lunes, 24 de marzo de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 4



ENTIENDO que estés alterada por la muerte de tu vecino en un accidente de coche —dijo Pedro con voz serena, apretando el auricular con fuerza.



Había mostrado su simpatía durante los primeros veinte minutos de la llamada de su suegra, pero empezaba a agotársele la paciencia. La última media hora no había dejado de hablar de George, el vecino, y de cómo no habría muerto si le hubiera hecho caso y no hubiera montado en la moto una vez que había oscurecido.



Tampoco ayudaba que él tuviera un fin de semana especialmente miserable. El viernes por la noche Paula había salido con Esteban y Emma se había mostrado malhumorada.



Ese día había pensado que quizá, después de desayunar, todos fueran a patinar junio al lago y quizá almorzaran en el Muelle de la Marina, pero una vez más Paula tenía planes con Esteban. No pudo evitar preguntarse si lo esquivaba deliberadamente...



—... por el bien de Emma.



Sobresaltado, descubrió que mientras sus pensamientos se perdían, Gwen había seguido sin parar.



—¿Qué has dicho sobre Emma? —relajó la mano en torno al auricular.



No había nada que le gustara más que hablar de Emma con los cariñosos abuelos de la pequeña. De hecho, en los últimos treinta minutos había tratado de llevar la conversación hacia Emma, pero sin éxito.



—He dicho que te cerciores de que en tu testamento nos nombres tutores de Emma si te pasara algo a ti.



—No me va a pasar nada —forzó una risa.



—Todos pensamos eso — indicó Gwen pero George no planeó morir, y tampoco mi hija.



Aunque Gwen jamás lo había manifestado de forma abierta. Pedro sabía que lo culpaba de la muerte de Melody. Ésta no se habría quedado embarazada una segunda vez si él no hubiera insistido en que quería otro hijo.



—Ya he cuidado de Emma —afirmó.



Un momento de silencio aturdido llenó la línea.



—Me sorprende que tu madre lo aceptara —dijo Gwen—. Con su nuevo marido y todo eso.



—De hecho, mi madre no pensó que tuviera la energía suficiente para una niña —se había sentido decepcionado pero había agradecido la sinceridad de su madre—. Una persona aquí en Chicago ha aceptado criar a Emma si me sucediera algo.



Después de que su madre se negara. Pedro se lo había pedido a Paula y ésta había parecido emocionada por el ofrecimiento.



—¿Una persona? —la voz de Gwen se alzó—. ¿De quién se trata? ¿La conozco?



Pedro titubeó. Gwen había sido rica toda la vida y en su mente una niñera era una criada y, como tal, nunca sería considerada una persona apropiada para ser tutora de su propia nieta.



—Emma tiene que estar con la familia —continuó ella cuando Pedro no respondió.



Gwen y Phil habían querido a su hija y querían a Emma. Por desgracia, podían ser duros e intransigentes en sus puntos de vista y no le cabía duda de que, con el tiempo y la oportunidad, acabarían por aplastar el espíritu delicado de Emma.



Incluso en ese momento, tenía que supervisar cómo interactuaban con su hija. Comparaban a Emma con Melody en todo momento y Emma jamás daba la talla.



—La decisión está tomada —afirmó Pedro—. No voy a cambiarla.




— Bueno, si sucede algo, ese amigo tuyo tendrá una pelea en los tribunales —la voz de Gwen sonó gélida—. No dejaremos que nos arrebaten a nuestra nieta. Y da la casualidad de que sé que los familiares tienen más peso en los casos de custodia.



Los nudillos de Pedro se pusieron blancos ante el manifiesto desprecio que mostraba por sus deseos.



«Vamos, Pedro, sé que pueden ser difíciles, pero muéstrate amable con ellos. Por favor, hazlo por mí».



El recuerdo del ruego familiar de Melody frenó su réplica seca. Se obligó a emplear un tono conciliador.



—Gwen, ha sido estupendo hablar contigo, pero he de irme —soslayó el murmullo de protesta . Saluda a Phil de mi parte.



Colgó antes de que pudiera soltar olía palabra — Aunque tenía mil cosas que hacer, no movió un músculo. Con la vista clavada en el teléfono, maldijo la arrogancia de su suegra y se preguntó qué diablos iba a hacer en ese momento.



Estaba sentado a la mesa de la cocina tratando de leer el diario, pero su mirada no paraba de desviarse hacia Paula. Había regresado de la tarde pasada con Esteban de buen humor. Tenía la piel rosada por el sol y los ojos verdes centelleaban como esmeraldas. Pensó que se la veía inusualmente bonita.



Al inclinarse para introducir la fuente en el horno, descubrió que miraba fijamente esos muslos suaves y las curvas redondeadas de sus pechos.



Respiró hondo. Se dijo que eso tenía que parar. Odiaba que su mirada se demorara en esas piernas largas y flexibles. Y no le gustaba notar el modo en que la blusa se ceñía a cada curva ni lo deliciosas que eran esas curvas.



