viernes, 11 de abril de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 10



BAJARLE la cremallera? En cuanto las palabras salieron de sus labios, una parte de ella quiso reír y fingir que sólo había estado bromeando. Pero la otra parte, la que quería, necesitaba, sentir las manos de él sobre su cuerpo, guardó silencio, a la espera del siguiente movimiento de Pedro.

Durante una fracción de segundo éste titubeó, como si también comprendiera la enormidad del paso que iban a dar. Pero luego su mano fue hacia la cremallera y la bajó.

Paula sintió que la piel se le ponía de gallina y un escalofrío de anticipación le recorrió la espalda. Así como no esperaba que Pedro se comportara como un cavernícola con ella, sí esperaba que las cosas empezaran a moverse. Pero Pedro no parecía tener prisa.

Después de lo que pareció una eternidad, le dio un beso prolongado y con la boca abierta en la nuca. El simple contacto de sus labios suaves y húmedos le hizo hervir la sangre. Cerró los ojos y soltó un suspiro entrecortado. No cabía duda de que era un buen comienzo.

Aunque sabía que le bastaba con un movimiento ínfimo de los hombros para bajar el vestido de seda hasta su cintura, esperó. A pesar de lo ansiosa que estaba de un contacto de piel con piel, era conservadora. Anticuada hasta la médula, le gustaba que el hombre llevara la iniciativa. Pero cuando Pedro apoyó la mano en su espalda, se irguió y se puso rígida, una reacción más propia de una adolescente a la que jamás habían tocado que de una mujer madura.

—Relájate —dijo él con voz suave, acariciándole la piel levemente con la palma de la mano.

En cuanto sintió el contacto sobre su espalda, le costó respirar y hablar.

Sus dedos eran fuertes, pero gentiles. Le recorrieron las venas unos escalofríos cálidos de placer.

— Mmmm —suspiró. Hasta creyó posible haber muerto e ido al cielo.

—¿Quieres que continúe? —la voz profunda exhibió un deje de burla.

—Mmmmmm —fue todo lo que Paula pudo manifestar.

Por fortuna, Pedro entendió lo que quería. Mientras le plantaba besos por los hombros y el cuello, siguió acariciándole la parte baja de la espalda. Con cada caricia lenta, su deseo aumentaba Cuando subió la mano, gimió suavemente y arqueó la espalda hacia él.

La tocó como un violín artesanal, haciéndola responder como nunca antes había respondido. La oscuridad y la soledad dentro del coche ofrecían una atmósfera onírica y Paula no supo qué parte de esa maravillosa experiencia era fantasía y qué realidad. Pero, fuera lo que fuere, una cosa era segura... no quería que terminara.

—Es increíble —suspiró. Desesperadamente quería que Pedro siguiera tocándola. Sus pechos le palpitaban por el anhelo de ser tocados, y más abajo, entre sus muslos, sentía un calor poderoso y una palpitación apagada.

La mano de él penetró más en el vestido y se curvó alrededor de su cintura. Lenta y sensualmente, subió hasta que las yemas de los dedos estuvieron a un par de centímetros de la parte inferior del pecho.

Con el aliento contenido y los ojos cerrados, tembló de anticipación. Sintió que se inclinaba, sintió el calor de su aliento en el hombro, girarla despacio en el asiento hasta dejarla de cara a él. Abrió los ojos y la recorrió la excitación al ver el brillo de sus ojos. Había una promesa ahí, una que decía que llegarían más, más cosas.

—Eres tan hermosa...

La voz sonó como una caricia.

Aunque sabía que sólo se estaba mostrando amable, le encantó el sonido de las palabras al salir de sus labios. Deseaba ser hermosa. Por sí misma. Por él.

pedro percibió la expresión melancólica en los ojos de Paula y se juró que al final de la velada creería sus palabras. Haría que se sintiera hermosa.

Lo embargó una emoción cálida. Paula era una persona maravillosa. Amable. Dulce. Increíblemente sexy.

Alzó una mano y la apoyó en su cara. Bajó la cabeza y pegó la boca a la suya. Pasó la lengua por la plenitud de su labio inferior, instándola a abrirse para él e introduciéndose en ella cuando lo hizo. Sabía a vino y a menta, una combinación ridícula que era poderosamente erótica.

Ella cerró los dedos sobre la tela de su camisa y fue hacia el beso, al encuentro de su lengua. Los embates lentos y deliciosos le pusieron el cuerpo en alerta máxima.

