegó una sonrisa en la cara, preparó la cena y soslayó los comentarios provocativos y las miradas coquetas de Pedro. Cuando llegó la hora de que Emma se fuera a la cama, le pidió a Pedro si podía acostar ella a la pequeña. Por la expresión complacida que le dedicó, supo que creía que había tomado la decisión de hablar del compromiso con su hija. No vio razón alguna para corregirlo.
Emma le suplicó que le leyera un capítulo extra, y en vez de uno, le leyó tres. Saboreó cada momento, sabiendo que sería la última vez que iba a tener esa intimidad con Emma.
Al leer, los ojos se le llenaron de lágrimas. Cuando Emma lo notó, Paula lo achacó a la historia. Al final, cero el libro. Ya no podía postergar lo inevitable.
—Emma —carraspeó y juntó las manos para evitar que temblaran. Hizo todo lo que pudo para transmitir algo de entusiasmo en la voz—. Hoy tengo una noticia fabulosa.
Emma alzó la cabeza. A pesar de lo tarde que era, tenía los ojos brillantes y curiosos.
—¿Sí?
— Mmmm —forzó una sonrisa—. El restaurante me ofreció un puesto a tiempo completo.
—Eso es bueno —dijo la niña—. ¿Verdad?
—Muy bueno —el nudo en la garganta le dificultaba hablar. Adelantó la mano para apartar el cabello sedoso de la niña de su cara—. Por desgracia, va a consumir mucho de mi tiempo.
— Yo te ayudaré —afirmó Emma—. Soy una buena ayudante.
—Desde luego que lo eres —aseguró.
«Maldito Pedro por su erróneo intento de proteger a la niña».
Respiró hondo. La situación no seguía el camino que ella había esperado. Probó otra táctica.
—¿Te acuerdas de mi tía Verna? — Emma asintió—. Tiene una casa nueva y quiere que viva con ella.
Emma frunció sus pequeñas cejas.
—Pero tú vives aquí.
En ese momento, Paula habría dado lo que fuera para que todo —volviera a ser como solía ser... cuando Pedro sólo era su jefe y no su amante, cuando la vida era simple y fácil.
—Lo sé. Pero mi tía me necesita —tomó la mano de Emma—. Pero estaré tanto por aquí, que no tendrás la oportunidad de echarme de menos.
Las lágrimas se asomaron a los ojos azules de Emma.
—No quiero que te vayas.
Paula tragó saliva.
—Nos veremos todo el tiempo, lo prometo.
—Te quiero —la voz de Emma tembló.
—Yo también te quiero, princesa —le secó las lágrimas con el dorso de la mano—Eso jamás cambiará.
—¿Lo prometes?
Tuvo que contener un sollozo propio al ver la confianza en los ojos de Emma.
—Lo prometo. Siempre estaré en tu corazón — afirmó—. Y tú siempre estarás en el mío.
Se inclinó, besó la frente de Emma y las lágrimas de ambas se mezclaron. Permaneció sentada en la cama mucho rato, acariciando el cabello de la pequeña
y murmurándole palabras de seguridad hasta que se quedó dormida.
Si hubiera un modo en que pudiera quedarse y retener su dignidad, lo haría por el bien de Emma. Pero ésta merecía un mejor modelo que el de una mujer que había dejado que un hombre la usara.
También ella merecía algo mejor. Razón por la que después de decirle a Pedro lo que pensaba de él y de su engaño, se marcharía de allí.
Pedro estaba en su sillón predilecto con los dedos cruzados detrás de la cabeza. Esperaba haber leído correctamente todas las señales y que Paula estuviera en ese momento arriba contándole a Emma lo del compromiso.
En las escaleras sonaron unas pisadas y el pulso de Pedro se aceleró. «Que empiece la celebración». Sabía que Paula no se acostaría con él, no estando Emma en la casa. Pero quizá pudiera robarle uno o dos besos...
La puerta del salón se abrió y Pedro se puso de pie con una sonrisa de bienvenida en los labios. Pero se desvaneció en cuanto vio las marcas que las lágrimas habían dejado en la cara de Paula. La expresión de ella dejaba bien claro que Emma no se había tomado muy bien la noticia.
—Lo aceptará —dijo, cruzando la habitación y sorprendiéndose cuando ella se apartó de sus brazos. Se dijo que debía de haber sido algo serio para que reaccionara de esa manera— Hablaré con ella.
