jueves, 1 de mayo de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 15



PAULA bebió un sorbo de vino y contempló su mano. La luz en el restaurante italiano quizá no fuera la mejor, pero la piedra seguía brillando. Alzó la vista y vio que Pedro la observaba con una sonrisa.


—Tienes unos ojos preciosos —comentó—. Se tornan luminosos al mirar el anillo.


Paula se ruborizó y no supo cómo responder. Probablemente, él pensaba que estaba siendo ridícula, quedando atontada por un diamante. Pero no era sólo el anillo, era el sentimiento que había detrás.


—No era mi intención avergonzarte —le tomó la mano por encima de la mesa—. Me hace feliz verte tan entusiasmada. Yo también lo estoy. Vamos a tener un gran matrimonio.


Claro que iban a tener un gran matrimonio. Con el amor como base...


Los pensamientos de Paula se paralizaron. Cuando hicieron el amor, cuando él se declaró, cuando volvieron a la cama para celebrarlo, ni una sola vez Pedro había dicho. «te amo». Lo sabía porque había estado esperando que sellara su unión con esas palabras. Sin embargo, ¿cómo podían haber conectado de manera tan profunda en la cama si el amor no se hallaba en la base de su relación?


—Un dólar por tus pensamientos —le acarició el dorso de la mano con el dedo pulgar.


Se sintió culpable. Se suponía que era una celebración. No podía estropearla pensando quién iba a pronunciar primero esas dos palabras.


—Dímelos —dijo Pedro.


—Pensaba en mi conversación con Philippe —entonces, había temido tener que elegir entre el trabajo o Pedro y Emma; en ese momento, le hacía feliz saber que podría tenerlo todo.


Pedro le soltó la mano y bebió un poco de vino.


—No le dediques ni un momento más. Él se lo pierde.


—No lo entiendes —no pudo esconder la nota de orgullo en su voz—. Philippe me ofreció un trabajo a tiempo completo. Mis postres han tenido un gran éxito y me ha pedido que me ocupe de todos los postres del restaurante.


—Vaya —se pasó una mano por el pelo y se reclinó en la silla, pareciendo más aturdido que complacido por la noticia—. No sé qué decir.


—¿Qué tal «felicidades»? —la decepción por su falta de entusiasmo hizo que la voz le saliera más severa de lo pretendido—. Philippe podría haberle ofrecido el puesto a otra docena de chefs.


—Lo siento. Felicidades —dijo con tono sincero de disculpa—. No me sorprende que te quieran. Eres una chef estupenda.


El corazón de Paula se inflamó con la alabanza y sintió que su irritación se desvanecía.


—Gracias, Pedro.


Él se llevó una pieza de ravioli a la boca.


—¿Qué te dijo cuando lo informaste de que no podrías aceptarlo?


Paula estuvo a punto de atragantarse. Bebió un poco de agua y se irguió, tomándose un momento para recobrarse antes de contestar.


—¿No quieres que lo acepte? —la decepción sonó clara en su voz.


—¿De verdad lo estás tomando en consideración?


Obvió la sorpresa y la incredulidad en su voz y asintió.


Los ojos de Pedro se volvieron reservados.


—Necesitas hacer lo que es mejor para ti.


—No —apoyó los brazos en la mesa—. Ya no se trata sólo de mí. Cuando te casas, la felicidad de la otra persona debería ser tan importante como la propia. Diste por hecho que no aceptaría el trabajo. Necesito saber cuáles son tus reservas.


Con expresión aún reservada, Pedro se limpió las comisuras de los labios con la servilleta de algodón.


—Llámame egoísta, pero me gusta tenerte cerca. Como Emma está en el colegio todo el día, sé que has tenido más tiempo libre. Pero cuando nos casemos, esperaba que pusiéramos manos a la obra para darle a Emma un par de hermanos...


Calló y Paula se dio cuenta de que debía de parecer tan sobresaltada como se sentía.


—A menos que no quieras hijos —prosiguió él—. Nunca lo hemos hablado, pero sé lo mucho que te gustan los niños. Di por hecho que querrías tener uno o dos hijos...


Paula sintió un nudo en la garganta. Pedro quería que tuviera su hijo. Se llevó la mano al vientre liso. Se preguntó cómo sería tenerlo dentro. No pudo imaginar nada más hermoso que un bebé se creara a partir del amor que compartían.


