PAULA miró el reloj del salpicadero y pisó el acelerador. Pedro se había llevado a Emma a dar un paseo mientras ella terminaba las pastas. Pero dejarlas en Chez Gladines había llevado más tiempo del planeado. Ya llegaba tarde. Después de tantos años en el sistema escolar, la tía Verna no toleraba muy bien la impuntualidad.
Paula había esperado con ganas estar en la casa, terminar algunos proyectos y, por encima de todo, pasar el día con Pedro y Emma. Pero Verna se hallaba en la ciudad y quería verla. ¿Cómo decirle que no?
Había pensado que vería a su tía en un restaurante para tomar café. Pero la dirección que Verna le dio la llevó a una casa de ladrillo visto en Lincolnshire. Si no hubiera reconocido el coche de su tía en la entrada de vehículos, habría pensado que se equivocaba de lugar.
Comprobó el papel en que había apuntado la dirección con los números del buzón. Correcto. Y era el coche de su tía.
En menos de un minuto, escuchó el timbre reverberar por la casa. La puerta se abrió y se sintió aliviada al ver a su tía. Verna se hallaba en el umbral, rígida y con los labios fruncidos.
—Llegas tarde.
La brusquedad era típica de Verna. Su tía jamás había sido una mujer sutil. Sin embargo, con el paso de los años las dos habían establecido un vínculo y Paula había llegado a querer a esa mujer taciturna.
—Bueno, ¿te vas a quedar ahí mirándome o vas a darme un abrazo? —espetó Verna.
Paula rió y abrazó los hombros rígidos de su tía.
—Te he echado de menos.
Pero el abrazo sólo duró un segundo antes de que Verna se apartara y continuara con voz seca:
—Ahora que le hemos dado abundante tema de conversación a los vecinos, pasa y te mostraré la casa.
Siguió a su tía a un salón grande con una chimenea en la pared más alejada. Aparte del sofá y del sillón de Verna, no había mucho más mobiliario. En el centro de la estancia, en el suelo, había varias cajas de cartón.
Se volvió hacia su tía.
—¿Es tuya?
Verna esbozó una sonrisa leve.
—Mía y del banco.
—No sabía que fueras tan en serio con lo del traslado —trató de no revelar dolor en la voz. No podía creer que su tía se hubiera comprado una casa y se hubiera mudado sin decírselo.
—Me cayó del cielo —expuso Verna—. Mi amiga decidió participar en un programa de intercambio de profesores con una escuela de Alemania. Sus hijos son adultos y planea comprar una casa cuando regrese.
—Jamás pensé que dejarías Mankato —recordó lo activa que había sido Verna en la pequeña comunidad de Minnesota—. Prácticamente conocías a todo el mundo en la ciudad.
—Tengo amigos aquí —llevó a su sobrina a la cocina.
La sonrisa de Paula se evaporó.
—Y familia —se apresuró a añadir Verna.
Paula resistió el impulso de suspirar. Así como en el fondo de su corazón sabía que su tía la quería, siempre se había sentido más como una obligación. Era parte del motivo por el que pensaba casarse por amor. Quería que el hombre con el que se casara estuviera tan loco por ella como lo estaría ella por él. Para variar, quería ser lo primero en la vida de alguien.
—Siéntate —ordenó Verna, señalando una mesa de roble ya preparada para el té—. Tomaremos el té y unas pastas antes de que te muestre la casa.
Paula se sentó y con la típica eficacia de su tía, al poco tiempo tuvo el té y, las pastas en los platos.
—Cuéntame qué has estado haciendo —Verna mordisqueó una pasta y en sus ojos se reflejó curiosidad—, ¿Sales con alguien?
—He salido un par de veces con un chico que he conocido en mi club de cocina. Es agradable.
«Agradable. No especial. No como Pedro».
Paula le habría mencionado a Pedro, pero Verna nunca había llegado a conocerlo, a pesar de sus repetidos intentos.
—¿Piensas pasar Acción de Gracias con él?
—Esteban no me lo ha pedido —repuso—. Pero si lo hiciera, tendría que decirle que no. Voy a prepararles la cena a Pedro y a Emma.
—¿Trabajas el día de Acción de Gracias? —frunció los labios en señal de desaprobación—. Seguro que ese hombre podría prescindir de ti un día o dos.
Paula se puso rígida y volvió a dejar la pasta que tenía en la mano en el plato. La tía Venia y Esteban siempre hacían que Pedro pareciera una especie de ogro, lo que distaba mucho de ser verdad. Emma y Pedro eran como familia. Quería celebrar la fiesta con ellos.
—Por supuesto que me daría el día libre si se lo pidiera —manifestó, incapaz de esconder la indignación que sentía—. Pero a mí me encanta cocinar y las fiestas son muy importantes para Emma...
Los ojos de Verna centellearon.
—También es el momento para que tú estés con tu familia.
De pronto Paula se dio cuenta de que eso no tenía nada que ver con Pedro. Era sobre Verna. Durante los últimos cinco o seis años, su tía había pasado el día de Acción de Gracias en Texas con una amiga íntima y su familia. Pero con el traslado, se encontraba sola en ese día señalado.
Paula alargó el brazo y cubrió la mano de su tía con la suya.
—Ven a pasar ese día con nosotros. Sé que a Pedro le encantará volver a verte.
—Hablas como si fuera tu casa — indicó Verna con pragmatismo seco—. Es el jefe, Paula, no tu marido.
Las mejillas de Paula la quemaron como si la hubieran abofeteado.
—Creo que sé quién es, tía Verna.
Sus palabras sonaron tan secas y cortantes como habían salido las de su tía.
—No pretendía enfadarte —los ojos de Venia fueron directos—. Pero me preocupas.
Paula soltó una risa breve.
—¿Preocuparte? ¿Por qué?
—Tienes veintiocho años. Es hora de que formes una familia propia.
—Pero...
—Escúchame — Verna alzó una mano—. Sé que disfrutas siendo la niñera de esa niña, pero los años pasan. Es hora de que empieces a pensar en ti misma, sobre lo que quieres de la vida.
«Quiero a Pedro».
Mantuvo la boca cerrada. No quería que su tía le dijera que necesitaba ser realista, ver la vida como era, no como deseaba que fuera.
—Quiero a Emma —indicó—. Pedro y ella son como familia.
—Llevas allí mucho tiempo —afirmó la mujer mayor—. Te has unido demasiado a ellos.
Por supuesto. Durante los últimos tres años. Pedro y Emma habían sido su familia.
Bebió un sorbo de té, miró a su tía a los ojos y se lanzó.
—Últimamente, Pedro ha dejado entrever que le gustaría salir conmigo. Quizá ver cómo podrían ir las cosas entre nosotros.
Verna cerró los ojos y tuvo un escalofrío visible.
—Una receta para el desastre.
—Puede que no —contradijo Paula—. Siempre nos hemos llevado muy bien.
—Porque eres su empleada. Sirves a ese hombre.
—Yo... —fue a protestar, pero calló. Esbozó una sonrisa pesarosa—. De acuerdo, lo reconozco. Me gusta mimar a Pedro.
Verna ni siquiera sonrió.
—Precisamente ésa es la razón por la que os lleváis tan bien —agitó la mano para recalcar sus palabras—. Él dice «salta» y tú preguntas «hasta qué altura».
—Olvidas que cuidar de él y de Emma es mi trabajo —protestó.
—¿Y qué me dices de esas otras mujeres con las que ha salido? Me parece recordar que me contaste que todo iba bien hasta que empezaban a pedir algo más.
—Sí, pero eso era diferente.
—¿En qué? —instó su tía—. ¿Te ha hablado de amor?
Paula se frotó el puente de la nariz, sintiendo un incipiente dolor de cabeza.
—Simplemente, es diferente.
Verna se adelantó y tomó las manos de Paula. En esa ocasión sólo había cariño y amabilidad en su mirada.
—Olvida la fantasía. Hazte una vida para ti. Encuentra a alguien que te quiera de verdad... y piense en lo que tú quieres. Antes de que sea demasiado tarde.
Paula se marchó de la casa de Verna sintiéndose irritable y de mal humor. Al tiempo que se decía que su tía no sabía de qué hablaba, los comentarios de ésta llegaban hasta sus temores más profundos.
¿Estaba loca al pensar que Pedro podría realmente amarla cuando ella había sido testigo presencial del amor que había sentido por Mel? ¿Su propio deseo la había cegado a la realidad de la situación?
El problema era que no podía negar que Esteban y su tía tenían una ventaja que ella no poseía. Podían distanciarse y realizar un juicio basado en los hechos y no en la emoción.
Cuando entró en el garaje, se había convencido de que había sido una tonta al pensar que a Pedro alguna vez podría interesarle casarse con ella. ¿Es que no había visto cómo habían ido las cosas con Brenda y con Melinda?
El Land Rover de Pedro se hallaba en el garaje. Necesitaba ponerle fin a su relación. Si las cosas iban más lejos, le resultaría imposible quedarse.
Y quena quedarse. En ese sentido Verna se equivocaba. No existía motivo alguno para que no pudiera continuar desarrollando su negocio de catering al tiempo que cuidaba de Emma y de Pedro. Y sin importar lo que pensaran los demás, no podía salir de la vida de Emma. Ella sabía lo que era perder a alguien a quien se quería. Sabía lo que era sentirse abandonada y sola en el mundo.
«Pero Emma no está sola. Tiene a Pedro».
Hizo a un lado ese pensamiento. Quizá se quedaba por ella misma, pero no había razón para que no pudiera tener una vida completa y propia y cuidar de Emma. Pero primero debía establecer algunos límites en su relación con Pedro.
Entró preparada para hacer exactamente eso, pero descubrió que él no se hallaba en la casa. Una nota en la cocina la informaba de que Emma pasaba el fin de semana con una amiga, aunque no mencionaba nada sobre el paradero de Pedro. Sólo sabía que con su coche en el garaje, debía de andar cerca.
La tensión le atenazó los hombros y el dolor de cabeza que se había insinuado en la casa de su tía comenzó a martillearle las sienes. Tragándose dos analgésicos, subió para relajarse unos minutos.
Después de cerrar la puerta de su cuarto, se quitó la ropa y fue al cuarto de baño para meterse en la bañera de hidromasaje. No supo cuánto tiempo se relajó en el agua perfumada, escuchando música, pero al salir, apenas notaba el dolor de cabeza.
Como era su día libre, decidió enfrascarse en un libro. Al azar, sacó una novela romántica y fue a la cama, donde pasó la siguiente hora leyendo.
Iba por la mitad del libro cuando el teléfono la devolvió a su entorno. Después de aguardar que sonara varias veces para comprobar si Pedro había vuelto e iba a contestar, alzó el auricular.
—Residencia de los Alfonso. Aquí Paula.
—Paula, soy Philippe, de Chez Gladines —la segura voz masculina delataba un leve acento francés—. ¿Cómo estás?
—Bien —logró responder sin tartamudear. Aparte de la entrevista inicial, había tenido poco contacto con Philippe.
—Tus pastas son tres magnifique —alabó—. Muy populares con los clientes.
Relajó la presión con la que sujetaba el auricular.
—¿Has llamado para...?
—Llamo para ofrecerte un trabajo a tiempo completo —dijo Philippe—. Me gustaría que te hicieras cargo de los postres y pastas del restaurante.
