PAULA miró el reloj del salpicadero y pisó el acelerador. Pedro se había llevado a Emma a dar un paseo mientras ella terminaba las pastas. Pero dejarlas en Chez Gladines había llevado más tiempo del planeado. Ya llegaba tarde. Después de tantos años en el sistema escolar, la tía Verna no toleraba muy bien la impuntualidad.
Paula había esperado con ganas estar en la casa, terminar algunos proyectos y, por encima de todo, pasar el día con Pedro y Emma. Pero Verna se hallaba en la ciudad y quería verla. ¿Cómo decirle que no?
Había pensado que vería a su tía en un restaurante para tomar café. Pero la dirección que Verna le dio la llevó a una casa de ladrillo visto en Lincolnshire. Si no hubiera reconocido el coche de su tía en la entrada de vehículos, habría pensado que se equivocaba de lugar.
Comprobó el papel en que había apuntado la dirección con los números del buzón. Correcto. Y era el coche de su tía.
En menos de un minuto, escuchó el timbre reverberar por la casa. La puerta se abrió y se sintió aliviada al ver a su tía. Verna se hallaba en el umbral, rígida y con los labios fruncidos.
—Llegas tarde.
La brusquedad era típica de Verna. Su tía jamás había sido una mujer sutil. Sin embargo, con el paso de los años las dos habían establecido un vínculo y Paula había llegado a querer a esa mujer taciturna.
—Bueno, ¿te vas a quedar ahí mirándome o vas a darme un abrazo? —espetó Verna.
Paula rió y abrazó los hombros rígidos de su tía.
—Te he echado de menos.
Pero el abrazo sólo duró un segundo antes de que Verna se apartara y continuara con voz seca:
—Ahora que le hemos dado abundante tema de conversación a los vecinos, pasa y te mostraré la casa.
Siguió a su tía a un salón grande con una chimenea en la pared más alejada. Aparte del sofá y del sillón de Verna, no había mucho más mobiliario. En el centro de la estancia, en el suelo, había varias cajas de cartón.
Se volvió hacia su tía.
—¿Es tuya?
Verna esbozó una sonrisa leve.
—Mía y del banco.
—No sabía que fueras tan en serio con lo del traslado —trató de no revelar dolor en la voz. No podía creer que su tía se hubiera comprado una casa y se hubiera mudado sin decírselo.
—Me cayó del cielo —expuso Verna—. Mi amiga decidió participar en un programa de intercambio de profesores con una escuela de Alemania. Sus hijos son adultos y planea comprar una casa cuando regrese.
—Jamás pensé que dejarías Mankato —recordó lo activa que había sido Verna en la pequeña comunidad de Minnesota—. Prácticamente conocías a todo el mundo en la ciudad.
—Tengo amigos aquí —llevó a su sobrina a la cocina.
La sonrisa de Paula se evaporó.
—Y familia —se apresuró a añadir Verna.
Paula resistió el impulso de suspirar. Así como en el fondo de su corazón sabía que su tía la quería, siempre se había sentido más como una obligación. Era parte del motivo por el que pensaba casarse por amor. Quería que el hombre con el que se casara estuviera tan loco por ella como lo estaría ella por él. Para variar, quería ser lo primero en la vida de alguien.
—Siéntate —ordenó Verna, señalando una mesa de roble ya preparada para el té—. Tomaremos el té y unas pastas antes de que te muestre la casa.
Paula se sentó y con la típica eficacia de su tía, al poco tiempo tuvo el té y, las pastas en los platos.
—Cuéntame qué has estado haciendo —Verna mordisqueó una pasta y en sus ojos se reflejó curiosidad—, ¿Sales con alguien?
—He salido un par de veces con un chico que he conocido en mi club de cocina. Es agradable.
«Agradable. No especial. No como Pedro».
Paula le habría mencionado a Pedro, pero Verna nunca había llegado a conocerlo, a pesar de sus repetidos intentos.
—¿Piensas pasar Acción de Gracias con él?
—Esteban no me lo ha pedido —repuso—. Pero si lo hiciera, tendría que decirle que no. Voy a prepararles la cena a Pedro y a Emma.
—¿Trabajas el día de Acción de Gracias? —frunció los labios en señal de desaprobación—. Seguro que ese hombre podría prescindir de ti un día o dos.
Paula se puso rígida y volvió a dejar la pasta que tenía en la mano en el plato. La tía Venia y Esteban siempre hacían que Pedro pareciera una especie de ogro, lo que distaba mucho de ser verdad. Emma y Pedro eran como familia. Quería celebrar la fiesta con ellos.
—Por supuesto que me daría el día libre si se lo pidiera —manifestó, incapaz de esconder la indignación que sentía—. Pero a mí me encanta cocinar y las fiestas son muy importantes para Emma...
Los ojos de Verna centellearon.
—También es el momento para que tú estés con tu familia.
De pronto Paula se dio cuenta de que eso no tenía nada que ver con Pedro. Era sobre Verna. Durante los últimos cinco o seis años, su tía había pasado el día de Acción de Gracias en Texas con una amiga íntima y su familia. Pero con el traslado, se encontraba sola en ese día señalado.
