DESPUÉS de llevar a Emma hasta la casa de su amiga, se quedó a tomar una cerveza y admirar las obras que habían hecho en la casa. Cuando el partido de fútbol apareció en la pantalla grande, pareció una grosería no quedarse a tomar otra cerveza. Pero a medida que el sol comenzaba a ponerse, comprendió que era hora de regresar a casa. Ted lo invitó a cenar, pero tenía otros planes para la velada.
Al acercarse a casa, vio luz en la sala de estar y aceleró el paso. Se preguntó si Paula estaría interesada en salir esa noche. Quizá podrían ir al cine. Con Esteban aún fuera de la ciudad, no podría tener otros planes.
Apretó la mandíbula al pensar en el abogado arrogante, pero se recordó que se estaba ocupando de la situación. Cuando Esteban regresara, Paula sería su novia.
Abrió la puerta de atrás, esperando encontrar a Paula en la cocina. Pero estaba tan vacía como el comedor. Se encontraba en el pasillo cuando la oyó. El corazón se le paró.
Se apresuró en ir a la sala de estar. Ella alzó la vista cuando entró en la habitación y con rapidez se secó las lágrimas. Al ver la expresión de angustia en la cara de Paula, quiso besarla y desterrar lo que fuera que le atribulara. Pero incluso después de lo que habían compartido, tomarla en brazos parecía un gesto demasiado familiar. Se conformó con cruzar la sala y sentarse junto a ella en el sofá.
—Cuéntame qué sucede.
—No es nada —sonrió—. Tengo demasiadas cosas en la cabeza.
De no ser por el hecho de que ella rara vez lloraba, tal vez la hubiera creído. Trató de pensar en lo que podría haberle angustiado. Se encontraba de bueno humor al marcharse por la mañana. Entrecerró los ojos.
—Fuiste a ver a tu tía.
Bajó la vista a las manos antes de volver a alzarla.
—Sólo quiere lo mejor para mí —se llevó los dedos a las sienes—. Todo el mundo sólo quiere lo mejor para mí.
Pedro forzó un tono ligero.
—¿Y qué es?
—No importa —cerró los ojos y soltó un suspiro entrecortado. Luego se puso de pie—. Realmente me duele la cabeza. Me voy a la cama.
Pedro se incorporó, le pasó un brazo por los hombros y la guió hacia las escaleras.
—Métete en la cama y yo te llevaré un vaso de leche templada —Paula frunció la nariz—. ¿No te gusta la leche templada?
Ella negó con la cabeza e hizo un gesto de dolor por el movimiento.
—No mucho.
—De hecho, a mí tampoco —Pedro sonrió. La leche caliente había sido la cura de su madre para todos los males. Había sido lo primero que le había surgido en la cabeza—. ¿Qué te parece una aspirina? ¿Un Tylenol fuerte?
—Hay unos analgésicos en la encimera de la cocina —dijo—. Podría tomar un par más.
—Los subiré.
Paula se volvió hacia él y apoyó la mano en su mejilla; tenía los ojos suaves y luminosos.
—Gracias por ser tan amable conmigo.
La piel le hormigueó por el contacto y sintió la tentación de tomarle la mano y besársela. Pero se recordó que no se trataba de sus necesidades y deseos, sino de hacer que Paula se sintiera mejor.
—No te preocupes por nada —afirmó—. Ese dolor de cabeza se puede dar por desterrado.
Paula subió las escaleras con pies pesados como el plomo. Llorar había resucitado el dolor de cabeza. Al llegar a su habitación, fue directamente a la cama. Se quitó la bata y se metió entre las sábanas. Pero al tiempo que se decía que tenía que relajarse, su mente retornó al dilema que le obsesionaba.
Quería el trabajo pero también quería a Pedro y a Emma. Ya sabía lo que dirían la tía Verna y Esteban. Pero ellos no lo entendían. Pedro no era simplemente su jefe, era su amigo. Se preocupaba por ella. Y a ella le preocupaba él...
