viernes, 4 de abril de 2014

"SEDUCIENDO A LA NIÑERA" CAPITULO 9



PEDRO pegó a Paula contra él y dejó que la música lo envolviera. Ella había vuelto a hacerlo. Sin siquiera saberlo, había logrado reafirmarlo en su convicción de que había elegido el curso de acción apropiado.


Los padres de Mel eran personas agradables, pero con las personalidades fuertes y dominantes que tenían, no serían las apropiadas para criar a su sensible hija. A pesar de lo que creía su suegra, la familia no siempre era la mejor elección. Desde luego, cuando se casara con Paula, sería familia, parte de su familia. La abrazó con más fuerza. Jamás le haría falta nada.


Pero ¿y el amor?


Hizo a un lado la pregunta. Podía nombrar a media docena de parejas que se habían casado por «amor» y estaban divorciadas. Además, había muchas clases de amor y cariño. Así como nunca le mentiría a Paula y le diría que la amaba cuando no era así, le mostraría de todas las maneras posibles lo mucho que le importaba.


El cantante de la orquesta se lanzó a cantar una balada y Paula se arrebujó contra él. La fragancia fresca de su cabello le invadió el olfato.


—Gracias por acompañarme esta noche —susurró sobre su pelo mientras con la mano le acariciaba la espalda desnuda.


—Gracias por invitarme —alzó la cabeza y le sonrió—. Lo estoy pasando muy bien.


—Suenas sorprendida.


—Nunca había asistido a una fiesta como ésta. No sabía muy bien qué esperar —miró alrededor de la sala—. He de reconocer que estaba un poco nerviosa.


Pedro también lo había visto. Había sentido la incertidumbre en la mano que le había aferrado el brazo cuando entraron en el salón. Por eso se había mantenido próximo a ella. Aparte de ir a buscarle la copa de vino, no se había apartado de su lado.


Le gustaba estar con Paula y era agradable saber que ella se sentía complacida de estar sólo con él.


—¿Listo para un cambio?


Pedro se volvió y encontró a Jake de pie en el centro de la pista, con Brenda al lado. Pero a pesar de la atención que le dedicaba, la escultural rubia bien podía haber sido una desconocida. Jake únicamente tenía ojos para Paula. O, más bien, para los pechos de Paula.


Pedro apretó los labios. Antes no le había gustado el modo en que su amigo había posado la vista en el escote de Paula y tampoco le gustó en ese momento. Ella se puso tensa en sus brazos y él pudo sentir la fuerza con la que le latía el corazón. Era obvio que no quena bailar con Jake, pero Pedro percibió que tampoco montaría una escena si aceptaba.


También era obvio que Brenda no compartía la renuencia de Paula. Dio un paso al frente, expectante por el cambio.


—Lo siento —negó Pedro—. Esta noche soy hombre de una sola mujer.


Sin decir otra palabra, se alejaron danzando sobre el parqué, dejando a Brenda y a Jake mirándolos boquiabiertos.


Sintió que Paula se relajaba en sus brazos. La expresión tensa que había dominado sus facciones se mitigó.


—¿Hombre de una sola mujer? —una risita recalcó las palabras de Paula—. No puedo creer que dijeras eso. Suena a título de canción country.


Pedro sonrió. El alivio en sus ojos le reveló que había tomado la decisión correcta.


—Lo dije con absoluta sinceridad —aseveró—. Esta noche soy todo tuyo. Y tú toda mía.


«Y tú toda mía».


El tono posesivo en la voz de Pedro le provocó un escalofrío de placer por la espalda. Nunca había querido «pertenecer» a ningún hombre, pero esa noche disfrutaba de la sensación de ser valorada y protegida.


Cuando Jake había querido cambiar de pareja, Paula se había quedado paralizada, como un cervatillo atrapado bajo el fulgor de unos faros. Lo último que había deseado era estar a menos de tres metros de Jake, y mucho menos en sus brazos, pero ¿cómo manifestar ese sentimiento sabiendo que Jake y Pedro eran amigos? En especial delante del primero.


Pero no tendría que haberse preocupado. Pedro había asumido el control y Paula dudó mucho que Jake volviera a pedirlo. Suspiró satisfecha. La velada empezaba a entrar en la categoría de los acontecimientos que siempre recordaría. No tenía muchos de esos recuerdos, lo que hacía que esa noche fuera aún más especial.


