martes, 1 de abril de 2014
"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 7
PAULA se inclinó sobre Emma, le dio un beso leve en la frente y luego salió de puntillas de la habitación.
Después de cenar, los tres habían ido a dar un paseo. Cuando regresaron, había sido la hora del baño de Emma. Paula juraría que la pequeña se había quedado dormida antes de que terminara de secarla.
Pedro le había pedido que, al terminar de acostar a la niña, bajara porque quería hablar algo con ella.
Lo hizo en ese momento, ansiosa de averiguar qué podía ser tan importante.
Pedro sonrió cuando la vio.
—Pasa —se hallaba fuera del salón y le señaló la puerta.
Aunque el día había sido más veraniego que otoñal, un fuego vivo ardía en la chimenea. La sala, que Mel había convertido en ultramoderna antes de su muerte, había recuperado su decoración original dos años atrás. Paula nunca había estado segura de si el cambio se había producido porque Pedro odiaba el negro y el plata tanto como ella misma o porque le recordaba demasiado a Mel. Su esposa había sido tan elegante y moderna como la habitación y Paula sólo podía conjeturar que cada vez que Pedro cruzaba esa puerta, recordaba lo que había perdido.
Pedro le señaló un sofá tapizado en chintz.
—Por favor, siéntate.
Paula lo hizo, mientras él continuaba de pie. Pasados unos momentos, se situó en un punto delante de la chimenea. Contempló las llamas y un cosquilleo de inquietud subió por la espalda de Paula. Fuera lo que fuere lo que tuviera en la cabeza, era evidente que se trataba de algo serio.
Ladeó la cabeza.
—¿Sucede algo?
Pedro se volvió y se pasó la mano por el pelo. Cruzó la estancia y se sentó en el sofá al lado de Paula.
— Tengo algo que decir y no sé muy bien cómo vas a responder.
Ella se movió incómoda y se repitió que debía de ser algo serio si alguien tan seguro como Pedro, que siempre sabía adónde quería ir y cómo llegar hasta allí, se mostraba nervioso e inseguro.
¿Por qué? ¿Qué podía querer decirle como para que le causara tanta inquietud?
Sólo una cosa tenía sentido. Ese día había sido un regalo, un último y placentero día con Emma y él, igual que el día en que su madre la había llevado a tomar un helado, para luego dejarla con su tía y no volver jamás.
—Me vas a dejar ir —las palabras escaparon a través de sus labios a pesar de la determinación de dejar que él hablara primero.
—No, no, no —Pedro se inclinó y le tomó la mano fría con firmeza entre la suya—. Es decir... No. Bajo ningún concepto voy a dejar que vayas a ninguna parte.
Paula suspiró y sintió una oleada de alivio.
—Entonces, ¿qué...?
— De hecho, de esto necesito hablar contigo — miró deliberadamente sus manos unidas.
Horrorizada, Paula se dio cuenta de que tenían los dedos enlazados. Intentó retirarlos, pero él se los retuvo y sonrió.
—Esto se me da tan mal como creía —apoyó los codos en las rodillas sin soltarle la mano—. Me gustas, Paula. Y creo... Espero... también gustarte a ti.
Paula frunció el ceño desconcertada, tratando de entender lo que decía, pero sin conseguirlo.
Claro que me gustas —dijo al final.
—Hablo de algo más que amigo —expuso con rapidez, como si temiera que lo interrumpiera—. Quiero que lleguemos a conocernos mejor, ver adonde puede conducir.
A Paula el corazón le martilleó en el pecho. ¿Más que un amigo? Durante un instante, se preguntó si estaría soñando. Cerró los ojos y volvió a abrirlos. Tragó saliva y, de algún modo, logró hablar con un tono ligero.
—¿Quieres que... salgamos?
Él enarcó una ceja.
—Pareces conmocionada.
Paula forzó una risa y miró alrededor de la sala.
—¿Dónde están las cámaras? Tiene que ser una especie de broma.
Pedro pareció sobresaltado, y luego sonrió.
—No me extraña que me gustes tanto.
—Tú no... —comenzó ella—. No de esa manera.
La sonrisa de Pedro se desvaneció. Su mirada se tornó seria.
—Últimamente ha existido esta... conexión entre nosotros. Tú también tienes que haberla sentido.
Paula sintió que el calor le subía por el cuello. No se trataba realmente de una pregunta, y por un momento deseó no tener que contestar. Pero la mirada atenta de él esperaba una respuesta. Asintió despacio.
Una expresión de alivio cruzó la cara de Pedro.
—Estás de acuerdo.
—Estoy de acuerdo en que a veces hay esa especie de «energía» entre nosotros —eligió las palabras con cuidado—. Pero no estoy convencida de que hacer algo al respecto nos vaya a beneficiar.
—¿Por qué dices eso? —preguntó él con cara impasible.
Paula soltó un suspiro exasperado.
—Para empezar, ¿qué te parece que porque soy tu empleada?
—¿Y?
— Y que sí te cansas de mí como lo hiciste de Brenda y de Melinda, seguiré por aquí. Cuidando de tu hija. De tu casa —se soltó la mano—. Tienes que reconocer que tener a una ex viviendo en tu casa podría ser incómodo.
Se puso de pie y fue a la chimenea, pero ni el calor de las llamas pudo desterrar el frío de su cuerpo. Debía ser pragmática. Los dos debían serlo.
—Cualquier cosa que sea más que una simple amistad entre nosotros sería un error —continuó—. Un gran error.