Realmente la amaba. Las lágrimas le llenaron los ojos.


—Eh —él le tomó la mano—. Si no quieres...


—Me encantaría tener un bebé —la voz le tembló de emoción—. De hecho, quiero un montón de bebés. Un batallón.


—Bien —dijo aliviado—. Tema zanjado.


En la bruma feliz que la envolvía, Paula tardó un segundo en comprender que no sólo había aceptado tener un bebé, sino también abandonar su carrera. Experimentó un aguijonazo momentáneo. Aunque se quedara embarazada de inmediato, pasaría casi un año hasta que el bebé llegara. Durante ese tiempo, podría adquirir una gran experiencia en Chez Gladines. Por no mencionar unos contactos que podrían ser inapreciables si elegía continuar con su propio negocio de catering.


—¿Quieres ir a casa y que hagamos un bebé esta noche?


La voz profunda de Pedro atravesó la niebla densa.


Aturdida, alzó la vista. El calor de su mirada le quemó la piel y le encendió las entrañas.


—Aún no estamos casados —dijo Paula.


Quedarse embarazada sería otro compromiso aún mayor. Aunque en ese momento, meterse en la cama y concebir un bebé era lo que quería hacer.


—No hay problema —dijo Pedro—. Podemos sacar la licencia mañana y casamos al día siguiente. A menos —añadió como una ocurrencia tardía—, que quieras una ceremonia grande.


Por el modo en que lo dijo, quedó claro que no sería lo que él preferiría. Mientras una parte de ella quería una boda grande con un vestido blanco de cola larga, la parte sensata le dijo que eso sería una tontería. Aparte de la tía Verna, no tenía familia y apenas un grupo de amigos.


—No —convino—. Pero sí quiero casarme en una iglesia y celebrar una pequeña recepción.


—Podemos conseguir la licencia esta semana — dijo él—. Y casarnos el fin de semana.


A Paula le dio vueltas la cabeza, incapaz de asimilar la idea de que a esa misma hora la semana siguiente, sería la esposa de Pedro.


A la mañana siguiente volvieron a hacer el amor, sabiendo que sería la última vez hasta después de la boda. Una vez que Emma regresara de la casa de la amiga, los dos se quedarían en sus respectivos dormitorios.


Después de vestirse, Paula iba a dirigirse hacia la puerta, pensando ya en lo que iba a preparar para comer, cuando Pedro le tomó la mano.


—No tan rápido —sonrió—. ¿Qué te parece si vamos a la pastelería? Podrías tomar una de esas magdalenas de chocolate que tanto te gustan y yo sentarme a admirar tu belleza bajo las luces fluorescentes.


Paula rió ante el absurdo cumplido.


—Sería como una cita —comentó con alegría.


La mano de él le coronó la mejilla y le dio un beso leve en los labios cálidos.


—Una cita con mi casi esposa.


Paula se sintió encantada. Usaba esa palabra como si le gustara el sonido tanto como a ella. Ese día empezarían a anunciarlo. Ella llamaría a la tía Verna. Pedro a su madre y a los padres de Mel. Entonces sería oficial.


Una vez en la calle, hacía una temperatura agradable y sobre su cara brillaba el sol. Hasta la brisa tenía cierta calidez.


Caminar por la calle tomados de la mano hizo que la embargara la felicidad. Tuvo ganas de silbar. Si hubiera tenido mejor voz, tal vez se habría animado a ponerse a cantar.


Impulsivamente, se—detuvo y se acercó a Pedro. Lo abrazó y le dio un beso prolongado en los labios.


—Vaya —dijo él con una amplia sonrisa—. ¿Y eso a qué se ha debido?


—A que me siento muy feliz —respondió Paula.


Pedro le acarició la mejilla con un dedo.


—Yo me siento igual.


Le tomó la mano y continuaron así calle abajo.


—¿Sabes lo que es una locura? —preguntó Paula después de que hubieran recorrido otra manzana—. Cuando la gente solía hablar de encontrar su alma gemela, siempre me parecía una idea sensiblera. Pero ahora lo entiendo. Es exactamente lo que yo siento por ti.


Pedro le apretó los dedos de la mano, pero no tuvo la oportunidad de hablar porque habían llegado a la pastelería y con galantería se adelantó para abrirle la puerta a la mujer que tenían delante.