—Creo que será lo mejor —dijo con voz fría y medida—. Pero primero tenemos que hablar tú y yo.
Pedro quiso tomarla en brazos y reafirmarla, decirle que todo saldría bien, pero la postura rígida y los brazos cruzados de ella aconsejaban otra cosa.
—Me voy —dijo paula— Conozco a una mujer mayor que estará encantada de ayudarte mientras encuentras a alguien permanente para Emma.
La mente de Pedro se afanó por encontrarle algún sentido a lo que ella decía.
—¿Irte? —frunció el ceño desconcertado—¿Quieres decir hasta después de la boda?
—No va a haber ninguna boda —afirmó impasible.
Era una locura. Emma adoraba a Paula. Fuera lo que fuere lo que hubiera dicho para atribularla, no podía sentirlo.
—¿Qué te ha dicho Emma?
—Esto no tiene nada que ver con ella —elevó la voz— Es sobre ti y el motivo por el que quieres asarte conmigo.
A Pedro se le heló la sangre.
Había escuchado su conversación con Jake. No podía haber otra explicación. Intentó recordar qué había dicho Jake, y la respuesta que él mismo le había dado, pero en ese momento las emociones en conflicto le bloqueaban el cerebro.
—Sé lo de los abuelos de Emma y tu miedo a que si te pasara algo pudieran conseguir su custodia —expuso cuando él guardó silencio.
—Ése no es el motivo por el que te pedí que te casaras conmigo —las palabras salieron de sus labios como con vida propia—. Reconozco que pudo haber hecho que empezara a pensar en el matrimonio, pero no es el motivo por el que te lo pedí —ella abrió la boca, pero luego la cerró, y la indecisión momentánea le dio esperanzas. Le señaló el sofá—. ¿Por qué no te sientas y hablamos?
Sin embargo, Paula ni siquiera miró en esa dirección.
—Sólo tengo una pregunta.
—Lo que sea —lo animó el constante diálogo. Si podía hacer que continuara hablando, sabía que podrían solucionar las cosas.
—¿Me amas, Pedro? —lo miró a los ojos—. No como amiga, sino como un hombre debería amar a la mujer con la que quiere casarse.
Pedro trató de convencerse de que podía decir que sí sin que fuera una mentira. Paula le importaba mucho y comparada con algunos de sus amigos, sus sentimientos iban más allá de lo que parecían sentir por las esposas con las que compartían la vida.
Abrió la boca pero Paula se adelantó.
—Como amaste a Melody.
«Maldición».
¿Por qué había tenido que sacar a Melody? Lo que había sentido por su esposa había sido algo que se daba una vez en la vida.
—Paula, yo... —alargó la mano, pero la dejó caer—. Sabes lo que sentía por Mel.
Paula esbozó una sonrisa leve y triste.
—Yo también quiero eso. Quiero a alguien que esté loco por mí. Alguien que no pueda vivir sin mí.
Los labios comenzaron a temblarle. Tragándose un sollozo, giró en redondo y corrió pasillo abajo.
—No te vayas. Por favor —fue tras ella con el corazón en un puño. El pánico aumentó cuando vio sus maletas en la cocina—. Podemos hacer que funcione.
—Podríamos —se volvió hacia él con los ojos llenos de dolor—. Pero no lo haremos. No pienso pasar mi vida ocupando el segundo lugar después de una mujer muerta.
—Tú no... —calló.
—Yo también tengo sueños —le dijo—. Cosas que son importantes para mí.
—¿De qué hablas?
—Del trabajo en Chez Gtadines —alzó el mentón—. ¿Me preguntaste siquiera una vez qué era lo que yo quería hacer, qué me parecía mejor a mí?
El tono de acusación le sorprendió. Su temperamento se encendió.
—Creía que lo que querías era casarte —el dolor se mezcló con su furia—. Creía que te gustaba cuidar de nuestro hogar y estar conmigo. Pero eres igual que Melody. No te conformas con ser esposa y madre. Siempre quieres más.
No pudo creer que esas palabras hubieran salido de sus labios. No podía creer que las pensara.
—Quiero más — Paula lo miró a los ojos—. Quiero tu amor. Quiero tu apoyo. No tengo ninguno— Por eso el compromiso se cancela.
QUEDAN 3 CAPITULOS!!
wow que intenso,ojala todo se solucione!!!
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