sábado, 19 de abril de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 11



PAULA se levantó a la mañana siguiente, se vistió y fue a la cocina. Se dijo que había sido una tonta en pasar media noche preocupándose por su floreciente relación con Pedro. Ella era diferente de Brenda y Melinda y su situación no se parecía en nada a la de la madre de Esteban. Este tenía sus propios planes y evidentemente en ellos figuraba interponerse entre Pedro y ella. Pues no pensaba permitirlo.

Se detuvo en la puerta y todas sus dudas se desvanecieron. Pedro  se hallaba a la mesa leyendo el periódico.

Alzó la vista cuando ella entró en el cuarto. Tenía el pelo revuelto y una ligera sombra por la barba.

—Hola.

—Hola —le devolvió la sonrisa y en vez de ir a la cafetera, apartó una silla y se sentó a la mesa—. Te has levantado temprano.

Pedro dejó el periódico en la mesa.

—No podía dormir —le tomó la mano—. Tenía a alguien en la cabeza.

Sintió que se ruborizaba.

—Sí, claro.

—En serio —aunque pareció más travieso que serio—. Ni siquiera me diste un beso de despedida.

Paula experimentó una oleada de placer. No había sido sólo ella la que lo había notado.

—Emma estaba aquí —repuso con tono ligero—. No podíamos besamos delante de ella.

Con movimientos exagerados. Pedro miró en torno a la habitación.

—No la veo ahora.

Paula no apartó a vista de sus ojos.

—Le eché un vistazo antes de bajar. Dormía profundamente.

—Anoche comprobamos la rapidez con la que eso puede cambiar —sin soltarle la mano, retiró la silla y se puso de pie.

—¿Estás diciendo que no hay tiempo que perder? —lo imitó.

—Oh, sí —la pegó a él.

Los labios de él le rozaron los suyos con burlona ternura. Entreabriéndolos, Paula le acarició el labio inferior con la punta de la lengua. En un abrir y cerrar de ojos, el beso cambió.

Con un gemido bajo, Pedro la envolvió en sus brazos con más firmeza. Le cubrió la boca con la suya.

Se hallaba completamente rodeada por él, por la deliciosa sensación de su cuerpo. De su piel emanaba calor. Le pasó las manos grandes por el cabello y bajó hasta la espalda. Ella lo imitó pero fue un paso más allá. Le quitó la camisa de los pantalones e introdujo las manos dentro.

El deseo, ardiente e insistente, le surcó el cuerpo. Le acarició la espalda y disfrutó del contacto con esos músculos marcados y duros. Todo se desvaneció excepto la necesidad de tener más de Pedro. De probarlo más. Tocarlo más.

La lógica le dijo que fuera más despacio, pero, por desgracia, no era la lógica la que tenía el mando.

El bajó la cabeza y le llenó de besos el cuello. Paula se arqueó. De su garganta escapó un gemido cuando los labios de Pedro descendieron.

—Paula, No encuentro mi camiseta rosa. ¿Sabes dónde está?

La voz infantil procedente de lo alto de las escaleras atravesó la niebla de excitación que la circundaba.

En apariencia igual de sobresaltado. Pedro se quedó quieto y levantó la cabeza.

Paula carraspeó. Sabía el lugar exacto donde encontrar la prenda, pero no quería que Emma bajara antes de lo necesario.

—Subiré en un minuto para ayudarte a buscarla.

Respiró hondo y volvió a dedicarle su atención a Pedro, quien la estudiaba con suficiente ardor como para derretir un casquete polar.

—Ha sido un estupendo beso de buenas noches — musitó al final.

Ella tragó saliva.

—Estuvo bien.

—¿Bien? —sonrió—. Eso significa que tendremos que seguir practicando.

En el interior de Paula surgió un caudal de emociones, sorprendiéndole con su intensidad. Ya no podía mentirse y decirse que consideraba a Pedro como un simple amigo. La excitaba con sólo hallarse en la misma habitación.

Había tratado de mantener su corazón a salvo, pero cada mirada, cada sonrisa de él, la empujaban un poco más hacia el precipicio. Únicamente deseaba tener la certeza de que si llegaba a caer... él estaría allí para atraparla.

Pedro se reclinó en el sillón de su despacho y clavó la vista en el monitor sin ver nada. Así como había sido capaz de mantener sus emociones bajo control, le había resultado un alivio que Paula se llevara a Emma a su clase de baile.

El encuentro que antes había tenido con Angela, una antigua vecina, le había dado mucho en qué pensar. Hizo una mueca para sus adentros. Jamás había pensado que se hallaría en esa situación. Nunca había pensado que su esposa moriría joven. Que tendría que preocuparse por lo que le pasaría a su hija en caso de que le aconteciera un destino similar.

—¿Pedro?

Giró con el sillón.

Paula se hallaba en el umbral, con una jarra con té helado en una mano.

—Pensé que podrías tener sed.

Pedro miró el reloj, sorprendido de descubrir que había pasado tanto tiempo. Ni siquiera la había oído llegar.

—¿Cómo ha ido la clase de baile?

Paula sonrió.



—Están practicando para El Cascanueces. Emma está entusiasmada. Tiene el papel de un ángel, pero creerías que le han dado el protagonista.




Aunque a Pedro se le escapaban las sutilezas del ballet, le gustaba mirar a su hija saltar y dar vueltas. Sonrió y, tomando el gesto como una señal de auténtico interés, Paula entró en más detalles acerca de la lección. Pero cuando se lanzó a una jerga técnica, lo perdió.

