sábado, 16 de noviembre de 2013

"AMOR DE ENCARGO" CAPITULO 16



La llamada de teléfono que trastornó completamente el mundo de Paula tuvo lugar una tarde, a eso de las cinco.

—Soy el agente Constable Beckworth. Tenemos a un hombre en el calabozo de la comisaría de Ainsley. Ha sido arrestado por armar jaleo, y nos pidió que la llamáramos. Se llama Miguel Chaves, y afirma que es su padre.

Paula aspiró lenta y profundamente para intentar sobreponerse a la punzada de emoción que le atravesó el pecho.

—¿Señorita Chaves?

—Sí, sigo aquí.

Condujo a la comisaría como un autómata. Su padre había regresado a su vida después de dieciséis años de ausencia, y no podía formular un solo pensamiento coherente.

Estaba envejecido, más delgado, con el cabello gris, despeinado. Parecía un hombre desgastado por la vida. Pero tenía la misma sonrisa alegre y llena de vida que tanto la había conmovido de pequeña.

—La bala perdida ha retornado —fue lo primero que le dijo—. ¿Contenta de verme?

—Salgamos de aquí —lo urgió, eludiendo la pregunta.

No hablaron durante el trayecto a casa. Silbó de admiración cuando vio su piso, pero su único comentario fue:

—Qué bonito.

Después de tantos años echándolo de menos, anhelándolo, preguntándose por qué nunca había retomado el contacto con ella, Paula se sentía absolutamente confundida. Él era prácticamente un desconocido, hasta que volvió a esbozar aquella sonrisa tan suya, haciéndola sonreír a ella también. Pero en aquel preciso momento sintió un escalofrío.

Evidentemente, Miguel había confiado mucho en aquella sonrisa para que lo sacara de apuros: seguramente demasiado.

—¿Cómo supiste dar conmigo? —le preguntó ella mientras preparaba algo de comer en la cocina. Miguel permanecía de pie en el umbral, observándola con una copa de vino en la mano.

—Leí una noticia en un periódico. Hablaba de Gonzalo y de Paula Chaves…

—Vicente nos cambió el apellido cuando éramos niños —se apresuró a explicarle.

—No te preocupes; no me importa —ya le había dado la espalda y estaba contemplando su salón—. Muy bonito.

—¿Por qué me llamaste a mí y no a Gonzalo? —le preguntó Paula  mientras se sentaban a cenar.

—No creo que me hubiera dedicado mucho tiempo. Cuando sólo era un crío, no nos llevábamos muy bien. Pero tú y yo siempre estuvimos muy unidos.

—Tan unidos que de repente te marchaste y nunca más volví a saber de ti —no pudo evitar recriminarlo.

—Yo sólo pensaba en ti. Nunca le gusté a Vicente. Pensé que si yo no andaba de por medio, tu madre podría regresar a su casa y él cuidaría bien de ti.

—¿Así que se trató de un acto de generosidad en nuestro beneficio? —le preguntó con tono tranquilo.

—Exacto. Una cuestión de amor paternal —y volvió a ensayar su sonrisa.

—No, papá —replicó, tensa—. Me alegro de verte otra vez, pero prefiero ahorrarme todo esto.

—Bueno, vale. Saliste adelante, y eso es lo principal.

—¿Qué pasó con aquella mujer con la que vivías?

—¡Oh, ella! Rompimos. Lo que fácil llega, fácil se va.

—Como los autobuses —comentó Paula.

—Hey, no es tan malo —rió —. Sí, es un poco como los autobuses.

—Podrías haber retomado el contacto con nosotros.

—Vicente me dijo que me abstuviera de hacerlo —explicó con forzada naturalidad, pero al advertir su expresión de asombro añadió, encogiéndose de hombros—: Bueno, en cualquier caso estuviste mejor sin mí que conmigo. Mira este sitio. Muy bonito, de verdad.


Paula se clavó las uñas de las manos en las palmas, deseando que dejara de repetir continuamente aquella palabra. Durante años había estado imaginándose aquel reencuentro, pero ahora que ya se había producido, se hallaba frente a un desconocido que ni siquiera le agradaba.