—No estoy de acuerdo —afirmó Pedro, sin siquiera darse un segundo para analizar la situación—. No voy a cansarme de tenerte por aquí. No tenemos que preocuparnos de...
—Si tenemos que preocuparnos —giró en redondo—. O al menos yo sí. Me gusta trabajar para ti, Pedro. Y me gusta cuidar de Emma. No quiero hacer nada que pueda estropear eso.
—No veo cómo el hecho de que salgamos puede...
Paula alzó las manos. Ese hombre era estùpido. ¿Cómo podía ser tan obtuso?
—Porque todo apunta » que es un error. Igual que tu relación con Brenda. Igual que con Melinda. Tú...
—Esas mujeres eran diferentes —se puso de pie con una extraña desesperación en la voz—. No puedes comparar mis relaciones con ellas con nosotros dos.
—¿Por qué no? —Alzó el mentón—. Probablemente, había más probabilidades de éxito para esas relaciones que para la nuestra.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Es fácil. Ellas procedían de tu mismo círculo social —casi añadió «y las dos son hermosas», pero llegó a la conclusión de que sonaría como si considerara a Pedro superficial, lo cual no era cierto—. Tienen intereses similares...
—Un momento —los ojos de Pedro fueron fuego azul mientras cruzaba la habitación para quedar junto a ella—. Si unas personas pueden llevarse bien, somos tú y yo. Hemos vivido juntos durante tres años en armonía. ¿Cuántas parejas pueden decir lo mismo?
Pero no eran pareja. Ella era su empleada. Y aunque él no parecía querer captar las sutilezas de las diferencias, éstas eran enormes.
Además, sabía lo que pasaría si salían. Se enamoraría de él. De hecho, ya casi lo estaba. No pasaría mucho antes de que se asustara, luego que lo necesitara y que él la despachara. Tal como había hecho su madre...
—¿Paula?
Alzó la vista y encontró sus ojos con una ternura que por lo general reservaba para Emma.
—Sé que estás asustada —musitó—. Diablos, yo mismo estoy asustado. Creo que podría haber algo especial entre nosotros. Pero jamás lo sabremos si no lo intentamos.
Su proximidad le dificultaba pensar, ser objetiva.
—Necesito algo de espacio. Algo de tiempo para analizar lo que sugieres —le ofreció una sonrisa vacilante—. Me siento halagada. Es que...
Antes de darse cuenta de lo que estaba pasando, Pedro la había pegado a él.
—Dime que no es esto lo que quieres...
Sus labios se cerraron sobre los de ella. Paula se dijo que debía apartarlo, pero el deseo descamado que había estado manteniendo a raya se desbocó. Y cuando alzó las manos, en vez de incrementar la distancia entre ambos, lo acercó para beber de él, descubriendo con rapidez que la realidad superaba con facilidad las ensoñaciones más maravillosas.
Pedro modificó el ángulo del beso y lo profundizó, alzando una mano para apoyarla en su nuca al tiempo que la inmovilizaba para transmitirle el ardiente y dulce apetito que manó de esa boca.
Paula dio la bienvenida al calor húmedo y a la lengua exploradora, que recibió con igual entusiasmo. Lo besó de la misma manera, con caricias largas y lentas, profundas y encendidas.
Cuando la abrazó con tanta fuerza que pudo sentir su erección contra el estómago, el mundo estalló en una ola ardiente de calor y pasión.
Le llenó la cara de besos, para luego bajar por el cuello y...
Los pechos se le tensaron contra la parte superior del vestido y cuando la lengua de Pedro se posó en la unión de los senos, se oyó gemir, un sonido bajo de deseo y necesidad que la asombró por la intensidad. Aturdida y con respiración entrecortada, se apartó.
—Paula, yo...
—Es tarde —dijo con voz jadeante—. Hablemos mañana.
Sin brindarle la oportunidad de que la hiciera cambiar de parecer, fue hacia el recibidor. Se movió con celeridad, sin parar hasta llegar a su habitación y cerrar la puerta a su espalda.
Confusa, se sentó en la cama. Se llevó los dedos a los labios inflamados.
Eso era lo que había faltado al besar a Esteban. Ese hormigueo, ese entusiasmo. Pero seguía sin significar que fuera inteligente involucrarse con Pedro. Luchó por ordenar sus pensamientos. Se trataba de una decisión importante. Que no se podía tomar a la ligera.
Pero ¿realmente tenía elección? Una vez que se habían besado, ¿podrían volver a como habían estado antes?
Quizá Steven tenía razón. Tal vez sería una estupidez entregarse a Pedro.
No obstante, se sentía tentada. A pesar de sus defectos. Pedro la atraía. Hacía tiempo que soñaba despierta con él» con la esperanza de que la viera como alguien más que la niñera de su hija. Una vez que lo había hecho, ¿de verdad sería capaz de alejarse sólo porque estaba asustada?
Apretó la mandíbula. Nunca había sido una cobarde. Era una mujer fuerte, inteligente y con talento. Si las cosas no funcionaban, sobreviviría.
Era hora de asumir el control de su vida.
Era hora de luchar por lo que quería.
Era hora de darle una oportunidad a Pedro.
GRACIAS POR LEER!♥
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se esta ´poniendo linda la novela Jesy, Gracias por pasarmela !!
ResponderEliminarEstá muy linda e interesante la novela!!!@AmorPyPybb
ResponderEliminarmuy buenos los capítulos,seguí subiendo!!!
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