—Pero aún me quedan dos meses de mi período de prueba —expuso Paula.
—Ya has demostrado tu valía —afirmó Philippe con tono decisivo—. Ven el lunes para que hablemos del sueldo y los beneficios. Siempre que estés interesada, desde luego.
—Lo estoy —la cabeza comenzó a darle vueltas. Ser una chef a tiempo completo en un sitio como Chez Gladines había sido un sueño inalcanzable. Y en ese momento le ofrecían el puesto. El único problema era que el trabajo no encajaría con el de niñera—. Tengo otro trabajo a tiempo completo, pero por supuesto que estudiaré tu oferta. Puedo ir a verte el lunes.
—Te veré entonces —corroboró Phílippe—. Y, Paula...
—¿Sí, Philippe?
—De verdad espero que lo aceptes.
Cortó y se quedó allí sentada, aturdida. Varios de los camareros le habían mencionado lo bien que se vendían sus postres, pero jamás había pensado que eso llevaría a un puesto permanente.
Pero ¿qué pasaría con Pedro y Emma? Pedro le pagaba para cuidar de su hija y de la casa. ¿Cómo podría realizar los dos trabajos al mismo tiempo? «Muchas mujeres lo hacen», le susurró una voz en la cabeza.
Apretó los dedos contra las sienes, que habían vuelto a palpitarle. Se preguntó por qué tenía que ser tan complicada su vida.
Era su noche libre. Se negaba a estropearla pensando en lo negativo. Abriría una botella de vino, tomaría un par de copas para celebrar el ofrecimiento que le habían hecho y terminaría el libro que había estado leyendo. Ya pensaría en todas las implicaciones al día siguiente.
Recogió la bata que tenía al pie de la cama, se puso unas braguitas parecidas a unos pantalones para correr y un top y luego se ciñó la bata con el cinturón. Metió el libro en el bolsillo. Después de enfundarse unas zapatillas atigradas, bajó las escaleras.
Al llegar abajo, el palpitar de su cabeza había alcanzado proporciones de redoble de tambor. Se detuvo en la cocina y encontró unos analgésicos en el fondo de su bolso. Tragándose un par, miró el reloj. Le daría media hora a las pildoras. Si dos no funcionaban, subiría la dosis de acuerdo con la dosis autorizada por el prospecto.
Sacó una botella de vino del anaquel. Después de servirse una copa, el largo tramo de escaleras hasta su dormitorio le resultó poco atractivo. Decidió quedarse en la planta baja y relajarse en la sala de estar.
En la estancia restaurada había una atmósfera fantástica, por no mencionar un sofá y una chimenea espléndidos. Aunque la bata que tenía era gruesa y acogedora, la temperatura de la casa estaba fresca. La idea de estar ante el calor de una chimenea de repente le resultó irresistible.
Después de encender la chimenea de gas en cuestión de minutos, se sentó en el sofá. Tenía una copa de vino en una mano y el libro en la otra. Pero le resultó difícil concentrarse.
A pesar de su determinación, los pensamientos vagaban a las decisiones con las que se enfrentaba.
Sintió el corazón en un puño y unas lágrimas por la mejilla. ¿Cómo podía dejar a Emma? No podría querer más a la pequeña aunque fuera su propia hija. Y Pedro... ¿Cómo decirle adiós?
No era justo. ¿Para cumplir un sueño tenía que abandonar otro? ¿O no? Mel había sido una mujer con una sólida carrera profesional. ¿Pedro la apoyaría?
El martilleo en su cabeza aumentó y a pesar de saber que sólo empeoraría las cosas, no pudo contenerse. Se puso a llorar.
PAULA se levantó a la mañana siguiente, se vistió y fue a la cocina. Se dijo que había sido una tonta en pasar media noche preocupándose por su floreciente relación con Pedro. Ella era diferente de Brenda y Melinda y su situación no se parecía en nada a la de la madre de Esteban. Este tenía sus propios planes y evidentemente en ellos figuraba interponerse entre Pedro y ella. Pues no pensaba permitirlo.
Se detuvo en la puerta y todas sus dudas se desvanecieron. Pedro se hallaba a la mesa leyendo el periódico.
Alzó la vista cuando ella entró en el cuarto. Tenía el pelo revuelto y una ligera sombra por la barba.
—Hola.
—Hola —le devolvió la sonrisa y en vez de ir a la cafetera, apartó una silla y se sentó a la mesa—. Te has levantado temprano.
Pedro dejó el periódico en la mesa.
—No podía dormir —le tomó la mano—. Tenía a alguien en la cabeza.
Sintió que se ruborizaba.
—Sí, claro.
—En serio —aunque pareció más travieso que serio—. Ni siquiera me diste un beso de despedida.
Paula experimentó una oleada de placer. No había sido sólo ella la que lo había notado.
—Emma estaba aquí —repuso con tono ligero—. No podíamos besamos delante de ella.
Con movimientos exagerados. Pedro miró en torno a la habitación.
—No la veo ahora.
Paula no apartó a vista de sus ojos.
—Le eché un vistazo antes de bajar. Dormía profundamente.
—Anoche comprobamos la rapidez con la que eso puede cambiar —sin soltarle la mano, retiró la silla y se puso de pie.
—¿Estás diciendo que no hay tiempo que perder? —lo imitó.
—Oh, sí —la pegó a él.
Los labios de él le rozaron los suyos con burlona ternura. Entreabriéndolos, Paula le acarició el labio inferior con la punta de la lengua. En un abrir y cerrar de ojos, el beso cambió.
Con un gemido bajo, Pedro la envolvió en sus brazos con más firmeza. Le cubrió la boca con la suya.
Se hallaba completamente rodeada por él, por la deliciosa sensación de su cuerpo. De su piel emanaba calor. Le pasó las manos grandes por el cabello y bajó hasta la espalda. Ella lo imitó pero fue un paso más allá. Le quitó la camisa de los pantalones e introdujo las manos dentro.
El deseo, ardiente e insistente, le surcó el cuerpo. Le acarició la espalda y disfrutó del contacto con esos músculos marcados y duros. Todo se desvaneció excepto la necesidad de tener más de Pedro. De probarlo más. Tocarlo más.
La lógica le dijo que fuera más despacio, pero, por desgracia, no era la lógica la que tenía el mando.
El bajó la cabeza y le llenó de besos el cuello. Paula se arqueó. De su garganta escapó un gemido cuando los labios de Pedro descendieron.
—Paula, No encuentro mi camiseta rosa. ¿Sabes dónde está?
La voz infantil procedente de lo alto de las escaleras atravesó la niebla de excitación que la circundaba.
En apariencia igual de sobresaltado. Pedro se quedó quieto y levantó la cabeza.
Paula carraspeó. Sabía el lugar exacto donde encontrar la prenda, pero no quería que Emma bajara antes de lo necesario.
—Subiré en un minuto para ayudarte a buscarla.
Respiró hondo y volvió a dedicarle su atención a Pedro, quien la estudiaba con suficiente ardor como para derretir un casquete polar.
—Ha sido un estupendo beso de buenas noches — musitó al final.
Ella tragó saliva.
—Estuvo bien.
—¿Bien? —sonrió—. Eso significa que tendremos que seguir practicando.
En el interior de Paula surgió un caudal de emociones, sorprendiéndole con su intensidad. Ya no podía mentirse y decirse que consideraba a Pedro como un simple amigo. La excitaba con sólo hallarse en la misma habitación.
Había tratado de mantener su corazón a salvo, pero cada mirada, cada sonrisa de él, la empujaban un poco más hacia el precipicio. Únicamente deseaba tener la certeza de que si llegaba a caer... él estaría allí para atraparla.
Pedro se reclinó en el sillón de su despacho y clavó la vista en el monitor sin ver nada. Así como había sido capaz de mantener sus emociones bajo control, le había resultado un alivio que Paula se llevara a Emma a su clase de baile.
El encuentro que antes había tenido con Angela, una antigua vecina, le había dado mucho en qué pensar. Hizo una mueca para sus adentros. Jamás había pensado que se hallaría en esa situación. Nunca había pensado que su esposa moriría joven. Que tendría que preocuparse por lo que le pasaría a su hija en caso de que le aconteciera un destino similar.
—¿Pedro?
Giró con el sillón.
Paula se hallaba en el umbral, con una jarra con té helado en una mano.
—Pensé que podrías tener sed.
Pedro miró el reloj, sorprendido de descubrir que había pasado tanto tiempo. Ni siquiera la había oído llegar.
—¿Cómo ha ido la clase de baile?
Paula sonrió.
—Están practicando para El Cascanueces. Emma está entusiasmada. Tiene el papel de un ángel, pero creerías que le han dado el protagonista.
Aunque a Pedro se le escapaban las sutilezas del ballet, le gustaba mirar a su hija saltar y dar vueltas. Sonrió y, tomando el gesto como una señal de auténtico interés, Paula entró en más detalles acerca de la lección. Pero cuando se lanzó a una jerga técnica, lo perdió.
Si eso era importante para Emma, entonces debería ser importante para él. Pedro sabía que debería estar centrándose en lo que ella le contaba, pero los labios rojos de Paula le imposibilitaban concentrarse. El carmín hacía que sus labios se vieran carnosos y apetecibles, como la fresa más deliciosa. Y la reciente experiencia le había enseñado que esos labios sabían tan bien como se veían.
Bajó la vista para absorber la visión de esas curvas y piernas largas que tanto distraían. Tenía un nudo en la garganta, una mezcla de deseo y temor y otra cosa que no era capaz de identificar. Santo cielo, ¿qué le estaba pasando? La mujer se detenía ante él para ofrecerle un poco de té y hablarle de su hija, ¿y sólo era capaz de pensar en lanzarse sobre ella?
¿O concentrarse en la atracción física que bullía entre ellos era un modo de evitar pensar en otros temas más profundos?
—¿Pedro?
Parpadeó y se dio cuenta de que ella había dejado de hablar.
—¿Sucede algo? —añadió Paula.
—No —movió la cabeza—. Quinto lugar y giros. Un tema fascinante.
Las comisuras de los labios de ella se alzaron levemente.
—Es la quinta posición y piruetas — corrigió—. Y puedo ver que algo ronda por tu cabeza —sin aguardar una invitación, cruzó el despacho, depositó el té sobre un posavasos en el borde del escritorio y se sentó—¿Qué pasa? Suéltalo.
«Lo que pasa es que me quiero casar contigo porque necesito una madre para mi hija y una compañera para mí, pero ya no sé si sería justo para ti».
Una expresión de angustia apareció en la cara de Paula y durante un momento a Pedro le preocupó haber expresado sus pensamientos en voz alta. Pero entonces comprendió que ella estaba reaccionando a su silencio, no a palabra alguna. Rápidamente buscó una excusa plausible para su falta de atención.
—De hecho, pensaba en el día de Acción de Gracias.
En los ojos de ella titiló una expresión que no pudo descifrar.
—No había pensado mucho en ello.
Pedro no pudo ocultar su sorpresa. Aunque Paula disfrutaba de los festivos, siempre los pasaban juntos. Y siempre se había metido en el espíritu festivo antes de que llegara la fecha, planeando menús y lo que podían hacer para que Emma tuviera un día especial. Claro que eso había sido antes de que apareciera Esteban.
