sábado, 10 de mayo de 2014
"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 19
PAULA apoyó la mejilla en el pecho de Esteban y dejó que la música la envolviera, agradecida de poder disfrutar de esa proximidad sin preocuparse de que sus actos fueran malinterpretados.
Cuando rompió con Pedro, Esteban había visto esa separación como una oportunidad para profundizar en la relación que tenían. Se había quedado pasmado cuando ella le dijo que sólo lo veía como un amigo. Pero al final había apreciado la sinceridad mostrada por Paula. Y cuando la cita de él la había cancelado en el último minuto, la había llamado para pedirle que lo acompañara al baile del alcalde... como amigos.
Ella no había querido ir, pero había tomado la decisión de que una noche de fiesta le sentaría bien. Llevaba semanas atemorizada. Parte se debía a vivir con Verna. Su tía había llevado la casa de una forma específica durante muchos años y tener a Paula por allí perturbaba las pautas establecidas. Y parte era por su nuevo trabajo. Así como estaba a la altura del desafío y aprendía algo nuevo cada día, echaba de menos ser su propia jefa. Le gustaba la flexibilidad que había tenido siendo niñera y realizando pequeños trabajos de catering.
Pero casi todo su estado de ánimo triste podía estar directamente vinculado con Pedro Alfonso. La furia por el engaño había dejado paso a un profundo pesar.
Sabía que le gustaba. No tenía dudas de que la deseaba. Incluso en ese momento, cuando recogía a Emma, le sorprendía mirándola con un anhelo en sus ojos que la dejaba sin aliento. Sí, la deseaba. Lo que pasaba era que no la amaba.
Las lágrimas le nublaron momentáneamente la visión. Parpadeó rápidamente varios segundos hasta que pudo ver otra vez con claridad.
—Tanto bailar me está dando sed —dijo Esteban— ¿Qué te parece si bebemos un poco de champán y damos un paseo?
Habían llegado al borde de la pista de baile cuando Paula se detuvo en seco. Durante un momento se sintió mareada.
—Pedro —en la visión incluyó a la mujer que llevaba al brazo— Brenda. Qué sorpresa.
Las presentaciones fueron rápidas. Los ojos de Brenda se iluminaron de interés al oír el nombre de Esteban.
— Brenda también es abogada, Esteban —añadió Paula— Trabaja para Seim Anderson.
—Conozco a Jerry Seim desde que llegué a Chicago —indicó Esteban.
El comentario inició una conversación animada entre los dos abogados, dejando a Pedro y a Paula de espectadores.
Ella miró a Pedro con el corazón en un puño. Nunca había conocido a un hombre tan apuesto con esmoquin.
—¿Te apetecería bailar? —preguntó él con cortesía.
Paula no dijo ni «sí» ni «no», pero dejó que le tomara la mano y la condujera de vuelta a la pista. La fragancia familiar de su colonia le puso los sentidos en sobrecarga.
Pero cuando Pedro apoyó una mano en su cintura y la acercó, y con la otra comenzó a guiarla al ritmo de la música, Paula no estuvo preparada para esa intimidad.
—Estás preciosa —susurró él.
El rostro de Paula se acaloró. Cerró los ojos, tratando de concentrarse en la música, o en las conversaciones que los rodeaban, o en cualquier cosa menos en lo perfecto que era tener el cuerpo de él pegado al suyo.
—Eres la mujer más hermosa de la fiesta.
Mantuvo los ojos cerrados y se comportó como si no lo hubiera oído.
Pedro no podía creer que después de cuatro largas semanas, estuviera en sus brazos, el sitio que le correspondía.
—Te he echado de menos —comentó casi sin aliento.
En cuanto la tocó, no quiso otra cosa que llevarla a casa, tumbarse desnudo con ella y tocarla por todas partes. Comenzaría por los pechos...
—¿Brenda y tú os estáis viendo otra vez? —Paula ladeó la cabeza y lo miró.
Sus palabras surtieron el efecto de agua helada y el sueño se desvaneció.
—No. Me topé con ella unos minutos antes de verte a ti —carraspeó—.\ ¿Qué me dices de Esteban y tú?
Paula movió la cabeza.
—Sólo somos amigos.
Sintió una oleada de alivio. Al verlos juntos...
—¿Algo nuevo con Brenda?
La pregunta lo pilló por sorpresa.
—En realidad, no —repuso— A menos que cuentes que su gata ha tenido una carnada.
—¿Kellycat es mamá?
—Y al parecer los cachorros están listos para ser adoptados —no podía creer que estuviera manteniendo una conversación sobre gatos. Pero hablaría de ellos toda la noche si eso hacía que Paula permaneciera en sus brazos.
—Me encantaría verlos —la sonrisa de Paula se iluminó, pero al instante se apagó— Aunque pensándolo bien, será mejor que no.