—Aquí tienes.
Alzó la vista y vio a Pedro de pie junto a la cama, con una bandeja en la mano. En vez de una caja de pildoras y un vaso de agua, había dos tazas de té y un plato con queso y galletitas.
Depositó la bandeja en la mesilla y le pasó las pastillas y el agua.
Paula se incorporó, se metió dos pildoras en la boca y las tragó con el agua. Aunque había tenido cuidado de moverse despacio, el martilleo en su cabeza explotó. Hizo una mueca de dolor y se llevó otra vez los dedos a las sienes.
Pedro se sentó en el borde de la cama.
—Deja que lo haga yo.
Se sentó tan cerca, que Paula pudo sentir el calor de su cuerpo.
—Está bien. Yo...
—Testaruda —cortó con una sonrisa. Le apartó los dedos y lentamente comenzó a masajearle las sienes.
Pasados unos minutos, el martilleo se mitigó. Parte del alivio se debía a las pildoras y al vino. Pero otra parte era decididamente por los dedos mágicos de Pedro.
—Es agradable —suspiró.
—Estás muy tensa —frunció el ceño—. Deja que pruebe a ver si puedo eliminar algo de la contractura.
Las manos se movieron a los hombros. Manipulando los músculos con sus dedos fuertes, trabajó en los nudos hasta que Paula suspiró con alivio.
Cuando los dedos se deslizaron por debajo de las finas tiras del top para concentrarse en los hombros, Paula recordó que estaba desnuda debajo de la prenda.
Tembló.
—¿Por qué no te echas? —dijo él—. Puedes taparte y entrar en calor mientras yo te masajeo el cuello.
—No tienes que hacerlo.
Pedro posó un dedo sobre sus labios, callándola.
—Como digas eso una vez más... voy a tener que...
«Besarte». Paula completó la frase para sus adentros antes de volverse rápidamente boca abajo. Se sintió levemente decepcionada cuando él la cubrió con la sábana.
—¿Tienes alguna loción? —preguntó Pedro.
—En el tocador.
Regresó en un segundo y, después de frotarse el líquido entre las manos, se puso a trabajar en sus hombros.
Ningún masaje que Paula hubiera experimentado con anterioridad le había afectado de esa manera. Los otros los habían administrado desconocidos, profesionales. No Pedro, que le desbocaba el corazón con sólo entrar en la habitación.
—Si quieres, también puedes frotarme la espalda —le dijo.
Las manos se quedaron quietas momentáneamente en su cuello y Paula no supo cuál de los dos estaba más sorprendido por el atrevimiento que acababa de mostrar.
—¿Quieres que lo haga por encima de la sábana? ¿O...? —comenzó él.
Paula se mordió el labio. ¿Se atrevía a manifestar su verdadera preferencia? Qué diablos.
—Si vas a utilizar la loción, tendrá que ser sobre la piel —mantuvo la voz átona, como si discutieran del menú en vez de que le metiera la mano por debajo del top.
—Piel, entonces —le bajó la sábana hasta la cintura y deslizó las manos por debajo de la prenda.
Paula contuvo un jadeo.
Las manos se movieron sobre su piel... subieron por los brazos, a lo ancho de los hombros, bajaron por la espalda. Fue la sensación más suave y tentadora que nunca había tenido, potenciada por el hecho de saber que era Pedro quien la tocaba con semejante delicadeza, semejante fuerza y firmeza.
Los pezones le hormiguearon y un anhelo de deseo hizo que se retorciera por dentro. Cada vez que los dedos bajaban por el costado de su cuerpo, pensaba que le encantaría que diera un rodeo hasta la parte delantera. Pero fue un perfecto caballero.
Pasados varios minutos, estaba lista para gritar de frustración.
Era amable.
Era solícito.
La estaba volviendo loca.
Quería más, pero no sabía si pedírselo sería inteligente. Después de todo, había muchas razones de peso para permanecer boca abajo fingiendo que sólo se trataba de un masaje de espalda.