—Espero que pases el día con nosotros —dijo él—. ¿O tienes otros planes?
La expresión de ella fue de sobresalto antes de ocultarla por completo.
— Pensaba quedarme aquí —bajó la vista y con un dedo trazó un patrón imaginario sobre la superficie de cristal del escritorio.
Pedro sintió un gran alivio. No se imaginaba pasando el día con nadie más. Ella había formado una parte importante en Acción de Gracias los últimos tres años. El primer año ella sola había preparado la cena para Mel y él y unos invitados. Al siguiente año, Mel había muerto y él no tuvo ganas de recibir a nadie. Aunque le había dicho que no se molestara, Paula había preparado la cena e insistido en que se sentara a tomarla. Cada año se había superado a sí misma.
En un impulso, se puso de pie, rodeó la mesa y se sentó junto a ella. Tomándole la mano, con gentileza le acarició la palma con el dedo pulgar.
—No me imagino pasando Acción de Gracias con alguien que no seas tú —clavó la vista en sus ojos—. Tú eres a quien quiero conmigo. ¿Lo entiendes?
Paula entrelazó los dedos con los suyos. sus ojos la absorbieron y comenzó a alejarse hacía un lugar en el que podría perderse en un instante.
Lo deseaba, y cuando tiró de ella fue gustosa. Así como no le había dicho que la amaba, había estado cerca. Por el momento, eso bastaba.
Pedro se pasó la mano por el pelo, agradecido por la charla incesante de Emma a su lado mientras iban al parque.
«Tú eres a quien quiero conmigo».
Incluso a sus oídos, las palabras sonaban a declaración.
No quería confundirla con sus sentimientos. Si se comprometía con él, sería basándose en la amistad y la confianza que existía entre ellos... no porque diera a entender que estaba enamorada de ella.
Porque no lo estaba. Mel había sido su alma gemela y todo el mundo sabía que sólo se encontraba a un alma gemela en la vida.
—Paula va a preparar un pastel de arándanos para Acción de Gracias —dijo Emma—. Creo que nunca lo he probado. ¿Y tú, papá? ¿Está bueno?
Pedro regresó al presente y a su pequeña. Le sonrió y su interior se llenó de amor.
—Sí, y está muy bueno. En especial con helado.
—Qué ganas tengo de que llegue Acción de Gracias —Emma dio unos pasos de baile en la acera—. Todo lo que hace Paula es bueno.
Sin saber si su hija se refería a la comida o a la atmósfera, tuvo que estar de acuerdo.
Desterró cualquier pensamiento de duda y reafirmó su decisión de casarse con ella. Sería una buena esposa. Una madre maravillosa. Una amante apasionada. Haría todo lo que estuviera al alcance de su mano para hacerla feliz.
Lo único que le faltaba ya era que le diera el «sí».
BAJARLE la cremallera? En cuanto las palabras salieron de sus labios, una parte de ella quiso reír y fingir que sólo había estado bromeando. Pero la otra parte, la que quería, necesitaba, sentir las manos de él sobre su cuerpo, guardó silencio, a la espera del siguiente movimiento de Pedro.
Durante una fracción de segundo éste titubeó, como si también comprendiera la enormidad del paso que iban a dar. Pero luego su mano fue hacia la cremallera y la bajó.
Paula sintió que la piel se le ponía de gallina y un escalofrío de anticipación le recorrió la espalda. Así como no esperaba que Pedro se comportara como un cavernícola con ella, sí esperaba que las cosas empezaran a moverse. Pero Pedro no parecía tener prisa.
Después de lo que pareció una eternidad, le dio un beso prolongado y con la boca abierta en la nuca. El simple contacto de sus labios suaves y húmedos le hizo hervir la sangre. Cerró los ojos y soltó un suspiro entrecortado. No cabía duda de que era un buen comienzo.
Aunque sabía que le bastaba con un movimiento ínfimo de los hombros para bajar el vestido de seda hasta su cintura, esperó. A pesar de lo ansiosa que estaba de un contacto de piel con piel, era conservadora. Anticuada hasta la médula, le gustaba que el hombre llevara la iniciativa. Pero cuando Pedro apoyó la mano en su espalda, se irguió y se puso rígida, una reacción más propia de una adolescente a la que jamás habían tocado que de una mujer madura.
—Relájate —dijo él con voz suave, acariciándole la piel levemente con la palma de la mano.
En cuanto sintió el contacto sobre su espalda, le costó respirar y hablar.
Sus dedos eran fuertes, pero gentiles. Le recorrieron las venas unos escalofríos cálidos de placer.
— Mmmm —suspiró. Hasta creyó posible haber muerto e ido al cielo.
—¿Quieres que continúe? —la voz profunda exhibió un deje de burla.
—Mmmmmm —fue todo lo que Paula pudo manifestar.
Por fortuna, Pedro entendió lo que quería. Mientras le plantaba besos por los hombros y el cuello, siguió acariciándole la parte baja de la espalda. Con cada caricia lenta, su deseo aumentaba Cuando subió la mano, gimió suavemente y arqueó la espalda hacia él.
La tocó como un violín artesanal, haciéndola responder como nunca antes había respondido. La oscuridad y la soledad dentro del coche ofrecían una atmósfera onírica y Paula no supo qué parte de esa maravillosa experiencia era fantasía y qué realidad. Pero, fuera lo que fuere, una cosa era segura... no quería que terminara.
—Es increíble —suspiró. Desesperadamente quería que Pedro siguiera tocándola. Sus pechos le palpitaban por el anhelo de ser tocados, y más abajo, entre sus muslos, sentía un calor poderoso y una palpitación apagada.
La mano de él penetró más en el vestido y se curvó alrededor de su cintura. Lenta y sensualmente, subió hasta que las yemas de los dedos estuvieron a un par de centímetros de la parte inferior del pecho.
Con el aliento contenido y los ojos cerrados, tembló de anticipación. Sintió que se inclinaba, sintió el calor de su aliento en el hombro, girarla despacio en el asiento hasta dejarla de cara a él. Abrió los ojos y la recorrió la excitación al ver el brillo de sus ojos. Había una promesa ahí, una que decía que llegarían más, más cosas.
—Eres tan hermosa...
La voz sonó como una caricia.
Aunque sabía que sólo se estaba mostrando amable, le encantó el sonido de las palabras al salir de sus labios. Deseaba ser hermosa. Por sí misma. Por él.
pedro percibió la expresión melancólica en los ojos de Paula y se juró que al final de la velada creería sus palabras. Haría que se sintiera hermosa.
Lo embargó una emoción cálida. Paula era una persona maravillosa. Amable. Dulce. Increíblemente sexy.
Alzó una mano y la apoyó en su cara. Bajó la cabeza y pegó la boca a la suya. Pasó la lengua por la plenitud de su labio inferior, instándola a abrirse para él e introduciéndose en ella cuando lo hizo. Sabía a vino y a menta, una combinación ridícula que era poderosamente erótica.
Ella cerró los dedos sobre la tela de su camisa y fue hacia el beso, al encuentro de su lengua. Los embates lentos y deliciosos le pusieron el cuerpo en alerta máxima.
Su piel era como seda templada bajo los dedos y tuvo que luchar contra el impulso de deslizar la palma hacia arriba y sentir el peso firme de su pecho en la mano. Se recordó que no había motivo para precipitarse. Disponían de todo el tiempo del...
Se encendió una luz y en la ventanilla sonó una llamada perentoria.
—Ayudante del sheriff —anunció una voz profunda—. ¿Está todo bien ahí?
Paula echó la cabeza atrás y los ojos antes apasionados se abrieron de repente.
—La policía.
Pedro giró en el asiento y contuvo una maldición.
—Necesito que baje del coche —ordenó el hombre.
—Yo me ocuparé de esto —le dedicó lo que esperaba que fuera una sonrisa tranquilizadora y bajó a la luz de los faros del patrullero—. ¿Cuál es el problema, agente... Wayne?
Aunque hacía cinco años que no veía a Wayne Bojanski, lo reconoció de inmediato. Había sido su amigo en primaria, compañero en el instituto y compañero del equipo de fútbol en el último año.
—¿Pedro Alfonso? —una sonrisa de reconocimiento apareció en la cara rubicunda de Wayne—. Jamás pensé que os encontraría a Melody y a ti en un camino comarcal.
La sonrisa de Pedro se desvaneció al comprenderlo. Wayne desconocía lo de Mel. La última vez que lo había visto había sido en la reunión de ex alumnos, y por ese entonces Mel había estado viva.
—Melody murió hace tres años —explicó antes de que el silencio se prolongara demasiado.
Wayne se quedó boquiabierto.
—Bromeas.
—Fue súbito. Un problema médico.
Wayne cerró la boca y carraspeó.
—Entonces, ¿quién está en el coche?
—Una amiga. Teníamos cosas de las que hablar y queríamos algo de privacidad —no pudo evitar sonreír ante esa explicación poco convincente.
En un gesto de camaradería, Wayne le pasó un brazo por los hombros y bajó la voz.
—Tendréis que hacerlo en otra parte.
Pedro no podía hablar por Paula, pero para él, los caminos de tierra habían perdido todo su atractivo.
—No te preocupes —dijo—. No volverás a verme por aquí.
Wayne miró hacia el coche y luego a Pedro.
—Una cosa más...
Pedro deseó poder subir al Land Rover y largarse de allí. Recordaba ese tono. Wayne siempre se había considerado un experto en mujeres y le encantaba ofrecer sus consejos.
—Lamento lo de Melody —pateó la grava con la punta de una bota—. Me caía bien. Era atrevida.
El inesperado sentimiento le sorprendió. En silencio aceptó la condolencia. Apreció las palabras de Wayne, pero esa noche no quería hablar de Melody ni pensar en ella. Esa velada era sobre el futuro, no el pasado.
Wayne ni siquiera había subido al patrullero cuando Pedro arrancó el todoterreno y miró a Paula de reojo.
—No contaba con que apareciera la policía —comentó.
—Lo conocías —indicó ella con sencillez.
—Desde el jardín de infancia. Y jugamos juntos al fútbol en el instituto. He de reconocer que siempre fue inoportuno.
—Probablemente, fue lo mejor —afirmó Paula—. Me da la impresión de que las cosas se habrían descontrolado.
—¿Y eso habría sido... malo?
Ella rió entre dientes y Pedro sintió que la tensión se evaporaba de sus hombros. Al menos podía hacerla reír.
—Desde luego, nunca olvidaré esta noche —ella sonrió—. Una chica siempre recuerda la primera vez —sobresaltado, Pedro enarcó las cejas—. La primera vez... —su sonrisa se amplió— que me para la policía.
Los dos rieron.
Los ojos de ella brillaban como esmeraldas finas y su tentadora fragancia lo envolvió. Sólo deseó aparcar el coche en el arcén y continuar donde lo habían dejado. Pero no tenía diecisiete años. Era un adulto y lo bastante inteligente como para darse cuenta de que habían tenido suerte. Cinco o diez minutos más tarde, Wayne los habría sorprendido en plena acción.
No, un coche no era lugar para mantener un interludio romántico con Paula. Pero había otras muchas opciones que podían explorar.
—Decididamente, será una noche para recordar — confirmó él—. ¿Te apetece crear más recuerdos?