—¿Por qué no? —la pegó más a él.
Bailar con ella era como estar en el cielo. No había espacio entre ambos, era imposible que pudieran estar más cerca... al menos no vestidos. La había echado tanto de menos...
—Querría llevarme uno a casa —repuso con melancolía.
—¿No solías tener un gato? —le preguntó, acariciándole despacio la piel de la espalda revelada por la «V» profunda del escote trasero.
Ella tembló y el cuerpo de él respondió de inmediato. Pero si pudo sentir su excitación, no dio muestras de ello.
—Sí —murmuró— Se llamaba Mittens, era blanco y negro y precioso. Mi padre me lo dio como regalo de un cumpleaños. Pero cuando me fui a vivir con mi tía, tuve que entregarlo en el refugio de animales. Estoy segura de que alguien agradable lo adoptó.
La conocía tan bien, que captó su dolor bajo el tono aséptico de sus palabras.
—Perderlo debió de ser duro.
Los ojos de Paula adquirieron una expresión lejana.
—Me prometí que cuando creciera y tuviera un lugar propio, tendría otro Scottish Fold, ésa era la raza de Mittens, pero nunca he vivido en un sitio donde se permitieran mascotas.
Demasiado tarde comprendió que le daría a Paula el cielo y la luna. Diablos, incluso le daría un gato.
Se detuvo, sobresaltado. Jamás había llegado a ese extremo por alguien que simplemente le gustara. Sólo por alguien a quien amara.
¿Tenía razón Brenda? ¿Se había dicho a sí mismo que no podía amar a nadie salvo a Mel porque tenía miedo?
No parecía posible. Después de todo, jamás había sido un hombre que tomara decisiones basadas en el miedo. Pero si no amaba a Paula, ¿por qué había sido tan desdichado sin ella? Había intentado convencerse a sí mismo y a Emma de que habían llegado a depender demasiado de ella.
Pero su sustituta se encargaba muy bien de todo lo relacionado con la casa, así que no podía ser eso. A quien echaba de menos era a Paula. Paula, quien convertía la casa en un hogar.
«Estoy enamorado de Paula».
Las palabras reverberaron por su cabeza y, sin lugar a dudas, supo que eran verdaderas. Con Mel, el amor lo había golpeado como un rayo. Con Paula, había llegado suavemente. Se había metido en su corazón sin que supiera lo que estaba sucediendo.
Sólo le quedaba poner a Paula al corriente de lo que sentía... y esperar que no fuera muy tarde.
—Emma —Paula abrió la puerta y llamó a la pequeña.
Había probado con el timbre, pero no se había presentado nadie. Era el domingo anterior a Navidad y Emma y ella iban a ir al centro comercial.
La casa estaba extrañamente silenciosa. El domingo era el día libre de Alfonso, de modo que no había esperado ver al ama de llaves y niñera. Pero sí había esperado que Pedro y Emma estuvieran en casa, y más después de haber confirmado con Pedro que pasaría a recogerla a las cinco de la tarde.
Se dijo que mantener una relación positiva era algo bueno. Era importante para Emma que estuvieran en términos cordiales. El miércoles por la noche había ido un poco más allá de lo cordial. Durante un momento en la pista, había sentido que Pedro podría tratar de besarla. Y lo que era peor, tenía la impresión de que se lo habría permitido.
Y le sorprendió que sacara el tema de su trabajo en Chez Gladines. Era la. primera vez que hablaba del tema con él y, mirando atrás en ese momento, estuvo segura de que lo había aburrido tremendamente.
Sentarse con él a una mesa después de bailar, una vez que se habían cerciorado de que Esteban y Brenda estaban enfrascados en una conversación sobre un caso legal, le había recordado todas las veces que habían charlado durante el desayuno, todas las discusiones que habían tenido durante la cena.
Se dijo que sería muy fácil verse arrastrada a la trampa de confundir el interés con el amor. Pero ya había cometido una vez ese error y no pensaba adentrarse de nuevo por ese camino.
—Emma —volvió a llamar, mirando la hora—. Tenemos que irnos. El centro comercial hoy cierra antes.
Siguió sin obtener respuesta.
Fue hacia el salón, donde a Emma le encantaba sentarse a leer. Pero sólo pudo llegar hasta el comedor antes de detenerse. Aunque aún no había comida en la mesa, la mesa se hallaba preparada, con velas incluidas. Y un centro de flores frescas.
El corazón comenzó a palpitarle deprisa.
No hacía falta ser un genio para deducir que Pedro tenía planeada una velada romántica para dos. O había vuelto con Brenda o había alguien nuevo en su vida. Se preguntó si lo había planeado adrede al saber que Emma estaría ausente casi toda la noche. Se dijo que no era asunto suyo.
