viernes, 4 de abril de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 8



ALGO huele bien. Paula alzó la vista de la plancha y vio a su jefe. —Tortitas. Con arándanos.


Emma levantó la vista de su plato.


—Y Paula incluso ha calentado el sirope.


—Vaya —Pedro sonrió—. Siento como si hubiera muerto e ido al cielo.


A Paula el corazón le dio un vuelco.


—No quiero que vayas allí —la sonrisa de Emma titubeó y soltó el tenedor con miedo—. Quiero que te quedes aquí conmigo.


Conmovida, Paula alargó el brazo y revolvió el pelo de la pequeña.


—Tu papá no irá a ninguna parte, pequeña. No es más que su manera de decir que le gustan las tortitas.


—Paula tiene razón, princesa —le dio un beso en la cabeza a su hija y le dedicó una mirada de agradecimiento a ella antes de sentarse a la mesa.


Paula puso una taza humeante de café ante Pedro, pero éste siguió hablando con Emma y ni siquiera alzó la vista. Su corazón se emocionó al verlos juntos. Cuando sus propias tortitas estuvieron hechas y se unió a los dos, Emma reía entre dientes.


Acababa de beber el primer sorbo de café cuando sonó la bocina del autobús del colegio. En cuestión de minutos, Emma se levantó y corrió hacia el vehículo amarillo con una sonrisa feliz en la cara.


Después de cerciorarse de que la pequeña se hallaba segura en el autobús, Paula regresó a la cocina. No le sorprendió encontrar a Pedro todavía a la mesa. Su mirada le indicó que había permanecido adrede con la intención de hablar. Y sabía bien qué tema quería tratar.


Fingió no notarlo y se tomó su tiempo en servirse sirope.


—¿Tienes planes para hoy?


—Estaré en la ciudad —gesticuló como si apartara un mosquito molesto con la mano.


Paula cortó un trozo de tortita.


—Se supone que hoy hará un calor irracional.


Por el rostro de él cruzó una expresión de exasperación.


—No quiero hablar del tiempo. No cuando hay cosas más importantes que discutir.


La impaciencia mostrada era tan típica de él que no pudo evitar sonreír.


—Oh, de acuerdo —dijo en su tono más altivo.—Supongo que te daré una oportunidad.


La sorpresa aleteó en las facciones de Pedro.


—¿Lo harás?


Percibió incredulidad en su voz y el corazón le palpitó con fuerza. Después de tragar la pieza de tortita que de repente parecía del tamaño de una pelota de béisbol, forzó un tono indiferente.


—A menos que no hablaras en serio. Quiero decir, si sólo bromeabas...


—Claro que no bromeaba —dijo, como si se sintiera molesto de que pudiera pensar algo semejante—. Sólo estoy sorprendido. Imagino que creía que ibas a rechazarme.


Paula frunció el ceño.

—Pero me hace feliz que hayas dicho que sí —se apresuró a añadir pedro.


—Bien —con un dedo, Paula trazó un patrón imaginario sobre la mesa—. ¿Adonde vamos desde aquí?


Él bebió un sorbo de café y se reclinó en la silla.


—¿Qué te parece la fiesta de mi empresa en el Palmer House el viernes por la noche?


Paula lo miró. Sabía que esa fiesta siempre era una celebración elegante. O bien representaría un comienzo fabuloso para los dos o bien un choque de trenes. Pero ya no iba a permitir que el miedo la frenara.


Sonrió.


—Es una cita.


Los candelabros del salón de baile del Hotel Palmer House resplandecían y el aroma a flores frescas llenaba el aire.


El tintineo de las copas de cristal se entremezclaba con el sonido de risas y conversación. Mientras Paula se hallaba a la entrada de la gran sala y observaba a la multitud de hombres con esmoquin y mujeres con vestidos deslumbrantes, sintió un nudo en la garganta. ¿En qué había estado pensando?


El lugar bullía con gente importante... hombres y mujeres con los que Pedro trataba a diario. A algunos los había conocido... como su niñera. Sabía lo que pensarían cuando la vieran a su lado. O bien que Pedro había perdido la cabeza... o bien que se acostaba con la niñera y ella lo había obligado a que la invitara.


Estaba a unos segundos de huir de allí cuando él le tomó la mano. El corazón le dio un vuelco y lo miró.


