martes, 1 de abril de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 6



UNAS campanillas dieron la bienvenida a Paula y a Pedro a una pequeña tienda de antigüedades en Long Grove. Paula se detuvo en la entrada y dejó que los recuerdos de su infancia la impregnaran. Cortinas de encaje en las ventanas. Un parqué lustroso. El olor a canela en el aire. Todo reminiscente de un hogar de comienzos del siglo xx que había estado en la familia de su padre durante generaciones.



Después de que sus padres se divorciaran, había vivido en la vieja casona victoriana con él. Esos habían sido los años más felices de su joven vida.



Impulsivamente, se volvió. Enlazó el brazo con el de Pedro y lo apretó.



—Gracias por traerme aquí. Adoro este lugar —recorrió la casa bien cuidada que, a pesar de su amplio inventario, de algún modo lograba ofrecer la apariencia de hogareña en vez de atestada. Como música de fondo, un antiguo gramófono tocaba una tonada que otrora había sido popular—. A mi tía Verna también le encantaría.



—¿Es esa tía tuya de Minnesota? —inquirió Pedro—. ¿Con la que viviste después de que muriera tu padre?



Paula asintió, con la vista clavada en un juego de plata de peine y cepillo para el cabello.



—Siempre decía que si tuviera una casa grande, la llenaría de antigüedades.



Pero sólo tenía un apartamento de un dormitorio con un sofá cama. Verna había trabajado como secretaria en el departamento de educación de Mankato y su sueldo apenas había bastado para que ella pudiera vivir de él. Cuando se había sumado la hija pequeña de su hermana...



Recogió una tartera con forma de fresa. Había tenido una igual. Su padre se la había regalado al cumplir los siete años, justo semanas antes del accidente.



Una mujer pequeña y canosa, de ojos brillantes y movimientos rápidos salió de detrás de un escritorio grande.



—¿Puedo ayudarlos en algo?



La mirada de la mujer bajó a la mano de Paula y ésta se dio cuenta de que aún sostenía la tartera. Con rapidez la devolvió a su sitio en la estantería.



—Sólo estamos echando un vistazo —en cuanto las palabras salieron de sus labios, se dio cuenta de que había hablado por los dos. Giró la cara para mirarlo—. A menos que tú...



—No tengo nada específico en mente —le pasó el brazo por los hombros y le devolvió la sonrisa a la mujer—. Le haremos saber si tenemos alguna pregunta.



Paula agradeció que Pedro pareciera dispuesto a llevar la conversación, porque en cuanto la acercó a él perdió la capacidad de formar una frase coherente. Se dijo que el gesto era algo casual entre dos amigos. El problema radicaba en que su cuerpo no había recibido el mensaje.



Pero a pesar de lo mucho que anhelaba ceder al hormigueo cálido que la recorrió hasta la punta de los dedos de los pies, se aferró al sentido común y el día transcurrió de forma maravillosa. En ningún momento sintió que era una empleada, sino su amiga, una parte de la familia.



De regreso a casa, y cuando estaban a unos diez minutos de llegar, sonó el teléfono móvil de Paula. Iba a dejar que saltara el buzón de voz, pero Pedro bajó el volumen de la radio. A regañadientes, sacó el móvil del bolso. Aunque Esteban no le hubiera prometido llamarla antes de marcharse de la ciudad, el tono de la llamada le indicó que se trataba de él.



—Hola, preciosa —la voz profunda de él resonó en el auricular—. ¿Has tenido un buen día?



—He tenido un muy buen día.

El simple hecho de pensar en las últimas horas le provocó a Paula una sonrisa. Después de visitar casi todas las tiendas de la ciudad. Pedro la había invitado a comer en un coqueto y pequeño restaurante. Luego habían rematado el día con un cucurucho en una heladería clásica.



—Ojalá vinieras conmigo —dijo Esteban—. Boston está precioso por estas fechas.