Pero cuando Pedro se inclinó y le dio un beso en la nuca, tuvo suficiente. Sin brindarse la oportunidad de pensárselo dos veces, se dio la vuelta.
—Creo que necesito un masaje corporal completo con el fin de poder relajarme.
Fue una declaración osada, pero, para su gran alivio, no sintió que se le encendieran las mejillas. Pedro la miró a los ojos. Pudo ver sorpresa en ellos, pero también otra cosa. Una chispa de deseo ardiente que le reveló que ella no era la única que quería más.
El conocimiento la volvió todavía más atrevida. Forzó un tono provocativo.
—A menos que estés demasiado cansado. ¿O quizá te duele la cabeza?
Él le guiñó un ojo.
—Creo que dispongo del suficiente vigor para recorrer la distancia.
A Paula se le resecó a boca.
—¿Y qué me dices de tu dolor de cabeza? —añadió Pedro.
—¿Dolor de cabeza? —parpadeó y se dio cuenta de que las palpitaciones habían desaparecido—. Ya no existe.
—Estupendo —se inclinó y le rozó la boca con los labios.
Las sombras se habían ahondado y la lámpara de la mesilla los bañaba con una luz dorada, creando un mundo privado.
Pedro bajó los labios y al rato estuvo explorando la piel suave detrás de las orejas y el cuello, mientras con las manos le masajeaba los hombros y los brazos.
—¿Te gusta eso? —murmuró.
—Oh, sí —suspiró—. Pero ahora en vez de tener frío, tengo calor.
Los ojos de él se oscurecieron.
—Quiero que estés cómoda —enganchó las tiras del top con un dedo—. Menos ropa podría ayudar.
—¿Y qué me dices de ti? —se humedeció los labios—. ¿No tienes calor tú?
Pedro no respondió. Se sentó, se desabotonó la camisa con rapidez y se la quitó antes de dedicarle una mirada expectante.
Sin apartar la vista del torso musculoso, Paula se quitó el top por la cabeza y lo lanzó por el aire.
Durante largo rato, Pedro simplemente miró.
—Eres preciosa —musitó—. Podría estar mirándote toda la eternidad.
—Más —pidió, aunque no habría sabido exponer si quería que la tocara o que le dijera cosas bonitas.
Cada parte de su cuerpo anhelaba el contacto de Pedro, las caricias. Justo cuando pensaba que iba a desmayarse de tanta tensión, le coronó los pechos con las manos y deslizó los dedos pulgares por los pezones excitados.
Soltó un gemido hondo y, agarrándole el pelo, tiró de él. Pedro dio la impresión de saber instintivamente qué quería, ya que enterró la cara entre la suavidad plena de sus senos. Le mordisqueó la piel suave y siguió con lametones lentos, húmedos y lujuriosos.
Paula jadeó encantada y clavó los dedos en los músculos de la parte superior de sus brazos mientras arqueaba la espalda, suplicándole en silencio más.
Abriendo la boca, succionó con fuerza mientras no paraba de lamerle el pezón. Ella cerró los ojos y se entregó a las sensaciones que le torturaban el cuerpo. Se dijo que era eso lo que había anhelado. Lo que había soñado.
No podía estarse quieta. Alzó las caderas y con los dedos entre su pelo, lo animó mientras él continuaba. El mundo parecía distante, disuelto, y Paula sólo era consciente de ellos dos mientras Pedro le brindaba la intimidad que su cuerpo y su alma ansiaban.
Los dedos de él se cerraron sobre las braguitas, que terminaron en el suelo en cuestión de segundos.
Paula levantó la vista y el pulso se le disparó al ver el fuego azul en sus ojos. Ningún hombre la había mirado jamás con semejante apetito, deseo. Pero sin importar lo mucho que la anhelara, no podía aproximarse a lo mucho que ella lo anhelaba a él. Enganchó los dedos en tomo a la cintura de los pantalones de Pedro.
—Fuera —exigió.