Él sonrió.


—Me alegro mucho de que me acompañaras.


—¿Sí? ¿Por qué?


Rió y se le formaron arrugas en torno a los ojos.


—Porque siempre me lo paso bien cuando estoy contigo.


La tensión y la ansiedad, que hasta entonces la habían atenazado, se mitigaron y se relajó por primera vez desde que salieron de la casa. Pedro tenía razón. Siempre se divertían juntos. Esa noche no sería una excepción.


—¿Quieres una copa de vino?


Pedro se acercó para protegerla de un borracho inestable con voz alta y una copa en cada mano.


Incluso después de que el hombre pasara, permaneció cerca.


Nerviosa, apartó la vista, ya que no quería que viera el deseo en sus ojos. Se alisó la falda del vestido negro de noche. Era el mismo que se había puesto cuando le preparó la cena a Esteban, pero si Pedro lo había notado, se había mostrado demasiado cortés como para mencionarlo.


Una vez que tomó el control de sus emociones, alzó la vista.


—Me encantaría un poco de vino. Preferiblemente, tinto.


pedro memorizó la alta columna blanca a la espalda de Paula.


—No te muevas —le dio un beso rápido en los labios—. Vuelvo enseguida.


Paula se llevó un dedo a la boca y se preguntó si tendría alguna idea del efecto que surtía en ella. Cómo la hacía...

—¿Paula? —una voz femenina la devolvió al presente—. Casi no te reconozco. ¿Qué haces aquí?


Volviéndose, se centró en la fiesta y le dedicó una sonrisa a Brenda Northcott.


—He venido con Pedro.


Impulsivamente, abrazó a la bonita rubia. Como de costumbre, a Brenda se la veía fabulosa con su vestido verde esmeralda que resaltaba al máximo su figura esbelta.


En la frente perfecta de Brenda apareció un leve ceño.


—Me pareció oír que Pedro iba a venir solo.


—Cambió de parecer —repuso con tono ligero—. ¿Con quién vienes tú?


Según Pedro, la fiesta era para la empresa de arquitectura y sus clientes. Brenda trabajaba como abogada para una empresa financiera, o al menos así era la última vez que había hablado con ella.


—Con Jake —respondió Brenda.


Paula trató de ocultar su asombro. Al ser uno de los mejores amigos de Pedro, Jake a menudo había estado en la casa y ella lo conocía bastante bien. O al menos tan bien como quería conocerlo. Jamás le había gustado el modo en que la había mirado, como si la imaginara desnuda, ni los comentarios sugerentes que le había hecho cuando Pedro no se hallaba presente.


—Es un poco pegajoso —Brenda se encogió de hombros—. Pero quería venir a la fiesta y él era mi entrada.


—No he dicho que hubiera nada erróneo con él — se apresuró a exponer Paula.


—No hacía falta —Brenda rió—. Pude verlo en tus ojos.


—Es pegajoso —reconoció Paula.


—Mucho —recalcó Brenda.


Las dos rieron.


—¿Por qué deseabas tanto venir a esta fiesta? — inquirió Paula—. Quiero decir, está bien y todo eso, pero...


Por lo que a ella concernía, la mujer tenía que estar desesperada para ser acompañante de Jake.


Brenda volvió a encogerse de hombros.


—Había alguien a quien esperaba ver esta noche aquí. Pero... es inútil. Siempre ha tenido ojos para otra. Es una pena que ella me caiga bien.


—Vaya, vaya, dos damas hermosas —Jake se situó al lado de Brenda y miró de forma lasciva a Paula—. Se te ve de-li-cio-sa.


Paula le dedicó una sonrisa cortés.


—Hace tiempo que no se te ve.


—He estado ocupado —repuso Jake—. A diferencia de Pedro, yo no tengo quien me sirva cuando llego a casa por la noche.


Paula no supo lo relevante que era la respuesta a su comentario, pero era evidente que Jake quería establecer un punto. Si el objetivo que tenía era recordarle su lugar en la jerarquía social, lo había logrado.


Sintió que alguien le tocaba el hombro y se volvió. Pedro se situó a su lado y le entregó la copa de vino.


—Esta noche, querida, es mi turno para servirte.


Brenda soltó un suspiro resignado.


