lunes, 11 de noviembre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 12



Volvieron en autobús a la población, subieron al coche y se marcharon.

—Bueno, no ha sido para nada el día que había planeado —comentó con tono irónico Pedro mientras conducía—. Pero al menos ha sido instructivo.

Se detuvieron en un antiguo pub, con una terraza al aire libre. Mientras comían en una mesa cercana a un estanque, Paula le comentó con tono suave:

—Míralo de otra forma. Estabas en deuda con él, y se la pagaste proporcionándole una próspera jubilación. ¿Por qué no debería haber seguido su propio camino?

Pedro asintió abstraído y comió en silencio durante un rato. Al final dijo:

—Por supuesto, tienes razón. ¿Quién era yo para exigirle que se transformara en un empresario próspero y eficiente? Era un anciano. Para entonces debía de estar harto de trabajar.

—¿Pero aun así no es lo mismo, verdad?

—No. Sigo teniendo esa irracional sensación de que traicionó mi confianza… lo cual es absurdo, supongo —sonrió con irónica expresión—. Mi problema es que me gusta organizarle la vida a la gente. Y no sé por qué este caso en particular ha podido molestarme tanto. Es como si Dan hubiera sido la única persona en la que pudiera confiar.

—¿Y no confías en nadie más?

—Sí, en ti —respondió, para asombro de Paula. Y añadió al ver su expresión—: No te lo esperabas, ¿verdad?

—No podías haber dicho algo que me hubiera sorprendido más.

—Confío plenamente en ti. A pesar de nuestras discusiones, creo que eres la persona más honesta y honrada que he conocido. Creo, o más bien sé, que nunca traicionarías a alguien que confiara en ti.

Que Pedro Alfonso le estuviera diciendo aquellas cosas la dejó literalmente sin habla.

Había un matiz de ternura en su voz que nunca había oído antes. Mirándola con una nueva e insólita expresión, tomó una mano entre las suyas y pronunció:

—Paula…

—¡Pedro, por favor! Mi vida ya es bastante complicada como para que tú la compliques aún más.

—¿A causa de Facundo?

—Bueno, sí. ¿Acaso ahora mismo no lo estoy engañando a él?

—No. De manera natural e inevitable, lo nuestro está llegando a su final. No te conviene, y los dos estamos empezando a darnos cuenta de ello —como no contestó, le apretó suavemente las manos mientras le preguntaba—: ¿Lo llamaste anoche, después de que yo me fuera?

—No —se dijo que debería haber telefoneado a Facundo, quien esperaba ansioso lo que tenía que decirle acerca de Martson. Pero no había sido capaz de hacerlo.

—¿Te llamó él?

—No. No me preguntes por Facundo, por favor, Pedro.

—No puedo evitarlo. Estoy celoso. Quizá no tenga ningún derecho, pero me siento celoso de cada hombre que te ha conocido en el pasado, que te ha tocado, que te ha besado… ¡que el diablo me lleve! No puedo seguir así.

—¿No deberíamos quizá dejar de vernos?

—¿Quieres hacer eso? —se apresuró a preguntarle Pedro.
Paula negó lentamente con la cabeza. Pero la manera en que lo había engañado para concertar el encuentro de la noche anterior pesaba terriblemente sobre su conciencia.

—Pedro… hay algo que debería decirte… sobre la razón por la que te llamé ayer.

—¡Shhh! —le puso delicadamente un dedo sobre los labios—. No hay necesidad de que me digas nada. Te conozco mejor de lo que crees.

—Quizá no me conozcas tan bien.

—Conozco lo más importante: la verdad de tu corazón. Me llamaste por… razones de tu propio interés, digámoslo así. Es lógico que algunas cosas no deban ser expresadas.

Paula se dio cuenta de que Pedro pensaba que se había inventado una excusa para buscar su compañía. Pero, ¿acaso no tenía razón? No podía decirle más. Estaba cayendo bajo su hechizo, admirada de que Pedro le hubiera abierto finalmente su corazón. La mujer que en aquel momento se estaba enamorando de Pedro Alfonso apenas había nacido hacía unos momentos. Enterraría su secreto en lo más profundo de su corazón, para que jamás pudiera interponerse entre ellos.