—¿Sabes qué me gustaría hacer? —de pronto ella levantó la cabeza y lo miró a los ojos.


Él movió exageradamente las cejas.


—¿Bailar con Jake?


—Mmm, no —trató de mantener la expresión seria, pero la atmósfera ligera impuesta por él se lo impidió—. Me gustaría una foto.


La empresa de Pedro había contratado a varios fotógrafos con el fin de que les proporcionaran a los invitados recuerdos de la noche. Habían establecido un par de puestos en la sala de baile y llevaban ocupados toda la noche sacando fotos.


El fondo de flores frescas que estaban empleando le recordó a Paula algo que se podía ver en las fotos de los bailes de fin de curso. No era que ella tuviera conocimiento de primera. En el instituto, jamás había asistido a ninguno de los bailes. No había habido dinero en la casa de su tía para vestidos bonitos. A cambio, esas noches había trabajado sirviendo mesas, atendiendo a sus compañeros de estudio.


En secreto siempre había anhelado una foto de sí misma vestida de gala y con un acompañante atractivo a su lado.


—¿Fotos? —Pedro miró al fotógrafo más próximo, que en ese momento terminaba con una pareja mayor.


La duda en sus ojos le indicó que la idea no le entusiasmaba. Sintiéndose poco sofisticada, rió y fingió que sólo había estado bromeando.


—Pensé que podría ser divertido mostrársela a Emma. Pero tienes razón. Es una locura.


Esperó que Pedro aceptara la salida que le ofrecía, pero al mirarlo lo vio titubear y observarla.


—No creo que suene para nada una locura. Creo que es... divertido —dijo. Esbozó una sonrisa—. Algo reminiscente... del instituto.


Aunque el corazón le dio un brinco de felicidad,Paula mostró una sonrisa indiferente.


—Era lo mismo que estaba pensando yo.


El resto de la velada pasó a toda velocidad. Se sacó la foto con Pedro y luego bailaron un poco más.


La intuición de Paula había sido acertada, Jake no volvió a pedir que cambiaran de pareja. Paula miró de vez en cuando a Brenda y descubrió que la mirada de la otra parecía permanentemente clavada en Pedro, con una expresión triste en los ojos. Entonces supo a quién había ido a ver exactamente Brenda.


Cuando estuvieron listos para marcharse, era pasada la medianoche. Esperó mientras Pedro iba a recoger su chai. Aunque a esa hora por lo general ya estaba dormida, no se sentía en absoluto cansada.


Miró las fotos que tenía en la mano. El fotógrafo le había pedido que mirara a Pedro y apoyara las manos en el torso de él. Después de hacer lo que le indicó, había colocado las manos de Pedro en su cintura. Paula había estado ahogándose en el azul de los ojos de él cuando el hombre había sacado la foto...


—¿Lista?


Levantó la cabeza. Pedro estaba frente a ella con el chai preparado. La miraba con una mezcla de inconfundible interés y un deje de incertidumbre.





Paula guardó la foto en el sobre decorativo con que se la habían dado y dejó que le pasara la tela sedosa del chai por los hombros. Miró la hora. Apenas era pasada la medianoche.


—Sabes que si fuera el baile de fin de curso, jamás iríamos a casa tan temprano.


Como Cenicienta ante la idea de volver a ser una criada, Paula odiaba el pensamiento de que la velada terminara tan pronto. Al menos podrían ir a comer algo y charlar ante una taza de café.


—¿Quieres parar en alguna parte de camino a casa?


—Me parece una buena idea —los ojos de Pedro se oscurecieron.


En el coche, se puso a hablarle del punto al que iban las parejas del instituto en su ciudad.


—Estaba en una colina —sonrió recordando—. Daba a un lago. No había mejor vista. Aunque tampoco pasábamos mucho tiempo mirando la luna.


La sonrisa de Paula se congeló. Pedro no planeaba parar a comer una hamburguesa. Gracias a su ambigua pregunta, iban a aparcar el coche.


El cuerpo se le encendió y luego se le enfrió ante el pensamiento de besarse con Pedro en la cálida intimidad del coche.


—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Adonde ibas?


Respiró hondo y se preguntó qué diría si le reconociera que el único sitio al que había ido la noche del baile de graduación era de regreso al apartamento de su tía después de un duro turno en la cafetería.