Paula pensó unos momentos.
—Mientras el recuerdo no involucre a la ley o caminos comarcales...
Aunque estaba totalmente de acuerdo, no pudo resistirse a provocarla.
—¿Dónde está tu espíritu de aventura?
—Oh, puedo ser aventurera —lo miró con los párpados entornados—. Lo que pasa es que cuando beso a alguien, no quiero que me interrumpan... y menos la policía.
Impulsivamente, Pedro le tomó la mano y se la llevó a los labios.
—La próxima vez no habrá ninguna interrupción —prometió—. Te lo garantizo.
Ninguna interrupción.
Paula clavó la vista en el techo de su habitación. Cuando Pedro y ella habían cruzado la puerta de entrada, su tiempo a solas había llegado a un brusco final. Pedro había hecho todo lo que estaba a su alcance. Había mantenido la voz baja y con rapidez había paga* do a la canguro. Pero Emma debía de haber tenido activado el «radar de papá», porque nada más marcharse la canguro, había bajado corriendo las escaleras.
La aparición de la niña había impuesto la realidad multiplicada por diez. Paula volvía a ser la niñera y Pedro era el papá de Emma y su jefe. Aunque entendía la necesidad de discreción ante la pequeña, no podía evitar sentirse como una niña a la que le habían quitado su juguete favorito.
Ni siquiera había recibido un beso de buenas noches. A menos que contara los del coche... Sonrió.
Desde luego Pedro sabía besar. Cuando la abrazó y sus labios se cerraron sobre los de ella, fue como si nada más en el mundo existiera. Fue...
Una melodía familiar sonó desde su móvil en la mesilla y se sentó. Miró el despertador y frunció el ceño. Las dos de la mañana.
Abrió el teléfono. ¿Por qué la llamaba Esteban a esa hora?
—Hola.
—Paula —dijo sorprendido—. No esperaba que contestaras. Iba a dejarte un mensaje.
Aunque no estaba acostumbrada a recibir llamadas a esa hora, agradeció la distracción. Quizá hablar con Esteban apartara su mente de Pedro.
—Por lo general lo apago, pero supongo que lo olvidé.
—Lamento haberte despertado.
—Tranquilo, no lo has hecho. Cuando llamaste, estaba tumbada mirando el techo, tratando de decidir si me ponía a contar ovejas o me levantaba para leer un rato.
—A mí también me cuesta dormir hoy —comentó Esteban con voz ronca y baja—. Quería oír tu voz, aunque sólo fuera en una grabación.
Unas campanas de advertencia sonaron en la cabeza de Paula. Esteban le caía bien, pero la verdad era que casi no había pensado en él desde que se marchó. Claro que si hubiera sido Pedro..
—... sube a un avión y ven aquí.
Comprendió con súbito terror que mientras su mente se había dispersado Esteban había seguido hablando. ¿Sobre qué?
—¿Que vaya a Boston? —preguntó con lentitud y cautela.
—Te quiero conmigo —dijo con su habitual autoridad—. Tengo los días ocupados, pero podrías ir de compras o visitar la ciudad. Tendríamos las noches para nosotros.
Se sintió halagada de que quisiera pasar sus ratos libres con ella. Esteban era un hombre atractivo, un abogado prestigioso... por no mencionar un cocinero fabuloso. Tenía mucho que ofrecerle a una mujer. Pero aunque a ella le interesara, era imposible que pudiera ir.
—Te olvidas de que tengo un trabajo —con gentileza, quiso que entendiera que apreciaba la invitación, aunque no pudiera aceptarla—. Es imposible que pueda ir.
—Paula. Pedro Alfonso puede encontrar a otra persona para que cuide de su hija y lo atienda el fin de semana.
—Estoy segura de que podría —sintió un aguijonazo de angustia ante la idea—. Pero yo me refería al negocio con Chez Gladines —conseguir la oportunidad de mostrar su talento era un logro importante para un chef sin experiencia—. He obtenido el trabajo en prueba —explicó—. Mantenerlo es muy importante para mí.
—Lo entiendo —repuso Esteban con admiración. Y algo parecido al alivio—. Ese trabajo es tu primer paso hacia la verdadera independencia.
Paula frunció el ceño.
—Soy independiente desde los dieciocho años.
Durante varios segundos, reinó el silencio.
—No te tomes esto mal, pero realmente no has sido independiente. No en el sentido más apropiado de la palabra. Pasaste de la casa de tu tía a tu primer trabajo de niñera y de ahí a tu puesto actual.
El corazón de Paula latió con más fuerza y la irritación se asomó a su cara.
—Haces que suene como si estuviera viviendo de toda esa gente —dijo—. Trabajo duramente por el sueldo que recibo. El que el alojamiento y la comida formen parte de los beneficios colaterales no significa que no sea independiente.
Desde pequeña había tomado la decisión de ser autosuficiente. No iba a terminar como su madre, dependiendo de que un hombre «cuidara» de ella.
—Tienes mucho talento, Paula —indicó Esteban—. Sólo quiero asegurarme de que aproveches la oportunidad de desarrollarlo.
La furia de Paula se convirtió en curiosidad.
—¿Por qué te importa?
—Porque me gustas.
Era una respuesta lógica, pero había algo en su voz, un elemento de contención que le dijo que iba más allá de una respuesta hecha.
—Hay más que eso.
Después de un momento de silencio, Esteban habló:
—Mi madre trabajó durante años como ayudante administrativa para un rico industrial de Chicago. Era una mujer inteligente con mucho talento, pero él se negó a ascenderla. Tenerla cerca satisfacía sus necesidades.
—¿Qué pasó? —se volvió a tumbar.
—El año pasado decidió que lo mejor para él era trasladarse a Francia —continuó con voz tensa—. Ahora ella está cerca de los sesenta años y buscado trabajo otra vez.
Pudo apreciar que Esteban fuera protector con su madre, pero parecía que había elegido quedarse en el puesto. Igual que había hecho ella misma.
—Sin embargo, podría haber buscado otro trabajo en cualquier momento, ¿no?
—Desde luego —confirmó Esteban—. Pero él no paraba de decirle lo importante que era para él, cómo formaban un equipo... hasta que dejó de necesitarla. La utilizó,Paula. No quiero ver que eso te pase a ti.
El grado de amargura en la voz de Esteban le desconcertó.
—No obstante...
—Piensa en ello — cortó—. Si Pedro vuelve a casarse, su nueva esposa podría decidir que no te quiere en la casa, y en un abrir y cerrar de ojos pasarías a ser historia.
—No creo que pedro...
—Ni siquiera tiene que volver a casarse —prosiguió él —. ¿Qué pasará cuando Emma crezca y se vaya a la universidad? Sólo pido que no cometas el error que cometió mi madre. Haz que tus sueños sean la prioridad mientras todavía eres joven y vigorosa.
Paula sintió que la embargaba una sensación de vacío.
—¿Paula? ¿Sigues ahí?
—Estoy aquí —forzó las palabras más allá del nudo que tenía en la garganta. Cuando se graduó en el instituto, no había habido más dinero para ir a la universidad. Ser niñera había comenzado como una solución temporal, un modo de mantenerse mientras asistía a la escuela de gastronomía por la noche.
Había completado sus cursos poco antes de que Melody muriera. No podía haber dejado a Pedro y a Emma entonces, Pero ¿significaba eso que tenía que pasar los siguientes diez o quince años observando a Pedro y a Emma vivir sus vidas sin llegar a formar parte jamás de su mundo? Incluso después de lo sucedido esa noche, ¿y si la relación no avanzaba más? ¿Y si Pedro se casaba otra vez?
—¿Estás enfadada? —la preocupación se manifestó en la voz de Pedro.
Paula respiró hondo. La agitación interior que la embargaba era su problema, no de Steven.
—No. Estoy segura de que sólo quieres lo mejor para mí.
—Así es —su voz adoptó una cierta urgencia—. Me importas...
—Escucha, Esteban, me encantaría charlar, pero necesito dormir —ya tenía suficientes cosas en la mente. No podía tratar con lo que temía que iba a ser una declaración de Esteban.
—¿Puedo llamarte mañana?
—Por supuesto.
—Una última sugerencia —habló con rapidez, percibiendo que estaba a punto de cortarlo—. No te involucres personalmente con Pedro. Cuando llegue el momento, hará que dejar su casa te resulte mucho más duro.
«Cuando», no «si».
Sintió el corazón en un puño. La advertencia llegaba un poco tarde.
—Lo recordaré. Buenas noches, Esteban.
—Dulces sueños.
Cortó. ¿Dulces sueños? ¿Es que bromeaba? Sería afortunada si conseguía dormir.
GRACIAS POR LEER! =)
PEDRO pegó a Paula contra él y dejó que la música lo envolviera. Ella había vuelto a hacerlo. Sin siquiera saberlo, había logrado reafirmarlo en su convicción de que había elegido el curso de acción apropiado.
Los padres de Mel eran personas agradables, pero con las personalidades fuertes y dominantes que tenían, no serían las apropiadas para criar a su sensible hija. A pesar de lo que creía su suegra, la familia no siempre era la mejor elección. Desde luego, cuando se casara con Paula, sería familia, parte de su familia. La abrazó con más fuerza. Jamás le haría falta nada.
Pero ¿y el amor?
Hizo a un lado la pregunta. Podía nombrar a media docena de parejas que se habían casado por «amor» y estaban divorciadas. Además, había muchas clases de amor y cariño. Así como nunca le mentiría a Paula y le diría que la amaba cuando no era así, le mostraría de todas las maneras posibles lo mucho que le importaba.
El cantante de la orquesta se lanzó a cantar una balada y Paula se arrebujó contra él. La fragancia fresca de su cabello le invadió el olfato.
—Gracias por acompañarme esta noche —susurró sobre su pelo mientras con la mano le acariciaba la espalda desnuda.
—Gracias por invitarme —alzó la cabeza y le sonrió—. Lo estoy pasando muy bien.
—Suenas sorprendida.
—Nunca había asistido a una fiesta como ésta. No sabía muy bien qué esperar —miró alrededor de la sala—. He de reconocer que estaba un poco nerviosa.
Pedro también lo había visto. Había sentido la incertidumbre en la mano que le había aferrado el brazo cuando entraron en el salón. Por eso se había mantenido próximo a ella. Aparte de ir a buscarle la copa de vino, no se había apartado de su lado.
Le gustaba estar con Paula y era agradable saber que ella se sentía complacida de estar sólo con él.
—¿Listo para un cambio?
Pedro se volvió y encontró a Jake de pie en el centro de la pista, con Brenda al lado. Pero a pesar de la atención que le dedicaba, la escultural rubia bien podía haber sido una desconocida. Jake únicamente tenía ojos para Paula. O, más bien, para los pechos de Paula.
Pedro apretó los labios. Antes no le había gustado el modo en que su amigo había posado la vista en el escote de Paula y tampoco le gustó en ese momento. Ella se puso tensa en sus brazos y él pudo sentir la fuerza con la que le latía el corazón. Era obvio que no quena bailar con Jake, pero Pedro percibió que tampoco montaría una escena si aceptaba.
También era obvio que Brenda no compartía la renuencia de Paula. Dio un paso al frente, expectante por el cambio.
—Lo siento —negó Pedro—. Esta noche soy hombre de una sola mujer.