—El asado está en el homo.
Se sobresaltó al oír la voz; se giró y vio a Pedro en el umbral.
—Huele maravillosamente —dijo Paula— El asado siempre ha sido uno de mis platos favoritos.
Era un comentario tonto y lo lamentó nada más escapar de sus labios. Después de todo, ¿qué importaba lo que a ella le gustara? No iba a ser quien lo comiera.
Sintió un nudo en la garganta.
—¿Emma está arriba? —preguntó.
—De hecho... —se metió las manos en los bolsillos y osciló sobre sus talones— ha habido un ligero cambio de planes. Emma va a pasar la noche en la casa de Rehn.
A Paula se le cayó el alma al piso.
—Esta noche te iba a comprar el regalo de Navidad. No puedo creer que lo olvidara.
—No lo olvidó —Pedro esbozó una sonrisa arrepentida— El único modo en que pude convencerla de ir a la casa de Rehn fue decirle que tenía planes para la noche.
Paula se puso rígida. No podía creer que le hubiera mentido a su hija para poder estar con su nueva acompañante.
—Eso no es justo, Pedro. No deberías fomentar su esperanza porque quieras pasar una velada con...
—Contigo —cortó, finalizando la frase— Quiero pasar la velada contigo. Tengo tanto que decirte.
Paula miró la mesa. Tenía escrita la palabra «seducción» por todas partes. Seguro que se sentía solo. Y probablemente la echaba de menos en su cama. Dios sabía que ella lo echaba de menos. Pero a pesar de lo mucho que le gustaría volver a compartir esa intimidad, la proximidad física ya no era suficiente.
—No creo que sea una buena idea —apretó el bolso— Además, ¿qué más se puede decir? Ya se ha dicho todo.
Pedro dio un paso al frente.
—Nunca te he dicho que te amo —musitó— Pero así es. Y mucho —notó que se le humedecían los ojos. Cuando ella sólo lo miró fijamente, apartó la vista y continuó— Sé que no he sido bueno contigo —movió la cabeza— He sido egoísta. Únicamente he pensado en mí.
—No es verdad —contradijo con voz entrecortada.
—Sí lo es. Al recordarlo, me avergüenzo de ello. Ojalá pudiera manifestarte lo mucho que lamento el modo en que te he tratado, como si sólo fueras una empleada.
—Pedro —comentó con firmeza— era tu empleada. Si alguien tuvo la culpa, fui yo por creer tontamente que era diferente, que podías amarme —apoyó la mano en su brazo— Fuiste bueno conmigo. Me hiciste sentir como parte de la familia. Pero, dicho eso, estuvo mal que me engañaras.
—Te amo —afirmó Pedro.
—No —movió la cabeza— Amas a Mel. Es la única mujer a la que alguna vez amarás.
—Te amo —repitió con énfasis.
—No —insistió Paula— Una y otra vez me insististe en que Mel era la única mujer a la que alguna vez amarías.
—Amé a Mel —reconoció—,pero también te amo a ti.
—Pedro—habló como si lo hiciera con un niño— Entiendo que necesites una madre para Emma y alguien que se ocupe de ti y de tu casa, pero mentir no es la respuesta.
Se volvió como para irse, pero la aferró por el brazo y la pegó a él.
—Fui un tonto —murmuró—Sé que te hice daño. Pero, escúchame, por favor. No negaré que amé a Mel. No lo negaré porque es imposible. Pero lo que no comprendía era que tenía miedo. Y no entendía nada del amor. Pensé que podría decidir mis sentimientos, a quién amar y a quién no, pero el amor no funciona así. Sucede por propia voluntad. No dejaba de repetirme que no podía amarte, que no te amaba, pero no era verdad.
Paula quería creerlo. Más que nada en el mundo quería creer sus palabras.
—¿Y qué pasa con mi carrera? —preguntó.
—Es otra cosa que lamento —confirmó él— Di por hecho que querrías ponerte a tener bebés. Ni siquiera te pregunté qué querías. Creo que me daba miedo que si tuvieras una carrera, nuestra vida hogareña pasaría a un lejano segundo lugar, como sucedió con Mel.
—Yo nunca dejaría que algo así pasara —aseveró Paula— Emma y tú siempre seríais una prioridad.
—Ahora lo sé. Y sé que podemos hacer que funcione —murmuró sobre su cabello— Sólo dame una segunda oportunidad. Te demostraré lo mucho que te amo.
—¿Cómo sé que no lo dices porque necesitas una madre para Emma, porque te da miedo que tus suegros se queden con ella si pasara algo?
Sintió remordimiento y pesar.