Tenía su orgullo. No podía dejar que supiera lo que había pasado. Su mente se puso a cien. Aparte de alquilar habitaciones en el hotel donde se había celebrado el baile, no recordaba que ningún compañero mencionara un lugar especial al que hubieran ido a aparcar el coche.


—Principalmente, caminos comarcales. Ningún lugar específico.


Pedro salió de la carretera y se metió en una calle residencial.


—Una calle desierta, entonces.


A Paula el corazón le dio un vuelco. Miró por la ventanilla. La noche estaba oscura con sólo una franja de luna. Unos árboles grandes alineaban la calle, creando un aire de intimidad en el vehículo con su dosel de ramas y hojas.


Al rato las hileras de casas dieron lugar a tierras de labranza y el pavimento se convirtió en grava. Pero Pedro continuó.


—¿Hasta dónde vamos a ir? —preguntó Paula.


—No mucho más lejos —la miró de reojo—. Lo suficiente para que no nos molesten. Aunque recuerdo que era el miedo al descubrimiento lo que hacía que la experiencia fuera tan excitante.


La sonrisa traviesa le avivó el bombeo de sangre y durante un segundo olvidó respirar.


Pedro detuvo el coche en el costado del camino, luego apagó el motor y las luces.


—Ha sido una excelente sugerencia —musitó él en la quietud reinante—. Esperaba que pudiéramos ir a algún sitio después del baile.


—¿Sí? —aunque trató de mantener la voz indiferente, le salió jadeante y una octava más alta que lo normal.


Pedro asintió.


—En cuanto llegáramos a casa, sabía que no tendríamos intimidad.


Tenía razón. Emma tenía el sueño ligero. Pero no estaban en la casa de Pedro. Se hallaban en el coche. Solos. Los dos.


Sintiéndose como una adolescente nerviosa, se movió en el asiento y lo miró. Un hormigueo curioso le invadió el cuerpo.


—No estoy segura de que mi tía aprobara que estuviera a solas contigo aquí —le dedicó una sonrisa descarada. Seguro que con diecisiete años, habría dicho algo similar.


—Tengo una idea —le quitó el chai de los hombros y lo lanzó al asiento de atrás—. No se lo contemos.


Paula sintió la piel de gallina. Había dicho esas palabras como algo gracioso y no estaba preparada para que él le siguiera el juego.


£l calor se agolpó en la parte baja de su vientre y decidió que si Pedro estaba interesado en tener diecisiete años esa noche, ella también.


—No estoy segura de que pueda confiar en ti — cruzó los brazos y adelantó el labio inferior—. Me han advertido contra chicos como tú. Sólo queréis una cosa.


—Eso no es verdad —la voz sensual siguió baja y profunda. Le pasó un dedo por el brazo—. No sólo quiero una cosa... quiero un montón de cosas.


El contacto dejó una estela de calor en su piel.





Algo en la voz, en la seriedad que anidaba debajo del tono juguetón, provocó una estampida de mariposas en su estómago. Él la estudió durante unos segundos y Paula descubrió que contenía el aliento.






—Me gustaría besarte —dijo al final—. ¿Te parece bien?


Paula se mordió el labio y ladeó la cabeza, fingiendo analizar la pregunta.


—Supongo... mientras no intentes nada atrevido.


—¿Es que no te gustan los besos con lengua?


La sorpresa en la voz de él le provocó una sonrisa. No sabía si era Pedro el adolescente o el hombre adulto el más desasosegado.


—Jamás lo he probado —juntó las manos recatadamente en el regazo como una adolescente virginal—. La tía Verna dice que esa clase de beso no está bien.


Jamás había tratado ese tema con su tutora, pero no se imaginaba a Verna pensando de otro modo.


—Mmm —pasó un brazo por los hombros de ella y la acercó—. No quiero contradecirla, pero los besos con lengua son estupendos. Pero no aceptes mi palabra. Pruébalo. Luego decide por ti misma —sus brazos se cerraron en torno a ella—. Quiero que sepas que jamás haría nada que te hiciera daño.


En ese momento el cuerpo de Paula estaba tan pegado al de Pedro, que podía sentir el calor que emanaba de él. Respiró hondo para calmarse y la fragancia de su colonia le disparó el corazón. Agitada, se humedeció los labios con la punta de la lengua.


—Lo sé...


Las palabras apenas habían salido de su boca cuando los labios de Pedro se cerraron sobre los suyos. Lento y dulce, el beso la tentó y el deseo que había mantenido a raya hasta entonces se desbocó por sus venas como un río caudaloso.