Sin decir otra palabra, se alejaron danzando sobre el parqué, dejando a Brenda y a Jake mirándolos boquiabiertos.
Sintió que Paula se relajaba en sus brazos. La expresión tensa que había dominado sus facciones se mitigó.
—¿Hombre de una sola mujer? —una risita recalcó las palabras de Paula—. No puedo creer que dijeras eso. Suena a título de canción country.
Pedro sonrió. El alivio en sus ojos le reveló que había tomado la decisión correcta.
—Lo dije con absoluta sinceridad —aseveró—. Esta noche soy todo tuyo. Y tú toda mía.
«Y tú toda mía».
El tono posesivo en la voz de Pedro le provocó un escalofrío de placer por la espalda. Nunca había querido «pertenecer» a ningún hombre, pero esa noche disfrutaba de la sensación de ser valorada y protegida.
Cuando Jake había querido cambiar de pareja, Paula se había quedado paralizada, como un cervatillo atrapado bajo el fulgor de unos faros. Lo último que había deseado era estar a menos de tres metros de Jake, y mucho menos en sus brazos, pero ¿cómo manifestar ese sentimiento sabiendo que Jake y Pedro eran amigos? En especial delante del primero.
Pero no tendría que haberse preocupado. Pedro había asumido el control y Paula dudó mucho que Jake volviera a pedirlo. Suspiró satisfecha. La velada empezaba a entrar en la categoría de los acontecimientos que siempre recordaría. No tenía muchos de esos recuerdos, lo que hacía que esa noche fuera aún más especial.
—¿Sabes qué me gustaría hacer? —de pronto ella levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
Él movió exageradamente las cejas.
—¿Bailar con Jake?
—Mmm, no —trató de mantener la expresión seria, pero la atmósfera ligera impuesta por él se lo impidió—. Me gustaría una foto.
La empresa de Pedro había contratado a varios fotógrafos con el fin de que les proporcionaran a los invitados recuerdos de la noche. Habían establecido un par de puestos en la sala de baile y llevaban ocupados toda la noche sacando fotos.
El fondo de flores frescas que estaban empleando le recordó a Paula algo que se podía ver en las fotos de los bailes de fin de curso. No era que ella tuviera conocimiento de primera. En el instituto, jamás había asistido a ninguno de los bailes. No había habido dinero en la casa de su tía para vestidos bonitos. A cambio, esas noches había trabajado sirviendo mesas, atendiendo a sus compañeros de estudio.
En secreto siempre había anhelado una foto de sí misma vestida de gala y con un acompañante atractivo a su lado.
—¿Fotos? —Pedro miró al fotógrafo más próximo, que en ese momento terminaba con una pareja mayor.
La duda en sus ojos le indicó que la idea no le entusiasmaba. Sintiéndose poco sofisticada, rió y fingió que sólo había estado bromeando.
—Pensé que podría ser divertido mostrársela a Emma. Pero tienes razón. Es una locura.
Esperó que Pedro aceptara la salida que le ofrecía, pero al mirarlo lo vio titubear y observarla.
—No creo que suene para nada una locura. Creo que es... divertido —dijo. Esbozó una sonrisa—. Algo reminiscente... del instituto.
Aunque el corazón le dio un brinco de felicidad,Paula mostró una sonrisa indiferente.
—Era lo mismo que estaba pensando yo.
El resto de la velada pasó a toda velocidad. Se sacó la foto con Pedro y luego bailaron un poco más.
La intuición de Paula había sido acertada, Jake no volvió a pedir que cambiaran de pareja. Paula miró de vez en cuando a Brenda y descubrió que la mirada de la otra parecía permanentemente clavada en Pedro, con una expresión triste en los ojos. Entonces supo a quién había ido a ver exactamente Brenda.
Cuando estuvieron listos para marcharse, era pasada la medianoche. Esperó mientras Pedro iba a recoger su chai. Aunque a esa hora por lo general ya estaba dormida, no se sentía en absoluto cansada.
Miró las fotos que tenía en la mano. El fotógrafo le había pedido que mirara a Pedro y apoyara las manos en el torso de él. Después de hacer lo que le indicó, había colocado las manos de Pedro en su cintura. Paula había estado ahogándose en el azul de los ojos de él cuando el hombre había sacado la foto...
—¿Lista?
Levantó la cabeza. Pedro estaba frente a ella con el chai preparado. La miraba con una mezcla de inconfundible interés y un deje de incertidumbre.
Paula guardó la foto en el sobre decorativo con que se la habían dado y dejó que le pasara la tela sedosa del chai por los hombros. Miró la hora. Apenas era pasada la medianoche.
—Sabes que si fuera el baile de fin de curso, jamás iríamos a casa tan temprano.
Como Cenicienta ante la idea de volver a ser una criada, Paula odiaba el pensamiento de que la velada terminara tan pronto. Al menos podrían ir a comer algo y charlar ante una taza de café.
—¿Quieres parar en alguna parte de camino a casa?
—Me parece una buena idea —los ojos de Pedro se oscurecieron.
En el coche, se puso a hablarle del punto al que iban las parejas del instituto en su ciudad.
—Estaba en una colina —sonrió recordando—. Daba a un lago. No había mejor vista. Aunque tampoco pasábamos mucho tiempo mirando la luna.
La sonrisa de Paula se congeló. Pedro no planeaba parar a comer una hamburguesa. Gracias a su ambigua pregunta, iban a aparcar el coche.
El cuerpo se le encendió y luego se le enfrió ante el pensamiento de besarse con Pedro en la cálida intimidad del coche.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Adonde ibas?
Respiró hondo y se preguntó qué diría si le reconociera que el único sitio al que había ido la noche del baile de graduación era de regreso al apartamento de su tía después de un duro turno en la cafetería.
Tenía su orgullo. No podía dejar que supiera lo que había pasado. Su mente se puso a cien. Aparte de alquilar habitaciones en el hotel donde se había celebrado el baile, no recordaba que ningún compañero mencionara un lugar especial al que hubieran ido a aparcar el coche.
—Principalmente, caminos comarcales. Ningún lugar específico.
Pedro salió de la carretera y se metió en una calle residencial.
—Una calle desierta, entonces.
A Paula el corazón le dio un vuelco. Miró por la ventanilla. La noche estaba oscura con sólo una franja de luna. Unos árboles grandes alineaban la calle, creando un aire de intimidad en el vehículo con su dosel de ramas y hojas.
Al rato las hileras de casas dieron lugar a tierras de labranza y el pavimento se convirtió en grava. Pero Pedro continuó.
—¿Hasta dónde vamos a ir? —preguntó Paula.
—No mucho más lejos —la miró de reojo—. Lo suficiente para que no nos molesten. Aunque recuerdo que era el miedo al descubrimiento lo que hacía que la experiencia fuera tan excitante.
La sonrisa traviesa le avivó el bombeo de sangre y durante un segundo olvidó respirar.
Pedro detuvo el coche en el costado del camino, luego apagó el motor y las luces.
—Ha sido una excelente sugerencia —musitó él en la quietud reinante—. Esperaba que pudiéramos ir a algún sitio después del baile.
—¿Sí? —aunque trató de mantener la voz indiferente, le salió jadeante y una octava más alta que lo normal.
Pedro asintió.
—En cuanto llegáramos a casa, sabía que no tendríamos intimidad.
Tenía razón. Emma tenía el sueño ligero. Pero no estaban en la casa de Pedro. Se hallaban en el coche. Solos. Los dos.
Sintiéndose como una adolescente nerviosa, se movió en el asiento y lo miró. Un hormigueo curioso le invadió el cuerpo.
—No estoy segura de que mi tía aprobara que estuviera a solas contigo aquí —le dedicó una sonrisa descarada. Seguro que con diecisiete años, habría dicho algo similar.
—Tengo una idea —le quitó el chai de los hombros y lo lanzó al asiento de atrás—. No se lo contemos.
Paula sintió la piel de gallina. Había dicho esas palabras como algo gracioso y no estaba preparada para que él le siguiera el juego.
£l calor se agolpó en la parte baja de su vientre y decidió que si Pedro estaba interesado en tener diecisiete años esa noche, ella también.
—No estoy segura de que pueda confiar en ti — cruzó los brazos y adelantó el labio inferior—. Me han advertido contra chicos como tú. Sólo queréis una cosa.
—Eso no es verdad —la voz sensual siguió baja y profunda. Le pasó un dedo por el brazo—. No sólo quiero una cosa... quiero un montón de cosas.
El contacto dejó una estela de calor en su piel.
Algo en la voz, en la seriedad que anidaba debajo del tono juguetón, provocó una estampida de mariposas en su estómago. Él la estudió durante unos segundos y Paula descubrió que contenía el aliento.
—Me gustaría besarte —dijo al final—. ¿Te parece bien?
Paula se mordió el labio y ladeó la cabeza, fingiendo analizar la pregunta.
—Supongo... mientras no intentes nada atrevido.
—¿Es que no te gustan los besos con lengua?
La sorpresa en la voz de él le provocó una sonrisa. No sabía si era Pedro el adolescente o el hombre adulto el más desasosegado.
—Jamás lo he probado —juntó las manos recatadamente en el regazo como una adolescente virginal—. La tía Verna dice que esa clase de beso no está bien.
Jamás había tratado ese tema con su tutora, pero no se imaginaba a Verna pensando de otro modo.
—Mmm —pasó un brazo por los hombros de ella y la acercó—. No quiero contradecirla, pero los besos con lengua son estupendos. Pero no aceptes mi palabra. Pruébalo. Luego decide por ti misma —sus brazos se cerraron en torno a ella—. Quiero que sepas que jamás haría nada que te hiciera daño.
En ese momento el cuerpo de Paula estaba tan pegado al de Pedro, que podía sentir el calor que emanaba de él. Respiró hondo para calmarse y la fragancia de su colonia le disparó el corazón. Agitada, se humedeció los labios con la punta de la lengua.
—Lo sé...
Las palabras apenas habían salido de su boca cuando los labios de Pedro se cerraron sobre los suyos. Lento y dulce, el beso la tentó y el deseo que había mantenido a raya hasta entonces se desbocó por sus venas como un río caudaloso.
Introdujo los dedos por el pelo suave, acercándolo más, mientras el fuego incontrolable que ardía en su interior exigía algo más que lentitud y dulzura. Pero las manos de Pedro se mantuvieron respetuosamente en su cintura y los besos que le daba, así como de una sensualidad embriagadora, se mantuvieron secos y castos.
Cuando separó los labios para darle besos por la mandíbula y el cuello, Paula gimió con frustración. Pedro hacía lo que le había pedido pero, ¿es que no se daba cuenta de que había cambiado de parecer? Santo cielo, ¿es que iba a tener que deletreárselo?
Los labios llegaron hasta la curva del escote y subieron.
Paula decidió que ya había tenido suficiente. Una mujer tenía un límite para la frustración que podía soportar.
—He cambiado de idea.
La boca de él se detuvo sobre su cuello. Alzó la cabeza.
—¿Quieres que pare?
—Sí —pero cuando se apartó, horrorizada, Paula comprendió lo que acababa de decir—. No. Quiero decir, deseo que continúes.
Supo que no estaba siendo muy coherente. ¿Acaso se podía esperar que pensara racionalmente con su aliento cálido acariciándole el cuello?