Paula siempre había querido ver Boston, pero sabía que de haber ido con Esteban, éste habría esperado más que una compañera de turismo.



—Seguro que sí —convino—. Repíteme cuánto tiempo estarás ausente.



—Con un poco de suerte, no más de dos semanas.



¿Es que vas s echarme de menos? —añadió entre íntimo y burlón.



Paula titubeó. Miró de reojo a Pedro. Tenía la vista clavada en el camino. No parecía estar escuchando, pero...



—Mmmm —decidió dejarlo así.



—¿Está él cerca? —La suspicacia se manifestó en la voz de Esteban—. ¿Por eso no puedes hablar?



Ella forzó una risa casual.



—Pedro y yo estamos regresando de Long Grove.



—Escucha, Paula —dijo Esteban—. He de subir al avión, así que seré breve. Eres su empleada. Es todo lo que eres. Es todo lo que alguna vez serás. Involucrarte más con él sería un error.



Durante un segundo, permaneció allí sentada, aturdida. Seguro que había hablado de Pedro más a menudo de lo que habría sido aconsejable, pero jamás había sugerido que existiera algo más entre ellos. O que deseara que hubiera algo más. Entonces, ¿por qué estaba preocupado Esteban? A menos que no fuera tan buena en ocultar sus emociones como creía...



Pudo oír por la megafonía la llamada de su vuelo.



—Será mejor que te deje marchar.



—Un error, Paula —repitió Esteban con auténtica preocupación—. No te dejes engañar. Prométeme que tendrás cuidado.



—Lo prometo —dijo, la voz tan tensa como los dedos que sostenían el aparato. Al tiempo que su preocupación le resultaba conmovedora, le horrorizaba que Pedro viera a través de ella con la facilidad que lo hacía Esteban.



—Bien.



Aunque por la voz de Esteban fluyó el alivio, aún pudo captar su preocupación.



Pero Esteban no confiaba en su sensatez.



Paula sabía que no debía relacionarse con Pedro. Sin importar lo mucho que eso la tentara.



A Pedro jamás le había gustado escuchar otra conversación, pero en el pequeño habitáculo del Land Rover resultaba imposible no hacerlo.



No hacía falta ser un genio para comprender que Paula hablaba con Esteban. Era una mala señal que el tipo hubiera llamado. Steven la había visto en los últimos tres días y, aun así, ¿sentía la necesidad de tocar base ese día?



Paula guardó el móvil en el bolso.



—Era Esteban.



—¿Tienes algún plan esta noche? —se esforzó por mantener la voz casual. Después de todo, no podía arriesgarse a dar la impresión de que no lo aprobaba. Lo último que quería era empujarlo a los brazos en apariencia demasiado ansiosos de Esteban.
—Llevar algún caso —repuso Paula—. No entró en muchos detalles.


—Me sorprende que no te pidiera que lo acompañaras —comentó Pedro con sentimientos encontrados.

—Lo hizo —repuso Paula—. Le dije que tenía obligaciones aquí.


Pedro no sabía qué le perturbaba más... que Esteban se hubiera sentido lo bastante cómodo como para pedirle a Paula que lo acompañara o que ésta hubiera aludido a Emma y a él como «obligaciones».


—¿Cuánto tiempo estará fuera?


—Dos semanas —suspiró—. Puede que incluso más—Santo cielo, sonaba como si realmente fuera a echarlo de menos. La relación debía de ir más deprisa de lo que él había pensado.


Ante él pasó la carita de Emma y recordó la promesa que le había hecho. Aunque nunca había sido precipitado en sus acciones, de pronto comprendió que la felicidad de su hijita podía depender de la celeridad con que él obrara.


«Dos semanas. Tiempo más que suficiente para lograr que Paula se enamore de mí».


Era un pensamiento loco, pero en cuanto penetró en su conciencia, arraigó y no quiso evaporarse.


Catorce días.


Para ser su amigo.


Para ser su amante.


Para ser su marido.




Lean el siguiente.....

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