Luchó contra aquella sensación. Su imagen había anidado en su corazón durante demasiado tiempo para desecharla con tanta felicidad. De alguna manera, aquel reencuentro debía reconciliarse con sus sueños. Las cosas mejorarían al día siguiente.

Una buena noche de sueño los cambiaría a ambos para mejor. Le preparó la cama en la habitación de los invitados, asegurándose de que estuviera bien cómodo.

Miguel se alegró de acostarse temprano. Cuando ya estaba roncando, Paula aprovechó para llamar a Gonzalo.

Su hermano expresó su asombro, pero no reaccionó con la violencia con que antes de seguro lo habría hecho.

A la mañana siguiente Gonzalo se presentó temprano en la casa, y los tres desayunaron juntos. Paula pudo entender entonces que Miguel hubiera sido lo bastante prudente como para no llamar a Gonzalo en primer lugar. Padre e hijo no tenían nada que decirse el uno al otro. Gonzalo se mostraba excesivamente formal y educado. Cuando mencionó su inminente matrimonio, Miguel le comentó:

—¿Habrás cazado a alguna chica rica, verdad?

Gonzalo lo miró con descarada fijeza, y cambió en seguida de tema. Cuando se disponía a marcharse, le dijo a Paula en voz baja:

—No me gustaba hace años, y sigue sin gustarme ahora —le tomó suavemente una mano—. Si tuvieras algo de sentido común, guardarías las distancias con él. No permitas que te haga daño.

—No me lo hará después de tanto tiempo.

—Eso espero. Pero me temo que te muestras demasiado sentimental con él.

—Bueno, es nuestro padre. Vamos a pasar el día juntos.

Había empezado a temer lo peor, pero la experiencia terminó por ser un éxito. Miguel se comportó de forma encantadora, haciéndola reír y desplegando todo su encanto mientras comían juntos. De alguna forma, Paula empezó a relajarse. No era demasiado tarde. El pasado podía ser reparado.

Paula lo aprovisionó de ropa nueva, incluyendo un par de trajes, y tuvo que admitir que estaba espléndido con ellos. Aquella noche cenaron en el Ritz, y ella empezó a pensar en cómo pasarían el día siguiente.

—¿Por qué no te vas a trabajar por la mañana —le sugirió Miguel—, mientras yo visito la tumba de tu madre? Podríamos comer juntos.

A la mañana siguiente le explicó cómo ir al cementerio, y quedó en verlo en el Ritz a las doce y media. Salió temprano del trabajo y se detuvo de camino para comprarle una corbata de seda.

Llegó al restaurante con diez minutos de adelanto, y pidió un sabroso aperitivo. Se imaginó la cara que pondría cuando llegara y lo encontrara todo listo y esperándolo. Pero dieron las doce y media sin que Miguel apareciera. Paula pensó que probablemente se habría olvidado de la hora de la cita. Se preguntó cuál de sus dos nuevos trajes se habría puesto.

La una menos diez. Pidió un agua mineral e intentó no escuchar el odioso murmullo de miedo que susurraba su corazón. Por supuesto que llegaría. Estaría allí a la una.

A la una y media dejó de fingir leer el menú. Quizá le había sucedido algo malo; debería llamar a casa. Lo hizo desde su móvil, pero no recibió respuesta. Quizá se había perdido.

Marcó de nuevo el número; fue inútil. Empezó a decirse que quizá no iría. No, no iría.

Aquel pensamiento latía con tanta insistencia en su cabeza que se imaginó oír una voz pronunciando las palabras:

—No vendrá.

Levantó la mirada para descubrir a Pedro sentándose frente a ella.

—¿Cómo has podido saber dónde estaba? —le preguntó en un susurro.

—Me lo ha dicho un pajarito. Lo sé todo. ¿Creías realmente que tu padre no volvería a abandonarte?

—Esta vez no es lo mismo…

—Sí que lo es, Paula. Es exactamente lo mismo. Es un hombre que huye. Huyó de ti una vez y ahora también ha huido. Supongo que se habrá aprovechado bien de ti. ¿Cuánto te gastaste en él?