—¿Continuar? —enarcó una ceja—. No entiendo.
—Quiero que me beses. Que me beses de verdad.
La mirada desconcertada de Pedro le indicó que aún no conseguía dejar claro lo que le apetecía.
—Oh, la, la —dijo con un acento francés exagerado—. Comprenez—vous?
—Pero tu tía...
—Al cuerno mi tía.
Pedro sonrió.
—¿Deseas que haga algo más?
—Quizá —murmuró, mirándolo con los párpados entornados.
—Lo deseas —su voz proyectó una satisfacción puramente masculina. Un chico de instituto no podría haber sonado más orgulloso.
No hacía falta definir de qué se trataba. Lo había experimentado en más de una ocasión y aunque no se podía decir que las experiencias hubieran sido memorables, tener sexo no era algo que una mujer olvidara.
—Las chicas buenas no llegan hasta el final —dijo Paula, adoptando el personaje virginal—. Sólo quiero un beso... quizá tontear un ratito.
Incluso en la oscuridad, lo vio sonreír.
—De modo que todo menos eso —Pedro fingió darle vueltas a la idea. Al final asintió—. Aún disponemos de mucho territorio por cubrir.
—Depende —comentó con tono vago, manteniendo abiertas las opciones—. Puede que decida parar con un beso con lengua.
—No lo creo.
—No estés tan seguro —replicó a su afirmación arrogante.
El bajó la vista.
—¿Qué te parece esto?
Inesperadamente, adelantó el brazo y rozó el corpiño de seda de su vestido con el dorso de la mano. Al instante, los pezones se endurecieron bajo el contacto. Paula jadeó.
—Piensa en lo divertido que sería... —comenzó con voz seductora y ronca— si el vestido no se hallara de por medio.
Ella ni siquiera tuvo que cerrar los ojos para visualizar la escena erótica. Con el vestido fuera del camino, Pedro dispondría de libertad para usar la boca y las manos al máximo.
Los pechos se tensaron contra la seda y sintió una palpitación honda en la unión de los muslos. Anhelaba y deseaba a ese hombre de un modo que desafiaba toda lógica. No obstante, estar medio desnuda en un coche con un hombre excitado era algo que podría hacer una adolescente, no una adulta responsable. Pero no lograba plantear la negativa. Como si Pedro percibiera su vacilación, cerró los labios sobre los suyos.
—Por favor —musitó sobre su boca—. Es la noche de graduación. No somos niños. Podemos hacer lo que queramos.
Paula nunca había sido muy rebelde. Nunca había hecho nada salvaje.
«Podemos hacer lo que queramos».
Era la noche de la graduación. O lo más próximo a ello como jamás estaría.
Él profundizó el beso y Paula le dio la bienvenida al calor húmedo y lento, a la lengua que se deslizó en su boca para explorarla. Un ronroneo de pasión vibró en su garganta. Pedro era una tentación irresistible y el beso le abrió el apetito de más.
No se acostaría con él... eso sería una simple tontería. Pero «todo menos» ofrecía un atractivo decadente. Giró en el asiento y le ofreció la espalda de su vestido.
—Bájame la cremallera, por favor.
GRACIAS POR LEER!!♥
ALGO huele bien. Paula alzó la vista de la plancha y vio a su jefe. —Tortitas. Con arándanos.
Emma levantó la vista de su plato.
—Y Paula incluso ha calentado el sirope.
—Vaya —Pedro sonrió—. Siento como si hubiera muerto e ido al cielo.
A Paula el corazón le dio un vuelco.
—No quiero que vayas allí —la sonrisa de Emma titubeó y soltó el tenedor con miedo—. Quiero que te quedes aquí conmigo.
Conmovida, Paula alargó el brazo y revolvió el pelo de la pequeña.
—Tu papá no irá a ninguna parte, pequeña. No es más que su manera de decir que le gustan las tortitas.
—Paula tiene razón, princesa —le dio un beso en la cabeza a su hija y le dedicó una mirada de agradecimiento a ella antes de sentarse a la mesa.
Paula puso una taza humeante de café ante Pedro, pero éste siguió hablando con Emma y ni siquiera alzó la vista. Su corazón se emocionó al verlos juntos. Cuando sus propias tortitas estuvieron hechas y se unió a los dos, Emma reía entre dientes.
Acababa de beber el primer sorbo de café cuando sonó la bocina del autobús del colegio. En cuestión de minutos, Emma se levantó y corrió hacia el vehículo amarillo con una sonrisa feliz en la cara.
Después de cerciorarse de que la pequeña se hallaba segura en el autobús, Paula regresó a la cocina. No le sorprendió encontrar a Pedro todavía a la mesa. Su mirada le indicó que había permanecido adrede con la intención de hablar. Y sabía bien qué tema quería tratar.
Fingió no notarlo y se tomó su tiempo en servirse sirope.
—¿Tienes planes para hoy?
—Estaré en la ciudad —gesticuló como si apartara un mosquito molesto con la mano.
Paula cortó un trozo de tortita.
—Se supone que hoy hará un calor irracional.
Por el rostro de él cruzó una expresión de exasperación.
—No quiero hablar del tiempo. No cuando hay cosas más importantes que discutir.
La impaciencia mostrada era tan típica de él que no pudo evitar sonreír.
—Oh, de acuerdo —dijo en su tono más altivo.—Supongo que te daré una oportunidad.
La sorpresa aleteó en las facciones de Pedro.
—¿Lo harás?
Percibió incredulidad en su voz y el corazón le palpitó con fuerza. Después de tragar la pieza de tortita que de repente parecía del tamaño de una pelota de béisbol, forzó un tono indiferente.
—A menos que no hablaras en serio. Quiero decir, si sólo bromeabas...
—Claro que no bromeaba —dijo, como si se sintiera molesto de que pudiera pensar algo semejante—. Sólo estoy sorprendido. Imagino que creía que ibas a rechazarme.
Paula frunció el ceño.
—Pero me hace feliz que hayas dicho que sí —se apresuró a añadir pedro.
—Bien —con un dedo, Paula trazó un patrón imaginario sobre la mesa—. ¿Adonde vamos desde aquí?
Él bebió un sorbo de café y se reclinó en la silla.
—¿Qué te parece la fiesta de mi empresa en el Palmer House el viernes por la noche?
Paula lo miró. Sabía que esa fiesta siempre era una celebración elegante. O bien representaría un comienzo fabuloso para los dos o bien un choque de trenes. Pero ya no iba a permitir que el miedo la frenara.
Sonrió.
—Es una cita.
Los candelabros del salón de baile del Hotel Palmer House resplandecían y el aroma a flores frescas llenaba el aire.
El tintineo de las copas de cristal se entremezclaba con el sonido de risas y conversación. Mientras Paula se hallaba a la entrada de la gran sala y observaba a la multitud de hombres con esmoquin y mujeres con vestidos deslumbrantes, sintió un nudo en la garganta. ¿En qué había estado pensando?
El lugar bullía con gente importante... hombres y mujeres con los que Pedro trataba a diario. A algunos los había conocido... como su niñera. Sabía lo que pensarían cuando la vieran a su lado. O bien que Pedro había perdido la cabeza... o bien que se acostaba con la niñera y ella lo había obligado a que la invitara.
Estaba a unos segundos de huir de allí cuando él le tomó la mano. El corazón le dio un vuelco y lo miró.
Él sonrió.
—Me alegro mucho de que me acompañaras.
—¿Sí? ¿Por qué?
Rió y se le formaron arrugas en torno a los ojos.
—Porque siempre me lo paso bien cuando estoy contigo.
La tensión y la ansiedad, que hasta entonces la habían atenazado, se mitigaron y se relajó por primera vez desde que salieron de la casa. Pedro tenía razón. Siempre se divertían juntos. Esa noche no sería una excepción.
—¿Quieres una copa de vino?
Pedro se acercó para protegerla de un borracho inestable con voz alta y una copa en cada mano.
Incluso después de que el hombre pasara, permaneció cerca.
Nerviosa, apartó la vista, ya que no quería que viera el deseo en sus ojos. Se alisó la falda del vestido negro de noche. Era el mismo que se había puesto cuando le preparó la cena a Esteban, pero si Pedro lo había notado, se había mostrado demasiado cortés como para mencionarlo.
Una vez que tomó el control de sus emociones, alzó la vista.
—Me encantaría un poco de vino. Preferiblemente, tinto.
pedro memorizó la alta columna blanca a la espalda de Paula.
—No te muevas —le dio un beso rápido en los labios—. Vuelvo enseguida.
Paula se llevó un dedo a la boca y se preguntó si tendría alguna idea del efecto que surtía en ella. Cómo la hacía...
—¿Paula? —una voz femenina la devolvió al presente—. Casi no te reconozco. ¿Qué haces aquí?
Volviéndose, se centró en la fiesta y le dedicó una sonrisa a Brenda Northcott.
—He venido con Pedro.
Impulsivamente, abrazó a la bonita rubia. Como de costumbre, a Brenda se la veía fabulosa con su vestido verde esmeralda que resaltaba al máximo su figura esbelta.
En la frente perfecta de Brenda apareció un leve ceño.
—Me pareció oír que Pedro iba a venir solo.
—Cambió de parecer —repuso con tono ligero—. ¿Con quién vienes tú?
Según Pedro, la fiesta era para la empresa de arquitectura y sus clientes. Brenda trabajaba como abogada para una empresa financiera, o al menos así era la última vez que había hablado con ella.
—Con Jake —respondió Brenda.
Paula trató de ocultar su asombro. Al ser uno de los mejores amigos de Pedro, Jake a menudo había estado en la casa y ella lo conocía bastante bien. O al menos tan bien como quería conocerlo. Jamás le había gustado el modo en que la había mirado, como si la imaginara desnuda, ni los comentarios sugerentes que le había hecho cuando Pedro no se hallaba presente.
—Es un poco pegajoso —Brenda se encogió de hombros—. Pero quería venir a la fiesta y él era mi entrada.
—No he dicho que hubiera nada erróneo con él — se apresuró a exponer Paula.
—No hacía falta —Brenda rió—. Pude verlo en tus ojos.
—Es pegajoso —reconoció Paula.
—Mucho —recalcó Brenda.
Las dos rieron.
—¿Por qué deseabas tanto venir a esta fiesta? — inquirió Paula—. Quiero decir, está bien y todo eso, pero...
Por lo que a ella concernía, la mujer tenía que estar desesperada para ser acompañante de Jake.
Brenda volvió a encogerse de hombros.
—Había alguien a quien esperaba ver esta noche aquí. Pero... es inútil. Siempre ha tenido ojos para otra. Es una pena que ella me caiga bien.
—Vaya, vaya, dos damas hermosas —Jake se situó al lado de Brenda y miró de forma lasciva a Paula—. Se te ve de-li-cio-sa.
Paula le dedicó una sonrisa cortés.
—Hace tiempo que no se te ve.
—He estado ocupado —repuso Jake—. A diferencia de Pedro, yo no tengo quien me sirva cuando llego a casa por la noche.
Paula no supo lo relevante que era la respuesta a su comentario, pero era evidente que Jake quería establecer un punto. Si el objetivo que tenía era recordarle su lugar en la jerarquía social, lo había logrado.