Paula alargó el brazo y cubrió la mano de su tía con la suya.
—Ven a pasar ese día con nosotros. Sé que a Pedro le encantará volver a verte.
—Hablas como si fuera tu casa — indicó Verna con pragmatismo seco—. Es el jefe, Paula, no tu marido.
Las mejillas de Paula la quemaron como si la hubieran abofeteado.
—Creo que sé quién es, tía Verna.
Sus palabras sonaron tan secas y cortantes como habían salido las de su tía.
—No pretendía enfadarte —los ojos de Venia fueron directos—. Pero me preocupas.
Paula soltó una risa breve.
—¿Preocuparte? ¿Por qué?
—Tienes veintiocho años. Es hora de que formes una familia propia.
—Pero...
—Escúchame — Verna alzó una mano—. Sé que disfrutas siendo la niñera de esa niña, pero los años pasan. Es hora de que empieces a pensar en ti misma, sobre lo que quieres de la vida.
«Quiero a Pedro».
Mantuvo la boca cerrada. No quería que su tía le dijera que necesitaba ser realista, ver la vida como era, no como deseaba que fuera.
—Quiero a Emma —indicó—. Pedro y ella son como familia.
—Llevas allí mucho tiempo —afirmó la mujer mayor—. Te has unido demasiado a ellos.
Por supuesto. Durante los últimos tres años. Pedro y Emma habían sido su familia.
Bebió un sorbo de té, miró a su tía a los ojos y se lanzó.
—Últimamente, Pedro ha dejado entrever que le gustaría salir conmigo. Quizá ver cómo podrían ir las cosas entre nosotros.
Verna cerró los ojos y tuvo un escalofrío visible.
—Una receta para el desastre.
—Puede que no —contradijo Paula—. Siempre nos hemos llevado muy bien.
—Porque eres su empleada. Sirves a ese hombre.
—Yo... —fue a protestar, pero calló. Esbozó una sonrisa pesarosa—. De acuerdo, lo reconozco. Me gusta mimar a Pedro.
Verna ni siquiera sonrió.
—Precisamente ésa es la razón por la que os lleváis tan bien —agitó la mano para recalcar sus palabras—. Él dice «salta» y tú preguntas «hasta qué altura».
—Olvidas que cuidar de él y de Emma es mi trabajo —protestó.
—¿Y qué me dices de esas otras mujeres con las que ha salido? Me parece recordar que me contaste que todo iba bien hasta que empezaban a pedir algo más.
—Sí, pero eso era diferente.
—¿En qué? —instó su tía—. ¿Te ha hablado de amor?
Paula se frotó el puente de la nariz, sintiendo un incipiente dolor de cabeza.
—Simplemente, es diferente.
Verna se adelantó y tomó las manos de Paula. En esa ocasión sólo había cariño y amabilidad en su mirada.
—Olvida la fantasía. Hazte una vida para ti. Encuentra a alguien que te quiera de verdad... y piense en lo que tú quieres. Antes de que sea demasiado tarde.
Paula se marchó de la casa de Verna sintiéndose irritable y de mal humor. Al tiempo que se decía que su tía no sabía de qué hablaba, los comentarios de ésta llegaban hasta sus temores más profundos.
¿Estaba loca al pensar que Pedro podría realmente amarla cuando ella había sido testigo presencial del amor que había sentido por Mel? ¿Su propio deseo la había cegado a la realidad de la situación?
El problema era que no podía negar que Esteban y su tía tenían una ventaja que ella no poseía. Podían distanciarse y realizar un juicio basado en los hechos y no en la emoción.
Cuando entró en el garaje, se había convencido de que había sido una tonta al pensar que a Pedro alguna vez podría interesarle casarse con ella. ¿Es que no había visto cómo habían ido las cosas con Brenda y con Melinda?
El Land Rover de Pedro se hallaba en el garaje. Necesitaba ponerle fin a su relación. Si las cosas iban más lejos, le resultaría imposible quedarse.
Y quena quedarse. En ese sentido Verna se equivocaba. No existía motivo alguno para que no pudiera continuar desarrollando su negocio de catering al tiempo que cuidaba de Emma y de Pedro. Y sin importar lo que pensaran los demás, no podía salir de la vida de Emma. Ella sabía lo que era perder a alguien a quien se quería. Sabía lo que era sentirse abandonada y sola en el mundo.
«Pero Emma no está sola. Tiene a Pedro».
Hizo a un lado ese pensamiento. Quizá se quedaba por ella misma, pero no había razón para que no pudiera tener una vida completa y propia y cuidar de Emma. Pero primero debía establecer algunos límites en su relación con Pedro.
Entró preparada para hacer exactamente eso, pero descubrió que él no se hallaba en la casa. Una nota en la cocina la informaba de que Emma pasaba el fin de semana con una amiga, aunque no mencionaba nada sobre el paradero de Pedro. Sólo sabía que con su coche en el garaje, debía de andar cerca.
La tensión le atenazó los hombros y el dolor de cabeza que se había insinuado en la casa de su tía comenzó a martillearle las sienes. Tragándose dos analgésicos, subió para relajarse unos minutos.