Hablaron poco durante el resto de la comida. Paula se sentía feliz simplemente estando sentada allí, saboreando la caricia del sol, disfrutando de su compañía mientras su relación se hacía cada vez más profunda. Pedro era arrogante y orgulloso, y a veces irracional, impaciente y de carácter difícil. Pero el inesperado descubrimiento de su vulnerabilidad la había conmovido profundamente. Por unos instantes él realmente la había necesitado, y no había temido revelarle esa necesidad. A partir de entonces todo había seguido su curso natural, hasta aquel momento en que tenía la sensación de encontrarse en el umbral de un nuevo y maravilloso futuro.

Regresaron a casa. Una vez, cuando se detuvieron en un semáforo, Pedro la tomó de la mano y se la apretó suavemente; luego siguió conduciendo sin pronunciar una sola palabra. Paula se sentía rebosante de felicidad. Aquella pasión era tan dulce… tanto como su creciente intimidad. En un momento en que el coche se detuvo de nuevo, Pedro le dijo:

—Todavía no te he explicado lo de Martson.

—¿Martson? Ah, sí. Martson.

No lo había recordado; todo excepto Pedro le resultaba ya distante e irrelevante…

Mientras entraban en la casa, cada movimiento le parecía especial, cargado de reveladores significados: el sonido de su llave en la cerradura, o el de la puerta al cerrarse a sus espaldas, cuando se volvió para descubrir que Pedro la estaba mirando. Ya había oscurecido para entonces, pero en la penumbra reinante alcanzó a leer en sus ojos una confusión, una indecisión que jamás había visto antes. Paula también se sentía confundida, y sólo pudo susurrar su nombre. Al momento siguiente se encontró en sus brazos, sintiendo la caricia de sus labios en los suyos…
Fue un beso distinto de cualquier otro que le hubiera dado. En aquella ocasión Paula percibía un ansia extraña, casi una súplica.

—Sabes que te deseo, ¿verdad? —murmuró Pedro.

—Sí, pero…

—Sshh. «Pero» es para los cobardes. Y tú no eres una cobarde. Eres lo suficientemente fuerte para hacer lo que quieras. Sólo existe un «sí» o un «no» para esta pregunta.

La estaba besando entre cada palabra, tentándola con sus labios. Paula se esforzaba por pensar, pero Pedro se lo estaba impidiendo a propósito, y se aferró a él, ansiando permanecer en sus brazos para siempre.

—Abandona a Facundo y vivamos una aventura juntos —murmuró Pedro.

—¿Una aventura?

—Tú no necesitas casarte, Paula, al menos no lo necesitas más que yo. Incendiemos juntos el cielo, vayamos juntos a todas partes, dejemos que el mundo sepa lo que sentimos el uno por el otro.

Paula se apartó para mirarlo con expresión desafiante.

—Quizá sintamos cosas distintas.

—Sentimos lo mismo. Lo que pasa es que yo soy sincero, y tú no. ¿Sabes con cuánta desesperación ansío acostarme contigo en este momento?

—¿Esa es tu idea de una relación romántica?

—Es una sincera declaración hecha a una mujer a la que siempre le ha gustado hablar claro. ¿No estás enamorada de mí más de lo que yo lo estoy de ti, verdad?

—No —se apresuró a responder—. No estoy enamorada de ti.

—Entonces nos pertenecemos el uno al otro, y lo sabes —en aquella ocasión su beso tuvo un fiero y arrebatador propósito, como si hubiera despejado toda duda y estuviera seguro de su victoria—. Me perteneces —musitó—. ¿Verdad? ¿Verdad?

Paula intentó responder, pero era como si sus sentidos no la obedecieran. La palabra «sí» tembló en sus labios, y en un rapto de locura quiso gritarle que era suya y solamente suya. Entonces una nueva vida empezaría para ella, llena de gozo, alegría y pasión. Un segundo después pronunciaría aquella palabra fatal, sin importarle las consecuencias… Pero de pronto sonó el teléfono.

—¡Diablos! —musitó Pedro.

—Déjalo —susurró ella—. El contestador está conectado.