Sintió que alguien le tocaba el hombro y se volvió. Pedro se situó a su lado y le entregó la copa de vino.
—Esta noche, querida, es mi turno para servirte.
Brenda soltó un suspiro resignado.
Aunque el tono de Pedro era ligero y sus labios exhibían una sonrisa relajada, la tensión en su mandíbula le indicó que el comentario de Jake no le había resultado divertido.
Bebió un sorbo de vino y al alzar la vista, vio que Jake miraba descaradamente su escote y Brenda a Pedro.
Los ignoró a ambos y se dirigió a Pedro.
—¿Te apetecería bailar?
—Me encantaría —Pedro dejó la copa en una mesa cercana y extendió la mano.
Paula dejó su copa al lado de la de Pedro y le tomó la mano, despidiéndose de Brenda con una sonrisa. Seguía sin saber a quién había ido Brenda a ver a la fiesta, pero albergaba una sospecha. Sin embargo, Pedro la había elegido a ella.
La pista de baile estaba atestada, lo que hizo que Paula no se sintiera conspicua. En vez de que todo el mundo notara su manifiesta falta de ritmo, Pedro y ella eran otra pareja moviéndose al ritmo de la música que tocaba la orquesta.
¿Había algo más atractivo que un hombre magnífico con esmoquin? El contraste de la almidonada camisa blanca con la tela negra del esmoquin, unido a su maravilloso rostro, le desbocó el corazón.
Y cómo olía... El simple hecho de inhalar la colonia de Pedro hacía que el corazón le latiera aún más deprisa. La sensación de sus brazos fuertes alrededor de ella le dio vida a los recuerdos de la última vez que lo había tenido tan cerca. Como en ese momento.
Apoyó la mejilla en su pecho.
—Creía que me habías dicho que no bailabas —se burló él.
—Te mentí. He bailado antes —sintió el corazón en un puño por el recuerdo—. Con mi padre. Ponía música, me alzaba del suelo y nos movíamos al son de la música.
—Yo hago eso con Emma a veces —comentó.
Aunque no levantó la cabeza, percibió la sonrisa en la voz.
—Eres un buen padre —afirmó.
—No lo sé. No lo hice muy bien cuando Mel murió.
La emoción que transmitió la voz hizo que proyectara todo su corazón hacia él.
—Fue duro —continuó Pedro—. Emma me recordaba tanto a Mel... Todavía lo hace. Aún me recuerda lo que he perdido.
Paula no necesitó cerrar los ojos para recordar aquellos momentos. Pedro había estado embargado por la conmoción y el dolor. Paula había estado confusa y asustada. El hecho de que ella hubiera perdido a su padre a temprana edad la ayudó a conectar con la niña... y con un Pedro angustiado.
—Fue difícil para todos —comentó.
—No habría podido hacerlo sin ti.
—Sí habrías podido —afirmó con rotundidad. Pedro era bueno y fuerte y encaraba sus desafíos sin rodeos.
Su propio padre había sido así. Al separarse de su madre, se había encontrado con la custodia única de ella. El amor que le había dedicado había sido constante y lo único que Paula había necesitado.
—Me recuerdas mucho a mi padre.
—¿A tu padre?
Su expresión habría sido graciosa en cualquier otro momento.
—Para —lo volvió a pegar a ella y comenzó a bailar a pesar de saber que se había ruborizado—. Me refería a que eres un gran padre. Igual que lo fue el mío.
—Vaya —fingió secarse sudor de la frente—. Es un alivio.
—Era un buen hombre —fue lo único que se le ocurrió decir a Paula.
—Háblame de él —pidió Chris con voz baja—. Sé que dijiste que murió cuando tú tenías la edad de Emma, pero apenas sé más que eso.
Paula titubeó. Había pasado tanto años sin hablar de él, que le resultaba difícil saber por dónde empezar.
—Era maravilloso —afirmó—. Mi madre lo odiaba. Mi tía no lo conocía, pero me dijo que olvidara el pasado y me centrara en el futuro.
—No puedo imaginar lo duro que sería para Emma sí me pasara algo —musitó Pedro casi para sí mismo.
—No te va a pasar nada —se apresuró a decir ella—. Pero si sucediera algo, te prometo que haría lo que estuviera en mis manos para darle a Emma una vida feliz. Ya sabes lo que significa para mí.
—Una persona no tiene que ser familia para criar y querer a un niño —expuso con convicción.
—Tienes razón —convino Paula—. De hecho, al mirar hacia atrás, preferiría a una desconocida antes que a mi madre, con los ojos cerrados.
LEAN EL SIGUIENTE..
PAULA se inclinó sobre Emma, le dio un beso leve en la frente y luego salió de puntillas de la habitación.
Después de cenar, los tres habían ido a dar un paseo. Cuando regresaron, había sido la hora del baño de Emma. Paula juraría que la pequeña se había quedado dormida antes de que terminara de secarla.
Pedro le había pedido que, al terminar de acostar a la niña, bajara porque quería hablar algo con ella.
Lo hizo en ese momento, ansiosa de averiguar qué podía ser tan importante.
Pedro sonrió cuando la vio.
—Pasa —se hallaba fuera del salón y le señaló la puerta.
Aunque el día había sido más veraniego que otoñal, un fuego vivo ardía en la chimenea. La sala, que Mel había convertido en ultramoderna antes de su muerte, había recuperado su decoración original dos años atrás. Paula nunca había estado segura de si el cambio se había producido porque Pedro odiaba el negro y el plata tanto como ella misma o porque le recordaba demasiado a Mel. Su esposa había sido tan elegante y moderna como la habitación y Paula sólo podía conjeturar que cada vez que Pedro cruzaba esa puerta, recordaba lo que había perdido.
Pedro le señaló un sofá tapizado en chintz.
—Por favor, siéntate.
Paula lo hizo, mientras él continuaba de pie. Pasados unos momentos, se situó en un punto delante de la chimenea. Contempló las llamas y un cosquilleo de inquietud subió por la espalda de Paula. Fuera lo que fuere lo que tuviera en la cabeza, era evidente que se trataba de algo serio.
Ladeó la cabeza.
—¿Sucede algo?
Pedro se volvió y se pasó la mano por el pelo. Cruzó la estancia y se sentó en el sofá al lado de Paula.
— Tengo algo que decir y no sé muy bien cómo vas a responder.
Ella se movió incómoda y se repitió que debía de ser algo serio si alguien tan seguro como Pedro, que siempre sabía adónde quería ir y cómo llegar hasta allí, se mostraba nervioso e inseguro.
¿Por qué? ¿Qué podía querer decirle como para que le causara tanta inquietud?
Sólo una cosa tenía sentido. Ese día había sido un regalo, un último y placentero día con Emma y él, igual que el día en que su madre la había llevado a tomar un helado, para luego dejarla con su tía y no volver jamás.
—Me vas a dejar ir —las palabras escaparon a través de sus labios a pesar de la determinación de dejar que él hablara primero.
—No, no, no —Pedro se inclinó y le tomó la mano fría con firmeza entre la suya—. Es decir... No. Bajo ningún concepto voy a dejar que vayas a ninguna parte.
Paula suspiró y sintió una oleada de alivio.
—Entonces, ¿qué...?
— De hecho, de esto necesito hablar contigo — miró deliberadamente sus manos unidas.
Horrorizada, Paula se dio cuenta de que tenían los dedos enlazados. Intentó retirarlos, pero él se los retuvo y sonrió.
—Esto se me da tan mal como creía —apoyó los codos en las rodillas sin soltarle la mano—. Me gustas, Paula. Y creo... Espero... también gustarte a ti.
Paula frunció el ceño desconcertada, tratando de entender lo que decía, pero sin conseguirlo.
Claro que me gustas —dijo al final.
—Hablo de algo más que amigo —expuso con rapidez, como si temiera que lo interrumpiera—. Quiero que lleguemos a conocernos mejor, ver adonde puede conducir.
A Paula el corazón le martilleó en el pecho. ¿Más que un amigo? Durante un instante, se preguntó si estaría soñando. Cerró los ojos y volvió a abrirlos. Tragó saliva y, de algún modo, logró hablar con un tono ligero.
—¿Quieres que... salgamos?
Él enarcó una ceja.
—Pareces conmocionada.
Paula forzó una risa y miró alrededor de la sala.
—¿Dónde están las cámaras? Tiene que ser una especie de broma.
Pedro pareció sobresaltado, y luego sonrió.
—No me extraña que me gustes tanto.
—Tú no... —comenzó ella—. No de esa manera.
La sonrisa de Pedro se desvaneció. Su mirada se tornó seria.
—Últimamente ha existido esta... conexión entre nosotros. Tú también tienes que haberla sentido.
Paula sintió que el calor le subía por el cuello. No se trataba realmente de una pregunta, y por un momento deseó no tener que contestar. Pero la mirada atenta de él esperaba una respuesta. Asintió despacio.
Una expresión de alivio cruzó la cara de Pedro.
—Estás de acuerdo.
—Estoy de acuerdo en que a veces hay esa especie de «energía» entre nosotros —eligió las palabras con cuidado—. Pero no estoy convencida de que hacer algo al respecto nos vaya a beneficiar.
—¿Por qué dices eso? —preguntó él con cara impasible.
Paula soltó un suspiro exasperado.
—Para empezar, ¿qué te parece que porque soy tu empleada?
—¿Y?
— Y que sí te cansas de mí como lo hiciste de Brenda y de Melinda, seguiré por aquí. Cuidando de tu hija. De tu casa —se soltó la mano—. Tienes que reconocer que tener a una ex viviendo en tu casa podría ser incómodo.
Se puso de pie y fue a la chimenea, pero ni el calor de las llamas pudo desterrar el frío de su cuerpo. Debía ser pragmática. Los dos debían serlo.
—Cualquier cosa que sea más que una simple amistad entre nosotros sería un error —continuó—. Un gran error.
—No estoy de acuerdo —afirmó Pedro, sin siquiera darse un segundo para analizar la situación—. No voy a cansarme de tenerte por aquí. No tenemos que preocuparnos de...
—Si tenemos que preocuparnos —giró en redondo—. O al menos yo sí. Me gusta trabajar para ti, Pedro. Y me gusta cuidar de Emma. No quiero hacer nada que pueda estropear eso.
—No veo cómo el hecho de que salgamos puede...
Paula alzó las manos. Ese hombre era estùpido. ¿Cómo podía ser tan obtuso?
—Porque todo apunta » que es un error. Igual que tu relación con Brenda. Igual que con Melinda. Tú...
—Esas mujeres eran diferentes —se puso de pie con una extraña desesperación en la voz—. No puedes comparar mis relaciones con ellas con nosotros dos.
—¿Por qué no? —Alzó el mentón—. Probablemente, había más probabilidades de éxito para esas relaciones que para la nuestra.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Es fácil. Ellas procedían de tu mismo círculo social —casi añadió «y las dos son hermosas», pero llegó a la conclusión de que sonaría como si considerara a Pedro superficial, lo cual no era cierto—. Tienen intereses similares...
—Un momento —los ojos de Pedro fueron fuego azul mientras cruzaba la habitación para quedar junto a ella—. Si unas personas pueden llevarse bien, somos tú y yo. Hemos vivido juntos durante tres años en armonía. ¿Cuántas parejas pueden decir lo mismo?