—He hablado con mi abogado y dijo que pueden litigar todo lo que quieran, pero que los tribunales respetarán mis deseos. También hablé con Mis suegros y les dejé bien claro que quiero que tú críes a Emma — sonrió con melancolía— Jamás representó un problema. Sólo pensé que podría serlo.
Paula frunció el ceño.
—¿Por qué no lo comprobaste antes?
—Sé que fue una estupidez. La única explicación que se me ha ocurrido es que me daba un motivo para casarme contigo sin tener que admitir ante mí mismo que te amaba —le acarició el pelo— No te pido que seas mi esposa porque necesite casarme contigo. Quiero casarme contigo. Porque te amo.
Cerró los ojos y dejó que la cabeza reposara en el pecho de él. Se preguntó si cometería un error en caso de decirle que sí.
—Miau.
Paula abrió los ojos. Se movió en los brazos de Pedro a tiempo de ver una cabecita peluda asomarse por el rincón.
—¿Qué es eso?
Pedro sonrió.
—Tu regalo de Navidad. Con todo mi amor —se agachó y recogió a un cachorrito negro y blanco—. Es un Scottish Fold. Mira cómo le caen las orejas. Y sus ojos son más redondos que ovalados.
A Paula se le derritió el corazón. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—A tí no te gustan los gatos.
—Pero a ti sí —dijo— Eso es lo que cuenta.
Le quitó al cachorrito de los brazos y lo pegó contra ella.
—Incluso tiene las patas blancas, igual que Mittens.
—Te haré feliz, Paula—afirmó Pedro— Sólo dame la oportunidad.
Paula se inclinó y dejó a la bolita de pelo en el suelo. Así como quería a su nuevo cachorro, amaba más a Pedro. Y en ese momento era él quien necesitaba su atención.
—Te amo Pedro—musitó en voz muy baja— y sé que tú me amas.
Él la abrazó.
—Gracias a Dios —su voz sonó ronca de emoción y de alivio. Volvió a besarla, en esa ocasión con tanta intensidad que a punto estuvieron de caer sobre la mesa. Y no dejó de hacerlo—¿Te casarás conmigo, Paula? ¿Serás mi esposa?
Ella se quedó pensativa.
—Miau.
Las diminutas garras se clavaron en el tobillo de Paula. Ésta gritó y se apartó de los brazos de Pedro.
—¿Lo ves? —le dijo— Hasta el gato cree que deberías darme una oportunidad —Paula rió— Te amo Paula —le tomó las manos y su expresión se tornó seria— Si te casas conmigo, dedicaré el resto de mi vida a hacerte feliz.
De eso Paula no tenía ninguna duda.
—Sí —afirmó moviendo la cabeza con énfasis.
Y cuando Pedro la acercó, murmurando palabras de amor, ella supo que el cuento de hadas con final feliz al fin era suyo.
Un hombre a quien amar.
Una niña a quien atesorar.
Un gato al que adiestrar.
Era todo lo que siempre había querido y más.
Pedro ya se hallaba abajo cuando Paula despertó a la mañana siguiente. Contempló el relumbrante diamante que tenía en la mano izquierda. Ese día sacarían la licencia de matrimonio. Al día siguiente se casarían.
Justo a tiempo para Navidad.
Serían el respectivo regalo de Navidad del otro.
Se duchó y se vistió con rapidez, henchida de felicidad. Acarició al cachorro pero no se demoró mucho. Quería estar abajo antes de que Emma llegara a casa, para que Pedro y ella pudieran contarle juntos la feliz noticia.
Se encontraba en el exterior de la cocina cuando oyó a Pedro y a Emma hablar. Se detuvo para escuchar con el corazón en un puño.
—¿Vino Paula anoche, papá?
—Sí.
—¿Os besasteis e hicisteis las paces?
La tos de Pedro sonó sospechosamente a una risa.
—Sí.
Paula se ruborizó al recordar lo exhaustivos que habían sido los besos y el proceso de hacer las paces.
—¿Vendrá Paula hoy?
La esperanza infantil en la voz de Emma le conmovió.
No pudo esperar ni un segundo más. Antes de que Pedro pudiera contestar, entró.
—Ya estoy aquí.
Emma soltó un grito y corrió a los brazos abiertos de Paula. Pasado un momento, levantó la cabeza y la miró ansiosa.
—¿Cuánto tiempo te vas a quedar?
Paula miró a Pedro, y en los ojos de él se reflejó la promesa de lo que había en su propio corazón. Le sonrió a la pequeña.
—Para siempre.
Fin.
Gracias por leer!! ♥♥♥
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ayyy que lindo final,me encanto!!!
ResponderEliminarQue amor el final, gracias jesy ¡¡
ResponderEliminarmuy lindo no hay un epilogo ?
ResponderEliminarP/D: me encanto lo nove la lei entre ayer y hoy muy linda
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