Su piel era como seda templada bajo los dedos y tuvo que luchar contra el impulso de deslizar la palma hacia arriba y sentir el peso firme de su pecho en la mano. Se recordó que no había motivo para precipitarse. Disponían de todo el tiempo del...

Se encendió una luz y en la ventanilla sonó una llamada perentoria.

—Ayudante del sheriff —anunció una voz profunda—. ¿Está todo bien ahí?

Paula echó la cabeza atrás y los ojos antes apasionados se abrieron de repente.

—La policía.

Pedro giró en el asiento y contuvo una maldición.

—Necesito que baje del coche —ordenó el hombre.

—Yo me ocuparé de esto —le dedicó lo que esperaba que fuera una sonrisa tranquilizadora y bajó a la luz de los faros del patrullero—. ¿Cuál es el problema, agente... Wayne?

Aunque hacía cinco años que no veía a Wayne Bojanski, lo reconoció de inmediato. Había sido su amigo en primaria, compañero en el instituto y compañero del equipo de fútbol en el último año.

—¿Pedro Alfonso? —una sonrisa de reconocimiento apareció en la cara rubicunda de Wayne—. Jamás pensé que os encontraría a Melody y a ti en un camino comarcal.

La sonrisa de Pedro se desvaneció al comprenderlo. Wayne desconocía lo de Mel. La última vez que lo había visto había sido en la reunión de ex alumnos, y por ese entonces Mel había estado viva.

—Melody murió hace tres años —explicó antes de que el silencio se prolongara demasiado.

Wayne se quedó boquiabierto.

—Bromeas.

—Fue súbito. Un problema médico.

Wayne cerró la boca y carraspeó.

—Entonces, ¿quién está en el coche?

—Una amiga. Teníamos cosas de las que hablar y queríamos algo de privacidad —no pudo evitar sonreír ante esa explicación poco convincente.

En un gesto de camaradería, Wayne le pasó un brazo por los hombros y bajó la voz.

—Tendréis que hacerlo en otra parte.

Pedro no podía hablar por Paula, pero para él, los caminos de tierra habían perdido todo su atractivo.

—No te preocupes —dijo—. No volverás a verme por aquí.

Wayne miró hacia el coche y luego a Pedro.

—Una cosa más...

Pedro deseó poder subir al Land Rover y largarse de allí. Recordaba ese tono. Wayne siempre se había considerado un experto en mujeres y le encantaba ofrecer sus consejos.

—Lamento lo de Melody —pateó la grava con la punta de una bota—. Me caía bien. Era atrevida.

El inesperado sentimiento le sorprendió. En silencio aceptó la condolencia. Apreció las palabras de Wayne, pero esa noche no quería hablar de Melody ni pensar en ella. Esa velada era sobre el futuro, no el pasado.

Wayne ni siquiera había subido al patrullero cuando Pedro arrancó el todoterreno y miró a Paula de reojo.

—No contaba con que apareciera la policía —comentó.

—Lo conocías —indicó ella con sencillez.

—Desde el jardín de infancia. Y jugamos juntos al fútbol en el instituto. He de reconocer que siempre fue inoportuno.

—Probablemente, fue lo mejor —afirmó Paula—. Me da la impresión de que las cosas se habrían descontrolado.

—¿Y eso habría sido... malo?

Ella rió entre dientes y Pedro sintió que la tensión se evaporaba de sus hombros. Al menos podía hacerla reír.

—Desde luego, nunca olvidaré esta noche —ella sonrió—. Una chica siempre recuerda la primera vez —sobresaltado, Pedro enarcó las cejas—. La primera vez... —su sonrisa se amplió— que me para la policía.

Los dos rieron.

Los ojos de ella brillaban como esmeraldas finas y su tentadora fragancia lo envolvió. Sólo deseó aparcar el coche en el arcén y continuar donde lo habían dejado. Pero no tenía diecisiete años. Era un adulto y lo bastante inteligente como para darse cuenta de que habían tenido suerte. Cinco o diez minutos más tarde, Wayne los habría sorprendido en plena acción.

No, un coche no era lugar para mantener un interludio romántico con Paula. Pero había otras muchas opciones que podían explorar.

—Decididamente, será una noche para recordar — confirmó él—. ¿Te apetece crear más recuerdos?

Paula pensó unos momentos.

—Mientras el recuerdo no involucre a la ley o caminos comarcales...