Aunque el tono de Pedro era ligero y sus labios exhibían una sonrisa relajada, la tensión en su mandíbula le indicó que el comentario de Jake no le había resultado divertido.


Bebió un sorbo de vino y al alzar la vista, vio que Jake miraba descaradamente su escote y Brenda a Pedro.


Los ignoró a ambos y se dirigió a Pedro.


—¿Te apetecería bailar?


—Me encantaría —Pedro dejó la copa en una mesa cercana y extendió la mano.


Paula dejó su copa al lado de la de Pedro y le tomó la mano, despidiéndose de Brenda con una sonrisa. Seguía sin saber a quién había ido Brenda a ver a la fiesta, pero albergaba una sospecha. Sin embargo, Pedro la había elegido a ella.


La pista de baile estaba atestada, lo que hizo que Paula no se sintiera conspicua. En vez de que todo el mundo notara su manifiesta falta de ritmo, Pedro  y ella eran otra pareja moviéndose al ritmo de la música que tocaba la orquesta.


¿Había algo más atractivo que un hombre magnífico con esmoquin? El contraste de la almidonada camisa blanca con la tela negra del esmoquin, unido a su maravilloso rostro, le desbocó el corazón.


Y cómo olía... El simple hecho de inhalar la colonia de Pedro hacía que el corazón le latiera aún más deprisa. La sensación de sus brazos fuertes alrededor de ella le dio vida a los recuerdos de la última vez que lo había tenido tan cerca. Como en ese momento.


Apoyó la mejilla en su pecho.


—Creía que me habías dicho que no bailabas —se burló él.


—Te mentí. He bailado antes —sintió el corazón en un puño por el recuerdo—. Con mi padre. Ponía música, me alzaba del suelo y nos movíamos al son de la música.


—Yo hago eso con Emma a veces —comentó.


Aunque no levantó la cabeza, percibió la sonrisa en la voz.


—Eres un buen padre —afirmó.


—No lo sé. No lo hice muy bien cuando Mel murió.


La emoción que transmitió la voz hizo que proyectara todo su corazón hacia él.


—Fue duro —continuó Pedro—. Emma me recordaba tanto a Mel... Todavía lo hace. Aún me recuerda lo que he perdido.


Paula no necesitó cerrar los ojos para recordar aquellos momentos. Pedro había estado embargado por la conmoción y el dolor. Paula había estado confusa y asustada. El hecho de que ella hubiera perdido a su padre a temprana edad la ayudó a conectar con la niña... y con un Pedro angustiado.


—Fue difícil para todos —comentó.


—No habría podido hacerlo sin ti.


—Sí habrías podido —afirmó con rotundidad. Pedro era bueno y fuerte y encaraba sus desafíos sin rodeos.


Su propio padre había sido así. Al separarse de su madre, se había encontrado con la custodia única de ella. El amor que le había dedicado había sido constante y lo único que Paula había necesitado.


—Me recuerdas mucho a mi padre.


—¿A tu padre?


Su expresión habría sido graciosa en cualquier otro momento.


—Para —lo volvió a pegar a ella y comenzó a bailar a pesar de saber que se había ruborizado—. Me refería a que eres un gran padre. Igual que lo fue el mío.


—Vaya —fingió secarse sudor de la frente—. Es un alivio.


—Era un buen hombre —fue lo único que se le ocurrió decir a Paula.


—Háblame de él —pidió Chris con voz baja—. Sé que dijiste que murió cuando tú tenías la edad de Emma, pero apenas sé más que eso.


Paula titubeó. Había pasado tanto años sin hablar de él, que le resultaba difícil saber por dónde empezar.


—Era maravilloso —afirmó—. Mi madre lo odiaba. Mi tía no lo conocía, pero me dijo que olvidara el pasado y me centrara en el futuro.


—No puedo imaginar lo duro que sería para Emma sí me pasara algo —musitó Pedro casi para sí mismo.


—No te va a pasar nada —se apresuró a decir ella—. Pero si sucediera algo, te prometo que haría lo que estuviera en mis manos para darle a Emma una vida feliz. Ya sabes lo que significa para mí.


—Una persona no tiene que ser familia para criar y querer a un niño —expuso con convicción.


—Tienes razón —convino Paula—. De hecho, al mirar hacia atrás, preferiría a una desconocida antes que a mi madre, con los ojos cerrados.


LEAN EL SIGUIENTE..


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