Pero no eran pareja. Ella era su empleada. Y aunque él no parecía querer captar las sutilezas de las diferencias, éstas eran enormes.
Además, sabía lo que pasaría si salían. Se enamoraría de él. De hecho, ya casi lo estaba. No pasaría mucho antes de que se asustara, luego que lo necesitara y que él la despachara. Tal como había hecho su madre...
—¿Paula?
Alzó la vista y encontró sus ojos con una ternura que por lo general reservaba para Emma.
—Sé que estás asustada —musitó—. Diablos, yo mismo estoy asustado. Creo que podría haber algo especial entre nosotros. Pero jamás lo sabremos si no lo intentamos.
Su proximidad le dificultaba pensar, ser objetiva.
—Necesito algo de espacio. Algo de tiempo para analizar lo que sugieres —le ofreció una sonrisa vacilante—. Me siento halagada. Es que...
Antes de darse cuenta de lo que estaba pasando, Pedro la había pegado a él.
—Dime que no es esto lo que quieres...
Sus labios se cerraron sobre los de ella. Paula se dijo que debía apartarlo, pero el deseo descamado que había estado manteniendo a raya se desbocó. Y cuando alzó las manos, en vez de incrementar la distancia entre ambos, lo acercó para beber de él, descubriendo con rapidez que la realidad superaba con facilidad las ensoñaciones más maravillosas.
Pedro modificó el ángulo del beso y lo profundizó, alzando una mano para apoyarla en su nuca al tiempo que la inmovilizaba para transmitirle el ardiente y dulce apetito que manó de esa boca.
Paula dio la bienvenida al calor húmedo y a la lengua exploradora, que recibió con igual entusiasmo. Lo besó de la misma manera, con caricias largas y lentas, profundas y encendidas.
Cuando la abrazó con tanta fuerza que pudo sentir su erección contra el estómago, el mundo estalló en una ola ardiente de calor y pasión.
Le llenó la cara de besos, para luego bajar por el cuello y...
Los pechos se le tensaron contra la parte superior del vestido y cuando la lengua de Pedro se posó en la unión de los senos, se oyó gemir, un sonido bajo de deseo y necesidad que la asombró por la intensidad. Aturdida y con respiración entrecortada, se apartó.
—Paula, yo...
—Es tarde —dijo con voz jadeante—. Hablemos mañana.
Sin brindarle la oportunidad de que la hiciera cambiar de parecer, fue hacia el recibidor. Se movió con celeridad, sin parar hasta llegar a su habitación y cerrar la puerta a su espalda.
Confusa, se sentó en la cama. Se llevó los dedos a los labios inflamados.
Eso era lo que había faltado al besar a Esteban. Ese hormigueo, ese entusiasmo. Pero seguía sin significar que fuera inteligente involucrarse con Pedro. Luchó por ordenar sus pensamientos. Se trataba de una decisión importante. Que no se podía tomar a la ligera.
Pero ¿realmente tenía elección? Una vez que se habían besado, ¿podrían volver a como habían estado antes?
Quizá Steven tenía razón. Tal vez sería una estupidez entregarse a Pedro.
No obstante, se sentía tentada. A pesar de sus defectos. Pedro la atraía. Hacía tiempo que soñaba despierta con él» con la esperanza de que la viera como alguien más que la niñera de su hija. Una vez que lo había hecho, ¿de verdad sería capaz de alejarse sólo porque estaba asustada?
Apretó la mandíbula. Nunca había sido una cobarde. Era una mujer fuerte, inteligente y con talento. Si las cosas no funcionaban, sobreviviría.
Era hora de asumir el control de su vida.
Era hora de luchar por lo que quería.
Era hora de darle una oportunidad a Pedro.
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UNAS campanillas dieron la bienvenida a Paula y a Pedro a una pequeña tienda de antigüedades en Long Grove. Paula se detuvo en la entrada y dejó que los recuerdos de su infancia la impregnaran. Cortinas de encaje en las ventanas. Un parqué lustroso. El olor a canela en el aire. Todo reminiscente de un hogar de comienzos del siglo xx que había estado en la familia de su padre durante generaciones.
Después de que sus padres se divorciaran, había vivido en la vieja casona victoriana con él. Esos habían sido los años más felices de su joven vida.
Impulsivamente, se volvió. Enlazó el brazo con el de Pedro y lo apretó.
—Gracias por traerme aquí. Adoro este lugar —recorrió la casa bien cuidada que, a pesar de su amplio inventario, de algún modo lograba ofrecer la apariencia de hogareña en vez de atestada. Como música de fondo, un antiguo gramófono tocaba una tonada que otrora había sido popular—. A mi tía Verna también le encantaría.
—¿Es esa tía tuya de Minnesota? —inquirió Pedro—. ¿Con la que viviste después de que muriera tu padre?
Paula asintió, con la vista clavada en un juego de plata de peine y cepillo para el cabello.
—Siempre decía que si tuviera una casa grande, la llenaría de antigüedades.
Pero sólo tenía un apartamento de un dormitorio con un sofá cama. Verna había trabajado como secretaria en el departamento de educación de Mankato y su sueldo apenas había bastado para que ella pudiera vivir de él. Cuando se había sumado la hija pequeña de su hermana...
Recogió una tartera con forma de fresa. Había tenido una igual. Su padre se la había regalado al cumplir los siete años, justo semanas antes del accidente.
Una mujer pequeña y canosa, de ojos brillantes y movimientos rápidos salió de detrás de un escritorio grande.
—¿Puedo ayudarlos en algo?
La mirada de la mujer bajó a la mano de Paula y ésta se dio cuenta de que aún sostenía la tartera. Con rapidez la devolvió a su sitio en la estantería.
—Sólo estamos echando un vistazo —en cuanto las palabras salieron de sus labios, se dio cuenta de que había hablado por los dos. Giró la cara para mirarlo—. A menos que tú...
—No tengo nada específico en mente —le pasó el brazo por los hombros y le devolvió la sonrisa a la mujer—. Le haremos saber si tenemos alguna pregunta.
Paula agradeció que Pedro pareciera dispuesto a llevar la conversación, porque en cuanto la acercó a él perdió la capacidad de formar una frase coherente. Se dijo que el gesto era algo casual entre dos amigos. El problema radicaba en que su cuerpo no había recibido el mensaje.
Pero a pesar de lo mucho que anhelaba ceder al hormigueo cálido que la recorrió hasta la punta de los dedos de los pies, se aferró al sentido común y el día transcurrió de forma maravillosa. En ningún momento sintió que era una empleada, sino su amiga, una parte de la familia.
De regreso a casa, y cuando estaban a unos diez minutos de llegar, sonó el teléfono móvil de Paula. Iba a dejar que saltara el buzón de voz, pero Pedro bajó el volumen de la radio. A regañadientes, sacó el móvil del bolso. Aunque Esteban no le hubiera prometido llamarla antes de marcharse de la ciudad, el tono de la llamada le indicó que se trataba de él.
—Hola, preciosa —la voz profunda de él resonó en el auricular—. ¿Has tenido un buen día?
—He tenido un muy buen día.
El simple hecho de pensar en las últimas horas le provocó a Paula una sonrisa. Después de visitar casi todas las tiendas de la ciudad. Pedro la había invitado a comer en un coqueto y pequeño restaurante. Luego habían rematado el día con un cucurucho en una heladería clásica.
—Ojalá vinieras conmigo —dijo Esteban—. Boston está precioso por estas fechas.
Paula siempre había querido ver Boston, pero sabía que de haber ido con Esteban, éste habría esperado más que una compañera de turismo.
—Seguro que sí —convino—. Repíteme cuánto tiempo estarás ausente.
—Con un poco de suerte, no más de dos semanas.
¿Es que vas s echarme de menos? —añadió entre íntimo y burlón.
Paula titubeó. Miró de reojo a Pedro. Tenía la vista clavada en el camino. No parecía estar escuchando, pero...
—Mmmm —decidió dejarlo así.
—¿Está él cerca? —La suspicacia se manifestó en la voz de Esteban—. ¿Por eso no puedes hablar?
Ella forzó una risa casual.
—Pedro y yo estamos regresando de Long Grove.
—Escucha, Paula —dijo Esteban—. He de subir al avión, así que seré breve. Eres su empleada. Es todo lo que eres. Es todo lo que alguna vez serás. Involucrarte más con él sería un error.
Durante un segundo, permaneció allí sentada, aturdida. Seguro que había hablado de Pedro más a menudo de lo que habría sido aconsejable, pero jamás había sugerido que existiera algo más entre ellos. O que deseara que hubiera algo más. Entonces, ¿por qué estaba preocupado Esteban? A menos que no fuera tan buena en ocultar sus emociones como creía...
Pudo oír por la megafonía la llamada de su vuelo.
—Será mejor que te deje marchar.
—Un error, Paula —repitió Esteban con auténtica preocupación—. No te dejes engañar. Prométeme que tendrás cuidado.
—Lo prometo —dijo, la voz tan tensa como los dedos que sostenían el aparato. Al tiempo que su preocupación le resultaba conmovedora, le horrorizaba que Pedro viera a través de ella con la facilidad que lo hacía Esteban.
—Bien.
Aunque por la voz de Esteban fluyó el alivio, aún pudo captar su preocupación.
Pero Esteban no confiaba en su sensatez.
Paula sabía que no debía relacionarse con Pedro. Sin importar lo mucho que eso la tentara.
A Pedro jamás le había gustado escuchar otra conversación, pero en el pequeño habitáculo del Land Rover resultaba imposible no hacerlo.
No hacía falta ser un genio para comprender que Paula hablaba con Esteban. Era una mala señal que el tipo hubiera llamado. Steven la había visto en los últimos tres días y, aun así, ¿sentía la necesidad de tocar base ese día?
Paula guardó el móvil en el bolso.
—Era Esteban.
—¿Tienes algún plan esta noche? —se esforzó por mantener la voz casual. Después de todo, no podía arriesgarse a dar la impresión de que no lo aprobaba. Lo último que quería era empujarlo a los brazos en apariencia demasiado ansiosos de Esteban.
—Llevar algún caso —repuso Paula—. No entró en muchos detalles.
—Me sorprende que no te pidiera que lo acompañaras —comentó Pedro con sentimientos encontrados.
—Lo hizo —repuso Paula—. Le dije que tenía obligaciones aquí.
Pedro no sabía qué le perturbaba más... que Esteban se hubiera sentido lo bastante cómodo como para pedirle a Paula que lo acompañara o que ésta hubiera aludido a Emma y a él como «obligaciones».
—¿Cuánto tiempo estará fuera?
—Dos semanas —suspiró—. Puede que incluso más—Santo cielo, sonaba como si realmente fuera a echarlo de menos. La relación debía de ir más deprisa de lo que él había pensado.
Ante él pasó la carita de Emma y recordó la promesa que le había hecho. Aunque nunca había sido precipitado en sus acciones, de pronto comprendió que la felicidad de su hijita podía depender de la celeridad con que él obrara.
«Dos semanas. Tiempo más que suficiente para lograr que Paula se enamore de mí».
Era un pensamiento loco, pero en cuanto penetró en su conciencia, arraigó y no quiso evaporarse.
Catorce días.
Para ser su amigo.
Para ser su amante.
Para ser su marido.
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