La mujer, una morena escultural con destellos de gris en el cabello, giró la cabeza. En vez de cruzar la puerta, hizo una pausa y esbozó una amplia sonrisa.


—Vaya, Pedro Alfonso, qué sorpresa —le dedicó un guiño exagerado—. Nuestro segundo encuentro en dos días.


A su lado, Paula sintió que Pedro se ponía rígido, aunque la sonrisa que mostraba era cálida.


—Me alegro de verte otra vez.


Paula había conocido a casi todos los amigos de Pedro, pero esa mujer no le resultaba familiar en absoluto. Esperaba pacientemente junto a Pedro que éste realizara la presentación. Así como Pedro siempre mostraba unos excelentes modales, no realizó intento alguno de presentarla. De pronto Paula pensó que debía de haber olvidado el nombre de la mujer.


—Hola —saludó Paula con cordialidad, adelantando la mano—. Me llamo Paula Chaves.


—Lo siento —Pedro se recobró con presteza—. Paula, te presento a Angela Bartgate. Antigua vecina.


—Encantada de conocerte, Paula —le estrechó la mano con sonrisa abierta y amigable.


Una ráfaga de viento sopló el pelo de Paula sobre su cara. Cuando alzó la mano para apartárselo, Ángela se quedó boquiabierta.


—Qué anillo tan deslumbrante —comentó.


Paula alargó los dedos con gesto de orgullo. La piedra soltó destellos de color a la luz del sol.


—Perteneció a la abuela de Pedro.


—Es precioso. He de decir que es toda una sorpresa. Pedro y yo nos encontramos ayer por la mañana y no me dijo ni una palabra de que estaba prometido.


Paula rió.


—Porque aún no me lo había pedido.


—Pronto estaréis recién casados —los ojos de Angela se suavizaron—. Recuerdo cuando mi marido y yo nos casamos—Ángela comenzó a recordar y, de algún modo, los dos se encontraron sentados con ella.


Pedro parecía inusualmente silencioso. O quizá era porque Angela hacía preguntas y Paula las respondía. Aunque de vez en cuando aportaba un comentario o alguna anécdota. En un momento, miró la hora.


—Vamos a tener que irnos —dijo—. Le dije a Ted que pasaríamos a recoger a Emma.


Acababa de terminar cuando sonó su teléfono móvil. Lo sacó del bolsillo y miró la pantalla.


—Necesito aceptar la llamada —se puso de pie—. Si me disculpáis...


Se dirigió al extremo del local, donde había más mesas vacías y menos ruido. Los ojos de Paula no fueron los únicos en seguirlo. Descubrió que varias mujeres lo miraban. Las mujeres siempre notaban la presencia de Pedro.


«Pero me eligió a mí».


Aún no se lo creía. Podría haber tenido a cualquier mujer.


—Lo amas.


Controló sus pensamientos y alzó la vista, descubriendo que Ángela la observaba. Pensó en negarlo, pero decidió que sería ridículo. Pedro era su prometido. Se suponía que el amor formaba parte de la ecuación.


—Lo amo —reconoció—. Tardé un tiempo en comprenderlo, pero creo que lo amo desde hace tiempo.


Angela mostró una expresión pensativa.


—El también te ama.


—¿Qué te hace estar tan segura? —aunque el corazón le palpitaba con fuerza, logró soltar una risa ligera—. Aparte del anillo que llevo en el dedo, por supuesto.


—El modo en que te mira —respondió la otra—. Mi marido, Tom, solía mirarme así.


Paula sintió una cálida oleada de placer que acalló sus temores.


Angela movió la cabeza.


—Pero no puedo creer cómo me engañó.


—¿Tu marido?


—No, tu prometido. Ayer, cuando hablé con Pedro, me hizo creer que su siguiente matrimonio se basaría en el pragmatismo, no en el amor. Y he aquí que ahora aparece locamente enamorado y prometido.


Paula sintió un nudo en la garganta. «¿Pragmatismo?». ¿Acaso Pedro había estado fingiendo con Ángela? ¿O era lo que realmente sentía?


Angela tomó las dos manos de Paula.


—Soy muy feliz por vosotros dos.


Una sonrisa débil fue la única respuesta que pudo dar.


¿Muy feliz?

Así era como debería sentirse ella. Pero jamás se había sentido peor.


Ultimosss 4 capitulos!! 


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