No tuvo que pedírselo dos veces. Sus pantalones y calzoncillos aterrizaron en un montón a su espalda, y se plantó ante ella en toda su desnuda gloria.
Ella abrió mucho los ojos. La lengua humedeció unos labios súbitamente secos. Era tan grande... Anchos hombros. Manos amplias. Enorme...
—Paula.
Esa sola palabra, pronunciada con voz ronca, sonó levemente a pregunta.
Ella quiso contestar, decir su nombre, pero sólo pudo abrirle los brazos. Entonces, fue hacia ella, reclinándola sobre las almohadas, abriéndole más las piernas con el ancho de sus hombros. Cuando presionó la boca abierta sobre la piel sensible del interior del muslo, Paula estuvo a punto de volar de la cama. La visión de la cabeza oscura entre sus piernas, el roce de la lengua humedeciéndola, le provocó un gemido profundo.
—Hueles tan bien... —susurró y el aliento cálido potenció la caricia—. Como las flores.
La llenó de besos por toda la pierna, por el vientre, y luego se apartó, dejándola trémula de necesidad mientras sacaba un paquete de celofán de la cartera que guardaba en el bolsillo de los pantalones y se preparaba para ella.
Paula se quedó quieta cuando la erección la rozó. Por primera vez sintió un leve temor en la periferia de la excitación. Hacía tanto tiempo... Y él era tan... magnífico.
Pedro debió de percibir su titubeo, porque se detuvo.
—Si no estás segura...
«Es Pedro», se recordó, haciendo a un lado las dudas, «y confío en él». Le rodeó los hombros con los brazos y pasó las piernas sobre las suyas.
—Te deseo —se alzó y movió las caderas contra las suyas en un ritmo sensual tan antiguo como el propio tiempo.
Ese mismo deseo lanzó toda cautela por la borda cuando la necesidad, descarnada y salvaje, regresó para consumirlos a los dos. La urgencia se incrementó, creció y se encendió, y luego estalló con ferocidad dentro de ella, con el nombre de Pedro en sus labios mientras le arañaba la espalda y se fragmentaba. La mantuvo pegada a él con las manos en las caderas mientras las embestidas se tornaban más profundas, fuertes y rápidas. Gimiendo, tembló violentamente, una y otra vez.
Al quedarse quieto, Paula lo abrazó por el cuello. El peso de su cuerpo la pegó contra el colchón. Sonriendo, se hundió en la suavidad y lo arrastró con ella.
—Te estoy aplastando —dijo Pedro cuando pudo volver a pensar, cuando pudo respirar otra vez. El corazón aún le atronaba en la cabeza, los pulmones todavía lo quemaban.
—No —lo abrazó con más fuerza—. No te muevas.
No habría podido hacerlo ni aunque en ello le fuera la vida. Ninguna experiencia lo había dejado tan extenuado, tan débil. Le costó levantar la cabeza y mirarla.
Tenía la cara encendida. Mientras la observaba, una sola lágrima cayó libre, trazando un sendero plateado por su sien antes de desaparecer en la suavidad color caramelo de su cabello.
El corazón se le contrajo.
—¿Paula? —despacio, ella alzó las pestañas—. ¿Estás bien? —musitó—. ¿Te he hecho daño?
—Sí. No. Yo... —con mano insegura, le tocó la cara—. Gracias.
Le tomó la mano y la pegó contra su boca.
—El placer ha sido todo mío.
—Ha sido increíble —ella aún parecía aturdida.
—Si alguna vez necesitas un masaje de espalda... —no concluyó y le dedicó una sonrisa traviesa.
La risa de ella creó todo tipo de sensaciones interesantes, ninguna de las cuales tuvo algo que ver con el humor. Pedro gimió al comenzar a ponerse duro dentro de ella.
—Otra vez —susurró.
Temblando, con las manos plantadas en sus hombros, Paula le dio lo que los dos querían.
Wowwwwwww, qué buen cap!!!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarwow buenísimo,me encanto!!!
ResponderEliminar