Si eso era importante para Emma, entonces debería ser importante para él. Pedro sabía que debería estar centrándose en lo que ella le contaba, pero los labios rojos de Paula le imposibilitaban concentrarse. El carmín hacía que sus labios se vieran carnosos y apetecibles, como la fresa más deliciosa. Y la reciente experiencia le había enseñado que esos labios sabían tan bien como se veían.

Bajó la vista para absorber la visión de esas curvas y piernas largas que tanto distraían. Tenía un nudo en la garganta, una mezcla de deseo y temor y otra cosa que no era capaz de identificar. Santo cielo, ¿qué le estaba pasando? La mujer se detenía ante él para ofrecerle un poco de té y hablarle de su hija, ¿y sólo era capaz de pensar en lanzarse sobre ella?

¿O concentrarse en la atracción física que bullía entre ellos era un modo de evitar pensar en otros temas más profundos?

—¿Pedro?

Parpadeó y se dio cuenta de que ella había dejado de hablar.

—¿Sucede algo? —añadió Paula.

—No —movió la cabeza—. Quinto lugar y giros. Un tema fascinante.

Las comisuras de los labios de ella se alzaron levemente.

—Es la quinta posición y piruetas — corrigió—. Y puedo ver que algo ronda por tu cabeza —sin aguardar una invitación, cruzó el despacho, depositó el té sobre un posavasos en el borde del escritorio y se sentó—¿Qué pasa? Suéltalo.

«Lo que pasa es que me quiero casar contigo porque necesito una madre para mi hija y una compañera para mí, pero ya no sé si sería justo para ti».

Una expresión de angustia apareció en la cara de Paula y durante un momento a Pedro le preocupó haber expresado sus pensamientos en voz alta. Pero entonces comprendió que ella estaba reaccionando a su silencio, no a palabra alguna. Rápidamente buscó una excusa plausible para su falta de atención.

—De hecho, pensaba en el día de Acción de Gracias.

En los ojos de ella titiló una expresión que no pudo descifrar.

—No había pensado mucho en ello.

Pedro no pudo ocultar su sorpresa. Aunque Paula disfrutaba de los festivos, siempre los pasaban juntos. Y siempre se había metido en el espíritu festivo antes de que llegara la fecha, planeando menús y lo que podían hacer para que Emma tuviera un día especial. Claro que eso había sido antes de que apareciera Esteban.

—Espero que pases el día con nosotros —dijo él—. ¿O tienes otros planes?

La expresión de ella fue de sobresalto antes de ocultarla por completo.



— Pensaba quedarme aquí —bajó la vista y con un dedo trazó un patrón imaginario sobre la superficie de cristal del escritorio.

Pedro sintió un gran alivio. No se imaginaba pasando el día con nadie más. Ella había formado una parte importante en Acción de Gracias los últimos tres años. El primer año ella sola había preparado la cena para Mel y él y unos invitados. Al siguiente año, Mel había muerto y él no tuvo ganas de recibir a nadie. Aunque le había dicho que no se molestara, Paula había preparado la cena e insistido en que se sentara a tomarla. Cada año se había superado a sí misma.

En un impulso, se puso de pie, rodeó la mesa y se sentó junto a ella. Tomándole la mano, con gentileza le acarició la palma con el dedo pulgar.

—No me imagino pasando Acción de Gracias con alguien que no seas tú —clavó la vista en sus ojos—. Tú eres a quien quiero conmigo. ¿Lo entiendes?

Paula entrelazó los dedos con los suyos.  sus ojos la absorbieron y comenzó a alejarse hacía un lugar en el que podría perderse en un instante.

Lo deseaba, y cuando tiró de ella fue gustosa. Así como no le había dicho que la amaba, había estado cerca. Por el momento, eso bastaba.

Pedro se pasó la mano por el pelo, agradecido por la charla incesante de Emma a su lado mientras iban al parque.

«Tú eres a quien quiero conmigo».

Incluso a sus oídos, las palabras sonaban a declaración.

No quería confundirla con sus sentimientos. Si se comprometía con él, sería basándose en la amistad y la confianza que existía entre ellos... no porque diera a entender que estaba enamorada de ella.

Porque no lo estaba. Mel había sido su alma gemela y todo el mundo sabía que sólo se encontraba a un alma gemela en la vida.

—Paula va a preparar un pastel de arándanos para Acción de Gracias —dijo Emma—. Creo que nunca lo he probado. ¿Y tú, papá? ¿Está bueno?

Pedro regresó al presente y a su pequeña. Le sonrió y su interior se llenó de amor.

—Sí, y está muy bueno. En especial con helado.

—Qué ganas tengo de que llegue Acción de Gracias —Emma dio unos pasos de baile en la acera—. Todo lo que hace Paula es bueno.

Sin saber si su hija se refería a la comida o a la atmósfera, tuvo que estar de acuerdo.

Desterró cualquier pensamiento de duda y reafirmó su decisión de casarse con ella. Sería una buena esposa. Una madre maravillosa. Una amante apasionada. Haría todo lo que estuviera al alcance de su mano para hacerla feliz.

Lo único que le faltaba ya era que le diera el «sí».


2 comentarios:

  1. Buenisimo,segui subiendo!!!

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  2. Muy bueno el capitulo. Pero Pedro se tiene que dar cuenta que se esta enamorando de ella perdidamente, sino puede arruinar las cosas y a Paula la destruiria.

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