Después de cerrar la puerta de su cuarto, se quitó la ropa y fue al cuarto de baño para meterse en la bañera de hidromasaje. No supo cuánto tiempo se relajó en el agua perfumada, escuchando música, pero al salir, apenas notaba el dolor de cabeza.
Como era su día libre, decidió enfrascarse en un libro. Al azar, sacó una novela romántica y fue a la cama, donde pasó la siguiente hora leyendo.
Iba por la mitad del libro cuando el teléfono la devolvió a su entorno. Después de aguardar que sonara varias veces para comprobar si Pedro había vuelto e iba a contestar, alzó el auricular.
—Residencia de los Alfonso. Aquí Paula.
—Paula, soy Philippe, de Chez Gladines —la segura voz masculina delataba un leve acento francés—. ¿Cómo estás?
—Bien —logró responder sin tartamudear. Aparte de la entrevista inicial, había tenido poco contacto con Philippe.
—Tus pastas son tres magnifique —alabó—. Muy populares con los clientes.
Relajó la presión con la que sujetaba el auricular.
—¿Has llamado para...?
—Llamo para ofrecerte un trabajo a tiempo completo —dijo Philippe—. Me gustaría que te hicieras cargo de los postres y pastas del restaurante.
—Pero aún me quedan dos meses de mi período de prueba —expuso Paula.
—Ya has demostrado tu valía —afirmó Philippe con tono decisivo—. Ven el lunes para que hablemos del sueldo y los beneficios. Siempre que estés interesada, desde luego.
—Lo estoy —la cabeza comenzó a darle vueltas. Ser una chef a tiempo completo en un sitio como Chez Gladines había sido un sueño inalcanzable. Y en ese momento le ofrecían el puesto. El único problema era que el trabajo no encajaría con el de niñera—. Tengo otro trabajo a tiempo completo, pero por supuesto que estudiaré tu oferta. Puedo ir a verte el lunes.
—Te veré entonces —corroboró Phílippe—. Y, Paula...
—¿Sí, Philippe?
—De verdad espero que lo aceptes.
Cortó y se quedó allí sentada, aturdida. Varios de los camareros le habían mencionado lo bien que se vendían sus postres, pero jamás había pensado que eso llevaría a un puesto permanente.
Pero ¿qué pasaría con Pedro y Emma? Pedro le pagaba para cuidar de su hija y de la casa. ¿Cómo podría realizar los dos trabajos al mismo tiempo? «Muchas mujeres lo hacen», le susurró una voz en la cabeza.
Apretó los dedos contra las sienes, que habían vuelto a palpitarle. Se preguntó por qué tenía que ser tan complicada su vida.
Era su noche libre. Se negaba a estropearla pensando en lo negativo. Abriría una botella de vino, tomaría un par de copas para celebrar el ofrecimiento que le habían hecho y terminaría el libro que había estado leyendo. Ya pensaría en todas las implicaciones al día siguiente.
Recogió la bata que tenía al pie de la cama, se puso unas braguitas parecidas a unos pantalones para correr y un top y luego se ciñó la bata con el cinturón. Metió el libro en el bolsillo. Después de enfundarse unas zapatillas atigradas, bajó las escaleras.
Al llegar abajo, el palpitar de su cabeza había alcanzado proporciones de redoble de tambor. Se detuvo en la cocina y encontró unos analgésicos en el fondo de su bolso. Tragándose un par, miró el reloj. Le daría media hora a las pildoras. Si dos no funcionaban, subiría la dosis de acuerdo con la dosis autorizada por el prospecto.
Sacó una botella de vino del anaquel. Después de servirse una copa, el largo tramo de escaleras hasta su dormitorio le resultó poco atractivo. Decidió quedarse en la planta baja y relajarse en la sala de estar.
En la estancia restaurada había una atmósfera fantástica, por no mencionar un sofá y una chimenea espléndidos. Aunque la bata que tenía era gruesa y acogedora, la temperatura de la casa estaba fresca. La idea de estar ante el calor de una chimenea de repente le resultó irresistible.
Después de encender la chimenea de gas en cuestión de minutos, se sentó en el sofá. Tenía una copa de vino en una mano y el libro en la otra. Pero le resultó difícil concentrarse.
A pesar de su determinación, los pensamientos vagaban a las decisiones con las que se enfrentaba.
Sintió el corazón en un puño y unas lágrimas por la mejilla. ¿Cómo podía dejar a Emma? No podría querer más a la pequeña aunque fuera su propia hija. Y Pedro... ¿Cómo decirle adiós?
No era justo. ¿Para cumplir un sueño tenía que abandonar otro? ¿O no? Mel había sido una mujer con una sólida carrera profesional. ¿Pedro la apoyaría?
El martilleo en su cabeza aumentó y a pesar de saber que sólo empeoraría las cosas, no pudo contenerse. Se puso a llorar.
Ayyyyyyyyyy, pobre Pau, qué angustia!!!!
ResponderEliminarpobre pau!!! muy bueno el capítulo.
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