Aunque estaba totalmente de acuerdo, no pudo resistirse a provocarla.

—¿Dónde está tu espíritu de aventura?

—Oh, puedo ser aventurera —lo miró con los párpados entornados—. Lo que pasa es que cuando beso a alguien, no quiero que me interrumpan... y menos la policía.

Impulsivamente, Pedro le tomó la mano y se la llevó a los labios.

—La próxima vez no habrá ninguna interrupción —prometió—. Te lo garantizo.

Ninguna interrupción.

Paula clavó la vista en el techo de su habitación. Cuando Pedro  y ella habían cruzado la puerta de entrada, su tiempo a solas había llegado a un brusco final. Pedro había hecho todo lo que estaba a su alcance. Había mantenido la voz baja y con rapidez había paga* do a la canguro. Pero Emma debía de haber tenido activado el «radar de papá», porque nada más marcharse la canguro, había bajado corriendo las escaleras.

La aparición de la niña había impuesto la realidad multiplicada por diez. Paula volvía a ser la niñera y Pedro era el papá de Emma y su jefe. Aunque entendía la necesidad de discreción ante la pequeña, no podía evitar sentirse como una niña a la que le habían quitado su juguete favorito.

Ni siquiera había recibido un beso de buenas noches. A menos que contara los del coche... Sonrió.

Desde luego Pedro sabía besar. Cuando la abrazó y sus labios se cerraron sobre los de ella, fue como si nada más en el mundo existiera. Fue...

Una melodía familiar sonó desde su móvil en la mesilla y se sentó. Miró el despertador y frunció el ceño. Las dos de la mañana.

Abrió el teléfono. ¿Por qué la llamaba Esteban a esa hora?

—Hola.

—Paula —dijo sorprendido—. No esperaba que contestaras. Iba a dejarte un mensaje.

Aunque no estaba acostumbrada a recibir llamadas a esa hora, agradeció la distracción. Quizá hablar con Esteban apartara su mente de Pedro.

—Por lo general lo apago, pero supongo que lo olvidé.



—Lamento haberte despertado.




—Tranquilo, no lo has hecho. Cuando llamaste, estaba tumbada mirando el techo, tratando de decidir si me ponía a contar ovejas o me levantaba para leer un rato.

—A mí también me cuesta dormir hoy —comentó Esteban con voz ronca y baja—. Quería oír tu voz, aunque sólo fuera en una grabación.

Unas campanas de advertencia sonaron en la cabeza de Paula. Esteban le caía bien, pero la verdad era que casi no había pensado en él desde que se marchó. Claro que si hubiera sido Pedro..

—... sube a un avión y ven aquí.

Comprendió con súbito terror que mientras su mente se había dispersado Esteban había seguido hablando. ¿Sobre qué?

—¿Que vaya a Boston? —preguntó con lentitud y cautela.

—Te quiero conmigo —dijo con su habitual autoridad—. Tengo los días ocupados, pero podrías ir de compras o visitar la ciudad. Tendríamos las noches para nosotros.

Se sintió halagada de que quisiera pasar sus ratos libres con ella. Esteban era un hombre atractivo, un abogado prestigioso... por no mencionar un cocinero fabuloso. Tenía mucho que ofrecerle a una mujer. Pero aunque a ella le interesara, era imposible que pudiera ir.

—Te olvidas de que tengo un trabajo —con gentileza, quiso que entendiera que apreciaba la invitación, aunque no pudiera aceptarla—. Es imposible que pueda ir.

—Paula. Pedro Alfonso puede encontrar a otra persona para que cuide de su hija y lo atienda el fin de semana.

—Estoy segura de que podría —sintió un aguijonazo de angustia ante la idea—. Pero yo me refería al negocio con Chez Gladines —conseguir la oportunidad de mostrar su talento era un logro importante para un chef sin experiencia—. He obtenido el trabajo en prueba —explicó—. Mantenerlo es muy importante para mí.

—Lo entiendo —repuso Esteban con admiración. Y algo parecido al alivio—. Ese trabajo es tu primer paso hacia la verdadera independencia.

Paula frunció el ceño.

—Soy independiente desde los dieciocho años.

Durante varios segundos, reinó el silencio.

—No te tomes esto mal, pero realmente no has sido independiente. No en el sentido más apropiado de la palabra. Pasaste de la casa de tu tía a tu primer trabajo de niñera y de ahí a tu puesto actual.

El corazón de Paula latió con más fuerza y la irritación se asomó a su cara.