Durante tres años había sido la niñera de su hija. Y de repente, se había dado cuenta de que también era una mujer.



Ajena a la agitación que estaba causando su belleza, Paula cerró la puerta del horno y se volvió.



—¿Te he dicho lo mucho que me gusta este horno de puertas dobles?



La blusa de algodón acentuaba los pechos plenos y generosos, y durante un momento fugaz, Pedro se preguntó cómo estaría desnuda. Se le resecó la boca y necesitó toda su fuerza de voluntad para sonreír y concentrarse en la pregunta.



—Sólo un millón de veces.



Ella rió.



—Creo que exageras un poco.



El sonido de su risa lo hizo sonreír. No tenía ninguna duda de que el motivo por el que se había sentido tan feliz en la casa tenía mucho que ver con la cocina. El año anterior la había restaurado por completo y Paula había supervisado la construcción. Como era ella quien principalmente la usaba, había resultado lógico que fuera Paula quien le diera el visto bueno a todos los electrodomésticos.



Había quedado encantada con los resultados acabados y en un momento de puro júbilo, le había rodeado el cuello con los brazos y lo había abrazado. El no le había dado mayor importancia. Después, Paula se había sentido avergonzada, pero Pedro lo había entendido. Acababan de entregarle su cocina soñada en bandeja de plata.



Pero en realidad no era su cocina.



Quizá por eso Paula seguía saliendo con Esteban. Era una mujer pragmática. El Hombre Lasaña quizá no le desbocara el corazón, pero podía ofrecerle compañía y un hogar propio permanente.



«Pero también yo...».



El pensamiento le sorprendió. Lo desterró pero de inmediato regresó como un bumerán. En esa ocasión analizó la idea. Paula y él compartían muchos intereses en común y, lo que era más importante, los dos adoraban a Emma. En cierto sentido, que se unieran tenía su propio tipo de lógica.




Miró la hora y fue al porche de atrás. Cuando Paula regresara a casa, la estaría esperando.



Paula miró por la ventana del apartamento con vistas al lago de Esteban Mitchel. Las luces de Chicago parpadearon. Toda la velada se había sentido hipnotizada por el paisaje.



Sonrió. Había sido una velada maravillosa, gracias a su gentil anfitrión. Se volvió para decírselo, pero antes de que las palabras pudieran salir de sus labios, Esteban alargó el brazo por la mesa del comedor y le tomó la mano.



No le sorprendió que él se dejara llevar por la atmósfera. Aunque no era esa su finalidad, la velada había adquirido un giro decididamente romántico. El cristal centelleaba a la luz de las velas y la música clásica de fondo potenciaba la atmósfera.



—La cena ha estado deliciosa —a la tenue luz, los ojos de Esteban parecían más negros que grises—. Realmente te has superado.



Paula resistió el impulso de retirar la mano. No es que le molestara estar así con Esteban, pero no quería que él se hiciera la idea equivocada. Después de todo, había hablado en serio cuando le dijo a Pedro que Esteban y ella sólo eran amigos de cocina. Aunque empezaba a dar la impresión de que Esteban podía llegar a querer más...



—Sencillamente fabulosa —musitó él, con la vista clavada en ella—. Tienes el toque perfecto.



Con el dedo pulgar le acarició la palma de la mano y a punto estuvo Paula de inhalar el Merlot que en ese momento bebía.



¿Qué estaba pasando? Las estrellas debían de hallarse en una alineación peculiar. Primero, se había encontrado casi babeando por Pedro, y en ese momento Esteban, que siempre había respetado los límites establecidos por ella, parecía decidido a adentrarse en territorio nuevo.



Tuvo la sensación de que parte de la culpa era suya. Dos semanas atrás, cuando Esteban la había llevado a un elegante restaurante francés, había mencionado por casualidad lo cansada que estaba de preparar las mismas comidas aburridas que eran las predilectas de Pedro y Emma. Para variar, anhelaba soltarse y probar recetas atrevidas y divertidas.



Esteban había aprovechado de inmediato la idea. Había sugerido que cada semana se turnaran en prepararse una comida elegida por ellos. La semana anterior él le había obsequiado una velada fabulosa de comida hindú.



Esa noche había sido el turno de ella para brillar. Pero cuando había aceptado el plan, no había tomado en cuenta dónde prepararía el plato cuando fuera su tumo. Después de todo, no podía usar la cocina de Pedro para agasajar a Esteban.



Al comentárselo a éste, él simplemente había sonreído y le había ofrecido que usara su casa. Por desgracia, la única noche viable para Esteban era la del domingo, día que por lo general Paula reservaba para Pedro y Emma. Pero Esteban se iba de la ciudad por negocios durante dos semanas y había insistido en que no podía esperar tanto tiempo para degustar la exquisitez que le iba a preparar.