Introdujo los dedos por el pelo suave, acercándolo más, mientras el fuego incontrolable que ardía en su interior exigía algo más que lentitud y dulzura. Pero las manos de Pedro se mantuvieron respetuosamente en su cintura y los besos que le daba, así como de una sensualidad embriagadora, se mantuvieron secos y castos.


Cuando separó los labios para darle besos por la mandíbula y el cuello, Paula gimió con frustración. Pedro hacía lo que le había pedido pero, ¿es que no se daba cuenta de que había cambiado de parecer? Santo cielo, ¿es que iba a tener que deletreárselo?


Los labios llegaron hasta la curva del escote y subieron.


Paula decidió que ya había tenido suficiente. Una mujer tenía un límite para la frustración que podía soportar.


—He cambiado de idea.


La boca de él se detuvo sobre su cuello. Alzó la cabeza.


—¿Quieres que pare?


—Sí —pero cuando se apartó, horrorizada, Paula comprendió lo que acababa de decir—. No. Quiero decir, deseo que continúes.


Supo que no estaba siendo muy coherente. ¿Acaso se podía esperar que pensara racionalmente con su aliento cálido acariciándole el cuello?


—¿Continuar? —enarcó una ceja—. No entiendo.


—Quiero que me beses. Que me beses de verdad.


La mirada desconcertada de Pedro le indicó que aún no conseguía dejar claro lo que le apetecía.


—Oh, la, la —dijo con un acento francés exagerado—. Comprenez—vous?


—Pero tu tía...


—Al cuerno mi tía.


Pedro sonrió.


—¿Deseas que haga algo más?


—Quizá —murmuró, mirándolo con los párpados entornados.


—Lo deseas —su voz proyectó una satisfacción puramente masculina. Un chico de instituto no podría haber sonado más orgulloso.


No hacía falta definir de qué se trataba. Lo había experimentado en más de una ocasión y aunque no se podía decir que las experiencias hubieran sido memorables, tener sexo no era algo que una mujer olvidara.


—Las chicas buenas no llegan hasta el final —dijo Paula, adoptando el personaje virginal—. Sólo quiero un beso... quizá tontear un ratito.


Incluso en la oscuridad, lo vio sonreír.





—De modo que todo menos eso —Pedro fingió darle vueltas a la idea. Al final asintió—. Aún disponemos de mucho territorio por cubrir.






—Depende —comentó con tono vago, manteniendo abiertas las opciones—. Puede que decida parar con un beso con lengua.


—No lo creo.


—No estés tan seguro —replicó a su afirmación arrogante.


El bajó la vista.


—¿Qué te parece esto?


Inesperadamente, adelantó el brazo y rozó el corpiño de seda de su vestido con el dorso de la mano. Al instante, los pezones se endurecieron bajo el contacto. Paula jadeó.


—Piensa en lo divertido que sería... —comenzó con voz seductora y ronca— si el vestido no se hallara de por medio.


Ella ni siquiera tuvo que cerrar los ojos para visualizar la escena erótica. Con el vestido fuera del camino, Pedro dispondría de libertad para usar la boca y las manos al máximo.


Los pechos se tensaron contra la seda y sintió una palpitación honda en la unión de los muslos. Anhelaba y deseaba a ese hombre de un modo que desafiaba toda lógica. No obstante, estar medio desnuda en un coche con un hombre excitado era algo que podría hacer una adolescente, no una adulta responsable. Pero no lograba plantear la negativa. Como si Pedro percibiera su vacilación, cerró los labios sobre los suyos.


—Por favor —musitó sobre su boca—. Es la noche de graduación. No somos niños. Podemos hacer lo que queramos.


Paula nunca había sido muy rebelde. Nunca había hecho nada salvaje.


«Podemos hacer lo que queramos».


Era la noche de la graduación. O lo más próximo a ello como jamás estaría.


Él profundizó el beso y Paula le dio la bienvenida al calor húmedo y lento, a la lengua que se deslizó en su boca para explorarla. Un ronroneo de pasión vibró en su garganta. Pedro era una tentación irresistible y el beso le abrió el apetito de más.


No se acostaría con él... eso sería una simple tontería. Pero «todo menos» ofrecía un atractivo decadente. Giró en el asiento y le ofreció la espalda de su vestido.



—Bájame la cremallera, por favor.


GRACIAS POR LEER!!♥


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