Al cabo de un par de llamadas, oyeron la voz de Paula sugiriendo que dejaran un mensaje. Y luego la de Facundo.
—Paula, llevo todo el día intentando localizarte. ¿Has podido averiguar algo sobre Martson? Dijiste que tenías una forma infalible de lograrlo. Ya sabes lo mucho que significa para mí, cariño.

Sintió que Pedro se tensaba en sus brazos antes de apartarse.

—¡Dios mío, sí que eres inteligente!

—¡Pedro… no! No es eso —exclamó aterrada.

—Es exactamente eso —estaba terriblemente pálido—. Me has engañado. No lo niegues. Después de todo, has ganado; deberías sentirte orgullosa.

—No, por favor, escúchame…

—¿Era por eso por lo que me llamaste para que saliéramos juntos, verdad?

—¿Pedro…

—¿Era por eso?

—Sí, pero…

—Y yo caí en la trampa. ¡Cuánto has debido de reírte de mí! Fui lo suficientemente estúpido como para olvidarme de Facundo. Porque todo esto se trata de Facundo, ¿eh?

—No lo hice por Facundo —gritó—. Lo hice por mí. Quería darte un escarmiento. Y, si quieres saberlo, te diré que esa información era para él, sí, pero sólo quería conseguirla por el placer de irritarte…

—¡Oh, por favor…!

—Sé que fue una estupidez y cambié de idea. Hoy…

—No menciones el día de hoy a no ser que quieras que haga algo de lo que podamos arrepentimos los dos. Cuando pienso que yo… ¡maldita sea!

Paula se volvió hacia otro lado, incapaz de soportar la furia y el dolor que veía en sus ojos. Pero apenas se había movido, cuando él la agarró por los hombros.

—Mírame. Mírame a la cara, si puedes. Te consideraba una mujer sincera, Paula.

Sin previo aviso, la atrajo hacia sí para besarla en los labios. Fue un beso mezclado de deseo, dolor y furia vengativa. Su rabia la alarmó, pero junto con el miedo se abría paso un ansia primitiva; casi a pesar de sí misma, entreabrió los labios y su cuerpo empezó a moverse invitador contra el suyo.

—¿Cómo puede una mujer besar así, cuando todo esto no ha sido más que una farsa? —gruñó Pedro contra su boca.

—No ha sido…



—¡Cállate! No quiero oír nada que tengas que decirme —y la besó de nuevo—. El corazón te late acelerado. Apuesto a que incluso sabes fingir eso.
—Pedro, por favor…

—¡ mentirosa! ¿Y todo para qué? En beneficio de esa mediocridad que te encargó hacer el trabajo sucio. ¿Pensó acaso en lo lejos que podrías llegar para conseguirle lo que deseaba? ¿Le importaba? Que el infierno se congele si consiento alguna vez que mi mujer corra algún peligro por mí. ¿O ni siquiera tuviste el suficiente sentido común para darte cuenta de que estabas haciendo algo peligroso? ¿Creíste que podrías manipularme como si fuera un muñeco sin sufrir luego las consecuencias?

De repente Paula recuperó las fuerzas, y se las arregló para liberarse.

—No te temo —exclamó.

—Entonces es que eres una estúpida.

—Sólo fue un truco infantil e inocente, y además anoche cambié de idea. En todo el día de hoy no he pensando ni una sola vez en Facundo. Y no hay lugar para él en mis pensamientos porque… tú y yo.. ¿Cómo no puedes darte cuenta de que lo de hoy ha sido diferente…?

—Sí que lo ha sido —repuso él con voz ronca—. Tan diferente que hoy he descubierto cómo eres en realidad.

—Quiero que te vayas hora mismo, Pedro —le dijo Paula, emitiendo un profundo y tembloroso suspiro.

Pedro recogió la carpeta del caso Martson, que antes había dejado sobre la mesa, y se dispuso a marcharse. Pero en el último momento se detuvo, emitió una corta risa burlona y se la lanzó:

—Tómala. Has trabajado duro para conseguirla.

Y la puerta se cerró sigilosamente a su espalda.

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Capitulo 12 presente!!  
Espero que les guste!!!

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