—Paula —la voz profunda y ronca de Esteban la sacó de su ensimismamiento—. ¿Te he dicho lo hermosa que estás esta noche?



Paula alzó los ojos y vio los de él clavados en el escote del vestido azul de cóctel. El rostro se le encendió bajo la mirada de admiración de Esteban y se movió incómoda en la silla. Vestirse de manera formal para la cena había sido idea de Esteban. Ella lo había aceptado con renuencia, aunque había decidido aceptar la sugerencia.



Desde luego, había ayudado a establecer la atmósfera elegante y romántica. La primera vez que la había ¡levado allí, había quedado deslumbrada con la vista y el apartamento. En clase, él llevaba vaqueros y parecía otro entusiasta de la comida. Sí, había sabido que era abogado, pero no que fuera tan rico. O tan... atractivo.



El esmoquin que lucía resaltaba su complexión delgada y musculosa. Como Pedro, tenía el pelo oscuro y corto, pero en vez de ojos azules, los suyos eran de un gris penetrante. Podía entender por qué tenía tanto éxito en los tribunales. A esos ojos no se les escapaba nada.

—Me siento halagada —repuso. —No crees en mi cumplido —frunció el ceño desconcertado—. ¿Por qué?



En esa ocasión cedió al impulso y apartó la mano para retirarse con gesto nervioso un mechón de pelo extraviado.



—¿Hermosa? —forzó una sonrisa—. Vamos, Esteban. Hasta tú tienes que reconocer que los kilos extra y las pecas me sitúan en el abanico de mujeres agradables pero no hermosas.



Hizo la observación sin el menor atisbo de astucia y engaño. No buscaba más cumplidos. Sencillamente, exponía unos hechos contrastados.



No obstante, casi había esperado que Esteban lo discutiera. Pero él rió.



—No me extraña que me gustes tanto.



Otra vez el cambio al terreno personal. Y esa mirada encendida le dijo que si no la apagaba en ese instante, la situación podría tornarse incómoda.



—¿Te he dicho que Chez Gladines, en el Muelle de la Marina, se ha puesto en contacto conmigo para que les proporcione pastas francesas en fase de prueba? —no pudo contener la nota de orgullo—. Al parecer, su chef era una verdadera prima donna con un sueldo de escándalo. Cuando los dejó, decidieron darme una oportunidad.



Aunque el encargado del restaurante no había establecido ningún compromiso a largo plazo, al menos ya había introducido un pie.



—Felicidades —una sonrisa partió el rostro de Esteban—. Ojalá lo hubiera sabido antes, te habría, llevado por ahí para celebrarlo.



Había demorado mencionárselo por ese mismo motivo. No quería darle la oportunidad de que se comportara como un novio. La última vez que habían comido fuera, se había negado a permitirle pagar su parte. Si fuera su novio, dejará que la invitara. Pero sólo eran buenos amigos y así era como quería que siguiera siendo.



Observó su rostro atractivo. Esteban era un hombre estupendo, con todas las cualidades que buscaba en un hombre. ¿Por qué no podía gustarle más que un amigo? ¿Por qué no podía amarlo? ¿Qué la frenaba?



Sonrió y alargó la copa para que le sirviera más vino.



Después de hacerlo, Esteban se reclinó en la silla y la miró con curiosidad.



—¿Y qué ha dicho el Rey Pedro?

Paula puso los ojos en blanco. Esteban jamás había conocido a Pedro, pero había analizado algunos de sus comentarios y llegado a la conclusión de que no le caía bien. Como cuando mencionó de pasada lo mucho que le gustaba a pedro que le sirvieran, nunca había esperado que Esteban tomara el gracioso e insignificante incidente de esa manera y le diera tanta importancia.



—¿Se mostró contento por ti? —insistió.



Paula se encogió de hombros y bebió un sorbo de vino.



—Aún no se lo he mencionado.



—¿Por qué no? —enarcó una ceja con gesto de sarcasmo—. ¿Estabas demasiado ocupada haciéndole el café?



—Hacer el café paga mis facturas —mantuvo su tono de voz deliberadamente ligero, negándose a dejar que la arrastrara a algo que ya habían discutido.



—Sé por qué no se lo has dicho. Tienes mié...



—La oportunidad no ha surgido —cortó con lentitud y precisión para no dejar lugar a ningún malentendido—. Pero cuando se lo diga, y no dudes de que pienso hacerlo, sé que se mostrará contento por mí.



—No te engañes —una preocupación auténtica se reflejó en los ojos de Esteban—. Si fuera por él, nunca te marcharías. Jamás crecerías ni harías otras cosas. Tú también te mereces tus propios sueños, Paula.



La inesperada vehemencia en la voz de Esteban le sorprendió. Pero simplemente sonrió, porque sabía que su intención era buena. Aunque se equivocaba acerca de Pedro... y de ella.




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