—Haces que suene como si estuviera viviendo de toda esa gente —dijo—. Trabajo duramente por el sueldo que recibo. El que el alojamiento y la comida formen parte de los beneficios colaterales no significa que no sea independiente.

Desde pequeña había tomado la decisión de ser autosuficiente. No iba a terminar como su madre, dependiendo de que un hombre «cuidara» de ella.

—Tienes mucho talento, Paula —indicó Esteban—. Sólo quiero asegurarme de que aproveches la oportunidad de desarrollarlo.

La furia de Paula se convirtió en curiosidad.

—¿Por qué te importa?

—Porque me gustas.

Era una respuesta lógica, pero había algo en su voz, un elemento de contención que le dijo que iba más allá de una respuesta hecha.

—Hay más que eso.

Después de un momento de silencio, Esteban habló:

—Mi madre trabajó durante años como ayudante administrativa para un rico industrial de Chicago. Era una mujer inteligente con mucho talento, pero él se negó a ascenderla. Tenerla cerca satisfacía sus necesidades.

—¿Qué pasó? —se volvió a tumbar.

—El año pasado decidió que lo mejor para él era trasladarse a Francia —continuó con voz tensa—. Ahora ella está cerca de los sesenta años y buscado trabajo otra vez.

Pudo apreciar que Esteban fuera protector con su madre, pero parecía que había elegido quedarse en el puesto. Igual que había hecho ella misma.

—Sin embargo, podría haber buscado otro trabajo en cualquier momento, ¿no?

—Desde luego —confirmó Esteban—. Pero él no paraba de decirle lo importante que era para él, cómo formaban un equipo... hasta que dejó de necesitarla. La utilizó,Paula. No quiero ver que eso te pase a ti.

El grado de amargura en la voz de Esteban le desconcertó.

—No obstante...

—Piensa en ello — cortó—. Si Pedro vuelve a casarse, su nueva esposa podría decidir que no te quiere en la casa, y en un abrir y cerrar de ojos pasarías a ser historia.



—No creo que pedro...




—Ni siquiera tiene que volver a casarse —prosiguió él —. ¿Qué pasará cuando Emma crezca y se vaya a la universidad? Sólo pido que no cometas el error que cometió mi madre. Haz que tus sueños sean la prioridad mientras todavía eres joven y vigorosa.

Paula sintió que la embargaba una sensación de vacío.

—¿Paula? ¿Sigues ahí?

—Estoy aquí —forzó las palabras más allá del nudo que tenía en la garganta. Cuando se graduó en el instituto, no había habido más dinero para ir a la universidad. Ser niñera había comenzado como una solución temporal, un modo de mantenerse mientras asistía a la escuela de gastronomía por la noche.

Había completado sus cursos poco antes de que Melody muriera. No podía haber dejado a Pedro y a Emma entonces, Pero ¿significaba eso que tenía que pasar los siguientes diez o quince años observando a Pedro y a Emma vivir sus vidas sin llegar a formar parte jamás de su mundo? Incluso después de lo sucedido esa noche, ¿y si la relación no avanzaba más? ¿Y si Pedro se casaba otra vez?

—¿Estás enfadada? —la preocupación se manifestó en la voz de Pedro.

Paula respiró hondo. La agitación interior que la embargaba era su problema, no de Steven.

—No. Estoy segura de que sólo quieres lo mejor para mí.

—Así es —su voz adoptó una cierta urgencia—. Me importas...

—Escucha, Esteban, me encantaría charlar, pero necesito dormir —ya tenía suficientes cosas en la mente. No podía tratar con lo que temía que iba a ser una declaración de Esteban.

—¿Puedo llamarte mañana?

—Por supuesto.

—Una última sugerencia —habló con rapidez, percibiendo que estaba a punto de cortarlo—. No te involucres personalmente con Pedro. Cuando llegue el momento, hará que dejar su casa te resulte mucho más duro.

«Cuando», no «si».

Sintió el corazón en un puño. La advertencia llegaba un poco tarde.

—Lo recordaré. Buenas noches, Esteban.

—Dulces sueños.



Cortó. ¿Dulces sueños? ¿Es que bromeaba? Sería afortunada si conseguía dormir.


GRACIAS POR LEER! =)


2 comentarios:

  1. muy bueno,seguí subiendo!!!

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  2. Esteban me tiene al plato ya! Es insoportable el flaco ajaja. Espero el proximo. Un beso

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