Paula sabía que lo que le estaba diciendo Pedro era cierto. Y ella nunca huía de la verdad.

—Mucho —respondió—. De acuerdo. Y ahora, ¿quieres hacerme el favor de marcharte?

—No hasta que te haya dicho unas cuantas cosas.

Paula se preguntó cómo podía ser capaz de continuar atormentándola. Por mucho que la odiara, ¿cómo podía hacerle eso?

—Por favor, vete —le dijo con tono cansado.

—Esto siempre ha sido un error, Paula. Él no puede regresar a tu infancia para enderezar las cosas, y tú tampoco. Hizo lo que hizo, y eso ayudó a convertirte en la persona que ahora eres, una mujer que necesita seguridad y consuelo de un hombre… o al menos eso es lo que cree. Pero no tiene por qué ser así. Eres más fuerte de lo que crees. Lo suficiente como para decirle adiós y buen viaje… para siempre.



—Pues ahora mismo no me siento muy fuerte —reconoció—. Sólo quiero…


—¿Darte por vencida? No lo digas, ni siquiera lo pienses. Sigue como estás. Puedes hacerlo. No necesitas a nadie tan desesperadamente como crees. Ni a tu padre, ni a Facundo, ni a mí. Y quizá estés a tiempo de evitar el desastre hacia el que te encaminas. Eso es todo.

Se levantó y se marchó sin decirle una sola palabra más, dejando a Paula mirándolo asombrada. Sus palabras habrían podido proporcionarle algún tipo de consuelo, pero las había pronunciado sin suavizar ni el tono de su voz ni la expresión de su rostro. Lo que le habían proporcionado era la clave para sobrevivir a aquella experiencia, pero lo había hecho sin calor o ternura alguna. Le era tan hostil como siempre, pero le había dado la fuerza necesaria para sobreponerse a su dolor. O más bien la había hecho ser consciente de su propia fuerza.

No vio a Miguel cuando regresó a casa. Se había marchado con todas sus recientes adquisiciones, incluido su mejor maletín de viaje. Su nueva chequera también había desaparecido del escritorio. En su lugar había una nota, diciendo simplemente: lo lamento, cariño, pero no me guardarás rencor, ¿verdad? Miguel.

Durante un aterrador momento, fue como si retrocediera en el tiempo para volver a ser aquella niña sola y abandonada, sin ningún punto de referencia en un mundo hostil. Pero entonces oyó la voz de Pedro: «eres más fuerte de lo que crees; sigue como estás».

Era verdad. Pedro había descubierto la verdad en ella con más claridad que ningún otro. Y había ido a buscarla para ofrecerle su torvo y frío consuelo, sabiendo que constituiría su más valioso apoyo.

Vio a Facundo aquella tarde, y le contó lo sucedido. Pero sin mencionar a Pedro.

—Pobrecita —le dijo, tomándole una mano—. Qué desgracia que te haya sucedido algo así.

—No lo sé —repuso pensativa—. En cierta forma, ha sido una experiencia útil: ha enterrado a un fantasma. Quizá a partir de ahora pueda vivir mejor sin ese fantasma.

—Me imagino lo que ha tenido que suponer para ti: regresar a un pasado que te traumatizó…

—¿Por qué recordar el pasado ha de ser tan traumático? ¿Quizá para que podamos superarlo mejor y dejarlo atrás? Es extraño. Nunca había pensado en ello antes. Pero creo que debería hacerlo.

—Querida, eres tan maravillosamente valiente —le dijo Facundo con ternura—. Ojalá hubiera estado contigo para ayudarte…

—Ya me ayudaron —murmuró.

—Sé que últimamente no te he sido de mucha utilidad. Tengo la sensación de que te he fallado. Pero ya no más. A partir de ahora, seré todo lo que siempre quisiste que fuera —le tomó las manos entre las suyas—. Estoy a tu lado, Paula, y siempre lo estaré. Una vez que nos casemos, jamás te abandonaré. Viviremos para siempre juntos. Te lo prometo.

--------------------------------------------------------------------------


capitulo 16!! espero que les guste!! gracias por leer!! ♥


2 comentarios: